Jornada primera
(Personas: DON MANUEL; COSME, gracioso; DOÑA ÁNGELA; ISABEL, criada; RODRIGO, criado; DON LUIS; DON JUAN; DOÑA BEATRIZ; CLARA, criada; Criados.)
(Salen DON MANUEL y COSME de camino.)
Por un hora no llegamos
a tiempo de ver las fiestas
con que Madrid generosa
hoy el bautismo celebra
del primero Baltasar.
Como esas cosas se aciertan
o se yerran por un hora,
por un hora que füera
antes Píramo a la fuente,
no hallara a su Tisbe muerta.
Y las moras no mancharan,
porque dicen los poetas
que con arrope de moras
se escribió aquella tragedia.
Por un hora que tardara
Tarquino, hallara a Lucrecia
recogida, con lo cual
sin ser vicarios, llevando
a salas de competencias
la causa sobre saber
si hizo fuerza o no hizo fuerza.
Por un hora que pensara
si era bien hecho o no era,
echarse Hero de la torre,
no se echara, es cosa cierta,
con que se hubiera excusado
el doctor Mira de Mescua
de haber dado a los teatros
tan bien escrita Comedia,
y haberla representado
Amarilis tan de veras,
que volatín del carnal
(si otros son de la Cuaresma)
sacó más de alguna vez
las manos en la cabeza.
Y puesto que hemos perdido
por un hora tan gran fiesta,
no por un hora perdamos
la posada; que si llega
tarde Abindarráez, es ley
que haya de quedarse fuera;
y estoy rabiando por ver
este amigo que te espera,
como si fueras galán
al uso, con cama y mesa,
sin saber cómo o por dónde
tan grande dicha nos venga;
pues sin ser los dos torneos,
hoy a los dos nos sustenta.
Don Juan de Toledo es, Cosme,
el hombre que más profesa
mi amistad, siendo los dos
envidia, ya que no afrenta,
de cuantos la Antigüedad
por tantos siglos celebra.
Los dos estudiamos juntos,
y pasando de las letras
a las armas, los dos fuimos
camaradas en la guerra;
en las de Piamonte, cuando
el señor duque de Feria
con la jineta me honró,
le di, Cosme, mi bandera;
fue mi alférez, y después,
sacando de una refriega
una penetrante herida,
le curé en mi cama mesma;
la vida, después de Dios,
me debe; dejo las deudas
de menores intereses,
que entre nobles es bajeza
referirlas, pues por eso
pintó la docta Academia
al galardón una dama
rica y las espaldas vueltas,
dando a entender, que en haciendo
el beneficio, es discreta
acción olvidarse dél;
que no le hace el que le acuerda.
En fin, don Juan, obligado
de amistades y finezas,
viendo que su Majestad
con este gobierno premia
mis servicios, y que vengo
de paso a la Corte, intenta
hoy hospedarme en su casa,
por pagarme con las mesmas;
y aunque a Burgos me escribió
de casa y calle las señas,
no quise andar preguntando
a caballo dónde era,
y así dejé en la posada
las mulas y las maletas.
Yendo hacia donde me dice,
vi las galas y libreas,
y informado de la causa,
quise, aunque de paso, verlas:
llegamos tarde en efeto,
porque...
(Salen DOÑA ÁNGELA y ISABEL en corto tapadas.)
Si como lo muestra
el traje, sois caballero
de obligaciones y prendas,
amparad a una mujer
que a valerse de vós llega;
honor y vida me importa,
que aquel hidalgo no sepa
quién soy, y que no me siga.
Estorbad por vida vuestra
a una mujer principal
una desdicha, una afrenta,
que podrá ser que algún día...
¡Adiós, adiós, que voy muerta!
(Vase.)
¿Es dama o es torbellino?
¡Hay tal suceso!
¿Qué piensas hacer?
¿Eso preguntas?
¿Cómo puede mi nobleza
excusarse de excusar
una desdicha, una afrenta?
Que según muestra, sin duda
es su marido.
Y ¿qué intentas?
Detenerle con alguna
industria, mas si con ella
no puedo, será forzoso
el valerme de la fuerza,
sin que él entienda la causa.
Si industria buscas, espera,
que a mí se me ofrece una:
esta carta, que encomienda
es de un amigo, me valga.
(Sale DON LUIS y RODRIGO, su criado.)
Yo tengo de conocerla,
no más de por el cuidado
con que de mí se recela.
Síguela y sabrás quién es.
(Llega COSME, y retírase DON MANUEL.)
Señor, aunque con vergüenza
llego, vuesarced me haga
tan gran merced, que me lea
a quién esta carta dice.
No voy agora con flema.
(Detiénele.)
Pues si flema solo os falta,
yo tengo cantidad della,
y podré partir con vós.
Apartad.
¡Oh qué derecha
es la calle!; aún no se pierden
de vista.
Por vida vuestra.
Vive Dios que sois pesado,
y os romperé la cabeza
si mucho me hacéis.
Por eso
os haré poco.
Paciencia
me falta para sufriros:
apartad de aquí.
(Rempújale.)
Ya es fuerza
llegar: acabe el valor
lo que empezó la cautela.
(Llega.)
Caballero, este crïado
es mío, y no sé qué pueda
haberos hoy ofendido,
para que de esa manera
le atropelléis.
No respondo
a la duda o a la queja,
porque nunca satisfice
a nadie. Adiós.
Si tuviera
necesidad mi valor
de satisfaciones, crea
vuestra arrogancia de mí,
que no me fuera sin ella.
Preguntar en qué os ofende,
merece más cortesía,
y pues la Corte la enseña,
no la pongáis en mal nombre,
aunque un forastero venga
a enseñarla a los que tienen
obligación de saberla.
Quien pensare que no puedo
enseñarla yo...
La lengua
suspended, y hable el acero.
(Sacan las espadas.)
Decís bien.
¡Oh, quién tuviera
gana de reñir!
Sacad
la espada vós.
Es doncella,
y sin cédula o palabra
no puedo sacarla.
(Sale DOÑA BEATRIZ, teniendo a DON JUAN, y CLARA, criada, y gente.)
Suelta
Beatriz.
No has de ir.
Mira que es
con mi hermano la pendencia.
¡Ay de mí, triste!
A tu lado estoy.
Don Juan, tente, espera,
que más que a darme valor,
a hacerme cobarde llegas.
Caballero forastero,
quien no excusó la pendencia
solo, estando acompañado
bien se ve, que no la deja
de cobarde. Idos con Dios,
que no sabe mi nobleza
reñir mal, y más con quien
tanto brío y valor muestra.
Idos con Dios.
Yo os estimo
esa bizarría y gentileza;
pero si de mí por dicha
algún escrúpulo os queda,
me hallaréis donde quisiereis.
Norabuena.
Norabuena.
¡Qué es lo que miro y escucho!
¡Don Manuel!
¡Don Juan!
Suspensa
el alma no determina
qué hacer, cuando considera
un hermano y un amigo
(que es lo mismo) en diferencia
tal, y hasta saber la causa
dudaré.
La causa es esta:
volver por ese crïado
este caballero intenta,
que necio me ocasionó
a hablarle mal; todo cesa
con esto.
Pues siendo así,
cortés me darás licencia
para que llegue a abrazarle:
el noble huésped que espera
nuestra casa, es el señor
don Manuel. Hermano, llega,
que dos que han reñido iguales
desde aquel instante quedan
más amigos, pues ya hicieron
de su valor experiencia.
Daos los brazos.
Primero
que a vós os los dé, me lleva
el valor que he visto en él,
a que al servicio me ofrezca
del señor don Luis.
Yo soy
vuestro amigo, y ya me pesa
de no haberos conocido
pues vuestro valor pudiera
haberme informado.
El vuestro
escarmentado me deja:
una herida en esta mano
[he sacado].
Más quisiera
tenerla mil veces yo.
¡Qué cortesana pendencia!
¿Herida? Vení a curaros:
tú, don Luis, aquí te queda
hasta que tome su coche
doña Beatriz, que me espera,
y desta descortesía
me disculparás con ella.
Venid, señor, a mi casa,
mejor dijera a la vuestra,
donde os curéis.
Que no es nada.
Venid presto.
(Aparte.)
¡Qué tristeza
me ha dado, que me reciba
con sangre Madrid!
(Aparte.)
¡Qué pena
tengo de no haber podido
saber qué dama era aquella!
Qué bien merecido tiene,
mi amo, lo que se lleva,
porque no se meta a ser
don Quijote de la legua.
(Vanse los tres, y llega DON LUIS a DOÑA BEATRIZ, que está aparte.)
Ya la tormenta pasó;
otra vez, señora, vuelva
a restitüir las flores
que agora marchita y seca
de vuestra hermosura el hielo
de un desmayo.
¿Dónde queda don Juan?
Que le perdonéis
os pide, porque le llevan
forzosas obligaciones,
y el cuidar con diligencia
de la salud de un amigo
que va herido.
¡Ay de mí! ¡Muerta
estoy! ¿Es don Juan?
Señora
no es don Juan, que no estuviera
estando herido mi hermano,
yo con tan grande paciencia;
no os asustéis, que no es justo
que sin que él la herida tenga,
tengamos entre los dos,
yo el dolor, y vós la pena;
digo dolor, el de veros,
tan postrada, tan sujeta
a un pesar imaginado,
que hiere con mayor fuerza.
Señor don Luis, ya sabéis
que estimo vuestras finezas,
supuesto que lo merecen
por amorosas y vuestras;
pero no puedo pagarlas,
que eso han de hacer las estrellas
y no hay de lo que no hacen
quien las tome residencia;
si lo que menos se halla
es hoy lo que más se precia
en la Corte, agradeced
el desengaño, si quiera,
por ser cosa que se halla
con dificultad en ella:
quedad con Dios.
(Vase con su criada.)
Id con Dios.
No hay acción que me suceda
bien, Rodrigo: si una dama
veo airosa y conocerla
solicito, me detienen
un necio y una pendencia,
que no sé cuál es peor;
si riño y mi hermano llega,
es mi enemigo su amigo;
si por disculpa me deja
de una dama, es una dama
que mil pesares me cuesta.
De suerte, que una tapada
me huye, un necio me atormenta,
un forastero me mata
y un hermano me le lleva
a ser mi huésped a casa,
y otra dama me desprecia:
¡de malanda mi fortuna!
Que de todas esas penas
que sé la que sientes más.
No sabes.
Que la que llegas
a sentir más son los celos
de tu hermano y Beatriz bella.
Engáñaste.
Pues, ¿cuál es?
Si tengo de hablar de veras
(de ti solo me fïara)
lo que más siento es que sea
mi hermano tan poco atento,
que llevar a casa quiera
un hombre mozo, teniendo,
Rodrigo, una hermana bella,
viuda y moza y como sabes,
tan de secreto, que apenas
sabe el sol que vive en casa,
porque Beatriz por ser deuda
solamente la visita.
Ya sé que su esposo era
administrador en puertos
de mar de unas reales rentas,
y quedó debiendo al rey
grande cantidad de hacienda;
y ella a la Corte se vino
de secreto, donde intenta
escondida y retirada
componer mejor sus deudas;
y esto disculpa a tu hermano,
pues si mejor consideras
que su estado no le da
ni permisión, ni licencia
de que nadie la visite,
y que aunque su huésped sea
don Manuel, no ha de saber,
que en casa, señor, se encierra
tal mujer: ¿qué inconveniente
hay en admitirle en ella?;
y más habiendo tenido
tal recato y advertencia,
que para su cuarto ha dado
por otra calle la puerta,
y la que salía a la casa,
por desmentir la sospecha
de que el cuidado la había
cerrado, o porque pudiera
con facilidad abrirse
otra vez, fabricó en ella
una alacena de vidrios
labrada de tal manera,
que parece que jamás
en tal parte ha habido puerta.
¿Ves con lo que me aseguras?
Pues con eso mismo intentas
darme muerte, pues ya dices
que no ha puesto por defensa
de su honor más que unos vidrios,
que al primer golpe se quiebran.
(Vanse y salen DOÑA ÁNGELA y ISABEL.)
Vuélveme a dar Isabel
esas tocas, ¡pena esquiva!,
vuelve a amortajarme viva,
ya que mi suerte crüel
lo quiere así.
Toma presto,
porque si tu hermano viene,
y alguna sospecha tiene
no la confirme con esto,
de hallarte desta manera,
que hoy en Palacio te vio.
Válgame el cielo, que yo
entre dos paredes muera,
donde apenas el sol sabe
quién soy, pues la pena mía
en el término del día
ni se contiene, ni cabe;
donde inconstante la luna,
que aprende influjos de mí,
no puede decir: «Ya vi
que lloraba su fortuna»;
donde en efeto encerrada,
sin libertad he vivido,
porque enviudé de un marido,
con dos hermanos casada;
y luego delito sea
sin que toque en liviandad,
depuesta la autoridad,
ir donde tapada vea
un teatro en quien la fama,
para su aplauso inmortal,
con acentos de metal
a voces de bronce llama.
¡Suerte injusta! ¡Dura estrella!
