Jornada primera
JORNADA PRIMERA
ESCENA I
((Sale) PAULO (de ermitaño).)
¡Dichoso albergue mío!
¡Soledad apacible y deleitosa,
que en el calor y el frío
me dais posada en esta selva umbrosa,
donde el huésped se llama
o verde hierba o pálida retama!
Agora, cuando el alba
cubre las esmeraldas de cristales,
haciendo al sol la salva,
que de su coche sale por jarales,
con manos de luz pura
quitando sombras de la noche oscura,
salgo de aquesta cueva
que en pirámides altos de estas peñas
naturaleza eleva,
y a las errantes nubes hace señas
para que noche y día,
ya que no hay otra, le haga compañía.
Salgo a ver este cielo,
alfombra azul de aquellos pies hermosos.
¿Quién, ¡oh celestes cielos!
aquesos tafetanes luminosos
rasgar pudiera un poco
para ver...? ¡Ay de mí! Vuélvome loco.
Mas ya que es imposible,
y sé cierto, Señor, que me estáis viendo
desde ese inaccesible
trono de luz hermoso, a quien sirviendo
están ángeles bellos,
más que la luz del sol hermosos ellos,
mil glorias quiero daros
por las mercedes que me estáis haciendo
sin saber obligaros.
¿Cuándo yo merecí que del estruendo
me sacarais del mundo,
que es umbral de las puertas del profundo?
¿Cuándo, Señor divino,
podrá mi indignidad agradeceros
el volverme al camino,
que, si yo lo conozco, es fuerza el veros,
y tras esta victoria,
darme en aquestas selvas tanta gloria?
Aquí los pajarillos,
amorosas canciones repitiendo
por juncos y tomillos,
de Vos me acuerdan, y yo estoy diciendo:
“Si esta gloria da el suelo,
¿qué gloria será aquella que da el Cielo?”
Aquí estos arroyuelos,
jirones de cristal en campo verde,
me quitan mis desvelos,
y son causa a que de Vos me acuerde;
¡tal es el gran contento
que infunde al alma su sonoro acento!
Aquí silvestres flores
el fugitivo tiempo aromatizan,
y de varios colores
aquesta vega humilde fertilizan.
Su belleza me asombra:
calle el tapete y berberisca alfombra.
Pues con estos regalos,
con aquestos contentos y alegrías,
¡bendito seas mil veces,
inmenso Dios, que tanto bien me ofreces!
Aquí pienso seguirte,
ya que el mundo dejé para bien mío;
aquí pienso servirte,
sin que jamás humano desvarío,
por más que abra la puerta
el mundo a sus engaños, me divierta.
Quiero, Señor divino,
pediros de rodillas húmilmente
que en aqueste camino
siempre me conservéis piadosamente.
Ved que el hombre se hizo
de barro vil, de barro quebradizo.
ESCENA II
((Sale) PEDRISCO (con un haz de hierba. Pónese) PAULO de rodillas, y elévase.)
Como si fuera borrico
vengo de hierba cargado,
de quien el monte está rico:
si esto como, ¡desdichado!,
triste fin me pronostico.
De mi tierra me sacó
Paulo, diez años habrá,
y a aqueste monte apartó;
él en una cueva está,
y en otra cueva estoy yo.
Aquí penitencia hacemos,
y sólo hierbas comemos,
y a veces nos acordamos
de lo mucho que dejamos
por lo poco que tenemos.
Aquí al sonoro raudal
de un despeñado cristal,
digo a estos olmos sombríos:
“¿Dónde estáis, jamones míos,
que no os doléis de mi mal?
Cuando yo solía cursar
la ciudad y no las peñas
(¡memorias me hacen llorar!),
de las hambres más pequeñas
gran pesar solíais tomar.
Erais, jamones, leales:
bien os puedo así llamar,
pues merecéis nombres tales,
aunque ya de las mortales
no tengáis ningún pesar.”
ESCENA III
[PAULO _sueña que la muerte le hiere en el corazón, y al quedar su cuerpo “como despojo de la madre tierra”, el alma libertada se presenta ante el Tribunal de Dios, donde ve con espanto que sus culpas pesan más que sus buenas obras en la balanza del Justicia mayor del Cielo; el Juez santo le condena al Infierno_.]
Con aquella fatiga y aquel miedo
desperté, aunque temblando, y no vi nada
si no es mi culpa, y tan confuso quedo,
que si no es a mi suerte desdichada,
o traza del contrario, ardid o enredo,
que vibra contra mí su ardiente espada,
no sé a qué lo atribuya. Vos, Dios santo,
me declarad la causa de este espanto.
¿Heme de condenar, mi Dios divino,
como este sueño dice, o he de verme
en el sagrado alcázar cristalino?
Aqueste bien, Señor, habéis de hacerme.
¿Qué fin he de tener? Pues un camino
sigo tan bueno, no queráis tenerme
en esta confusión, Señor eterno.
¿He de ir a vuestro Cielo, o al Infierno?
Treinta años de edad tengo, Señor mío,
y los diez he gastado en el desierto,
y si viviera un siglo, un siglo fío
que lo mismo ha de ser: esto os advierto.
Si esto cumplo, Señor, con fuerza y brío,
¿qué fin he de tener? Lágrimas vierto.
Respondedme, Señor; Señor eterno,
¿he de ir a vuestro Cielo, o al Infierno?
ESCENA IV
((Aparece el) DEMONIO (en lo alto de una peña).)
Diez años ha que persigo
a este monje en el desierto,
recordándole memorias
y pasados pensamientos;
siempre le he hallado firme,
como un gran peñasco opuesto.
Hoy duda en su fe, que es duda
de la fe lo que hoy ha hecho,
porque es la fe en el cristiano
que sirviendo a Dios y haciendo
buenas obras, ha de ir
a gozar de Él en muriendo.
Este, aunque ha sido tan santo,
duda de la fe, pues vemos
que quiere del mismo Dios,
estando en duda, saberlo.
En la soberbia también
ha pecado: caso es cierto.
Nadie como yo lo sabe,
pues por soberbio padezco.
Y con la desconfianza
le ha ofendido, pues es cierto
que desconfía de Dios
el que a su fe no da crédito.
Un sueño la causa ha sido;
y el anteponer un sueño
a la fe de Dios, ¿quién duda
que es pecado manifiesto?
