Acto primero
ESCENA PRIMERA
(DON DIEGO, SIMÓN.)
(Sale DON DIEGO de su cuarto. SIMÓN, que está sentado en una silla, se levanta.)
¿No han venido todavía?
No, señor.
Despacio la han tomado, por cierto.
Como su tía la quiere tanto, según parece, y no
la ha visto desde que la llevaron a Guadalajara...
Sí. Yo no digo que no la viese, pero con media
hora de visita y cuatro lágrimas, estaba concluido.
Ello también ha sido extraña determinación la
de estarse usted dos días enteros sin salir de la
posada. Cansa el leer, cansa el dormir... Y sobre
todo, cansa la mugre del cuarto, las sillas
desvencijadas, las estampas del hijo pródigo, el
ruido de campanillas y cascabeles y la
conversación ronca de carromateros y patanes,
que no permiten un instante de quietud.
Ha sido conveniente el hacerlo así. Aquí me
conocen todos el Corregidor, el señor Abad, el
Visitador, el Rector de Málaga... ¡Qué sé yo!
Todos... Y ha sido preciso sentarme quieto y no
exponerme a que me hallasen por ahí, y no he
querido que nadie me vea.
Yo no alcanzo la causa de tanto retiro. Pues
¿hay más en esto que haber acompañado usted a
doña Irene hasta Guadalajara, para sacar del
convento a la niña y volvernos con ellas a
Madrid?
Sí, hombre, algo más hay de lo que has visto.
Adelante.
Algo, algo... Ello tú al cabo lo has de saber, y
no puede tardarse mucho... Mira, Simón, por
Dios te encargo que no lo digas... Tú eres
hombre de bien, y me has servido muchos años
con fidelidad... Ya ves que hemos sacado a esa
niña del convento y nos la llevamos a Madrid.
Sí, señor.
Pues bien... Pero te vuelvo a encargar que a
nadie lo descubras.
Bien está, señor. Jamás he gustado de chismes.
Ya lo sé, por eso quiero fiarme de ti. Yo, la
verdad, nunca había visto a la tal doña Paquita;
pero mediante la amistad con su madre he
tenido frecuentes noticias de ella; he leído
muchas de las cartas que escribía; he visto
algunas de su tía la monja, con quien ha vivido
en Guadalajara; en suma, he tenido cuantos
informes pudiera desear acerca de sus
inclinaciones y su conducta. Ya he logrado
verla; he procurado observarla en estos pocos
días, y a decir verdad, cuantos elogios hicieron
de ella me parecen escasos.
Sí, por cierto... Es muy linda y...
Es muy linda, muy graciosa, muy humilde... Y
sobre todo ¡aquel candor, aquella inocencia!
Vamos, es de lo que no se encuentra por ahí... Y
talento... Sí señor, mucho talento... Con que,
para acabar de informarte, lo que yo he pensado
es…
(DON DIEGO, SIMÓN.)
(Sale DON DIEGO de su cuarto. SIMÓN, que está sentado en una silla, se levanta.)
. Porque ya lo adivino. Y me parece excelente
idea.
. ¿Qué dices?
. Excelente.
. ¿Con que al instante has conocido?...
. ¿Pues no es claro?... ¡Vaya!... Dígole a usted
que me parece muy buena boda. Buena, buena.
. Sí señor... Yo lo he mirado bien, y lo tengo por
cosa muy acertada.
. Seguro que sí.
. Pero quiero absolutamente que no se sepa hasta
que esté hecho.
. Y en eso hace usted bien.
. Porque no todos ven las cosas de una manera, y
no faltaría quien murmurase y dijese que era
una locura, y me...
. ¿Locura? ¡Buena locura!... ¿Con una chica
como ésa, eh?
. Pues ya ves tú. Ella es una pobre... Eso sí.
Porque, aquí entre los dos, la buena de doña
Irene se ha dado tal prisa a gastar desde que
murió su marido que, si no fuera por estas
benditas religiosas y el canónigo de Castrojeriz,
que es también su cuñado, no tendría para poner
un puchero a la lumbre... Y muy vanidosa y
muy remilgada, y hablando siempre de su
parentela y de sus difuntos, y sacando unos
cuentos allá que... Pero esto no es del caso...
Pero yo no he buscado dinero, que dineros
tengo; he buscado modestia, recogimiento,
virtud.
. Eso es lo principal... Y, sobre todo, lo que usted
tiene ¿para quién ha de ser?
. Dices bien... ¿Y sabes tú lo que es una mujer
aprovechada, hacendosa, que sepa cuidar de la
casa, economizar, estar en todo?... Siempre
lidiando con amas, que si una es mala, otra es
peor: regalonas, entremetidas, habladoras, llenas
de histérico, viejas, feas como demonios... No
señor: vida nueva. Tendré quien me asista con
amor y fidelidad, y viviremos como unos
santos... Y deja que hablen y murmuren, y...
. Pero siendo a gusto de entrambos, ¿qué pueden
decir?
. No, yo ya sé lo que dirán; pero... Dirán que la
boda es desigual, que no hay proporción en la
edad, que...
. Vamos, que no me parece tan notable la
diferencia. Siete u ocho años, a lo más.
. ¿Qué, hombre? ¿Qué hablas de siete u ocho
años? Si ella ha cumplido diez y seis pocos
meses ha.
. Y bien, ¿qué?
. Y yo, aunque gracias a Dios estoy robusto y...
Con todo eso, mis cincuenta y nueve años no
hay quien me los quite.
. Pero si yo no hablo de eso.
. Pues ¿de qué hablas?
. Decía que... Vamos, o usted no acaba de
explicarse, o yo lo entiendo al revés... En suma,
esta doña Paquita ¿con quién se casa?
. ¿Ahora estamos ahí? Conmigo.
. ¿Con usted?
. Conmigo.
. ¡Medrados quedamos!
. ¿Qué dices...? Vamos, ¿qué?
. ¡Y pensaba yo haber adivinado!
. Pues ¿qué creías? ¿Para quién juzgaste que la
destinaba yo?
. Para don Carlos, su sobrino de usted, mozo de
talento, instruido, excelente soldado,
amabilísimo por todas sus circunstancias... Para
ése juzgué que se guardaba la tal niña.
. Pues no señor.
. Pues bien está.
. ¡Mire usted qué idea! ¡Con el otro la había de ir
a casar!... No señor, que estudie sus
matemáticas.
. Ya las estudia; o por mejor decir, ya las enseña.
. Que se haga hombre de valor y...
. ¡Valor! ¿Todavía pide usted más valor a un
oficial que en la última guerra, con muy pocos
que se atrevieron a seguirle, tomó dos baterías,
clavó los cañones, hizo algunos prisioneros y
volvió al campo lleno de heridas y cubierto de
sangre?... Pues bien satisfecho quedó usted
entonces del valor de su sobrino, y yo le vi a
usted más de cuatro veces llorar de alegría,
cuando el rey le premió con el grado de teniente
coronel y una cruz de Alcántara.
. Sí, señor; todo es verdad; pero no viene a
cuento. Yo soy el que me caso.
. Si está usted bien seguro de que ella le quiere, si
no la asusta la diferencia de la edad, si su
elección es libre...
ESCENA PRIMERA 3
(DON DIEGO, SIMÓN.)
(Sale DON DIEGO de su cuarto. SIMÓN, que está sentado en una silla, se levanta.)
. Pues ¿no ha de serlo...? Doña Irene la escribió
con anticipación sobre el particular. Hemos ido
allá, me ha visto, la han informado de cuanto ha
querido saber, y ha respondido que está bien,
que admite gustosa el partido que se le
propone... Y ya ves tú con qué agrado me trata,
y qué expresiones me hace tan cariñosas y tan
sencillas... Mira, Simón, si los matrimonios muy
desiguales tienen por lo común desgraciada
resulta, consiste en que alguna de las partes
procede sin libertad, en que hay violencia,
seducción, engaño, amenazas, tiranía
doméstica... Pero aquí no hay nada de eso. ¿Y
qué sacarían con engañarme? Ya ves tú la
religiosa de Guadalajara si es mujer de juicio;
ésta de Alcalá, aunque no la conozco, sé que es
una señora de excelentes prendas; mira tú si
doña Irene querrá el bien de su hija; pues todas
ellas me han dado cuantas seguridades puedo
apetecer. La criada, que la ha servido en Madrid
y más de cuatro años en el convento, se hace
lenguas de ella; y, sobre todo, me ha informado
de que jamás observó en esta criatura la más
remota inclinación a ninguno de los pocos
hombres que ha podido ver en aquel encierro.
Bordar, coser, leer libros devotos, oír misa y
correr por la huerta detrás de las mariposas, y
echar agua en los agujeros de las hormigas,
éstas han sido su ocupación y sus diversiones...
¿Qué dices?
. Yo nada, señor.
. Y no pienses tú que, a pesar de tantas
seguridades, no aprovecho las ocasiones que se
presentan para ir ganando su amistad y su
confianza, y lograr que se explique conmigo en
absoluta libertad... Bien que aún hay tiempo...
Sólo que aquella doña Irene siempre la
interrumpe, todo se lo habla... Y es muy buena
mujer, buena...
. En fin, señor, yo desearé que salga como usted
apetece.
. Sí, yo espero en Dios que no ha de salir mal.
Aunque el novio no es muy de tu gusto... ¡Y qué
fuera de tiempo me recomendabas al tal
sobrinito! ¿Sabes tú lo enfadado que estoy con
él?
. Pues ¿qué ha hecho?
. Una de las suyas... Y hasta pocos días ha no lo
he sabido. El año pasado, ya lo viste, estuvo dos
meses en Madrid... Y me costó buen dinero la
tal visita... En fin, es mi sobrino, bien dado está;
pero voy al asunto. Llegó el caso de irse a
Zaragoza a su regimiento... Ya te acuerdas de
que a muy pocos días de haber salido de
Madrid, recibí la noticia de su llegada.
. Sí, señor.
. Y que siguió escribiéndome, aunque algo
perezoso, siempre con la data de Zaragoza.
. Así es la verdad.
. Pues el pícaro no estaba allí cuando me escribía
las tales cartas.
. ¿Qué dice usted?
. Sí, señor. El día tres de julio salió de mi casa, y
a fines de septiembre aún no había llegado a sus
pabellones... ¿No te parece que, para ir por la
posta hizo muy buena diligencia?.
. Tal vez se pondría malo en el camino, y por no
darle a usted pesadumbre...
. Nada de eso. Amores del señor oficial y
devaneos que le traen loco... Por ahí, en esas
ciudades, puede que... ¿Quién sabe?... Si
encuentra un par de ojos negros, ya es hombre
perdido... ¡No permita Dios que me le engañe
alguna bribona de estas que truecan el honor por
el matrimonio!
. ¡Oh! No hay que temer... Y si tropieza con
alguna fullera de amor, buenas cartas ha de
tener para que le engañe.
. Me parece que están ahí... Sí. Busca al mayoral,
y dile que venga, para quedar de acuerdo en la
hora a que deberemos salir mañana.
. Bien está.
. Ya te he dicho que no quiero que esto se
trasluzca, ni... ¿Estamos?
. No haya miedo que a nadie lo cuente.
((SIMÓN se va por la puerta del foro. Salen por la misma las tres.)
(mujeres, con mantillas y basquiñas. RITA deja un pañuelo atado.)
(sobre la mesa, y recoge las mantillas y las dobla.).)
ESCENA SEGUNDA
(DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA, RITA, DON DIEGO.)
. Ya estamos acá.
. ¡Ay! ¡qué escalera!
. Muy bien venidas, señoras.
. ¿Conque usted, a lo que parece, no ha salido?
(Se sientan DOÑA IRENE y DON DIEGO.)
. No, señora. Luego, más tarde, daré una
vueltecilla por ahí... He leído un rato. Traté de
dormir, pero en esta posada no se duerme.
. Es verdad que no... ¡Y qué mosquitos! Mala
peste en ellos. Anoche no me dejaron parar...
Pero mire usted, mire usted (Desata el pañuelo
y manifiesta algunas cosas de las que indica el
diálogo) cuántas cosillas traigo. Rosarios de
nácar, cruces de ciprés, la regla de San Benito,
una pililla de cristal... Mire usted qué bonita. Y
dos corazones de talco... ¡Qué sé yo cuánto
viene aquí!... ¡Ay! Y una campanilla de barro
bendito para los truenos... ¡Tantas cosas!
Chucherías que la han dado las madres. Locas
estaban con ella.
¡Cómo me quieren todas! ¡Y mi tía, mi pobre
tía, lloraba tanto!... Es ya muy viejecita.
Ha sentido mucho no conocer a usted.
Sí, es verdad. Decía: ¿Por qué no ha venido
aquel señor?
El padre capellán y el rector de los Verdes nos
han venido acompañando hasta la puerta.
Toma
((Vuelve a atar el pañuelo y se le da a.)
(RITA, la cual se va con él y con las mantillas al.)
(cuarto de DOÑA IRENE).)
, guárdamelo todo allí,
en la excusabaraja. Mira, llévalo así de las
puntas... ¡Válgate Dios! ¡Eh! ¡Ya se ha roto la
Santa Gertrudis de alcorza!.
. No importa; yo me la comeré.
ESCENA TERCERA I
(DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA, DON DIEGO.)
¿Nos vamos adentro, mamá, o nos quedamos
aquí?
Ahora, niña, que quiero descansar un rato.
Hoy se ha dejado sentir el calor en forma.
¡Y qué fresco tienen aquel locutorio! Vaya, está
hecho un cielo...
(Siéntase DOÑA FRANCISCA junto a su madre.)
Pues con todo, aquella monja tan gorda, que se
llama la madre Angustias, bien sudaba... ¡Ay!
¡cómo sudaba la pobre mujer!.
Mi hermana es la que está bastante delicadita.
Ha padecido mucho este invierno... Pero, vaya,
no sabía qué hacerse con su sobrina la buena
señora... Está muy contenta de nuestra elección.
Yo celebro que sea tan a gusto de aquellas
personas, a quienes debe usted particulares
obligaciones.
Sí, Trinidad está muy contenta, y en cuanto a
Circuncisión, ya lo ha visto usted. La ha costado
mucho despegarse de ella; pero ha conocido que
siendo para su bienestar, es necesario pasar por
ello... Ya se acuerda usted de lo expresiva que
estuvo, y...
Es verdad. Sólo falta que la parte interesada
tenga la misma satisfacción que manifiestan
cuantos la quieren bien.
Es hija obediente, y no se apartará jamás de lo
que determine su madre.
Todo eso es cierto, pero...
Es de buena sangre, y ha de pensar bien, y ha de
proceder con el honor que la corresponde.
Sí, ya estoy; pero ¿no pudiera, sin faltar a su
honor ni a su sangre...?
