Jornada primera
JORNADA PRIMERA
ESCENAS I A IV
[RUY LORENZO, secretario del DUQUE DE AVERO, intenta asesinar al CONDE DE ESTREMOZ para vengar ciertos agravios que de él había recibido; pero sus intenciones son descubiertas a tiempo. Huye precipitadamente RUY LORENZO y el DUQUE ordena que le busquen y le prendan.]
ESCENA V
(Campo del ducado de Avero. MIRENO y TARSO, pastores.)
Mucho ha que me tiene triste
mi altiva imaginación,
cuya soberbia ambición
no sé en qué estriba o consiste.
Considero algunos ratos,
que los cielos, que pudieron
hacerme noble, y me hicieron
un pastor, fueron ingratos;
y que, pues con tal bajeza
me acobardo y avergüenzo,
puedo poco, pues no venzo
mi misma naturaleza.
Tanto el pensamiento cava
en esto, que ha habido vez
que, afrentando la vejez
de Lauro, mi padre, estaba
por dudar si soy su hijo,
o si me hurtó a algún señor,
aunque de su mucho amor
mi necio engaño colijo.
Mil veces, estando a solas,
le he preguntado, si acaso
el mundo, que a cada paso
honras anega en sus olas,
le sublimó a su alto asiento
y derribó del lugar
que intenta otra vez cobrar
mi atrevido pensamiento;
Siempre, Tarso, ha malogrado
estas imaginaciones,
y con largas digresiones
mil sucesos me ha contado,
que todos paran en ser,
contra mis intentos vanos,
progenitores villanos
los que me dieron el ser.
Esto, que había de humillarme,
con tal violencia me altera,
que desta vida grosera
me ha forzado a desterrarme,
y que a buscar me desmande
lo que mi estrella destina,
que a cosas grandes me inclina
y algún bien me guarda grande;
si quieres participar
de mis males o mis bienes,
buena ocasión, Tarso, tienes;
déjame de aconsejar,
y determínate luego.
Para mí, bástame el verte,
Mireno, de aquesa suerte:
ni te aconsejo ni ruego;
discreto eres; estodiado
has con el cura; yo quiero
seguirte, aunque considero
de Lauro el grave cuidado.
Tarso, si dichoso soy,
yo espero en Dios el trocar
en contento su pesar.
¿Cuándo has de irte?
Luego.
TARSO.
¿Hoy?
Al punto.
¿Y con qué dinero?
MIRENO.
De dos bueyes que vendí,
lo que basta llevo aquí.
Vamos derechos a Avero.
ESCENAS VI A XII
[MIRENO y TARSO han dejado de ser pastores y parten, muy gozosos, por el camino de Avero. En el bosque, al lado del camino, encuentran al fugitivo RUY LORENZO y a su criado VASCO.]
¿Adónde bueno, amigos?
¡Oh, señores!
a la villa a comprar algunas cosas
que el hombre ha menester. ¿Está allá el Duque?
Allá quedaba.
es que los dos troquéis esos vestidos
por aquestos groseros;]
Déle vida el cielo.
Y vosotros, ¿dó bueno? Que esta senda
se aparta del camino real y guía
a unas caserías que se muestran
al pie de aquella sierra.
Tus palabras
declaran tu bondad, pastor amigo.
Por vengar la deshonra de una hermana
intenté dar la muerte a un poderoso,
y sabiendo mi honrado atrevimiento,
el Duque manda que me siga y prenda
su gente por aquestos despoblados;
y ya desesperado de librarme,
salgo al camino. Quíteme la vida,
de tantos, por honrada, perseguida.
Lástima me habéis hecho; y ¡vive el cielo!
que si como la suerte avara me hizo
un pastor pobre, más valor me diera,
por mi cuenta tomara vuestro agravio.
Lo que se puede hacer, de mi consejo,
es que los dos troquéis esos vestidos
por aquestos groseros; y encubiertos
os libraréis mejor, hasta que el cielo
a daros su favor, señor, comience;
porque la industria los trabajos vence.
¡Oh noble pecho, que entre paños bastos
descubres el valor mayor que he visto!
Páguete el cielo, pues que yo no puedo,
ese favor.
La diligencia importa:
entremos en lo espeso, y trocaremos
el traje.
Vamos. ¡Venturoso he sido!
(Vanse los dos.)
¿Y habéis también de darme por mi sayo
esas abigarradas, con más cosas
que un menudo de vaca?
Aunque me pese.
Pues dos liciones me daréis primero,
porque con ellas pueda hallar el tino,
entradas y salidas desa Troya;
RUY LORENZO, de pastor; MIRENO, de galán.
De tal manera te asienta
el cortesano vestido,
que me hubiera persuadido
a que eres hombre de cuenta,
a no haber visto primero
que ocultaba la belleza
de los miembros la bajeza
de aqueste traje grosero.
Alguna nobleza infiero
que hay en ti, pues te prometo
que te he cobrado el respeto
que al mismo Duque de Avero.
¡Hágate el cielo como él!
Y a ti con sosiego y paz
te vuelva, sin el disfraz,
a tu Estado; y fuera dél,
con paciencia vencerás
de la fortuna el ultraje.
Si te ve en aquese traje
mi padre, en él hallarás
nuevo amparo; en él te fía,
y dile que me destierra
mi inclinación a la guerra;
que espero en Dios que algún día
buena vejez le he de dar.
Adiós, gallardo mancebo;
la espada sola me llevo
para poder evitar,
si me conocen, mi ofensa.
(Vanse RUY LORENZO y VASCO.)
Mas pues eres ya otro hombre,
por si acaso adonde fueres
caballero hacerte quieres,
¿no es bien que mudes el nombre?
Que el de Mireno no es bueno
para nombre de señor.
Dices bien: no soy pastor,
ni he de llamarme Mireno.
Don Dionís en Portugal
es nombre ilustre y de fama;
don Dionís desde hoy me llama.
No le has escogido mal.
Extremado es el ensayo;
pero ya que así te ensalzas,
dame un nombre que a estas calzas
les venga bien, de lacayo,
que ya el de Tarso me quito.
Escógele tú.
Yo escojo,
si no lo tienes a enojo...
¿No es bueno?...
¿Cuál?
Gómez Brito.
¿Qué te parece?
Extremado.
¡Gentiles cascos, por Dios!
Sin ser obispos, los dos
nos habemos confirmado.
ESCENA XIII
[Varios pastores van por orden del DUQUE en busca de RUY LORENZO. Topan con MIRENO y TARSO y, tomándolos por el Secretario y su criado los atan y conducen al Palacio de Avero.]
ESCENA XIV
Salón del Palacio del Duque en Avero.
DOÑA JUANA, DON ANTONIO, de camino.
¡Primo don Antonio!
Paso:
no me nombréis; que no quiero
hagáis de mí tanto caso,
que me conozca en Avero
el Duque. A Galicia paso,
donde el rey don Juan me llama
de Castilla, que me ama
y hace merced, y deseo,
a costa de algún rodeo,
saber si miente la fama
que ofrece el lugar primero
de la hermosura de España
a las hijas del de Avero,
o si la fama se engaña
y miente el vulgo ligero.