Y así me ha dado licencia
el Juez más supremo y recto
para que con más engaños
le incite agora de nuevo.
Sepa resistir valiente
los combates que le ofrezco,
pues supo desconfiar
y ser, como yo, soberbio.
De ángel tomaré la forma,
y responderé a su intento
cosas que le han de costar
su condenación, si puedo.
((Quítase el) DEMONIO (la túnica y queda de ángel).)
¡Dios mío! Aquesto os suplico.
¿Salvaréme, Dios inmenso?
¿Iré a gozar vuestra gloria?
Que me respondáis espero.
Dios, Paulo, te ha escuchado,
y tus lágrimas ha visto.
¡Qué mal el temor resisto! ((Aparte.))
Ciego en mirarlo he quedado.
Me ha mandado que te saque
de esa ciega confusión,
porque esa vana ilusión
de tu contrario se aplaque.
Ve a Nápoles, y a la puerta
que llaman allá del Mar,
que es por donde tú has de entrar
a ver tu ventura cierta
o tu desdicha, verás
cerca de allá (estáme atento)
un hombre...
¡Qué gran contento
con tus razones me das!
...que Enrico tiene por nombre,
hijo del noble Anareto.
Conocerásle, en efeto,
por señas que es gentilhombre,
alto de cuerpo y gallardo.
No quiero decirte más,
porque apenas llegarás
cuando le veas.
Aguardo
lo que le he de preguntar
cuando le llegare a ver.
Sólo una cosa has de hacer.
¿Qué he de hacer?
Verle y callar,
contemplando sus acciones,
sus obras y sus palabras.
En mi pecho ciego labras
quimeras y confusiones.
¿Sólo eso tengo de hacer?
Dios que en él repares quiere,
porque el fin que aquél tuviere
ese fin has de tener. ((Desaparece.))
¡Oh misterio soberano!
¿Quién este Enrico será?
Por verle me muero ya.
¡Qué contento estoy! ¡qué ufano!
ESCENAS V A X
[PAULO, (acompañado de) PEDRISCO, (se dispone a ir a Nápoles. El) DEMONIO ha logrado su plan, pues ha infundido la duda en el espíritu del ermitaño.]
Bien mi engaño va trazado.
Hoy verá el desconfiado
de Dios y de su poder
el fin que viene a tener,
pues él propio lo ha buscado.
ESCENAS XI Y XII
[PAULO (y) PEDRISCO llegan a la Puerta del Mar, en Nápoles, sitio designado por el Demonio para que conozcan a Enrico.]
Maravillado estoy de tal suceso.
Secretos son de Dios.
¿De modo, padre,
que el fin que ha de tener aqueste Enrico,
ha de tener también?
Faltar no puede
la palabra de Dios: el ángel suyo
me dijo que si Enrico se condena,
me he de condenar; y si él se salva,
también me he de salvar.
Sin duda, padre,
que es un santo varón aqueste Enrico.
Eso mismo imagino.
Esta es la puerta
que llaman de la Mar.
Aquí me manda
el ángel que le aguarde.
((Aparece) ENRICO (con sus compañeros).)
Deteneos, Enrico.
Al mar he de arrojalle, vive el cielo.
A Enrico oí nombrar.
¿Gente mendiga
ha de haber en el mundo?
Deteneos.
Podrásme detener en arrojándole.
¿Dónde vas? Detente.
No hay remedio:
harta merced te hago, pues te saco
de tan grande miseria.
¡Qué habéis hecho!
((Salen todos.))
Llegóme a pedir un pobre una limosna;
dolióme el verle con tan gran miseria;
y por que no llegase a avergonzarse
otro desde hoy, cogíle en brazos
y le arrojé en el mar.
¡Delito inmenso!
Ya no será más pobre, según pienso.
¡Algún diablo limosna te pidiera!
¡Siempre has de ser cruel!
No me repliques,
que haré contigo y los demás lo mismo.
Dejemos eso agora, por tu vida.
Sentémonos los dos, Enrico amigo.
PAULO ((a) PEDRISCO).
A éste han llamado Enrico.
Será otro.
¿Querías tú que fuese este mal hombre,
que en vida está ya ardiendo en los infiernos?
Aguardemos a ver en lo que para.
Pues siéntense voarcedes, porque quiero
haya conversación.
Muy bien ha dicho.
Siéntese Celia aquí.
Ya estoy sentada.
Tú, conmigo, Lidora.
Lo mismo digo yo, seor Escalante.
Siéntese aquí, Roldán.
Ya voy, Cherinos
¡Mire qué buenas almas, padre mío!
Lléguese más, verá de lo que tratan.
¡Que no viene mi Enrico!
Mire y calle,
que somos pobres, y este desalmado
no nos eche en la mar.
Agora quiero
que cuente cada uno de vuarcedes
las hazañas que ha hecho en esta vida.
Quiero decir... hazañas... latrocinios,
cuchilladas, heridas, robos, muertes,
salteamientos y cosas de este modo.
Muy bien ha dicho Enrico.
Y al que hubiere
hecho mayores males, al momento
una corona de laurel le pongan,
cantándole alabanzas y motetes.
Soy contento.
Comience, seo Escalante.
¡Que esto sufre el Señor!
Nada le espante.
Yo digo ansí.
¡Qué alegre y satisfecho!
Veinticinco pobretes tengo muertos,
seis casas he escalado, y treinta heridas
he dado con la chica.
¡Quién te viera
hacer en una horca cabriolas!
Diga, Cherinos.
¡Qué ruin nombre tiene!
¡Cherinos! Cosa poca.
De capas que he quitado en esta vida
y he vendido a un ropero, está ya rico.]
[Ilustración:
Yo comienzo:
No he muerto a ningún hombre; pero he dado
más de cien puñaladas.
¿Y ninguna
fué mortal?
Amparóles la fortuna.
De capas que he quitado en esta vida
y he vendido a un ropero, está ya rico.
¿Véndelas él?
¿Pues no?
¿No las conocen?
Por quitarse de aquestas ocasiones
las convierte en ropillas y calzones.
¿Habéis hecho otra cosa?
No me acuerdo.
¿Mas que le absuelve ahora el ladronazo?
Y tú, ¿qué has hecho, Enrico?
Oigan voarcedes.
Nadie cuente mentiras.
Yo soy hombre
que en mi vida las dije.
Tal se entiende.
¿No escucha, padre mío, estas razones?
