Jornada primera
(Personas: El príncipe constante; Pedro Calderón de la Barca; DON FERNANDO; DON ENRIQUE; DON JUAN; REY MORO; MULEY, rey de Fez; FÉNIX; ROSA; ZARA; [ESTRELLA.]; TARUDANTE; DON ALFONSO; SOLDADOS; [CAUTIVOS.]; [MOROS.].)
(Salen dos Cautivos, cantando lo que quisieren, y ZARA.)
Cantad aquí, que ha gustado
mientras toma de vestir
Fénix hermosa, de oír
las canciones que ha escuchado,
tal vez en los baños, llenas
de dolor y sentimiento.
CAUTIVO 1.º.
Música cuyo instrumento
son los hierros y cadenas
que nos aprisionan, ¿puede
haberla alegrado?
Sí;
ella escucha desde aquí:
cantad.
CAUTIVO 1.º.
Esa pena excede,
Zara hermosa, cuantas son,
pues solo un rudo animal
sin discurso racional
canta alegre en la prisión.
¿No cantáis vosotros?
CAUTIVO 2.º.
Es para divertir las penas
propias, mas no las ajenas.
Ella escucha, cantad pues.
(Cantan.)
CAUTIVO 2.º.
Al peso de los años
lo eminente se rinde,
que a lo fácil del tiempo
no hay conquista difícil.
(Sale ROSA.)
Despejad cautivos, dad
a vuestras canciones fin,
porque sale a este jardín
Fénix, a dar vanidad
al campo con su hermosura,
segunda aurora del prado.
(Salen las moras vistiendo a FÉNIX.)
Hermosa te has levantado.
No blasone el alba pura
que la debe ese jardín
la luz y fragrancia hermosa,
ni la púrpura la rosa,
ni la blancura el jazmín.
El espejo.
Es excusado
querer consultar con él
los borrones que el pincel
sobre la tez ha dejado.
(Danle un espejo.)
¿De qué sirve la hermosura,
cuando lo fuese la mía,
si me falta la alegría,
si me falta la ventura?
¿Qué tienes?
Si yo supiera,
¡ay Celima!, lo que siento,
de mi mismo sentimiento
lisonja al dolor hiciera.
Pero de la pena mía
no sé la naturaleza,
que entonces fuera tristeza
lo que hoy es melancolía.
Solo sé que sé sentir:
lo que sé sentir no sé,
que ilusión del alma fue.
Pues puédente divertir
tu tristeza estos jardines,
cual la primavera hermosa
labra en estatuas de rosa
sobre templos de jazmines,
hace, tal mar, un barco sea
dorado carro del sol.
Y cuando tanto arrebol
errar por sus ondas vea,
con grande melancolía,
el jardín al mar dirá:
«Ya el sol en su centro está;
muy breve ha sido este día».
Pues no me puedo alegrar,
formando sombras y lejos,
la emulación que en reflejos
tienen la tierra y el mar
cuando con grandezas sumas
compiten entre esplendores
las espumas a las flores,
las flores a las espumas.
Porque el jardín envidioso
de ver las ondas del mar,
su curso quiere imitar,
y así el céfiro amoroso
matices rinde, y olores,
que soplando en él las bebe;
hacen las hojas que mueve
un océano de flores.
Cuando el mar, triste de ver
la natural compostura
del jardín, también procura
adornar y componer,
su playa la pompa pierde;
y, a segunda ley sujeto,
compite con dulce efeto
campo azul y golfo verde,
siendo ya con rizas plumas,
ya con mezclados colores,
el jardín un mar de flores,
y el mar un jardín de espumas.
Sin duda mi pena es mucha:
no la pueden lisonjear
campo, cielo, tierra y mar.
Gran pena contigo lucha.
(Sale el REY con un retrato.)
Si a caso permite el mal,
cuartana de tu belleza,
dar treguas a tu tristeza:
que este bello original,
que no es retrato el que tiene
alma y vida, es del infante
de Marruecos, Tarudante.
A rendir a tus pies viene
su corona; embajador
es de su parte; y no dudo
que embajador que habla mudo
trae embajadas de amor;
favor en su amparo tengo:
diez mil jinetes alista
que enviar a la conquista
de Ceuta, que ya prevengo
de la vergüenza esta vez;
licencia permite amar
a quien se ha de coronar
rey de tu hermosura en Fez.
¡Válgame Alá!
¿Qué rigor
te suspende de esa suerte?
(Aparte.)
La sentencia de mi muerte.
¿Qué es lo que dices?
Señor,
si sabes que siempre has sido
mi dueño, mi padre y rey,
¿qué he de decir?
(Aparte.)
¡Ay Muley!
¡Grande ocasión has perdido!
El silencio, ay infelice,
hace mi humildad inmensa,
miente el alma si lo piensa,
miente la voz si lo dice.
Toma el retrato.
(Aparte.)
Forzada,
la mano le tomará,
pero el alma no podrá.
(Disparan una pieza.)
Esta salva es a la entrada
de Muley, que hoy ha surgido
del mar de Fez.
Justa es.
(Sale MULEY, con bastón de general.)
Dame, gran señor, los pies.
Muley, seas bienvenido.
Quien penetra el arrebol
de tan soberana esfera,
y a quien en el puerto espera
tal aurora, hija del sol,
fuerza es que venga con bien:
dame, señora, la mano;
que este favor soberano
puede mereceros quien
con amor, lealtad y fe
nuevos triunfos te previene
y fue a serviros y viene
tan amante como fue.
(Aparte.)
¡Válgame el cielo! ¿Qué haré?
Tú Muley (¡estoy mortal!)
vengas con bien.
(Aparte.)
No, con mal
será si a mis ojos creo.
En fin, Muley, ¿qué hay del mar?
Hoy tu sufrimiento pruebas:
de pesar te traigo nuevas,
porque ya todo es pesar.
Pues cuanto supieres di;
que en un ánimo constante
siempre se halla igual semblante
para el bien y el mal. Aquí
te sienta, Fénix.
Sí haré.
Todos os sentad. Prosigue
y nada a callar te obligue.
Ni hablar ni callar podré.
Salí, como me mandaste,
con dos galeazas solas,
gran señor, a recorrer
de Barbería las costas.
Fue tu intento que llegase
a aquella ciudad famosa
llamada en un tiempo Elisa,
aquella que está a la boca
del Preto Eurelio fundada,
y de Ceydo ý nombre toma,
que 'Ceydo', 'Ceuta' en hebreo,
vuelto el árabe idioma
quiere decir 'hermosura';
y ella es ciudad tan hermosa...;
aquella, pues, que los cielos
quitaron a tu corona,
quizá por justos enojos
del gran profeta Mahoma.
Y en oprobio de las armas
nuestras, habemos agora
que pendones portugueses
en sus torres se enarbolan,
tenidos siempre a los ojos
un padrastro que baldona
nuestros aplausos, un freno
que nuestro orgullo reposa,
un Cáucaso que detiene
al Nilo de tus vitorias
la corriente y, puesta enmedio,
el paso a España le estorba.
Iba con órdenes, pues,
de mirar y inquirir todas
sus fuerzas para decirte
la disposición y forma
que hoy tiene, y cómo podrás
a menos peligro y costa
emprender la guerra, el cielo
te conceda la vitoria
con esta restitución,
aunque la dilate agora
mayor desdicha; pues creo
que está su empresa dudosa
y con más necesidad
te está apellidando otra;
pues las armas prevenidas
para la gran Ceuta, importa
que sobre Tánger acudan
porque amenazada llora
de igual pena, igual desdicha,
igual ruina, igual congoja;
y lo sé porque en el mar
una mañana (a la hora
que, medio dormido el sol,
atropellando las sombras
del ocaso, desmaraña
sobre jazmines y rosas
rubios cabellos que enjuga
con paños de oro a la aurora
lágrimas de fuego y nieve,
que el sol convirtió en aljófar)
que a largo trecho del agua
venía una gruesa tropa
de naves, si bien entonces
no pudo la vista absorta
determinarse a decir
si eran naos o si eran rocas;
porque como en las raíces
sutiles pinceles logran
vanos visos, vanos lejos,
que en prespetiva dudosa
parecen montes, tal vez,
y tal ciudades famosas,
porque la distancia siempre
monstruos imposibles forma,
así en países azules
hicieron luces y sombras,
confundiendo mar y cielo
con las nubes y las ondas:
mil engaños a la vista
pues ella, entonces curiosa,
solo apercibió los bultos
y no distinguió las formas.
Primero nos pareció,
viendo que sus puntas tocan
con el cielo, que eran nubes
de las que a la mar se arrojan
a concebir en zafir
lluvias que el cristal aborta;
y fue bien pensado, pues
esta inumerable copia
pareció que pretendía
sorberse el mar gota a gota.
Luego de marinos monstruos
nos pareció errante copia
que a acompañar a Neptuno
salían de sus alcobas;
pues sacudiendo las velas,
que son del viento lisonja,
pensamos que sacudían
las alas sobre las olas.
Ya, parecía más cerca
una inmensa Babilonia
de quien los pensiles fueron
flámulas que el viento azotan.
Aquí, ya desengañada
la vista, mejor se informa
de que era armada, pues vio
a los surcos de las proas,
cuando batidas espumas
ya se encrespan, ya se entorchan,
rizarse montes de plata,
de cristal cuajarse rocas.
Yo que vi tanto enemigo
volví a su rigor la proa;
que también saber huir
es linaje de vitoria.
Y así, como más experto
en estos mares, la boca
tomé de una cala, a donde
al abrigo y a la sombra
de dos montecillos pude
resistir la poderosa
furia de tan gran poder
que mar, cielo y tierra asombra.
Pasan sin vernos, y yo
deseoso, quién lo ignora,
de saber dónde seguía
esta armada su derrota,
a la campaña del mar
salí otra vez, donde logra
el cielo mis esperanzas,
en esta ocasión, dichosas;
pues vi que de aquella armada
se había quedado sola
una nave, y que en el mar,
mal defendida, zozobra;
porque, según después supe,
de una tormenta que todas
corrieron, había salido
deshecha, tendida y rota:
y así, llena de agua estaba,
sin que bastasen las bombas
a agostalla, y titubeando
ya a aquella parte, ya a estotra,
estaba a cada vaivén
si se ahoga o no se ahoga.
Llegué a ella y, aunque moro,
les di alivio en sus congojas;
que el tener en las desdichas
compañía, de tal forma
consuela, que el enemigo
suele servir de lisonja;
el deseo de vivir,
tanto a alguno le provoca
que, haciendo animoso escalas
de gúmenas y maromas,
a la prisión se vinieron;
si bien otros les baldonan
diciéndoles que el vivir
eterno es vivir con honra,
y aun así se resistieron:
¡portuguesa vanagloria!
De los que salieron, uno
muy por extenso me informa:
dice, pues, que aquella armada
ha salido de Lisboa
para Tánger, y que viene
a sitiarla con heroica
determinación que veas,
en sus almenas famosas,
las quinas que ves en Ceuta
cada vez que el sol se asoma.
Duarte de Portugal,
cuya fama vencedora
ha de volar con las plumas
de las águilas de Roma,
envía a sus dos hermanos,
Enrique y Fernando, gloria
deste siglo que los mira
coronados de vitorias.
Maestre de Cristo, Avis
son; los dos pechos adornan
cruces de perfiles blancos,
una verde y otra roja.
Catorce mil portugueses
son, gran señor, los que cobran
sus sueldos, sin los que vienen
sirviéndolos a su costa.
Mil son los fuertes caballos
que la soberbia española
los vistió para ser tigres,
los calzó para ser onzas.