Señora, no tiene duda,
de que mirándote viuda,
tan moza, bizarra y bella,
tus hermanos cuidadosos
te celen, porque este estado
es el más ocasionado
a delitos amorosos;
y más en la Corte hoy,
donde se han dado en usar
unas viuditas de azahar,
que al cielo mil gracias doy
cuando en las calles las veo
tan honestas, tan fruncidas,
tan beatas y aturdidas,
y en quedándose en manteo
es el mirarlas contento,
pues sin toca y devoción,
saltan más a cualquier son,
que una pelota de viento;
y este discurso doblado
para otro tiempo, señora,
¿cómo no habemos agora
en el forastero hablado,
a quien tu honor encargaste,
y tu galán hoy hiciste?
Parece que me leíste
el alma en eso que hablaste.
Cuidadosa me ha tenido,
no por él, sino por mí,
porque después cuando oí
de las cuchilladas ruido,
me puse, mas son quimeras,
Isabel a imaginar,
que él había de tomar
mi disgusto tan deveras,
que había de sacar la espada
en mi defensa: yo fui
necia en empeñarle así;
mas una mujer turbada,
¿qué mira o qué considera?
Yo no sé si lo estorbó,
mas sé, que no nos siguió
tu hermano más.
Oye, espera.
(Sale DON LUIS.)
Ángela.
Hermano y señor,
turbado y confuso vienes:
¿qué ha sucedido?, ¿qué tienes?
Harto tengo, tengo honor.
(Aparte.)
¡Ay de mí!, sin duda es,
que don Luis me conoció.
Y así siento mucho yo,
que se estime poco.
Pues, ¿has tenido algún disgusto?
Lo peor es, cuando vengo
a verte, el disgusto tengo
que tuve, Ángela.
¿Otro susto?
Pues yo, ¿en qué te puedo dar,
hermano, disgusto? Advierte.
Tú eres la causa, y el verte.
¡Ay de mí!
Ángela, estimar
tan poco de nuestro hermano...
Eso sí.
Pues cuando vienes
con los disgustos que tienes,
cuidados te dé: no en vano
el enojo que tenía
con el huésped me pagó,
pues sin conocerle yo,
hoy le he herido en profecía.
¿Pues cómo fue?
Entré en la plaza
de Palacio, hermana, a pie
hasta el palenque, porque
toda la desembaraza
de coches y caballeros
la guarda; a un corro me fui
de amigos, adonde vi,
que alegres y lisonjeros
los tenía una tapada,
a quien todos celebraron
lo que dijo, y alabaron
de entendida y sazonada.
Desde el punto que llegué
otra palabra no habló,
tanto, que a alguno obligó
a preguntarla por qué,
porque yo llegaba, había
con tanto extremo callado.
Todo me puso en cuidado;
miré si la conocía
y no pude, porque ella
se puso más en taparse,
en esconderse y guardarse.
Viendo que no pude vella,
seguilla determiné:
ella siempre atrás volvía,
a ver si yo la seguía,
cuyo gran cuidado fue
espuela de mi cuidado.
Yendo desta suerte pues,
llegó un hidalgo, que es
de nuestro huésped crïado,
a decir que le leyese
una carta; respondí
que iba de priesa, y creí
que detenerme quisiese
con este intento, porque
la mujer le habló al pasar;
y tanto dio en porfiar,
que le dije no se qué.
Llegó en aquella ocasión
en defensa del crïado
nuestro huésped, muy soldado:
sacamos, en conclusión,
las espadas. Todo es esto,
pero más pudiera ser.
¡Miren la mala mujer
en qué ocasión te había puesto!
Que hay mujeres tramoyeras.
Pondré que no conocía
quién eras, y que lo hacía
solo porque la siguieras.
Por eso estoy harta yo
de decir, si bien te acuerdas,
que mires, que no te pierdas
por mujercillas que no
saben más que aventurar
los hombres.
¿En qué has pasado la tarde?
En casa me he estado
entretenida en llorar.
¿Hate nuestro hermano visto?
Desde esta mañana no
ha entrado aquí.
¡Qué mal yo
estos descuidos resisto!
Pues deja los sentimientos,
que al fin sufrirle es mejor,
que es nuestro hermano mayor,
y comemos de alimentos.
Si tú estás tan consolada,
yo también; que yo por ti
lo sentía, y porque así
veas no dárseme nada,
a verle voy, y aun con él
haré una galantería.
(Vase.)
¿Qué dirás, señora mía,
después del susto crüel,
de lo que en casa nos pasa?
Pues el que hoy ha defendido
tu vida, huésped y herido,
le tienes dentro de casa.
Yo, Isabel, lo sospeché
cuando de mi hermano oí
la pendencia, y cuando vi,
que el herido el huésped fue;
pero aún bien no lo he creído,
porque cosa extraña fuera
que un hombre a Madrid viniera,
y hallase, recién venido,
una dama que rogase
que su vida defendiese;
un hermano que le hiriese,
y otro que le aposentase.
Fuera notable suceso,
y aunque todo puede ser,
no lo tengo de creer
sin vello.
Y si para eso
te dispones, yo bien sé
por dónde verle podrás,
y aun más que velle.
Tú estás
loca: ¿cómo, si se ve
de mi cuarto tan distante
el suyo?
Parte hay por donde
este cuarto corresponde
al otro: esto no te espante.
No porque verlo deseo,
sino solo por saber,
dime, ¿cómo puede ser?,
que lo escucho y no lo creo.
¿No has oído que labró
en la puerta una alacena
tu hermano?
Ya lo que ordena
tu ingenio he entendido yo:
dirás que, pues es de tabla,
algún agujero hagamos
por donde al huésped veamos.
Más que eso mi ingenio entabla.
Por cerrar y encubrir
la puerta que se tenía,
y que a este jardín salía,
y poder volverla a abrir,
hizo tu hermano poner
portátil una alacena;
esta, aunque de vidrios llena,
se puede muy bien mover.
Yo lo sé bien porque cuando
la alacena aderecé
la escalera la arrimé,
y ella se fue desclavando
poco a poco, de manera,
que todo junto cayó
y dimos en tierra yo,
alacena y escalera,
de suerte, que en falso agora
la tal alacena está,
y apartándose podrá
cualquiera pasar, señora.
Esto no es determinar,
sino prevenir primero:
ves aquí, Isabel, que quiero
a esotro cuarto pasar;
he quitado la alacena;
por allá, ¿no se podrá
quitar también?
Claro está,
y para hacerla más buena,
en falso se han de poner
dos clavos, para advertir,
que solo la sepa abrir
el que lo llega a saber.
Al crïado que viniere
por luz y por ropa, di
que vuelva a avisarte a ti,
si a caso el huésped saliere
de casa, que según creo,
no le obligará la herida
a hacer cama.
Y, por tu vida, ¿irás?
Un necio deseo
tengo de saber si es él
el que mi vida guardó,
porque si le cuesto yo
sangre y cuidado, Isabel,
es bien mirar por su herida,
si es que segura de miedo
de ser conocida, puedo
ser con él agradecida.
Vamos, que tengo de ver
la alacena, y si pasar
puedo al cuarto, he de cuidar,
sin que él lo llegue a entender,
desde aquí de su regalo.
Notable cuento será, mas, ¿si lo cuenta?
No hará;
que hombre que su esfuerzo igualó
a su gala y discreción,
puesto que de todo ha hecho
noble experiencia en mi pecho
en la primera ocasión,
de valiente, en lo restado,
de galán, en lo lucido,
en el modo de entendido,
no me ha de causar cuidado,
que diga suceso igual;
que fuera notable mengua
que echara una mala lengua
tan buenas partes a mal.
(Vanse. Salen DON JUAN, DON MANUEL y un criado con luz.)
Acostaos por vida mía.
Es tan poca la herida,
que antes don Juan sospecho,
que parece melindre el haber hecho
caso ninguno della.
Harta ventura ha sido de mi estrella,
que no me consolara
jamás, si este contento me costara
el pesar de teneros
en mi casa indispuesto, y el de veros
herido por la mano
(si bien no ha sido culpa) de mi hermano.
Él es buen caballero,
y me tiene envidioso de su acero,
de su estilo admirado,
y he de ser muy su amigo y su crïado.
(Sale DON LUIS y un criado con un azafate cubierto, y en él un aderezo de espada.)
Yo, señor, lo soy vuestro,
como en la pena que recibo muestro,
ofreciéndoos mi vida;
y porque el instrumento de la herida
en mi poder no quede,
pues ya agradarme ni servirme puede,
bien como aquel crïado
que a su señor algún disgusto ha dado,
hoy de mí le despido;
esta es, señor, la espada que os ha herido;
a vuestras plantas viene
a pediros perdón, si culpa tiene:
tome vuestra querella
con ella en mí venganza, de mí y della.
Sois valiente y discreto,
en todo me vencéis; la espada aceto,
porque siempre a mi lado
me enseñe a ser valiente; confïado
desde hoy vivir procuro,
porque, ¿de quién no vivirá seguro
quien vuestro acero ciñe generoso?;
que él solo me tuviera temeroso.
Pues don Luis me ha enseñado
a lo que estoy por huésped obligado,
otro regalo quiero
que recibáis de mí.
Qué tarde espero
pagar tantos favores;
los dos os competís en darme honores.
(Sale COSME cargado de maletas y cojines.)
Docientos mil demonios
de su furia infernal den testimonios,
volviéndose inclementes
docientas mil serpientes,
que asiéndome de un vuelo,
den conmigo de patas en el cielo,
del mandato oprimidos
de Dios, por justos juicios compelidos;
si vivir no quisiera sin injurias,
en Galicia o Asturias,
antes que en esta Corte.
Reporta.
El reportorio se reporte.
¿Qué dices?
Lo que digo:
que es traidor quien da paso a su enemigo.
¿Qué enemigo? Detente.
El agua de una fuente y otra fuente.
¿De aqueso te inquietas?
Venía de cojines y maletas
por la calle cargado,
y en una zanja de una fuente he dado,
y así lo traigo todo,
como dice el refrán, puesto de lodo.
¿Quién esto en casa mete?
Vete de aquí, que estás borracho, vete.
Si borracho estuviera,
menos mi enojo con el agua fuera:
cuando en un libro leo de mil fuentes,
que vuelven varias cosas sus corrientes,
no me espanto, si aquí ver determino,
que nace el agua a convertirse en vino.
Si él empieza, en un año
no acabará.
Él tiene humor extraño.
Solo de ti querría
saber, si sabes leer (como este día
en el libro citado
muestras), ¿por qué pediste tan pesado,
que una carta te leyese?; ¿qué te apartas?
Porque sé leer en libros y no en cartas.
Está bien respondido.
Que no hagáis caso dél por Dios os pido:
ya le iréis conociendo,
y sabréis que es burlón.
Hacer pretendo
de mis burlas alarde;
para alguna os convido.
Pues no es tarde,
porque me importa, hoy quiero
hacer una visita.
Yo os espero para cenar.
Tú, Cosme, esas maletas
abre, y saca la ropa, no las metas.
Si quisieres cerrar, esta es del cuarto
la llave; que aunque tengo
llave maestra, por si a caso vengo
tarde, más que las dos otra no tiene;
ni otra puerta tampoco, así conviene;
y en el cuarto la deja, y cada día
vendrán a aderezarle.
(Vanse y queda COSME.)
Hacienda mía,
ven acá que yo quiero
visitarte primero,
porque ver determino
cuánto habemos sisado en el camino;
que como en las posadas
no se hilan las cuentas tan delgadas
como en casa, que vive en sus porfías
la cuenta y la razón por lacerías,
hay mayor aparejo del provecho,
para meter la mano, no en mi pecho,
sino en la bolsa ajena.
(Abre una maleta y saca un bolsón.)
Topé la propia, buena está, y rebuena,
pues aquesta jornada
subió doncella y se apeó preñada;
contallo quiero, es tiempo perdido,
porque yo, ¿qué borregos he vendido
a mi señor, para que mire y vea
si está cabal? Lo que ello fuere sea.
Su maleta es aquesta;
ropa quiero sacar, por si se acuesta
tan prestro; que él mandó que hiciese esto;
mas porque él lo mandó, ¿se ha de hacer presto?;
por haberlo él mandado
antes no lo he de hacer, que soy crïado;
salirme un rato es justo
a rezar a una ermita. ¿Tendrás gusto
desto Cosme? Tendré. Pues Cosme, vamos,
que antes son nuestros gustos, que los amos.
(Vase.)
(Por una alacena, que estará hecha con anaqueles y vidrios en ella, quitándose con goznes, como que se desencaja, salen DOÑA ÁNGELA y ISABEL.)
Que está el cuarto solo, dijo
Rodrigo, porque el tal huésped
y tus hermanos se fueron.
Por esto pude atreverme
a hacer solo esta experiencia.
¿Ves que no hay inconveniente
para pasar hasta aquí?
Antes, Isabel, parece,
que todo cuanto previne
füe müy impertinente,
pues con ninguno topamos,
que la puerta fácilmente
se abre y se vuelve a cerrar,
sin ser posible que se eche
de ver.
¿Y a qué hemos venido?
A volvernos solamente,
que para hacer sola una
travesura dos mujeres,
basta haberla imaginado;
porque al fin esto no tiene
más fundamento, que haber
hablado en ello dos veces,
y estar yo determinada,
siendo verdad que es aqueste
caballero el que por mí
se empeñó osado y valiente,
como te he dicho, a mirar
por su regalo.
Aquí tiene
el que le trujo tu hermano,
y una espada en un bufete.
Ven acá; ¿mi escribanía
trujeron aquí?
