TEATRÓSFERA · EL TEXTO CUANDO ENTRA EN ESCENA  

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José Zorrilla

Don Juan Tenorio

7 jornadas · 27 personajes · 4,328 versos

Modo

Parte Primera, Acto Primero: Libertinaje y escándalo

(Personas: Don JUAN TENORIO; Don LUÍS MEJÍA; Don GONZALO DE ULLOA, comendador de Calatrava; Don DIEGO TENORIO; Doña INÉS DE ULLOA; Doña ANA DE PANTOJA; CRISTÓFANO BUTTARELLI; MARCOS CIUTTI; BRÍGIDA; PASCUAL; EL CAPITÁN CENTELLAS; DON RAFAEL DE AVELLANEDA; LUCÍA; LA ABADESA DE LAS CALATRAVAS DE SEVILLA; LA TORNERA DE ÍDEM; GASTÓN; MIGUEL; UN ESCULTOR; DOS ALGUACILES; UN PAJE (que no habla); LA ESTATUA DE DON GONZALO (él mismo); LA SOMBRA DE DOÑA INÉS (ella misma); CABALLEROS SEVILLANOS, ENCUBIERTOS, CURIOSOS, ESQUELETOS, ESTATUAS, ÁNGELES, SOMBRAS, JUSTICIA Y PUEBLO; (La acción en Sevilla por los años de 1545, últimos del emperador Carlos V. Los cuatro primeros actos se llevan a cabo en una noche. Los tres restantes, cinco años después, y en otra noche.); (Hostería de Cristófano Buttarelli. —Puerta en el fondo que da a la calle: mesas, jarros y demás utensilios propios de semejante lugar.).)

ESCENA PRIMERA

DON JUAN, con antifaz, sentado a una mesa escribiendo; BUTTARELLI Y CIUTTI, a un lado esperando. Al levantarse el telón, se ven pasar por la puerta del fondo Máscaras, Estudiantes y Pueblo con hachones, músicas, etc.

Juan

¡Cuál gritan esos malditos!
Pero, ¡mal rayo me parta
si en concluyendo la carta
no pagan caros sus gritos!
(Sigue escribiendo.)

Buttarelli

(A CIUTTI)
Buen carnaval.

Ciutti

(A BUTTARELLI.)
Buen agosto
para rellenar la arquilla.

Buttarelli

¡Quia! Corre ahora por Sevilla
poco gusto y mucho mosto.
Ni caen aquí buenos peces,
que son cosas mal miradas
por gentes acomodadas
y atropelladas a veces.

Ciutti

Pero hoy...

Buttarelli

Hoy no entra en la cuenta,
Ciutti: se ha hecho buen trabajo.

Ciutti

¡Chist! Habla un poco más bajo,
que mi señor se impacienta
pronto.

Buttarelli

¿A su servicio estás?

Ciutti

Ya ha un año.

Buttarelli

¿Y qué tal te sale?

Ciutti

No hay prior que se me iguale;
tengo cuanto quiero y más.
Tiempo libre, bolsa llena,
buenas mozas y buen vino.

Buttarelli

¡Cuerpo de tal, qué destino!

Ciutti

(Señalando a don Juan.)
Y todo ello a costa ajena.

Buttarelli

¿Rico, eh?

Ciutti

Varea la plata.

Buttarelli

¿Franco?

Ciutti

Como un estudiante.

Buttarelli

¿Y noble?

Ciutti

Como un infante.

Buttarelli

¿Y bravo?

Ciutti

Como un pirata.

Buttarelli

¿Español?

Ciutti

Creo que sí.

Buttarelli

¿Su nombre?

Ciutti

Lo ignoro en suma.

Buttarelli

¡Bribón! ¿Y dónde va?

Buttarelli

Largo plumea.

Ciutti

Es gran pluma.

Buttarelli

¿Y a quién mil diablos escribe
tan cuidadoso y prolijo?

Ciutti

A su padre.

Buttarelli

¡Vaya un hijo!

Ciutti

Para el tiempo en que se vive,
es un hombre extraordinario.
Mas silencio.

Juan

Don Juan Tenorio
(Cerrando la carta.)
Firmo y plego.
¿Ciutti?

Ciutti

¿Señor?

Juan

Este pliego
irá dentro del orario
en que reza doña Inés
a sus manos a parar.

Ciutti

¿Hay respuesta que aguardar?

Juan

De el diablo con guardapiés
que la asiste, de su dueña,
que mis intenciones sabe,
recogerás una llave,
una hora y una seña:
y más ligero que el viento
aquí otra vez.

Ciutti

Bien está. (Vase.)

ESCENA II

DON JUAN y BUTTARELLI

Juan

Cristófano, vieni qua

Buttarelli

Eccellenza!

Juan

Senti.

Buttarelli

Sento.
Ma ho imparato il castigliano,
se è più facile al signor
la sua lingua...

Juan

Sí, es mejor;
lascia dunque il tuo toscano,
y dime: ¿don Luis Mejía
ha venido hoy?

Buttarelli

Excelencia,
no está en Sevilla.

Juan

¿Su ausencia
dura en verdad todavía?

Buttarelli

Tal creo.

Juan

¿Y noticia alguna
no tienes de él?

Buttarelli

¡Ah! Una historia
me viene ahora a la memoria
que os podrá dar...

Juan

¿Oportuna
luz sobre el caso?

Buttarelli

Tal vez.

Juan

Habla, pues.

Buttarelli

(Hablando consigo mismo.)
No, no me engaño:
esta noche cumple el año,
lo había olvidado.

Juan

¡Pardiez!
¿Acabarás con tu cuento?

Buttarelli

Perdonad, señor: estaba
recordando el hecho.

Juan

¡Acaba,
vive Dios!, que me impaciento.

Buttarelli

Pues es el caso, señor,
que el caballero Mejía
por quien preguntáis, dio un día
en la ocurrencia peor
que ocurrírsele podía.

Juan

Suprime lo al hecho extraño;
que apostaron me es notorio
a quien haría en un año,
con más fortuna, más daño,
Luis Mejía y Juan Tenorio.

Buttarelli

¿La historia sabéis?

Juan

Entera;
por eso te he preguntado
por Mejía.

Buttarelli

¡Oh! Me pluguiera
que la apuesta se cumpliera,
que pagan bien y al contado.

Juan

¿Y no tienes confianza
en que don Luis a esta cita
acuda?

Buttarelli

¡Quia! Ni esperanza:
el fin del plazo se avanza,
y estoy cierto que maldita
la memoria que ninguno
guarda de ello.

Juan

Basta ya.
Toma.

Buttarelli

¡Excelencia! (Saluda profundamente.)
¿Y de alguno
de ellos sabéis vos?

Buttarelli

¿Vendrán, pues?

Juan

Al menos uno;
mas por si acaso los dos
dirigen aquí sus huellas
el uno del otro en pos,
tus dos mejores botellas
prevénles.

Buttarelli

Mas...

Juan

¡Chito!... Adiós.

ESCENA III

Buttarelli

¡Santa Madonna! De vuelta
Mejía y Tenorio están
sin duda... y recogerán
los dos la palabra suelta.
¡Oh!, sí; ese hombre tiene traza
de saberlo a fondo, (Ruido dentro.) ¿Pero
qué es esto? (Se asoma a la puerta.)
¡Anda! ¡El forastero
está riñendo en la plaza!
¡Válgame Dios! ¡Qué bullicio!
¡Cómo se le arremolina
chusma... ¡Y cómo la acoquina
él solo... ¡Puf! ¡Qué estropicio!
¡Cuál corren delante de él!
No hay duda, están en Castilla
los dos, y anda ya Sevilla
toda revuelta, ¡Miguel!

ESCENA IV

BUTTARELLI y MIGUEL

Miguel

Che comanda?

Buttarelli

Presto, qui
servi una tavola, amico:
e del Lacryma più antico
porta due bottiglie.

Miguel

Si, signor padron.

Buttarelli

Micheletto,
apparecchia in carità
lo più ricco che si fa:
affrettati!

Miguel

Già mi affretto,
signor padrone. (Vase.)

ESCENA V

BUTTARELLI y DON GONZALO

Gonzalo

Aquí es.
¿Patrón?

Buttarelli

¿Qué se ofrece?

Gonzalo

Quiero
hablar con el hostelero.

Buttarelli

Con él habláis; decid, pues.

Gonzalo

¿Sois vos?

Buttarelli

Sí; mas despachad,
que estoy de priesa.

Gonzalo

En tal caso,
ved si es cabal y de paso
esa dobla, y contestad.

Buttarelli

¡Oh, excelencia!

Gonzalo

¿Conocéis
a don Juan Tenorio?

Buttarelli

Sí.

Gonzalo

¿Y es cierto que tiene aquí
hoy una cita?

Buttarelli

¡Oh! ¿Seréis
vos el otro?

Gonzalo

¿Quién?

Buttarelli

Don Luis.

Gonzalo

No; pero estar me interesa
en su entrevista.

Buttarelli

Esta mesa
les preparo; si os servís
en esotra colocaros,
podréis presenciar la cena
que les daré... ¡Oh! Será escena
que espero que ha de admiraros.

Gonzalo

Lo creo.

Buttarelli

Son, sin disputa,
los dos mozos más gentiles
de España.

Gonzalo

Sí, y los más viles
también.

Buttarelli

¡Bah! Se les imputa
cuanto malo se hace hoy día;
mas la malicia lo inventa,
pues nadie paga su cuenta
como Tenorio y Mejía.

Gonzalo

¡Ya!

Buttarelli

Es afán de murmurar,
porque conmigo, señor,
ninguno lo hace mejor,
y bien lo puedo jurar.

Gonzalo

No es necesario: mas...

Buttarelli

¿Qué?

Gonzalo

Quisiera yo ocultamente
verlos, y sin que la gente
me reconociera.

Buttarelli

A fe
que eso es muy fácil, señor.
Las fiestas de carnaval,
al hombre más principal
permiten, sin deshonor
de su linaje, servirse
de un antifaz, y bajo él,
¿quién sabe, hasta descubrirse,
de qué carne es el pastel?

Gonzalo

Mejor fuera en aposento
contiguo...

Buttarelli

Ninguno cae aquí.

Gonzalo

Pues entonces, trae el antifaz.

Buttarelli

Al momento.

ESCENA VI

Gonzalo

No cabe en mi corazón
que tal hombre pueda haber,
y no quiero cometer
con él una sinrazón.
Yo mismo indagar prefiero
la verdad..., mas, a ser cierta
la apuesta, primero muerta
que esposa suya la quiero.
No hay en la tierra interés
que, si la daña, me cuadre;
primero seré buen padre,
buen caballero después.
Enlace es de gran ventaja,
mas no quiero que Tenorio
del velo del desposorio
la recorte una mortaja.

ESCENA VII

DON GONZALO y BUTTARELLI, que trae un antifaz

Buttarelli

Ya está aquí.