Bien hay que estimar y ver;
pero no habéis de querer
que así tan de paso os goce.
Si el de Avero me conoce
y me obliga a detener,
caer en falta recelo
con el Rey.
Pues si eso pasa,
de mi gusto al vuestro apelo;
mas si sabe que en su casa
don Antonio de Barcelo,
conde de Penela, ha estado,
y que encubierto ha pasado,
cuando le pudo servir
en ella, lo ha de sentir
con exceso; que en su Estado
jamás llegó caballero
que por inviolables leyes
no le hospede.
Así lo infiero;
que es nieto, en fin, de los reyes
de Portugal, el de Avero.
ESCENA XV
El DUQUE DE AVERO, el CONDE DE ESTREMOZ, DOÑA SERAFINA, DOÑA
DICHOS.
Digo, conde don Duarte,
que todo se cumpla así.
Pues el Rey nuestro señor
favorece la privanza
del hijo del de Berganza,
y a vuestra hija mayor
os pide para su esposa,
escriba vuestra excelencia
que con su gusto y licencia
doña Serafina hermosa
lo será mía.
Está bien.
Pienso que Su Majestad
me mira con voluntad,
y que lo tendrá por bien:
yo y todo le escribiré.
No lo sepa Serafina
hasta ver si determina
el Rey que la mano os dé;
Presto os habéis divertido.
Decid, ¿qué os han parecido
las hermanas, don Antonio?
(Hablando aparte con DON ANTONIO.)
No sé el alma a cuál se inclina
ni sé lo que hacer ordena:
bella es doña Magdalena,
pero doña Serafina
es el sol de Portugal.
Por la vista el alma bebe
llamas de amor entre nieve
por el vaso de cristal
de su divina blancura:
la fama ha quedado corta
en su alabanza.
Eso importa.
Fénix es de la hermosura.
Llegaos, Magdalena, aquí.
Pues me da el Duque lugar,
mi serafín, quiero hablar,
si hay atrevimiento en mí
para que vuele tan alto
que a serafines me iguale.
(A DOÑA SERAFINA.)
Prima, a ver el alma sale
por los ojos el asalto
que amor le da poco a poco:
ganaréme si me pierdo.
Vos entrasteis, primo, cuerdo,
y pienso que saldréis loco.
Hija, el Rey te honra y estima;
cuán bien te está considera.
(A DOÑA MAGDALENA.)
Mi voluntad es de cera;
vuexcelencia en ella imprima
el sello que más le cuadre,
porque en mí sólo ha de haber
callar con obedecer.
¡Mil veces dichoso padre
que oye tal!
Las dichas mías,
como han subido al extremo
de su bien, que caigan temo.
(A DOÑA SERAFINA.)
Conde, esas filosofías
ni las entiendo, ni son
de mi gusto.
Un serafín
bien puede alcanzar el fin
y el alma de una razón.
¡Qué agudamente responde!
Ya han esmaltado los cielos
el oro de amor con celos:
mucho me enfada este Conde.
¡Pobre de vuestra esperanza,
si tal contrario la asalta!
Un secretario me falta
de quien hacer confianza;
y aunque esta plaza pretenden
muchos, por diversos modos
de favores, entre todos,
pocos este oficio entienden.
Trabajo me ha de costar
en tal tiempo estar sin él.
A ser el pasado fiel,
era ingenio singular.
ESCENA XVI
[Los pastores traen presos a MIRENO y a TARSO. Quieren hablar todos a la vez y en su rusticidad no aciertan a explicar por qué han prendido a aquellos dos hombres.]
¡Hay mayor simplicidad!
Ni he entendido a lo que vienen,
ni por qué delito tienen
así estos hombres. Soltad
los presos, y decid vos
qué insulto habéis cometido,
para que os hayan traído
de aquesa suerte a los dos.
gran señor, a un desdichado,
perseguido y acosado
de tus gentes y poder,
y juzgas por temerario
haber trocado el vestido
por darle vida, yo he sido.
(De rodillas.) Si lo es el favorecer,
¿Tú libraste al secretario?
Pero sí, que aquese traje
era suyo. Di, traidor,
¿por qué le diste favor?
Vuexcelencia no me ultraje,
ni ese título me dé,
que no estoy acostumbrado
a verme así despreciado.
¿Quién eres?
No soy, seré;
que sólo por pretender
ser más de lo que hay en mí,
menosprecié lo que fuí
por lo que tengo de ser.
No te entiendo.
(Ap.) ¡Extraña audacia
de hombre! El poco temor
que muestra, dice el valor
que encubre. De su desgracia
me pesa.
Di, ¿conocías
al traidor que ayuda diste?
Mas pues por él te pusiste
en tal riesgo, bien sabías
quién era.
Supe que quiso
dar muerte a quien deshonró
su hermana, y después te dió
de su honrado intento aviso;
y enviándole a prender,
le libré de ti, espantado
por ver que el que está agraviado
persigas, debiendo ser
favorecido de ti,
por ayudar al que ha puesto
en riesgo su honor.
(Ap.) ¿Qué es esto?
¿Ya anda derramada así
la injuria que hice a Leonela?
¿Sabéis vos quién la afrentó?
Supiéralo, señor, yo;
que a sabello...
Fué cautela
del traidor para engañarte:
tú sabes adónde está,
y así, forzoso será,
si es que pretendes librarte,
decillo.
¡Bueno sería,
cuando adónde está supiera,
que un hombre como yo hiciera
por temor tal villanía!
¿Villanía es descubrir
un traidor? Llevalde preso;
que si no ha perdido el seso
y menosprecia el vivir,
él dirá dónde se esconde.
(Ap.) Ya deseo de libralle,
que no merece su talle
tal agravio.
Intento, Conde,
vengaros.
Él lo dirá.
(Ap.) ¡Muy gentil ganancia espero!
Vamos, que responder quiero
al Rey.
(Ap. con MIR.) ¡Medrando se va
con la mudanza de estado,
y nombre de don Dionís!
Viviréis, si lo decís.
(Ap.) La fortuna ha comenzado
a ayudarme: ánimo ten,
porque en ella es natural,
cuando comienza por mal,
venir a acabar en bien.
(Vanse los pastores, el DUQUE y el CONDE.)
Mucho, doña Serafina,
me pesa ver llevar preso
aquel hombre.
Yo confieso,
que a rogar por él me inclina
su buen talle.
¿Eso desea
tu afición? ¿Ya es bueno el talle?
Pues no tienes de libralle,
aunque lo intentes.
No sea. (Vanse.)
¿Habéisos de ir esta tarde?
¡Ay, prima! ¿Cómo podré,
si me perdí, si cegué?
¿Si amor, valiente, cobarde,
todo el tesoro me gana
del alma y la voluntad?
Sólo por ver su beldad
no he de irme hasta mañana.
¡Bueno estáis! ¿Que amáis, en fin?
Sospecho, prima querida,
que de mi contento y vida
Serafina será fin.