Dio en ese
desvarío mi señor;
dijo que aquí la pusiese
con recado de escribir
y mil libros diferentes.
En el suelo hay dos maletas.
Y abiertas, señora; ¿quieres
que veamos qué hay en ellas?
Sí, que quiero neciamente
mirar qué ropa y alhajas
trae.
Soldado y pretendiente,
vendrá muy mal alhajado.
(Sacan todo cuanto van diciendo y todo lo esparcen por la sala.)
¿Qué es eso?
Muchos papeles.
¿Son de mujer?
No señora,
sino procesos que vienen
cosidos y pesan mucho.
Pues si fueran de mujeres
ellos fueran más livianos,
mal en eso te detienes.
¿Ropa blanca hay aquí alguna?
¿Huele?
Sí, a limpia huele.
Ese es el mejor perfume.
Las tres calidades tiene,
de blanca, blanda y delgada;
mas, señora, ¿qué es aqueste
pellejo con unos hierros
de herramientas diferentes?
Muestra a ver. Hasta aquí loza
de sacamuelas parece;
mas estas son tenacillas
y el alzador del copete
y los bigotes estotras.
Iten escobilla y peine;
oye, que más prevenido,
no le faltará al tal huésped
la horma de su zapato.
¿Por qué?
Porque aquí la tiene.
¿Hay más?
Sí señora. Iten,
como a forma de billetes,
legajo segundo.
Muestra.
De mujer son y contienen
más que papel; un retrato
está aquí.
¿Qué te suspende?
El verle; que una hermosura
si está pintada divierte.
Parece que te ha pesado
de sacalle.
¡Qué necia eres!
No mires más.
¿Y qué intentas?
Dejarle escrito un billete;
toma el retrato.
(Pónese a escribir.)
Entretanto
la maleta del sirviente
he de ver. Esto es dinero;
cuartazos son insolentes,
que en la república donde
son los príncipes y reyes
los doblones y los reales,
ellos son la común plebe.
Una burla le he de hacer,
y ha de ser de aquesta suerte,
quitarle de aquí el dinero
al tal lacayo y ponerle
unos carbones; dirán:
«¿Dónde demonios lo tiene
esta mujer?», no advirtiendo
que esto sucedió en noviembre
y que hay brasero en el cuarto.
Yo escribí; ¿qué te parece
adónde deje el papel,
porque si mi hermano viene
no le vea?
Así, debajo
de la toalla que tienen
las almohadas, que al quitarla
se verá forzosamente,
y no es parte que hasta entonces
se ha de andar.
Muy bien adviertes;
ponle allí y ve recogiendo
todo esto.
Mira que tuercen
la llave ya.
Pues dejallo
todo, esté como estuviere,
y a escondernos. Isabel,
ven.
Alacena me fecitó.
(Vanse por el alacena y queda como estaba; sale COSME.)
Ya que me he servido a mí,
de barato quiero hacerle
a mi amo otro servicio;
mas, ¿quién nuestra hacienda vende,
que así hace almoneda della?
¡Vive Cristo, que parece
plazuela de la Cebada
su sala con nuestros bienes!
¿Quién está aquí? No está nadie,
por Dios; y si está, no quiere
responder; no me respondas,
que me huelgo de que eche
de ver, que soy enemigo
de respondones; con este
humor, sea bueno o sea malo
(si he de hablar discretamente)
estoy temblando de miedo;
pero como a mí me deje
el revoltoso de alhajas,
libre mi dinero, llegue
y revuelva las maletas,
una y cuatrocientas veces.
Mas, ¿qué veo? Vive Dios
que en carbones lo convierte.
Duendecillo, duendecillo,
quien quiera que fuiste y eres,
el dinero que tú das
en lo que mandares vuelve,
mas, lo que yo hurto, ¿por qué?
(Salen DON JUAN, DON LUIS y DON MANUEL.)
¿De qué das voces?
¿Qué tienes?
¿Qué te ha sucedido? Habla.
Lindo desenfado es ese,
si tienes por inquilino,
señor, en tu casa un duende.
¿Para qué nos recibiste
en ella? Un instante breve
que falté de aquí, la ropa
de tal modo y de tal suerte
hallé, que, toda esparcida,
una almoneda parece.
¿Falta algo?
No falta nada;
el dinero solamente
que en esta bolsa tenía,
que era mío, me convierte
en carbones.
Sí, ya entiendo.
¡Qué necia burla previenes,
qué fría y qué sin donaire!
¡Qué mala y qué impertinente!
No es burla esta, vive Dios.
Calla, que estás como sueles.
Es verdad, mas suelo estar
en mi juicio algunas veces.
Quedaos con Dios y acostaos,
don Manuel, sin que os desvele
el duende de la posada,
y aconsejalde que intente
otras burlas, al crïado.
(Vase.)
No en vano sois tan valiente
como sois, si habéis de andar
desnuda la espada siempre,
saliendo de los disgustos
en que este loco os pusiere.
(Vase.)
¿Ves cuál me tratan por ti?
Todos por loco me tienen
porque te sufro; a cualquiera
parte que voy, me suceden
mil desaires por tu causa.
Ya estás solo y no he de hacerte
burla mano a mano yo,
porque solo en tercio puede
tirarse uno con su padre;
dos mil demonios me lleven
si no es verdad que salió,
y esto, fuese quien se fuese,
hizo este estrago.
¿Con eso
ahora disculparte quieres
de la necedad? Recoge
esto que esparcido tienes
y entra a acostarme.
Señor, en una galera reme.
Calla, calla, o vive Dios,
que la cabeza te quiebre.
Pesarame con extremo,
que lo tal me sucediese.
Ahora bien, va de envasar
otra vez los adherentes
de mis maletas. ¡Oh cielos,
quién la trompeta tuviese
del juicio de las alhajas,
porque a una voz solamente
viniesen todas!
Alumbra, Cosme.
Pues, ¿qué te sucede?;
señor, ¿has hallado a caso
allá dentro alguna gente?
Descubrí la cama, Cosme,
para acostarme, y halleme
debajo de la toalla
de la cama este billete
cerrado, y ya el sobre escrito
me admira más.
¿A quién viene?
A mí, mas el modo extraño.
¿Cómo dice?
Me suspende.
(Lee.)
Nadie me abra, porque soy de don Manuel solamente.
Plega a Dios que no me creas
por fuerza; no le abras, tente,
sin conjurarle primero.
Cosme, lo que me suspende
es la novedad, no el miedo;
que quien admira no teme.
(Lee.)
Con cuidado me tiene vuestra salud, como a quien fue la causa de su riesgo; y así agradecida y lastimada, os suplico, me aviséis della y os sirváis de mí; que para lo uno y lo otro habrá ocasión, dejando la respuesta donde hallasteis esta, advertido, que el secreto importa, porque el día que lo sepa alguno de los amigos, perderé yo el honor y la vida.
¡Extraño caso!
¿Qué extraño?
¿Eso no te admira?
No,
antes con esto llegó
a mi vida el desengaño.
¿Cómo?
Bien claro se ve,
que aquella dama tapada,
que tan ciega y tan turbada
de don Luis huyendo fue,
era su dama; supuesto,
Cosme, que no puede ser,
si es soltero, su mujer;
y dado por cierto esto,
¿qué dificultad tendrá,
que en la casa de su amante
tenga ella mano bastante
para entrar?
Muy bien está
pensado, mas mi temor
pasa adelante; confieso
que es su dama y el suceso
te doy por bueno, señor,
pero ella, ¿cómo podía
desde la calle saber
lo que había de suceder,
para tener este día
ya prevenido el papel?
Después de haberme pasado,
pudo dárselo a un crïado.
Y aunque se le diera, ¿él
cómo aquí ha de haberle puesto?
Porque ninguno aquí entró
desde que aquí quedé yo.
Bien pudo ser antes esto.
Sí, mas hallar trabucadas
las maletas y la ropa
y el papel escrito, topa
en más.
Mira si cerradas
esas ventanas están.
Y con aldabas y rejas.
Con mayor duda me dejas,
y mil sospechas me dan.
¿De qué?
No sabré explicallo.
En efeto, ¿qué has de hacer?
Escribir y responder
pretendo hasta averiguallo,
con estilo que parezca
que no ha hallado en mi valor,
ni admiración ni temor;
que no dudo que se ofrezca
una ocasión en que demos,
viendo que papeles hay,
con quien los lleva y los tray.
¿Y de aquesto no daremos
cuenta a los huéspedes?
No,
porque no tengo de hacer
mal alguno a una mujer
que así de mí se fïo.
Luego ya ofendes a quien
su galán piensas.
No tal,
pues sin hacerla a ella mal,
puedo yo proceder bien.
No, señor; más hay aquí
de lo que a ti te parece:
con cada discurso crece
mi sospecha.
¿Cómo así?
Ves aquí que van y vienen
papeles, y que jamás,
aunque lo examines más,
ciertos desengaños tienen:
¿qué creerás?
Que ingenio y arte
hay para entrar y salir,
para cerrar, para abrir,
y que el cuarto tiene parte
por donde, y en duda tal
el juicio podré perder,
pero no, Cosme, creer
cosa sobre natural.
¿No hay duendes?
Nadie los vio.
¿Familiares?
Son quimeras.
¿Brujas?
Menos.
¿Hechiceras?
¡Qué error!
¿Hay súcubos?
No.
¿Encantadoras?
Tampoco.
¿Mágicos?
Es necedad.
¿Nigromantes?
Liviandad.
¿Energúmenos?
¡Qué loco!
¡Vive Dios que te cogí!
¿Diablos?
Sin poder notorio.
¿Hay almas de purgatorio?
¿Que me enamoren a mí?
¿Hay más necia bobería?
Déjame, que estás cansado.
En fin, ¿qué has determinado?
Asistir de noche y día
con cuidados singulares;
aquí el desengaño fundo,
no creas que hay en el mundo,
ni duendes ni familiares.
Pues yo en efeto presumo
que algún demonio los tray;
que esto, y más, habrá donde hay
quien tome tabaco en humo.
(Vanse.)
Jornada segunda
(Salen DOÑA ÁNGELA, DOÑA BEATRIZ y ISABEL.)
Notables cosas me cuentas.
No te parezcan notables
hasta que sepas el fin.
¿En qué quedamos?
Quedaste
en que por el alacena
hasta su cuarto pasaste,
que es tan difícil de verse
como fue de abrirse fácil;
que le escribiste un papel,
y que al otro día hallaste
la respuesta.
Digo, pues,
que tan cortés y galante
estilo no vi jamás,
mezclando entre lo admirable
del suceso lo gracioso,
imitando los andantes
caballeros, a quien pasan
aventuras semejantes.
El papel, Beatriz, es este;
holgareme que te agrade.
(Lee DOÑA ÁNGELA.)
Fermosa dueña, cualquiera que vós seáis la condolida deste afanado caballero, y a saz piadosa minoráis sus cuitas, ruego vós me queráis facer sabidor del follón mezquino, o pagano malandrín, que en este encanto vos amancilla, para que segunda vegada en vueso nombre, sano ya de las pasadas feridas, entre en descomunal batalla, maguer que finque en ella, que non es la vida de más proo que la muerte, tenudo a su deber un caballero. El Dador de la Luz vos mampare, e a mí non olvide. El Caballero de la Dama Duende.
¡Buen estilo, por mi vida!;
y a propósito el lenguaje
del encanto y la aventura.
Cuando esperé que con graves
admiraciones viniera
el papel, vi semejante
desenfado, cuyo estilo
quise llevar adelante,
y respondiendo así,
pasé...
Detente, no pases,
que viene don Juan, tu hermano.
Vendrá muy firme y amante
a agradecerse la dicha
de verte, Beatriz, y hablarte
en su casa.
No me pesa,
si hemos de decir verdades.
(Sale DON JUAN.)
No hay mal que por bien no venga,
dicen adagios vulgares,
y en mí se ve, pues que vienen
por mis bienes vuestros males.
He sabido, Beatriz bella,
que un pesar que vuestro padre
con vós tuvo, a nuestra casa
sin gusto y contento os trae.
Pésame que hayan de ser
lisonjeros y agradables,
como para vós mis gustos,
para mí vuestros pesares.
Pues es fuerza que no sienta
desdichas que han sido parte
de veros, porque hoy amor
diversos efetos hace,
en vós de pena, y en mí
de gloria, bien como el áspid,
de quien, si sale el veneno,
también la trïaca sale.
Vós seáis muy bien venida,
que aunque es corto el hospedaje,
bien se podrá hallar un sol
en compañía de un ángel.
Pésames y parabienes
tan cortésmente mezclasteis,
que no sé a qué responderos;
disgustada con mi padre
vengo, la culpa tuvisteis,
pues aunque el galán no sabe,
sabe que por el balcón
hablé anoche, y mientras pase
el enojo, con mi prima
quiere que esté, porque hace
de su virtud confïanza.
Solo os diré, y esto baste,
que los disgustos estimo,
porque también en mí cause
amor diversos efetos,
bien como el sol cuando esparce
bellos rayos, que una flor
se marchita y otra nace.
Hiere el amor en mi pecho,
y es solo un rayo bastante
a que se muera el pesar
y nazca el gusto de hallarme
en vuestra casa, que ha sido
una esfera de diamante,
hermosa envidia de un sol
y capaz dosel de un ángel.