Estoy mirando a ver si viene Enrico.
Haya, pues, atención.
Nadie te impide.
¡Miren a qué sermón atención pide!
Yo nací mal inclinado,
como se ve en los efectos
del discurso de mi vida
que referiros pretendo.
Con regalos me crié
en Nápoles, que ya pienso
que conocéis a mi padre,
que aunque no fué caballero
ni de sangre generosa,
era muy rico, y yo entiendo
que es la mayor calidad
el tener, en este tiempo.
Hurtaba a mi viejo padre,
arcas y cofres abriendo,
los vestidos que tenía,
las joyas y los dineros.
Jugaba, y digo jugaba
para que sepáis con esto
que de cuantos vicios hay
es el primer padre el juego.
Quedé pobre y sin hacienda,
y yo --me he enseñado a hacerlo--,
di en robar de casa en casa
cosas de pequeño precio.
Iba a jugar, y perdía;
mis vicios iban creciendo.
Di luego en acompañarme
con otros del arte mesmo:
escalamos siete casas,
dimos la muerte a sus dueños;
lo robado repartimos
para dar caudal al juego.
De cinco que éramos todos,
sólo los cuatro prendieron,
y nadie me descubrió,
aunque les dieron tormento.
Pagaron en una plaza
su delito, y yo con esto,
de escarmentado, acogíme
a hacer a solas mis hechos.
A treinta desventurados
yo solo y aqueste acero,
que es de la muerte ministro,
del mundo sacado habemos:
los diez, muertos por mi gusto,
y los veinte me salieron,
uno con otro, a doblón.
Diréis que es pequeño precio:
es verdad; mas, voto a Dios,
que en faltándome el dinero,
que mate por un doblón
a cuantos me están oyendo.
No respeto a religiosos:
de sus iglesias y templos
seis cálices he robado
y diversos ornamentos
que sus altares adornan.
Ni a la justicia respeto:
mil veces me he resistido
y a sus ministros he muerto;
tanto, que para prenderme
no tienen ya atrevimiento.
Y, finalmente, yo estoy
preso por los ojos bellos
de Celia, que está presente:
todos la tienen respeto
por mí, que la adoro; y cuando
sé que la sobran dineros,
con lo que me da, aunque poco,
mi viejo padre sustento,
que ya le conoceréis
por el nombre de Anareto.
Cinco años ha que tullido
en una cama le tengo,
y tengo piedad con él
por estar pobre el buen viejo;
y como soy causa al fin
de ponelle en tal extremo,
por jugarle yo su hacienda
el tiempo que fuí mancebo.
Todo es verdad lo que he dicho,
voto a Dios, y que no miento.
Juzgad ahora vosotros
cuál merece mayor premio.
Cierto, padre de mi vida,
que con servicios tan buenos,
que puede ir a pretender
éste a la corte.
Confieso
que tú el lauro has merecido.
Y yo confieso lo mesmo.
Todos lo mesmo decimos.
El laurel darte pretendo.
Vivas, Celia, muchos años.
Toma, mi bien; y con esto,
pues que la merienda aguarda,
nos vamos.
Muy bien has hecho.
Digan todos: “¡Viva Enrico!”
¡Viva el hijo de Anareto!
Al punto todos nos vamos a holgarnos
y entretenernos.
((Vanse.))
ESCENA XIII
Salid, lágrimas; salid,
salid apriesa del pecho,
no lo dejéis de vergüenza.
¡Qué lastimoso suceso!
¿Qué tiene, padre?
¡Ay, hermano!
Penas y desdichas tengo.
Este mal hombre que he visto
es Enrico.
¿Cómo es eso?
Las señas que me dió el ángel
son suyas.
¿Es eso cierto?
Sí, hermano, porque me dijo
que era hijo de Anareto,
y aquéste también lo ha dicho.
Pues aquéste ya está ardiendo
en los infiernos.
Eso sólo es lo que temo.
El ángel de Dios me dijo
que si éste se va al Infierno,
que al Infierno tengo de ir,
y al Cielo, si éste va al Cielo.
Pues al Cielo, hermano mío,
¿cómo ha de ir éste, si vemos
tantas maldades en él,
tantos robos manifiestos,
crueldades y latrocinios
y tan viles pensamientos?
En eso, ¿quién pone duda?
Tan cierto se irá al infierno
como el despensero Judas.
¡Gran Señor! ¡Señor eterno!
¿Por qué me habéis castigado
con castigo tan inmenso?
Diez años y más, Señor,
ha que vivo en el desierto
comiendo hierbas amargas,
salobres aguas bebiendo,
sólo porque Vos, Señor,
Juez piadoso, sabio, recto,
perdonarais mis pecados.
¡Cuán diferente lo veo!
Al Infierno tengo de ir.
¡Ya me parece que siento
que aquellas voraces llamas
van abrasando mi cuerpo!
¡Ay! ¡Qué rigor!
Ten paciencia.
¿Qué paciencia o sufrimiento
ha de tener el que sabe
que se ha de ir a los Infiernos?
¡Al Infierno!, centro obscuro,
donde ha de ser el tormento
eterno y ha de durar
lo que Dios durare. ¡Ah, Cielo!
¡Que nunca se ha de acabar!
¡Que siempre han de estar ardiendo
las almas! ¡Siempre! ¡Ay de mí!
Sólo oírle me da miedo.
Padre, volvamos al monte.
Que allá volvamos pretendo;
pero no a hacer penitencia,
pues que ya no es de provecho.
Dios me dijo que si aquéste
se iba al Cielo, me iría al Cielo,
y al profundo, si al profundo.
Pues es ansí, seguir quiero
su misma vida; perdone
Dios aqueste atrevimiento:
si su fin he de tener,
tenga su vida y sus hechos;
que no es bien que yo en el mundo
esté penitencia haciendo,
y que él viva en la ciudad
con gustos y con contentos,
y que a la muerte tengamos
un fin.
Es discreto acuerdo.
Bien has dicho, padre mío.
En el monte hay bandoleros:
bandolero quiero ser,
porque así igualar pretendo
mi vida con la de Enrico,
pues un mismo fin tenemos.
Tan malo tengo de ser
como él, y peor si puedo;
que pues ya los dos estamos
condenados al Infierno,
bien es que antes de ir allá
en el mundo nos venguemos.