Jornada segunda
JORNADA SEGUNDA
ESCENA I
¿Qué novedades son éstas,
altanero pensamiento?
¿Qué torres sin fundamento
tenéis en el aire puestas?
Ayer guardaban los cielos
el mar de vuestra esperanza,
con la tranquila bonanza
que agora inquietan desvelos.
Al Conde de Vasconcelos
o a mi padre di en su nombre
el sí; mas porque me asombre,
sin que mi honor lo resista,
se entró al alma, a escala vista,
por la misma vista un hombre.
Vióle en ella, y fuera exceso,
digno de culpar mi error,
a no saber que el amor
es niño, ciego y sin seso.
¿A un hombre extranjero y preso
a mi pesar, corazón,
habéis de dar posesión?
¿Amar al Conde no es justo?
Mas ¡ay! que atropella el gusto
las leyes de la razón.
ESCENA II
DOÑA MAGDALENA.
Aquel mancebo dispuesto,
que ha estado preso hasta agora,
y tu intercesión, señora,
ya en libertad le ha puesto,
pretende hablarte.
(Ap.) (¡Qué presto valerse el amor procura de la ocasión y ventura que ha de ponerse en efeto! Mas hace como discreto, que amor todo es coyuntura.)
¿Sabes qué quiere?
Pretende
del favor que ha recibido
por ti, ser agradecido.
(Ap.) Áspides en rosas vende.
¿Entrará?
(Ap.) (Si preso prende, si maltratado maltrata, si atado las manos ata las de mi gusto resuelto, ¿qué ha de hacer presente y suelto quien ausente y preso mata?)
Dile que vuelva a la tarde,
que agora ocupada estoy.
Mas oye; no vuelva.
Voy.
Escucha: di que se aguarde.
Mas váyase; que ya es tarde.
¿Hase de volver?
¿No digo
que sí? Ve.
Tu gusto sigo.
Pero torna; no se queje.
Pues ¿qué diré?
Que me deje,
(Ap.) (y que me lleve consigo.)
Anda, di que entre...
Voy, pues.
(Vase.)
ESCENA IV
MIRENO, DOÑA MAGDALENA.
Aunque ha sido atrevimiento
el venir a la presencia,
señora, de vuexcelencia
mi poco merecimiento,
ser agradecido trato
al recebido favor;
porque el pecado mayor
es el que hace a un hombre ingrato.
Por haber favorecido
de un desdichado la vida
(que al noble es deuda debida)
me vi preso y perseguido;
pero en la misma moneda
me pagó el cielo sin duda,
pues libre con vuestra ayuda
mi vida, señora, queda.
¿Libre dije? Mal he hablado;
que el noble, cuando recibe,
cautivo y esclavo vive,
que es lo mismo que obligado.
(Arrodíllase.)
Levantaos del suelo.
Así
estoy, gran señora, bien.
Haced lo que os digo. (Ap.) (¿Quién
me ciega el alma? ¡Ay de mí!)
¿Sois portugués?
Imagino
que sí.
¿Que lo imagináis?
Desa suerte, incierto estáis
de quién sois.
Mi padre vino
al lugar en donde habita,
y es de alguna hacienda dueño,
trayéndome muy pequeño;
mas su trato lo acredita.
Yo creo que en Portugal
nacimos.
¿Sois noble?
Creo
que sí, según lo que veo
en mi honrado natural,
que muestra más que hay en mí.
¿Y darán las obras vuestras,
si fuere menester, muestras
que sois noble?
Creo que sí:
nunca de hacellas dejé.
Creo decís a cualquier punto;
¿crêis acaso que os pregunto
artículos de la fe?
Por la que debe guardar
a la merced recebida
de vuexcelencia mi vida,
bien los puede preguntar,
que mi fe su gusto es.
¡Qué agradecido venís!--
¿Cómo os llamáis?
Don Dionís.
Ya os tengo por portugués
y por hombre principal;
que en este reino no hay hombre
humilde de vuestro nombre,
porque es apellido real,
y sólo el imaginaros
por noble y honrado, ha sido
causa que haya intercedido
con mi padre a libertaros.
Deudor os soy de la vida.
Pues bien; ya que libre estáis,
¿qué es lo que determináis
hacer de vuestra partida?
¿Dónde pensáis ir?
Intento
ir, señora, donde pueda
alcanzar fama que exceda
a mi altivo pensamiento:
sólo aquesto me destierra
de mi patria.
¿En qué lugar
pensáis que podéis hallar
esa ventura?
En la guerra;
que el esfuerzo hace capaz
para el valor que procuro.
¿Y no será más seguro,
que le adquiráis en la paz?
¿De qué modo?
Bien podéis
granjealle, si dais traza
que mi padre os dé la plaza
de secretario, que veis
que está vaca agora, a falta
de quien la pueda suplir.
No nació para servir
mi inclinación, que es más alta.
Pues cuando volar presuma,
las plumas le han de ayudar.
¿Cómo he de poder volar
con solamente una pluma?
Con las alas del favor;
que el vuelo de una privanza,
mil imposibles alcanza.
Del privar nace el temor,
como muestra la experiencia,
y tener temor no es justo.
Don Dionís, este es mi gusto.
¿Gusto es de vuestra excelencia
que sirva al Duque? Pues alto.
Cúmplase, señora, ansí;
que ya de un vuelo subí
al primer móvil más alto.
Pues si en esto gusto os doy,
ya no hay subir más arriba:
como el Duque me reciba,
secretario suyo soy.
Vos, señora, lo ordenad.
Deseo vuestro provecho,
y ansí lo que veis he hecho;
que ya que os di libertad,
pesárame que en la guerra
la malograrais; yo haré
como esta plaza se os dé,
porque estéis en nuestra tierra.
Mil años el cielo guarde
tal grandeza.
(Ap.) Honor, huír;
que revienta por salir
por la boca amor cobarde. (Vase.)
ESCENA V
Pensamiento, ¿en qué entendéis?
Vos que a las nubes subís,
decidme: ¿qué colegís
de lo que aquí visto habéis?
declaraos, que bien podéis:
decidme, tanto favor
¿nace de sólo el valor
que a quien os honra ennoblece?
¿O erraré si me parece
que ha entrado a la parte amor?
¡Jesús! ¡Qué gran disparate!
Temerario atrevimiento
es el vuestro, pensamiento;
ni se imagine ni trate:
mi humildad el vuelo abate
con que sube el deseo vario;
mas, ¿por qué soy temerario
si imaginar me prometo
que me ama en lo secreto
quien me hace su secretario?
¿No estoy puesto en libertad
por ella? Y ya sin enojos,
por el balcón de sus ojos
¿no he visto su voluntad?
Amor me tiene.--Callad,
lengua loca; que es error
imaginar que el favor
que de su nobleza nace,
y generosa me hace,
está fundado en amor.
ESCENAS VI A IX
[DON ANTONIO, enamorado de DOÑA SERAFINA, quiere quedarse en el palacio del DUQUE, aunque guardando el incógnito. Para ello solicita y obtiene la plaza de secretario, vacante por la huída de RUY LORENZO.]