Bien se ve que de ganancia
hoy andáis los dos amantes,
pues que me dais de barato
tantos favores.
¿No sabes,
hermana, lo que he pensado?
Que tú, solo por vengarte
del cuidado que te da
mi huésped, cuerda buscaste
huéspeda, que a mí me ponga
en cuidado semejante.
Dices bien, y yo lo he hecho
solo porque la regales.
Yo me doy por muy contento
de la venganza.
¿Qué haces,
don Juan?, ¿dónde vas?
Beatriz,
a servirte; que dejarte
solo a ti por ti pudiera.
Déjale ir.
Dios os guarde.
(Vase.)
Sí, cuidado con su huésped
me dio, y cuidado tan grande,
que apenas sé de mi vida,
y él de la suya no sabe.
Viéndote a ti con el mismo
cuidado, he de desquitarme,
porque de huésped a huésped
estemos los dos iguales.
El deseo de saber
tu suceso, fuera parte
solamente a no sentir
su ausencia.
Por no cansarte:
papeles suyos y míos
fueron y vinieron tales
(los suyos digo) que pueden
admitirse y celebrarse,
porque mezclando las veras
y las burlas, no vi iguales
discursos.
Y él en efeto,
¿qué es a lo que se persuade?
A que debo de ser dama
de don Luis, juntando partes
de haberme escondido dél
y de tener otra llave
del cuarto.
Sola una cosa
dificultad se me hace.
Di cuál es.
¿Cómo este hombre,
viendo que hay quien lleva y trae
papeles, no te ha espiado,
y te ha cogido en el lance?
No está eso por prevenir,
porque tengo a sus umbrales
un hombre yo, que me avisa
de quién entra y de quién sale
y así no pasa Isabel,
hasta saber que no hay nadie.
Que ya ha sucedido, amiga,
un día entero quedarse
un crïado para verlo,
y haberle salido en balde
la diligencia y cuidado;
y porque no se me pase
de la memoria, Isabel,
llévate aquel azafate
en siendo tiempo.
Otra duda:
¿cómo es posible que alabes
de tan entendido, un hombre
que no ha dado en casos tales
en el secreto común
de la alacena?
¿Ahora sabes
lo del huevo de Juanelo,
que los ingenios más grandes
trabajaron en hacer
que en un bufete de jaspe
se tuviese en pie, y Juanelo
con solo llegar y darle
un golpecillo, le tuvo?
Las grandes dificultades
hasta saberse lo son,
que sabido, todo es fácil.
Otra pregunta.
¿Di cuál?
De tan locos disparates,
¿quién piensas sacar?
No sé.
Dijérate que mostrarme
agradecida y pasar
mis penas y soledades,
si ya no fuera más que esto,
porque necia y ignorante
he llegado a tener celos
de ver que el retrato guarde
de una dama, y aun estoy
dispuesta a entrar y tomarle
en la primera ocasión,
y no sé cómo declare
que estoy ya determinada
a que me vea y me hable.
¿Descubierta por quien eres?
¡Jesús, el cielo me guarde!
Ni él, pienso yo, que a un amigo
y huésped, traición tan grande
hiciera; pues a pensar
que soy dama suya, hace
escribirme temeroso,
cortés, turbado y cobarde;
y en efeto, yo no tengo
de ponerme a ese desaire.
Pues, ¿cómo ha de verte?
Escucha
y sabrás la más notable
traza, sin que yo al peligro
de verme en su cuarto pase,
y él venga sin saber dónde.
Pon otro hermano a la margen,
que viene don Luis.
Después
lo sabrás.
¡Qué desiguales
son los influjos!, ¡que el cielo,
en igual mérito y partes,
ponga tantas diferencias
y tantas distancias halle,
que, con un mismo deseo,
uno obligue y otro canse!
Vamos de aquí, que no quiero
que don Luis llegue a hablarme.
(Quiérese ir y sale DON LUIS.)
¿Por qué os ausentáis así?
Solo porque vós llegasteis.
La luz más hermosa y pura
de quien el sol la aprendió,
¿huye porque llegue yo?,
¿soy la noche por ventura?
Pues perdone tu hermosura,
si atrevido y descortés
en detenerte me ves,
que yo en esta contingencia
no quiero pedir licencia,
porque tú no me la des;
que estimando tu rigor,
no quiere la suerte mía,
que aun esto que es cortesía
tenga nombre de favor;
ya sé que mi loco amor
en tus desprecios no alcanza
un átomo de esperanza,
pero yo, viendo tan fuerte
rigor, tengo de quererte
por solo tomar venganza;
mayor gloria me darás
cuando más pena me ofrezcas,
pues cuando más me aborrezcas
tengo de quererte más;
si desto quejosa estás,
porque con solo un querer
los dos vengamos a ser,
entre el placer y el pesar,
extremos, aprende a amar
o enséñame a aborrecer.
Enséñame tú rigores,
yo te enseñaré finezas;
enséñame tú asperezas,
yo te enseñaré favores;
tú desprecios, y yo amores;
tú olvido, y yo firme fe;
aunque es mejor, porque dé
gloria al amor, siendo dios,
que olvides tú por los dos,
que yo por los dos querré.
Tan cortésmente os quejáis,
que aunque agradecer quisiera
vuestras penas, no lo hiciera
solo porque las digáis.
Como tan mal me tratáis,
el idioma del desdén
aprendí.
Pues ese es bien
que sigáis; que en caso tal,
hará soledad el mal
a quien le dice tan bien.
(Detiénela.)
Oye, si a caso te vengas,
y padezcamos los dos.
No he de escucharos. Por Dios,
amiga, que le detengas.
(Vase.)
¡Que tan poco valor tengas,
que esto quiera oír y ver!
¡Ay, hermana!, ¿qué he de hacer?
Dar tus penas al olvido,
que querer aborrecido,
es morir y no querer.
(Vase con ISABEL.)
Quejoso, ¿cómo podré
olvidarla?; que es error.
Dila que me haga un favor,
y obligado olvidaré.
Ofendido no, porque
el más prudente, el más sabio
da su sentimiento al labio;
si olvidarse el favor suele,
es porque el favor no duele
de la suerte que el agravio.
(Sale RODRIGO.)
¿De dónde vienes?
No sé.
Triste parece que estás:
¿la causa no me dirás?
Con doña Beatriz hablé.
No digas más, ya se ve
en ti lo que respondió;
pero, ¿dónde está, que yo
no la he visto?
La tirana
es huéspeda de mi hermana
unos días, porque no
me falte un enfado así
de un huésped; que cada día
mis hermanos a porfía
se conjuran contra mí,
pues cualquiera tiene aquí
uno que pesar me de:
de don Manuel, ya se ve,
y de Beatriz, pues los cielos
me traen a casa mis celos,
porque sin ellos no esté.
Mira que don Manuel puede
oírte, que viene allí.
(Sale DON MANUEL.)
Solo en el mundo por mí
tan gran prodigio sucede;
¿qué haré, cielos, con que quede
desengañado y saber
de una vez, si esta mujer
de don Luis dama ha sido
o cómo mano ha tenido,
y cautela, para hacer
tantos engaños?
Señor don Manuel.
Señor don Luis.
¿De dónde bueno venís?
De Palacio.
Grande error
el mío fue en preguntar,
a quien pretensiones tiene,
dónde va ni dónde viene,
porque es fuerza que ha de dar
cualquiera línea en Palacio,
como centro de su esfera.
Si solo a Palacio fuera
estuviera más de espacio;
pero mi afán inmortal
mayor término ha pedido:
su Majestad ha salido
esta tarde al Escurial,
y es fuerza esta noche ir
con mis despachos allá,
que de importancia será.
Si ayudaros a servir
puedo en algo, ya sabéis,
que soy en cualquier suceso,
vuestro.
Las manos os beso
por la merced que me hacéis.
Ved que no es lisonja esto.
Ya veo que es voluntad
de mi aumento.
Así es verdad,
(Aparte.)
porque negocies más presto.
Pero a un galán cortesano,
tanto como vós, no es justo
divertirle de su gusto;
porque yo tengo por llano
que estaréis entretenido,
y gran desacuerdo fuera
que ausentaros pretendiera.
Aunque hubiérades oído
lo que con Rodrigo hablaba
no respondierais así.
Luego, ¿bien he dicho?
Sí,
que aunque es verdad que lloraba
de una hermosura el rigor,
a la firme voluntad
le hace tanta soledad
el desdén como el favor.
¡Qué desvalido os pintáis!
Amo una grande hermosura,
sin estrella y sin ventura.
¿Conmigo disimuláis
agora?
¡Pluguiera al cielo!,
mas tan infeliz nací,
que huye esta beldad de mí,
como de la noche el velo
de la hermosa luz del día
a cuyos rayos me quemo.
¿Queréis ver con cuánto extremo
es la triste suerte mía?
Pues porque no la siguiera,
amante y celoso yo,
a una persona pidió
que mis pasos detuviera;
ved si hay rigores más fieros,
pues todos suelen buscar
terceros para alcanzar,
y ella, ¿huye por terceros?
(Vase él y RODRIGO.)
¿Qué más se ha de declarar?
Mujer que su vista huyó
y a otra persona pidió
que le llegase a estorbar,
por mí lo dice, y por ella;
ya por lo menos vencí
una duda, pues ya vi,
que aunque es verdad que es aquella,
no es su dama, porque él
despreciado no viviera
si en su casa la tuviera;
ya es mi duda más crüel:
si no es su dama, ni vive
en su casa, ¿cómo así
escribe y responde?; aquí
muere un engaño y concibe
otro engaño, ¿qué he de hacer?;
que soy en mis opiniones
confusión de confusiones:
¡válgate Dios por mujer!
(Sale COSME.)
Señor, ¿qué hay de duende?, ¿a caso
hasle visto por aquí?
Que de saber que no está
allá, me holgaré.
Habla paso.
Que tengo mucho que hacer
en nuestro cuarto, y no puedo
entrar.
Pues, ¿qué tienes?
Miedo.
¿Miedo un hombre ha de tener?
No le ha de tener, señor,
pero ve aquí que le tiene,
porque al suceso conviene.
Deja aquese necio humor,
y lleva luz, porque tengo
de disponer de escribir,
y esta noche he de salir
de Madrid.
A eso me atengo,
pues, ¿dices con eso aquí
que tienes miedo al suceso?
Antes te he dicho con eso
que no hago caso de ti:
pues de otras cosas me acuerdo
que son diferentes, cuando
en estas me estás hablando;
el tiempo en efeto pierdo;
en tanto que me despido
de don Juan, ten luz.
(Vase.)
Sí haré;
luz al duende llevaré,
que es hora que sea servido
y no esté a escuras; aquí
ha de haber una cerilla;
en aquella lamparilla
que está murmurando allí,
encenderla agora puedo.
¡Oh qué prevenido soy!
Y entre estas y estotras voy
titiritando de miedo.
(Vase y sale ISABEL por la alacena con un azafate cubierto.)
Fuera están, que así el crïado
me lo dijo; ahora es tiempo
de poner este azafate
de ropa blanca en el puesto
señalado. ¡Ay de mí triste!,
que como es de noche, tengo
con la grande obscuridad
de mí misma asombro y miedo;
¡válgame Dios, que temblando
estoy! El duende primero
soy que se encomienda a Dios.
No hallo el bufete; ¿qué es esto?;
con la turbación y espanto
perdí de la sala el tiento;
no sé dónde estoy, ni hallo
la mesa; ¡qué he de hacer, cielos!
Si no acertase a salir
y me hallasen aquí dentro,
dábamos con todo el caso
al traste. Gran temor tengo;
y más agora, que abrir
la puerta del cuarto siento
y trae luz el que la abre;
aquí dio fin el suceso,
que ya, ni puedo esconderme,
ni volver a salir puedo.
(Sale COSME con luz.)
Duende mi señor, si a caso
obligan los rendimientos
a los duendes bien nacidos,
humildemente le ruego
que no se cuerde de mí
en sus muchos embelecos,
y esto por cuatro razones:
la primera, yo me entiendo;
(Va andando y ISABEL detrás dél, huyendo de que no la vea.)
la segunda, usted lo sabe;
la tercera, por aquello
de que al buen entendedor;
la cuarta, por estos versos:
Señor Dama Duende
duélase de mí,
que soy niño y solo,
y nunca en tal me vi.
Ya con la luz he cobrado
el tino del aposento,
y él no me ha visto; si aquí
se la mato, será cierto
que mientras la va a encender
salir a mi cuarto puedo;
que cuando sienta el ruido,
no me verá por lo menos;
y a dos daños, el menor.
¡Qué gran músico es el miedo!
Esto ha de ser desta suerte.
(Dale un porrazo y mátale la luz.)
¡Verbo caro... fiteor Deo,
que me han muerto!
Ahora podré
escaparme.
(Al querer huir ISABEL, sale DON MANUEL.)
¿Qué es aquesto?
Cosme, ¿cómo estás sin luz?
Como a los dos nos ha muerto
la luz el duende de un soplo;
y a mí de un golpe.
Tu miedo
te hará creer esas cosas.
Bien a mi costa las creo.
¡Oh si la puerta topase!
¿Quién está aquí?
(Topa ISABEL con DON MANUEL, y él la tiene del azafate.)
Peor es esto,
que con el amo he encontrado.
Trae luz, Cosme, que ya tengo
a quien es.