Ya a Tánger habrán llegado,
y esta, señor, es la hora
que si su arena no pisan,
al menos sus mares cortan.
Salgamos a defenderla:
tú mismo las armas toma;
baje en tu valiente brazo
el azote de Mahoma,
y del libro de la muerte
desate la mejor hoja;
que quizá se cumple hoy
una profecía heroica
de morabitos que dicen
que, en la margen arenosa
de África, ha de tener
la portuguesa corona
sepulcro infeliz; y vean
que aquesta cuchilla corva
campañas verdes y azules
bebió con su sangre roja.
Calla, no me digas más,
que, de mortal furia lleno,
cada voz es un veneno
con la muerte que me das.
Mas, sus bríos arrogantes
haré que en África tengan
sepulcros, aunque armados vengan
sus maestres los Infantes.
Tú, Muley, con los jinetes
de la costa parte luego
mientras yo en tu amparo llego;
que si, como me prometes,
en escaramuzas diestro
le ocupas pues que tan presto
no tomen tierra, y en esto
la sangre heredada muestras,
yo tan veloz llegaré
como tú con lo restante
del ejército arrogante
que en ese campo se ve
porque la sangre concluya
tantos duelos en un día;
porque Ceuta ha de ser mía
y Tánger no ha de ser suya.
(Vase.)
Aunque de paso, no quiero
dejar, Fénix, de decir,
ya que tengo de morir,
la enfermedad de que muero;
que aunque pierdan mis recelos
el respeto a tu opinión,
si celos mis penas son
ninguno es cortés con celos.
¿Qué retrato, ¡ay enemiga!,
en tu mano blanca vi?
¿Quién es el dichoso, di?
¿Quién más espera? No diga
tu lengua tales agravios;
basta, sin saber quién sea,
que yo en tu mano le vea
sin que le escuche en tus labios.
Muley, aunque mi deseo
licencia de amar te dio,
de ofender y injuriar no.
Es verdad, Fénix; ya veo
que no es estilo ni modo
de hablarte, pero los cielos
saben que en habiendo celos
se pierde el respeto a todo.
Con grande recato y miedo
te serví, quise y amé;
mas si con amor callé,
con celos, Fénix, no puedo,
no puedo...
No ha merecido
tu culpa satisfación,
pero yo por mi opinión
satisfacerme he querido;
que un agravio entre los dos
disculpa tiene; y así
te la doy...
¿Pues hayla?
Sí.
Buenas nuevas te dé Dios.
Este retrato ha enviado...
¿Quién?
Tarudante, el infante.
¿Para qué?
Porque, ignorante
mi padre de mi cuidado...
Bien.
...pretende que estos dos
reinos...
No me digas más.
¿Esa disculpa me das?
Malas nuevas te dé Dios.
Pues, ¡qué culpa habré tenido
de que mi padre lo trate!
De haber hoy, aunque te mate,
el retrato recebido.
¿Pude excusarlo?
¿Pues no?
¿Cómo?
Otra cosa fingir.
Pues, ¿qué pude hacer?
Morir;
que por ti lo hiciera yo.
Fue fuerza.
Más fue mudanza.
Fue violencia.
No hay violencia.
Pues, ¿qué pudo ser?
Mi ausencia,
sepulcro de mi esperanza;
y para no asegurarme
de que te puedes mudar:
ya yo me vuelvo a ausentar;
vuelve, Fénix, a matarme.
Forzosa es la ausencia; parte...
Ya lo está el alma primero.
...a Tánger, que en Fez te espero
donde acabes de quejarte.
Sí haré si el mal dilato.
Adiós, que es fuerza el partir.
¡Oye!, ¿al fin me dejas ir
sin entregarme el retrato?
Por el Rey no lo he deshecho.
Suelta, que no será en vano
que saque yo de tu mano
a quien me saca del pecho.
(Vanse.)
(Tocan un clarín y ruido de desembarcar, y van saliendo el infante DON FERNANDO y DON ENRIQUE y DON JUAN COUTIÑO.)
Yo he de ser el primero, África bella,
que he de pisar tu margen arenosa
porque, oprimida al peso de mi huella,
sientas en tu cerviz la poderosa
fuerza que ha de rendirte.
Yo en el suelo
africano la planta generosa
el segundo pondré. (
(Cae.)
.) ¡Válgame el cielo!
¡Hasta aquí los agüeros me han seguido!
Pierde, Enrique, a esas cosas el recelo;
porque, el caer agora, antes ha sido
que ya, como señor, la misma tierra
los brazos en albricias te ha pedido.
Desierta esta campaña y esta sierra
los alarbes al vernos han dejado.
¡Tánger las puertas de sus muros cierra!
¡Todos se han retirado a su sagrado!
Don Juan Coutiño, conde de Miralva,
reconoced la tierra con cuidado
antes que el sol, reconociendo el alba,
con más furia nos hiera y nos ofenda.
Haced a la ciudad la primer salva;
decid que defenderse no pretenda
porque la he de ganar a sangre y fuego,
que el campo inunde, el edificio encienda.
Tú verás que a sus mismas puertas llego,
aunque volcán de llamas y de rayos
deje al sol con pardas nubes ciego.
(Vase.)
(Sale el gracioso BRITO de soldado.)
Gracias a Dios que abriles piso, y mayos,
y en la tierra me voy por donde quiero,
sin sustos, sin vaivenes ni desmayos;
y no en el mar, adonde si primero
no se consulta un monstruo de madera
que es juez de palo, en fin, el más ligero
no se puede escapar de una carrera
en el mayor peligro. ¡Ha tierra mía!
No muera en agua yo, como no muera
tampoco en tierra hasta el postrero día.
¿Que escuches este loco?
¡Y que tu pena,
sin razón, sin arbitrio y sin consuelo,
tanto de ti te priva y te divierte!
El alma traigo de temores llena;
echada juzgo contra mí la suerte
desde que de Lisboa a salir solo
imágines he visto de la muerte;
apenas pues al berberisco polo
prevenimos los dos esta jornada
cuando, de un parasismo, el mismo Apolo
amortajando en nubes, la adorada
faz escondió, y el mar ceñudo y fiero
deshizo con tormentos nuestra armada:
si miro al mar, mil sombras considero;
si al cielo miro, sangre me parece
su velo azul; si al aire lisonjero,
aves noturnas son las que me ofrecen;
si a la tierra, sepulcros representa
donde mísero yo caigo y tropiece.
Pues disfrazarte aquí mi amor intenta
causa de un melancólico accidente:
sorbernos una nave una tormenta
es decir que sobra aquella gente
para ganar la empresa a que venimos;
verter púrpura el cielo transparente
es gala, no es horror; que si fingimos
monstruos al agua y pájaros al viento,
nosotros hasta aquí nos los trujimos;
pues si ellas aquí están, ¿no es argumento
que a la tierra que habitan inhumanos,
pronostican el fin fiero y sangriento?
Esos agüeros viles, miedos vanos,
para los moros bien en que los crean,
no para que los duden los cristianos;
nosotros dos lo somos: no se emplean
nuestras armas aquí por vanagloria
de que en los libros inmortales lean
ojos humanos esta gran vitoria;
la fe de Dios a engrandecer venimos:
suyo será el honor, suya la gloria,
si vivimos dichosos, pues morimos;
el castigo de Dios justo es temerle:
este no viene envuelto en medios vanos;
a servirle venimos, no a ofenderle:
cristianos somos, haced como cristianos.
Pero, ¿qué es esto?
(Sale DON JUAN.)
Señor,
yendo al muro a obedecerte,
a la falda de ese monte
vi una tropa de jinetes
que de la parte de Fez
corriendo a esta parte vienen
tan veloces que, a la vista,
aves no, brutos parecen;
el viento no los sustenta,
la tierra apenas lo siente,
y así la tierra ni el aire
sabe si corren o vuelan.
Salgamos a recibillos
haciendo primero frente
los arcabuceros; luego
los que caballos tuvieren
salgan también a su usanza,
con sus lanzas y arneses.
¡Ea, Enrique! Buen principio
esta ocasión nos ofrece.
¡Ánimo!
Tu hermano soy,
no me espantan accidentes
del tiempo ni me espantara
el semblante de la muerte.
(Vanse.)
El cuartel de la salud
me toca a mí guardar siempre.
¡Oh qué brava escaramuza!
Ya se embisten; ya acometen
famoso juego de cañas:
ponerme en cobro conviene.
(Vase; y tocan al arma. Salen peleando de dos en dos DON JUAN y DON ENRIQUE.)
¡A ellos! ¡Que ya los moros,
vencidos, la espalda vuelven!
Llenos de despojos quedan
de caballos y de gentes
estos campos.
Don Fernando,
¿dónde está que no parece?
Tanto se ha empeñado en ellos
que ya de vista se pierde.
Pues a buscarle, Coutiño.
Siempre a tu lado me tienes.
(Vanse; y salen DON FERNANDO, con la espada de MULEY, y MULEY con adarga.)
En la desierta campaña
que tumba común parece
de cuerpos muertos, si ya
no es teatro de la muerte,
solo tú, moro, has quedado
porque rendida tu gente
se retiró, y tu caballo,
que mares de sangre vierte
envuelto en polvo y espuma
que él mismo levanta y pierde,
te dejó para despojo
de mi brazo altivo y fuerte
entre los sueltos caballos
de los vencidos jinetes.
Yo, ufano con tal vitoria;
que me ilustra y desvanece
más que el ver esa campaña
coronada de claveles,
pues es tanta la perdida
sangre con que se guarnece
que la piedad de los ojos
fue tan grande, tan vehemente,
de no ver siempre desdichas
de no mirar ruinas siempre,
que por el campo buscaban,
entre lo rojo, lo verde.
En efeto, mi valor,
sujetando tus valientes
bríos, de tantos perdidos
un suelto caballo prende,
tan monstruo que, siendo hijo
del viento, adopción pretende
del fuego; y entre los dos
le desdice y lo desmiente
el color, pues siendo blanco
dice el agua: «Parto es este
de mi esfera; sola yo
pude cuajarlo de nieve».
En fin, en lo veloz viento;
rayo, en fin, en lo eminente,
era por lo blanco cisne,
por lo sangriento era sierpe,
por lo hermoso era soberbio,
por lo atrevido valiente,
por los relinchos lozano
y por las cernejas fuerte.
En la silla y en las ancas,
puestos los dos juntamente,
mares de sangre rompimos
por cuyas ondas crueles
este bajel animado
hecho proa de la frente,
rompiendo el globo de nácar
desde el codón al copete,
pareció entre espuma y sangre,
ya que bajel quise hacerle,
de cuatro espuelas herido,
que cuatro vientos le mueven.
Rindiose al fin, si hubo peso
que tanto atlante siguiese,
si bien el de las desdichas
hasta los brutos lo sienten,
o ya fue que, enternecido,
de su instinto dijese:
«Triste camina el alarbe,
y el español parte alegre,
luego yo contra mi patria
soy traidor y soy aleve».
No quiero pasar de aquí:
conviene pues triste vienes;
tanto que, aun el corazón
disimula cuanto puede,
por la boca y por los ojos,
volcanes que el pecho enciende,
ardientes suspiros lanza
y tiernas lágrimas vierte.
Admirado mi valor
de ver, cada vez que vuelve,
que un golpe de la fortuna
tanto le postre y sujete
tu valor, pienso que es otra
la causa que te entristece;
porque por la libertad
no era justo ni decente
que tan tiernamente llore
quien tan duramente hiere.