Jornada segunda
JORNADA SEGUNDA
ESCENAS I A XV
[GALVÁN, ESCALANTE y otros rufianes compañeros de Enrico tienen concertado para aquella noche un robo en la casa de Octavio el Genovés. Mientras aquéllos hacen los preparativos(, ENRICO )va a cuidar de su padre ANARETO.]
Pues mientras ellos se tardan,
y el manto lóbrego aguardan
que su remedio ha de ser,
quiero un viejo padre ver
que aquestas paredes guardan.
Cinco años ha que le tengo
en una cama tullido,
y tanto a estimarle vengo,
que, con andar tan perdido,
a mi costa le mantengo.
De lo que de noche puedo,
varias casas escalando,
robar con cuidado o miedo,
voy su sustento aumentando,
y a veces sin él me quedo.
Que esta virtud solamente
en mi virtud distraída
conservo piadosamente:
que es deuda al padre debida
el serle el hijo obediente.
((Descubre su padre en una silla.))
Aquí está; quiérole ver.
Durmiendo está, al parecer.
¿Padre?
¡Mi Enrico querido!
Del descuido que he tenido
perdón espero tener
de vos, padre de mis ojos.
¿Heme tardado?
No, hijo.
No os quisiera dar enojos.
En verte me regocijo.
No el sol por celajes rojos
saliendo a dar resplandor
a la tiniebla mayor
que espera tan alto bien
parece al día tan bien
como vos a mí, señor.
Que vos para mí sois sol,
y los rayos que arrojáis
dese divino arrebol,
son las canas con que honráis
este reino.
Eres crisol
donde la virtud se apura.
¿Habéis comido?
Yo, no.
Hambre tendréis.
La ventura
de mirarte me quitó
la hambre.
No me asegura,
padre mío, esa razón,
nacida de la afición
tan grande que me tenéis;
pero agora comeréis,
que las dos pienso que son
de la tarde. Ya la mesa
os quiero, padre, poner.
De tu cuidado me pesa.
Todo esto y más ha de hacer
el que obediencia profesa.
(Del dinero que jugué [(Aparte.)]
un escudo reservé
para comprar qué comiese;
porque, aunque al juego le pese,
no ha de faltar esta fe.)
Aquí traigo en el lenzuelo,
padre mío, qué comáis.
Estimad mi justo celo.
Bendito, mi Dios, seáis
en la tierra y en el cielo,
pues que tal hijo me distes,
cuando tullido me vistes,
que mis pies y manos sea.
Comed, por que yo lo vea.
Miembros cansados y tristes,
ayudadme a levantar.
Yo, padre, os quiero ayudar.
Fuerza me infunden tus brazos.
Quisiera en estos abrazos
la vida poderos dar.
Y digo, padre, la vida,
porque tanta enfermedad
es ya muerte conocida.
La divina voluntad
se cumpla.
Ya la comida
os espera. ¿Llegaré
la mesa?
No, hijo mío,
que el sueño me vence.
¿A fe?
Pues dormid.
Dádome ha un frío
muy grande.
Yo os llegaré
la ropa.
Vencióle el sueño,
que es de los sentidos dueño,
a dar la mejor lición.
Quiero la ropa llegalle,
y de esta suerte dejalle.
[(Sale a la calle, donde) GALVÁN le recuerda que tiene que asesinar a( ALBANO, )pues ha recibido ya la mitad de la paga por el crimen. ENRICO _se dispone a cometer el asesinato; pero al ver que su víctima es un pobre anciano, el recuerdo de su padre le hace desistir de tal propósito. El que le había pagado el crimen se presenta a reclamar a( ENRICO )el dinero por no haber cumplido su compromiso, y ENRICO, (indignado, lo acuchilla sin piedad. En aquel momento, el) GOBERNADOR, (con la gente a sus órdenes, se presenta para prender a) ENRICO; (éste y) GALVÁN (se defienden y matan al) GOBERNADOR; pero, al fin, viéndose acosados, se arrojan al mar. Entre tanto(, PAULO, )en compañía de( PEDRISCO, )se había convertido en capitán de una cuadrilla de bandoleros, que tenía aterrorizada a la comarca por la crueldad de sus crímenes. De vez en cuando tiene algún remordimiento de conciencia._]
(PAULO (en el campo).)
(No desconfíe ninguno,)
(aunque grande pecador,)
(de aquella misericordia)
(de que más se precia Dios.)
¿Qué voz es esta que suena?
La gran multitud, señor,
desos robles nos impide
ver dónde viene la voz.
(Con firme arrepentimiento)
(de no ofender al Señor)
(llegue el pecador humilde,)
(que Dios le dará perdón.)
Subid los dos por el monte,
y ved si es algún pastor
el que canta este romance.
A verlo vamos los dos.
(Su Majestad soberana)
(da voces al pecador)
(porque le llegue a pedir)
(lo que a ninguno negó.)
((Sale por el monte un) PASTORCILLO, (tejiendo una corona de flores).)
Baja, baja, pastorcillo;
que ya estaba, vive Dios,
confuso con tus razones,
admirado con tu voz.
¿Quién te enseñó ese romance,
que le escucho con temor,
pues parece que en ti habla
mi propia imaginación?
Este romance que he dicho
Dios, señor, me le enseñó;
o la Iglesia, su Esposa,
a quien en la tierra dió
poder suyo.
Bien dijiste.
Advierte que creo en Dios.
¿Y Dios ha de perdonar
a un hombre que le ofendió
con obras y con palabras
y pensamientos?
¿Pues no?
Aunque sus ofensas sean
más que átomos del sol,
y que estrellas tiene el cielo,
y rayos la luna dió,
y peces el mar salado
en sus cóncavos guardó.
Esta es su misericordia;
que con decirle al Señor:
(Pequé), (pequé), muchas veces,
le recibe al pecador
en sus amorosos brazos;
que, en fin, hace como Dios.
Porque si no fuera aquesto,
cuando a los hombres crió,
no los criara sujetos
a su frágil condición.
Porque si Dios, Sumo Bien,
de nada al hombre formó
para ofrecerle su gloria,
no fuera ningún blasón
en su majestad divina
dalle aquella imperfección.
Dióle Dios libre albedrío,
y fragilidad le dió
al cuerpo y al alma; luego
dió potestad con acción
de pedir misericordia,
que a ninguno le negó.
De modo que, si en pecando
el hombre, el justo rigor
procediera contra él,
fuera el número menor
de los que en el sacro alcázar
están contemplando a Dios.