Gonzalo

Gracias, patrón:
¿Tardarán mucho en llegar?

Buttarelli

Si vienen no han de tardar:
cerca de las ocho son.

Gonzalo

¿Ésa es hora señalada?

Buttarelli

Cierra el plazo, y es asunto
de perder, quien no esté a punto
de la primer campanada.

Gonzalo

Quiera Dios que sea una chanza,
y no lo que se murmura.

Buttarelli

No tengo aún por muy segura
de que cumplan, la esperanza;
pero si tanto os importa
lo que ello sea saber,
pues la hora está al caer,
la dilación es ya corta.

Gonzalo

Cúbrome, pues, y me siento.
(Se sienta en una mesa a la derecha y se pone el antifaz.)

Buttarelli

_(Curioso el viejo me tiene
del misterio con que viene...
Y no me quedo contento
hasta saber quién es él.)_
(Limpia y trajina, mirándole de reojo.)

Gonzalo

_(¡Que un hombre como yo tenga
que esperar aquí, y se avenga
con semejante papel!
En fin, me importa el sosiego
de mi casa, y la ventura
de una hija sencilla y pura,
y no es para echarlo a juego.)_

ESCENA VIII

DON GONZALO, BUTTARELLI y DON DIEGO, a la puerta del fondo

Diego

La seña está terminante,
aquí es: bien me han informado;
llego, pues.

Buttarelli

¿Otro embozado?

Diego

¿Ha de esta casa?

Buttarelli

Adelante.

Diego

¿La hostería del Laurel?

Buttarelli

En ella estáis, caballero.

Diego

¿Está en casa el hostelero?

Buttarelli

Estáis hablando con él.

Diego

¿Sois vos Buttarelli?

Buttarelli

Yo.

Diego

¿Es verdad que hoy tiene aquí
Tenorio una cita?

Buttarelli

Sí.

Diego

¿Y ha acudido a ella?

Buttarelli

No.

Diego

Pero ¿acudirá?

Buttarelli

No sé.

Diego

¿Le esperáis vos?

Buttarelli

Por si acaso
venir le place.

Diego

En tal caso,
yo también le esperaré.
(Se sienta en el lado opuesto a don Gonzalo.)

Buttarelli

¿Que os sirva vianda alguna
queréis mientras?

Diego

No: tomad.
(Dale dinero.)

Buttarelli

Excelencia!

Diego

Y excusad
conversación importuna.

Buttarelli

Perdonad.

Diego

Vais perdonado:
dejadme, pues.

Buttarelli

(¡Jesucristo!
En toda mi vida he visto
hombre más mal humorado.)

Diego

(¡Que un hombre de mi linaje
descienda a tan ruin mansión!
Pero no hay humillación
a que un padre no se baje
por un hijo. Quiero ver
por mis ojos la verdad
y el monstruo de liviandad
a quien pude dar el ser.)
(Buttarelli, que anda arreglando sus trastos, contempla desde el fondo a don Gonzalo y a don Diego, que permanecerán embozados y en silencio.)

Buttarelli

¡Vaya un par de hombres de piedra!
Para éstos sobra mi abasto:
mas, ¡pardiez!, pagan el gasto
que no hacen, y así se medra.

ESCENA IX

BUTTARELLI, DON GONZALO, DON DIEGO, el capitán CENTELLAS, dos Caballeros y AVELLANEDA

Avellaneda

Vinieron, y os aseguro
que se efectuará la apuesta.

Centellas

Entremos, pues. ¡Buttarelli!

Buttarelli

Señor capitán Centellas,
¿vos por aquí?

Centellas

Sí, Cristófano.
¿Cuándo aquí, sin mi presencia,
tuvieron lugar las orgias
que han hecho raya en la época?

Buttarelli

Como ha tanto tiempo ya
que no os he visto...

Centellas

Las guerras
del emperador, a Túnez
me llevaron; mas mi hacienda
me vuelve a traer a Sevilla;
y, según lo que me cuentan,
llego lo más a propósito
para renovar añejas
amistades. Conque apróntanos
luego unas cuantas botellas,
y en tanto que humedecemos
la garganta, verdadera
relación haznos de un lance
sobre el cual hay controversia.

Buttarelli

Todo se andará; mas antes
dejadme ir a la bodega.

Varios

Sí, sí.

ESCENA X

DICHOS, menos BUTTARELLI

Centellas

Sentarse, señores,
y que siga Avellaneda
con la historia de don Luis.

Avellaneda

No hay ya más que decir de ella,
sino que creo imposible
que la de Tenorio sea
más endiablada, y que apuesto
por don Luis.

Centellas

Acaso pierdas.
Don Juan Tenorio se sabe
que es la más mala cabeza
del orbe, y no hubo hombre alguno
que aventajarle pudiera
con sólo su inclinación;
¿conque qué hará si se empeña?

Avellaneda

Pues yo sé bien que Mejía
las ha hecho tales, que a ciegas
se puede apostar por él.

Centellas

Pues el capitán Centellas
pone por don Juan Tenorio
cuanto tiene.

Avellaneda

Pues se acepta
por don Luis, que es muy mi amigo.

Centellas

Pues todo en contra se arriesga;
porque no hay como Tenorio
otro hombre sobre la tierra,
y es proverbial su fortuna
y extremadas sus empresas.

ESCENA XI

DICHOS y BUTTARELLI, con botellas

Buttarelli

Aquí hay Falerno, Borgoña,
Sorrento.

Centellas

De lo que quieras
sirve, Cristófano, y dinos:
¿qué hay de cierto en una apuesta
por don Juan Tenorio ha un año
y don Luis Mejía hecha?

Buttarelli

Señor capitán, no sé
tan a fondo la materia
que os pueda sacar de dudas,
pero diré lo que sepa.

Varios

Habla, habla.

Buttarelli

Yo, la verdad,
aunque fue en mi casa mesma
la cuestión entre ambos, como
pusieron tan larga fecha
a su plazo, creí siempre
que nunca a efecto viniera;
así es, que ni aun me acordaba
de tal cosa a la hora de ésta.
Mas esta tarde, sería
el anochecer apenas,
entróse aquí un caballero
pidiéndome que le diera
recado con que escribir
una carta: y a sus letras
atento no más, me dio
tiempo a que charla metiera
con un paje que traía,
paisano mío, de Génova.
No saqué nada del paje,
que es, ¡por Dios!, muy brava pesca;
mas cuando su amo acababa
su carta, le envió con ella
a quien iba dirigida.
El caballero, en mi lengua
me habló, y me pidió noticias
de don Luis. Dijo que entera
sabía de ambos la historia,
y que tenía certeza
de que al menos uno de ellos
acudiría a la apuesta.
Yo quise saber más de él,
mas púsome dos monedas
de oro en la mano, diciéndome
así, como a la deshecha:
«Y por si acaso los dos
al tiempo aplazado llegan,
ten prevenidas para ambos
tus dos mejores botellas.»
Largóse sin decir más,
y yo, atento a sus monedas,
les puse en el mismo sitio
donde apostaron, la mesa.
Y vedla allí con dos sillas,
dos copas y dos botellas.

Avellaneda

Pues, señor, no hay que dudar;
era don Luis.

Centellas

Don Juan era.

Avellaneda

¿Tú no le viste la cara?

Buttarelli

¡Si la traía cubierta
con un antifaz!

Centellas

Pero, hombre,
¿tú a los dos no les recuerdas?
¿O no sabes distinguir
a las gentes por sus señas
lo mismo que por sus caras?

Buttarelli

Pues confieso mi torpeza;
no le supe conocer,
y lo procuré de veras.
Pero silencio.

Avellaneda

¿Qué pasa?

Buttarelli

A dar el reló comienza
los cuartos para las ocho.
(Dan.)

Centellas

Ved, ved la gente que se entra.

Avellaneda

Como que está de este lance
curiosa Sevilla entera.
(Se oyen dar las ocho; varias personas entran y se reparten en silencio por la escena; al dar la última campanada, don Juan, con antifaz, se llega a la mesa que ha preparado Buttarelli en el centro del escenario, y se dispone a ocupar una de las dos sillas que están delante de ella. Inmediatamente después de él, entra don Luis, también con antifaz, y se dirige a la otra. Todos los miran).

ESCENA XII

DON DIEGO, DON GONZALO, DON JUAN, DON LUIS, BUTTARELLI, CENTELLAS, AVELLANEDA, Caballeros, Curiosos, Enmascarados.

Avellaneda

(A Centellas, por don Juan.)
Verás aquél, si ellos vienen,
qué buen chasco que se lleva.

Centellas

(A Avellaneda, por don Luis.)
Pues allí va otro a ocupar
la otra silla: ¡uf!, ¡aquí es ella!

Juan

(A don Luis.)
Esa silla está comprada,
hidalgo.

Luis

(A don Juan.)
Lo mismo digo,
hidalgo; para un amigo
tengo yo esotra pagada.

Juan

Que ésta es mía haré notorio.

Luis

Y yo también que ésta es mía.

Juan

Luego, sois don Luis Mejía.

Luis

Seréis, pues, don Juan Tenorio.

Juan

Puede ser.

Luis

Vos lo decís.

Juan

¿No os fiáis?

Luis

No.

Juan

Yo tampoco.

Luis

Pues no hagamos más el coco.

Juan

Yo soy don Juan.
(Quitándose la máscara.)

Luis

Yo don Luis. (Id.)
(Se descubren y se sientan. El capitán Centellas, Avellaneda, Buttarelli y algunos otros se van a ellos y les saludan, abrazan y dan la mano, y hacen otras semejantes muestras de cariño y amistad. Don Juan y don Luis las aceptan cortésmente).

Centellas

¡Don Juan!

Avellaneda

¡Don Luis!

Juan

¡Caballeros!

Luis

¡Oh, amigos! ¿Qué dicha es ésta?

Avellaneda

Sabíamos vuestra apuesta,
y hemos acudido a veros.

Luis

Don Juan y yo tal bondad
en mucho os agradecemos.

Juan

El tiempo no malgastemos,
don Luis. (A los otros.) Sillas arrimad.
(A los que están lejos.)
Caballeros, yo supongo
que a ucedes también aquí
les trae la apuesta, y por mí
a antojo tal no me opongo.

Luis

Ni yo; que aunque nada más
fue el empeño entre los dos,
no ha de decirse ¡por Dios!
que me avergonzó jamás.

Juan

Ni a mí, que el orbe es testigo
de que hipócrita no soy,
pues por doquiera que voy
va el escándalo conmigo.

Luis

¡Eh! Y esos dos ¿no se llegan
a escuchar? Vos.
(Por don Diego y don Gonzalo.)

Diego

Yo estoy bien.

Luis

¿Y Vos?

Gonzalo

De aquí oigo también.

Luis

Razón tendrán si se niegan.
(Se sientan todos alrededor de la mesa en que están don Luis Mejía y don Juan Tenorio.)