¿Me voy, mamá?
(Se levanta y vuelve a sentarse.)
No pudiera, no señor. Una niña bien educada,
hija de buenos padres, no puede menos de
conducirse en todas ocasiones como es
conveniente y debido. Un vivo retrato es la
chica, ahí donde usted la ve, de su abuela que
Dios perdone, doña Jerónima de Peralta... En
casa tengo el cuadro, ya le habrá usted visto. Y
le hicieron, según me contaba su merced, para
enviársele a su tío carnal el padre fray Serapión
de San Juan Crisóstomo, electo obispo de
Mechoacán.
ESCENA TERCERA 2
Ya.
Y murió en el mar el buen religioso, que fue un
quebranto para toda la familia... Hoy es, y
todavía estamos sintiendo su muerte;
particularmente mi primo don Cucufate,
Regidor perpetuo de Zamora, no puede oír
hablar de Su Ilustrísima sin deshacerse en
lágrimas.
Válgate Dios, qué moscas tan...
Pues murió en olor de santidad.
Eso bueno es.
Sí, señor; pero como la familia ha venido tan a
menos... ¿Qué quiere usted? Donde no hay
facultades... Bien que, por lo que puede tronar,
ya se le está escribiendo la vida; y quién sabe
que el día de mañana no se imprima, con el
favor de Dios.
Sí, pues ya se ve. Todo se imprime.
Lo cierto es que el autor, que es sobrino de mi
hermano político, el canónigo de Castrojeriz, no
la deja de la mano; y a la hora de ésta lleva ya
escritos nueve tomos en folio, que comprenden
los nueve años primeros de la vida del santo
obispo.
¿Con que para cada año un tomo?
Sí, señor, ese plan se ha propuesto
¿Y de qué edad murió el venerable?
De ochenta y dos años, tres meses y catorce
días.
¿Me voy, mamá?
Anda, vete. ¡Válgate Dios, que prisa tienes!
¿Quiere usted (Se levanta y después de hacer
una graciosa cortesía a DON DIEGO, da un
beso a DOÑA IRENE y se va al cuarto de ésta)
que le haga una cortesía a la francesa, señor don
Diego?
Sí, hija mía. A ver.
Mire usted, así.
¡Graciosa niña! ¡Viva la Paquita, viva!
Para usted una cortesía, y para mi mamá un
beso.
ESCENA CUARTA I
(DOÑA IRENE, DON DIEGO.)
Es muy gitana y muy mona, mucho.
Tiene un donaire natural que arrebata.
¿Qué quiere usted? Criada sin artificio ni
embelecos de mundo, contenta de verse otra vez
al lado de su madre, y mucho más de considerar
tan inmediata su colocación no es maravilla que
cuanto hace y dice sea una gracia, y máxime a
los ojos de usted, que tanto se ha empeñado en
favorecerla.
Quisiera sólo que se explicase libremente acerca
de nuestra proyectada unión, y...
Oiría usted lo mismo que le he dicho ya.
Sí, no lo dudo; pero el saber que la merezco
alguna inclinación, oyéndoselo decir con
aquella boquilla tan graciosa que tiene, sería
para mí una satisfacción imponderable.
No tenga usted sobre ese particular la más leve
desconfianza; pero hágase usted cargo de que a
una niña no la es lícito decir con ingenuidad lo
que siente. Mal parecería, señor don Diego, que
una doncella de vergüenza y criada como Dios
manda, se atreviese a decirle a un hombre: yo le
quiero a usted.
Bien, si fuese un hombre a quien hallara por
casualidad en la calle y le espetara ese favor de
buenas a primeras, cierto que la doncella haría
muy mal; pero a un hombre con quien ha de
casarse dentro de pocos días, ya pudiera decirle
alguna cosa que... Además, que hay ciertos
modos de explicarse...
Conmigo usa de más franqueza. A cada instante
hablamos de usted, y en todo manifiesta el
particular cariño que a usted le tiene... ¡Con qué
juicio hablaba ayer noche, después que usted se
fue a recoger! No sé lo que hubiera dado porque
hubiese podido oírla.
¿Y qué? ¿Hablaba de mí?
Y qué bien piensa acerca de lo preferible que es
para una criatura de sus años un marido de
cierta edad, experimentado, maduro y de
conducta...
¡Calle! ¿Eso decía?
No, esto se lo decía yo, y me escuchaba con una
atención como si fuera una mujer de cuarenta
años, lo mismo... ¡Buenas cosas la dije! Y ella,
que tiene mucha penetración, aunque me esté
mal el decirlo... ¿Pues no da lástima, señor, el
ver cómo se hacen los matrimonios hoy en el
día? Casan a una muchacha de quince años con
un arrapiezo de dieciocho, a una de diecisiete
con otro de veintidós: ella niña, sin juicio ni
experiencia, y él niño también, sin asomo de
cordura ni conocimiento de lo que es mundo.
Pues, señor (que es lo que yo digo), ¿quién ha
de gobernar la casa? ¿Quién ha de mandar a los
criados? ¿Quién ha de enseñar y corregir a los
hijos? Porque sucede también que estos
atolondrados de chicos suelen plagarse de
criaturas en un instante, que da compasión.
ESCENA CUARTA II
Cierto que es un dolor el ver rodeados de hijos a
muchos que carecen del talento, de la
experiencia y de la virtud que son necesarias
para dirigir su educación.
Lo que sé decirle a usted es que aún no había
cumplido los diecinueve cuando me casé de
primeras nupcias con mi difunto don Epifanio,
que esté en el cielo. Y era un hombre que,
mejorando lo presente, no es posible hallarle de
más respeto, más caballeroso... Y, al mismo
tiempo, más divertido y decidor. Pues, para
servir a usted, ya tenía los cincuenta y seis, muy
largos de talle, cuando se casó conmigo.
Buena edad... No era un niño, pero...
Pues a eso voy... Ni a mí podía convenirme en
aquel entonces un boquirrubio con los cascos a
la jineta... No, señor... Y no es decir tampoco
que estuviese achacoso ni quebrantado de salud,
nada de eso. Sanito estaba, gracias a Dios, como
una manzana; ni en su vida conoció otro mal,
sino una especie de alferecía que le amagaba de
cuando en cuando. Pero luego que nos casamos,
dio en darle tan a menudo y tan de recio, que a
los siete meses me hallé viuda y encinta de una
criatura que nació después, y al cabo y al fin se
me murió de alfombrilla.
¡Oiga!... Mire usted si dejó sucesión el bueno de
don Epifanio...
Sí, señor; pues ¿por qué no?
Lo digo porque luego saltan con... Bien que si
uno hubiera de hacer caso... ¿Y fue niño o niña?
Un niño muy hermoso. Como una plata era el
angelito.
Cierto que es consuelo tener, así, una criatura,
y...
¡Ay, señor! Dan malos ratos; pero ¿qué importa?
Es mucho gusto, mucho.
Yo lo creo.
Sí, señor.
Ya se ve que será una delicia y...
¡Pues no ha de ser!
Un embeleso el verlos juguetear y reír, y
acariciarlos, y merecer sus fiestecillas
inocentes.
¡Hijos de mi vida! Veintidós he tenido en los
tres matrimonios que llevo hasta ahora, de los
cuales sólo esta niña me ha venido a quedar;
pero le aseguro a usted que...
ESCENA QUINTA
(DOÑA IRENE, RITA.)
¡Válgame Dios! Ahora que me acuerdo...
¡Rita!... Me le habrán dejado morir. ¡Rita!
Señora.
(Saca debajo del brazo unas sábanas y almohadas.)
¿Qué has hecho del tordo? ¿Le diste de comer?
Sí, señora. Más ha comido que un avestruz. Ahí
le puse en la ventana del pasillo.
¿Hiciste las camas?
La de usted ya está. Voy a hacer esotras antes
que anochezca, porque si no, como no hay más
alumbrado que el del candil y no tiene garabato
me veo perdida.
Y aquella chica, ¿qué hace?
Está desmenuzando un bizcocho para dar de
cenar a don Periquito.
¡Qué pereza tengo de escribir! (Se levanta y se
entra en su cuarto.) Pero es preciso, que estará
con mucho cuidado la pobre Circuncisión.
¡Qué chapucerías! No ha dos horas, como quien
dice, que salimos de allá, y ya empiezan a ir y
venir correos. ¡Qué poco me gustan a mí las
mujeres gazmoñas y zalameras!
(Éntrase en el cuarto de DOÑA FRANCISCA.)
ESCENA SEXTA
(CALAMOCHA.)
(Sale por la puerta del foro con unas maletas, (botas y un látigo. Lo deja todo sobre la mesa y.) (se sienta en el banco.).)
¡Con que ha de ser el número tres! Vaya en
gracia... Ya, ya conozco el tal número tres.
Colección de bichos más abundante no la tiene
el Gabinete de Historia Natural... Miedo me da
de entrar... ¡Ay!, ¡ay!... ¡Y qué agujetas! Estas sí
que son agujetas... Paciencia, pobre Calamocha,
paciencia... Y gracias a que los caballitos
dijeron: no podemos más, que si no, por esta vez
no veía yo el número tres, ni las plagas de
Faraón que tiene dentro... En fin, como los
animales amanezcan vivos, no será poco...
Reventados están...
((Canta RITA, desde adentro.)
(CALAMOCHA se levanta desperezándose.).)
¡Oiga!.- ¿Seguidillitas?... Y no canta mal...
Vaya, aventura tenemos... ¡Ay, qué desvencijado
estoy!
ESCENA SÉPTIMA
(RITA, CALAMOCHA.)
Mejor es cerrar, no sea que nos alivien de ropa, y...
(Forcejeando para echar la llave.)
Pues cierto que está bien acondicionada la llave.
¿Gusta usted de que eche una mano, mi vida?
Gracias, mi alma.
¡Calle!... ¡Rita!
¡Calamocha!
¿Qué hallazgo es éste?
¿Y tu amo?
Los dos acabamos de llegar.
¿De veras?
No, que es chanza. Apenas recibió la carta de
doña Paquita, yo no sé adónde fue, ni con quién
habló, ni cómo lo dispuso; sólo sé decirte que
aquella tarde salimos de Zaragoza. Hemos
venido como dos centellas por ese camino.
Llegamos esta mañana a Guadalajara, y a las
primeras diligencias nos hallamos con que los
pájaros volaron ya. A caballo otra vez, y vuelta
a correr y a sudar y a dar chasquidos... En suma,
molidos los rocines y nosotros a medio moler,
hemos parado aquí con ánimo de salir mañana...
Mi teniente se ha ido al Colegio Mayor a ver a
un amigo, mientras se dispone algo que cenar...
Esta es la historia.
¿Con que le tenemos aquí?
Y enamorado más que nunca, celoso,
amenazando vidas... Aventurado a quitar el hipo
a cuantos le disputen la posesión de su Currita
idolatrada.
¿Qué dices?
Ni más ni menos.
¡Qué gusto me das!... Ahora sí se conoce que la
tiene amor.
¿Amor?... ¡Friolera!... El moro Gazul fue para
con él un pelele, Medoro un zascandil y
Gaiferos un chiquillo de la doctrina.
¡Ay! ¡cuando la señorita lo sepa!
Pero, acabemos. ¿Cómo te hallo aquí? ¿Con
quién estás?... ¿Cuándo llegaste?... Qué...
ESCENA SÉPTIMA II
Yo te lo diré. La madre de doña Paquita dio en
escribir cartas y más cartas, diciendo que tenía
concertado su casamiento en Madrid con un
caballero rico, honrado, bienquisito, en suma,
cabal y perfecto, que no había más que apetecer.
Acosada la señorita con tales propuestas, y
angustiada incesantemente con los sermones de
aquella bendita monja, se vio en la necesidad de
responder que estaba pronta a todo lo que la
mandasen... Pero no te puedo ponderar cuánto
lloró la pobrecita, qué afligida estuvo. Ni quería
comer, ni podía dormir... Y al mismo tiempo era
preciso disimular, para que su tía no sospechara
la verdad del caso. Ello es que cuando, pasado
el primer susto, hubo lugar de discurrir
escapatorias y arbitrios, no hallamos otro que el
de avisar a tu amo, esperando que si era su
cariño tan verdadero y de buena ley como nos
había ponderado, no consentiría que su pobre
Paquita pasara a manos de un desconocido, y se
perdiesen para siempre tantas caricias, tantas
lágrimas y tantos suspiros estrellados en las
tapias del corral. Apenas partió la carta a su
destino, cata el coche de colleras, y el mayoral
Gasparet, con sus medias azules, y la madre y el
novio, que vienen por ella: recogimos a toda
prisa nuestros meriñaques, se atan los cofres,
nos despedimos de aquellas buenas mujeres, y
en dos latigazos llegamos antes de ayer a
Alcalá. La detención ha sido para que la
señorita visite a otra tía monja que tiene aquí,
tan arrugada y tan sorda como la que dejamos
allá. Ya la ha visto, ya la han besado bastante
una por una todas las religiosas, y creo que
mañana temprano saldremos. Por esta
casualidad nos...
Sí. No digas más... Pero... ¿Con que el novio
está en la posada?
Ese es su cuarto
((Señalando el cuarto de DON DIEGO.)
(el de DOÑA IRENE y el de DOÑA FRANCISCA).)
éste el de la madre, y aquél el nuestro.
¿Cómo nuestro? ¿Tuyo y mío?
No, por cierto. Aquí dormiremos esta noche la
señorita y yo; porque ayer, metidas las tres en
ese de enfrente, ni cabíamos de pie, ni pudimos
dormir un instante, ni respirar siquiera.
Bien. Adiós.
(Recoge los trastos que puso sobre la mesa, en ademán de irse.)
Y ¿adónde?
Yo me entiendo... Pero el novio, ¿trae consigo
criados, amigos o deudos que le quiten la
primera zambullida que le amenaza?
Un criado viene con él.
¡Poca cosa!... Mira, dile en caridad que se
disponga, porque está de peligro. Adiós.
¿Y volverás presto?
Se supone. Estas cosas piden diligencia y,
aunque apenas puedo moverme, es necesario
que mi teniente deje la visita y venga a cuidar
de su hacienda, disponer el entierro de ese
hombre, y... ¿Con que ése es nuestro cuarto, eh?
Sí. De la señorita y mío.
¡Bribona!
¡Botarate! Adiós.
Adiós, aborrecida
((Éntrase con los trastos al cuarto de DON CARLOS).)
ESCENA OCTAVA I
(DOÑA FRANCISCA, RITA.)
¡Qué malo es!... Pero... ¡Válgame Dios! ¡Don
Félix aquí! Sí, la quiere, bien se conoce...
((Sale CALAMOCHA del cuarto de DON CARLOS.)
(y se va por la puerta del foro.).)