Mas mi ganado me aguarda,
y ha mucho que ausente estoy.
Tente, pastor, no te vayas.
No puedo tenerme, no,
que ando por aquestos valles
recogiendo con amor
una ovejuela perdida
que del rebaño huyó;
y esta corona que veis
hacerme con tanto amor,
es para ella, si parece,
porque hacérmela mandó
el mayoral, que la estima
del modo que le costó.
El que a Dios tiene ofendido
pídale perdón a Dios,
porque es Señor tan piadoso,
que a ninguno le negó.
Aguarda, pastor.
No puedo.
Por fuerza te tendré yo.
Será detenerme a mí
parar en su curso al sol.
[PAULO cree ver en ello un aviso de la Providencia; pero al pensar que su suerte ha de ser la misma que la de( ENRICO, )la duda y la desconfianza le impulsan a persistir en sus maldades(. ENRICO )y GALVÁN _han llegado nadando a las cercanías del sitio en que está acampada la cuadrilla de( PAULO, )y caen en poder de( PEDRISCO )y sus compañeros(. PAULO )manda que los aten a un árbol para ejecutarlos; pero antes quiere probar si( ENRICO )es impenitente para saber con certeza cuál es el fin que Dios ha reservado a ambos. Para ello se viste de ermitaño y se presenta ante( ENRICO )para inducirle a confesar sus pecados_.]
ESCENAS XVI Y XVII
((Sale) PAULO, (de ermitaño, con cruz y rosario).)
Con esta traza he querido
probar si este hombre se acuerda
de Dios, a quien ha ofendido.
¡Que un hombre la vida pierda,
de nadie visto ni oído!
Cada mosquito que pasa
me parece que es saeta.
El corazón se me abrasa.
¡Que mi fuerza esté sujeta!
¡Ah fortuna, en todo escasa!
¡Alabado sea el Señor!
¡Sea por siempre alabado!
Sabed con vuestro valor
llevar este golpe airado
de fortuna.
¡Gran rigor!
¿Quién sois vos, que ansí me habláis?
Un monje, que este desierto,
donde la muerte esperáis,
habita.
¡Bueno, por cierto!
Y ahora, ¿qué nos mandáis?
A los que al roble os ataron
y a mataros se apartaron
supliqué con humildad
que ya que con tal crueldad
de daros muerte trataron,
que me dejasen llegar
a hablaros.
¿Y para qué?
Por si os queréis confesar,
pues seguís de Dios la fe.
Pues bien se puede tornar,
padre, o lo que es.
¿Qué decís?
¿No sois cristiano?
Sí soy.
No lo sois, pues no admitís
el último bien que os doy.
¿Por qué no lo recibís?
Porque no quiero.
((Aparte.)) (¡Ay de mí!
Esto mismo presumí.)
¿No veis que os han de matar
ahora?
¿Quiere callar,
hermano, y dejarme aquí?
Si esos señores ladrones
me dieren muerte, aquí estoy.
((Ap.)) (¡En qué grandes confusiones
tengo el alma!)
Yo no doy
a nadie satisfacciones.
A Dios, sí.
Si Dios ya sabe
que soy tan gran pecador,
¿para qué?
¡Delito grave!
Para que su sacro amor
de darle perdón acabe.
Mira que eres pecador,
hijo.
Y del mundo el mayor,
ya lo sé.
Tu bien espero.
Confiésate a Dios.
No quiero,
cansado predicador.
Pues salga del pecho mío,
si no dilatado río
de lágrimas, tanta copia,
que se anegue el alma propia,
pues ya de Dios desconfío.
Dejad de cubrir, sayal,
mi cuerpo, pues está mal,
según siente el corazón,
una rica guarnición
sobre tan falso cristal.
Colgad ese saco ahí,
para que diga, ¡ay de mí!:
“En tal puesto me colgó
Paulo, que no mereció
la gloria que encierro en mí.”
Dadme la daga y la espada;
esa cruz podéis tomar;
ya no hay esperanza en nada,
pues no me sé aprovechar
de aquella sangre sagrada.
Desatadlos.
Ya lo estoy,
y lo que no he visto creo.
Gracias a los cielos doy.
Saber la verdad deseo.
¡Qué desdichado que soy!
Esta novedad me espanta.
Yo soy Paulo, un ermitaño,
que dejé mi amada patria
de poco más de quince años,
y en esta oscura montaña
otros diez serví al Señor.
¡Qué ventura!
¡Qué desgracia!
Un ángel, rompiendo nubes
y cortinas de oro y plata,
preguntándole yo a Dios
qué fin tendría: “Repara
(me dijo), ve a la ciudad,
y verás a Enrico (¡ay, alma!),
hijo del noble Anareto,
que en Nápoles tiene fama.
Advierte bien en sus hechos
y contempla en sus palabras,
que si Enrico al Cielo fuere,
el Cielo también te aguarda;
y si al Infierno, el Infierno.”
Yo entonces imaginaba
que era algún santo este Enrico;
pero los deseos se engañan.
Fuí allá, vite luego al punto,
y de tu boca y por fama
supe que eras el peor hombre
que en todo el mundo se halla.
Y ansí, por tener tu fin,
quíteme el saco, y las armas
tomé, y el cargo me dieron
de esta foragida escuadra.
Quise probar tu intención,
por saber si te acordabas
de Dios en tan fiero trance;
pero salióme muy vana.
Volví a desnudarme aquí,
como viste, dando al alma
nuevas tan tristes, pues ya
la tiene Dios condenada.
Las palabras que Dios dice
por un ángel, son palabras,
Paulo amigo, en que se encierran
cosas que el hombre no alcanza.
No dejara yo la vida
que seguías, pues fué causa
de que quizá te condenes
el atreverte a dejarla.
Desesperación ha sido
lo que has hecho, y aun venganza
de la palabra de Dios,
y una oposición tirana
a su inefable poder;
y al ver que no desenvaina
la espada de su justicia
contra el rigor de tu causa,
veo que tu salvación
desea; mas ¿qué no alcanza
aquella piedad divina,
blasón de que más se alaba?
Yo soy el hombre más malo
que naturaleza humana
en el mundo ha producido;
mas siempre tengo esperanza
en que tengo de salvarme,
puesto que no va fundada
mi esperanza en obras mías,
sino en saber que se humana
Dios con el más pecador,
y con su piedad se salva.