Juan

¿Estamos listos?

Luis

Estamos

Juan

Como quien somos cumplimos.

Luis

Veamos, pues, lo que hicimos.

Juan

Bebamos antes.

Luis

Bebamos.}} (Lo hacen.)

Juan

La apuesta fue...

Luis

Porque un día
dije que en España entera
no habría nadie que hiciera
lo que hiciera Luis Mejía.

Juan

Y siendo contradictorio
al vuestro mi parecer,
yo os dije: Nadie ha de hacer
lo que hará don Juan Tenorio.
¿No es así?

Luis

Sin duda alguna:
y vinimos a apostar
quién de ambos sabría obrar
peor, con mejor fortuna,
en el término de un año;
juntándonos aquí hoy
a probarlo

Juan

Y aquí estoy.

Luis

Y yo.

Centellas

¡Empeño bien extraño,
por vida mía!

Juan

Hablad, pues.

Luis

No, vos debéis empezar.

Juan

Como gustéis, igual es,
que nunca me hago esperar.
Pues, señor, yo desde aquí,
buscando mayor espacio
para mis hazañas, di
sobre Italia, porque allí
tiene el placer un palacio.
De la guerra y del amor
antigua y clásica tierra,
y en ella el emperador,
con ella y con Francia en guerra,
díjeme: «¿Dónde mejor?
Donde hay soldados hay juego,
hay pendencias y amoríos.»
Di, pues, sobre Italia luego,
buscando a sangre y a fuego
amores y desafíos.
En Roma, a mi apuesta fiel,
fijé, entre hostil y amatorio,
en mi puerta este cartel:
«Aquí está don Juan Tenorio
para quien quiera algo de él.»
De aquellos días la historia
a relataros renuncio:
remítome a la memoria
que dejé allí, y de mi gloria
podéis juzgar por mi anuncio.
Las romanas, caprichosas,
las costumbres, licenciosas,
yo, gallardo y calavera:
¿quién a cuento redujera
mis empresas amorosas?
Salí de Roma, por fin,
como os podéis figurar:
con un disfraz harto ruin,
y a lomos de un mal rocín,
pues me querían ahorcar.
Fui al ejército de España;
mas todos paisanos míos,
soldados y en tierra extraña,
dejé pronto su compaña
tras cinco o seis desafíos.
Nápoles, rico vergel
de amor, de placer emporio,
vio en mi segundo cartel:
Esto escribí; y en medio año
que mi presencia gozó
Nápoles, no hay lance extraño,
no hay escándalo ni engaño
en que no me hallara yo.
Por donde quiera que fui,
la razón atropellé,
la virtud escarnecí,
a la justicia burlé,
y a las mujeres vendí.
Yo a las cabañas bajé,
yo a los palacios subí,
yo los claustros escalé,
y en todas partes dejé
memoria amarga de mí.
Ni reconocí sagrado,
ni hubo ocasión ni lugar
por mi audacia respetado;
ni en distinguir me he parado
al clérigo del seglar.
A quien quise provoqué,
con quien quiso me batí,
y nunca consideré
que pudo matarme a mí
aquel a quien yo maté.
A esto don Juan se arrojó,
y escrito en este papel
está cuanto consiguió:
y lo que él aquí escribió,
mantenido está por él.

«Aquí está don Juan Tenorio,

y no hay hombre para él.

Desde la princesa altiva

a la que pesca en ruin barca,

no hay hembra a quien no suscriba;

y a cualquier empresa abarca,

si en oro o valor estriba.

Búsquenle los reñidores;

cérquenle los jugadores;

quien se precie que le ataje,

a ver si hay quien le aventaje

en juego, en lid o en amores.»

Luis

Leed, pues.

Juan

No; oigamos antes
vuestros bizarros extremos,
y si traéis terminantes
vuestras notas comprobantes,
lo escrito cotejaremos.

Luis

Decís bien; cosa es que está,
don Juan, muy puesta en razón;
aunque, a mi ver, poco irá
de una a otra relación.

Juan

Empezad, pues.

Luis

Allá va.
Buscando yo, como vos,
a mi aliento empresas grandes,
dije: « ¿Dó iré, ¡vive Dios!,
de amor y lides en pos,
que vaya mejor que a Flandes?
Allí, puesto que empeñadas
guerras hay, a mis deseos
habrá al par centuplicadas
ocasiones extremadas
de riñas y galanteos.»
Y en Flandes conmigo di,
mas con tan negra fortuna,
que al mes de encontrarme allí
todo mi caudal perdí,
dobla a dobla, una por una.
En tan total carestía
mirándome de dineros,
de mí todo el mundo huía;
mas yo busqué compañía
y me uní a unos bandoleros.
Lo hicimos bien, ¡voto a tal!,
y fuimos tan adelante,
con suerte tan colosal,
que entramos a saco en Gante
el palacio episcopal.
¡Qué noche! Por el decoro
de la Pascua, el buen Obispo
bajó a presidir el coro,
y aún de alegría me crispo
al recordar su tesoro.
Todo cayó en poder nuestro:
mas mi capitán, avaro,
puso mi parte en secuestro:
reñimos, fui yo más diestro,
y le crucé sin reparo.
Juróme al punto la gente
capitán, por más valiente:
juréles yo amistad franca:
pero a la noche siguiente
huí, y les dejé sin blanca.
Yo me acordé del refrán
de que quien roba al ladrón
ha cien años de perdón,
y me arrojé a tal desmán
mirando a mi salvación.
Pasé a Alemania opulento:
mas un provincial jerónimo,
hombre de mucho talento,
me conoció, y al momento
me delató en un anónimo,
Compré a fuerza de dinero
la libertad y el papel;
y topando en un sendero
al fraile, le envié certero
una bala envuelta en él.
Salté a Francia. ¡Buen país!,
y como en Nápoles vos,
puse un cartel en París
diciendo: «Aquí hay un don Luis
Esto escribí; y en medio año
que mí presencia gozó
París, no hubo lance extraño,
ni hubo escándalo ni daño
donde no me hallara yo.
Mas, como don Juan, mi historia
también a alargar renuncio;
que basta para mi gloria
la magnífica memoria
que allí dejé con mi anuncio.
Y cual vos, por donde fui
la razón atropellé,
la virtud escarnecí,
a la justicia burlé,
y a las mujeres vendí.
Mi hacienda llevo perdida
tres veces: mas se me antoja
reponerla, y me convida
mi boda comprometida
con doña Ana de Pantoja.
Mujer muy rica me dan,
y mañana hay que cumplir
los tratos que hechos están;
lo que os advierto, don Juan,
por si queréis asistir.
A esto don Luis se arrojó,
y escrito en este papel
está lo que consiguió:
y lo que él aquí escribió,
mantenido está por él.

que vale lo menos dos.

Parará aquí algunos meses,

Y no trae más intereses

ni se aviene a más empresas,

que a adorar a las francesas

y a reñir con los franceses.»

Juan

La historia es tan semejante
que está en el fiel la balanza,
mas vamos a lo importante,
que es el guarismo a que alcanza
el papel: conque adelante.

Luis

Razón tenéis, en verdad.
Aquí está el mío: mirad,
por una línea apartados
traigo los nombres sentados,
para mayor claridad.

Juan

Del mismo modo arregladas
mis cuentas traigo en el mío:
en dos líneas separadas,
los muertos en desafío,
y las mujeres burladas.
Contad.

Luis

Contad.

Juan

Veinte y tres.

Luis

Son los muertos. A ver vos.
¡Por la cruz de San Andrés!
Aquí sumo treinta y dos.

Juan

Son los muertos.

Luis

Matar es.

Juan

Nueve os llevo.

Luis

Me vencéis.
Pasemos a las conquistas.

Juan

Sumo aquí cincuenta y seis.

Luis

Y yo sumo en vuestras listas
setenta y dos.

Juan

Pues perdéis.

Luis

¡Es increíble, don Juan!

Juan

Si lo dudáis, apuntados
los testigos ahí están,
que si fueren preguntados
os lo testificarán.

Luis

¡Oh! Y vuestra lista es cabal.

Juan

Desde una princesa real
a la hija de un pescador,
¡oh!, ha recorrido mi amor
toda la escala social.
¿Tenéis algo que tachar?

Luis

Sólo una os falta en justicia.

Juan

¿Me la podéis señalar?

Luis

Sí, por cierto: una novicia
que esté para profesar.

Juan

¡Bah! Pues yo os complaceré
doblemente, porque os digo
que a la novicia uniré
la dama de algún amigo
que para casarse esté.

Luis

¡Pardiez, que sois atrevido!

Juan

Yo os lo apuesto si queréis.

Luis

Digo que acepto el partido.
Para darlo por perdido,
¿queréis veinte días?

Juan

Seis.

Luis

¡Por Dios, que sois hombre extraño!
¿cuántos días empleáis
en cada mujer que amáis?

Juan

Partid los días del año
entre las que ahí encontráis.
Uno para enamorarlas,
otro para conseguirlas,
otro para abandonarlas,
dos para sustituirlas
y una hora para olvidarlas.
Pero, la verdad a hablaros,
pedir más no se me antoja,
porque, pues vais a casaros,
mañana pienso quitaros
a doña Ana de Pantoja.

Luis

Don Juan, ¿qué es lo que decís?

Juan

Don Luis, lo que oído habéis.

Luis

Ved, don Juan, lo que emprendéis.

Juan

Lo que he de lograr, don Luis.

Luis

¿Gastón?}} (Llamando.)

Gastón

¿Señor?

Luis

Ven acá.
(Habla don Luis en secreto con Gastón y éste se va precipitadamente.)

Juan

¿Ciutti?

Ciutti

¿Señor?

Juan

Ven aquí.
(Don Juan habla en secreto con Ciutti, y éste se va precipitadamente.)

Luis

¿Estáis en lo dicho?

Juan

Sí.

Luis

Pues va la vida.

Juan

Pues va.
(Don Gonzalo, levantándose de la mesa en que ha permanecido inmóvil durante la escena anterior, se afronta con don Juan y don Luis).

Gonzalo

¡Insensatos! ¡Vive Dios
que a no temblarme las manos
a palos, como a villanos,
os diera muerte a los dos!
Juan y LUIS.
Veamos.

Gonzalo

Excusado es,
que he vivido lo bastante
para no estar arrogante
donde no puedo.

Juan

Idos, pues,

Gonzalo

Antes, don Juan, de salir
de donde oírme podáis,
es necesario que oigáis
lo que os tengo que decir.
Vuestro buen padre don Diego,
porque pleitos acomoda,
os apalabró una boda
que iba a celebrarse luego;
pero por mí mismo yo,
lo que erais queriendo ver,
vine aquí al anochecer,
y el veros me avergonzó.

Juan

¡Por Satanás, viejo insano,
que no sé cómo he tenido
calma para haberte oído
sin asentarte la mano!
Pero di pronto quién eres,
porque me siento capaz
de arrancarte el antifaz
con el alma que tuvieres.