Y así, si el comunicar
los males alivio ofrecen
al sentimiento, entretanto
que llegamos a mi gente:
mi deseo a tu cuidado,
si tanto favor merece,
con razones le pregunta
comedidas y corteses:
¿qué sientes, pues ya yo creo
que el venir preso no sientes?
Comunicado, el dolor
se aplaca si no se vence;
y yo que soy el que tuvo
más parte en este accidente
de la fortuna, también
quiero serlo el que consuele
de tus suspiros la causa,
si la causa lo consiente.
Valiente eres español
y cortés como valiente:
también vences con la lengua
como con la espada vences.
Tuya fue la vida cuando
con la espada entre mi gente
me venciste; pero agora
que con la lengua me prendes,
es tuya el alma; porque
alma y vida se confiesen
tuyas, de ambas eres dueño,
pues ya cruel, ya clemente,
por el trato y por las armas
me has cautivado dos veces.
Movido de la piedad
de oírme, español, y verme,
preguntado me has la causa
de mis suspiros ardientes;
y aunque confieso que el mal
repetido y dicho suele
templarse, también confieso
que quien le repite quiere
aliviarse; y es mi mal
tan dueño de mis placeres
que, por no hacerles disgusto
y que aliviado me deje,
no quisiera repetirse;
mas ya es fuerza obedecerte,
y quiero te la decir
por quien soy y por quien eres.
Sobrino del rey de Fez
soy, mi nombre es Muley, jeque,
familia que ilustran tantos
bajaes y belerbeyes.
Tan hijo fui de desdichas
desde mi primer oriente
que, en el umbral de la vida,
nací en manos de la muerte;
una desierta campaña,
que fue sepulcro eminente
de españoles, fue mi cuna,
pues para que lo confieses:
en los Gelves nací el año
que os perdisteis en los Gelves.
A servir al Rey, mi tío,
vine infante; pero empiecen
las penas y las desdichas,
cesen las venturas, cesen:
vine a Fez y, una hermosura
a quien he adorado siempre,
junto a mi casa vivía
porque yo cerca muriese
desde mis primeros años,
porque más constante fuese
este amor, más imposible
de acabarse y de romperse.
Ambos nos criamos juntos,
y Amor en nuestras niñeces
no fue rayo, pues hirió
en lo humilde, tierno y débil
con más fuerza que pudiera
en lo augusto, altivo y fuerte;
tanto que para mostrar
sus fuerzas y sus poderes,
rindió nuestros corazones
con arpones diferentes.
Pero como la porfía
con iguales piedras suele
hacer señal, por la fuerza
no sino cayendo siempre,
así las lágrimas mías,
porfiando eternamente,
la piedra del corazón,
más que los diamantes fuerte,
labraron; y no con fuerza
de méritos excelentes
pero con mi mucho amor
vino al fin a enternecerse.
En este estado viví
algún tiempo aunque fue breve,
gozando en auras suaves
mil amorosos deleites.
Ausenteme por mi mal:
harto he dicho en 'ausenteme';
pues en ausencia otro amante
ha venido a darme muerte;
él dichoso, yo infelice;
él asistiendo, yo ausente,
yo cautivo y libre él,
me contrastara mi suerte
cuando tú me cautivaste;
mira si es bien me lamente.
Valiente moro y galán,
si adoras como refieres,
si idolatras como dices,
si amas como encareces,
si celas como suspiras,
si como recelas temes
y si como sientes amas:
dichosamente padeces.
No quiero por tu rescate
más precio de que le acetes:
vuélvete y dile a tu dama
que por su esclavo te ofrece
un portugués caballero;
y si obligada pretende
pagarme el precio por ti:
yo te doy lo que me debes;
cobra la deuda en amor
y logra tus intereses.
Y el caballo que rendido
cayó en el suelo, parece
con el ocio y el descanso
que restituido vuelve;
y porque sé qué es amor
y qué es tardanza en ausentes,
no te quiero detener:
sube en tu caballo y vete.
Nada mi voz te responde;
que a quien liberal ofreces,
solo acetar es lisonja.
Dime, portugués, ¿quién eres?
Un hombre noble y no más.
Bien lo muestras, seas quien eres;
para el bien y para el mal
soy tu esclavo eternamente.
Toma el caballo, que es tarde.
Pues si a ti te lo parece,
¿qué hará a quien vino cautivo,
y libre a su dama vuelve?
(Vase.)
Generosa acción es dar;
y más, la vida.
(Dentro MULEY.)
¡Valiente
portugués!
Desde el caballo
habla: ¿qué es lo que me quieres?
Espero que he de pagarte
algún día tantos bienes...
Gózalos tú.
...porque al fin
hacer bien nunca se pierde.
¡Alá te guarde, español!
Si Alá es Dios, con bien te lleve.
(Suena dentro ruido de trompetas y cajas.)
Mas, ¿qué trompeta es aquesta
que el aire turba y la región molesta?
Y por esta otra parte
cajas se escuchan: música de Marte
son las dos.
(Sale DON ENRIQUE.)
¡Oh, Fernando!,
tu persona veloz vengo buscando.
Enrique, ¿qué hay de nuevo?
Aquellos ecos,
ejércitos de Fez y de Marruecos
son, porque Tarudante
al rey de Fez socorre y, arrogante,
el Rey con gente viene.
En medio cada ejército nos tiene,
de modo que, cercados,
somos los sitiadores y sitiados;
si la espalda volvemos
al uno, mal del otro nos podemos
defender; por una y otra parte
nos deslumbran relámpagos de Marte,
¿qué haremos, pues, de confusiones llenos?
¿Qué? Morir como buenos,
con ánimos constantes.
¿No somos dos maestres, dos infantes,
cuando bastara ser dos portugueses
particulares para no haber visto
el miedo de la cara? Pues, «¡Avis y Cristo!»
a voces repitamos
y por la Fe muramos,
pues a morir venimos.
(Sale DON JUAN.)
Mala salida a tierra dispusimos.
Ya no es tiempo de medios:
a los brazos apelen los remedios,
que uno y otro ejército nos cierra
en medio. ¡Avis y Cristo!
¡Guerra, guerra!
Ya nos cogen en medio
un ejército y otro sin remedio.
¡Qué beliaca palabra!
La llave eterna de los cielos abra
un resquicio si quiera
que de aqueste peligro salga a fuera.
¿Quién aquí se ha venido,
sin qué ni para qué? Pero, fingido
muerto estaré un instante;
y muerto lo tendré para adelante.
(Cáese en el suelo, y sale un MORO acuchillando a ENRIQUE.)
¿Quién tanto se defiende,
siendo mi brazo rayo que desciende
desde la cuarta esfera?
Pues aunque yo tropiece, caiga y muera
en cuerpos de cristianos:
no desmaya la fuerza de las manos;
que ella de quién yo soy mejor avisa.
Cuerpo de Dios con él, ¡y qué bien pisa!
(Písanle y éntranse; y salen MULEY y DON JUAN COUTIÑO, riñendo.)
Ver, portugués valiente,
en ti fuerza tan grande, no lo siente
mi valor; pues quisiera
daros hoy la vitoria.
¡Pena fiera!
Sin tiento y sin aviso
son cuerpos de cristianos cuantos piso.
Yo se lo perdonara,
a trueco, mi señor, que no pisara.
(Vanse los dos, y salen por la otra puerta DON ENRIQUE y DON JUAN, retirándose de los moros, y luego el REY y DON FERNANDO.)
Rinde la espada, altivo
portugués; que si logro el verte vivo
en mi poder prometo
ser tu amigo. ¿Quién eres?
Un caballero soy; saber no esperes
más de mí: dame la muerte.
(Sale DON JUAN y pónese a su lado.)
Primero, gran señor, mi pecho fuerte
que es muro de diamante,
tu vida guardará, puesto delante.
¡Ea, Fernando mío!
Muéstrese agora el heredado brío.
Si esto escucho, ¿qué espero?
Suspéndanse las armas, que no quiero
hoy más felice gloria:
que este preso me basta por vitoria.
Si tu prisión o muerte
con tal sentencia decretó la suerte:
dé la espada Fernando
al rey de Fez.
¿Qué es lo que estoy mirando?
Solo a un rey la rindiera,
que desesperación negarla fuera.
(Sale DON ENRIQUE.)
¡Preso mi hermano!
Enrique,
tu voz más sentimiento no publique;
que, en la suerte importuna,
estos son los sucesos de fortuna.
Enrique, don Fernando
está hoy en mi poder; y aunque mostrando
la ventaja que tengo
pudiera daros muerte, yo no vengo
hoy más que a defenderme;
que vuestra sangre me viniera a hacerme
honras tan conocidas
como podrán hacerme en vuestras vidas;
y para que el rescate
con más puntualidad al Rey se trate,
vuelve tú, que Fernando
en mi poder se quedará aguardando
que vengas a libralle;
pero dile a Duarte que en llevalle
será su intento vano,
si a Ceuta no me entrega por su mano.
Y agora Vuestra Alteza,
a quien debo esta honra, esta grandeza,
a Fez venga conmigo.
Iré a la esfera cuyo rayo sigo.
(Aparte.)
Porque yo tenga, ¡cielos!,
más que sentir entre amistad y celos.
Enrique, preso quedo:
ni al mal ni a la fortuna tengo miedo.
Dirasle a nuestro hermano
que haga aquí como príncipe cristiano
en la desdicha mía.
Pues, ¿quién de sus grandezas desconfía?
Esto te encargo y digo:
que haga como cristiano.
Yo me obligo
a volver como tal.
¡Dame esos brazos!
Tú eres el preso, ¿y pónesme a mí lazos?
Don Juan, adiós.
Yo he de quedar contigo:
de mí no te despidas.
¡Leal amigo!
¡Oh, infelice jornada!
Dile al Rey... Mas no le digas nada,
si con gran silencio el miedo vano
estas lágrimas lleva al Rey, mi hermano.
(Vanse; y salen dos moros, y ven a BRITO como muerto.)
MORO 1º.
Cristiano muerto es este.
MORO 2º.
Porque no causen peste,
echad al mar los muertos.
¡En dejándoos los cascos bien abiertos
a tajos y a reveses!
Que, ainda mortos, somos portugueses.
Jornada segunda
(Sale FÉNIX.)
Zara, Rosa, Estrella, ¿no
hay quien me responda?
(Sale MULEY.)
Sí, que tú eres sol para mí
y para ti sombra yo,
y la sombra al sol siguió;
el eco dulce escuché
de tu voz, y apresuré
por esta montaña el paso:
¿qué sientes?
Oye, si a caso
puedo decir lo que fue:
lisonjera, libre, ingrata,
dulce, suave, una fuente
hizo apacible corriente
de cristal y undosa plata;
lisonjera se desata
porque hablaba y no sentía;
süave porque fingía,
dulce porque murmuraba,
ingrata porque corría.
Aquí cansada llegué
después de seguir ligera
en ese monte una fiera;
en cuya frescura hallé
ocio y descanso, porque
de un montecillo a la espalda,
de quien corona y guirnalda
fueron clavel y jazmín,
sobre un catre de carmín
hice un foso de esmeralda.
Apenas en él rendí
el alma al susurro blando
de las soledades, cuando
ruido en las hojas sentí;
atenta me puse y vi
una caduca africana,
espíritu en forma humana,
ceño arrugado y esquivo,
que era un esqueleto vivo
de lo que fue sombra vana,
cuya rústica fiereza,
cuyo aspecto esquivo y bronco
fue escultura hecha de un tronco
sin pulirse la corteza.