Pero ya, Paulo, que has hecho
ese desatino, traza
de que alegres y contentos
los dos en esta montaña
pasemos alegre vida,
mientras la vida se acaba.
Un fin ha de ser el nuestro:
si fuere nuestra desgracia
el carecer de la Gloria
que Dios al bueno señala,
mal de muchos, gozo es;
pero tengo confianza
en su piedad, que siempre
vence a su justicia sacra.
Consoládome has un poco.
Cosa es, por Dios, que me espanta.
Vamos donde descanséis.
((Ap.)) ¡Ay, padre de mis entrañas!
Una joya, Paulo amigo,
en la ciudad olvidada
se me queda; y aunque temo
el rigor que me amenaza,
si allá muero, he de ir por ella,
pereciendo en la demanda.
Un soldado de los tuyos
irá conmigo.
Pues vaya
Pedrisco, que es animoso.
Yo me quedo en la montaña
a hacer tu oficio.
Yo voy
donde paguen mis espaldas
los delitos que tú has hecho.
Adiós, amigo.
Ya basta
el nombre para abrazarte.
Aunque malo, confianza
tengo en Dios.
Yo no la tengo
cuando son mis culpas tantas.
Jornada tercera
JORNADA TERCERA
ESCENAS I A V
[ENRICO, (atraído por el amor filial, vuelve a Nápoles acompañado de) PEDRISCO. _Ambos caen en poder de la justicia y están presos en la cárcel de la ciudad.( CELIA )se burla de( ENRICO )diciéndole que está casada; él se enfurece y quiere romper los hierros de la prisión. Acuden los carceleros para sujetarle y mata a uno de ellos con un golpe de cadena en la cabeza. El( ALCAIDE )manda que le pongan más hierros, y sólo a viva fuerza pueden sujetarle. Vanse todos, y al quedar solo_ ENRICO, (el) DIABLO, (invisible para él, viene a hablarle).]
ESCENAS VI A VIII
En lóbrega confusión,
ya, valiente Enrico, os veis:
pero nunca desmayéis;
tened fuerte el corazón,
porque aquesta es la ocasión
en que tenéis de mostrar
el valor, que os ha de dar
nombre altivo, ilustre fama.
Mirad...
((Dentro.))
¿Quién llama?
Esta voz me hace temblar.
Los cabellos erizados
pronostican mi temor;
mas ¿dónde está mi valor?
¿Dónde mis hechos pasados?
((Dentro.))
Muchos cuidados
siente el alma. ¡Cielo santo!
¿Cúya es voz que tal espanto
infunde en el alma mía?
((Dentro.))
A llamar porfía.
De mi flaqueza me espanto.
A esta parte la voz suena,
que tanto temor me da.
¿Si es algún preso que está
amarrado a la cadena?
Vive Dios, que me da pena.
((Sale el) DEMONIO (y no le ve).)
Tu desgracia lastimosa
siento.
¡Qué confuso abismo!
no me conozco a mí mismo,
y el corazón no reposa.
Las alas está batiendo
con impulsos de temor;
Enrico, ¿éste es el valor?--
Otra vez se oye el estruendo.
Librarte, Enrico, pretendo.
¿Cómo te puedo creer,
voz, si no llego a saber
quién eres y adónde estás?
Pues agora me verás.
Ya no te quisiera ver.
No temas.
Un sudor frío
por mis venas se derrama.
Hoy cobrarás nueva fama.
Poco de mis fuerzas fío.
No te acerques.
Desvarío
es el temer la ocasión.
Sosiégate, corazón.
¿Ves aquel postigo?
Sí.
Pues salte por él, y ansí
no estarás en la prisión.
¿Quién eres?
Salte al momento,
y no preguntes quién soy,
que yo también preso estoy,
y que te libres intento.
¿Qué me dices, pensamiento?
¿Libraréme? Claro está.
Aliento el temor me da
de la muerte que me aguarda.
Voime. Mas, ¿quién me acobarda?
Mas otra voz suena ya.
((Cantan dentro.))
(Detén el paso violento;)
(mira que te está mejor)
(que de la prisión librarte)
(el estarte en la prisión.)
Al revés me ha aconsejado
la voz que en el aire he oído,
pues mi paso ha detenido,
si tú le has acelerado.
Que me está bien he escuchado
el estar en la prisión.
Esa, Enrico, es ilusión
que te representa el miedo.
Yo he de morir si me quedo;
quiérome ir; tienes razón.
(Detente, engañado Enrico,)
(no huyas de la prisión;)
(pues morirás si salieres,)
(y si te estuvieres, no.)
Que si salgo he de morir
y si quedo viviré,
dice la voz que escuché.
¿Que al fin no te quieres ir?
Quedarme es mucho mejor.
Atribúyelo a temor;
pero, pues tan ciego estás,
quédate preso, y verás
cómo te ha estado peor. ((Vase.))
Desapareció la sombra,
y confuso me dejó.
¿No es este el portillo? No.
Este prodigio me asombra.
¿Estaba ciego yo, o vi
en la pared un portillo?
Pero yo me maravillo
del gran temor que hay en mí.
¿No puedo salirme yo?
Sí; bien me puedo salir.
Pues, ¿Cómo?
¡Que he de morir!
La voz me atemorizó.
Algún gran daño se infiere
de lo turbado que estoy.
No importa, ya estoy aquí
para el mal que me viniere.
ESCENAS IX A XIV
[(El) ALCAIDE (lee a) ENRICO su sentencia de muerte. El criminal, lejos de sentirse abatido, insulta al( ALCAIDE )y rehusa confesarse antes de morir.]
ESCENA XV
Enrico, querido hijo,
puesto que en verte me aflijo
de tantos hierros cargado,
ver que pagues tu pecado
me da sumo regocijo.
¡Venturoso del que acá,
pagando sus culpas, va
con firme arrepentimiento;
que es pintado este tormento
si se compara al de allá!
La cama, Enrico, dejé,
y arrimado a este bordón,
por quien me sustento en pie,
vengo en aquesta ocasión.
¡Ay, padre!
No sé,
Enrico, si aquese nombre
será razón que me cuadre,
aunque mi rigor te asombre.
Eso ¿es palabra de padre?
No es bien que padre me nombre
un hijo que no cree en Dios.
Padre mío, ¿eso decís?