Gonzalo

¡Don Juan!

Juan

¡Pronto!

Gonzalo

Mira, pues.

Juan

¡Don Gonzalo!

Gonzalo

El mismo soy.
Y adiós, don Juan: mas desde hoy
no penséis en doña Inés.
Porque antes que consentir
en que se case con vos,
el sepulcro, ¡juro a Dios!,
por mi mano la he de abrir.

Juan

Me hacéis reír, don Gonzalo;
pues venirme a provocar,
es como ir a amenazar
a un león con un mal palo.
Y pues hay tiempo, advertir
os quiero a mi vez a vos,
que o me la dais, o ¡por Dios,
que a quitárosla he de ir!

Gonzalo

¡Miserable!

Juan

Dicho está:
sólo una mujer como ésta
me falta para mi apuesta;
ved, pues, que apostada va.
(Don Diego levantándose de la mesa en que ha permanecido encubierto mientras la escena anterior, baja al centro de la escena, encarándose con don Juan.)

Diego

No puedo más escucharte,
vil don Juan, porque recelo
que hay algún rayo en el cielo
preparado a aniquilarte.
¡Ah...! No pudiendo creer
lo que de ti me decían,
confiando en que mentían,
te vine esta noche a ver.
Pero te juro, malvado,
que me pesa haber venido
para salir convencido
de lo que es para ignorado.
Sigue, pues, con ciego afán
en tu torpe frenesí,
mas nunca vuelvas a mí;
no te conozco, don Juan.

Juan

¿Quién nunca a ti se volvió,
ni quién osa hablarme así,
ni qué se me importa a mí
que me conozcas o no?

Diego

Adiós, pues: mas no te olvides
de que hay un Dios justiciero.

Juan

Ten. }} (Deteniéndole.)

Diego

¿Qué quieres?

Juan

Verte quiero.

Diego

Nunca, en vano me lo pides.

Juan

¿Nunca?

Diego

No.

Juan

Cuando me cuadre.

Diego

¿Cómo?

Juan

Así.}} (Le arranca el antifaz.)

Todos

¡Don Juan!

Diego

¡Villano!
¡Me has puesto en la faz la mano!

Juan

¡Válgame Cristo, mi padre!

Diego

Mientes, no lo fui jamás.

Juan

¡Reportaos, con Belcebú!

Diego

No, los hijos como tú
son hijos de Satanás.
Comendador, nulo sea
lo hablado.

Gonzalo

Ya lo es por mí;
vamos.

Diego

Sí, vamos de aquí
donde tal monstruo no vea.
Don Juan, en brazos del vicio
desolado te abandono:
me matas..., mas te perdono
de Dios en el santo juicio.

(Vanse poco a poco don Diego y don Gonzalo.)

Juan

Largo el plazo me ponéis:
mas ved que os quiero advertir
que yo no os he ido a pedir
jamás que me perdonéis.
Conque no paséis afán
de aquí en adelante por mí,
que como vivió hasta aquí,
vivirá siempre don Juan.

ESCENA XIII

DON JUAN, DON LUIS, CENTELLAS, AVELLANEDA, BUTTARELLI, Curiosos, Máscaras.

Juan

¡Eh! Ya salimos del paso:
y no hay que extrañar la homilia;
son pláticas de familia,
de las que nunca hice caso.
Conque lo dicho, don Luis,
van doña Ana y doña Inés
en apuesta.

Luis

Y el precio es
la vida.

Juan

Vos lo decís:
vamos.

Luis

Vamos.
(Al salir se presenta una ronda, que les detiene).

ESCENA XIV

DICHOS, una ronda de Alguaciles

Alguacil

¡Alto allá!
¿Don Juan Tenorio?

Alguacil

Sed preso.

Juan

¿Soñando estoy?
¿Por qué?

Alguacil

Después lo verá.

Luis

(Acercándose a don Juan y riéndose.)
Tenorio no lo extrañéis,
pues mirando a lo apostado,
mi paje os ha delatado,
para que vos no ganéis.

Juan

¡Hola! Pues no os suponía
con tal despejo, ¡pardiez!

Luis

Id, pues, que por esta vez,
don Juan, la partida es mía.

Juan

Vamos, pues.
(Al salir, les detiene otra ronda que entra en la escena).

ESCENA XV

DICHOS, una Ronda

Alguacil

(Que entra.)
¡Ténganse allá!
¿Don Luis Mejía?

Alguacil

Sed preso.

Luis

¿Soñando estoy?
¡Yo preso!

Juan

(Soltando la carcajada.)
¡Ja, ja, ja, ja!
Mejía, no lo extrañéis,
pues mirando a lo apostado,
mi paje os ha delatado
para que no me estorbéis.

Luis

Satisfecho quedaré
aunque ambos muramos.

Juan

Vamos.
Conque, señores, quedamos
en que la apuesta está en pie.
(Las rondas se llevan a don Juan y a don Luis; muchos los siguen. El capitán Centellas, Avellaneda y sus amigos, quedan en la escena mirándose unos a otros).

ESCENA XVI

EL CAPITÁN CENTELLAS, AVELLANEDA, Curiosos

Avellaneda

¡Parece un juego ilusorio!

Centellas

¡Sin verlo no lo creería!

Avellaneda

Pues yo apuesto por Mejía.

Centellas

Y yo pongo por Tenorio.

Categoría:Don Juan Tenorio (1844)

Parte Primera, Acto Segundo: Destreza

(Exterior de la casa de doña Ana, vista por una esquina. Las dos paredes que forman el ángulo, se prolongan igualmente por ambos lados, dejando ver en la de la derecha una reja, y en la izquierda, una reja y una puerta.)

ESCENA PRIMERA

DON LUIS MEJÍA, embozado

Luis

Ya estoy frente de la casa
de doña Ana, y es preciso
que esta noche tenga aviso
de lo que en Sevilla pasa.
No di con persona alguna,
por dicha mía... ¡Oh, qué afán!
Pero ahora, señor don Juan,
cada cual con su fortuna.
Si honor y vida se juega,
mi destreza y mi valor,
por mi vida y por mi honor,
jugarán...; mas alguien llega.

ESCENA II

DON LUIS, PASCUAL

Pascual

¡Quién creyera lance tal!
¡Jesús, qué escándalo!¡Presos!

Luis

¡Qué veo! ¿Es Pascual?

Pascual

Los sesos
me estrellaría.

Luis

¿Pascual?

Pascual

¿Quién me llama tan apriesa?

Luis

Yo. Don Luis.

Pascual

¡Válame Dios!

Luis

¿Qué te asombra?

Pascual

Que seáis vos.

Luis

Mi suerte, Pascual, es ésa.
Que a no ser yo quien me soy,
y a no dar contigo ahora,
el honor de mi señora
doña Ana moría hoy.

Pascual

¿Qué es lo que decís?

Luis

¿Conoces
a don Juan Tenorio?

Pascual

Sí.
¿Quién no le conoce aquí?
Mas, según públicas voces,
estabais presos los dos.
Vamos, ¡lo que el vulgo miente!

Luis

Ahora acertadamente
habló el vulgo: y ¡juro a Dios
que, a no ser porque mi primo,
el tesorero real,
quiso fiarme, Pascual,
pierdo cuanto más estimo!

Pascual

¿Pues cómo?

Luis

¿En servirme estás?

Pascual

Hasta morir.

Luis

Pues escucha.
Don Juan y yo en una lucha
arriesgada por demás
empeñados nos hallamos;
pero, a querer tú ayudarme,
más que la vida salvarme
puedes.

Pascual

¿Qué hay que hacer? Sepamos.

Luis

En una insigne locura
dimos tiempo ha: en apostar
cuál de ambos sabría obrar
peor, con mejor ventura.
Ambos nos hemos portado
bizarramente a cual más;
pero él es un Satanás,
y por fin me ha aventajado.
Púsele no sé qué pero,
dijímonos no sé qué
sobre ello, y el hecho fue
que él, mofándome altanero,
me dijo: «Y si esto no os llena,
pues que os casáis con doña Ana,
os apuesto a que mañana
os la quito yo.»

Pascual

¡Ésa es buena!
¿Tal se ha atrevido a decir?

Luis

No es lo malo que lo diga,
Pascual, sino que consiga
lo que intenta.

Pascual

¿Conseguir?
En tanto que yo esté aquí,
descuidad, don Luis.

Luis

Te juro
que si el lance no aseguro,
no sé qué va a ser de mí.

Pascual

¡Por la Virgen del Pilar!
¿Le teméis?

Luis

No, ¡Dios testigo!
Mas lleva ese hombre consigo
algún diablo familiar.

Pascual

Dadlo por asegurado.

Luis

¡Oh! Tal es el afán mío,
que ni en mí propio me fío
con un hombre tan osado.

Pascual

Yo os juro, por San Ginés,
que con toda su osadía,
le ha de hacer, por vida mía,
mal tercio un aragonés;
nos veremos.

Luis

¡Ay, Pascual,
que en qué te metes no sabes!

Pascual

En apreturas más graves
me he visto, y no salí mal.

Luis

Estriba en lo perentorio
del plazo, y en ser quién es.

Pascual

Más que un buen aragonés.
no ha de valer un Tenorio.
Todos esos lenguaraces,
espadachines de oficio,
no son más que frontispicio
y de poca alma capaces.
Para infamar a mujeres
tienen lengua, y tienen manos
para osar a los ancianos
o apalear a mercaderes.
Mas cuando una buena espada,
por un buen brazo esgrimida,
con la muerte les convida,
todo su valor es nada.
Y sus empresas y bullas
se reducen todas ellas,
a hablar mal de las doncellas
y a huir ante las patrullas.

Luis

¡Pascual!

Pascual

No lo hablo por vos,
que aunque sois un calavera,
tenéis la alma bien entera
y reñís bien ¡voto a bríos!

Luis

Pues si es en mí tan notorio
el valor, mira Pascual,
que el valor es proverbial
en la raza de Tenorio.
Y porque conozco bien
de su valor el extremo,
de sus ardides me temo
que en tierra con mi honra den.

Pascual

Pues suelto estáis ya, don Luis,
y pues que tanto os acucia
el mal de celos, su astucia
con la astucia prevenís.
¿Qué teméis de él?

Luis

No lo sé:
mas esta noche sospecho
que ha de procurar el hecho
consumar.

Pascual

Soñáis.

Luis

¿Por qué?

Pascual

¿No está preso?

Luis

Sí que está;
mas también lo estaba yo,
y un hidalgo me fió.

Pascual

Mas ¿quién a él le fiará?

Luis

En fin, sólo un medio encuentro
de satisfacerme.

Pascual

¿Cuál?

Luis

Que de esta casa, Pascual,
quede yo esta noche dentro.

Pascual

Mirad que así de doña Ana
tenéis el honor vendido.