¡Oh! Por más que
digan, los hay muy finos, y entonces, ¿qué ha de
hacer una?... Quererlos, no tiene remedio,
quererlos... Pero ¿qué dirá la señorita cuando le
vea, que está ciega por él? ¡Pobrecita! ¿Pues no
sería una lástima que...? Ella es.
(Sale DOÑA FRANCISCA.)
¡Ay, Rita!
¿Qué es eso? ¿Ha llorado usted?
¿Pues no he de llorar? Si vieras mi madre...
Empeñada está en que he de querer mucho a ese
hombre... Si ella supiera lo que sabes tú, no me
mandaría cosas imposibles... Y que es tan
bueno, y que es rico, y que me irá tan bien con
él... Se ha enfadado tanto, y me ha llamado
picarona, inobediente... ¡Pobre de mí! Porque no
miento ni sé fingir, por eso me llaman picarona.
Señorita, por Dios, no se aflija usted.
Ya, como tú no la has oído... Y dice que don
Diego se queja de que yo no le digo nada...
Harto le digo, y bien he procurado hasta ahora
mostrarme contenta delante de él, que no lo
estoy por cierto, y reírme y hablar niñerías... Y
todo por dar gusto a mi madre, que si no... Pero
bien sabe la Virgen que no me sale del corazón.
(Se va oscureciendo lentamente el teatro.)
Vaya, vamos, que no hay motivo todavía para
tanta angustia... ¡Quién sabe!... ¿No se acuerda
usted ya de aquel día de asueto que tuvimos el
año pasado en la casa de campo del intendente?
¡Ay! ¿Cómo puedo olvidarlo?... Pero, ¿qué me
vas a contar?
Quiero decir que aquel caballero que vimos allí
con aquella cruz verde tan galán, tan fino...
¡Qué rodeos!... Don Félix. ¿Y qué?
Que nos fue acompañando hasta la ciudad...
Y bien... Y luego volvió, y le vi, por mi
desgracia, muchas veces... Mal aconsejada de ti.
¿Por qué, señora?... ¿A quién dimos escándalo?
Hasta ahora nadie lo ha sospechado en el
convento. Él no entró jamás por las puertas, y
cuando de noche hablaba con usted, mediaba
entre los dos una distancia tan grande, que usted
la maldijo no pocas veces... Pero esto no es del
caso. Lo que voy a decir es que un amante como
aquél no es posible que se olvide tan presto de
su querida Paquita... Mire usted que todo cuanto
hemos leído a hurtadillas en las novelas no
equivale a lo que hemos visto en él... ¿Se
acuerda usted de aquellas tres palmadas que se
oían entre once y doce de la noche, de aquella
sonora punteada con tanta delicadeza y
expresión?
ESCENA OCTAVA II
¡Ay, Rita! Sí, de todo me acuerdo, y mientras
viva conservaré la memoria... Pero está
ausente... Y entretenido acaso con nuevos
amores.
Eso no lo puedo yo creer.
Es hombre al fin, y todos ellos...
¡Qué bobería! Desengáñese usted, señorita. Con
los hombres y las mujeres sucede lo mismo que
con los melones de Añover. Hay de todo; la
dificultad está en saber escogerlos. El que se
lleve chasco en la elección quéjese de su mala
suerte, pero no desacredite la mercancía... Hay
hombres muy embusteros, muy picarones; pero
no es creíble que lo sea el que ha dado pruebas
tan repetidas de perseverancia y amor. Tres
meses duró el terrero y la conversación a
oscuras, y en todo aquel tiempo, bien sabe usted
que no vimos en él una acción descompuesta, ni
oímos de su boca una palabra indecente ni
atrevida.
Es verdad. Por eso le quise tanto, por eso le
tengo tan fijo aquí... aquí...
(Señalando el pecho.)
¿Qué habrá dicho al ver la carta?... ¡Oh!
Yo bien sé lo que habrá dicho... ¡Válgate Dios!
¡Es lástima! Cierto. ¡Pobre Paquita!... Y se
acabó... No habrá dicho más... Nada más.
No señora, no ha dicho eso.
¿Qué sabes tú?
Bien lo sé. Apenas haya leído la carta se habrá
puesto en camino, y vendrá volando a consolar a
su amiga... Pero...
(Acercándose a la puerta del cuarto de DOÑA IRENE.)
¿A dónde vas?
Quiero ver si...
Está escribiendo.
Pues ya presto habrá de dejarlo, que empieza a
anochecer... Señorita, lo que la he dicho a usted
es la verdad pura. Don Félix está ya en Alcalá.
¿Qué dices? No me engañes.
Aquel es su cuarto... Calamocha acaba de hablar
conmigo.
¿De veras?
Sí, señora... Y le ha ido a buscar para...
ESCENA OCTAVA III
¿Con que me quiere?... ¡Ay, Rita! Mira tú si
hicimos bien de avisarle... Pero ¿ves qué
fineza?... ¿Si vendrá bueno? ¡Correr tantas
leguas sólo por verme..., porque yo se lo
mando... ¡Qué agradecida le debo estar!... ¡Oh!,
yo le prometo que no se quejará de mí. Para
siempre agradecimiento y amor.
Voy a traer luces. Procuraré detenerme por allá
abajo hasta que vuelvan... Veré lo que dice y
qué piensa hacer, porque hallándonos todos
aquí, pudiera haber una de Satanás entre la
madre, la hija, el novio y el amante; y si no
ensayamos bien esta contradanza, nos hemos de
perder en ella.
Dices bien... Pero no; él tiene resolución y
talento, y sabrá determinar lo más conveniente...
Y ¿cómo has de avisarme?... Mira que así que
llegue le quiero ver.
No hay que dar cuidado. Yo le traeré por acá, y
en dándome aquella tosecilla seca... ¿Me
entiende usted?
Sí, bien.
Pues entonces no hay más que salir con
cualquiera excusa. Yo me quedaré con la señora
mayor; la hablaré de todos sus maridos y de sus
concuñados, y del obispo que murió en el mar...
Además, que si está allí don Diego...
Bien, anda; y así que llegue...
Al instante.
Que no se te olvide toser.
No haya miedo.
¡Si vieras qué consolada estoy!
Sin que usted lo jure lo creo.
¿Te acuerdas, cuando me decía que era
imposible apartarme de su memoria, que no
habría peligros que le detuvieran, ni dificultades
que no atropellara por mí?
Sí, bien me acuerdo.
¡Ah!. Pues mira cómo me dijo la verdad.
((DOÑA FRANCISCA se va al cuarto de DOÑA IRENE; RITA,.)
(por la puerta del foro.).)
Acto segundo
ESCENA PRIMERA
(Teatro oscuro.)
Nadie parece aún...
(DOÑA FRANCISCA seacerca a la puerta del foro y vuelve.)
¡Qué impaciencia tengo!... Y dice mi madre que soy
una simple, que sólo pienso en jugar y reír, y
que no sé lo que es amor... Sí, diecisiete años, y
no cumplidos; pero ya sé lo que es querer bien,
y la inquietud y las lágrimas que cuesta.
ESCENA SEGUNDA
(DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA.)
Sola y a oscuras me habéis dejado allí.
Como estaba usted acabando su carta, mamá,
por no estorbarla me he venido aquí, que está
mucho más fresco.
Pero aquella muchacha, ¿qué hace que no trae
una luz? Para cualquiera cosa se está un año... Y
yo que tengo un genio como una pólvora...
(Siéntase.)
Sea todo por Dios... ¿Y don Diego?
¿No ha venido?
Me parece que no.
Pues cuenta, niña, con lo que te he dicho ya. Y
mira que no gusto de repetir una cosa dos veces.
Este caballero está sentido, y con muchísima
razón.
Bien; sí, señora, ya lo sé. No me riña usted más.
No es esto reñirte, hija mía, esto es aconsejarte.
Porque como tú no tienes conocimiento para
considerar el bien que se nos ha entrado por las
puertas... y lo atrasada que me coge, que yo no
sé lo que hubiera sido de tu pobre madre...
Siempre cayendo y levantando... Médicos,
botica... Que se dejaba pedir aquel caribe de don
Bruno (Dios le haya coronado de gloria) los
veinte y los treinta reales por cada papelillo de
píldoras de coloquíntida y asafétida... Mira que
un casamiento como el que vas a hacer, muy
pocas le consiguen. Bien que a las oraciones de
tus tías, que son unas bienaventuradas, debemos
agradecer esta fortuna, y no a tus méritos ni a
mi diligencia... ¿qué dices?
Yo, nada, mamá.
Pues nunca dices nada. ¡Válgame Dios, señor!...
En hablándote de esto, no te ocurre nada que
decir.
ESCENA TERCERA
(DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA, RITA.)
((Sale RITA por la puerta del foro con luces.) (y las pone encima dela mesa.).)
Vaya, mujer, yo pensé que en toda la noche no
venías.
Señora, he tardado porque han tenido que ir a
comprar las velas. Como el tufo del velón la
hace a usted tanto daño...
Seguro que me hace muchísimo mal, con esta
jaqueca que padezco... Los parches de alcanfor
al cabo tuve que quitármelos; ¡si no me
sirvieron de nada! Con las obleas, me parece
que me va mejor... Mira, deja una luz ahí y
llévate la otra a mi cuarto, y corre la cortina, no
se me llene todo de mosquitos.
Muy bien
(Toma una luz y hace que se va.)
(Aparte, a Rita.)
¿No ha venido?
Vendrá.
Oyes, aquella carta que está sobre la mesa,
dásela al mozo de la posada para que la lleve al
instante al correo...
(Vase RITA al cuarto de DOÑA IRENE)
Y tú, niña, ¿qué has de cenar?
Porque será menester recogernos presto para
salir mañana de madrugada.
Como las monjas me hicieron merendar...
Con todo eso... Siquiera unas sopas del puchero
para el abrigo del estómago...
((Sale RITA conuna carta en la mano, y hasta el fin de la escena.)
(hace que se va y vuelve, según lo indica el diálogo.).)
Mira, has de calentar el caldo que
apartamos al medio día, y haznos un par de
tazas de sopas, y tráetelas luego que estén.
¿Y nada más?
No, nada más... ¡Ah!, y házmelas bien
caldositas.
Sí, ya lo sé.
Rita.
(Aparte)
Otra. ¿Qué manda usted?
Encarga mucho al mozo que lleve la carta al
instante... Pero no, señor; mejor es... No quiero
que la lleve él, que son unos borrachones, que
no se les puede... Has de decir a Simón que digo
yo que me haga el gusto de echarla en el correo.
¿Lo entiendes?
Sí, señora.
¡Ah! mira.
(Aparte)
Otra.
Bien que ahora no corre prisa... Es menester que
luego me saques de ahí al tordo y colgarle por
aquí, de modo que no se caiga y se me lastime...
((Vase RITA por la puerta del foro.) ¡Qué noche.)
(tan mala me dio!... ¡Pues no se estuvo el animal.)
(toda la noche de Dios rezando el Gloria Patri y.)
(la oración del Santo Sudario!... Ello, por otra.)
(parte, edificaba, cierto; pero cuando se trata de.)
(dormir...)
ESCENA CUARTA
(DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA.)
Pues mucho será que don Diego no haya tenido
algún encuentro por ahí, y eso le detenga. Cierto
que es un señor muy mirado, muy puntual...
¡Tan buen cristiano! ¡Tan atento! ¡Tan bien
hablado! ¡Y con qué garbo y generosidad se
porta!... Ya se ve, un sujeto de bienes y de
posibles... ¡Y qué casa tiene! Como un ascua de
oro la tiene... Es mucho aquello. ¡Qué ropa
blanca! ¡Qué batería de cocina! ¡Y qué
despensa, llena de cuanto Dios crió!... Pero tú
no parece que atiendes a lo que estoy diciendo.
Sí, señora, bien lo oigo; pero no la quería
interrumpir a usted.
Allí estarás, hija mía, como el pez en el agua;
pajaritas del aire que apetecieras las tendrías,
porque como él te quiere tanto, y es un caballero
tan de bien y tan temeroso de Dios... Pero mira,
Francisquita, que me cansa de veras el que
siempre que te hablo de esto, hayas dado en la
flor de no responderme palabra... ¡Pues no es
cosa particular, señor!
Mamá, no se enfade usted.
No es buen empeño de... ¿Y te parece a ti que
no sé yo muy bien de dónde viene todo eso?...
¿No ves que conozco las locuras que se te han
metido en esa cabeza de chorlito?... ¡Perdóneme Dios!
Pero... Pues ¿qué sabe usted?
¿Me quieres engañar a mí, eh? ¡Ay, hija! He
vivido mucho, y tengo yo mucha trastienda y
mucha penetración para que tú me engañes.
(Aparte)
¡Perdida soy!
Sin contar con su madre... Como si tal madre no
tuviera... Yo te aseguro que aunque no hubiera
sido con esta ocasión, de todos modos era ya
necesario sacarte del convento. Aunque hubiera
tenido que ir a pie y sola por ese camino, te
hubiera sacado de allí... ¡Mire usted qué juicio
de niña éste! Que porque ha vivido un poco de
tiempo entre monjas, ya se la puso en la cabeza
el ser ella monja también... Ni qué entiende ella
de eso, ni qué... En todos los estados se sirve a
Dios, Frasquita; pero el complacer a su madre,
asistirla, acompañarla y ser el consuelo de sus
trabajos, ésa es la primera obligación de una
hija obediente... Y sépalo usted, si no lo sabe.
Es verdad, mamá... Pero yo nunca he pensado
abandonarla a usted.
Sí, que no sé yo...
No, señora. Créame usted. La Paquita nunca se
apartará de su madre, ni la dará disgustos.
Mira si es cierto lo que dices.
Sí, señora, que yo no sé mentir.
Pues, hija, ya sabes lo que te he dicho. Ya ves lo
que pierdes, y la pesadumbre que me darás si no
te portas en un todo como corresponde...
Cuidado con ello.
(Aparte)
¡Pobre de mí!
ESCENA QUINTA 1
(DON DIEGO, DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA.)
((Sale DON DIEGO por la puerta del foro,.) (y deja sobre la mesa sombrero y bastón.).)
Pues ¿cómo tan tarde?
Apenas salí tropecé con el rector de
Málaga, Padre Guardián de San Diego, y el doctor
Padilla, y hasta que me han hartado bien de
chocolate y bollos no me han querido soltar...
(Siéntase junto a DOÑA IRENE.)
Y a todo esto, ¿cómo va?
Muy bien.
¿Y doña Paquita?
Doña Paquita, siempre acordándose de sus
monjas. Ya la digo que es tiempo de mudar de
bisiesto y pensar sólo en dar gusto a su madre y
obedecerla.
¡Qué diantre!. ¿Con que tanto se acuerda de...?