Pues no le sueltes.
No haré; ve por ella presto.
Tenle bien.
(Vase.)
Del azafate
asió, en sus manos le dejo;
hallé la alacena. Adiós.
(Vase, y él tiene el azafate.)
Quien quiera que es, se esté quedo
hasta que traigan la luz,
porque si no, ¡vive el cielo!,
que le dé de puñaladas.
Pero solo abrazo el viento,
y topo solo una cosa
de ropa y de poco peso;
¿qué será?; ¡válgame Dios!,
que en más confusión me ha puesto.
(Sale COSME con luz.)
Téngase el duende a la luz;
pues, ¿qué es dél?, ¿no estaba preso?,
¿qué se hizo?, ¿dónde está?,
¿qué es esto señor?
No acierto
a responder; esta ropa
me ha dejado y se fue huyendo.
¿Y qué dices deste lance?;
aun bien, que agora tú mismo
dijiste que le tenías,
y se te fue por el viento.
Diré que aquesta persona,
que con arte y con ingenio
entra y sale aquí, esta noche
estaba encerrada dentro;
que para poder salir
te mató la luz, y luego
me dejó a mí el azafate,
y se me ha escapado huyendo.
¿Por dónde?
Por esa puerta.
Harasme que pierda el seso;
vive Dios que yo le vi
a los últimos reflejos
que la pavesa dejó
de la luz que me había muerto.
¿Qué forma tenía?
Era un fraile
tamañito, y tenía puesto
un cucurucho tamaño,
que por estas señas creo
que era duende capuchino.
¡Qué de cosas hace el miedo!
Alumbra aquí y lo que trujo
el frailecito veremos;
ten este azafate tú.
¿Yo azafates del infierno?
Tenle pues.
Tengo las manos
sucias, señor, con el sebo
de la vela, y mancharé
el tafetán que cubierto
le tiene; mejor será
que le pongas en el suelo.
Ropa blanca es y un papel;
veamos si el fraile es discreto:
(Lee.)
:En el poco tiempo que ha que vivís en esta casa, no se ha podido hacer más ropa; como se fuere haciendo se irá llevando. A lo que decís del amigo persuadido a que soy dama de don Luis, os aseguro que no solo lo soy, pero que no puedo serlo y esto dejo para la vista, que será presto. Dios os guarde.
:Bautizado está este duende,
:pues de Dios se acuerda.
¿Veslo,
cómo hay duende religioso?
Muy tarde es; ve componiendo
las maletas y cojines,
y en una bolsa pon estos
(Dale unos papeles.)
papeles, que son el todo
a que vamos; que yo intento
en tanto dejar respuesta
a mi duende.
(Pónelos sobre una silla y DON MANUEL escribe.)
Aquí los quiero,
para que no se me olviden,
y estén a mano, ponerlos,
mientras me detengo un rato
solamente a decir esto:
¿has creído ya que hay duendes?
¡Qué disparate tan necio!
¿Esto es disparate? ¿Ves
tú mismo tantos efetos,
como venirse a tus manos
un regalo por el viento,
y aún dudas? Pero bien haces,
si a ti te va bien con eso;
mas déjame a mí, que yo,
que peor partido tengo,
lo crea.
¿De qué manera?
Desta manera lo pruebo:
si nos revuelven la ropa,
te ríes mucho de verlo,
y yo soy quien la compone,
que no es trabajo pequeño.
Si a ti te dejan papeles,
y te llevan dos conceptos,
a mí me dejan carbones,
y se llevan mi dinero.
Si traen dulces, tú te huelgas
como un padre de comerlos,
y yo ayuno como un puto,
pues ni los toco ni veo.
Si a ti te dan las camisas,
las valonas y pañuelos,
a mí los sustos me dan
de escucharlo y de saberlo.
Si cuando los dos venimos
aquí, casi a un mismo tiempo,
te dan a ti un azafate
tan aseado y compuesto,
a mí me da un mojicón,
en aquestos pestorejos,
tan descomunal y grande
que me hace escupir los sesos.
Para ti solo, señor,
es el gusto y el provecho;
para mí el susto y el daño;
y tiene el duende, en efeto,
para ti mano de lana,
para mi mano de hierro.
Pues déjame que lo crea,
que se apura el sufrimiento
queriendo negarle a un hombre
lo que está pasando y viendo.
Haz las maletas y vamos,
que allá en el cuarto te espero
de don Juan.
Pues, ¿qué hay que hacer,
si allá vestido de negro
has de andar, y esto se hace
con tomar un herreruelo?
Deja cerrado y la llave
lleva, que si en este tiempo
hiciere falta, otra tiene
don Juan. Confuso me ausento
por no llevar ya sabido
esto, que ha de ser tan presto;
pero uno importa al honor
de mi casa y de mi aumento,
y otro solamente a un gusto;
y así entre los dos extremos,
donde el honor es lo más,
todo lo demás es menos.
(Vanse.)
(Salen DOÑA ÁNGELA, DOÑA BEATRIZ y ISABEL.)
¿Eso te ha sucedido?
Ya todo el embeleco vi perdido,
porque si allí me viera,
fuerza, señora, fuera
el descubrirse todo;
pero en efeto me escapé del modo
que te dije.
Fue extraño
suceso.
Y ha de dar fuerza al engaño,
sin haber visto gente,
ver que dé un azafate y que se ausente.
Si tras desto consigo
que me vea del modo que te digo,
no dudo de que pierda
el juicio.
La atención más grave y cuerda
es fuerza que se espante,
Ángela, con suceso semejante;
porque querer llamalle,
sin saber dónde viene, y que se halle
luego con una dama,
tan hermosa, tan rica y de tal fama,
sin que sepa quién es, ni dónde vive,
(que esto es lo que tu ingenio te apercibe)
y haya, tapado y ciego,
de volver a salir y dudar luego,
¿a quién no ha de admirar?
Todo advertido
está ya, y por estar tú aquí no ha sido
hoy la noche primera
que ha de venir a verme.
¿No supiera
yo callar el suceso
de tu amor?
Que no, prima, no es por eso,
sino que estando en casa
tú, como a mis hermanos les abrasa
tu amor, no salen della,
adorando los rayos de tu estrella,
y fuera aventurarme,
no ausentándose ellos, empeñarme.
(Sale DON LUIS al paño.)
¡Oh cielos!, ¡quién pudiera
disimular su afecto!, ¡quién pusiera
límite al pensamiento,
freno a la voz y ley al sentimiento!
Pero ya que conmigo
tan poco puedo, que esto no consigo,
desde aquí he de ensayarme
a vencer mi pasión y reportarme.
Yo diré de qué suerte
se podrá disponer, para no hacerte
mal tercio, y para hallarme
aquí; porque sintiera el ausentarme,
sin que el efeto viera
que deseo.
Pues di, ¿de qué manera?
¿Qué es lo que las dos tratan,
que de su mismo aliento se recatan?
Las dos publicaremos
que mi padre envió por mí, y haremos
la deshecha con modos,
que teniéndome ya por ida todos,
vuelva a quedarme en casa.
¿Qué es esto, ¡cielos!, que en mi agravio pasa?
Y oculta con secreto,
sin estorbos podré ver el efeto...
¿Qué es esto, cielo injusto?
...que ha de ser para mí de tanto gusto.
Y luego, ¿qué diremos
de verte aquí otra vez?
Pues, ¿no tendremos
(¡qué mal eso te admira!)
ingenio para hacer otra mentira?
Sí tendréis. ¿Que esto escucho?
Con nuevas penas y tormentos lucho.
Con esto, sin testigos y en secreto,
deste notable amor veré el efeto;
pues, estando escondida
yo, y estando la casa recogida,
sin escándalo arguyo
que pasar pueda de su cuarto al tuyo.
Bien claramente infiero
(cobarde vivo, y atrevido muero)
su intención; más dichoso
mi hermano la merece: estoy celoso.
A darle se prefiere
la ocasión que desea, y así, quiere
que de su cuarto pase
sin que nadie lo sepa, y yo me abrase;
y porque sin testigos
se logren (¡oh enemigos!)
mintiendo mi sospecha,
quiere hacer conmigo la deshecha;
pues si esto es así, cielo,
para el estorbo de su amor apelo;
y cuando esté escondida,
buscando otra ocasión, con atrevida
resolución veré toda la casa
hasta hallarla; que el fuego que me abrasa
ya no tiene otro medio
que el estorbar: es último remedio
de un celoso. ¡Valedme, santos cielos,
que abrasado de amor muero de celos!
(Vase.)
Está bien prevenido,
y mañana diremos que te has ido.
(Sale DON JUAN.)
Hermana; Beatriz, bella.
Ya te echábamos menos.
Si mi estrella
tantas dichas mejora,
que me eche menos vuestro sol, señora,
de mí mismo, envidioso,
tendré mi mismo bien por sospechoso;
que posible no ha sido
que os haya merecido
mi amor ese cuidado,
y así, de mí envidioso y envidiado,
tendré en tan dulce abismo,
yo, lástima y envidia de mí mismo.
Contradecir no quiero
argumento, don Juan, tan lisonjero;
que quien ha dilatado
tanto el venirme a ver y me ha olvidado,
¿quién duda que estaría
bien divertido? Sí, y allí tendría
envidia a su ventura,
y lástima perdiendo la hermosura
que tanto le divierte;
luego claro se prueba desta suerte,
con cierto silogismo,
la lástima y envidia de sí mismo.
Si no fuera ofenderme, y ofenderos,
intentara, Beatriz, satisfaceros
con deciros que he estado
con don Manuel, mi huésped, ocupado
agora en su partida,
porque se fue esta noche.
¡Ay de mi vida!
¿De qué, hermana, es el susto?
Sobresalta un placer como un disgusto.
Pésame que no sea
placer cumplido el que tu pecho vea,
pues volverá mañana.
Vuelva a vivir una esperanza vana.
(Aparte.)
Ya yo me había espantado,
que tan de paso nos venía el enfado,
que fue siempre importuno.
Yo no sospecho que te dé ninguno,
sino que tú y don Luis mostráis disgusto,
por ser cosa en que yo he tenido gusto.
No quiero responderte,
aunque tengo bien qué; y es por no hacerte
mal juego, siendo agora
tercero de tu amor, pues nadie ignora
que ejerce amor las flores de fullero
mano a mano, mejor que con tercero.
Vente, Isabel, conmigo,
que aquesta noche misma a traer me obligo
el retrato, pues puedo
pasar con más espacio y menos miedo;
tenme tú prevenida
una luz y en qué pueda ir escondida,
porque no ha de tener, contra mi fama,
quien me escribe, retrato de otra dama.
(Vanse.)
No creo que te debo
tantas finezas.
Los quilates pruebo
en su fe (porque es mucha)
en un discurso.
Dile.
Atiende, escucha.
Bella Beatriz, mi fe es tan verdadera,
mi amor tan firme, mi afición tan rara,
que aunque yo no quererte deseara,
contra mi mismo afecto te quisiera.
Estímate mi vida de manera
que, a poder olvidarte, te olvidara,
porque después por elección te amara;
fuera gusto mi amor, y no ley fuera.
Quien quiere a una mujer, porque no puede
olvidalla, no obliga con querella,
pues nada el albedrío la concede.
Yo no puedo olvidarte, Beatriz bella,
y siento el ver que tan ufana quede
con la vitoria de tu amor mi estrella.
Si la elección se debe al albedrío,
y la fuerza al impulso de una estrella,
voluntad más segura será aquella
que no viva sujeta a un desvarío.
Y así de tus finezas desconfío,
pues mi fe, que imposible atropella,
si viera a mi albedrío andar sin ella,
negara, vive el cielo, que era mío.
Pues aquel breve instante que gastara
en olvidar para volver a amarte,
sintiera que mi afecto me faltara.
Y huélgome de ver que no soy parte
para olvidarte, pues que no te amara
el rato que tratara de olvidarte.
(Vanse, y sale DON MANUEL tras COSME, que viene huyendo.)
Vive Dios, si no mirara...
Por eso miras.
... que fuera
infamia mía, que hiciera
un desatino.
Repara
en que te he servido bien,
y un descuido no está en mano
de un católico cristiano.
¿Quién ha de sufrirte, quién,
si lo que más importó,
y lo que más te he encargado,
es lo que más se ha olvidado?
Pues por eso se olvidó,
por ser lo que me importaba,
que si importante no fuera,
en olvidarse, ¿qué hiciera?
Viven los cielos, que estaba
tan cuidadoso en traer
los papeles, que por eso
los puse aparte, y confieso
que el cuidado vino a ser
el mismo que me dañó;
pues si aparte no estuvieran,
con los demás se vinieran.
Harto es que se te acordó
en la mitad del camino.
Un gran cuidado llevaba,
sin saber que le causaba,
que le juzgué a desatino,
hasta que en el caso di,
y supe que era el cuidado
el habérseme olvidado
los papeles.
Di que allí
el mozo espere, teniendo
las mulas, porque también
llegar con ruido no es bien,
despertando a quien durmiendo
está ya; pues puedo entrar,
supuesto que llave tengo,
y el despacho por quien vengo,
sin ser sentido, sacar.
Ya el mozo queda advertido;
mas considera, señor,
que sin luz es grande error
querer hallarlos, y ,el ruido,
excusarse no es posible,
porque, si luz no nos dan,
en el cuarto de don Juan,
¿cómo hemos de ver?