ESCENA X
Jardín del palacio.
EL DUQUE, DOÑA MAGDALENA.
Si darme contento es justo,
no estés, hija, desa suerte;
que no consiste mi muerte
mas de en verte a ti sin gusto.
Esposo te dan los cielos
para poderte alegrar,
sin merecer tu pesar
el Conde de Vasconcelos.
A su padre el de Berganza,
pues que te escribió, responde;
escribe también al Conde,
y no vea yo mudanza
en tu rostro ni pesar,
si de mi vejez los días
con esas melancolías
no pretendes acortar.
Yo, señor, procuraré
no tenerlas, por no darte
pena, si es que un triste es parte
en sí de que otro lo esté.
Si te diviertes, bien puedes.
Yo procuraré servirte;
y agora quiero pedirte,
entre las muchas mercedes
que me has hecho, una pequeña.
Con condición que se olvide
aquesa tristeza, pide.
(Ap.) (Honra, el amor os despeña.)
El preso que te pedí
librases, y ya lo ha sido,
de todo punto ha querido
favorecerse de mí:
con sólo esto, gran señor,
parece que me ha obligado:
y así, a mi cargo he tomado,
su remedio y tu favor.
Es hombre de buena traza
y tiene extremada pluma.
Dime lo que quiere, en suma.
Quisiera entrar en la plaza
de secretario.
Bien poco
ha que dársela pudiera;
aún no ha un cuarto de hora entera
que está ocupada.
(Ap.) (Amor loco. ¡Muy bien despachado estáis! Vos perderéis por cobarde, pues acudistes tan tarde, que con alas no voláis.)
Por orden del camarero
a un mancebo he recibido,
que de Lisboa ha venido
con aquese intento a Avero;
y según lo que en él vi,
muestra ingenio y suficiencia.
Si gusta vuestra excelencia,
ya que mi palabra di,
y él está con esperanza
que le he de favorecer,
pues me manda responder
al Conde y al de Berganza,
sabiendo escribir tan mal,
quisiera que se quedara
en palacio, y me enseñara;
porque en mujer principal
falta es grande no saber
escribir cuando recibe
alguna carta, o si escribe,
que no se pueda leer.
Dándome algunas liciones,
más clara la letra haré.
Alto, pues; lición te dé,
con que enmiendes tus borrones;
que en fin, con ese ejercicio
la pena divertirás,
pues la tienes porque estás
ociosa; que el ocio es vicio.
Entre por tu secretario.
Las manos quiero besarte.
ESCENA XI
DICHOS.
Señor...
Conde don Duarte...
Con contento extraordinario
vengo.
¿Cómo?
El Rey recibe
con gusto mi pretensión,
y sobre aquesta razón,
a vuestra excelencia escribe.
Dice que se servirá
Su Majestad de que elija,
para honrar mi casa, hija
de vuexcelencia, y tendrá
cuidado de aquí adelante
de hacerme merced.
Yo estoy
contento deso, y os doy
nombre de hijo, aunque importante
será que disimuléis,
mientras doña Serafina
al nuevo estado se inclina;
porque ya, Conde, sabéis
cuán pesadamente lleva
esto de casarse agora.
Hará el alma, que la adora,
de su sufrimiento prueba.
Yo haré las partes por vos
con ella; perded recelos:
el Conde de Vasconcelos
vendrá presto, y de las dos
las bodas celebraré
luego.
El esperar da pena.
No estéis triste, Magdalena.
Yo, señor, me alegraré
por dar gusto a vuexcelencia.
Vamos a ver lo que escribe
el Rey.
Quien espera y vive,
bien ha menester paciencia.
(Vanse el DUQUE y el CONDE.)
ESCENAS XII A XV
[DOÑA SERAFINA ensaya en el jardín su papel para una representación dramática que ha de celebrarse en el palacio de Avero. DON ANTONIO, por mediación de DOÑA JUANA, está oculto en el jardín con un pintor encargado de hacer en secreto un retrato de DOÑA SERAFINA, la cual, vestida de hombre e ignorante de que la están retratando, declama con gran entusiasmo los versos de la comedia que ha de representar.]
ESCENA XVI
Habitación de doña Magdalena.
DOÑA MAGDALENA, MIRENO.
Mi maestro habéis de ser
desde hoy.
¿Qué ha visto en mí,
vuestra excelencia, que así
me procura engrandecer?
Dará lición al maestro
el discípulo desde hoy.
(Ap.) ¡Qué claras señales doy
del ciego amor que le muestro!
(Ap.) ¿Qué hay que dudar, esperanza?
Esto, ¿no es tenerme amor?
Dígalo tanto favor,
muéstrelo tanta privanza.
Vergüenza, ¿por qué impedís
la ocasión que el cielo os da?
Daos por entendido ya.
Como tengo, don Dionís,
tanto amor...
(Ap.) Ya se declara,
¡ya dice que me ama, cielos!
Al Conde de Vasconcelos,
antes que venga, gustara,
no sólo hacer buena letra,
pero saberle escribir,
y por palabras decir
lo que el corazón penetra;
que el poco uso que en amar
tengo, pide que me adiestre
esta experiencia, y me muestre
cómo podré declarar
lo que tanto al alma importa
y el amor mismo me encarga,
que soy en quererle larga
y en significarlo corta.
En todo os tengo por diestro;
y así me habéis de enseñar
a escribir, y a declarar
al Conde mi amor, maestro.
(Ap.) ¿Luego no fué en mi favor,
pensamiento lisonjero,
sino porque sea tercero
del Conde? ¿Veis, loco amor,
cuán sin fundamento y fruto
torres habéis levantado
de quimeras, que ya han dado
en el suelo? Como el bruto
en esta ocasión he sido,
en que la estatua iba puesta,
haciéndole el pueblo fiesta,
que loco y desvanecido
creyó que la reverencia,
no a la imagen que traía,
sino a él sólo se hacía;
y con brutal impaciencia
arrojalla de sí quiso,
hasta que se apaciguó
con el castigo, y cayó
confuso en su necio aviso.
¿Así el favor corresponde,
con que me he desvanecido?
Basta; que yo el bruto he sido
y la estatua es sólo el Conde.
Bien puedo desentonarme,
que no es la fiesta por mí.
(Ap.) (Quise deslumbrarle así, que fué mucho declararme.)
Mañana comenzaréis,
maestro, a darme lición.
Servirte es mi inclinación.
Triste estáis.
¿Yo?
¿Qué tenéis?
Ninguna cosa.
(Ap.) (Un favor me manda amor que le dé.)
¡Válgame Dios! Tropecé...
(Ap.) (Que siempre tropieza amor.)
(Tropieza y da la mano a MIRENO.)
El chapín se me torció.
(Ap.) (¡Cielos! ¿Hay ventura igual?)
¿Hízose acaso algún mal
vuexcelencia?
Creo que no.
(Ap.) (¡Que la mano la tomé!)
Sabed que al que es cortesano
le dan, al darle la mano,
para muchas cosas pie. (Vase.)
“¡Le dan, al darle la mano,
para muchas cosas pie!”
