—¡Adiós paisana! —Adiós; ¿qué te haces? —Ya lo ves, pasando; ¿y tú? —Buscando miel en estos platos; tengo el estómago vacío; ¿gustas? —¡Ni sabes de la que me acabo de escapar! Revoloteaba en la calva blanquísima del señor de la casa, que está escribiendo sobre química; dice que en la naturaleza nada se cría, nada se pierde, todo se transforma; se le había ocurrido una buena idea, mordia el mango de la pluma, me paré en la blanca y venerable desnudez de su cabeza, y lo distraje. ¡Pobre animal humano! se encolerizó, volé y conmigo volaron sus ideas, se quedó hecho un topo; me dió risa y comencé á darle broma; ya le picaba en una oreja, ya en la nariz, de nuevo en la calva, y está hecho un loco, golpeándose. ¡Por nada me aplasta! ¡Pobre! Se quema el cerebro para alimentar á su prole. La señora en la otra pieza también se devana los sesos queriendo resolver este problema: cómo hará para sacarle al calvo cónyuge algo de dinero: necesita comprar á toda costa un gros que la seduce. A un paso, el mayorcito cavila, inventa un libro de escuela que comprar; pero en el fondo lo que necesita es una camelia para su futura, y los menores lloriquean pensando en caramelos. El digno de lástima es el pobre químico: cada preocupación es un día menos de vida. Ahí lo tienes resolviendo ecuaciones, pero no ha despejado esta incógnita doméstica: se mata para realizar los caprichos de una mujer coqueta, y los antojos de media docena de angelitos. —Mira, hazme un ladito, comeremos juntas. ¡Malo! ya sacuden la mesa ¡Jesús! ¡te matan! ¡vuela! ¡Ay! Un trapazo del criado las aplastó á las dos. ¡Si los murmuradores fueran moscas!