¿Qué se admira usted? Son niñas... No saben lo
que quieren, ni lo que aborrecen... En una edad así, tan...
No, poco a poco, eso no. Precisamente en esa
edad son las pasiones algo más enérgicas y
decisivas que en la nuestra, y por cuanto la
razón se halla todavía imperfecta y débil, los
ímpetus del corazón son mucho más violentos...
((Asiendo de una mano a DOÑA FRANCISCA.)
(la hace sentar inmediata a él.).)
Pero de veras, doña Paquita, ¿se volvería usted al
convento de buena gana?... La verdad.
Pero si ella no...
Déjela usted, señora, que ella responderá.
Bien sabe usted lo que acabo de decirla...
No permita Dios que yo la dé que sentir.
Pero eso lo dice usted tan afligida y...
Si es natural, señor, ¿No ve usted que...?
Calle usted, por Dios, doña Irene, y no me diga
usted a mí lo que es natural. Lo que es natural
es que la chica esté llena de miedo, y no se
atreva a decir una palabra que se oponga a lo
que su madre quiere que diga... Pero si esto
hubiese, por vida mía, que estábamos lucidos.
No, señor, lo que dice su merced, eso digo yo;
lo mismo. Porque en todo lo que me manda la obedeceré.
ESCENA QUINTA 2
¡Mandar, hija mía!... En estas materias tan
delicadas, los padres que tienen juicio no
mandan. Insinúan, proponen, aconsejan; eso sí,
todo eso sí; ¡pero mandar!... ¿Y quién ha de
evitar después las resultas funestas de lo que
mandaron?... Pues ¿cuántas veces vemos
matrimonios infelices, uniones monstruosas,
verificadas solamente porque un padre tonto se
metió a mandar lo que no debiera?... ¿Cuántas
veces una desdichada mujer halla anticipada la
muerte en el encierro de un claustro, porque su
madre o su tío se empeñaron en regalar a Dios
lo que Dios no quería? ¡Eh! No, señor; eso no
va bien... Mire usted, doña Paquita, yo no soy
de aquellos hombres que se disimulan los
defectos. Yo sé que ni mi figura ni mi edad son
para enamorar perdidamente a nadie; pero
tampoco he creído imposible que una muchacha
de juicio y bien criada llegase a quererme con
aquel amor tranquilo y constante que tanto se
parece a la amistad, y es el único que puede
hacer los matrimonios felices. Para conseguirlo,
no he ido a buscar ninguna hija de familia de
estas que viven en una decente libertad...
Decente, que yo no culpo lo que no se opone al
ejercicio de la virtud. Pero, ¿cuál sería entre
todas ellas la que no estuviese ya prevenida en
favor de otro amante más apetecible que yo? Y
en Madrid, ¡figúrese usted en un Madrid!...
Lleno de estas ideas, me pareció que tal vez
hallaría en usted todo cuanto yo deseaba...
Y puede usted creer, señor don Diego, que...
Voy a acabar, señora, déjeme usted acabar. Yo
me hago cargo, querida Paquita, de lo que
habrán influido en una niña tan bien inclinada
como usted las santas costumbres que ha visto
practicar en aquel inocente asilo de la devoción
y la virtud; pero, si a pesar de todo esto, la
imaginación acalorada, las circunstancias
imprevistas, la hubiesen hecho elegir sujeto más
digno, sepa usted que yo no quiero nada con
violencia. Yo soy ingenuo; mi corazón y mi
lengua no se contradicen jamás. Esto mismo la
pido a usted, Paquita: sinceridad. El cariño que
a usted la tengo no la debe hacer infeliz... Su
madre de usted no es capaz de querer una
injusticia, y sabe muy bien que a nadie se le
hace dichoso por fuerza. Si usted no halla en mí
prendas que la inclinen, si siente algún otro
cuidadillo en su corazón, créame usted, la
menor disimulación en esto nos daría a todos
muchísimo que sentir.
ESCENA QUINTA 3
¿Puedo hablar ya, señor?
Ella, ella debe hablar, y sin apuntador y sin
intérprete.
Cuando yo se lo mande.
Pues ya puede usted mandárselo, porque a ella
la toca responder... Con ella he de casarme, con
usted no.
Yo creo, señor don Diego, que ni con ella ni
conmigo. ¿En qué concepto nos tiene usted?...
Bien dice su padrino, y bien claro me lo escribió
pocos días ha, cuando le di parte de este
casamiento. Que aunque no la ha vuelto a ver
desde que la tuvo en la pila, la quiere
muchísimo; y a cuantos pasan por el Burgo de
Osma les pregunta cómo está, y continuamente
nos envía memorias con el ordinario.
Y bien, señora, ¿qué escribió el padrino?... O,
por mejor decir, ¿qué tiene que ver nada de eso
con lo que estamos hablando?
Sí señor que tiene que ver, sí señor. Y aunque
yo lo diga, le aseguro a usted que ni un padre de
Atocha, hubiera puesto una carta mejor que la
que él me envió sobre, el matrimonio de la
niña... Y no es ningún catedrático, ni bachiller,
ni nada de eso, sino un cualquiera, como quien
dice, un hombre de capa y espada con un
empleíllo infeliz en el ramo del viento, que
apenas le da para comer... Pero es muy ladino, y
sabe de todo, y tiene una labia - y escribe que da
gusto... Cuasi toda la carta venía en latín, no le
parezca a usted, y muy buenos consejos que me
daba en ella... Que no es posible sino que
adivinase lo que nos está sucediendo.
Pero, señora, si no sucede nada, ni hay cosa que
a usted la deba disgustar.
Pues ¿no quiere usted que me disguste oyéndole
hablar de mi hija en unos términos que...? ¡Ella
otros amores ni otros cuidados!... Pues si tal
hubiera... ¡Válgame Dios!... La mataba a golpes,
mire usted... Respóndele, una vez que quiere
que hables y que yo no chiste. Cuéntale los
novios que dejaste en Madrid cuando tenías
doce años, y los que has adquirido en el
convento al lado de aquella santa mujer. Díselo
para que se tranquilice, y...
Yo, señora, estoy más tranquilo que usted.
Respóndele.
Yo no sé qué decir. Si ustedes se enfadan...
No, hija mía; esto es dar alguna expresión a lo
que se dice; pero enfadarnos, no por cierto.
Doña Irene sabe lo que yo la estimo.
ESCENA QUINTA 4
Sí, señor, que lo sé, y estoy sumamente
agradecida a los favores que usted nos hace...
Por eso mismo...
No se hable de agradecimiento; cuanto yo puedo
hacer, todo es poco... Quiero sólo que doña
Paquita esté contenta.
¿Pues no ha de estarlo? Responde.
Sí, señor, que lo estoy.
Y que la mudanza de estado que se la previene
no la cueste el menor sentimiento.
No, señor, todo al contrario... Boda más a gusto
de todos no se pudiera imaginar.
En esa inteligencia, puedo asegurarla que no
tendrá motivos de arrepentirse después. En
nuestra compañía vivirá querida y adorada, y
espero que a fuerza de beneficios he de merecer
su estimación y su amistad.
Gracias, señor don Diego... ¡A una huérfana,
pobre, desvalida como yo!...
Pero de prendas tan estimables, que la hacen a
usted digna todavía de mayor fortuna.
Ven aquí, ven... Ven aquí, Paquita.
¡Mamá!
(Levántase, abraza a su madre y se acarician mutuamente.)
¿Ves lo que te quiero?
Sí, señora.
¿Y cuánto procuro tu bien, que no tengo otro
pío sino el de verte colocada antes que yo falte?
Bien lo conozco.
¡Hija de mi vida! ¿Has de ser buena?
Sí, señora.
¡Ay, que no sabes tú lo que te quiere tu madre!
Pues ¿qué? ¿No la quiero yo a usted?
Vamos, vamos de aquí.
(Levántase DON DIEGO y después DOÑA IRENE.)
No venga alguno y nos halle a los tres llorando como tres
chiquillos.
Sí, dice usted bien.
((Vanse los dos al cuarto de DOÑA IRENE. DOÑA FRANCISCA va.)
(detrás y RITA, que sale por la puerta del foro, la hace detener.).)
ESCENA SEXTA
(DOÑA FRANCISCA, RITA.)
Señorita... ¡Eh!, chit..., señorita...
¿Qué quieres?
Ya ha venido.
¿Cómo?
Ahora mismo acaba de llegar. Le he dado un
abrazo con licencia de usted, y ya sube por la
escalera.
¡Ay, Dios!... Y ¿qué debo hacer?
¡Donosa pregunta!... Vaya, lo que importa es no
gastar el tiempo en melindres de amor... Al
asunto... y juicio... Y mire usted que en el paraje
en que estamos, la conversación no puede ser
muy larga... Ahí está.
Sí... Él es.
Voy a cuidar de aquella gente... Valor, señorita,
y resolución.
(RITA se va al cuarto de DOÑA IRENE.)
No, no, que yo también... Pero no lo merece.
ESCENA SÉPTIMA
(DON CARLOS, DOÑA FRANCISCA.)
(Sale DON CARLOS por la puerta del foro.)
¡Paquita!... ¡Vida mía! Ya estoy aquí... ¿Cómo
va, hermosa, cómo va?
Bien venido.
¿Cómo tan triste?... ¿No merece mi llegada más
alegría?
Es verdad; pero acaban de sucederme cosas que
me tienen fuera de mí... Sabe usted... Sí, bien lo
sabe usted... Después de escrita aquella carta,
fueron por mí... Mañana a Madrid... Ahí está mi
madre.
¿En dónde?
Ahí, en ese cuarto.
(Señalando al cuarto de DOÑA IRENE.)
¿Sola?
No, señor.
Estará en compañía del prometido esposo.
(Se acerca al cuarto de DOÑA IRENE, se detiene y vuelve.)
Mejor... Pero, ¿no hay nadie más con ella?
Nadie más, solos están... ¿Qué piensa usted
hacer?
Si me dejase llevar de mi pasión y de lo que
esos ojos me inspiran, una temeridad... Pero
tiempo hay... Él también será hombre de honor,
y no es justo insultarle porque quiere bien a una
mujer tan digna de ser querida... Yo no conozco
a su madre de usted ni... Vamos, ahora nada se
puede hacer... Su decoro de usted merece la
primera atención.
Es mucho el empeño que tiene en que me case
con él.
No importa.
Quiere que esta boda se celebre así que
lleguemos a Madrid.
¿Cuál?... No. Eso no.
Los dos están de acuerdo, y dicen...
Bien... Dirán... Pero no puede ser.
Mi madre no me habla continuamente de otra
materia. Me amenaza, me ha llenado de temor...
Él insta por su parte, me ofrece tantas cosas, me...
Y usted, ¿qué esperanza le da?... ¿Ha prometido
quererle mucho?
¡Ingrato!... Pues ¿no sabe usted que...? ¡Ingrato!
Sí, no lo ignoro, Paquita... Yo he sido el primer amor.
Y el último.
Y antes perderé la vida, que renunciar al lugar
que tengo en ese corazón... Todo él es mío... ¿Digo bien?
(Asiéndola de las manos.)
¿Pues de quién ha de ser?
¡Hermosa! ¡Qué dulce esperanza me anima!...
Una sola palabra de esa boca me asegura... Para
todo me da valor... En fin, ya estoy aquí...
¿Usted me llama para que la defienda, la libre,
la cumpla una obligación mil y mil veces
prometida? Pues a eso mismo vengo yo... Si
ustedes se van a Madrid mañana, yo voy
también. Su madre de usted sabrá quién soy...
Allí puedo contar con el favor de un anciano
respetable y virtuoso, a quien más que tío debo
llamar amigo y padre. No tiene otro deudo más
inmediato ni más querido que yo; es hombre
muy rico, y si los dones de la fortuna tuviesen
para usted algún atractivo, esta circunstancia
añadiría felicidades a nuestra unión.
Y ¿qué vale para mí toda la riqueza del mundo?
Ya lo sé. La ambición no puede agitar a un alma
tan inocente.
Querer y ser querida... Ni apetezco más ni
conozco mayor fortuna.
Ni hay otra... Pero usted debe serenarse, y
esperar que la suerte mude nuestra aflicción
presente en durables dichas.
Y ¿qué se ha de hacer para que a mi pobre
madre no la cueste una pesadumbre?... ¡Me
quiere tanto!... Si acabo de decirla que no la
disgustaré, ni me apartaré de su lado jamás; que
siempre seré obediente y buena... ¡Y me abrazaba con
tanta ternura! Quedó tan consolada con lo poco que acerté
a decirla... Yo no sé, no sé qué camino ha de hallar usted
para salir de estos ahogos.
Yo le buscaré... ¿No tiene usted confianza en mí?
¿Pues no he de tenerla? ¿Piensa usted que
estuviera yo viva si esa esperanza no me
animase? Sola y desconocida de todo el mundo,
¿qué había yo de hacer? Si usted no hubiese
venido, mis melancolías me hubieran muerto,
sin tener a quién volver los ojos, ni poder
comunicar a nadie la causa de ellas... Pero usted
ha sabido proceder como caballero y amante, y
acaba de darme con su venida la prueba mayor
de lo mucho que me quiere.
(Se enternece y llora.)
¡Qué llanto!... ¡Cómo persuade!... Sí, Paquita,
yo solo basto para defenderla a usted de cuantos
quieran oprimirla. A un amante favorecido,
¿quién puede oponérsele?. Nada hay que temer.
¿Es posible?
Nada... Amor ha unido nuestras almas en
estrechos nudos, y sólo la muerte bastará a
dividirlas.
ESCENA OCTAVA
(RITA, DON CARLOS, DOÑA FRANCISCA.)
Señorita, adentro. La mamá pregunta por usted.
Voy a traer la cena, y se van a recoger al
instante... Y usted, señor galán, ya puede
también disponer de su persona.
Sí, que no conviene anticipar sospechas... Nada
tengo que añadir.
Ni yo.
Hasta mañana. Con la luz del día veremos a este
dichoso competidor.
Un caballero muy honrado, muy rico, muy
prudente; con su chupa larga, su camisola limpia
y sus sesenta años debajo del peluquín.
(Se va por la puerta del foro.)
Hasta mañana.
Adiós, Paquita.
Acuéstese usted, y descanse.
¿Descansar con celos?
¿De quién?
Buenas noches... Duerma usted bien, Paquita.
¿Dormir con amor?
Adiós, vida mía.
Adiós.
(Éntrase al cuarto de Doña Irene.)
ESCENA NONA
(DON CARLOS, CALAMOCHA, RITA.)
¡Quitármela!
(Paseándose con inquietud.)
No...
Sea quien fuere, no me la quitará. Ni su madre
ha de ser tan imprudente que se obstine en
verificar este matrimonio repugnándolo su
hija... mediando yo... ¡Sesenta años!...