Con melancolía y tristeza,
pasiones siempre infelices
para que te atemorices,
una mano me tomó;
y entonces ser tronco yo
afirmé por las raíces.
Hielo introdujo en mis venas
el contracto; horror las voces
que, discurriendo veloces
de mortal veneno llenas,
articuladas apenas,
esto les pude entender:
«¡Ay infelice mujer!
¡Ay forzosa desventura!
Que, en efeto, esta hermosura
precio de un muerto ha de ser».
Dijo; y yo tan triste vivo
que diré mejor que muero:
pues por instantes espero
de aquel tronco fugitivo
cumplimiento tan esquivo,
de aquel oráculo yerto
el presagio y fin tan cierto
que mi vida ha de tener.
¡Ay de mí! ¡Que hoy he de ser
precio vil de un hombre muerto!
(Vase.)
Fácil es de descifrar
ese sueño, esa ilusión,
pues las imágines son
de mi pena singular.
A Tarudante has de dar
la mano de esposa, pero
yo, que en pensarlo me muero,
estorbaré mi rigor;
que él no ha de gozar tu amor
si no me mata primero.
Perderte yo, podrá ser,
mas no perderte y vivir;
luego si es fuerza el morir
antes que lo llegue a ver:
precio mi vida ha de ser
con que he de comprarte, ¡ay cielos!,
y tú en tantos desconsuelos
precio de un muerto serás,
pues que morir me verás
de amor, de envidia y de celos.
(Salen tres cautivos y el infante DON FERNANDO.)
CAUTIVO 1.º.
Desde aquel jardín te vimos
andar a caza, Fernando,
y todos juntos venimos
a arrojarnos a tus pies.
CAUTIVO 2.º.
Solamente este consuelo
aquí nos ofrece el cielo.
CAUTIVO 3º.
Piedad como suya es.
Amigos, dadme los brazos;
y sabe Dios si con ellos,
quisiera de vuestros cuellos
romper los ñudos y lazos
que os aprisionan; que a fe
que os darían libertad
antes que a mí. Mas pensad
que favor del cielo fue
esta piadosa sentencia:
él mejorará la suerte,
que a la desdicha más fuerte
sabe vencer la prudencia.
Sufrid con ella el rigor
del tiempo y de la fortuna,
deidad bárbara importuna;
hoy cadáver y ayer flor;
no permanece jamás,
y así os mudará de estado,
¡ay Dios!, que al necesitado
darle consejo no más
no es prudencia y, en verdad,
que aunque quiera regalaros
no tengo esta vez qué daros:
mis amigos, perdonad.
Ya de Portugal espero
socorro; presto vendrá:
vuestra mi hacienda será;
para vosotros la quiero.
Si me vienen a sacar
del cautiverio, ya digo
que todos iréis conmigo.
Id con Dios a trabajar;
no disgustéis vuestros dueños.
CAUTIVO 1.º.
Tu vista
hace nuestra esclavitud
dichosa.
CAUTIVO 2.º.
Siglos pequeños
son los del fénix, señor,
para que vivas.
(Vanse.)
El alma
queda en lastimosa calma
viendo que os vais sin favor
de mis manos.
Aquí estoy
viendo la llaneza y amor
con que la desdicha fiera
de esos cautivos tratáis.
Duélome de su fortuna,
en su desdicha importuna,
que a esos esclavos miráis:
aprendo a ser infelice
y algún día podrá ser
que los haya menester.
¿Eso Vuestra Alteza dice?
Naciendo infante, he llegado
a ser esclavo; y así,
temo venir desde aquí
a más miserable estado;
que si ya en aqueste vivo,
mucha más distancia tray
de infante a cautivo que hay
de cautivo a más cautivo.
Un día llama a otro día,
y así llama y encadena,
llanto a llanto, pena a pena.
No fuera mayor la mía;
que Vuestra Alteza mañana,
aunque hoy cautivo está,
a su patria volverá.
Pero mi esperanza es vana,
pues no puede alguna vez
mejorarse mi fortuna,
mudable más que la luna.
Cortesano soy de Fez,
y nunca de los amores
que me contaste te oí
novedad.
Fueron en mí
recatados los favores;
el dueño juré encubrir
pero, a la amistad atento,
sin quebrar el juramento
te lo tengo de decir.
Tan solo mi mal ha sido,
como solo mi dolor,
porque el fénix y mi amor
sin semejante han nacido.
En ver, oír y callar,
Fénix es mi pensamiento;
Fénix es mi sufrimiento
en temer, sentir y amar;
Fénix mi desconfianza
en llorar y en padecer;
en merecerla y temer
aun es Fénix mi esperanza.
Fénix mi amor y cuidado;
y pues que Fénix te digo,
como amante y como amigo,
ya lo he dicho y lo he callado.
(Vase.)
Cuerdamente declaró
el dueño amante y cortés:
si Fénix su pena es,
no he de competirla yo;
que la mía es común pena;
no me doy por entendido,
que muchos la han padecido
y vive de enojos llena.
(Sale el REY.)
Por la falda deste monte
vengo siguiendo a Tu Alteza
porque, antes que el sol se esconda
entre corales y perlas,
te diviertas en la lucha
de un tigre que agora cercan
mis cazadores.
Señor,
gustos por puntos me inventas
para agradarme. Si así
a tus esclavos festejas,
no echarán menos la patria.
Cautivos de tales prendas
que honran al dueño, es razón
servirlos desta manera.
(Sale DON JUAN.)
Sal, gran señor, a la orilla
del mar y verás en ella
el más hermoso animal
que añadió naturaleza
al artificio; porque
una cristiana galera
llega al puerto, tan hermosa,
aunque toda obscura y negra,
que al verla se duda cómo
es alegre su tristeza;
las armas de Portugal
vienen por remate della
que, como tienen cautivo
a su infante, tristes señas
visten por su esclavitud;
y a darte libertad llegan,
diciendo su sentimiento.
Don Juan, amigo, no es esa
de su luto la razón,
que si a librarme vinieran,
en fe de su libertad
fueran alegres las muestras.
(Sale DON ENRIQUE, de luto, con un pliego.)
Dame, gran señor, los brazos.
Con bien venga Vuestra Alteza.
¡Ay, don Juan, cierta es mi muerte!
¡Ay, Muley, mi dicha es cierta!
Ya que de vuestra salud
me informa vuestra presencia:
para abrazar a mi hermano
me dad, gran señor, licencia:
¡ay, Fernando!
Enrique mío,
¿qué traje es ese? Mas cesa:
harto me han dicho tus ojos,
nada me diga tu lengua.
No llores, que si es decirme
que es mi esclavitud eterna,
eso es lo que más deseo:
albricias pedir pudieras
y, en vez de dolor y luto,
vestir galas y hacer fiestas.
¿Cómo está el Rey, mi señor?
Porque como él salud tenga,
nada siento. ¿Aún no respondes?
Si repetidas las penas
se sienten dos veces, quiero
que sola una vez las sientas:
tú escuchame, gran señor,
que aunque una montaña sea
rústico palacio, aquí
te pido me des audiencia,
a un preso la libertad
y a todos juntos las nuevas.
Rota y deshecha la armada,
que fue con vana soberbia
pesadumbre de las ondas,
dejando en África presa
la persona del Infante,
a Lisboa di la vuelta.
Desde el punto que Duarte
oyó tan trágicas nuevas,
de una tristeza cubrió
el corazón de manera
que, pasando a ser letargo
la melancolía primera,
desmintió, muriendo, a cuantos
dicen que no matan penas:
murió el Rey, que esté en el cielo.
¡Ay de mí! ¿Tanto le cuesta
mi prisión?
De su desdicha
sabe Dios lo que me pesa.
Prosigue.
En su testamento
el Rey, mi señor, ordena
que luego por la persona
del Infante se dé a Ceuta;
y así yo con los poderes
de Alfonso, que es quien le hereda,
porque solo este lucero
supliera del sol la ausencia,
vengo a entregar la ciudad,
y así...
No prosigas, cesa,
cesa, Enrique, porque son
palabras indignas esas,
no de un portugués infante,
de un maestre que profesa
de Cristo la religión.
Pero aun de un hombre lo fueran
vil, de un bárbaro sin luz
de la fe de Cristo eterna.
Mi hermano, que está en el cielo,
si en su testamento deja
esa cláusula, no es
para que se cumpla y lea,
sino para mostrar solo
que mi libertad desea
y esa se busque por otros
medios y otras conveniencias
o apacibles o crueles;
porque decir «dese a Ceuta»
es decir «hasta esto haced
prodigiosas diligencias».
Que a un rey católico y justo,
¿cómo fuera, cómo fuera
posible entregar a un moro
una ciudad que le cuesta
su sangre, pues fue el primero
que con sola una rodela
y una espada enarboló
las quinas de sus almenas?
Y esto es lo que importa menos:
una ciudad que confiesa
católicamente a Dios,
la que ha merecido iglesias
consagradas a sus cultos
con amor y reverencia,
¿fuera católica acción,
fuera religión expresa,
fuera cristiana piedad,
fuera hazaña portuguesa
que los templos soberanos,
atlantes de las esferas,
en vez de doradas luces
a donde el sol reverbera,
vieran otomanas luces,
y que sus lunas opuestas
en la Iglesia estos eclipses
ejecutasen tragedias?
¿Fuera bien que sus capillas
a ser establos vinieran,
sus altares a pesebres
y, cuando aqueso no fuera,
volvieran a ser mezquitas?
Aquí enmudece la lengua,
aquí me falta el aliento,
aquí me ahoga la pena;
porque en pensarlo no más
el corazón se me quiebra,
el cabello se me eriza
y todo el cuerpo me tiembla.
Porque establos y pesebres
no fuera la vez primera
que hayan hospedado a Dios;
pero en ser mezquitas, fueran
un epitafio, un padrón
de nuestra inmortal afrenta
diciendo: «Aquí tuvo Dios
posada y hoy se la niegan
los cristianos para dalla
al demonio».
Aún no se cuenta,
acá moralmente hablando,
que nadie en casa se atreva
de otro a ofenderle: ¿era justo
que entrara en su casa misma,
a ofender a Dios, el vicio
y que acompañado fuera
de nosotros, y nosotros
le guardáramos la puerta
y, para dejarle dentro,
a Dios echásemos fuera?
Los católicos que habitan
con sus familias y haciendas,
hoy quizá prevaricaran
en la Fe por no perderlas:
¿fuera bien ocasionar
nosotros la contingencia
deste pecado? Los niños
que tiernos se crían en ella,
¿fuera bueno que los moros
los cristianos inducieran
a sus costumbres y ritos
para vivir en su seta
en mísero cautiverio?
¿Fuera bueno que murieran
hoy tantas vidas por una
que no importa que se pierda?
¿Quién soy yo? ¿Soy más que un hombre?
Si es número que acrecienta
el ser infante, ya soy
un cautivo; de nobleza
no es capaz el que es esclavo:
yo lo soy, luego ya yerra
el que 'infante' me llamare;
si no lo soy, ¿quién ordena
que la vida de un esclavo
en tanto precio se venda?
Morir es perder el ser:
yo le perdí en una guerra;
perdí el ser, luego morí;
morí, luego ya no es cuerda
hazaña que por un muerto
hoy tantos vivos perezcan;
y así, estos vanos poderes
hoy divididos en piezas
serán átomos del sol,
serán del fuego centellas...
Mas no, yo los comeré,
porque aun no quede una letra
que informe al mundo que tuvo
la lusitana nobleza
este intento. Rey, yo soy
tu esclavo: dispón, ordena
de mi libertad; no quiero
ni es posible que la tenga.