De aquí, ¿qué colegiré?
Decid, pensamiento vano:
en aquesto, ¿pierdo o gano?
¿Qué confusión, qué recelos
son aquéstos? Decid, cielos,
¿esto no es amor? Mas no,
que llevo la estatua yo
del Conde de Vasconcelos.
Pues ¿qué enigma es darme pie
la que su mano me ha dado?
Si sólo el Conde es amado,
¿qué es lo que espero? ¿Qué sé?
Pie o mano, decid: ¿por qué
dais materia a mis desvelos?
Confusión, amor, recelos,
¿soy amado? Pero no,
que llevo la estatua yo
del Conde de Vasconcelos.
El pie que me dió, será
pie para darla lición,
en que escriba la pasión
que el Conde y su amor la da.
Vergüenza, sufrí y callá;
bajad ya, atrevidos vuelos,
vuestra ambición, si a los cielos
mi desatino os subió,
que llevo la estatua yo
del Conde de Vasconcelos.
Jornada tercera
JORNADA TERCERA
ESCENAS I A VI
[RUY LORENZO se refugia en la casa de LAURO, padre de MIRENO, y le refiere que si intentó la muerte del CONDE DE ESTREMOZ fué para vengar a una hermana suya a la cual había dado el CONDE palabra de casamiento. LAURO se lamenta de la fuga de su hijo MIRENO, y en su dolor dice que él no es pastor ni se llama LAURO, sino que es el DUQUE DE COÍMBRA.]
Murió el Rey de Portugal,
mi hermano, en la primavera
de su juventud lozana;
mas la muerte, ¿qué no seca?
De seis años dejó un hijo,
que agora, ya hombre, intenta
acabar mi vida y honra;
y dejando la tutela
y el gobierno destos reinos
solos a mí y a la Reina.
Murió el Rey, sobre el gobierno
hubo algunas diferencias
entre mí y la Reina viuda;
porque jamás la soberbia
supo admitir compañía
en el reinar, y las lenguas
de envidiosos lisonjeros
siempre disensiones siembran.
Pero cesó el alboroto
porque, aunque era moza y bella
la Reina, un mal repentino
dió con su ambición en tierra.
Murió, en fin; gocé el gobierno
portugués sin competencia,
hasta que fué Alfonso quinto
de bastante edad y fuerzas.
Caséle con una hija
que me dió el cielo, Isabela
por nombre, aunque desdichada,
pues ni la estima ni precia.
Juntáronsele al Rey mozo
mil lisonjeros, que cierran
a la verdad en Palacio,
como es costumbre, las puertas.
Entre ellos un mi enemigo,
de humilde naturaleza,
Vasco Fernández por nombre,
gozó la privanza excelsa:
y queriendo derribarme
para asegurarse en ella,
a mi propio hermano induce,
y para engañarle, ordena
hacerle entender que quiero
levantarme con sus tierras,
y combatirle a Berganza,
siendo Duque por mí della.
Creyólo, desposeyóme
de mi Estado y las riquezas
que en el gobierno adquirí:
llevóme a una fortaleza,
donde sin bastar los ruegos,
ni lágrimas de Isabela,
mi hija y su esposa, manda
que me corten la cabeza.
Supe una noche propicia
el rigor de la sentencia;
me descolgué de los muros,
y en aquella noche mesma
di aviso que me siguiese
a mi esposa, la Duquesa.
Supo el Rey mi fuga, y manda
que al són de roncas trompetas
me publiquen por traidor,
dando licencia a cualquiera
para quitarme la vida,
poniendo mortales penas
a quien, sabiendo de mí,
no me lleve a su presencia.
Murió mi esposa querida,
y un hijo hermoso me deja,
que en este traje criado,
comprando ganado y tierras,
y hecho de duque pastor,
ha ya veinte primaveras
que han dado flores a mayo,
hierba al prado y a mí penas.
ESCENA VII
(Habitación de doña Magdalena.)
DOÑA JUANA, DOÑA MAGDALENA.
Don Dionís, señora, viene
a darte lición. (Vase.)
A dar
lición vendrá de callar,
pues aun palabras no tiene.
De suerte me trata amor,
que mi pena no consiente
más silencio; abiertamente
le declararé mi amor,
contra el común orden y uso,
mas tiene de ser de modo
que, diciéndoselo todo,
le he de dejar más confuso.
(Siéntase en una silla y finge que duerme.)
ESCENA VIII
MIRENO, DOÑA MAGDALENA.
¿Qué me manda vuexcelencia?
¿Es hora de dar lición?
(Ap.) (Ya comienza el corazón a temblar en su presencia. Pues que calla, no me ha visto; sentada sobre la silla, con la mano en la mejilla está.)
(Ap.) En vano me resisto.
Yo quiero dar a entenderme,
como que dormida estoy.
Yo quiero dar a entenderme
como que dormida estoy.]
Don Dionís, Señora, Soy
-
No me responde. ¿Si duerme?
Durmiendo está. Atrevimiento,
agora es tiempo; llegad
a contemplar la beldad
que ofusca mi entendimiento.
Cerrados tiene los ojos,
llegar puedo sin temor;
que si son flechas de amor,
no me podrán dar enojos.
¿Hizo el autor soberano
de nuestra naturaleza
más acabada belleza?
Besarla quiero una mano.
¿Llegaré? Sí; pero no,
que es la reliquia divina,
y mi humilde boca indina
de tocarla. Pero yo
soy hombre ¡y tiemblo! ¿Qué es esto?
Ánimo. ¿No duerme? Sí.
(Llega, y se retira.)
Voy. ¿Si despierta? ¡Ay de mí!
Que el peligro es manifiesto,
El temor al amor venza:
afuera quiero esperar.
(Ap.) ¡Que no se atrevió a llegar!
¡Mal haya tanta vergüenza!
No parezco bien aquí
solo, pues durmiendo está.
Yo me voy. (Ap.)
(¿Que al fin se va?)
Don Dionís...
(Fingiendo que habla dormida.)
¿Llamóme? Sí.
¡Qué presto que despertó!
Miren ¡qué bueno quedara
si mi intento ejecutara!
¿Está despierta? Mas no,
que en sueños pienso que acierta
mi esperanza entretenida,
y quien me llama dormida
no me quiere mal despierta.
¿Si acaso soñando está
en mí? ¡Ay, cielos! ¿Quién supiera
lo que dice?
No os vais fuera;
llegaos, don Dionís, acá.
Llegar me manda en su sueño.
¡Qué venturosa ocasión!
Obedecella es razón,
pues, aunque duerme, es mi dueño.
Amor, acabad de hablar;
no seáis corto.
Don Dionís,
ya que a enseñarme venís
a un tiempo a escribir y amar
al Conde de Vasconcelos...
¡Ay, celos! ¿Qué es lo que veis?
Quisiera ver si sabéis
qué es amor y qué son celos:
porque será cosa grave
que ignorante por vos quede,
pues que ninguno otro puede
enseñar lo que no sabe.
Decidme, ¿tenéis amor?
¿De qué os ponéis colorado?