Precisamente será muy rico... ¡El dinero!...
Maldito él sea, que tantos desórdenes origina.
(Sale CALAMOCHA por la puerta del foro.)
Pues, señor, tenemos un medio cabrito asado,
y... a lo menos, parece cabrito. Tenemos una
magnífica ensalada de berros, sin anapelos ni
otra materia extraña, bien lavada, escurrida y
condimentada por estas manos pecadoras, que
no hay más que pedir. Pan de Meco, vino de la
Tercia... Conque, si hemos de cenar y dormir,
me parece que sería bueno...
Vamos... ¿Y adónde ha de ser?
Abajo... Allí he mandado disponer una angosta
y fementida mesa, que parece un banco de herrador.
((Sale por la puerta del foro con unos platos.)
(taza, cucharas y servilleta.).)
¿Quién quiere sopas?
Buen provecho.
Si hay alguna real moza que guste de cenar
cabrito, levante el dedo.
La real moza se ha comido ya media cazuela de
albondiguillas... Pero lo agradece, señor militar.
(Éntrase al cuarto de DOÑA IRENE.)
Agradecida te quiero yo, niña de mis ojos.
Conque, ¿vamos?
¡Ay, ay, ay!...
((CALAMOCHA se encamina a la puerta del foro.)
(y vuelve; se acerca a DON CARLOS y hablan.)
(hasta el fin de la escena, en que CALAMOCHA.)
(se adelanta a saludar a SIMÓN.).)
¡Eh! ¡Chit! Digo...
¿Qué?
¿No ve usted lo que viene por allí?
¿Es Simón?
El mismo... Pero, ¿quién diablos le...?
¿Y qué haremos?
¿Qué se yo?... Sonsacarle, mentir y... ¿Me da
usted licencia para que...?
Sí, miente lo que quieras... ¿A qué habrá venido
este hombre?
ESCENA DÉCIMA
(SIMÓN, DON CARLOS, CALAMOCHA.)
(SIMÓN sale por la puerta del foro.)
Simón, ¿tú por aquí?
Adiós, Calamocha ¿Cómo va?
Lindamente.
¡Cuánto me alegro de...!
¡Hombre! ¿Tú en Alcalá? ¿Pues qué novedad es
ésta?
¡Oh, que estaba usted ahí, señorito! ¡Voto va
sanes!.
¿Y mi tío?
Tan bueno.
Pero, ¿se ha quedado en Madrid, o...?
¿Quién me había de decir a mí...? ¡Cosa como
ella! Tan ajeno estaba yo ahora de... Y usted, de
cada vez más guapo... Conque usted irá a ver al
tío, ¿eh?
Tú habrás venido con algún encargo del amo.
¡Y qué calor traje, y qué polvo por ese camino!
¡Ya, ya!
Alguna cobranza tal vez, ¿eh?
Puede ser. Como tiene mi tío ese poco de
hacienda en Ajalvir... ¿No has venido a eso?
¡Y qué buena maula le ha salido el tal
administrador! Labriego más marrullero y más
bellaco no le hay en toda la campiña... Conque
¿usted viene ahora de Zaragoza?
Pues... Figúrate tú.
¿O va usted allá?
¿A dónde?
A Zaragoza. ¿No está allí el regimiento?
Pero, hombre, si salimos el verano pasado de
Madrid, ¿no habíamos de haber andado más de cuatro leguas?
¿Qué sé yo? Algunos van por la posta, y tardan
más de cuatro meses en llegar... Debe de ser un
camino muy malo.
(Aparte, separándose de SIMÓN. ¡Maldito seas CALAMOCHA. tú, y tu camino, y la bribona que te dio papilla!)
Pero aún no me has dicho si mi tío está en
Madrid o en Alcalá, ni a qué has venido, ni...
Bien, a eso voy... Sí señor, voy a decir a usted...
Conque... Pues el amo me dijo...
ESCENA UNDÉCIMA 1
(DON DIEGO, DON CARLOS, SIMÓN, CALAMOCHA.)
(Desde adentro.)
No, no es menester; si hay luz aquí. Buenas noches, Rita.
(DON CARLOS se turba y se aparta a un extremo del teatro.)
¡Mi tío!
¡Simón!
((Sale DON DIEGO del cuarto de DOÑA IRENE, encaminándose al.)
(suyo; repara en DON CARLOS, y se acerca a él.)
(SIMÓN le alumbra, y vuelve a dar la luz sobre la mesa.).)
Aquí estoy, señor.
(Aparte)
¡Todo se ha perdido!
Vamos... Pero... ¿quién es?
Un amigo de usted, señor.
(Aparte)
Yo estoy muerto.
¿Cómo un amigo?... ¿Qué?... Acerca esa luz.
Tío.
(En ademán de besar la mano a DON DIEGO, que le aparta de sí con enojo.)
Quítate de ahí.
Señor.
Quítate... No sé cómo no le... ¿Qué haces aquí?
Si usted se altera y...
¿Qué haces aquí?
Mi desgracia me ha traído.
¡Siempre dándome que sentir, siempre! Pero...
(Acercándose a DON CARLOS.)
¿Qué dices?
¿De veras ha ocurrido alguna desgracia?
Vamos... ¿Qué te sucede?... ¿Por qué estás aquí?
Porque le tiene a usted ley, y le quiere bien, y...
A ti no te pregunto nada... ¿Por qué has venido
de Zaragoza sin que yo lo sepa?... ¿Por qué te
asusta el verme?... Algo has hecho: sí, alguna
locura has hecho que le habrá de costar la vida a
tu pobre tío.
No, señor, que nunca olvidaré las máximas de
honor y prudencia que usted me ha inspirado
tantas veces.
Pues ¿a qué viniste? ¿Es desafío? ¿Son deudas?
¿Es algún disgusto con tus jefes?... Sácame de
esta inquietud, Carlos... Hijo mío, sácame de
este afán.
Si todo ello no es más que...
Ya he dicho que calles... Ven acá.
((Tomándolo de una mano se aparta con él a un extremo.)
(del teatro y le habla en voz baja.).)
Dime, ¿qué ha sido?
Una ligereza, una falta de sumisión a usted.
Venir a Madrid sin pedirle licencia primero...
Bien arrepentido estoy, considerando la
pesadumbre que le he dado al verme.
¿Y qué otra cosa hay?
Nada más, señor.
ESCENA UNDÉCIMA 2
Pues ¿qué desgracia era aquella de que me
hablaste?
Ninguna. La de hallarle a usted en este paraje...
y haberle disgustado tanto, cuando yo esperaba
sorprenderle en Madrid, estar en su compañía
algunas semanas, y volverme contento de
haberle visto...
¿No hay más?
No, señor.
Míralo bien.
No, señor... A eso venía. No hay nada más.
Pero no me digas tú a mí... Si es imposible que
estas escapada se... No, señor... ¿Ni quién ha de
permitir que un oficial se vaya cuando se le
antoje, y abandone de ese modo sus banderas?...
Pues si tales ejemplos se repitieran mucho,
adiós disciplina militar... Vamos... Eso no puede ser.
Considere usted, tío, que estamos en tiempo de
paz; que en Zaragoza no es necesario un
servicio tan exacto como en otras plazas, en que
no se permite descanso a la guarnición... Y, en
fin, puede usted creer que este viaje supone la
aprobación y la licencia de mis superiores; que
yo también miro por mi estimación, y que
cuando me he venido, estoy seguro de que no
hago falta.
Un oficial siempre hace falta a sus soldados. El
rey le tiene allí para que los instruya, los proteja
y les dé ejemplos de subordinación, de valor, de virtud.
Bien está; pero ya he dicho los motivos...
Todos esos motivos no valen nada... ¡Porque le
dio la gana de ver al tío!... Lo que quiere su tío
de usted no es verle cada ocho días, sino saber
que es hombre de juicio, y que cumple con sus
obligaciones. Eso es lo que quiere... Pero
(Alza la voz, y se pasea inquieto.)
yo tomaré mis medidas para que estas locuras no se repitan
otra vez... Lo que usted ha de hacer ahora es
marcharse inmediatamente.
Señor, si...
No hay remedio... Y ha de ser al instante. Usted
no ha de dormir aquí.
Es que los caballos no están ahora para correr...
Ni pueden moverse.
Pues con ellos
(A CALAMOCHA)
y con las
maletas al mesón de afuera. Usted
(A DON CARLOS)
no ha de dormir aquí... Vamos
(A CALAMOCHA)
tú, buena pieza, menéate.
Abajo con todo. Pagar el gasto que se haya
hecho, sacar los caballos y marchar... Ayúdale
tú...
(A SIMÓN.)
¿Qué dinero tienes ahí?
Tendré unas cuatro o seis onzas.
((Saca de un bolsillo algunas monedas.)
(y se las da a DON DIEGO.).)
Dámelas acá... Vamos, ¿qué haces?...
(A CALAMOCHA.)
¿No he dicho que ha de ser al
instante? Volando. Y tú
(A SIMÓN)
ve con él,
ayúdale, y no te me apartes de allí hasta que se
hayan ido.
(Los dos criados entran en el cuarto de DON CARLOS.)
ESCENA DUODÉCIMA 1
(DON DIEGO, DON CARLOS.)
Tome usted.
(Le da el dinero.)
Con eso hay
bastante para el camino... Vamos, que cuando yo
lo dispongo así, bien sé lo que me hago... ¿No
conoces que es todo por tu bien, y que ha sido
un desatino lo que acabas de hacer?... Y no hay
que afligirse por eso, ni creas que es falta de
cariño... Ya sabes lo que te he querido siempre;
y en obrando tú según corresponde, seré tu
amigo como lo he sido hasta aquí.
Pues bien, ahora obedece lo que te mando.
Lo haré sin falta.
Al mesón de afuera.
((A los dos criados, que salen con los trastos del.)
(cuarto de DON CARLOS, y se van por la puerta del foro.).)
Allí puedes dormir, mientras los caballos comen y descansan...
Y no me vuelvas aquí por ningún pretexto ni entres
en la ciudad... ¡Cuidado! Y a eso de las tres o
las cuatro, marchar. Mira que yo he de saber a la hora
que sales. ¿Lo entiendes?
Sí, señor.
Mira que lo has de hacer.
Sí, señor; haré lo que usted manda.
Muy bien... Adiós... Todo te lo perdono... Vete
con Dios... Y yo sabré también cuándo llegas a
Zaragoza; no te parezca que estoy ignorante de
lo que hiciste la vez pasada.
Pues ¿qué hice yo?
Si te digo que lo sé, y que te lo perdono, ¿qué
más quieres? No es tiempo ahora de tratar de eso. Vete.
Quede usted con Dios.
(Hace que se va, y vuelve.)
¿Sin besar la mano a su tío, eh?
ESCENA DUODÉCIMA 2
No me atreví.
(Besa la mano a DON DIEGO y se abrazan.)
Y dame un abrazo, por si no nos volvemos a ver.
¿Qué dice usted? ¡No lo permita Dios!
¡Quién sabe, hijo mío! ¿Tienes algunas deudas?
¿Te falta algo?
No, señor, ahora no.
Mucho es, porque tú siempre tiras por largo...
Como cuentas con la bolsa del tío... Pues bien,
yo escribiré al señor Aznar para que te dé cien
doblones de orden mía. Y mira cómo los
gastas... ¿Juegas?
No, señor, en mi vida.
Cuidado con eso... Conque, buen viaje. Y no te
acalores: jornadas regulares y nada más... ¿Vas contento?
No, señor. Porque usted me quiere mucho, me
llena de beneficios, y yo le pago mal.
No se hable ya de lo pasado... Adiós.
¿Queda usted enojado conmigo?
No, no por cierto... Me disgusté bastante, pero
ya se acabó... No me des que sentir.
(Poniéndole ambas manos sobre los hombros.)
Portarse como hombre de bien.
No lo dude usted.
Como oficial de honor.
Así lo prometo.
Adiós, Carlos.
(Abrázanse.)
(Aparte, al irse por la puerta del foro)
¡Y la dejo!... ¡Y la pierdo para siempre!
ESCENA TRECEAVA
Demasiado bien se ha compuesto dispuesto...
Luego lo sabrá, enhorabuena... Pero no es lo
mismo escribírselo que... Después de hecho, no
importa nada... ¡Pero siempre aquel respeto al
tío!... Como una malva, es.
((Se enjuga las lágrimas, toma la luz y se va a su cuarto.)
(El teatro queda solo y oscuro por un breve espacio.).)
ESCENA CATORCEAVA
(DOÑA FRANCISCA, RITA.)
((Salen del cuarto de DOÑA IRENE. RITA sacará una luz.) (y la pone encima de la mesa.).)
Mucho silencio hay por aquí.
Se habrán recogido ya... Estarán rendidos.
Precisamente.
¡Un camino tan largo!
¡A lo que obliga el amor, señorita!
Sí, bien puedes decirlo: amor... Y yo, ¿qué no
hiciera por él?
Y deje usted, que no ha de ser este el último
milagro. Cuando lleguemos a Madrid, entonces
será ella... El pobre don Diego, ¡qué chasco se
va a llevar! Y por otra parte, vea usted qué
señor tan bueno, que cierto da lástima...
Pues en eso consiste todo. Si él fuese un hombre
despreciable, ni mi madre hubiera admitido su
pretensión, ni yo tendría que disimular mi
repugnancia... Pero ya es otro tiempo, Rita. Don
Félix ha venido, y ya no temo a nadie. Estando
mi fortuna en su mano, me considero la más
dichosa de las mujeres.
¡Ay!, ahora que me acuerdo... Pues poquito me
lo encargó... Ya se ve, si con estos amores tengo
yo también la cabeza... Voy por él.
(Encaminándose al cuarto de DOÑA IRENE.)
¿A qué vas?
El tordo, que ya se me olvidaba sacarle de allí.
Sí, tráele, no empiece a rezar como anoche...
Allí quedó junto a la ventana... Y ve con
cuidado, no despierte mamá.
Sí, mire usted el estrépito de caballerías que
anda por allá abajo... Hasta que lleguemos a
nuestra calle del Lobo, número siete, cuarto
segundo, no hay que pensar en dormir... Y ese
maldito portón, que rechina que...
Te puedes llevar la luz.
No es menester, que ya sé dónde está.
(Vase al cuarto de DOÑA IRENE.)
ESCENA QUINCEAVA
(SIMÓN, DOÑA FRANCISCA.)
(Sale por la puerta del foro SIMÓN.)
Yo pensé que estaban ustedes acostados.
El amo ya habrá hecho esa diligencia; pero yo
todavía no sé en dónde he de tender el rancho...
Y buen sueño que tengo.
¿Qué gente nueva ha llegado ahora?
Nadie. Son unos que estaban ahí, y se han ido.
¿Los arrieros?