Enrique, vuelve a tu patria:
di que en África me dejas
enterrado, que mi vida
yo haré que muerte parezca.
Cristianos, Fernando es muerto;
moros, un esclavo os queda;
cautivos, un compañero
hoy se añade a vuestras penas.
Cielos, un hombre restauran
vuestras divinas iglesias;
mar, un mísero con llanto
vuestras ondas acrecienta;
montes, un triste os habita
igual ya de vuestras fieras;
viento, un pobre con sus voces
os duplica las esferas;
tierra, un cadáver os labra
en las entrañas su huesa.
Porque Rey, hermano, moros,
cristianos, sol, luna, estrellas,
cielo, tierra, mar y viento,
montes, fieras, todos sepan
que hoy un príncipe constante
entre desdichas y penas
la fe católica ensalza,
la ley de Dios reverencia.
Pues cuando no hubiera otra
razón más que tener Ceuta
una iglesia consagrada
a la Concepción Eterna
de la que es reina y señora
de los cielos y la tierra,
perdiera, vive ella misma,
mil vidas en su defensa.
Desagradecido, ingrato
a las glorias y grandezas
de mi reino, ¿cómo así
hoy me quitas, hoy me niegas,
lo que más he deseado?
Mas si en mi reino gobiernas
mas que en el tuyo, ¿qué mucho
que la esclavitud no sientas?
Pero ya que esclavo mío
te nombras y te confiesas,
como a esclavo he de tratarte:
tu hermano, los tuyos vean
que como esclavo vil
los pies agora me besas.
¡Qué desdicha!
¡Qué dolor!
¡Qué desventura!]
¡Qué pena!
Mi esclavo eres.
Es verdad;
y poco en eso te vengas;
que si para una jornada
salió el hombre de la tierra,
al fin de varios caminos
es para volver a ella.
Más tengo que agradecerte
que culparte, pues me enseñas
atajos para llegar
a la posada más cerca.
Siendo esclavo, tú no puedes
tener títulos ni rentas;
hoy Ceuta está en tu poder:
si cautivo te confiesas,
si me confiesas por dueño,
¿por qué no me das a Ceuta?
Porque es de Dios y no es mía.
¿No es precepto de obediencia
obedecer al señor?
Pues yo te mando con ella
que la entregues.
En lo justo
dice el cielo que obedezca
el esclavo a su señor:
porque si el señor dijera
a su esclavo que pecara,
obligación no tuviera
de obedecerle; porque
quien peca, mandando peca.
Harete muerte.
Esa es vida.
Pues para que no lo sea,
vive muriendo, que yo
rigor tengo.
Y yo paciencia.
Pues no tendrás libertad.
Pues no será tuya Ceuta.
¡Hola!
(Sale CELÍN.)
Señor.
Luego al punto
aquese cautivo sea
igual a todos: al cuello
y a los pies le echad cadenas;
a mis caballos acuda
en baño y jardín, y sea
abatido como todos;
no vista ropas de seda
sino sarga humilde y pobre;
coma negro pan y beba
agua salobre; en mazmorras
húmedas y obscuras duerma,
y a criados y a vasallos
se extienda aquesta sentencia.
¡Llevalde todos!
¡Qué llanto!
¡Qué desdicha!
¡Qué tristeza!
Veré, bárbaro, veré
si llega a más tu paciencia
que mi rigor.
Sí verás,
porque esta en mí será eterna.
(Llévanle.)
Enrique, por el seguro
de mi palabra, que vuelvas
a Lisboa te permito;
el mar africano deja.
Di en tu patria que el Infante,
que su maestre de Avis, queda
curándome los caballos;
que a darle libertad venga...
Sí harán, que si yo le dejo
en su infelice miseria,
y me sufre el corazón
el no acompañarle en ella,
es porque pienso volver
con más poder y más fuerza
para darle libertad.
Muy bien harás como puedas.
(Aparte.)
Ya ha llegado la ocasión
de que mi lealtad se vea:
la vida debo a Fernando;
yo le pagaré la deuda.
(Vanse.)
(Salen CELÍN y el INFANTE, con cadena y vestido de cautivo.)
El Rey manda que asistas
en aqueste jardín y no resistas
su ley a tu obediencia.
Mayor que su rigor es mi paciencia.
(Salen los cautivos, y uno canta mientras los otros cavan en un jardín.)
CAUTIVO 1.º.
A la conquista de Tánger,
contra el bárbaro Muley,
al infante don Fernando
envió su hermano, el Rey.
¿Que un instante mi historia
no deje de cansar a la memoria?
Triste estoy y turbado.
CAUTIVO 2.º.
Cautivo, ¿cómo estáis tan descuidado?
No lloréis, consolaos; que ya el Maestre
dijo que volveremos
presto a la patria y libertad tendremos.
Ninguno ha de quedar en este suelo.
¡Qué presto perderéis ese consuelo!
CAUTIVO 2.º.
Consolad los rigores
y ayudadme a regar aquestas flores:
tomad los cubos y agua me id trayendo
de aquel estanque.
Obedecer pretendo.
Buen cargo me habéis dado
pues agua me pedís que mi cuidado,
sembrando penas, cultivando enojos,
llenará en la corriente de mis ojos.
(Vase.)
CAUTIVO 1.º.
Al baño han echado, y con cuidado,
más cautivos.
(Sale DON JUAN y otro, de cautivos.)
¿No sabremos
si estos jardines fueron?
Porque en su compañía
menos el llanto y el dolor sería:
dígasme amigo, que te guarde el cielo,
si viste cultivando
este jardín al maestre don Fernando.
CAUTIVO 2.º.
No le hemos visto.
Mal el dolor y lágrimas resisto.
CAUTIVO 3º.
Digo que el baño abrieron
y que nuevos cautivos a él vinieron.
(Sale DON FERNANDO con los cubos de agua.)
Mortales, no os espante
ver un maestre de Avis, ver un infante,
en tan mísera afrenta,
que el tiempo estas miserias representa.
Pues señor, ¿Vuestra Alteza
en tan mísero estado de tristeza?
Rompa el dolor el pecho.
Válgate Dios, que gran pesar me has hecho,
don Juan, en descubrirme;
que quisiera ocultarme y encubrirme
entre mi misma gente,
sirviendo pobre y miserablemente.
CAUTIVO 1.º.
Señor, que perdonéis os ruego
de haber andado yo tan loco y ciego.
CAUTIVO 2.º.
Dadnos señor, tus pies.
Alzad, amigo;
ved que yo humilde vivo
y soy entre vosotros un cautivo.
Vuestra Alteza...
¿Qué alteza
ha de tener quien vive en tal bajeza?
Ninguno así me trate
sino como a su igual.
¡Que no desate
un rayo el cielo para darme muerte!
Don Juan, no ha de quejarse desa suerte
un noble. ¿Quién del cielo desconfía?
La prudencia, el valor, la bizarría
se ha de mostrar agora.
(Sale ZARA.)
Al jardín sale Fénix, mi señora,
y manda que matices y colores
borden este azafate de sus flores.
Yo llevársele espero;
que en cuanto sea servir seré el primero.
CAUTIVO 1.º.
Ea, vamos a cogellas.
Aquí os aguardo mientras vais por ellas.
No me hagáis cortesías:
iguales vuestras penas y las mías
son. Pues nüestra suerte,
si no hoy, mañana ha de igualar la muerte,
no será acción liviana
no dejar hoy qué hacer para mañana.
(Vanse todos haciendo cortesías al INFANTE y sale FÉNIX y ROSA.)
¿Mandaste que me trujesen
las flores?
Ya lo mandé.
Sus colores deseé
para que me divirtiesen.
¿Qué tales, señora, fueron
tus graves melancolías?
¿Qué te obligó a estar así?
No fue sueño lo que vi
que fueron desdichas mías.
Cuando sueña un desdichado
que es dueño de algún tesoro,
ni dudo, Zara, ni ignoro
que entonces es bien soñado;
mas si a soñar ha llegado
que desdicha le concierta,
y aquello sus ojos ven,
pues soñando el mal y el bien
halla el mal cuando despierta,
piedad no espero, ¡ay de mí!,
porque mi mal será cierto.
¿Y qué dejas para el muerto
si tú lo sientes así?
Ya mis desdichas creí
precio de un muerto. ¡Quién vio
tal pena! No hay gusto, no,
a una infelice mujer.
¿Qué, al fin, de un muerto he de ser?
¿Quién será este muerto?
(Sale DON FERNANDO con las flores.)
Yo.
¡Ay cielos! ¿Qué veo?
¿Qué te admira?
De una suerte
me admira el oírte y verte.
No lo jures, bien lo creo.
Yo pues, Fénix, que deseo
servirte, humilde traía
flores de la huerta mía:
jeroglíficos, señora,
pues nacieron con la aurora
y murieron con el día.
A la maravilla dio
ese nombre al descubrilla.
¿Qué flor no es maravilla
cuando te la sirva yo?
Es verdad. Di, ¿quién causó
esta novedad?
Mi suerte.
¿Tan rigurosa es?
Tan fuerte.
Pena das.
Pues no te asombre.
¿Por qué?
Porque nace el hombre
sujeto a fortuna y muerte.
¿No eres Fernando?
Sí soy.
¿Quién te puso así?
La ley
de esclavo.
¿Quién la hizo?
El Rey.
¿Por qué?
Porque suyo soy.
Pues, ¿no te ha estimado hoy?
Y también me ha aborrecido.
¿Un día posible ha sido
a desunir dos estrellas?
Para presumir por ellas
las flores habrán venido.
Estas, que fueron pompas y alegría
despertando el albor de la mañana,
a la tarde serán lástima vana
durmiendo en brazos de la noche fría.
Este matiz que al cielo desafía,
iris listado de oro, nieve y grana,
será escarmiento de la vida humana,
tanto se emprende en término de un día.
A florecer las rosas madrugaron
y para envejecerse florecieron:
cuna y sepulcro en un botón hallaron.
Tales los hombres sus fortunas vieron:
en un día nacieron y espiraron,
que pasados los siglos horas fueron.
Horror y miedo me has dado:
ni oírte ni verte quiero;
sé el desdichado primero
de quien huye un desdichado.
¿Y las flores?
Si has hallado
jeroglíficos en ellas,
deshacellas y rompellas
solo sabrán mis rigores.
¿Qué culpa tienen las flores?
Parecerse a las estrellas.
¿Quejas?
Ninguna
estimo en su rosicler.
¿Cómo?
Nace la mujer
sujeta a muerte y fortuna,
y en esa estrella importuna
tasada mi vida vi.
¿Flores con estrellas?
Sí.
Aunque sus rigores lloro,
esa propiedad ignoro.
Escucha, sabraslo.
Esos rasgos de luz, esas centellas
que cobran, con amagos superiores,
alimentos del sol en resplandores,
aquello viven que se duelen dellas.
Flores nocturnas son; aunque tan bellas,
efímeras padecen sus ardores:
pues si un día es el siglo de las flores,
una noche es la edad de las estrellas.
De esa, pues, primavera fugitiva
ya nuestro mal, ya nuestro bien se infiere:
registro es nuestro, o muera el sol o viva.
¿Qué duración habrá que el hombre espere,
o qué mudanza habrá que no reciba,
de astro que cada noche nace y muere?
(Vase y sale MULEY.)
A que se ausentase Fénix
en esta parte esperé,
que el águila más amante
huye de la luz tal vez.
¿Estamos solos?
Sí.
Escucha.
¿Qué quieres, noble Muley?
Que sepas que hay en el pecho
de un moro lealtad y fe.