Luis

¡Qué mil rayos! ¿Su marido
no voy a ser yo mañana?

Pascual

Mas, señor, ¿no os digo yo
que os fío con la existencia...?

Luis

Sí; salir de una pendencia,
mas de un ardid diestro, no.
Y, en fin, o paso en la casa
la noche, o tomo la calle,
aunque la justicia me halle.

Pascual

Señor don Luis, eso pasa
de terquedad, y es capricho
que dejar os aconsejo,
y os irá bien.

Luis

No lo dejo,

Pascual

¡Don Luis!

Luis

Está dicho.

Pascual

¡Vive Dios! ¿Hay tal afán?

Luis

Tú dirás lo que quisieres,
mas yo fío en las mujeres
mucho menos que en don Juan;
y pues lance es extremado
por dos locos emprendido,
bien será un loco atrevido
para un loco desalmado.

Pascual

Mirad bien lo que decís,
porque yo sirvo a doña Ana
desde que nació, y mañana
seréis su esposo, don Luis.

Luis

Pascual, esa hora llegada
y ese derecho adquirido,
yo sabré ser su marido
y la haré ser bien casada.
Mas en tanto...

Pascual

No habléis más.
Yo os conozco desde niños,
y sé lo que son cariños,
¡por vida de Barrabás!
Oíd: mi cuarto es sobrado
para los dos: dentro de él
quedad; mas palabra fiel
dadme de estaros callado.

Luis

Te la doy.
Y hasta mañana
juntos con doble cautela,
nos quedaremos en vela.

Luis

Y se salvará doña Ana.

Pascual

Sea.

Luis

Pues vamos.

Pascual

¡Teneos!
¿Qué vais a hacer?

Luis

A entrar.

Pascual

¿Ya?

Luis

¿Quién sabe lo que él hará?

Pascual

Vuestros celosos deseos
reprimid: que ser no puede
mientras que no se recoja
mi amo, don Gil de Pantoja,
y todo en silencio quede.

Luis

¡Voto a...!

Pascual

¡Eh! Dad una vez
breves treguas al amor.

Luis

Y ¿a qué hora ese buen señor
suele acostarse?

Pascual

A las diez;
y en esa calleja estrecha
hay una reja; llamad
a las diez, y descuidad
mientras en mí.

Luis

Es cosa hecha.

Pascual

Don Luis, hasta luego pues.

Luis

Adiós, Pascual, hasta luego.

ESCENA III

Luis

Jamás tal desasosiego
tuve. Paréceme que es
esta noche hora menguada
para mí... y no sé qué vago
presentimiento, qué estrago
teme mi alma acongojada.
¡Por Dios que nunca pensé
que a doña Ana amara así
ni por ninguna sentí
lo que por ella...! ¡Oh! Y a fe
que de don Juan me amedrenta,
no el valor, mas la ventura.
Parece que le asegura
Satanás en cuanto intenta.
No, no; es un hombre infernal,
y téngome para mí
que si me aparto de aquí,
me burla, pese a Pascual.
Y aunque me tenga por necio,
quiero entrar; que con don Juan
las preocupaciones no están
para vistas con desprecio.
(Llama a la ventana).

ESCENA IV

DON LUIS y DOÑA ANA

Ana

¿Quién va?

Luis

¿No es Pascual?

Ana

¡Don Luis!

Luis

Doña Ana.

Ana

¿Por la ventana
llamas ahora?

Luis

¡Ay, doña Ana,
cuán a buen tiempo salís!

Ana

Pues ¿qué hay, Mejía?

Luis

Un empeño
por tu beldad, con un hombre
que temo.

Ana

Y ¿qué hay que te asombre
en él, cuando eres tú el dueño
de mi corazón?

Luis

Doña Ana,
no lo puedes comprender,
de ese hombre sin conocer
nombre y suerte.

Ana

Será vana
su buena suerte conmigo.
Ya ves, sólo horas nos faltan
para la boda, y te asaltan
vanos temores.

Luis

Testigo
me es Dios que nada por mí
me da pavor mientras tenga
espada, y ese hombre venga
cara a cara contra ti.
Mas, como el león audaz,
y cauteloso y prudente,
como la astuta serpiente...

Ana

¡Bah! Duerme, don Luis, en paz,
que su audacia y su prudencia
nada lograrán de mí,
que tengo cifrada en ti
la gloria de mi existencia.

Luis

Pues bien, Ana, de ese amor
que me aseguras en nombre,
para no temer a ese hombre
voy a pedirte un favor.

Ana

Di; mas bajo, por si escucha
tal vez alguno.

Luis

Oye, pues.

ESCENA V

DOÑA ANA y DON LUIS, a la reja derecha; DON JUAN y CIUTTI, en la calle izquierda.

Ciutti

Señor, ¡por mi vida, que es
vuestra suerte buena y mucha!

Juan

Ciutti, nadie como yo;
ya viste cuán fácilmente
el buen alcaide prudente
se avino y suelta me dió.
Mas no hay ya en ello que hablar:
¿mis encargos has cumplido?

Ciutti

Todos los he concluído
mejor que pude esperar.

Juan

¿La beata...?

Ciutti

Ésta es la llave
de la puerta del jardín,
que habrá que escalar al fin,
pues como usarced ya sabe,
las tapias de ese convento
no tienen entrada alguna.

Juan

Y ¿te dió carta?

Ciutti

Ninguna;
me dijo que aquí al momento
iba a salir de camino;
que al convento se volvía,
y que con vos hablaría.

Juan

Mejor es.

Ciutti

Lo mismo opino.

Juan

¿Y los caballos?

Ciutti

Con silla
y freno los tengo ya.

Juan

¿Y la gente?

Ciutti

Cerca está.

Juan

Bien, Ciutti; mientras Sevilla
tranquila en sueño reposa
creyéndome encarcelado,
otros dos nombres añado
a mi lista numerosa.
¡Ja!, ¡ja!

Ciutti

¡Señor...!

Juan

¿Qué?

Ciutti

¡Callad!

Juan

¿Qué hay, Ciutti?

Ciutti

Al doblar la esquina,
en esa reja vecina
he visto a un hombre.

Juan

Es verdad:
pues ahora sí que es mejor
el lance: ¿y si es ése?

Ciutti

¿Quién?

Juan

Don Luis.

Ciutti

Imposible.

Juan

¡Toma!
¿No estoy yo aquí?

Ciutti

Diferencia
va de él a vos.

Juan

Evidencia
lo creo, Ciutti; allí asoma
tras de la reja una dama.

Ciutti

Una criada tal vez.

Juan

Preciso es verlo, ¡pardiez!,
no perdamos lance y fama.
Mira, Ciutti: a fuer de ronda
tú con varios de los míos
por esa calle escurríos,
dando vuelta a la redonda
a la casa.

Ciutti

Y en tal caso
cerrará ella.

Juan

Pues con eso,
ella ignorante y él preso,
nos dejarán franco el paso.

Ciutti

Decís bien.

Juan

Corre y atájale,
que en ello el vencer consiste.

Ciutti

¿Mas si el truhán se resiste?

Juan

Entonces, de un tajo, rájale.

ESCENA VI

DON JUAN, DOÑA ANA, DON LUIS

Luis

¿Me das, pues, tu asentimiento?

Ana

Consiento.

Luis

¿Complácesme de ese modo?

Ana

En todo.

Luis

Pues te velaré hasta el día.

Ana

Sí, Mejía.

Luis

Páguete el cielo, Ana mía,
satisfacción tan entera.

Ana

Porque me juzgues sincera,
consiento en todo, Mejía.

Luis

Volveré, pues, otra vez.

Ana

Sí, a las diez.

Luis

¿Me aguardarás, Ana?

Ana

Sí.

Ana

Y tú estarás puntual, ¿eh?

Luis

Estaré.

Ana

La llave, pues, te daré.

Luis

Y dentro yo de tu casa,
venga Tenorio.

Ana

Alguien pasa;
A las diez.

Luis

Aquí estaré.

ESCENA VII

DON JUAN, DON LUIS

Luis

Mas se acercan. ¿Quién va allá?

Juan

Quien va.

Luis

De quien va así, ¿qué se infiere?

Juan

Que quiere.

Luis

¿Ver si la lengua le arranco?

Juan

El paso franco.

Luis

Guardado está.

Juan

¿Y soy yo manco?

Luis

Pidiéraislo en cortesía.

Juan

Y ¿a quién?

Luis

A don Luis Mejía,

Juan

Quien va, quiere el paso franco,

Luis

¿Conocéisme?

Juan

Sí.

Luis

¿Y yo a vos?

Juan

Los dos.

Luis

Y ¿en qué estriba el estorballe?

Juan

En la calle.

Luis

¿De ella los dos por ser amos?

Juan

Estamos.

Luis

Dos hay no más que podamos
necesitarle a la vez.

Juan

Lo sé.

Luis

¡Sois don Juan!

Juan

¡Pardiez!
_Los dos ya en la calle estamos.

Luis

¿No os prendieron?

Juan

Como a vos.

Luis

¡Vive Dios!
Y ¿huisteis?

Juan

Os imité.
¿Y qué?

Luis

Que perderéis.

Juan

No sabemos.

Luis

Lo veremos.

Juan

La dama entrambos tenemos
sitiada, y estáis cogido.

Luis

Tiempo hay.

Juan

Para vos perdido.

Luis

¡Vive Dios, que lo veremos!
(Don Luis desenvaina su espada; mas Ciutti, que ha bajado con los suyos cautelosamente hasta colocarse tras él, le sujeta.)

Juan

Señor don Luis, vedlo, pues.

Luis

Traición es.

Juan

La boca...
(A los suyos, que se la tapan a Don Luis.)

Luis

¡Oh!

Juan

(Le sujetan los brazos.)
Sujeto atrás:
más.
La empresa es, señor Mejía,
como mía.
Encerrádmele hasta el día. (A los suyos.)
La apuesta está ya en mi mano.
(A don Luis.)
Adiós, don Luis: si os la gano,
traición es; mas como mía.

ESCENA VIII

Juan

Buen lance, ¡viven los cielos!
Éstos son los que dan fama:
mientras le soplo la dama
él se arrancará los pelos
encerrado en mi bodega.
¿Y ella? Cuando crea hallarse
con él..., ¡ja!, ¡ja! ¡Oh!, y quejarse
no puede; limpio se juega.
A la cárcel le llevé
y salió; llevóme a mí,
y salí; hallarnos aquí
era fuerza..., ya se ve:
su parte en la grave apuesta
defendía cada cual.
Mas con la suerte está mal
Mejía, y también pierde ésta.
Sin embargo, y por si acaso,
no es demás asegurarse
de Lucía, a desgraciarse
no vaya por poco el paso.
Mas por allí un bulto negro
se aproxima..., y, a mi ver,
es el bulto una mujer.
¿Otra aventura? Me alegro.

ESCENA IX

DON JUAN, BRÍGIDA

Brígida

¿Caballero?