No, señora. Un oficial y un criado suyo, que
parece que se van a Zaragoza.
¿Quiénes dice usted que son?
Un teniente coronel , un oficial de caballería y
su asistente.
¿Y estaban aquí?
Sí, señora; ahí en ese cuarto.
No los he visto.
Parece que llegaron esta tarde y... A la cuenta
habrán despachado ya la comisión que traían...
Conque se han ido... Buenas noches, señorita.
(Vase al cuarto de DON DIEGO.)
ESCENA DIECISEISAVA
(DOÑA FRANCISCA, RITA.)
¡Dios mío de mi alma! ¿Qué es esto?... No
puedo sostenerme... ¡Desdichada!
(Siéntase en una silla junto a la mesa.)
Señorita, yo vengo muerta.
((Saca la jaula del tordo y la deja encima de la mesa;.)
(abre la puerta del cuarto de DON CARLOS y vuelve.).)
¡Ay, que es cierto!... ¿Tú lo sabes también?
Deje usted que todavía no creo lo que he visto...
Aquí no hay nadie... Ni maletas, ni ropa, ni...
Pero ¿cómo podía engañarme? Si yo misma los
he visto salir.
¿Y eran ellos?
Sí, señora. Los dos.
Pero ¿se han ido fuera de la ciudad?
Si no los he perdido de vista hasta que salieron
por la Puerta de Mártires ... Como DOÑA FRANCISCA.
¿Y es ese el camino de Aragón?
Ése es.
¡Indigno!... ¡Hombre indigno!
Señorita...
¿En qué te ha ofendido esta infeliz?
Yo estoy temblando toda... Pero... Si es
incomprensible... Si no alcanzo a descubrir qué
motivos ha podido haber para esta novedad.
¿Pues no le quise más que a mi vida?...
¿No me ha visto loca de amor?
No sé qué decir al considerar una acción tan
infame.
¿Qué has de decir? Que no me ha querido
nunca, ni es hombre de bien... ¿Y vino para
esto? ¡Para engañarme, para abandonarme así!...
(Levántase, y RITA la sostiene.)
Pensar que su venida fue con otro designio, no
me parece natural... Celos... ¿Por qué ha de
tener celos?... Y aun eso mismo debiera
enamorarle más... Él no es cobarde, y no hay
que decir que habrá tenido miedo de su
competidor.
Te cansas en vano... Di que es un pérfido, di que
es un monstruo de crueldad, y todo lo has dicho.
Vamos de aquí, que puede venir alguien y...
Sí, vámonos... Vamos a llorar... Y ¡en qué
situación me deja!... Pero ¿ves qué malvado?
Sí, señora; ya lo conozco.
¡Qué bien supo fingir!... ¿Y con quién?
Conmigo... Pues ¿yo merecí ser engañada tan
alevosamente?... ¿Mereció mi cariño este
galardón?... ¡Dios de mi vida! ¿Cuál es mi
delito, cuál es?
((RITA coge la luz y se van.)
(entrambas al cuarto de DOÑA FRANCISCA.).)
Acto tercero
ESCENA PRIMERA
(DON DIEGO, SIMÓN.)
((Teatro oscuro. Sobre la mesa habrá un candelero.) (con vela apagada y la jaula del tordo.) (SIMÓN duerme tendido en el banco.).)
(Sale de su cuarto acabándose de poner la bata.)
Aquí, a lo menos, ya que no duerma, no me
derretiré... Vaya, si alcoba como ella no se...
¡Cómo ronca éste!... Guardémosle el sueño
hasta que venga el día,, que ya poco puede
tardar...
(SIMÓN despierta y se levanta.)
¿Qué
es eso? Mira no te caigas, hombre.
Qué, ¿estaba usted ahí, señor?
Sí, aquí me he salido, porque allí no se puede
parar.
Pues yo, a Dios gracias, aunque la cama es algo
dura, he dormido como un emperador.
¡Mala comparación!... Di que has dormido como
un pobre hombre, que no tiene ni dinero, ni
ambición, ni pesadumbres, ni remordimientos.
En efecto, dice usted bien... ¿Y qué hora será ya?
Poco ha que sonó el reloj de San Justo, y, si no
conté mal, dio las tres.
¡Oh!, pues ya nuestros caballeros irán por ese
camino adelante echando chispas.
Sí, ya es regular que hayan salido... Me lo
prometió, y espero que lo hará.
¡Pero si usted viera qué apesadumbrado le dejé!
¡Qué triste!
Ha sido preciso.
Ya lo conozco.
¿No ves qué venida tan intempestiva?
Es verdad. Sin permiso de usted, sin avisarle,
sin haber un motivo urgente... Vamos, hizo muy
mal... Bien que por otra parte él tiene prendas
suficientes para que se le perdone esta
ligereza... Digo... Me parece que el castigo no
pasará adelante, ¿eh?
¡No, qué...! No señor. Una cosa es que le haya
hecho volver... Ya ves en qué circunstancias nos
cogía... Te aseguro que cuando se fue me quedó
un ansia en el corazón.
((Suenan a lo lejos tres palmadas, y poco después se oye.)
(que puntean un instrumento.).)
¿Qué ha sonado?
No sé... Gente que pasa por la calle. Serán
labradores.
Calla.
Vaya, música tenemos, según parece.
Sí, como lo hagan bien.
Y ¿quién será el amante infeliz que se viene a
gorjear a estas horas en ese callejón tan
puerco?... Apostaré que son amores con la moza
de la posada, que parece un mico.
Puede ser.
Ya empiezan, oigamos...
(Tocan una sonata desde adentro)
Pues dígole a usted que toca muy lindamente el pícaro
del barberillo.
No; no hay barbero que sepa hacer eso, por muy
bien que afeite.
¿Quiere usted que nos asomemos un poco, a ver...?
No, dejarlos... ¡Pobre gente! ¡Quién sabe la
importancia que darán ellos a la tal música!...
No gusto yo de incomodar a nadie.
((Salen de su cuarto DOÑA FRANCISCA y RITA,.)
(encaminándose a la ventana. DON DIEGO.)
(y SIMÓN se retiran a un lado, y observan.).)
¡Señor!... ¡Eh!... Presto, aquí a un ladito.
¿Qué quieres?
Que han abierto la puerta de esa alcoba, y huele
a faldas que trasciende.
¿Sí?... Retirémonos.
ESCENA SEGUNDA
(DOÑA FRANCISCA, RITA, DON DIEGO, SIMÓN.)
Con tiento, señorita.
Siguiendo la pared, ¿no voy bien?
(Vuelven a tocar el instrumento.)
Sí, señora... Pero vuelven a tocar... Silencio...
No te muevas... Deja... Sepamos primero si es él.
¿Pues no ha de ser?... La seña no puede mentir.
Calla. Sí, él es... ¡Dios mío!
((Acércase RITA ala ventana, abre la vidriera y da tres palmadas.)
(Cesa la música.).)
Ve, responde... Albricias, corazón. Él es.
¿Ha oído usted?
Sí.
¿Qué querrá decir esto?
Calla.
((DOÑA FRANCISCA se asoma a la ventana.)
(RITA se queda detrás de ella.).)
((Los puntos suspensivos indican las interrupciones.)
(más o menos largas que deben hacerse.).)
Yo soy... Y ¿qué había de pensar viendo lo que
usted acaba de hacer?... ¿Qué fuga es ésta?... Rita
(Apártase de la ventana, y vuelve después a asomarse)
amiga, por Dios, ten cuidado, y si oyeres algún rumor,
al instante avísame... ¿Para siempre? ¡Triste de mí!... Bien está,
tírela usted... Pero yo no acabo de entender... ¡Ay, don
Félix! Nunca le he visto a usted tan tímido...
((Tiran desde adentro una carta que cae por la.)
(ventana al teatro. DOÑA FRANCISCA la busca.)
(y, no hallándola vuelve a asomarse.).)
No, no la he cogido; pero aquí está sin duda...
¿Y no he de saber yo hasta que llegue el día
los motivos que tiene usted para dejarme muriendo?...
Sí, yo quiero saberlo de su boca de usted. Su Paquita
de usted se lo manda... Y ¿cómo le parece a
usted que estará el mío?... No me cabe en el
pecho. Diga usted.
(SIMÓN se adelanta un poco, tropieza en la jaula y la deja caer.)
Señorita, vamos de aquí... Presto, que hay gente.
¡Infeliz de mí!... Guíame.
Vamos...
((Al retirarse tropieza con SIMÓN. Las.)
(dos se van al cuarto de DOÑA FRANCISCA.).)
¡Ay!
¡Muerta voy!
ESCENA TERCERA
(DON DIEGO, SIMÓN.)
¿Qué grito fue ése?
Una de las fantasmas, que al retirarse tropezó
conmigo.
Acércate a esa ventana, y mira si hallas en el
suelo un papel... ¡Buenos estamos!
(Tentando por el suelo, cerca de la ventana.)
No encuentro nada, señor.
Búscale bien, que por ahí ha de estar.
¿Le tiraron desde la calle?
Sí... ¿Qué amante es éste?... ¡Y dieciséis años y
criada en un convento! Acabó ya toda mi ilusión.
Aquí está.
(Halla la carta, y se la da a DON DIEGO.)
Vete abajo, y enciende una luz... En la
caballeriza o en la cocina... Por ahí habrá algún
farol... Y vuelve con ella al instante.
(Vase SIMÓN por la puerta del foro.)
ESCENA CUARTA
¿Y a quién debo culpar?
(Apoyándose en el respaldo de una silla.)
¿Es ella la delincuente, o su madre, o sus tías, o yo?...
¿Sobre quién..., sobre quién ha de caer esta cólera,
que por más que lo procuro no la sé reprimir?... ¡La
naturaleza la hizo tan amable a mis ojos!... ¡Qué
esperanzas tan halagüeñas concebí! ¡Qué
felicidades me prometía!... ¡Celos...! ¿Yo...? ¡En
qué edad tengo celos...! Vergüenza es... Pero
esta inquietud que yo siento, esta indignación,
estos deseos de venganza, ¿de qué provienen?
¿Cómo he de llamarlos? Otra vez parece que...
((Advirtiendo que suena ruido en la puerta del.)
(cuarto de DOÑA FRANCISCA, se retira a un.)
(extremo del teatro.).)
Sí.
ESCENA QUINTA
(DON DIEGO, RITA, SIMÓN.)
Ya se han ido...
((Observa, escucha, asómasedespués a la ventana.)
(y busca la carta por elsuelo.).)
¡Válgame Dios!... El papel estará muy bien
escrito, pero el señor don Félix es un
grandísimo picarón... ¡Pobrecita de mi alma!...
Se muere sin remedio... Nada, ni perros parecen
por la calle... ¡Ojalá no los hubiéramos
conocido! ¿Y este maldito papel?... Pues buena
la hiciéramos si no pareciese... ¿Qué dirá?...
Mentiras, mentiras y todo mentira.
Ya tenemos luz.
(Sale con luz. RITA se sorprende.)
¡Perdida soy!
(Acercándose.)
¡Rita! ¿Pues tú aquí?
Sí, señor, porque...
¿Qué buscas a estas horas?
Buscaba... Yo le diré a usted... Porque oímos un
ruido muy grande...
¿Sí, eh?
Cierto... Un ruido y... Y mire usted
(Alza la jaula, que está en el suelo)
era la jaula del tordo... Pues la jaula era, no tiene duda...
¡Válgate Dios! ¿Si se habrá muerto?... No, vivo
está, vaya... Algún gato habrá sido. Preciso.
Si, algún gato.
¡Pobre animal! ¡Y qué asustadillo se conoce que
está todavía!
Y con mucha razón... ¿No te parece, si le
hubiera pillado el gato?...
Se le hubiera comido.
(Cuelga la jaula de un clavo que habrá en la pared.)
Y sin pebre... Ni plumas hubiera dejado.
Tráeme esa luz.
¡Ah! Deje usted, encenderemos ésta
(Enciende la vela que está sobre la mesa)
que ya lo que no se ha dormido...
Y doña Paquita, ¿duerme?
Sí, señor.
Pues mucho es que con el ruido del tordo...
Vamos.
((Se entra en su cuarto. SIMÓN va con.)
(él, llevándose una de las luces.).)
ESCENA SEXTA
(DOÑA FRANCISCA, RITA.)
(Saliendo de su cuarto.)
¿Ha parecido el papel?
No, señora.
¿Y estaban aquí los dos cuando tú saliste?
Yo no lo sé. Lo cierto es que el criado sacó una
luz, y me hallé de repente, como por máquina,
entre él y su amo, sin poder escapar, ni saber
qué disculpa darles.
(Coge la luz y vuelve a buscar la carta, cerca de la ventana.)
Ellos eran sin duda... Aquí estarían cuando yo
hablé desde la ventana... ¿Y ese papel?...
Yo no lo encuentro, señorita.
Le tendrán ellos, no te canses... Si es lo único
que faltaba a mi desdicha... No le busques. Ellos le tienen.
A lo menos por aquí...
¡Yo estoy loca!
(Siéntase.)
Sin haberse explicado este hombre, ni decir
siquiera...
Cuando iba a hacerlo, me avisaste, y fue preciso
retirarnos... Pero ¿sabes tú con qué temor me
habló, qué agitación mostraba? Me dijo que en
aquella carta vería yo los motivos justos que le
precisaban a volverse; que la había escrito para
dejársela a persona fiel que la pusiera en mis
manos, suponiendo que el verme sería
imposible. Todo engaños, Rita, de un hombre
aleve que prometió lo que no pensaba cumplir...
Vino, halló un competidor, y diría: Pues yo,
¿para qué he de molestar a nadie ni hacerme
ahora defensor de una mujer?... ¡Hay tantas
mujeres!... Cásenla... Yo nada pierdo... Primero
es mi tranquilidad que la vida de esa infeliz.
¡Dios mío, perdón!... ¡Perdón de haberle
querido tanto!
¡Ay, señorita!
(Mirando hacia el cuarto de DON DIEGO.)
Que parece que salen ya.
No importa, déjame.
Pero si don Diego la ve a usted de esa manera...
Si todo se ha perdido ya, ¿qué puedo temer?...
¿Y piensas tú que tengo alientos para
levantarme?... Que vengan, nada importa.
ESCENA SÉPTIMA
(DON DIEGO, DOÑA FRANCISCA, SIMÓN, RITA.)
Voy enterado, no es menester más.
Mira, y haz que ensillen inmediatamente al
Moro, mientras tú vas allá. Si han salido,
vuelves, montas a caballo y en una buena
carrera que des, los alcanzas... Los dos aquí,
¿eh...? Conque, vete, no se pierda tiempo.
((Después de hablar los dos, junto al cuarto de DON DIEGO,.)
(se va SIMÓN por la puerta del foro.).)
Voy allá.