No sé por dónde empezar
a declararme, no sé
si diga cuánto he sentido
este inconstante desdén
del tiempo, este estrago injusto
de la suerte, este cruel
ejemplo del mundo y este
de la fortuna vaivén.
Mas a riesgo estoy si aquí
hablar contigo me ven;
que tratarte sin respeto
es ya decreto del Rey;
y así mi dolor dejando
la voz, que él podrá más bien
explicarse como esclavo,
vengo a arrojarme a esos pies:
yo lo soy tuyo; y así
no vengo, infante, a ofrecer
mi favor, sino pagar
deuda que un tiempo cobré.
La vida que tú me diste
vengo a darte, que hacer bien
es tesoro que se guarda
para cuando es menester.
Y porque el temor me tiene
con grillos de miedo al pie,
y está mi pecho y mi cuello
entre el cuchillo y cordel,
quiero, acortando discursos,
declararme de una vez;
y así digo que esta noche
tendré en la mar un bajel
prevenido; en las troneras
de las mazmorras pondré
instrumentos que desarmen
las prisiones que tenéis;
luego, por parte de afuera,
los candados romperé.
Tú, con todos los cautivos
que Fez encierra y en él,
vuelve a tu patria seguro
de que yo lo quedo en Fez;
pues es fácil el decir
que ellos pudieron romper
la prisión y así los dos
habremos librado bien,
yo el honor y tú la vida;
pues es cierto que, a saber
el Rey mi intento, me diera
por traidor con justa ley;
que no sintiera el morir.
Y porque son menester
para granjear voluntades
dineros, aquí se ve
destas joyas reducido
inumerable interés:
este es, Fernando, el rescate
de mi prisión; esta es
la obligación que te tengo;
que un esclavo noble y fiel
tan inmenso bien habrá
de pagar alguna vez.
Agradecerte quisiera
la libertad pero el Rey
sale al jardín.
¿Ha te visto
conmigo?
No.
Pues no des
que sospechar.
Destos ramos
haré rústico cancel
que me encubra mientras pasa.
(Vase y sale el REY.)
(Aparte.)
Con tal secreto Muley
y Fernando...; y irse el uno
en el punto que me ve
y disimular el otro...:
algo hay aquí que temer;
sea cierto o no sea cierto,
mi temor procuraré
asegurar.) Mucho estimo...
Gran señor, dame tus pies.
...hallarte aquí.
¿Qué me mandas?
He sentido
mucho no llegarme a ver
señor de Ceuta.
Conquista,
coronado de laurel,
sus muros; que a tu valor
mal se podrá defender.
Con más doméstica guerra
se ha de rendir.
¿De qué suerte?
Con abatir y poner
a Fernando en tal estado
que él mismo a Ceuta me dé.
Sabrás pues, Muley amigo,
que yo he llegado a temer
que la persona del Maestre
no está muy segura en Fez;
los cautivos que en estado
tan abatido le ven
se lastiman, y recelo
que se amotinan por él.
Fuera desto, siempre ha sido
poderoso el interés;
que las guardas con el oro
son fáciles de romper.
(Aparte.)
Yo quiero apoyar agora
que todo esto puede ser,
porque de mí no se tenga
sospecha.) Tú temes bien:
fuerza es que quieran libralle.
Pues solo un remedio hallé
porque ninguno se atreva
a atropellar mi poder.
¿Y es, señor?
Muley, que tú
le guardes y a cargo esté
tuyo: a ti no ha de torcerte
ni el temor ni el interés.
Alcaide eres del Infante:
procura el guardarle bien;
porque en cualquiera ocasión
tú me has de dar cuenta dél.
(Vase.)
Sin duda alguna que oyó
nuestros conciertos el Rey
¡válgame Alá!
(Sale FERNANDO.)
¿Qué te aflige?
¿Has escuchado?
Muy bien.
Pues, ¿para qué me preguntas
qué me aflige si me ves
en tan ciega confusión
y, entre mi amigo y el Rey,
el amistad y el honor
hoy en batalla se ven?
Si soy contigo leal,
he de ser traidor al Rey;
ingrato seré contigo
si con él me juzgo fiel.
¿Qué he de hacer? ¡Valedme cielos!,
pues al mismo que llegué
a rendir la libertad
me entrega para que esté
seguro en mi confianza.
¿Qué he de hacer si ha echado el Rey
llave maestra al secreto?
Mas, para acetarlo bien,
te pido que me aconsejes:
dime tú qué debo hacer.
Muley, amor y amistad
en grado inferior se ven
con la lealtad y el honor.
Nadie iguala con el Rey;
él solo es igual contigo;
y así, mi consejo es
que a él le sirvas y me faltes:
tu amigo soy; y porque
esté seguro tu honor,
yo me guardaré también;
que aunque otro llegue a ofrecerme
libertad, no acetaré
la vida, porque tu honor
conmigo seguro esté.
Fernando, no me aconsejas
tan leal como cortés.
Sé que te debo la vida
y que pagártela es bien.
Y así, lo que está tratado
esta noche dispondré:
líbrate tú, que mi vida
se quedará a padecer
tu muerte; líbrate tú,
que nada temo después.
¿Y será justo que yo
sea tirano y cruel
con quien conmigo es piadoso,
y mate al honor cruel
que a mí me está dando vida?
No; y así, te quiero hacer
juez de mi causa y mi vida:
aconséjame también.
¿Tomaré la libertad
de quien queda a padecer
por mí? ¿Dejaré que sea
vano por su honor cruel
por ser liberal conmigo?
¿Qué me aconsejas?
No sé;
que no me atrevo a decir
'sí' ni 'no': el 'no', porque
me pesará que lo diga,
y el 'sí', porque echo de ver
si digo al decir que sí
que no te aconsejo bien.
Sí aconsejas; porque yo,
por mi Dios y por mi ley,
seré un príncipe constante
en la esclavitud de Fez.
Jornada tercera
(Salen MULEY y el REY.)
(Aparte.)
Ya que socorrer no espero
por tantas guardas del Rey
a don Fernando, hacer quiero
sus ausencias, que esta es ley
de un amigo verdadero.)
Señor, pues yo te serví
en tierra y mar como sabes;
si en tu gracia merecí
lugar en penas tan graves:
atento me escucha.
Fernando...
No digas más.
¿Posible es que no me oirás?
No, que en diciendo 'Fernando'
ya me ofendes.
¿Cómo o cuándo?
Como ocasión no me des
de hacer lo que me pidieres
cuando me ruegues por él.v
Si soy su guarda, ¿no quieres,
señor, que dé cuenta dél?
Di, pero piedad no esperes.
Fernando, cuya importuna
suerte, sin piedad alguna,
vive a pesar de la fama,
tanto que el mundo le llama
«el monstruo de la fortuna»,
examinado el rigor,
mejor dijera el 'poder'
de tu corona, señor,
hoy a tan mísero ser
le ha traído su valor;
que en un lugar arrojado,
tan humilde y desdichado
que es indigno de tu oído;
enfermo, pobre y tullido,
piedad pide al que ha pasado;
porque como le mandaste
que en las mazmorras durmiese,
que en los baños trabajase,
que tus caballos curase
y nadie a comer le diese,
a tal extremo llegó,
como era su natural
tan flaco, que se tulló;
y así, la fuerza del mal
brío y majestad rindió;
pasando la noche fría
en una mazmorra dura;
constante en su fe porfía,
y al salir la lumbre pura
del sol, que es padre del día,
los cautivos, ¡pena fiera!,
en una mísera estera
le ponen en tal lugar...
¿Qué es? ¿Direlo? Un muladar,
porque es su olor de manera
que nadie puede sufrille
junto a su casa; y así,
todos dan en despedirle,
y ha venido a estar allí
sin hablarle y sin oírle,
ni compadecerse dél;
solo un criado y un fiel
caballero en pena extraña
le consuela y acompaña;
estos dos parten con él
su porción, tan sin provecho,
que para uno solo es poca
pues cuando los labios toca
se suele pasar al pecho
sin que lo sepa la boca;
y aun estos dos los castiga
tu gente por la piedad
que al dueño a servir obliga;
mas no hay rigor ni crueldad,
por más que ya le persiga,
que dél los pueda apartar:
mientras uno va a buscar
de comer, el otro queda
con quien consolarse pueda
de su desdicha y pesar.
Acaba ya rigor tanto:
ten del Príncipe, señor,
ya que no piedad, horror;
asombro, ya que no llanto.
Bien está Muley.
(Sale FÉNIX.)
Señor,
si ha merecido en tu amor
gracia alguna mi humildad,
hoy a Vuestra Majestad
vengo a pedir un favor.
¿Qué puedo negarte a ti?
Fernando el Maestre...
Está bien;
ya no hay que pasar de ahí.
Horror da a cuantos le ven
en tal estado. De ti
solo merecer quisiera...
Detente, Fénix, espera.
¿Quién a Fernando le obliga
para que su muerte siga,
para que infelice muera?
Si por ser cruel, y fiel
a su fe, sufre castigo
tan dilatado y cruel,
él es el cruel conmigo,
que yo no lo soy con él.
¿No está en su mano salir
de su miseria y vivir?
Pues eso en su mano está:
entregue a Ceuta y saldrá
de padecer y sentir
tantas penas y rigores.
(Sale CELÍN.)
Licencia aguardan que des,
señor, dos embajadores:
de Tarudante uno es,
y el otro del portugués
Alfonso.
(Aparte.)
¡Ay penas mayores!
Sin duda que por mí envía
Tarudante.
(Aparte.)
Hoy perdí, cielos,
la esperanza que tenía:
mátenme amistad y celos;
todo lo perdí en un día.
Entren pues: en este estrado
conmigo te asienta, Fénix.
(Siéntanse.)
(Salen ALFONSO y TARUDANTE, cada uno por su puerta.)
Generoso rey de Fez...
Rey de Fez, altivo y fuerte...
...cuya fama...
...cuya vida...
...nunca muera...
...viva siempre...
(A FÉNIX.)
Y tú, de aquel sol aurora...
Tú, de aquel ocaso oriente...
..a pesar de siglos dures...
...a pesar de tiempos reines...
...porque tengas...
...porque goces...
...felicidades...
...laureles...
...altas dichas...
...triunfos grandes...
...pocos males...
...muchos bienes...
(A DON ALFONSO.)
¿Cómo, mientras hablo yo,
tú cristiano hablar te atreves?
Porque nadie habla primero
que yo donde yo estuviere.
A mí, por ser de nación
alarbe, el lugar me deben
primero; que los extraños,
donde hay propios, no prefieren.
Donde saben cortesía
sí hacen; pues vemos siempre
que dan en cualquiera parte
el mejor lugar al huésped.
Cuando esa razón lo fuera,
aun no pudiera vencerme,
porque el primero lugar
solo se le debe al huésped.
Ya basta; y los dos agora
en mis estrados se sienten:
hable el portugués que, en fin,
por de otra ley se le debe
más honor.
(Aparte.)
Corrido estoy.
Agora yo seré breve.
Alfonso de Portugal,
rey famoso, a quien celebre
la fama en lenguas de bronce
a pesar de envidia y muerte,
salud te envía; y te ruega
que, pues libertad no quiere
Fernando, como su vida
la ciudad de Ceuta cueste,
que remitas su valor
hoy a cuantos intereses
el más avaro codicie,
el más liberal desprecie.
Y que dará en plata y oro
tanto precio como pueden
valer dos ciudades: esto
te pide amigablemente.