No sois ya mi hijo vos,
pues que mi ley no seguís.
Solos estamos los dos.
No os entiendo.
¡Enrico, Enrico!
A reprenderos me aplico
vuestro loco pensamiento,
siendo la muerte instrumento
que tan cierto os pronostico.
Hoy os han de ajusticiar,
¡y no os queréis confesar!
¡Buena cristiandad, por Dios!,
pues el mal es para vos,
y para vos el pesar.
Aqueso es tomar venganza
de Dios; el poder alcanza
del impirio cielo eterno.
Enrico, ved que hay Infierno
para tan larga esperanza.
Es el quererte vengar
de esa suerte, pelear
con un monte o una roca,
pues cuando el brazo le toca,
es para el brazo el pesar.
Es, con dañoso desvelo,
escupir el hombre al cielo
presumiendo darle enojos,
pues que le cae en los ojos
lo mismo que arroja al cielo.
Hoy has de morir: advierte
que ya está echada la suerte;
confiesa a Dios tus pecados,
y ansí, siendo perdonados,
será vida lo que es muerte.
Si quieres mi hijo ser,
lo que te digo has de hacer;
si no (de pesar me aflijo),
ni te has de llamar mi hijo,
ni yo te he de conocer.
Bueno está, padre querido;
que más el alma ha sentido
(buen testigo de ello es Dios)
el pesar que tenéis vos
que el mal que espero afligido.
Confieso, padre, que erré;
pero yo confesaré
mis pecados, y después
besaré a todos los pies,
para mostraros mi fe.
Basta que vos lo mandéis,
padre mío de mis ojos.
Pues ya mi hijo seréis.
No os quisiera dar enojos.
Vamos, porque os confeséis.
¡Oh cuánto siento el dejaros!
¡Oh cuánto siento el perderos!
¡Ay, ojos! Espejos claros,
antes hermosos luceros,
pero ya de luz avaros.
Vamos, hijo.
A morir voy:
todo el valor he perdido.
Sin juicio y sin alma estoy.
Aguardad, padre querido.
¡Qué desdichado que soy!
Señor piadoso y eterno,
que en vuestro alcázar pisáis
cándidos montes de estrellas,
mi petición escuchad.
Yo he sido el hombre más malo
que la luz llegó a alcanzar
de este mundo, el que os ha hecho
más que arenas tiene el mar
ofensas; mas, Señor mío,
mayor es vuestra piedad.
Vos, por redimir el mundo,
por el pecado de Adán,
en una cruz os pusisteis;
pues merezca yo alcanzar
una gota solamente
de aquella sangre real.
¡Gran Señor, misericordia!
No puedo deciros más.
¡Que esto llegue a ver un padre!
((Para sí.)) La enigma he entendido ya
de la voz y de la sombra:
la voz era angelical,
y la sombra era el demonio.
Vamos, hijo.
¿Quién oirá
ese nombre, que no haga
de sus dos ojos un mar?
No os apartéis, padre mío,
hasta que hayan de expirar
mis ojos.
No hayas miedo.
Dios te dé favor.
Sí hará,
que es mar de misericordia,
aunque yo voy muerto ya.
Ten valor.
En Dios confío.
Vamos, padre, donde están
los que han de quitarme el ser
que vos me pudisteis dar.
ESCENA XVI
(PAULO (en el monte).)
Cansado de correr vengo
por este monte intrincado;
atrás la gente he dejado
que a ajena costa mantengo.
Al pie deste sauce verde
quiero un poco descansar,
por ver si acaso el pesar
de mi memoria se pierde.
Tú, fuente, que murmurando
vas entre guijas corriendo,
en tu fugitivo estruendo
plantas y aves alegrando,
dame algún contento ahora,
infunde al alma alegría
con esa corriente fría
y con esa voz sonora.
Lisonjeros pajarillos
que no entendidos cantáis,
y holgazanes gorjeáis
entre juncos y tomillos;
dad con picos sonorosos
y con acentos süaves
gloria a mis pesares graves
y sucesos lastimosos.
En este verde tapete,
jironado de cristal,
quiero divertir mi mal
que mi triste fin promete.
((Echase a dormir y sale el) PASTOR (con la corona, deshaciéndola).)
ESCENAS XVII Y XVIII
Selvas intrincadas,
verdes alamedas,
a quien de esperanzas
adorna Amaltea;
fuentes que corréis
murmurando apriesa
por menudas guijas,
por blandas arenas;
ya vuelvo otra vez
a mirar la selva,
a pisar los valles
que tanto me cuestan.
Yo soy el pastor
que en vuestras riberas
guardé un tiempo alegre
cándidas ovejas.
Sus blancos vellones
entre verdes felpas
jirones de plata
a los ojos eran.
Era yo envidiado,
por ser guarda buena,
de muchos zagales
que ocupan la selva;
y mi mayoral,
que en ajena tierra
vive, me tenía
voluntad inmensa,
porque le llevaba,
cuando quería verlas,
las ovejas blancas
como nieve en pellas.
Pero desde el día
que una, la más buena,
huyó del rebaño,
lágrimas me anegan.
Mis contentos todos
convertí en tristezas,
mis placeres vivos
en memorias muertas.
Cantaba en los valles
canciones y letras;
mas ya en triste llanto
funestas endechas.
Por tenerla amor,
en esta floresta
aquesta guirnalda
comencé a tejerla.
Mas no la gozó;
que engañada y necia
dejó a quien la amaba
con mayor firmeza.
Y pues no la quiso
fuerza es que ya vuelva,
por venganza justa,
hoy a deshacerla.
Pastor, que otra vez
te vi en esta sierra,
si no muy alegre,
no con tal tristeza,
el verte me admira.
¡Ay perdida oveja!
¡De qué gloria huyes,
y a qué mal te allegas!
¿No es esa guirnalda
la que en las florestas
entonces tejías
con gran diligencia?
Esta misma es;
mas la oveja, necia,
no quiere volver
al bien que le espera,
y ansí la deshago.
Si acaso volviera,
zagalejo amigo,
¿no la recibieras?
Enojado estoy,
mas la gran clemencia
de mi mayoral
dice que aunque vuelvan,
si antes fueron blancas,
al rebaño negras,
que las dé mis brazos
y, sin extrañeza,
requiebros las diga
y palabras tiernas.
Pues es superior,
fuerza es que obedezcas.