Juan

¿Quién va allá?

Brígida

¿Sois don Juan?

Juan

¡Por vida de...!
¡Si es la beata! ¡Y a fe
que la había olvidado ya!
Llegaos, don Juan soy yo.

Brígida

¿Estáis solo?

Juan

Con el diablo.

Brígida

¡Jesucristo!

Juan

Por vos lo hablo.

Brígida

¿Soy yo el diablo?

Juan

Creoló.

Brígida

¡Vaya! ¡Qué cosas tenéis!
Vos sí que sois un diablillo...

Juan

Que te llenará el bolsillo
si le sirves.

Brígida

Lo veréis.

Juan

Descarga, pues, ese pecho.
¿Qué hiciste?

Brígida

¡Cuanto me ha dicho
vuestro paje...! ¡Y qué mal bicho
es ese Ciutti!

Juan

¿Qué ha hecho?

Brígida

¡Gran bribón!

Juan

¿No os ha entregado
un bolsillo y un papel?

Brígida

Leyendo estará ahora en él
doña Inés.

Juan

¿La has preparado?

Brígida

Vaya; y os la he convencido
con tal maña y de manera,
que irá como una cordera
tras vos.

Juan

¡Tan fácil te ha sido!

Brígida

¡Bah! Pobre garza enjaulada,
dentro la jaula nacida,
¿qué sabe ella si hay más vida
ni más aire en que volar?
Si no vió nunca sus plumas
del sol a los resplandores,
¿qué sabe de los colores
de que se puede ufanar?
No cuenta la pobrecilla
diez y siete primaveras,
y aún virgen a las primeras
impresiones del amor,
nunca concibió la dicha
fuera de su pobre estancia,
tratada desde su infancia
con cauteloso rigor.
Y tantos años monótonos
de soledad y convento
tenían su pensamiento
ceñido a punto tan ruin,
a tan reducido espacio,
y a círculo tan mezquino,
que era el claustro su destino
y el altar era su fin.
«Aquí está Dios», la dijeron;
y ella dijo: «Aquí le adoro.»
«Aquí está el claustro y el coro.»
Y pensó: «No hay más allá.»
Y sin otras ilusiones
que sus sueños infantiles,
pasó diez y siete abriles
sin conocerlo quizá.

Juan

¿Y está hermosa?

Brígida

¡Oh! Como un ángel.

Juan

¿Y la has dicho...?

Brígida

Figuraos
si habré metido mal caos
en su cabeza, don Juan.
La hablé del amor, del mundo,
de la corte y los placeres,
de cuánto con las mujeres
erais pródigo y galán.
La dije que erais el hombre
por su padre destinado
para suyo: os he pintado
muerto por ella de amor,
desesperado por ella
y por ella perseguido,
y por ella decidido
a perder vida y honor.
En fin, mis dulces palabras,
al posarse en sus oídos,
sus deseos mal dormidos
arrastraron de sí en pos;
y allá dentro de su pecho
han inflamado una llama
de fuerza tal, que ya os ama
y no piensa más que en vos.

Juan

Tan incentiva pintura
los sentidos me enajena,
y el alma ardiente me llena
de su insensata pasión.
Empezó por una apuesta,
siguió por un devaneo,
engendró luego un deseo,
y hoy me quema el corazón.
Poco es el centro de un claustro,
¡al mismo infierno bajara,
y a estocadas la arrancara
de los brazos de Satán!
¡Oh! Hermosa flor, cuyo cáliz
al rocío aún no se ha abierto,
a trasplantarte va al huerto
de sus amores don Juan.
¿Brígida?

Brígida

Os estoy oyendo,
y me hacéis perder el tino:
yo os creía un libertino
sin alma y sin corazón.

Juan

¿Eso extrañas? ¿No está claro
que en un objeto tan noble
hay que interesarse doble
que en otros?

Brígida

Tenéis razón.

Juan

¿Conque a qué hora se recogen
las madres?

Brígida

Ya recogidas
estarán. ¿Vos prevenidas
todas las cosas tenéis?

Juan

Todas.

Brígida

Pues luego que doblen
a las ánimas, con tiento
saltando al huerto, al convento
fácilmente entrar podéis
con la llave que os he enviado:
de un claustro oscuro y estrecho
es; seguidle bien derecho,
y daréis con poco afán
en nuestra celda.

Juan

Y si acierto
a robar tan gran tesoro,
te he de hacer pesar en oro.

Brígida

Por mí no queda, don Juan.

Juan

Ve y aguárdame.

Brígida

Voy, pues,
a entrar por la portería,
y a cegar a sor María
la tornera. Hasta después.

(Vase Brígida, y un poco antes de concluir esta escena sale Ciutti, que se para en el fondo esperando).

ESCENA X

DON JUAN, CIUTTI

Juan

Pues, señor, ¡soberbio envite!
Muchas hice hasta esta hora,
mas, ¡por Dios que la de ahora,
será tal, que me acredite!
Mas ya veo que me espera
Ciutti. ¿Lebrel? }} (Llamándole.)

Ciutti

Aquí estoy.

Juan

¿Y don Luis?

Ciutti

Libre por hoy
estáis de él.

Juan

Ahora quisiera
ver a Lucía.

Ciutti

Llegar
podéis aquí. (A la reja derecha.) Yo la llamo,
y al salir a mi reclamo
la podéis vos abordar.

Juan

Llama, pues.

Ciutti

La seña mía
sabe bien para que dude
en acudir.

Juan

Pues si acude
lo demás es cuenta mía.
(Ciutti llama a la reja con una seña que parezca convenida. Lucía se asoma a ella, y al ver a Don Juan se detiene un momento).

ESCENA XI

DON JUAN, LUCÍA, CIUTTI

Lucía

¿Qué queréis, buen caballero?

Juan

Quiero.

Lucía

¿Qué queréis? Vamos a ver.

Juan

Ver.

Lucía

¿Ver? ¿Qué veréis a esta hora?

Juan

A tu señora.

Lucía

Idos, hidalgo, en mal hora;
¿quién pensáis que vive aquí?

Juan

Doña Ana Pantoja, y
quiero ver a tu señora.

Lucía

¿Sabéis que casa doña Ana?

Juan

Sí, mañana.

Lucía

¿Y ha de ser tan infiel ya?

Juan

Sí será.

Lucía

¿Pues no es de don Luis Mejía?

Juan

¡Ca! Otro día.
Hoy no es mañana, Lucía:
yo he de estar hoy con doña Ana,
y si se casa mañana,
mañana será otro día.

Lucía

¡Ah! ¿En recibiros está?

Juan

Podrá.

Lucía

¿Qué haré si os he de servir?

Juan

Abrir.

Lucía

¡Bah! ¿Y quién abre este castillo?

Juan

Ese bolsillo.

Lucía

¿Oro?

Juan

Pronto te dió el brillo.

Lucía

¡Cuánto!

Juan

De cien doblas pasa.

Lucía

¡Jesús!

Juan

Cuenta y di: ¿esta casa
podrá abrir este bolsillo?

Lucía

Oh! Si es quien me dora el pico...

Juan

Muy rico.}} (Interrumpiéndola.)

Lucía

¿Sí? ¿Qué nombre usa el galán?

Lucía

¿Sin apellido notorio?

Juan

Tenorio.

Lucía

¡Ánimas del purgatorio!
¿Vos don Juan?

Juan

¿Qué te amedrenta,
si a tus ojos se presenta
muy rico don Juan Tenorio?

Lucía

Rechina la cerradura.

Juan

Se asegura.

Lucía

¿Y a mí, quién? ¡Por Belcebú!

Juan

Tú.

Lucía

¿Y qué me abrirá el camino?

Juan

Buen tino.

Lucía

¡Bah! Ir en brazos del destino...

Juan

Dobla el oro.

Lucía

Me acomodo.

Juan

Pues mira cómo de todo
se asegura tu buen tino.

Lucía

Dadme algún tiempo, ¡pardiez!

Juan

A las diez.

Lucía

¿Dónde os busco, o vos a mí?

Lucía

¿Conque estaréis puntual, eh?

Juan

Estaré.

Lucía

Pues yo una llave os traeré.

Juan

Y yo otra igual cantidad.

Lucía

No me faltéis.

Juan

No en verdad;
a las diez aquí estaré.
Adiós, pues, y en mí te fía.

Lucía

Y en mí el garboso galán.

Juan

Adiós, pues, franca Lucía.

Lucía

Adiós, pues, rico D. Juan.
(Lucía cierra la ventana. Ciutti se acerca a Don Juan a una seña de éste).

ESCENA XII

DON JUAN, CIUTTI

Juan

(Riéndose.)
Con oro nada hay que falle:
Ciutti ya sabes mi intento:
a las nueve en el convento;
a las diez, en esta calle. (Vase).

Categoría:Don Juan Tenorio (1844)

Parte Primera, Acto Tercero: Profanación

(Celda de Doña Inés. Puerta en el fondo y a la izquierda.)

ESCENA PRIMERA

DOÑA INÉS, LA ABADESA

Abadesa

¿Conque me habéis entendido?

Inés

Sí, señora.

Abadesa

Está muy bien;
la voluntad decisiva
de vuestro padre tal es.
Sois joven, cándida y buena;
vivido en el claustro habéis
casi desde que nacisteis;
y para quedar en él
atada con santos votos
para siempre, ni aún tenéis,
como otras, pruebas difíciles
ni penitencias que hacer.
¡Dichosa mil veces vos!
Dichosa, sí, doña Inés,
que no conociendo el mundo,
no le debéis de temer.
¡Dichosa vos, que del claustro
al pisar en el dintel,
no os volveréis a mirar
lo que tras vos dejaréis!
Y los mundanos recuerdos
del bullicio y del placer
no os turbarán tentadores
del ara santa a los pies;
pues ignorando lo que hay
tras esa santa pared,
lo que tras ella se queda
jamás apeteceréis.
Mansa paloma enseñada
en las palmas a comer
del dueño que la ha criado
en doméstico vergel,
no habiendo salido nunca
de la protectora red,
no ansiaréis nunca las alas
por el espacio tender.
Lirio gentil, cuyo tallo
mecieron sólo tal vez
las embalsamadas brisas
del más florecido mes,
aquí a los besos del aura
vuestro cáliz abriréis,
y aquí vendrán vuestras hojas
tranquilamente a caer.
Y en el pedazo de tierra
que abarca nuestra estrechez,
y en el pedazo de cielo
que por las rejas se ve,
vos no veréis más que un lecho
do en dulce sueño yacer,
y un velo azul suspendido
a las puertas del Edén.
¡Ay! En verdad que os envidio,
venturosa doña Inés,
con vuestra inocente vida,
la virtud del no saber.
¿Mas por qué estáis cabizbaja?
¿Por qué no me respondéis
como otras veces, alegre,
cuando en lo mismo os hablé?
¿Suspiráis?... ¡Oh!, ya comprendo:
de vuelta aquí hasta no ver
a vuestra aya, estáis inquieta;
pero nada receléis.
A casa de vuestro padre
fue casi al anochecer,
y abajo en la portería
estará: yo os la enviaré,
que estoy de vela esta noche.
Conque, vamos, doña Inés,
recogeos, que ya es hora:
mal ejemplo no me deis
a las novicias, que ha tiempo
que duermen ya: hasta después.