Pero si no se le entregas,
que ha de librarle promete
por armas, a cuyo efeto
ya sobre la espalda leve
del mar, ciudades fabrica
de mil armados bajeles:
y jura que a sangre y fuego
ha de librarle y vencerte,
dejando aquesta campaña
llena de sangre; de suerte
que cuando el sol se levante,
halle los matices verdes
esmeraldas, y los pierda
rubíes cuando se acueste.
Aunque como embajador
no me toca responderte,
en cuanto toca a mi rey
puedo, cristiano, atreverme,
porque ya es suyo este agravio,
como hijo que obedece
al Rey, mi señor; y así
decir de su parte puedes
a don Alfonso que venga
porque en término más breve
que hay de la noche a la aurora
vea en púrpura caliente
agonizar estos campos;
tanto, que los cielos piensen
que se olvidaron de hacer
otras flores que claveles.
Si fueras, moro, mi igual,
pudiera ser que se viese
reducida esa vitoria
a dos jóvenes valientes;
mas dile a tu rey que salga
si ganar fama pretende;
que yo haré que salga el mío.
Casi has dicho que lo eres;
y siendo así, Tarudante
sabrá también responderte.
Pues en campaña te espero.
Yo haré que poco me esperes,
porque soy rayo.
Yo viento.
Volcán soy que llamas vierte.
Hidra soy que fuego arroja.
Yo soy furia.
Yo soy muerte.
¿Que no te espantes de oírme?
¡Que no te mueres de verme!
Señores, Vuestras Altezas,
ya que los enojos pueden
correr al sol las cortinas
que le embozan y escurecen,
adviertan que, en tierra mía,
campo aplazarse no puede
sin mí; y así, yo le niego
para que tiempo me quede
de serviros.
No recibo
yo hospedajes y mercedes
de quien recibo pesares.
Por Fernando vengo; el verle
me obligó a llegar a Fez
disfrazado desta suerte.
Antes de entrar en tu corte
supe que a esta quinta alegre
asistías, y así vine
a hablarte porque fin diese
la esperanza que me trujo;
y pues tan mal me sucede,
advierte, señor, que solo
la respuesta me detiene.
La respuesta, rey Alfonso,
será compendiosa y breve:
que si no me das a Ceuta
no hayas miedo que le lleves.
Pues ya he venido por él
y he de llevarle. Prevente
para la guerra que aplazo.
Embajador, o quien eres:
veámonos en campaña.
¡Hoy toda el África tiemble!
(Vase.)
Ya que no pude lograr
la fineza, hermosa Fénix,
de serviros como esclavo,
logre al menos la de verme
a vuestros pies: dad la mano
a quien un alma os ofrece.
Vuestra Alteza, gran señor,
finezas y honras no aumente
a quien le estima, pues sabe
lo que a sí mismo se debe.
(Aparte.)
¿Qué espera quien esto llega
a ver y no se da muerte?
Ya que Vuestra Alteza vino
a Fez impensadamente,
perdone del hospedaje
la cortedad.
No consiente
mi ausencia más dilación
que la de un plazo muy breve;
y supuesto que venía
mi embajador con poderes
para llevar a mi esposa
como tú dispuesto tienes,
no por haberlo yo sido
mi fineza desmerece
la brevedad de la dicha.
En todo, señor, me vences;
y así por pagar la deuda
como porque se previenen
tantas guerras, es razón
que desocupado quede
destos cuidados; y así
volverse luego conviene
antes que ocupen el paso
las amenazadas huestes
de Portugal.
No importara,
porque yo vengo con gente
y ejércitos numerosos,
tal que esos campos parecen
ciudades más que desiertos;
y volveré brevemente
con ella a ser tu soldado.
Pues luego es bien que se apreste
la jornada; pero en Fez
será bien, Fénix, que entres
a alegrar esa ciudad.
¡Muley!
Gran señor.
Prevente;
que con la gente de guerra
has de ir sirviendo a Fénix
hasta que quede segura
y con su esposo la dejes.
(Vase.)
(Aparte.)
Esto solo me faltaba
para que, estando yo ausente,
aun le falte mi socorro
a Fernando y no le quede
esta pequeña esperanza.
(Vanse; y sacan en brazos al infante DON FERNANDO, DON JUAN y cautivos, y sacan una estera en que sentarle.)
Ponedme en aquesta parte
para que goce mejor
la luz que el cielo reparte.
¡Oh inmenso, oh dulce Señor,
qué de gracias debo darte!
Cuando como yo se vía
Job, el día maldecía;
mas era por el pecado
en que había sido engendrado;
pero yo bendigo el día
por la gracia que nos da
Dios en él, pues claro está
que cada hermoso arrebol
y cada rayo del sol
lengua de fuego será
con que le alabo y bendigo.
¿Estás bien así, señor?
Mejor que merezco, amigo.
¡Qué de piedades aquí,
oh Señor, usáis conmigo!
Cuando acaban de sacarme
de un calabozo, me dais
un sol para calentarme:
liberal, Señor, estáis.
CAUTIVO 1.º.
Sabe el cielo si quedarme
y acompañaros quisiera,
mas ya veis que nos espera
el trabajo.
Hijos, adiós.
CAUTIVO 2.º.
¡Qué pesar!
(Vanse.)
CAUTIVO 2.º.
Yo también te he de dejar.
¿Qué haré yo sin tu favor?
Presto volveré, señor;
que solo voy a buscar
algo que comas; porque
después que Muley se fue
de Fez, nos falta en el suelo
todo el humano consuelo;
pero con todo eso, iré
a procurarle; si bien
imposibles solicito
porque ya cuantos me ven,
por no ir contra el edito
que manda que no te den
ni agua tampoco, ni a mí
me venden nada. Señor,
gente viene.
¡Oh si pudiera
mover a alguno a piedad
mi voz para que si quiera
un instante más viviera
padeciendo!
(El REY, TARUDANTE, FÉNIX y CELÍN.)
Gran señor,
por una calle has venido
que es fuerza que hayas de ver
al infante don Fernando.
(A TARUDANTE.)
Acompañarte he querido
porque mi grandeza veas.
Siempre mis honras deseas.
Dalde de limosna hoy
a este pobre algún sustento:
mirad que hombre humano soy
y que, afligido y hambriento,
muriendo de hambre estoy.
Hombres, doleos de mí;
que una fiera de otra fiera
se compadece.
Ya aquí
no hay pedir de esa manera.
¿Cómo he de decir?
Así
«Moros, tened compasión,
y algo que este pobre coma
le dad en esta ocasión,
por el santo zancarrón
del gran profeta Mahoma».
Que tenga fe, en este estado,
más me ofende y más me infama.
¡Infante, Maestre!
El Rey llama.
¿A mí, Brito? Haste engañado:
ni infante ni maestre soy;
el cadáver suyo sí;
y pues ya en la tierra estoy,
aunque infante y maestre fui,
no es ese mi nombre hoy.
Pues no eres maestre ni infante:
respóndeme a mí, Fernando.
Agora, aunque me levante
de la tierra, iré arrastrando
a besar tu pie.
Constante
te muestras a mi pesar:
¿es humildad o valor
esta obediencia?
Es mostrar
cuánto debe respetar
el esclavo a su señor;
y pues que tu esclavo soy
y estoy en presencia tuya,
esta vez tengo de hablarte,
mi rey y señor, escucha:
'rey' te llamé, y aunque seas
de otra ley, es tan augusta
de los reyes la deidad,
tan fuerte y tan absoluta,
que engendra ánimo piadoso;
y así, es forzoso que acudas
a la sangre generosa
con piedad y con cordura;
que aun entre brutos y fieras
este nombre es de tan suma
autoridad, que la ley
de naturaleza ajusta
obediencias; y así leemos,
en repúblicas incultas,
al león, rey de las fieras
que, cuando la frente arruga,
de guedejas se corona:
sé piadoso, pues que nunca
hizo presa en él. Rendido
en las saladas espumas
del mar, el delfín, que es rey
de los peces, le dibujan
escamas de plata y oro,
sobre la espalda cerúlea
coronas, y ya se vio
de una tormenta importuna
sacar los hombres a tierra
porque el mar no los consuma.
El águila caudalosa,
a quien copete de plumas
riza el viento en sus esferas,
de cuantas aves saludan
al sol es emperatriz;
y con piedad noble y justa,
porque brindando no beba
el hombre entre plata pura
su muerte, entre los cristales
mordió la ponzoña dura
del áspid; con pico y alas,
borra, deshace y enturbia.
Aun entre plantas y piedras
se dilata y se dibuja
este imperio: la granada,
a quien coronan las puntas
de una corteza en señal
de que es reina de las frutas,
envenenada marchita
los rubíes que le ilustran
y los convierte en topacios,
color desmayada y mustia;
el diamante, a cuya vida
ni aun el imán ejecuta
su propiedad, que por rey
esta obediencia le jura,
tan noble que la traición
del dueño no disimula,
y la agudeza imposible
de que buriles le pulan
se deshace entre sí mismo,
vuelto en cenizas menudas.
Pues si entre fieras y peces,
plantas, piedras y aves usa
esta majestad de rey
de piedad, no será injusta
entre los hombres, señor,
porque el ser no te disculpa
de otra ley; que la crueldad
en cualquiera ley es una.
No quiero compadecerte
con mis lástimas y angustias
para que me des la vida,
que mi voz no la procura;
que bien sé que he de morir
desta enfermedad que turba
mis sentidos, que mis miembros
discurre, helada y caduca;
bien sé que herido de muerte
estoy, porque no pronuncia
voz la lengua cuyo aliento
no sea una espada aguda;
bien sé, al fin, que soy mortal
y que no hay hora segura,
y por eso dio una forma,
con una materia, en una
semejanza, la razón
al ataúd y a la cuna;
acción nuestra es natural,
cuando recibir procura
algún hombre, alzar las manos
en esta materia juntas,
mas cuando quiere arrojarlo,
de aquella misma acción usa,
pues las vuelve boca abajo
porque así las desocupa:
el mundo, cuando nacimos,
en señal de que nos busca
en la cuna nos recibe
y en ella nos asegura
boca arriba, pero cuando,
o con desdén o con furia
quiere arrojarnos de sí,
vuelve las manos que junta
y aquel instrumento mismo
forma mi materia muda,
pues fue cuna boca arriba
lo que boca abajo es tumba.
Tan cerca vivimos, pues,
de nuestra muerte; tan juntas
tenemos cuando nacimos
el lecho como la cuna:
¿qué aguarda quien esto oye?,
quien esto sabe, ¿qué busca?
Claro está que no será
la vida, no admite duda;
la muerte sí: esta te pido
porque los cielos me cumplan
un deseo de morir
por la Fe; que aunque presumas
que esto es desesperación
porque el vivir me disgusta,
no es sino afecto de dar
la vida en defensa justa
de la Fe, y sacrificar
a él la vida y alma juntas;
y así, aunque pida la muerte,
el afecto me disculpa,
y si la piedad no puede
vencerte, el rigor presuma
obligarte. ¿Eres león?
Pues ya será bien que rujas
y despadeces a quien
te ofende, agravia y injuria.
¿Eres águila? Pues hiere
con el pico y con las uñas
a quien su nido deshace.
¿Eres delfín? Pues anuncia
tormentas al marinero
que el mar deste mundo ocupa.
¿Eres árbol real? Pues muestra
todas las ramas desnudas
a la violencia del tiempo
que iras de Dios ejecuta.
¿Eres diamante hecho polvos?