Mucho se madruga, doña Paquita.
Sí, señor.
¿Ha llamado ya doña Irene?
No, señor...
(A RITA.)
Mejor es que vayas allá,
por si ha despertado y se quiere vestir.
(RITA se va al cuarto de DOÑA IRENE.)
ESCENA OCTAVA 1
(DON DIEGO, DOÑA FRANCISCA.)
¿Usted no habrá dormido bien esta noche?
No, señor. ¿Y usted?
Tampoco.
Ha hecho demasiado calor.
¿Está usted desazonada?
Alguna cosa.
¿Qué siente usted?
(Siéntase junto a DOÑA FRANCISCA.)
No es nada... Así un poco de...
Nada... no tengo nada.
Algo será; porque la veo a usted muy abatida,
llorosa, inquieta... ¿Qué tiene usted, Paquita?
¿No sabe usted que la quiero tanto?
Sí, señor.
Pues ¿por qué no hace usted más confianza de
mí? ¿Piensa usted que no tendré yo mucho gusto
en hallar ocasiones de complacerla?
¿Pues cómo, sabiendo que tiene usted un amigo,
no desahoga con él su corazón?
Porque eso mismo me obliga a callar.
Eso quiere decir que tal vez soy yo la causa de
su pesadumbre de usted.
No, señor; usted en nada me ha ofendido... No
es de usted de quien yo me debo quejar.
Pues ¿de quién, hija mía?... Venga usted acá...
(Acércase más.)
Hablemos siquiera una vez sin
rodeos ni disimulación... Dígame usted: ¿no es
cierto que usted mira con algo de repugnancia
este casamiento que se la propone? ¿Cuánto va
que si la dejasen a usted entera libertad para la
elección, no se casaría conmigo?
Ni con otro.
¿Será posible que usted no conozca otro más
amable que yo, que la quiera bien, y que la
corresponda como usted merece?
No, señor; no, señor.
Mírelo usted bien.
¿No le digo a usted que no?
¿Y he de creer, por dicha, que conserve usted tal
inclinación al retiro en que se ha criado, que
prefiera la austeridad del convento a una vida más...?
Tampoco; no, señor... Nunca he pensado así.
ESCENA OCTAVA 2
No tengo empeño de saber más... Pero de todo
lo que acabo de oír resulta una gravísima
contradicción. Usted no se halla inclinada al
estado religioso, según parece. Usted me
asegura que no tiene queja ninguna de mí, que
está persuadida de lo mucho que la estimo, que
no piensa casarse con otro, ni debo recelar que
nadie me dispute su mano... Pues ¿qué llanto es
ése? ¿De dónde nace esa tristeza profunda, que
en tan poco tiempo ha alterado su semblante de
usted, en términos que apenas le reconozco?
¿Son éstas las señales de quererme
exclusivamente a mí, de casarse gustosa
conmigo dentro de pocos días? ¿Se anuncian así
la alegría y el amor?
((Vase iluminando lentamente del teatro,.)
(suponiendo que viene la luz del día.).)
Y ¿qué motivos le he dado a usted para tales
desconfianzas?
Pues ¿qué? Si yo prescindo de estas
consideraciones, si apresuro las diligencias de
nuestra unión, si su madre de usted sigue
aprobándola y llega el caso de...
Haré lo que mi madre me manda, y me casaré
con usted.
¿Y después, Paquita?
Después..., y mientras me dure la vida,
seré mujer de bien.
Eso no lo puedo yo dudar... Pero si usted me
considera como el que ha de ser hasta la muerte
su compañero y su amigo, dígame usted: estos
títulos, ¿no me dan algún derecho para merecer
de usted mayor confianza? ¿No he de lograr que
usted me diga la causa de su dolor? Y no para
satisfacer una impertinente curiosidad, sino para
emplearme todo en su consuelo, en mejorar su
suerte, en hacerla dichosa, si mi conato y mis
diligencias pudiesen tanto.
¡Dichas para mí!... Ya se acabaron.
¿Por qué?
Nunca diré por qué.
Pero ¡qué obstinado, qué imprudente silencio!...
Cuando usted misma debe presumir que no
estoy ignorante de lo que hay.
Si usted lo ignora, señor don Diego, por Dios no
finja que lo sabe; y si en efecto lo sabe usted, no
me lo pregunte.
Bien está. Una vez que no hay nada que decir,
que esa aflicción y esas lágrimas son
voluntarias, hoy llegaremos a Madrid, y dentro
de ocho días será usted mi mujer.
Y daré gusto a mi madre.
Y vivirá usted infeliz.
ESCENA OCTAVA 3
Ve aquí los frutos de la educación. Esto es lo
que se llama criar bien a una niña: enseñarla a
que desmienta y oculte las pasiones más
inocentes con una pérfida disimulación. Las
juzgan honestas luego que las ven instruidas en
el arte de callar y mentir. Se obstinan en que el
temperamento, la edad ni el genio no han de
tener influencia alguna en sus inclinaciones, o
en que su voluntad ha de torcerse al capricho de
quien las gobierna. Todo se las permite, menos
la sinceridad. Con tal que no digan lo que
sienten, con tal que finjan aborrecer lo que más
desean, con tal que se presten a pronunciar,
cuando se lo manden, un sí perjuro, sacrílego,
origen de tantos escándalos, ya están bien
criadas, y se llama excelente educación la que
inspira en ellas el temor, la astucia y el silencio
de un esclavo.
Es verdad... Todo eso es cierto... Eso exigen de
nosotras, eso aprendemos en la escuela que se
nos da... Pero el motivo de mi aflicción es
mucho más grande.
Sea cual fuere, hija mía, es menester que usted
se anime... Si la ve a usted su madre de esa
manera, ¿qué ha de decir?... Mire usted que ya
parece que se ha levantado.
¡Dios mío!
Si, Paquita; conviene mucho que usted vuelva
un poco sobre sí... No abandonarse tanto...
Confianza en Dios... Vamos, que no siempre
nuestras desgracias son tan grandes como la
imaginación las pinta... ¡Mire usted qué
desorden éste! ¡Qué agitación! ¡Qué lágrimas!
Vaya, ¿me da usted palabra de presentarse así...
con cierta serenidad y...? ¿Eh?
Y usted, señor... Bien sabe usted el genio de mi
madre. Si usted no me defiende, ¿a quién he de
volver los ojos? ¿Quién tendrá compasión de
esta desdichada?
Su buen amigo de usted... Yo... ¿Cómo es
posible que yo la abandonase.... ¡criatura!..., en
la situación dolorosa en que la veo?
(Asiéndola de las manos.)
¿De veras?
Mal conoce usted mi corazón.
Bien le conozco.
((Quiere arrodillarse; DON DIEGO se lo estorba,.)
(y ambos se levantan.).)
¿Qué hace usted, niña?
Yo no sé... ¡Qué poco merece toda esa bondad
una mujer tan ingrata para con usted!... No,
ingrata no: infeliz... ¡Ay, qué infeliz soy, señor
don Diego!
Yo bien sé que usted agradece como puede el
amor que la tengo... Lo demás todo ha sido...,
¿qué sé yo?..., una equivocación mía, y no otra
cosa... Pero usted, ¡inocente!, usted no ha tenido
la culpa.
Vamos... ¿No viene usted?
Ahora no, Paquita. Dentro de un rato iré por
allá.
Vaya usted presto.
((Encaminándose al cuarto de DOÑA IRENE, vuelve y se despide.)
(de DON DIEGO besándole las manos.).)
Sí, presto iré.
ESCENA NONA
(DON DIEGO, SIMÓN.)
Ahí están, señor.
¿Qué dices?
Cuando yo salía de la Puerta, los vi a lo lejos,
que iban ya de camino. Empecé a dar voces y
hacer señas con el pañuelo; se detuvieron, y
apenas llegué y le dije al señorito lo que usted
mandaba, volvió las riendas, y está abajo. Le
encargué que no subiera hasta que le avisara yo,
por si acaso había gente aquí, y usted no quería
que le viesen.
Y ¿qué dijo cuando le diste el recado?
Ni una sola palabra... Muerto viene... ya digo, ni
una sola palabra... A mí me ha dado compasión
el verle así tan...
No me empieces ya a interceder por él.
¿Yo, señor?
Sí, que no te entiendo yo... ¡Compasión!...
Es un pícaro...
Como yo no sé lo que ha hecho...
Es un bribón, que me ha de quitar la vida...
Ya te he dicho que no quiero intercesores.
Bien está, señor.
((Vase por la puerta del foro. DON DIEGO se sienta,.)
(manifestando inquietud y enojo.).)
Dile que suba.
ESCENA DÉCIMA 1
(DON DIEGO, DON CARLOS.)
Venga usted acá, señorito, venga usted... ¿En
dónde has estado desde que no nos vemos?
En el mesón de afuera.
Y no has salido de allí en toda la noche, ¿eh?
Sí, señor, entré en la ciudad y...
¿A qué?... Siéntese usted.
Tenía precisión de hablar con un sujeto...
(Siéntase.)
¡Precisión!
Sí, señor... le debo muchas atenciones, y no era
posible volverme a Zaragoza sin estar primero
con él.
Ya. En habiendo tantas obligaciones de por
medio... Pero venirle a ver a las tres de la
mañana, me parece mucho desacuerdo... ¿Por
qué no le escribiste un papel?... Mira, aquí he de
tener... Con este papel que le hubieras enviado
en mejor ocasión, no había necesidad de hacerle
trasnochar, ni molestar a nadie.
((Dándole el papel que tiraron a la ventana. DON CARLOS, luego.)
(que le reconoce, se le vuelve y se levanta en ademán de irse.).)
Pues si todo lo sabe usted, ¿para qué me llama?
¿Por qué no me permite seguir mi camino, y se
evitaría una contestación de la cual ni usted ni
yo quedaremos contentos?
Quiere saber su tío de usted lo que hay en esto,
y quiere que usted se lo diga.
¿Para qué saber más?
Porque yo lo quiero y lo mando. ¡Oiga!
Bien está.
Siéntate ahí...
(Siéntase DON CARLOS.)
¿En
dónde has conocido a esta niña?... ¿Qué amor es
éste? ¿Qué circunstancias han ocurrido?... ¿Qué
obligaciones hay entre los dos? ¿Dónde, cuándo
la viste?
Volviéndome a Zaragoza el año pasado, llegué a
Guadalajara sin ánimo de detenerme; pero el
intendente, en cuya casa de campo nos apeamos,
se empeñó en que había de quedarme allí todo
aquel día, por ser cumpleaños de su parienta,
prometiéndome que al siguiente me dejaría
proseguir mi viaje. Entre las gentes convidadas
hallé a doña Paquita, a quien la señora había
sacado aquel día del convento para que se
esparciese un poco... Yo no sé qué vi en ella,
que excitó en mí una inquietud, un deseo
constante, irresistible, de mirarla, de oírla, de
hallarme a su lado, de hablar con ella, de
hacerme agradable a sus ojos... El intendente
dijo entre otras cosas... burlándose... que yo era
muy enamorado, y le ocurrió fingir que me
llamaba don Félix de Toledo, nombre que dio
Calderón a algunos amantes de sus comedias.
Yo sostuve esta ficción, porque desde luego
concebí la idea de permanecer algún tiempo en
aquella ciudad, evitando que llegase a noticia de
usted... Observé que doña Paquita me trató con
un agrado particular, y cuando por la noche nos
separamos, yo me quedé lleno de vanidad y de
esperanzas, viéndome preferido a todos los
concurrentes de aquel día, que fueron muchos.
En fin... Pero no quisiera ofender a usted
refiriéndole...
ESCENA DÉCIMA 2
Prosigue.
Supe que era hija de una señora de Madrid,
viuda y pobre, pero de gente muy honrada... Fue
necesario fiar de mi amigo los proyectos de
amor que me obligaban a quedarme en su
compañía; y él, sin aplaudirlos ni desaprobarlos,
halló disculpas, las más ingeniosas, para que
ninguno de su familia extrañara mi detención.
Como su casa de campo está inmediata a la
ciudad, fácilmente iba y venía de noche... Logré
que doña Paquita leyese algunas cartas mías; y
con las pocas respuestas que de ellas tuve, acabé
de precipitarme en una pasión que mientras viva
me hará infeliz.
Vaya... Vamos, sigue adelante.
Mi asistente (que como usted sabe, es hombre
de travesura, y conoce el mundo), con mil
artificios que a cada paso le ocurrían, facilitó
los muchos estorbos que al principio
hallábamos... La seña era dar tres palmadas, a
las cuales respondían con otras tres desde una
ventanilla que daba al corral de las monjas.
Hablábamos todas las noches, muy a deshora,
con el recato y las precauciones que ya se dejan
entender... Siempre fui para ella don Félix de
Toledo, oficial de un regimiento, estimado de
mis jefes y hombre de honor. Nunca la dije más,
ni la hablé de mis parientes ni de mis
esperanzas, ni la di a entender que casándose
conmigo podría aspirar a mejor fortuna; porque
ni me convenía nombrarle a usted, ni quise
exponerla a que las miras de interés, y no el
amor, la inclinasen a favorecerme. De cada vez
la hallé más fina, más hermosa, más digna de
ser adorada... Cerca de tres meses me detuve
allí; pero al fin era necesario separarnos, y una
noche funesta me despedí, la dejé rendida a un
desmayo mortal, y me fui, ciego de amor,
adonde mi obligación me llamaba... Sus cartas
consolaron por algún tiempo mi ausencia triste,
y en una que recibí pocos días ha, me dijo cómo
su madre trataba de casarla, que primero
perdería la vida que dar su mano a otro que a
mí; me acordaba mis juramentos, me exhortaba
a cumplirlos... Monté a caballo, corrí
precipitado el camino, llegué a Guadalajara, no
la encontré, vine aquí... Lo demás bien lo sabe
usted, no hay para qué decírselo.
¿Y qué proyectos eran los tuyos en esta venida?
Consolarla, jurarla de nuevo un eterno amor,
pasar a Madrid, verle a usted, echarme a sus
pies, referirle todo lo ocurrido, y pedirle, no
riquezas, ni herencias, ni protecciones, ni... eso
no... Sólo su consentimiento y su bendición para
verificar un enlace tan suspirado, en que ella y
yo fundábamos toda nuestra felicidad.
ESCENA DÉCIMA 3
Pues ya ves, Carlos, que es tiempo de pensar
muy de otra manera.
Sí, señor.
Si tú la quieres, yo la quiero también. Su madre
y toda su familia aplauden este casamiento.
Ella... y sean las que fueren las promesas que a
ti te hizo... ella misma, no ha media hora, me ha
dicho que está pronta a obedecer a su madre y
darme la mano, así que...
Pero no el corazón.
(Levántase.)
¿Qué dices?