¿Qué vergüenza os ha turbado?
Responded, dejá el temor;
que el amor es un tributo
y una deuda natural
en cuantos viven, igual
desde el ángel hasta el bruto.
Si esto es verdad, ¿para qué
os avergonzáis así?
¿Queréis bien? --Señora, sí.--
¡Gracias a Dios que os saqué
una palabra siquiera!
¿Y habéis dicho a vuestra dama
vuestro amor? --No me he atrevido.
--¿Luego nunca lo ha sabido?
--Como el amor todo es llama
bien lo habrá echado de ver
por los ojos lisonjeros,
que son mudos pregoneros.
--La lengua tiene de hacer
ese oficio; que no entiende
distintamente quien ama
esa lengua que se llama
algarabía de allende.
¿No os ha dado ella ocasión
para declararos? --Tanta,
que mi cortedad me espanta.
--Hablad, que esa suspensión
hace a vuestro amor agravio.
--Temo perder por hablar
lo que gozo por callar.
--Eso es necedad; que un sabio
al que calla y tiene amor
compara a un lienzo pintado
de Flandes, que está arrollado.
Poco medrará el pintor
si los lienzos no descoge
que al vulgo quiere vender
para que los pueda ver.
El palacio nunca acoge
la vergüenza: esa pintura
desdoblad, pues que se vende,
que el mal que nunca se entiende
difícilmente se cura.
--Sí; mas la desigualdad
que hay, señora, entre los dos,
me acobarda. --Amor, ¿no es dios?
--Sí, señora. --Pues hablad;
que sus absolutas leyes
saben abatir monarcas,
e igualar con las abarcas
las coronas de los reyes.
Yo os quiero ser medianera:
decidme a mí a quién amáis.
--No me atrevo. --¿Qué dudáis?
¿Soy mala para tercera?
--No; pero temo, ¡ay de mí!
--¿Y si yo su nombre os doy?
¿Diréis si es ella, si soy
yo acaso? --Señora, sí.
--¡Acabara yo de hablar!
¿Mas que sé que os causa celos
el Conde de Vasconcelos?
--Háceme desesperar;
que es, señora, vuestro igual
y heredero de Berganza.
--La igualdad y semejanza
no está en que sea principal,
o humilde y pobre el amante,
sino en la conformidad
del alma y la voluntad.
Declaraos de aquí adelante,
don Dionís; a esto os exhorto;
que en juegos de amor no es cargo
tan grande un cinco de largo
como es un cinco de corto.
Días ha que os preferí
al Conde de Vasconcelos.
¡Qué escucho, piadosos cielos!
(Da un grito MIRENO, y hace que despierta DOÑA MAGDALENA.)
DOÑA MAG.
¡Ay, Jesús! ¿Quién está aquí?
¿Quién os trajo a mi presencia,
don Dionís?
Señora mía...
¿Qué hacéis aquí?
Yo venía
a dar a vuestra excelencia
lición; halléla durmiendo,
y mientras que despertaba,
aquí, señora, aguardaba.
Dormíme, en fin, y no entiendo
de qué pudo sucederme;
que es gran novedad en mí
quedarme dormida ansí. (Levántase.)
Si sueña, siempre que duerme
vuestra excelencia, del modo
que agora, ¡dichoso yo!
(Ap.) ¡Gracias al cielo que habló
este mudo!
(Ap.) Tiemblo todo.
¿Sabéis vos lo que he soñado?
Poco es menester saber
para eso.
Debéis de ser
otro José.
Su traslado
en la cortedad he sido,
pero no en adivinar.
Acabad de declarar
cómo el sueño habéis sabido.
Durmiendo vuestra excelencia,
por palabras le ha explicado.
¡Válame Dios!
Y he sacado
en mi favor la sentencia,
que falta ser confirmada,
para hacer mi dicha cierta,
por vuexcelencia despierta.
Yo no me acuerdo de nada.
Decídmelo; podrá ser
que me acuerde de algo agora.
No me atrevo, gran señora.
Muy malo debe de ser,
pues no me lo osáis decir.
No tiene cosa peor
que haber sido en mi favor.
Mucho lo deseo oír:
acabad ya, por mi vida.
Es tan grande el juramento,
que anima mi atrevimiento.
Vuestra excelencia dormida...
--Tengo vergüenza.--
Acabad;
que estáis, don Dionís, pesado.
Abiertamente ha mostrado
que me tiene voluntad.
¿Yo? ¿Cómo?
Alumbró mis celos,
y en sueños me ha prometido...
¿Sí?
Que he de ser preferido
al Conde de Vasconcelos.
Mire si en esta ocasión
son los favores pequeños.
Don Dionís, no creáis en sueños,
que los sueños, sueños son. (Vase.)
ESCENA IX
¿Ahora sales con eso?
Cuando sube mi esperanza,
¡carga el desdén la balanza
y se deja en fiel el peso!
Calle el alma su pasión
y sirva a mejores dueños,
sin dar crédito a más sueños,
que los sueños, sueños son.
ESCENAS X A XVI
[DON ANTONIO declara su amor a DOÑA SERAFINA. Esta le rechaza y le afea su conducta por haberse fingido secretario del DUQUE. DON ANTONIO, al verse así despreciado, arroja a los pies de DOÑA SERAFINA el retrato que hizo pintar en el jardín, y se marcha indignado.
DOÑA SERAFINA _examina el retrato y nota que aquel hombre tiene con
ella un extraordinario parecido. Deseando saber quién es el retratado,
llama nuevamente al CONDE DON ANTONIO para que se lo confiese; y el_
CONDE inventa un nuevo ardid para conseguir el amor de SERAFINA.
_Dice que él no está directamente interesado en aquel amor y que se
introdujo fraudulentamente en Palacio para servir de mediador entre_
DOÑA SERAFINA y DON DIONÍS DE COÍMBRA, _el cual se enamoró de ella un
día que estuvo en Avero disfrazado de pastor.--Aquel retrato es de_ DON
DIONÍS. DOÑA SERAFINA _cree el embuste y accede a tener aquella noche
una entrevista con el DON DIONÍS del retrato_.]
ESCENA XVII
Habitación de doña Magdalena.
EL DUQUE, DOÑA MAGDALENA; después MIRENO.
Quiero veros dar lición;
que la carta que ayer vi
para el Conde, en que leí
del sobrescrito el renglón,
me contentó. Ya escribís
muy claro.
Y aún no lo entiende
con ser tan claro, y se ofende
mi maestro don Dionís. (Sale MIRENO.)
¿Llámame vuestra excelencia?
Sí; que el Duque, mi señor,
quiere ver si algo mejor
escribo. Vos experiencia
tenéis de cuán escribana
soy; ¿no es verdad?
Sí, señora.
Escribí, no ha un cuarto de hora,
medio dormida, una plana
tan clara, que la entendiera
aun quien no sabe leer.
¿No me doy bien a entender,
don Dionís?
Muy bien.
Pudiera
serviros, según fué buena,
de materia para hablar
en su loor.
Con callar
la alabo: sólo condena
mi gusto el postrer renglón,
por más que la pluma excuso,
porque estaba muy confuso.
