Adorada y hermosa prenda mía,
fin de mis penas, dueño a quien amantes
holocaustos ofrezco por instantes,
¿qué sacrificio haré por ti en tu día?
Como estilo de toda poesía,
pudiera coronarte de diamantes
y ofrecerte zafiros y brillantes,
y en copas de oro el néctar de ambrosía;
pero no quiero hallarme confundido
entre la multitud que con orgullo
brindaron todo lo que no han cumplido,
porque nunca ofrecieron nada suyo:
yo tan sólo consagro a ti rendido
mi corazón que siempre será tuyo.