Terrible
es tu enfado; ¿agora quieres
que le alborote y le llame?;
pues, ¿no sabrás, dime, infame,
que causa de todo eres,
por el tiento, dónde fue
donde quedaron?
No es esa
la duda; que yo a la mesa
donde sé que los dejé,
iré a ciegas.
Abre presto.
Lo que a mi temor responde,
es que no sabré yo adónde
el duende los habrá puesto;
porque, ¿qué cosa he dejado,
que haya vuelto a hallarla yo
en la parte que quedó?
Si los hubiere mudado,
luz entonces pediremos,
pero hasta verlo, no es bien
que alborotemos a quien
buen hospedaje debemos.
(Vanse, y salen por la alacena DOÑA ÁNGELA y ISABEL.)
Isabel, pues recogida
está la casa, y es dueño
de los sentidos el sueño,
ladrón de la media vida,
y sé que el huésped se ha ido,
robarle el retrato quiero,
que vi en el lance primero.
Entra quedo y no hagas ruido.
Cierra tú por allá fuera,
y hasta venirme a avisar
no saldré yo, por no dar
en más riesgo.
Aquí me espera.
(Vase ISABEL, cierra la alacena, y salen como a escuras DON MANUEL y COSME.)
Ya está abierto.
Pisa quedo,
que si aquí sienten rumor,
será alboroto mayor.
¿Creerasme que tengo miedo?
Este duende bien pudiera
tenernos luz encendida.
La luz que truje escondida,
porque de aquesta manera
no se viese, es tiempo ya
de descubrir.
(Ellos están apartados, y ella saca una luz de una linterna que trae cubierta.)
Nunca ha andado
el duende tan bien mandado;
¡qué presto la luz nos da!
Considera agora aquí
si te quiere bien el duende,
pues que para ti la enciende
y la apaga para mí.
¡Válgame el cielo!, ya es
esto sobre natural;
que traer con prisa tal
luz, no es obra humana.
¿Ves
cómo a confesar veniste
que es verdad?
De mármol soy,
por volverme atrás estoy.
Mortal eres, ya temiste.
Hacia aquí la mesa veo,
y con papeles está.
Hacia la mesa se va.
Vive Dios, que dudo y creo
una admiración tan nueva.
¿Ves cómo nos va guïando
lo que venimos buscando,
sin que veamos quién la lleva?
(Saca la luz de la linterna, pónela en un candelero que habrá en la mesa, y toma una silla, y siéntase de espaldas a los dos.)
Pongo aquí la luz y agora
la escribanía veré.
Aguarda, que a los reflejos
de la luz todo se ve,
y no vi en toda mi vida
tan soberana mujer.
¡Válgame el cielo!, ¿qué es esto?
Hidras, a mi parecer,
son los prodigios, pues de uno
nacen mil; ¡cielos!, ¿qué haré?
De espacio lo va tomando,
silla arrastra.
Imagen es
de la más rara beldad
que el soberano pincel
ha obrado.
Así es verdad,
porque solo la hizo él.
Más que la luz resplandecen
sus ojos.
Lo cierto es,
que son sus ojos luceros
del cielo de Lucifer.
Cada cabello es un rayo
del sol.
Hurtáronlos dél.
Una estrella es cada rizo.
Sí será; porque también
se las trujeron acá,
o una parte de las tres.
No vi más rara hermosura.
No dijeras eso a fe,
si el pie la vieras, porque estos
son malditos por el pie.
Un asombro de belleza,
un ángel hermoso es.
Es verdad, pero patudo.
¿Qué es esto que querrá hacer
con mis papeles?
Yo apuesto,
que querrá mirar y ver
los que buscas, porque aquí
tengamos menos que hacer,
que es duende muy servicial.
¡Válgame el cielo!, ¿qué haré?
Nunca me he visto cobarde
sino sola aquesta vez.
Yo sí, muchas.
Y, calzado
de prisión de hielo el pie,
tengo el cabello erizado,
y cada suspiro es
para mi pecho un puñal,
para mi cuello un cordel;
mas, ¿yo he de tener temor?
¡Vive el cielo, que he de ver
si sé vencer un encanto!
(Llega y ásela.)
Ángel, demonio o mujer,
a fe que no has de librarte
de mis manos esta vez.
¡Ay infelice de mí!,
fingida su ausencia fue:
más ha sabido que yo...
De parte de Dios (aquí es
Troya del diablo) nos di...
...mas yo disimularé.
¿Quién eres, y qué nos quieres?
Generoso don Manuel
Enríquez, a quien está
guardado un inmenso bien,
no me toques, no me llegues,
que llegarás a perder
la mayor dicha que el cielo
te previno por merced
del hado, que te apadrina
por decretos de su ley.
Yo te escribí aquesta tarde,
en el último papel,
que nos veríamos presto,
y anteviendo aquesto fue;
y, pues cumplí mi palabra,
supuesto que ya me ves
en la más humana forma
que he podido elegir: ve
en paz, y déjame aquí,
porque aún cumplido no es
el tiempo en que mis sucesos
has de alcanzar y saber;
mañana los sabrás todos,
y mira que a nadie des
parte desto, si no quieres
una gran suerte perder.
Ve en paz.
Pues que con la paz
nos convida, señor, ¿qué
esperamos?
¡Vive Dios,
que corrido de temer
vanos asombros estoy!
Y puesto que no los cree
mi valor, he de apurar
todo el caso de una vez.
Mujer, quien quiera que seas,
(que no tengo de creer que eres otra cosa nunca)
vive Dios, que he de saber
quién eres, cómo has entrado
aquí, con qué fin y a qué.
Sin esperar a mañana,
esta dicha gozaré.
Si demonio, por demonio,
y si mujer, por mujer,
que a mi esfuerzo no le da
que recelar ni temer
tu amenaza, cuando fueras
demonio, aunque yo bien sé
que teniendo cuerpo tú,
demonio no puede ser,
sino mujer.
Todo es uno.
No me toques, que a perder
echas una dicha.
Dice
el señor diablo muy bien;
no la toques, pues no ha sido
harpa, laúd, ni rabel.
Si eres espíritu, agora
con la espada lo veré,
pues aunque te hiera aquí,
no ha de poderte ofender.
¡Ay de mí!, detén la espada,
sangriento, el brazo, detén,
que no es bien que des la muerte
a una infelice mujer.
Yo confieso que lo fui,
y aunque es delito el querer,
no delito que merezca
morir mal, por querer bien.
No manches pues, no desdores,
con mi sangre el rosicler
de ese acero.
¿Di quién eres?
Fuerza el decirlo ha de ser,
porque no puedo llevar
tan al fin como pensé
este amor, este deseo,
esta verdad y esta fe.
Pero estamos a peligro,
si nos oyen o nos ven,
de la muerte, porque soy
mucho más de lo que ves;
y así, es fuerza por quitar
estorbos que puede haber:
cerrad, señor, esa puerta,
y aun la del portal también,
porque no puedan ver luz,
si a caso vienen a ver
quién anda aquí.
Alumbra, Cosme,
cerremos las puertas. ¿Ves
cómo es mujer y no duende?
¿Yo no lo dije también?
(Vanse los dos.)
Cerrada estoy por defuera;
ya, cielos, fuerza ha de ser
decir la verdad, supuesto
que me ha cerrado Isabel
y que el huésped me ha cogido
aquí.
(Sale ISABEL a la alacena.)
¡Ce, señora, ce!,
tu hermano por ti pregunta.
Bien sucede, echa el cancel
de la alacena; ¡ay amor,
la duda se queda en pie!
(Vanse y cierran la alacena, y vuelven a salir DON MANUEL y COSME.)
Ya están cerradas las puertas:
proseguid, señora, haced
relación. Pero ¿qué es esto?,
¿dónde está?
Pues yo qué sé.
¿Si se ha entrado en el alcoba?
Ve delante.
Yendo a pie
es, señor, descortesía
ir yo delante.
Veré
todo el cuarto. Suelta, digo.
(Tome la luz.)
Digo que suelto.
Crüel
es mi suerte.
Aun bien que agora
por la puerta no se fue.
Pues, ¿por dónde pudo irse?
Eso no alcanzo yo. Ves,
siempre te lo he dicho yo,
cómo es diablo y no mujer.
Vive Dios que he de mirar
todo este cuarto, hasta ver
si debajo de los cuadros
rota está alguna pared;
si encubren estas alfombras
alguna cueva y también
las bovedillas del techo.
Solamente aquí se ve
esta alacena.
Por ella
no hay que dudar ni temer,
siempre compuesta de vidrios.
A mirar lo demás ven.
Yo no soy nada mirón.
Pues no tengo de creer
que es fantástica su forma,
puesto que llegó a temer
la muerte.
También llegó
a adivinar y saber,
que a solo verla esta noche
habíamos de volver.
Como sombra se mostró,
fantástica su luz fue,
pero como cosa humana
se dejó tocar y ver;
como mortal se temió,
receló como mujer,
como ilusión se deshizo,
como fantasma se fue.
Si doy la tienda al discurso,
no sé, vive Dios, no sé,
ni qué tengo de dudar,
ni qué tengo de creer.
Yo sí.
¿Qué?
Que es mujer diablo.
Pues que novedad no es,
pues la mujer es demonio
todo el año, que una vez
por desquitarse de tantas
sea el demonio mujer.
(Vanse.)
Jornada tercera
(Sale DON MANUEL como a escuras, guiándole ISABEL.)
Espérame en esta sala,
luego saldrá a verte aquí
mi señora.
(Vase como cerrando.)
No está mala
la tramoya. ¿Cerró? Sí.
¿Qué pena a mi pena iguala?
Yo volví del Escurial,
y este encanto peregrino,
este pasmo celestial,
que a traerme la luz vino
y me deja en duda igual,
me tiene escrito un papel,
diciendo muy tierna en él:
«Si os atrevéis a venir
a verme, habéis de salir
esta noche, con aquel
crïado que os acompaña;
dos hombres esperarán
en el cimenterio (extraña
parte) de San Sebastián,
y una silla». Y no me engaña,
en ella entré y discurrí
hasta que el tino perdí,
y al fin a un portal de horror,
lleno de sombra y temor,
solo y a escuras salí.
Aquí llegó una mujer
(al oír y al parecer)
y a escuras y por el tiento,
de aposento en aposento,
sin oír, hablar, ni ver,
me guïo. Pero ya veo
luz; por el resquicio es
de una puerta. Tu deseo
lograste, amor, pues ya ves
la dama; aventuras leo.
(Acecha.)
¡Qué casa tan alhajada!
¡Qué mujeres tan lucidas!
¡Qué sala tan adornada!
¡Qué damas tan bien prendidas!
¡Qué beldad tan extremada!
(Salen todas las mujeres con toallas y conservas y agua y, haciendo reverencia todas, sale DOÑA ÁNGELA ricamente vestida.)
Pues presumen que eres ida
a tu casa mis hermanos,
quedándote aquí escondida,
los recelos serán vanos:
porque una vez recogida,
ya no habrá que temer nada.
¿Y qué ha de ser mi papel?
Agora el de mi crïada,
luego el de ver, retirada,
lo que me pasa con él.
¿Estaréis muy disgustado
de esperarme?
No señora,
que quien espera al Aurora,
bien sabe que su cuidado
en las sombras sepultado
de la noche obscura y fría
ha de tener; y así, hacía
gusto el pensar que pasaba,
pues cuanto más le alargaba,
tanto más llamaba al día,
si bien no era menester
pasar noche tan obscura,
si el sol de vuestra hermosura
me había de amanecer;
que para resplandecer
vós, soberano arrebol,
la sombra ni el tornasol
de la noche no os había
de estorbar; que sois el día
que amanece sin el sol.
Huye la noche, señora,
y pasa a la dulce salva
que ilumina, mas no dora;
después el alba, la aurora,
de rayos y luz escasa,
dora, mas no abrasa. Pasa
la aurora, y tras su arrebol
pasa el sol, y solo el sol,
dora, ilumina y abrasa.
El Alba, para brillar,
quiso a la noche seguir;
la Aurora, para lucir,
al Alba quiso imitar;
el Sol, deidad singular,
a la Aurora desafía;
vós al Sol; luego la fría
noche no era menester,
si podéis amanecer
sol del sol después del día.
Aunque agradecer debiera
discurso tan cortesano,
quejarme quiero (no en vano)
de ofensa tan lisonjera;
pues no siendo esta la esfera,
a cuyo noble ardimiento
fatigas padece el viento,
sino un albergue piadoso,
os viene a hacer sospechoso
el mismo encarecimiento.
No soy alba, pues la risa
me falta en contento tanto;
ni aurora, pues que mi llanto
de mi dolor no os avisa.
No soy sol, pues no divisa
mi luz la verdad que adoro;
y así lo que soy ignoro,
que solo sé que no soy
alba, aurora o sol, pues hoy,
ni alumbro, río, ni lloro.
Y así os ruego que digáis,
señor don Manuel, de mí,
que una mujer soy y fui,
a quien vós solo obligáis
al extremo que miráis.
Muy poco debe de ser;
pues aunque me llego a ver
aquí, os pudiera argüir,
que tengo más que sentir,
señora, que agradecer,
y así me doy por sentido.
¿Vós de mí sentido?
Sí,
pues que no fïais de mí
quién sois.
