Cuando a las puertas de la noche umbría,
dejando el prado y la floresta amena,
la tarde melancólica y serena
su misterioso manto recogía;
un macilento sauce se mecía
por dar alivio a su constante pena,
y en voz suave y de suspiros llena
al son del viento murmurar se oía:
—«¡Triste nací! Mas en el mundo moran
seres felices que el penoso duelo
y el llanto oculto, y la tristeza ignoran!»
Dijo, y sus ramas esparció en el suelo.
—«Dichosos ¡ay! los que en la tierra lloran»,
le contestó un ciprés mirando al cielo.