Pues sé venenosa furia
y cánsate, porque yo,
aunque más tormentas sufra,
aunque más rigores vea,
aunque llore más angustias,
aunque más miserias pase,
aunque halle más desventuras,
aunque más hambre padezca,
aunque mis carnes no cubran
estas ropas y aunque sea
mi esfera esta estancia sucia,
firme he de estar en mi fe,
porque es el sol que me alumbra,
porque es la luz que me guía,
es el laurel que me ilustra.
No has de triunfar de la Iglesia;
de mí, si quisieres, triunfa.
Dios defenderá mi causa
pues yo defiendo la suya.
¿Posible es que en tales penas
blasones y te consueles?
Siendo propias, ¿que condenes?
No me duela siendo ajenas;
que, pues tu muerte causó
tu misma mano y yo no,
no esperes piedad de mí:
ten tú lástima de ti,
Fernando, y tendrela yo.
(Vase.)
Señor, Vuestra Majestad
me valga.
¡Que desventura!
(Vase.)
Si es alma de la hermosura
esa divina deidad,
vós, señora, me amparad
con el Rey.
¡Qué gran dolor!
¿Aún no me miráis?
¡Qué horror!
Hacéis bien, que vuestros ojos
no son para ver enojos.
¡Qué lastima! ¡Qué dolor!
Pues aunque no me miréis,
señora, es bien que sepáis
que aunque tan bella os juzgáis,
que más que yo no valéis
y yo quizá valgo más.
Horror con tu voz me das
y con tu aliento me hieres;
déjame, hombre, ¿qué me quieres
que no puedo sentir más?
(Vase.)
(Sale DON JUAN con un pan.)
Por alcanzar este pan
que traerte, me han seguido
los moros y me han herido
con los palos que me dan.
Esa es la herencia de Adán.
Toma.
Ya, amigo leal,
tarde llegas; que mi mal
es mortal.
Deme el cielo
en tantas penas consuelo.
Pero, ¿qué mal no es mortal
si mortal el hombre es?
Y, en este confuso abismo,
la enfermedad de sí mismo
le viene a matar después.
Hombre, mira que no estés
descuidado, la verdad
sigue; que hay eternidad,
y otra enfermedad no esperes
que te avise pues tú eres
tu mayor enfermedad.
Pisando la tierra dura
de continuo el hombre está,
y cada paso que da
es sobre su sepultura;
triste ley, sentencia dura
es saber en cualquier caso
cada paso, ¡gran fracaso!,
es para andar adelante,
y Dios no es a hacer bastante
que no haya dado aquel paso:
amigos mi fin llegó;
llevadme de aquí en los brazos.
Serán los últimos lazos
de mi vida.
Lo que os ruego,
noble don Juan, es que luego
que espire me desnudéis;
en la mazmorra hallaréis
de mi religión el manto
que le truje tiempo tanto;
con este me enterraréis
descubierto si el rey fiero
ablanda la saña dura
dándome la sepoltura;
esta señalad, que espero
que, aunque hoy cautivo muero,
rescatado he de gozar
el sufragio del Altar;
que pues yo os he dado a Vós
tantas iglesias, mi Dios,
alguna me habéis de dar.
(Llévanle.)
(El infante DON ALFONSO y soldados con arcabuces.)
Dejad a la inconstante
playa azul esa máquina arrogante
de naves que, causando al cielo asombros,
el mar sustenta en sus nevados hombros;
y en estos horizontes
aborten gente los preñados montes
del mar, siendo, con máquinas de fuego,
cada bajel un edificio griego.
(Sale ENRIQUE.)
Señor, tú no quisiste que saliera
nuestra gente de Fez en la ribera
y este puesto escogiste
para desembarcar: infeliz fuiste
porque, por una parte,
marchando viene el numeroso marte,
cuyo ejército al viento desvanece
y los collados de los montes crece;
Tarudante conduce gente tanta,
llevando a su mujer, felice infanta,
de Fez hacia Marruecos;
mas respondan las lenguas de los ecos.
Enrique, a eso he venido
a esperalle a este paso, que no ha sido
esa elección acaso; prevenida
estaba, y la razón está entendida:
si yo a desembarcar a Fez llegara,
esa gente y la suya en ella hallara;
y estando divididos,
hoy con menos poder están vencidos;
y antes que se prevengan
toca al arma.
Señor, advierte y mira
que es sin tiempo esta guerra.
Ya mi ira
ningún consejo alcanza;
no se dilate un punto esta venganza:
entre en mi brazo fuerte
por África el azote de la muerte.
Mira que ya la noche,
envuelta en sombras, el luciente coche
del sol esconde entre las sombras puras.
Pelearemos a escuras;
que a la Fe que me anima,
ni el tiempo ni el poder la desanima.
Fernando, si el martirio que padeces,
pues es suya la causa, a Dios le ofreces,
cierta es la vitoria;
mío será el honor, mía la gloria.
Tu orgullo altivo yerra.
(Dentro.)
Embiste, gran Alfonso. ¡Guerra! ¡Guerra!
¿Oyes confusas voces
romper los vientos tristes y veloces?
Sí, y en ellos se oyeron
trompetas que a embestir señal hicieron.
Pues a embestir, Enrique; que no hay duda
que el cielo nos ayuda.
(Sale FERNANDO.)
Sí ayuda.
Porque obligando al cielo,
que vio tu fe, tu religión, tu celo,
hoy tu causa defiende:
librarme a mí de esclavitud pretende;
porque por raro ejemplo
por tantos templos, Dios me ofrece un templo;
y con esta luciente
antorcha desasida del oriente,
tu ejército arrogante
alumbrando he de ir siempre delante
para que hoy en trofeos
iguales, grande Alfonso, en tus deseos,
llegues a Fez, no a coronarte agora,
sino a librar mi ocaso en el aurora.
(Vase.)
Dudando estoy, Alfonso, lo que veo.
Yo no: todo lo creo;
y si es de Dios la gloria,
no digas 'guerra' ya sino 'vitoria'.
(Vanse.)
(El REY, CELÍN y en lo alto del tablado DON JUAN y un cautivo y el INFANTE en un ataúd -que se vea la caja no más-.)
Bárbaro, gózate aquí
de que, tirano, quitaste
la mejor vida.
¿Quién eres?
Un hombre que, aunque me maten,
no he de dejar a Fernando,
y aunque de congoja rabie,
he de ser perro leal
que en muerte he de acompañarle.
Cristianos: ese padrón,
que a las futuras edades
informe de mi justicia;
que rigor no ha de llamarse
venganza de agravios hechos
contra personas reales.
Venga Alfonso agora; venga
con arrogancia a sacarle
de esclavitud; que aunque yo
perdí esperanzas tan grandes
de que Ceuta fuese mía,
porque las pierda arrogante
de su libertad, me huelgo
de verle en estrecha cárcel.
Aun muerto no ha de estar libre
de mis rigores notables,
y así puesto a la vergüenza
quiero que esté a cuantos pasen.
Presto verás tu castigo,
que por campañas y mares
ya descubro desde aquí
mis cristianos estandartes.
Subamos a la muralla
a saber sus novedades.
(Vanse.)
Arrastrando las banderas
y destemplados los parches,
muertas las cuerdas y luces,
todas son tristes señales.
(Tocan cajas destempladas; sale el infante DON FERNANDO con una hacha alumbrando al infante DON ALFONSO y ENRIQUE, que traen cautivos a TARUDANTE, FÉNIX y MULEY y todos los soldados.)
En el horror de la noche,
por sendas que nadie sabe,
te guíe: ya con el sol
pardas nubes se deshacen.
Vitorioso, gran Alfonso,
a Fez conmigo llegaste:
este es el muro de Fez;
trata en él de mi rescate.
(Vase.)
¡Ha de los muros! ¡Decid
al Rey que salga a escucharme!
(El REY y CELÍN al muro.)
¿Qué quieres, valiente joven?
Que me entregues al Infante,
al maestre don Fernando,
y te daré por rescate
a Tarudante y a Fénix
que presos están delante.
Escoge lo que quisieres:
morir Fénix o entregalle.
¿Qué he de hacer, Celín, amigo,
en confusiones tan grandes?
Fernando es muerto y mi hija
está en su poder: mudable
condición de la fortuna
que a tal estado me trae.
¿Qué es esto, señor? Pues viendo
mi persona en este trance,
mi vida en este peligro,
mi honor en este combate,
¿dudas qué has de responder?
¿Un minuto, ni un instante,
de dilación te permite
el deseo de librarme?
En tu mano está mi vida,
¿y consientes, ¡pena grave!,
¡dolor fiero!, que la mía
injustas prisiones aten?
A tu voz está pendiente
mi vida, ¡rigor notable!,
¿y permites que la mía
turbe la esfera del aire?
A tus ojos ves mi pecho
rendido a un desnudo alfanje,
¿y consientes que los míos
tiernas lágrimas derramen?
Siendo rey, ¿has sido fiera?
Siendo padre, ¿fuiste áspid?
Siendo juez, ¿eres verdugo?
Ni eres rey, jüez ni padre.
Fénix, no es la dilación
de la respuesta negarte
la vida, cuando los cielos
quieren que contigo acabe.
Y puesto que ya es forzoso
que una ni otra se dilate,
sabe, Alfonso, que a la hora
que Fénix le vio ayer tarde,
con el sol llegó al ocaso
sepultándose en dos mares,
de la muerte y de la espuma,
juntos el sol y el Infante;
esa caja humilde y breve
es de su cuerpo el engaste:
da la muerte a Fénix bella;
venga tu sangre en mi sangre.
¡Ay de mí! ¡Ya mi esperanza
de todo punto se acabe!
Ya no me queda remedio
para vivir un instante.
¡Válgame el cielo! ¡Qué escucho!
¡Qué tarde, cielos, qué tarde
le llegó la libertad!
No digas tal; que si antes
Fernando en sombras nos dijo
que de esclavitud le saque:
por su cadáver lo dijo;
porque goce su cadáver
por muchos templos un templo,
y a él se ha de hacer el rescate.
Rey de Fez, porque no pienses
que muerto Fernando vale
menos que aquesta hermosura,
por él cuando muerto yace
te la trueco; envía pues
la nieve por los cristales,
el enero por los mayos,
las rosas por los diamantes,
y al fin un muerto infelice
por una divina imagen.
¿Qué dices, invicto Alfonso?
Que esos cautivos le bajen.
Precio soy de un hombre muerto:
cumplió el cielo su homenaje.
Por el muro descolgad
el ataúd y entregalde;
que para hacer las entregas
a sus pies voy a arrojarme.
(Vase; y bajen el ataúd con cuerdas por el muro.)
En mis brazos os recibo
divino príncipe mártir.
Yo, hermano, aquí te respeto.
Dame, invicto Alfonso, dame
la mano.
Don Juan, amigo,
buena cuenta del Infante
me habéis dado.
Hasta su muerte
le acompañé; hasta mirarle
libre, vivo y muerto estuve
con él: mirad dónde yace.
Dadme tío vuestra mano;
que aunque necio y ignorante
a sacaros de peligro
vine, gran señor, tan tarde,
en la muerte, que es mayor,
se muestran las amistades.
En un templo soberano
haré depósitos graves
de vuestro sagrado cuerpo.
A Fénix y a Tarudante
te entrego, Rey, y te pido
que aquí con Muley la cases
por el amistad que sé
que tuvo con el Infante.
Agora llegad, cautivos:
ved vuestro santo y llevalde
en hombros hasta la armada.
Todos es bien te acompañen.
Al son de dulces trompetas
y templadas cajas, marchen
el ejército con orden
de entierro; para que acabe
pidiendo perdón aquí,
de yerros que son tan grandes,
el católico Fernando,
príncipe, en la Fe, constante.