Diréislo por el borrón
que eché a la postre.
¿Pues no?
Pues adrede le eché allí.
Sólo el borrón corregí,
porque lo demás borró.
Bien lo pudisteis quitar,
que un borrón no es mucha mengua.
¿Cómo?
(Aparte a MIRENO.)
El borrón con la lengua
se quita, y no con callar.--
Ahora bien, cortá una pluma.
Ya, gran señora, la corto.
Vuestra excelencia presuma
que de vergüenza no sabe
hacer cosa de provecho.
(Enojada.) Acabad, que sois muy corto.
Con todo, estoy satisfecho
de su letra.
Es cosa grave
el dalle avisos por puntos,
sin que aproveche. Acabad.
Magdalena, reportad.
¿Han de ser cortos los puntos?
¡Qué amigo sois de lo corto!
Largos los pido; cortaldos
de aqueste modo, o dejaldos.
Ya, gran señora, los corto.
¡Qué mal acondicionada
sois!
Un hombre vergonzoso
y corto, es siempre enfadoso.
Ya está la pluma cortada.
Mostrad. ¡Y qué mala! ¡Ay Dios!
(Pruébala y arrójala.)
¿Por qué la echáis en el suelo?
¡Siempre me la dais con pelo!
Líbreme el cielo de vos.
Quitalde con el cuchillo.
No sé de vos qué presuma;
siempre con pelo la pluma
(Ap.) y la lengua con frenillo.
(Ap.) Propicios me son los cielos;
todo esto es en mi favor.
ESCENA XVIII
DICHOS.
Dadme albricias, gran señor;
el Conde de Vasconcelos
está sólo una jornada
de vuestra villa.
(Ap.) ¡Ay de mí!
Mañana llegará aquí,
porque trae tan limitada,
dicen, del Rey la licencia,
que no hará más de casarse
mañana, y luego tornarse.
Apreste vuestra excelencia
lo necesario, que yo
voy a recebirle luego.
¿No me escribe?
Aqueste pliego.
Hija, la ocasión llegó
que deseo.
(Ap.) Saldrá vana.
(Ap.) ¡Ay, cielo!
(Ap.) Mi bien suspira.
Vamos, deja aqueso y mira
que te has de casar mañana.
(Vanse el DUQUE y el CONDE.)
de escribir aquí, leed
este billete, y haced
luego lo que en él os mando.
(Escribe.) Don Dionís, en acabando
Si ya la ocasión perdí,
¿qué he de hacer? ¡Ay, suerte dura!
Amor todo es coyuntura. (Vase.)
ESCENA XIX
Fuése. El papel dice ansí:
(Lee.) No da el tiempo más espacio:
esta noche en el jardín
tendrán los temores fin
del Vergonzoso en Palacio.
¡Cielos! ¿Qué escucho? ¿Qué veo?
¿Esta noche? ¡Hay más ventura!
¿Si lo sueño? ¿Si es locura?
No es posible, no lo creo.
Esta noche en el jardín...
¡Vive Dios, que está aquí escrito
mi bien! A buscar a Brito
voy. ¿Hay más dichoso fin?
Presto en tu florido espacio
dará envidia entre mis celos
al Conde de Vasconcelos
el Vergonzoso en Palacio. (Vase.)
ESCENA XX
[LAURO sabe que su hijo está en Avero y decide ir a verle.]
ESCENA XXII
Palacio del DUQUE, con jardín. Es de noche.
DOÑA JUANA y DOÑA SERAFINA, a una ventana.
¡Ay, querida doña Juana!
Nota de mi fama doy;
mas si no me declaro hoy,
me casa el Duque mañana.
Don Dionís, señora, es tal,
que no llega don Duarte
con la más mínima parte
a su valor. Portugal
por su padre llora hoy día;
para en uno sois los dos;
gozaos mil años.
¡Ay, Dios!
No temas, señora mía,
que mi primo fué por él;
presto le traerá consigo.
Él tiene un notable amigo.
Pocos se hallarán como él.
ESCENA XXIII
DON ANTONIO y después TARSO, como de noche.--DICHAS.
Hoy, amor, vuestras quimeras
de noche me han convertido
en un don Dionís fingido
y un don Antonio de veras.
Por uno y otro he de hablar.
Gente siento a la ventana.
Ruido suena; no fué vana
mi esperanza.
Este lugar
mi dichoso don Dionís
me manda que mire y ronde
por si hay gente.
Ce: ¿es el Conde?
Sí, mi señora.
¿Venís
con don Dionís?
(Ap.) ¿Cómo es esto?
¿Don Dionís? La burla es buena.
¿Mas si es doña Magdalena?
Reconocer este puesto
me manda, porque le avise
si anda gente, y me parece
que otro en su lugar se ofrece;
y que le ronde, ande y pise,
vaya; mas que es don Dionís,
eso no.
Conmigo viene
un don Dionís, que os previene
el alma, que ya adquirís,
para ofrecerse a esas plantas.
Hablad, don Dionís; ¿qué hacéis?
¿Que estoy suspenso no veis,
contemplando glorias tantas?
Pagar lo mucho que os debo
con palabras será mengua,
y ansí refreno la lengua,
porque en ella no me atrevo.
Mas, señora, amor es dios,
y por mí podrá pagar.
(Finge la voz.)
(Ap.) ¡Bien sabe disimular
el habla!
¿No tenéis vos
crédito para pagarme
esta deuda?
No lo sé;
mas buen fiador os daré:
el Conde puede fiarme.--
Yo os fío.
(Ap.) ¡Válgate el diablo!
sólo un hombre es, vive Dios,
y parece que son dos.
Con mucho peligro os hablo
aquí; haced mi dicha cierta,
y tengan mis penas fin.
Pues ¿qué queréis?
Del jardín
tengo ya franca la puerta.
Mira que suele rondarte
don Duarte, señora mía,
y que si aguardas al día,
has de ser de don Duarte;
cualquier dilación es mala.
¡Ay, Dios!
¡Qué tímida eres!
¿Entrará?
Haz lo que quisieres.
Don Dionís, amor te iguala
a la ventura mayor
que pudo dar: corresponde
a tu dicha. --Amigo Conde,
por vuestra industria y favor
he adquirido tanto bien:
dadme esos brazos; yo soy
tu amigo, Conde, desde hoy.--
Yo vuestro esclavo. --Está bien:
dará el tiempo testimonio
desta deuda. --Aquí te aguardo,
que así mis amigos guardo:
entrad. --Adiós, don Antonio.
(Éntrase.)
¿Entró?
Sí.
¡Que deste modo
fuerce amor a una mujer!
Mas por sólo no lo ser
del de Estremoz, poco es todo.
(Vanse de la ventana.)
ESCENA XXIV
MIRENO, de noche.--TARSO.
Él se debió de quedar,
como acostumbra, dormido.
Ya queda sustituído
por otro aquí tu lugar.
¿Qué dices, necio? Responde:
vienes aquí a ver si hay gente,
¡y estáste aquí, impertinente!