Solamente os pido,
que eso no mandéis; que ha sido
imposible de contar.
Si queréis venirme a hablar,
con condición ha de ser
que no la habéis de saber,
ni lo habéis de preguntar;
porque para con vós hoy
una enigma a ser me ofrezco,
que ni soy lo que parezco,
ni parezco lo que soy.
Mientras encubierta estoy
podréis verme y podré veros;
porque si a satisfaceros
llegáis, y quien soy sabéis,
vós quererme no querréis,
aunque yo quiera quereros.
Pincel que lo muerto informa,
tal vez un cuadro previene,
que una forma a una luz tiene,
y a otra luz tiene otra forma.
Amor, que es pintor, conforma
dos luces, que en mí tenéis;
si hoy aquesta luz me veis,
y por eso me estimáis,
cuando a otra luz me veáis,
quizá me aborreceréis.
Lo que deciros me importa
es en cuanto haber creído
que de don Luis dama he sido;
y esta sospecha reporta
mi juramento, y la acorta.
Pues, ¿qué, señora, os moviera
a encubriros dél?
Pudiera
ser tan principal mujer,
que tuviera qué perder
si don Luis me conociera.
Pues, decidme solamente,
¿cómo a mi casa pasáis?
Ni eso es tiempo que sepáis,
que es el mismo inconveniente.
Aquí entro yo lindamente.
Ya el agua y dulce está aquí;
Vuecelencia mire si...
(Lleguen todas con toallas, vidrio y algunas cajas.)
¡Qué error y qué impertinencia!
Necia, ¿quién es Excelencia?
¿Quieres engañar así
al señor don Manüel,
para que con eso crea
que yo gran señora sea?
Advierte...
De mi crüel
duda salí con aquel
descuido; agora he creído,
que una gran señora ha sido,
que, por serlo, se encubrió,
y que con el oro vio
su secreto conseguido.
(Llama dentro DON JUAN y túrbanse todas.)
Abre aquí, abre esta puerta.
¡Ay cielos!, ¿qué ruido es este?
Yo soy muerta.
Helada estoy
¿Aún no casan mis crüeles
fortunas? ¡Válgame el cielo!
Señor, mi esposo es aqueste.
¿Qué he de hacer?
Fuerza es que os vais
a esconderos a un retrete;
Isabel, llévale tú,
hasta que oculto le dejes
en aquel cuarto que sabes
apartado, ya me entiendes.
Vamos presto.
(Vase.)
¿No acabáis
de abrir la puerta?
Valedme
cielos, que vida y honor
van jugadas a una suerte.
(Vase.)
La puerta echaré en el suelo.
Retírate tú, pues puedes,
en esa cuadra, Beatriz;
no te hallen aquí.
(Sale DON JUAN.)
¿Qué quieres
a estas horas en mi cuarto,
que así a alborotarnos vienes?
Respóndeme tú primero,
Ángela, ¿qué traje es ese?
De mis penas y tristezas
es causa el mirarme siempre
llena de luto, y vestirme,
por ver si hay con qué me alegre,
estas galas.
No lo dudo;
que tristezas de mujeres
bien con galas se remedian,
bien con joyas convalecen,
si bien me parece que es
un cuidado impertinente.
¿Qué importa que así me vista,
donde nadie llegue a verme?
Dime, ¿volviose Beatriz
a su casa?
Y cuerdamente
su padre, por mejor medio,
en paz su enojo convierte.
Yo no quise saber más,
para ir a ver si pudiese
verla y hablarla esta noche.
Quédate con Dios, y advierte
que ya no es tuyo ese traje.
(Vase.)
Vaya Dios contigo, y vete.
(Sale DOÑA BEATRIZ.)
Cierra esa puerta, Beatriz.
Bien hemos salido deste
susto; a buscarme tu hermano
va.
Ya hasta que se sosiegue
más la casa, y don Manuel
vuelva de su cuarto a verme,
para ser menos sentidas,
entremos a este retrete.
Si esto te sucede, bien
te llaman la Dama Duende.
(Salen por el alacena DON MANUEL y ISABEL.)
Aquí has de quedarte; y mira
que no hagas ruido, que pueden
sentirte.
Un mármol seré.
Quieran los cielos que acierte
acertar, que estoy turbada.
(Vase.)
¡Oh, a cuánto, cielos, se atreve
quien se atreve a entrar en parte
donde ni alcanza ni entiende
qué daños se le aperciben,
qué riesgos se le previenen!
Venme aquí, a mí, en una casa
que dueño tan notable tiene
(de Excelencia por lo menos)
lleno de asombros crüeles,
y tan lejos de la mía.
Pero, ¿qué es esto? Parece
que a esta parte alguna puerta
abren; sí, y ha entrado gente.
(Sale COSME.)
Gracias a Dios que esta noche
entrar podré libremente
en mi aposento, sin miedo,
aunque sin luz salga y entre;
porque el duende mi señor,
puesto que a mi amo tiene,
¿para qué me quiere a mí?
Pero para algo me quiere.
(Topa con DON MANUEL.)
¿Quién va?, ¿quién es?
Calle, digo,
quien quiera que es, si no quiere
que le mate a puñaladas.
No hablaré más que un pariente
pobre en la casa del rico.
Crïado sin duda es este,
que a caso ha entrado hasta aquí;
dél informarme conviene
dónde estoy. Di, ¿qué casa
es esta y qué dueño tiene?
Señor, el dueño y la casa
son el diablo que me lleve,
porque aquí vive una dama,
que llaman la Dama Duende,
que es un demonio en figura
de mujer.
Y tú, ¿quién eres?
Soy un fámulo o crïado,
soy un súbdito, un sirviente,
que sin qué, ni para qué,
estos encantos padece.
Y, ¿quién es tu amo?
Es
un loco, un impertinente,
un tonto, un simple, un menguado,
que por tal dama se pierde.
Y ¿es su nombre?
Don Manuel Enríquez.
¡Jesús mil veces!
Yo Cosme Catiboratos
me llamo.
Cosme, ¿tú eres?
Pues, ¿cómo has entrado aquí?
Tu señor soy; dime, ¿vienes
siguiéndome tras la silla?,
¿entraste tras mí a esconderte
también en este aposento?
¡Lindo desenfado es ese!
Dime, ¿cómo estás aquí?,
¿no te fuiste muy valiente
solo donde te esperaban?;
pues, ¿cómo tan presto vuelves?
Y, ¿cómo, en fin, has entrado
aquí, trayendo yo siempre
la llave de aqueste cuarto?
Pues dime, ¿qué cuarto es este?
El tuyo o el del demonio.
¡Viven los cielos que mientes!,
porque lejos de mi casa,
y en casa bien diferente
estaba en aqueste instante.
Pues cosas serán del duende,
sin duda, porque te he dicho
la verdad pura.
Tú quieres
que pierda el juicio.
¿Hay más
de desengañarte? Vete
por esa puerta y saldrás
al portal, a donde puedes
desengañarte.
Bien dices;
iré a examinarle y verle.
(Vase.)
Señores, ¿cuándo saldremos
de tanto embuste aparente?
(Sale ISABEL por la alacena.)
Volviose a salir don Juan;
y porque a saber no llegue
don Manuel a dónde está,
sacarle de aquí conviene.
Ce, señor, ce.
Esto es peor;
ceáticas son estas ces.
Ya mi señor recogido queda.
(Aparte.)
¿Qué señor es este?
(Sale DON MANUEL.)
Este es mi cuarto en efeto.
¿Eres tú?
Sí, yo soy.
Vente conmigo.
Tú dices bien.
No hay que temer; nada esperes.
Señor, que el duende me lleva.
(Llévale ISABEL.)
¿No sabremos finalmente
de dónde nace este engaño?
¿No respondes? ¡Qué necio eres!
¡Cosme, Cosme! Vive el cielo,
que toco con las paredes;
¿yo no hablaba aquí con él?,
¿dónde se desaparece
tan presto?, ¿no estaba aquí?
Yo he de perder dignamente
el juicio, mas, pues es fuerza
que aquí otro cualquiera entre,
he de averiguar por dónde;
porque tengo de esconderme
en esta alcoba, y estar
esperando atentamente,
hasta averiguar quién es
esta hermosa Dama Duende.
(Vase y salen todas las mujeres, una con luces y otra con algunas cajas y otra con un vidrio de agua.)
Pues a buscarte ha salido
mi hermano, y pues Isabel
a su mismo cuarto ha ido
a traer a don Manuel,
esté todo apercebido:
halle, cuando llegue aquí,
la colación prevenida;
todas le esperad así.
No he visto en toda mi vida
igual cuento.
¿Viene?
Sí, que ya siento sus pisadas.
(Sale ISABEL trayendo a COSME de la mano.)
Triste de mí, ¿dónde voy?
Ya estas son burlas pesadas;
mas no, pues mirando estoy
bellezas tan extremadas.
¿Yo soy Cosme o Amadís?
¿Soy Cosmico o Belianís?
Ya viene aquí. Mas, ¿qué veo?
¡Señor!
Ya mi engaño creo,
pues tengo el alma en un tris.
¿Qué es esto, Isabel?
Señora,
donde a don Manuel dejé,
volviendo por él agora
a su crïado encontré.
Mal tu descuido se dora.
Está sin luz.
¡Ay de mí!
Todo está ya declarado.
Más vale engañarle así:
Cosme.
Damiana.
A este lado llegad.
Bien estoy aquí.
Llegad, no tengáis temor.
¿Un hombre de mi valor,
temor?
Pues, ¿qué es no llegar?
(Aparte y lléguese a ellas.)
Ya no se puede excusar,
en llegando al pundonor;
respeto no puede ser,
sin ser espanto ni miedo,
porque al mismo Lucifer
temerle muy poco puedo;
en hábito de mujer
alguna vez lo intentó,
y para el ardid que fragua,
cota y nagua se vistió
(que esto de cotilla y nagua el demonio lo inventó)
en forma de una doncella,
aseada, rica y bella,
a un pastor se apareció,
y él, así como la vio,
se encendió en amores della;
gozó a la diabla y después
con su forma horrible y fea
le dijo a voces: «¿No ves,
mísero de ti, cuál sea
desde el copete a los pies
la hermosura que has amado?
Desespera, pues has sido
agresor de tal pecado».
Y él, menos arrepentido
que antes de haberla gozado,
le dijo: «Si pretendiste,
¡oh sombra fingida y vana!,
que desesperase un triste,
vente por acá mañana
en la forma que trujiste;
verasme amante y cortés,
no menos que antes, después,
y aguardarte en testimonio
de que aun horrible no es
en traje de hembra un demonio».
Volved en vós, y tomad
una conserva y bebed,
que los sustos causan sed.
Yo no la tengo.
Llegad;
que habéis de volver, mirad,
docientas leguas de aquí.
Cielos, ¿qué oigo?
¿Llaman?
Sí.
¡Hay tormento más crüel!
¡Ay de mí triste!
(Dentro.)
Isabel.
¡Válgame el cielo!
(Dentro.)
Abre aquí.
Para cada susto tengo
un hermano.
Trance fuerte.
Yo me escondo.
(Vase.)
Este, sin duda,
es el verdadero duende.
Vente conmigo
Sí haré.
(Vanse.)
(Sale DON LUIS.)
¿Qué es lo que en mi cuarto quieres?
Pesares míos me traen
a estorbar otros placeres:
vi ya tarde en ese cuarto
una silla, donde vuelve
Beatriz, y vi que mi hermano
entró.
Y en fin, ¿qué pretendes?
Como pisa sobre el mío,
me pareció que había gente,
y para desengañarme,
solo he de mirarle y verle.
(Alza una antepuerta y topa con BEATRIZ.)
Beatriz, ¿aquí estás?
Aquí
estoy; que hube de volverme,
porque al disgusto volvió
mi padre, enojado siempre.
Turbadas estáis las dos;
¿qué notable estrago es este
de platos, dulces y vidrios?
¿Para qué informarte quieres
de lo que, en estando a solas,
se entretienen las mujeres?
(Hacen ruido en la alacena ISABEL y COSME.)
Y aquel ruido, ¿qué es?
Yo muero.
Vive Dios que allí anda gente;
ya no puede ser mi hermano
quien se guarda desta suerte.
(Aparta la alacena para entrar con luz.)
¡Ay de mí, cielos piadosos!;
que queriendo neciamente
estorbar aquí los celos
que amor en mi pecho enciende,
celos de honor averiguo;
luz tomaré, aunque impudente,
pues todo se halla con luz,
y el honor con luz se pierde.
(Vase.)
¡Ay Beatriz, perdidas somos
si le topa!
Si le tiene
en su cuarto ya Isabel,
en vano dudas y temes,
pues te asegura el secreto
de la alacena.
¿Y si fuese
tal mi desdicha, que allí
con la turbación no hubiese
cerrado bien Isabel,
y él entrase allá?
Ponerte
en salvo será importante.
De tu padre iré a valerme,
como él se valió de mí,
porque trocada la suerte,
si a ti te trujo un pesar,
a mí otro pesar me lleve.
(Salen por el alacena ISABEL y COSME y por otra parte DON MANUEL.)
Entra presto.
(Vase.)
Ya otra vez
en la cuadra siento gente.
(Sale DON LUIS con luz.)
Yo vi un hombre, ¡vive Dios!
Malo es esto.