Yo obedeceré;
pero no quiere ella
volver a mis voces,
en sus vicios ciega.
Ya de aquestos montes
en las altas peñas
la llamé con silbos
y avisé con señas.
Ya por los jarales,
por incultas selvas,
la anduve a buscar:
¡qué de ello me cuesta!
Ya traigo las plantas
de jaras diversas,
y agudos espinos
rotas y sangrientas.
No puedo hacer más.
En lágrimas tiernas
baña el pastorcillo
las mejillas bellas.
Pues te desconoce,
olvídate de ella
y no llores más.
Que lo haga es fuerza.
Volved, bellas flores,
a cubrir la tierra,
pues que no fué digna
de vuestra belleza.
Veamos si allá
con la tierra nueva
la pondrán guirnalda
tan rica y tan bella.
Quedaos, montes míos,
desiertos y selvas,
adiós, porque voy
con la triste nueva
a mi mayoral;
y cuando lo sepa
(aunque ya lo sabe)
sentirá su mengua,
no la ofensa suya,
aunque es tanta ofensa.
Lleno voy a verle
de miedo y vergüenza:
lo que ha de decirme
fuerza es que lo sienta.
Diráme: “Zagal,
¿ansí las ovejas
que yo os encomiendo
guardáis?” ¡Triste pena!
Yo responderé...
No hallaré respuesta,
si no es que mi llanto
la respuesta sea. ((Vase.))
La historia parece
de mi vida aquesta.
De este pastorcillo
no sé lo que sienta;
que tales palabras
fuerza es que prometan
oscuras enigmas.
Mas ¿qué luz es esta
que a la luz del sol
sus rayos se afrentan?
Música celeste
en los aires suena,
y, a lo que diviso,
dos ángeles llevan
una alma gloriosa
a la excelsa esfera,
¡Dichosa mil veces,
alma, pues hoy llegas
donde tus trabajos
fin alegre tengan!
Grutas y plantas agrestes,
a quien el hielo corrompe,
¿no veis cómo el cielo rompe
ya sus cortinas celestes?
Ya rompiendo densas nubes
y esos transparentes velos,
alma, a gozar de los cielos
feliz y gloriosa subes.
Ya vas a gozar la palma
que la ventura te ofrece:
¡triste del que no merece
lo que tú mereces, alma!
((Con la música suben dos ángeles el alma de) ENRICO por una apariencia, y prosigue PAULO:)
ESCENA XIX
((Sale) GALVÁN.)
Advierte, Paulo famoso,
que por el monte ha bajado
un escuadrón concertado,
de gente y armas copioso,
que viene sólo a prendernos.
Si no pretendes morir,
solamente, Pablo, huír
es lo que puede valernos.
[PAULO (y) GALVÁN (se disponen a hacerles frente).]
ESCENAS XX Y XXI
[(El) JUEZ (y los villanos armados persiguen a) PAULO, el cual, herido, cae rodando por las peñas. Sale PEDRISCO.]
¿Cómo estás ansí?
¡Ay de mí!
Muerte me han dado villanos.
Pero ya que estoy muriendo,
saber de ti, amigo, aguardo
qué hay del suceso de Enrico.
En la plaza le ahorcaron
de Nápoles.
Pues ansí,
¿quién duda que condenado
estará al Infierno ya?
Mira lo que dices, Paulo;
que murió cristianamente,
confesado y comulgado
y abrazado con un Cristo,
en cuya vista enclavados
los ojos, pidió perdón
y misericordia, dando
tierno llanto a sus mejillas,
y a los presentes espanto.
Fuera de aqueso, en muriendo
resonó en los aires claros
una música divina;
y para mayor milagro
y evidencia más notoria,
dos paraninfos alados
se vieron patentemente,
que llevaban entre ambos
el alma de Enrico al Cielo.
¡A Enrico, el hombre más malo
que crió naturaleza!
¿De aquesto te espantas, Paulo,
cuando es tan piadoso Dios?
Pedrisco, eso ha sido engaño:
otra alma fué la que vieron,
no la de Enrico.
¡Dios santo,
reducidle vos!
Yo muero.
Mira que Enrico gozando
está de Dios: pide a Dios
perdón.
¿Y cómo ha de darlo
a un hombre que le ha ofendido
como yo?
¿Qué estás dudando?
¿No perdonó a Enrico?
Dios
es piadoso...
Es muy claro.
Pero no con tales hombres.
Ya muero, llega tus brazos.
Procura tener su fin.
Esa palabra me ha dado
Dios; si Enrico se salvó,
también yo salvarme aguardo. ((Muere.))
ESCENA XXII
[(Los villanos rodean el cadáver de) PAULO. (Descúbrese fuego, y) PAULO (lleno de llamas).]
Si a Paulo buscando vais
bien podéis ya ver a Paulo
ceñido el cuerpo de fuego
y de culebras cercado.
No doy la culpa a ninguno
de los tormentos que paso;
sólo a mí me doy la culpa,
pues fuí causa de mi daño.
Pedí a Dios que me dijese
el fin que tendría, en llegando
de mi vida el postrer día:
ofendíle, caso es llano;
y como la ofensa vió
de las almas el contrario,
incitóme con querer
perseguirme con engaños.
Forma de un ángel tomó,
y engañóme; que a ser sabio,
con su engaño me salvara;
pero fuí desconfiado
de la gran piedad de Dios,
que hoy a su juicio llegando,
me dijo: “Baja, maldito
de mi padre, al centro airado
de los oscuros abismos,
adonde has de estar penando.”
¡Malditos mis padres sean
mil veces, pues me engendraron!
¡Y yo también sea maldito,
pues que fuí desconfiado!
((Húndese por el tablado, y sale fuego.))
Misterios son del Señor.
¡Pobre y desdichado Paulo!
¡Y venturoso de Enrico,
que de Dios está gozando!
Por que toméis escarmiento,
no pretendo castigaros;
libertad doy a los dos.
No más: a Nápoles vamos
a contar este suceso.
Y porque éste es tan arduo
y difícil de creer,
siendo verdadero el caso,
vaya el que fuese curioso
(porque sin ser escribano
dé fe de ello), a Belarmino;
y si no, más dilatado
en la vida de los padres
podrá fácilmente hallarlo.
Y con aquesto da fin
(El Mayor Desconfiado,)
(y pena y gloria trocadas.)
El cielo os guarde mil años.