El crepúsculo tornaba al campo en un incendio de colores. —Yo, decía confidencialmente una onda al viento, ¿has visto cosa más bella que yo? En el perfil obscuro de la montaña finjo la diadema de ópalos de un coloso, la luz juega en mis facetas de nieve y parece que me incendia: en la cascada soy torrente de perlas y penacho de espumas donde el iris tiende su tul de ardientes tintas; en el río, me convierto en copo de cristal que orna linfas de esmeralda, tengo la tersura del raso en el lago tranquilo y deslumbran mis cambiantes; dormida, soy un espejo donde las náyades se miran; si me encrespo, finjo una melena erizada por la ira; en el Océano negro, callado, inmenso, soy el misterio que atrae y que espanta. Yo paso, y en las soledades del volcán parece que sollozo, canto en el tular, río en las guijas, y bramo inquieta, rebelde, azotada por las alas negras de la tormenta; desciendo de la nube tempestuosa, rayo con redes de diamante al cielo obscurecido; la tierra abrasada y sedienta me absorbe con ansias de mujer enloquecida; baño á la flor que revienta pura y bella, espléndida en colores, rica en aromas; inundo el campo, pero el pantano se convierte en un cráter de vida! En el picacho, me cuajo en perlas, soy lágrima en las hojas que tiemblan; yo retrato cuanto vaga por el azul: las aves que pasan, la nube errante que flota, las tintas de oro de la tarde espirante, la corola que se inclina para oir mis cantos de amores, la noche, la estrella de flecos de oro, ¡¡todo!! hasta el abismo sombrío cuyo fondo nadie conoce.... Tú pasas, me rizas y ¡oye! y el agua fingió entonces el eco de un suspiro blando y melancólico, diciendo: Cuando soy llanto, se condensan en mí las tristezas de la vida. —Yo, dijo el aire, subo á las alturas, mezco á la nube, juego con la bruma, impulso á las tormentas, estalla en mi seno el rayo, repercuto sus ecos, y no me hiere; doblego á la encina; mi hálito abrasado funde las nieves; flota en mí el ave errante y la abeja de oro; si me indigno, la tierra se estremece; tengo en el huracán roncas amenazas; en las horas de calma, finjo dulces palabras de mujer querida; me deslizo en la fronda del sauce, y parece que una voz extraña murmura una elegía; espanto en las soledades de la ruina y en el vacío del templo; gimo en las altas horas en las junturas de las puertas y hago que despierten los espantos, los duendes, los vestiglos; río en el ramaje; obedezco al artista y me transformo en música; las espigas me saludan doblegándose cuando paso, y hago del trigal un mar de ondas rubias. Yo traduzco las penas en suspiros, en sollozos, y los amores en besos; soy la palabra, soy la idea, soy la ilusión. —¡¡Bestias!! mugió un buey manso, volteando lentamente la cabeza, rumiando sin prisa, viendo con sus grandes ojos negros y dulces á la onda, en la que se hundió pausadamente transformándola en lodo. El cuidador, un patán, lanzó un grosero silbido que estremeció el aire para espantar al animal. —¿No lo decía yo? clamó con voz enronquecida por la petulancia un sapo. ¡Ay, ideales, sois perlas en la altura, y lodo bajo la pezuña de una bestia! ¡Ay, ideales, sois música en manos del artista, y silbido en los labios de un patán! ¡Cua, cua! y soltó una estúpida carcajada.... ¡Aire transformado en insulto!