No, eso no... Sería ofenderla... Usted celebrará
sus bodas cuando guste; ella se portará siempre
como conviene a su honestidad y a su virtud;
pero yo he sido el primero, el único objeto de su
cariño, lo soy y lo seré... Usted se llamará su
marido; pero si alguna o muchas veces la
sorprende, y ve sus ojos hermosos inundados en
lágrimas, por mí las vierte... No la pregunte
usted jamás el motivo de sus melancolías... Yo,
yo seré la causa... Los suspiros, que en vano
procurará reprimir, serán finezas dirigidas a un
amigo ausente.
¿Qué temeridad es ésta?
((Se levanta con mucho enojo, encaminándose.)
(hacia DON CARLOS, que se va retirando.).)
Ya se lo dije a usted... Era imposible que yo
hablase una palabra sin ofenderle... Pero,
acabemos esta odiosa conversación... Viva usted
feliz, y no me aborrezca, que yo en nada le he
querido disgustar... La prueba mayor que yo
puedo darle de mi obediencia y mi respeto, es la
de salir de aquí inmediatamente... Pero no se me
niegue a lo menos el consuelo de saber que
usted me perdona.
¿Con que, en efecto, te vas?
Al instante, señor... Y esta ausencia será bien
larga.
¿Por qué?
Porque no me conviene verla en mi vida... Si las
voces que corren de una próxima guerra se
llegaran a verificar... entonces...
¿Qué quieres decir?
((Asiendo de un brazo a DON CARLOS.)
(le hace venir más adelante.).)
Nada... Que apetezco la guerra, porque soy
soldado.
¡Carlos!... ¡Qué horror!... ¿Y tienes corazón
para decírmelo?
Alguien viene...
((Mirando con inquietud hacia el cuarto.)
(de DOÑA IRENE, se desprende de DON DIEGO.)
(y hace que se va por la puerta del foro.)
(DON DIEGO va detrás de él y quiere detenerle.).)
Tal vez será ella... Quede usted con Dios.
¿Adónde vas?... No, señor, no has de irte.
Es preciso... Yo no he de verla... Una sola
mirada nuestra pudiera causarle a usted
inquietudes crueles.
Ya he dicho que no ha de ser... Entra en ese
cuarto.
Pero si...
Haz lo que te mando.
(Éntrase DON CARLOS en el cuarto de DON DIEGO.)
ESCENA UNDÉCIMA 1
(DOÑA IRENE, DON DIEGO.)
Conque, señor don Diego, ¿es ya la de
vámonos?... Buenos días... (Apaga la luz que
está sobre la mesa.) ¿Reza usted?
Sí, para rezar estoy ahora.
(Paseándose con inquietud.)
Si usted quiere, ya pueden ir disponiendo el
chocolate y que avisen al mayoral para que
enganchen luego que... Pero, ¿qué tiene usted,
señor?... ¿Hay alguna novedad?
Sí, no deja de haber novedades.
Pues ¿qué?... Dígalo usted, por Dios... ¡Vaya,
vaya!... No sabe usted lo asustada que estoy...
Cualquiera cosa, así, repentina, me remueve
toda y me... Desde el último mal parto que tuve,
quedé tan sumamente delicada de los nervios...
Y va ya para diez y nueve años, si no son
veinte; pero desde entonces, ya digo, cualquiera
friolera me trastorna... Ni los baños, ni caldos
de culebra, ni la conserva de tamarindos; nada
me ha servido; de manera que...
Vamos, ahora no hablemos de malos partos ni de
conservas... Hay otra cosa más importante de
que tratar... ¿Qué hacen esas muchachas?
Están recogiendo la ropa y haciendo el cofre
para que todo esté a la vela, y no haya
detención.
Muy bien. Siéntese usted... Y no hay que
asustarse ni alborotarse
(Siéntanse los dos)
por
nada de lo que yo diga; y cuenta, no nos
abandone el juicio cuando más lo necesitamos...
Su hija de usted está enamorada...
¿Pues no lo he dicho ya mil veces? Sí señor que
lo está; y bastaba que yo lo dijese para que...
¡Este vicio maldito de interrumpir a cada paso!
Déjeme usted hablar.
Bien, vamos, hable usted.
Está enamorada; pero no está enamorada de mí.
¿Qué dice usted?
Lo que usted oye.
Pero, ¿quién le ha contado a usted esos
disparates?
Nadie. Yo lo sé, yo lo he visto, nadie me lo ha
contado, y cuando se lo digo a usted, bien
seguro estoy de que es verdad... Vaya, ¿qué
llanto es ése?
(Llora.)
¡Pobre de mí!
¿A qué viene eso?
¡Porque me ven sola y sin medios, y porque soy
una pobre viuda, parece que todos me
desprecian y se conjuran contra mí!
Señora doña Irene...
Al cabo de mis años y de mis achaques, verme
tratada de esta manera, como un estropajo,
como una puerca cenicienta, vamos al decir...
¿Quién lo creyera de usted?... ¡Válgame Dios!...
¡Si vivieran mis tres difuntos!... Con el último
difunto que me viviera, que tenía un genio como
una serpiente...
ESCENA UNDÉCIMA 2
Mire usted, señora, que se me acaba ya la
paciencia.
Que lo mismo era replicarle que se ponía hecho
una furia del infierno, y un día del Corpus, yo
no sé por qué friolera, hartó de mojicones a un
comisario ordenador, y si no hubiera sido por
dos padres del Carmen, que se pusieron de por
medio, le estrella contra un poste en los portales
de Santa Cruz.
Pero ¿es posible que no ha de atender usted a lo
que voy a decirla?
¡Ay! No señor, que bien lo sé, que no tengo pelo
de tonta, no, señor... Usted ya no quiere a la
niña, y busca pretextos para zafarse de la
obligación en que está... ¡Hija de mi alma y de
mi corazón!
Señora doña Irene, hágame usted el gusto de
oírme, de no replicarme, de no decir
despropósitos, y luego que usted sepa lo que
hay, llore y gima y grite, y diga cuanto quiera...
Pero, entretanto, no me apure usted el
sufrimiento, por amor de Dios.
Diga usted lo que le dé la gana.
Que no volvamos otra vez a llorar y a...
No, señor, ya no lloro.
(Enjugándose las lágrimas con un pañuelo.)
Pues hace ya cosa de un año, poco más o menos,
que doña Paquita tiene otro amante. Se han
hablado muchas veces, se han escrito, se han
prometido amor, fidelidad, constancia... Y por
último, existe en ambos una pasión tan fina, que
las dificultades y la ausencia, lejos de
disminuirla, han contribuido eficazmente a
hacerla mayor. En este supuesto...
Pero ¿no conoce usted, señor, que todo es un
chisme inventado por alguna mala lengua que
no nos quiere bien?
Volvemos otra vez a lo mismo... No, señora, no
es chisme. Repito de nuevo que lo sé.
¿Qué ha de saber usted, señor, ni qué traza tiene
eso de verdad? ¡Conque la hija de mis entrañas,
encerrada en un convento, ayunando los siete
reviernes, acompañada de aquellas santas
religiosas!... ¡Ella, que no sabe lo que es mundo,
que no ha salido todavía del cascarón, como
quien dice!... Bien se conoce que no sabe usted
el genio que tiene Circuncisión... ¡Pues bonita
es ella para haber disimulado a su sobrina el
menor desliz!
Aquí no se trata de ningún desliz, señora doña
Irene; se trata de una inclinación honesta, de la
cual hasta ahora no habíamos tenido antecedente
alguno. Su hija de usted es una niña muy
honrada, y no es capaz de deslizarse... Lo que
digo es que la madre Circuncisión, y la Soledad,
y la Candelaria, y todas las madres, y usted, y
yo el primero, nos hemos equivocado
solemnemente. La muchacha se quiere casar con
otro, y no conmigo... Hemos llegado tarde;
usted ha contado muy de ligero con la voluntad
de su hija... Vaya, ¿para qué es cansarnos? Lea
usted ese papel, y verá si tengo razón.
((Saca el papel de DON CARLOS y se le da a DOÑA.)
(IRENE. Ella, sin leerle, se levanta muy agitada,.)
(se acerca a la puerta de su cuarto y llama.)
(Levántase DON DIEGO y procura en vano contenerla.).)
¡Yo he de volverme loca!... ¡Francisquita!...
¡Virgen del Tremedal!... ¡Rita! ¡Francisca!
Pero, ¿a qué es llamarlas?
Sí, señor; que quiero que venga y que se
desengañe la pobrecita de quién es usted.
Lo echó todo a rodar... Esto le sucede a quien se
fía de la prudencia de una mujer.
ESCENA DUODÉCIMA
(DOÑA FRANCISCA, DOÑA IRENE, DON DIEGO, RITA.)
(Salen DOÑA FRANCISCA y RITA de su cuarto.)
Señora.
¿Me llamaba usted?
Sí, hija, sí; porque el señor don Diego nos trata
de un modo que ya no se puede aguantar. ¿Qué
amores tienes, niña? ¿A quién has dado palabra
de matrimonio? ¿Qué enredos son éstos?... Y tú,
picarona... Pues tú también lo has de saber... Por
fuerza lo sabes... ¿Quién ha escrito este papel?
¿Qué dice?...
(Presentando el papel abierto a DOÑA FRANCISCA.)
(Aparte a Doña Francisca)
Su letra es.
¡Qué maldad!... Señor don Diego, ¿así cumple
usted su palabra?
Bien sabe Dios que no tengo la culpa... Venga
usted aquí...
(Tomando de una mano a DOÑAFRANCISCA, la pone a su lado.)
No hay que temer... Y usted, señora, escuche y calle, y no
me ponga en términos de hacer un desatino...
Deme usted ese papel...
(Quitándola el papel de las manos a DOÑA IRENE.)
Paquita, ya se acuerda usted de las tres palmadas de esta
noche.
Mientras viva me acordaré.
Pues éste es el papel que tiraron a la ventana...
No hay que asustarse, ya lo he dicho.
(Lee.)
«Bien mío: si no consigo hablar con usted, haré
lo posible para que llegue a sus manos esta
carta. Apenas me separé de usted, encontré en la
posada al que yo llamaba mi enemigo, y al verle
no sé cómo no expiré de dolor. Me mandó que
saliera inmediatamente de la ciudad, y fue
preciso obedecerle. Yo me llamo don Carlos, no
don Félix. Don Diego es mi tío. Viva usted
dichosa y olvide para siempre a su infeliz
amigo. Carlos de Urbina.»
¿Conque hay eso?
¡Triste de mí!
¿Conque es verdad lo que decía el señor,
grandísima picarona? Te has de acordar de mí.
((Se encamina hacia DOÑA FRANCISCA, muy.)
(colérica, y en ademán de querer maltratarla.)
(RITA y DON DIEGO lo estorban.).)
¡Madre!... ¡Perdón!
No, señor, que la he de matar.
¿Qué locura es ésta?
He de matarla.
ESCENA TRECEAVA
(DON CARLOS, DON DIEGO, DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA, RITA.)
((Sale DON CARLOS del cuarto precipitadamente; coge de un.) (brazo a DOÑA FRANCISCA, se la lleva hacia el fondo del teatro.) (y se pone delante de ella para defenderla. DOÑA IRENE se.) (asusta y se retira.).)
Eso no... Delante de mí nadie ha de ofenderla.
¡Carlos!
Disimule
(A DON DIEGO)
usted mi atrevimiento... He visto que la insultaban, y no
me he sabido contener.
¿Qué es lo que me sucede Dios mío?... ¿Quién
es usted?... ¿Qué acciones son éstas?... ¡Qué
escándalo!
Aquí no hay escándalos... Ese es de quien su
hija de usted está enamorada... Separarlos y
matarlos viene a ser lo mismo... Carlos... No
importa... Abraza a tu mujer.
((Se abrazan DON CARLOS y DOÑA FRANCISCA,.)
(y después se arrodillan a los pies de DON DIEGO.).)
¿Conque su sobrino de usted?...
Sí, señora, mi sobrino, que con sus palmadas, y
su música, y su papel, me ha dado la noche más
terrible que he tenido en mi vida... ¿Qué es esto,
hijos míos, qué es esto?
¿Conque usted nos perdona y nos hace felices?
DON DIEGO. SÍ, PRENDAS DE MI ALMA... SÍ.
(Los hace levantar con expresión de ternura.)
¿Y es posible que usted se determina a hacer un
sacrificio?...
Yo pude separarlos para siempre, y gozar
tranquilamente la posesión de esta niña amable;
pero mi conciencia no lo sufre... ¡Carlos!...
¡Paquita!... ¡Qué dolorosa impresión me deja en
el alma el esfuerzo que acabo de hacer!...
Porque, al fin, soy hombre miserable y débil.
(Besándole las manos.)
Si nuestro amor, si nuestro agradecimiento pueden bastar
a consolar a usted en tanta pérdida...
¡Conque el bueno de don Carlos! Vaya que...
Él y su hija de usted estaban locos de amor,
mientras que usted y las tías fundaban castillos
en el aire, y me llenaban la cabeza de ilusiones,
que han desaparecido como un sueño... Esto
resulta del abuso de la autoridad, de la opresión
que la juventud padece; estas son las
seguridades que dan los padres y los tutores, y
esto lo que se debe fiar en el sí de las niñas...
Por una casualidad he sabido a tiempo el error
en que estaba... ¡Ay de aquellos que lo saben
tarde!.
En fin, Dios los haga buenos, y que por muchos
años se gocen... Venga usted acá, señor, venga
usted, que quiero abrazarle.
((Abrazando a DON CARLOS. DOÑA FRANCISCA se.)
(arrodilla y besa la mano a su madre.).)
Hija, Francisquita. ¡Vaya! Buena elección has tenido...
Cierto que es un mozo galán... Morenillo, pero tiene un
mirar de ojos muy hechicero.
Sí, dígaselo usted, que no lo ha reparado la
niña... Señorita, un millón de besos.
(Se besan DOÑA FRANCISCA y RITA.)
Pero, ¿ves qué alegría tan grande?...
¡Y tú, como me quieres tanto!... Siempre, siempre
serás mi amiga.
Paquita hermosa
(Abraza a DOÑA FRANCISCA)
recibe los primeros abrazos de tu nuevo padre...
No temo ya la soledad terrible que amenazaba a mi vejez...
Vosotros
(Asiendo de las manos a DOÑA FRANCISCA y a DON CARLOS)
seréis la delicia de mi corazón; y el primer fruto de
vuestro amor... sí, hijos, aquél....
no hay remedio, aquél es para mí. Y cuando le
acaricie en mis brazos, podré decir: a mí me
debe su existencia este niño inocente; si sus
padres viven, si son felices, yo he sido la causa.
¡Bendita sea tanta bondad!
Hijos, bendita sea la de Dios.