Gente ha habido.
¿Quién?
Un Conde,
y un don Dionís de tu nombre,
que es uno y parecen dos.
¿Estás sin seso?
Por Dios,
que acaba de entrar un hombre
con tu doña Magdalena,
que, o es colegial trilingüe,
o a sí propio se distingue,
o es tu alma que anda en pena.
Más sabe que veinte Ulises.
Algún traidor te ha burlado,
o yo este enredo he soñado,
o aquí hay dos don Dionises.
Soñástelo.
¡Norabuena!
ESCENA XXV
DOÑA MAGDALENA, a la ventana.--MIRENO, TARSO.
¿Si habrá don Dionís venido?
A la ventana ha salido
un bulto.
¡Ay Dios! Gente suena.
Ce: ¿es don Dionís?
Mi señora,
yo soy ese venturoso.
Entrad, pues, mi vergonzoso.
(Vase de la ventana.)
¿Crês, que lo soñaste agora?
No sé.
Si mi cortedad
fué vergüenza, adiós vergüenza;
que seréis, como no os venza,
desde agora necedad. (Vase.)
ESCENAS XXVI Y XXVII
[LAURO, RUY LORENZO y algunos pastores llegan a Avero en el momento en que un heraldo publica el siguiente bando:]
“El rey nuestro señor, Alfonso el V, manda: Que en todos sus Estados
reales, con solemnes y públicos pregones, se publique el castigo que
en Lisboa se hizo del traidor Vasco Fernández, por las traiciones que
a su tío el duque don Pedro de Coímbra ha levantado, a quien por leal
vasallo y noble, y en todos sus Estados restituye; mandando que en
cualquier parte que asista, si es vivo, le respeten como a él mismo;
y si es muerto, su imagen hecha al vivo pongan sobre un caballo, y
una palma en la mano, le lleven a su corte, saliendo a recebirle
los lugares: y declara a los hijos que tuviere por herederos de su
patrimonio, dando a Vasco Fernández y a sus hijos por traidores,
sembrándoles sus casas de sal, como es costumbre en estos reinos, desde
el antiguo tiempo de los godos. Mándase pregonar para que venga a
noticia de todos.”
“El rey, vuestro Señor,
Alfonso el V, manda...”]
Gracias a vuestra piedad,
recto Juez, clemente y sabio,
que volvéis por mi justicia.
El parabién quiero daros
con las lágrimas que vierto:
gocéisle, Duque, mil años.
¿Qué labradores son éstos,
que hacen extremos tantos?
¡Ah, buena gente! Mirad
que os llama el Duque.
Trabajos,
si me habéis tenido mudo,
ya es tiempo de hablar. ¿Qué aguardo?
Dadme aquesos brazos nobles,
Duque ilustre, primo caro.
Don Pedro soy.
¡Santos cielos,
dos mil gracias quiero daros!
¡Gran Duque! ¡En aqueste traje!
En éste me he conservado
con vida y honra hasta agora.
Es el Conde de Estremoz,
a quien la palabra he dado
de casalle con mi hija
la menor, y agora aguardo
al Conde de Vasconcelos,
sobrino vuestro.
Mi hermano
estará ya arrepentido,
si traidores le engañaron.
Doile a doña Magdalena,
mi hija mayor.
Sois sabio
en escoger tales yernos.
Y venturoso otro tanto,
en que seréis su padrino.
(Ap.) Aunque el Conde me ha mirado,
no me ha conocido. ¡Ay cielos!
¿Quién vengará mis agravios?
Hola, llamad a mis hijas,
que de suceso tan raro,
por la parte que les toca,
es bien darles cuenta...
ESCENA XXVIII
DOÑA MAGDALENA, DOÑA SERAFINA. DOÑA JUANA.--DICHOS.
¿Qué manda vuestra excelencia?
Que beséis, hijas, las manos
al gran Duque de Coímbra,
vuestro tío.
¡Caso raro!
Lloro de contento y gozo.
(Ap.) Mi suerte y ventura alabo:
ya segura gozaré
mi don Dionís, pues ha dado
fin el cielo a sus desdichas.
Gocéis, sobrinas, mil años,
los esposos que os esperan.
El cielo guarde otros tantos
la vida de vuexcelencia.
Si la mía estima en algo,
le suplico, así propicios
de aquí adelante los hados
le dejen ver reyes nietos
y venguen de sus contrarios,
que este casamiento impida.
¿Cómo es eso?
Aunque el recato
de la mujeril vergüenza
cerrarme intente los labios,
digo, señor, que ya estoy
casada.
¡Cómo! ¿Qué aguardo?
¿Estás sin seso, atrevida?
El cielo y amor me han dado
esposo, aunque humilde y pobre,
discreto, mozo y gallardo.
¿Qué dices, loca? ¿Pretendes
que te mate?
El secretario
que me diste por maestro
es mi esposo.
Cierra el labio.
¡Ay, desdichada vejez!
Vil, ¿por un hombre tan bajo
al Conde de Vasconcelos
desprecias?
Ya le ha igualado
a mi calidad amor,
que sabe humillar los altos
y ensalzar a los humildes.
Daréte la muerte.
Paso,
que es mi hijo vuestro yerno.
¿Cómo es eso?
El secretario
de mi sobrina, vuestra hija,
es Mireno, a quien ya llamo
don Dionís, y mi heredero.
Ya vuelvo en mí: por bien dado
doy mi agravio de ese modo.
¿Hijo es vuestro? ¡Ay, Dios! ¿Qué aguardo,
que no beso vuestros pies?
Eso no, porque es engaño:
don Dionís, hijo del Duque
de Coímbra, es quien me ha dado
mano y palabra de esposo.
¡Hay hombre más desdichado!
Doña Juana es buen testigo.
Don Dionís está en mi cuarto,
y mi cámara.
¡Qué bueno!
En la mía está encerrado.
Yo no tengo más que un hijo.
Tráiganlos luego. ¡En qué caos
de confusión estoy puesto!
ESCENA XXIX
DICHOS.
Confuso vengo a tus pies.
Hijo mío, aquesos brazos
den nueva vida a estas canas.
Este es don Dionís.
¿Qué engaños
son éstos, cielos crueles?
Abrazadme, que ya ha hallado
el más gallardo heredero
de Portugal, este Estado.
¿Qué miras, hijo, perplejo?
El nombre tosco ha cesado
que de Mireno tuviste;
ni lo eres, ni soy Lauro,
sino el Duque de Coímbra:
el Rey está ya informado
de mi inocencia.
¿Qué escucho?
¡Cielos! ¡Amor! ¡Bienes tantos!
ESCENA XXX
DICHOS.
Dame, señor, esos pies.
¿A qué venís, secretario?
Conde, ¿qué es de don Dionís,
mi esposo?
[Se descubre que DON ANTONIO es el Conde de Penela; el DUQUE le perdona y accede a que DOÑA SERAFINA sea su esposa. EL CONDE DE ESTREMOZ se casa con LEONELA, hermana de RUY LORENZO, y éste, después de perdonado, vuelve a ocupar el cargo de secretario.]