¿Cómo tienen
desviada esta alacena?
Ya se ve luz; un bufete
que he topado aquí me valga.
(Escóndese.)
Esto ha de ser desta suerte.
(Echa mano.)
¿Don Manuel?
Don Luis, ¿qué es esto?,
¿quién vio confusión más fuerte?
¡Oigan por dónde se entró!;
decirlo quise mil veces.
Mal caballero, villano,
traidor, fementido huésped,
que al honor de quien te estima,
te ampara, te favorece,
sin recato te aventuras
y sin decoro te atreves,
esgrime ese infame acero.
Solo para defenderme
le esgrimiré, tan confuso
de oírte, escucharte y verte,
de oírme, verme y escucharme,
que aunque a matarme te ofreces,
no podrás, porque mi vida,
hecha a prueba de crüeles
fortunas, es inmortal;
ni podrás, aunque lo intentes,
darme la muerte, supuesto
que el dolor no me da muerte;
que, aunque eres valiente tú,
es el dolor más valiente.
No con razones me venzas,
sino con obras.
Detente
solo hasta pensar si puedo,
don Lüis, satisfacerte.
¿Qué satisfaciones hay,
si así agraviarme pretendes?
Si en el cuarto de esta fiera,
por ese cuarto que tienes,
entras, ¿hay satisfaciones
a tanto agravio?
Mil veces
rompa esa espada mi pecho,
don Luis, si eternamente
supe desta puerta o supe
que paso a otro cuarto tiene.
Pues, ¿qué haces aquí encerrado
sin luz?
¿Qué he de responderle?
Un crïado espero.
Cuando
yo te he visto esconder, ¿quieres
que mientan mis ojos?
Sí,
que ellos engaños padecen
más que otro sentido.
Y cuando
los ojos mientan, ¿pretendes
que también mienta el oído?
También.
Todos al fin mienten;
tú solo dices verdad,
y eres tú solo el que...
Tente,
porque aun antes que lo digas,
que lo imagines y pienses,
te habré quitado la vida;
y ya arrestada la suerte,
primero soy yo, perdonen
de amistad honrosas leyes.
Y pues ya es fuerza reñir,
riñamos como se debe:
parte entre los dos la luz,
que nos alumbre igualmente.
Cierra después esa puerta
por donde entraste imprudente,
mientras que yo cierro estotra,
y agora en el suelo se eche
la llave, para que salga
el que con la vida quede.
Yo cerraré la alacena
por aquí con un bufete,
porque no puedan abrirla
por allá, cuando lo intenten.
(Topa con COSME.)
Descubriose la tramoya.
¿Quién está aquí?
Dura suerte
es la mía.
No está nadie.
Dime, don Manuel, ¿es este
el crïado que esperabas?
¡Ya no es tiempo de hablar esto!
Yo sé que tengo razón;
creed de mí lo que quisiereis,
que con la espada en la mano
solo ha de vivir quien vence.
Ea pues, reñid los dos,
¿qué esperáis?
Mucho me ofendes,
si eso presumes de mí;
pensando estoy qué ha de hacerse
del crïado; porque echarle,
es envïar quien lo cuente,
y tenerle aquí, ventaja,
pues es cierto ha de ponerse
a mi lado.
No haré tal,
si es ese el inconveniente.
Puerta tiene aquesa alcoba,
y como en ella se cierre,
quedaremos más iguales.
Dices bien, entra a esconderte.
Para que yo riña, haced
diligencias tan urgentes;
que para que yo no riña,
cuidado escusado es ese.
(Vase.)
Ya estamos solos los dos.
(Riñen.)
Pues nuestro duelo comience.
No vi más templado pulso.
(Desguarnécese la espada.)
No vi pujanza más fuerte;
sin armas estoy; mi espada
se desarma y desguarnece.
No es defecto de valor;
de la fortuna accidente.
Sí, busca otra espada, pues.
Eres cortés y valiente.
(Aparte.)
Fortuna, ¿qué debo hacer
en una ocasión tan fuerte,
pues, cuando el honor me quita,
me da la vida y me vence?
Yo he de buscar ocasión
verdadera, o aparente,
para que pueda en tal duda
pensar lo que debe hacerse.
¿No vas por la espada?
Sí;
y como a que venga esperes,
presto volveré con ella.
Presto o tarde, aquí estoy siempre.
A Dios don Manuel, que os guarde.
(Vase.)
A Dios, que con bien os lleve.
Cierro la puerta, y la llave
quito porque no se eche
de ver que está gente aquí.
¡Qué confusos pareceres
mi pensamiento combaten
y mi discurso revuelven!
¡Qué bien predije que había
puerta que paso la hiciese,
y que era de don Luis dama!
Todo en efeto sucede
como yo lo imaginé;
mas, ¿cuándo desdichas mienten?
(Asómase COSME en lo alto.)
¡Ah señor!, por vida tuya,
que lo que solo estuvieres
me eches allá, porque temo
que venga a buscarme el duende
con sus dares y tomares,
con sus dimes y diretes,
en un retrete que apenas
se divisan las paredes.
Yo te abriré, porque estoy
tan rendido a los desdenes
del discurso, que no hay
cosa que más me atormente.
(Vase, y salen DON JUAN y DOÑA ÁNGELA con manto y sin chapines.)
Aquí quedarás en tanto
que me informe y me aconseje
de la causa que a estas horas
te ha sacado desta suerte
de casa; porque no quiero
que en tu cuarto, ingrata, entres,
por informarme sin ti
de lo que a ti te sucede.
(Aparte.)
De don Manuel en el cuarto
la dejo, y por si él viniere,
pondré a la puerta un crïado
que le diga que no entre.
(Vase.)
¡Ay infelice de mí!,
unas a otras suceden
mis desdichas; ¡muerta soy!
(Salen DON MANUEL y COSME.)
Salgamos presto.
¿Qué temes?
Que es demonio esta mujer,
y que aun allí no me deje.
Si ya sabemos quién es,
y en una puerta un bufete,
y en otra la llave está:
¿por dónde quieres que entre?
Por donde se le antojare.
Necio estás.
¡Jesús mil veces!
¿Por qué es eso?
El verbi gratia
encaja aquí lindamente.
¿Eres ilusión o sombra,
mujer que a matarme vienes?
Pues, ¿cómo has entrado aquí?
Don Manuel.
Escucha, atiende.
Llamó don Luis turbado,
entró atrevido, reportose osado,
prevínose prudente,
pensó discreto y resistió valiente;
miró la casa ciego,
recorriola advertido, hallote, y luego
ruido de cuchilladas
habló, siendo las lenguas las espadas.
Yo, viendo que era fuerza
que dos hombres cerrados, a quien fuerza
su valor y su agravio,
retórico el acero, mudo el labio,
no acaban de otra suerte
que con solo una vida y una muerte,
sin ser vida ni alma,
mi casa dejo, y a la obscura calma
de la tiniebla fría,
pálida imagen de la dicha mía,
a caminar empiezo;
aquí yerro, aquí caigo, aquí tropiezo
y torpes mis sentidos,
prisión hallan de seda mis vestidos;
sola, triste y turbada,
llego de mi discurso mal guïada
al umbral de una esfera
que fue mi cárcel, cuando ser debiera
mi puerto o mi sagrado,
(mas, ¿dónde le ha de hallar un desdichado?);
estaba a sus umbrales
(como eslabona el cielo nuestros males)
don Juan, don Juan mi hermano...
(que ya resisto, ya defiendo en vano
decir quién soy, supuesto
que el haberlo callado nos ha puesto
en riesgo tan extraño).
(¿Quién creerá que el callar me ha hecho daño,
siendo mujer? Y es cierto,
siendo mujer, que por callar me he muerto).
En fin, él esperando
a esta puerta estaba, ¡ay cielo!, cuando
yo a sus umbrales llego,
hecha volcán de nieve, alpe de fuego;
él, a la luz escasa
con que la luna mansamente abrasa,
vio brillar los adornos de mi pecho,
(no es la primer traición que nos ha hecho)
y escuchó de las ropas el ruido,
(no es la primera que nos han vendido);
pensó que era su dama,
y llegó mariposa de su llama
para abrasarse en ella,
y hallome a mí por sombra de su estrella.
¿Quién de un galán creyera
que buscando sus celos conociera
tan contrarios los cielos,
que ya se contentara con sus celos?
Quiso hablarme y no pudo,
que siempre ha sido el sentimiento mudo;
en fin en tristes voces,
que mal formadas anegó veloces
desde la lengua al labio,
la causa solicita de su agravio.
Yo responderle intento,
ya he dicho cómo es mudo el sentimiento,
y aunque quise no pude,
que mal al miedo la razón acude,
si bien busqué colores a mi culpa;
mas cuando anda a buscarse la disculpa,
o tarde o nunca llega;
más el delito afirma que le niega.
«Ven -dijo- hermana fiera,
de nuestro antiguo honor mancha primera;
dejarete encerrada
donde segura estés, y retirada,
hasta que cuerdo y sabio
de la ocasión me informe de mi agravio».
Entré donde los cielos
mejoraron con verte mis desvelos.
Por haberte querido,
fingida sombra de mi casa he sido;
por haberte estimado,
sepulcro vivo fui de mi cuidado;
porque no te quisiera,
quien el respeto a tu valor perdiera;
porque no te estimara,
quien su traición dijera cara a cara.
Mi intento fue el quererte,
mi fin amarte, mi temor perderte,
mi miedo asegurarte,
mi vida obedecerte, mi alma amarte,
mi deseo servirte
y mi llanto, en efeto, persuadirte
que mi daño repares,
que me valgas, me ayudes y me ampares.
Hidras parecen las desdichas mías,
al renacer de sus cenizas frías.
¿Qué haré en tan ciego abismo,
humano laberinto de mí mismo?
Hermana es de don Luis, cuando creía
que era dama; si tanto, ¡ay Dios!, sentía
ofendelle en el gusto,
¿qué será en el honor? ¡Tormento justo!
Su hermana es; si pretendo
librarla y con mi sangre la defiendo,
remitiendo a mi acero su disculpa,
es ya mayor mi culpa,
pues es decir que he sido
traidor y que a su casa he ofendido,
pues en ella me halla;
pues querer disculparme con culpalla,
es decir que ella tiene
la culpa, y a mi honor no le conviene.
Pues, ¿qué es lo que pretendo?
Si es hacerme traidor, si la defiendo;
si la dejo, villano;
si la guardo, mal huésped; inhumano,
si a su hermano la entrego;
soy mal amigo, si a aguardarla llego;
ingrato, si la libro, a un noble trato,
y si la dejo, a un noble amor, ingrato.
Pues de cualquier manera
mal puesto he de quedar, matando muera.
No receles, señora;
noble soy y conmigo estás ahora.
La puerta abren.
Nada temas,
pues que mi valor te guarda.
Mi hermano es.
Segura estás;
ponte luego a mis espaldas.
(Sale DON LUIS.)
Ya vuelvo. Pero, ¿qué miro?
¡Traidora!
(Amenázala.)
Tened la espada,
señor don Luis. Yo os he estado
esperando en esta sala
desde que os fuisteis, y aquí
(sin saber cómo) esta dama
entró, que es hermana vuestra,
(según dice); que palabra
os doy como caballero
que no la conozco; y basta
decir que engañado pude,
sin saber a quién, hablarla.
Yo la he de poner en salvo,
a riesgo de vida y alma,
de suerte que nuestro duelo,
que había a puerta cerrada
de acabarse entre los dos,
a ser escándalo pasa.
En habiéndola librado,
yo volveré a la demanda
de nuestra pendencia y, pues
en quien sustenta su fama,
espada y honor han sido
armas de más importancia,
dejadme ir vós por honor,
pues yo os dejé ir por espada.
Yo fui por ella, mas solo
para volver a postrarla
a vuestros pies; y cumpliendo
con la obligación pasada
en que entonces me pusisteis,
pues que me dais nueva causa,
puedo ya reñir de nuevo.
Esa mujer es mi hermana:
no la ha de llevar ninguno
a mis ojos, de su casa,
sin ser su marido; así,
si os empeñáis a llevarla,
con la mano podrá ser,
pues con aquesa palabra
podéis llevarla y volver,
si queréis, a la demanda.
Volveré; pero advertido
de tu prudencia y constancia,
a solo echarme a esos pies.
Alza del suelo, levanta.
Y para cumplir mejor
con la obligación jurada,
a tu hermana doy la mano.
(Salen por una puerta DOÑA BEATRIZ y ISABEL, y por otra DON JUAN.)
Si solo el padrino falta,
aquí estoy yo; que viniendo
a donde dejé a mi hermana,
el oíros me detuvo
no salir a las desgracias,
como he salido a los gustos.
Y pues con ellos se acaban,
no se acaban sin terceros.
Pues, ¿tú, Beatriz, en mi casa?
Nunca salí della; luego
te podré decir la causa.
Logremos esta ocasión,
pues tan a voces nos llama.
Gracias a Dios, que ya el duende
se declaró. Dime, ¿estaba borracho?
Si no lo estás,
hoy con Isabel te casas.
Para estarlo fuera eso,
mas no puedo.
¿Por qué causa?
Por no malograr el tiempo
que en estas cosas se gasta,
pudiéndolo aprovechar
en pedir de nuestras faltas
perdón; humilde el autor
os le pide a vuestras plantas.