Inés

Id con Dios, madre abadesa.

Abadesa

Adiós, hija.

ESCENA II

Inés

Ya se fué.
No sé qué tengo, ¡ay de mí!,
que en tumultuoso tropel
mil encontradas ideas
me combaten a la vez.
Otras noches complacida
sus palabras escuché;
y de esos cuadros tranquilos
que sabe pintar tan bien,
de esos placeres domésticos
la dichosa sencillez
y la calma venturosa,
me hicieron apetecer
la soledad de los claustros
y su santa rigidez.
Mas hoy la oí distraída,
y en sus pláticas hallé,
si no enojosos discursos
a lo menos aridez.
Y no sé por qué al decirme
que podría acontecer
que se acelerase el día
de mi profesión, temblé;
y sentí del corazón
acelerarse el vaivén,
y teñírseme el semblante
de amarilla palidez.
¡Ay de mí...! ¡Pero mi dueña,
dónde estará...! Esa mujer
con sus pláticas al cabo
me entretiene alguna vez.
Y hoy la echo menos... acaso
porque la voy a perder,
que en profesando es preciso
renunciar a cuanto amé.
Mas pasos siento en el claustro;
¡oh!, reconozco muy bien
sus pisadas... Ya está aquí.

ESCENA III

DOÑA INÉS, BRÍGIDA

Brígida

Buenas noches, doña Inés.

Inés

¿Cómo habéis tardado tanto?

Brígida

Voy a cerrar esta puerta.

Inés

Hay orden de que esté abierta.

Brígida

Eso es muy bueno y muy santo
para las otras novicias
que han de consagrarse a Dios,
no, doña Inés, para vos.

Inés

Brígida, ¿no ves que vicias
las reglas del monasterio
que no permiten...?

Brígida

¡Bah!, ¡bah!
Más seguro así se está,
y así se habla sin misterio
ni estorbos: ¿habéis mirado
el libro que os he traído?

Inés

¡Ay!, se me había olvidado.

Brígida

¡Pues me hace gracia el olvido!

Inés

¡Como la madre abadesa
se entró aquí inmediatamente!

Brígida

¡Vieja más impertinente!

Inés

¿Pues tanto el libro interesa?

Brígida

¡Vaya si interesa! Mucho.
¿Pues quedó con poco afán
el infeliz!

Inés

¿Quién?

Inés

¡Válgame el cielo! ¡Qué escucho!
¿Es don Juan quien me le envía?

Brígida

Por supuesto.

Inés

¡Oh! Yo no debo
tomarle.

Brígida

¡Pobre mancebo!
Desairarle así, sería
matarle.

Inés

¿Qué estás diciendo?

Brígida

Si ese horario no tomáis,
tal pesadumbre le dais
que va a enfermar; lo estoy viendo.

Inés

¡Ah! No, no: de esa manera,
le tomaré.

Brígida

Bien haréis.

Inés

¡Y qué bonito es!

Brígida

Ya veis;
quien quiere agradar, se esmera.

Inés

Con sus manecillas de oro.
¡Y cuidado que está prieto!
A ver, a ver si completo
contiene el rezo del coro.
(Le abre, y cae una carta de entre sus hojas.)
Mas, ¿qué cayó?

Brígida

Un papelito.

Inés

Una carta!

Brígida

Claro está;
en esa carta os vendrá
ofreciendo el regalito.

Inés

¡Qué! ¿Será suyo el papel?

Brígida

¡Vaya, que sois inocente!
Pues que os feria, es consiguiente
que la carta será de él.

Inés

¡Ay, Jesús!

Brígida

¿Qué es lo que os da?

Inés

Nada, Brígida, no es nada.

Brígida

No, no; si estáis inmutada.
(Ya presa en la red está.)
¿Se os pasa?

Inés

Sí.

Brígida

Eso habrá sido
cualquier mareíllo vano.

Inés

¡Ay! Se me abrasa la mano
con que el papel he cogido.

Brígida

Doña Inés, ¡válgame Dios!
Jamás os he visto así:
estáis trémula.

Inés

¡Ay de mí!

Brígida

¿Qué es lo que pasa por vos?

Inés

No sé... El campo de mi mente
siento que cruzan perdidas
mil sombras desconocidas
que me inquietan vagamente;
y ha tiempo al alma me dan
con su agitación tortura.

Brígida

¿Tiene alguna, por ventura,
el semblante de don Juan?

Inés

No sé: desde que le vi,
Brígida mía, y su nombre
me dijiste, tengo a ese hombre
siempre delante de mí.
Por doquiera me distraigo
con su agradable recuerdo,
y si un instante le pierdo,
en su recuerdo recaigo.
No sé qué fascinación
en mis sentidos ejerce,
que siempre hacia él se me tuerce
la mente y el corazón:
y aquí y en el oratorio,
y en todas partes, advierto
que el pensamiento divierto
con la imagen de Tenorio.

Brígida

¡Válgame Dios! Doña Inés,
según lo vais explicando,
tentaciones me van dando
de creer que eso amor es.

Inés

¡Amor has dicho!

Brígida

Sí, amor.

Inés

No, de ninguna manera.

Brígida

Pues por amor lo entendiera
el menos entendedor;
mas vamos la carta a ver:
¿en qué os paráis? ¿Un suspiro?

Inés

¡Ay!, que cuanto más la miro,
menos me atrevo a leer.

(Lee.)

«Doña Inés del alma mía.»

¡Virgen Santa, qué principio!

Brígida

Vendrá en verso, y será un ripio
que traerá la poesía.
Vamos, seguid adelante.

(Lee.)

«Luz de donde el sol la toma,

hermosísima paloma

privada de libertad,

si os dignáis por estas letras

pasar vuestros lindos ojos,

no los tornéis con enojos

sin concluir, acabad.»

Brígida

¡Qué humildad! ¡Y que finura!
¿Dónde hay mayor rendimiento?

Inés

Brígida, no sé qué siento.

Brígida

Seguid, seguid la lectura.

(Lee.)

«Nuestros padres de consuno

nuestras bodas acordaron,

porque los cielos juntaron

los destinos de los dos.

Y halagado desde entonces

con tan risueña esperanza,

mi alma, doña Inés, no alcanza

otro porvenir que vos.

De amor con ella en mi pecho

brotó una chispa ligera,

que han convertido en hoguera

tiempo y afición tenaz:

y esta llama que en mí mismo

se alimenta inextinguible,

cada día más terrible

va creciendo y más voraz.»

Brígida

Es claro; esperar le hicieron
en vuestro amor algún día,
y hondas raíces tenía
cuando a arrancársele fueron.
Seguid.

(Lee.) «En vano a apagarla

concurren tiempo y ausencia,

que doblando su violencia,

no hoguera ya, volcán es.

Y yo, que en medio del cráter

desamparado batallo,

suspendido en él me hallo

entre mi tumba y mi Inés.»

Brígida

¿Lo veis, Inés? Si ese horario
le despreciáis, al instante
le preparan el sudario.

Inés

Yo desfallezco.

Brígida

Adelante.

(Lee.)

«Inés, alma de mi alma,

perpetuo imán de mi vida,

perla sin concha escondida

entre las algas del mar;

garza que nunca del nido

tender osastes el vuelo,

el diáfano azul del cielo

para aprender a cruzar:

si es que a través de esos muros

el mundo apenada miras,

y por el mundo suspiras

de libertad con afán,

acuérdate que al pie mismo

de esos muros que te guardan,

para salvarte te aguardan

los brazos de tu don Juan.»

(Representa.)

¿Qué es lo que me pasa, ¡cielo!

que me estoy viendo morir?

Brígida

(Ya tragó todo el anzuelo.)
Vamos, que está al concluir.

(Lee.)

«Acuérdate de quien llora

al pie de tu celosía

y allí le sorprende el día

y le halla la noche allí;

acuérdate de quien vive

sólo por ti, ¡vida mía!

y que a tus pies volaría

si le llamaras a ti.»

Brígida

¿Lo veis? Vendría.

Inés

¡Vendría!

Brígida

A postrarse a vuestros pies.

Inés

¿Puede?

Brígida

¡Oh!, sí.

Inés

¡Virgen María!

Brígida

Pero acabad, doña Inés.

(Lee.)

«Adiós, ¡oh luz de mis ojos!

Adiós, Inés de mi alma:

medita, por Dios, en calma

las palabras que aquí van:

y si odias esa clausura,

que ser tu sepulcro debe,

manda, que a todo se atreve

por tu hermosura don Juan.»

(Representa Doña Inés.)

¡Ay! ¿Qué filtro envenenado

me dan en este papel,

que el corazón desgarrado

me estoy sintiendo con él?

¿Qué sentimientos dormidos

son los que revela en mí?

¿Qué impulsos jamás sentidos?

¿Qué luz, que hasta hoy nunca vi?

¿Qué es lo que engendra en mi alma

tan nuevo y profundo afán?

¿Quién roba la dulce calma

de mi corazón?

Inés

¡Don Juan dices...! ¿Conque ese hombre
me ha de seguir por doquier?
¿Sólo he de escuchar su nombre?
¿Sólo su sombra he de ver?
¡Ah! Bien dice: juntó el cielo
los destinos de los dos,
y en mi alma engendró este anhelo
fatal.

Brígida

¡Silencio, por Dios!
(Se oyen dar las ánimas.)

Inés

¿Qué?

Brígida

Silencio!

Inés

Me estremeces.

Brígida

¿Oís, doña Inés, tocar?

Inés

Sí, lo mismo que otras veces
las ánimas oigo dar.

Brígida

Pues no habléis de él.

Inés

¡Cielo santo!
¿De quién?

Brígida

¿De quién ha de ser?
De ese don Juan que amáis tanto,
porque puede aparecer.

Inés

¡Me amedrentas! ¿Puede ese hombre
llegar hasta aquí?

Quizá

Porque el eco de su nombre
tal vez llega adonde está.

Inés

¡Cielos! ¿Y podrá?...

Brígida

¿Quién sabe?

Inés

¿Es un espíritu, pues?

Brígida

No, mas si tiene una llave...

Inés

¡Dios!

Brígida

Silencio, doña Inés:
¿no oís pasos?

Inés

¡Ay! Ahora
nada oigo.

Brígida

Las nueve dan.
Suben..., se acercan... Señora...
Ya está aquí.

Inés

¿Quién?

Brígida

Él.

Inés

¡Don Juan!

ESCENA IV

DOÑA INÉS, DON JUAN, BRÍGIDA

Inés

¿Qué es esto? Sueño..., deliro.

Juan

¡Inés de mi corazón!

Inés

¿Es realidad lo que miro,
o es una fascinación...?
Tenedme.... apenas respiro...
Sombra.... huye por compasión.
¡Ay de mí...!
(Desmáyase doña Inés y don Juan la sostiene. La carta de don Juan queda en el suelo abandonada por doña Inés al desmayarse.)

Brígida

La ha fascinado
vuestra repentina entrada,
y el pavor la ha trastornado.

Juan

Mejor: así nos ha ahorrado
la mitad de la jornada.
¡Ea! No desperdiciemos
el tiempo aquí en contemplarla,
si perdernos no queremos.
En los brazos a tomarla
voy, y cuanto antes, ganemos
ese claustro solitario.

Brígida

¡Oh, vais a sacarla así!

Juan

Necia, ¿piensas que rompí
la clausura, temerario,
para dejármela aquí?
Mi gente abajo me espera:
sígueme.

Brígida

¡Sin alma estoy!
¡Ay! Este hombre es una fiera;
nada le ataja ni altera...
Sí, sí; a su sombra me voy.

ESCENA V

Abadesa

Jurara que había oído
por estos claustros andar:
hoy a doña Inés velar
algo más la he permitido.
Y me temo... Mas no están
aquí. ¿Qué pudo ocurrir
a las dos, para salir
de la celda? ¿Dónde irán?
¡Hola! Yo las ataré
corto para que no vuelvan
a enredar, y me revuelvan
a las novicias..., sí a fe.
Mas siento por allá fuera
pasos. ¿Quién es?

ESCENA VI

LA ABADESA, LA TORNERA

Tornera

Yo, señora.

Abadesa

¡Vos en el claustro a esta hora!
¿Qué es esto, hermana tornera?

Tornera

Madre abadesa, os buscaba.

Abadesa

¿Qué hay? Decid.

Tornera

Un noble anciano
quiere hablaros.

Abadesa

Es en vano.

Tornera

Dice que es de Calatrava
caballero; que sus fueros
le autorizan a este paso,
y que la urgencia del caso
le obliga al instante a veros.

Abadesa

¿Dijo su nombre?

Tornera

El señor
don Gonzalo de Ulloa.

Abadesa

¿Qué
puede querer...? Ábrale,
hermana: es comendador
de la Orden, y derecho
tiene en el claustro de entrada.

ESCENA VII

Abadesa

¿A una hora tan avanzada
venir así...? No sospecho
qué pueda ser..., mas me place,
pues no hallando a su hija aquí,
la reprenderá, y así
mirará otra vez lo que hace.

ESCENA VIII

LA ABADESA, DON GONZALO, LA TORNERA, a la puerta

Gonzalo

Perdonad, madre abadesa,
que en hora tal os moleste;
mas para mí, asunto es éste
que honra y vida me interesa.

Abadesa

¡Jesús!

Gonzalo

Oíd.

Abadesa

Hablad, pues.

Gonzalo

Yo guardé hasta hoy un tesoro
de más quilates que el oro,
y ese tesoro es mi Inés.

Abadesa

A propósito.

Gonzalo

Escuchad.
Se me acaba de decir
que han visto a su dueña ir
ha poco por la ciudad
hablando con un criado
que un don Juan, de tal renombre,
que no hay en la tierra otro hombre
tan audaz y tan malvado.
En tiempo atrás se pensó
con él a mi hija casar,
y hoy, que se la fui a negar,
robármela me juró.
Que por el torpe doncel
ganada la dueña está,
no puedo dudarlo ya:
debo, pues, guardarme de él.
Y un día, una hora quizás
de imprevisión, le bastara
para que mi honor manchara
a ese hijo de Satanás.
He aquí mi inquietud cuál es:
por la dueña, en conclusión,
vengo: vos la profesión
abreviad de doña Inés.

Abadesa

Sois padre, y es vuestro afán
muy justo, comendador;
mas ved que ofende a mi honor.

Gonzalo

No sabéis quién es don Juan.

Abadesa

Aunque le pintáis tan malo,
yo os puedo decir de mí,
que mientras Inés esté aquí,
segura está, don Gonzalo.

Gonzalo

Lo creo; mas las razones
abreviemos: entregadme
a esa dueña, y perdonadme
mis mundanas opiniones.
Si vos de vuestra virtud
me respondéis, yo me fundo
en que conozco del mundo
la insensata juventud.

Abadesa

Se hará como lo exigís.
Hermana tornera, id, pues,
a buscar a doña Inés
y a su dueña.}} (Vase La Tornera.)

Gonzalo

¿Qué decís,
señora? O traición me ha hecho
mi memoria, o yo sé bien
que ésta es hora de que estén
ambas a dos en su lecho.

Abadesa

Ha un punto sentí a las dos
salir de aquí, no sé a qué.

Gonzalo

¡Ay! Por qué tiemblo no sé.
¡Mas qué veo, santo Dios!
Un papel..., me lo decía
a voces mi mismo afán.
(Leyendo.)
«Doña Inés del alma mía...»
Y la firma de don Juan.
Ved..., ved..., esa prueba escrita.
Leed ahí... ¡Oh! Mientras que vos
por ella rogáis a Dios
viene el diablo y os la quita.

ESCENA IX

LA ABADESA, DON GONZALO, LA TORNERA

Tornera

Señora...

Abadesa

¿Qué es?

Tornera

Vengo muerta.

Gonzalo

Concluid.

Tornera

No acierto a hablar...
He visto a un hombre saltar
por las tapias de la huerta.

Gonzalo

¿Veis? Corramos: ¡ay de mí!

Abadesa

¿Dónde vais, comendador?

Gonzalo

¡Imbécil!, tras de mi honor,
que os roban a vos de aquí.

Categoría:ES-D
Categoría:Don Juan Tenorio (1844)

Parte Primera, Acto Cuarto: El diablo a las puertas del cielo

(Quinta de Don Juan Tenorio cerca de Sevilla y sobre el Guadalquivir. Balcón en el fondo. Dos puertas a cada lado.)

ESCENA PRIMERA

BRÍGIDA y CIUTTI

Brígida

¡Qué noche, válgame Dios!
A poderlo calcular
no me meto yo a servir
a tan fogoso galán.
¡Ay, Ciutti! Molida estoy;
no me puedo menear.

Ciutti

¿Pues qué os duele?

Brígida

Todo el cuerpo
y toda el alma además.

Ciutti

¡Ya! No estáis acostumbrada
al caballo, es natural.

Brígida

Mil veces pensé caer.
¡uf!, ¡qué mareo!, ¡qué afán!
Veía yo unos tras otros
ante mis ojos pasar
los árboles como en alas
llevados de un huracán,
tan apriesa y produciéndome
ilusión tan infernal,
que perdiera los sentidos
si tardamos en parar.

Ciutti

Pues de estas cosas veréis,
si en esta casa os quedáis,
lo menos seis por semana.

Brígida

¡Jesús!

Ciutti

¿Y esa niña está
reposando todavía?

Brígida

¿Y a qué se ha de despertar?

Ciutti

Sí, es mejor que abra los ojos
en los brazos de don Juan.

Brígida

Preciso es que tu amo tenga
algún diablo familiar.

Ciutti

Yo creo que sea él mismo
un diablo en carne mortal
porque a lo que él, solamente
se arrojara Satanás.

Brígida

¡Oh! ¡El lance ha sido extremado!

Ciutti

Pero al fin logrado está.

Brígida

¡Salir así de un convento
en medio de una ciudad
como Sevilla!

Ciutti

Es empresa
tan sólo para hombre tal.
Mas, ¡qué diablos!, si a su lado
la fortuna siempre va,
y encadenado a sus pies
duerme sumiso el azar.

Brígida

Sí, decís bien.

Ciutti

No he visto hombre
de corazón más audaz;
ni halla riesgo que le espante,
ni encuentra dificultad
que al empeñase en vencer
le haga un punto vacilar.
A todo osado se arroja,
de todo se ve capaz,
ni mira dónde se mete,
ni lo pregunta jamás.
Allí hay un lance, le dicen;
y él dice: «Allá va don Juan.»
¡Mas ya tarda, vive Dios!

Brígida

Las doce en la catedral
han dado ha tiempo.

Ciutti

Y de vuelta
debía a las doce estar.

Brígida

¿Pero por qué no se vino
con nosotros?

Ciutti

Tiene allá
en la ciudad todavía
cuatro cosas que arreglar.

Brígida

¿Para el viaje?

Ciutti

Por supuesto;
aunque muy fácil será
que esta noche a los infiernos
le hagan a él mismo viajar.

Brígida

¡Jesús, qué ideas!

Ciutti

Pues digo:
¿son obras de caridad
en las que nos empleamos,
para mejor esperar?
Aunque seguros estamos
como vuelva por acá.

Brígida

¿De veras, Ciutti?

Ciutti

Venid
a este balcón, y mirad.
¿Qué veis?

Brígida

Veo un bergantín
que anclado en el río está.

Ciutti

Pues su patrón sólo aguarda
las órdenes de don Juan,
y salvos, en todo caso,
a Italia nos llevará.

Brígida

¿Cierto?

Ciutti

Y nada receléis
por vuestra seguridad;
que es el barco más velero
que boga sobre la mar.

Brígida

¡Chist! Ya siento a doña Inés.

Ciutti

Pues yo me voy, que don Juan
encargó que sola vos
debíais con ella hablar.

Brígida

Y encargó bien, que yo entiendo
de esto.

Ciutti

Adiós, pues.

Brígida

Vete en paz.

ESCENA II

DOÑA INÉS, BRÍGIDA

Inés

Dios mío, ¡cuánto he soñado!
Loca estoy: ¿qué hora será?
¿Pero qué es esto, ay de mí?
No recuerdo que jamás
haya visto este aposento.
¿Quién me trajo aquí?

Inés

Siempre don Juan..., ¿mas conmigo
aquí tú también estás,
Brígida?

Brígida

Sí, doña Inés.

Inés

Pero dime, en caridad,
¿dónde estamos? ¿Este cuarto
es del convento?

Brígida

No tal:
aquello era un cuchitril
en donde no había más
que miseria.

Inés

Pero, en fin,
¿en dónde estamos?

Brígida

Mirad,
mirad por este balcón,
y alcanzaréis lo que va
desde un convento de monjas
a una quinta de don Juan.

Inés

¿Es de don Juan esta quinta?

Brígida

Y creo que vuestra ya.

Inés

Pero no comprendo, Brígida,
lo que hablas.

Brígida

Escuchad.
Estabais en el convento
leyendo con mucho afán
una carta de don Juan,
cuando estalló en un momento
un incendio formidable.

Inés

¡Jesús!

Brígida

Espantoso, inmenso;
el humo era ya tan denso,
que el aire se hizo palpable.

Inés

Pues no recuerdo...

Brígida

Las dos
con la carta entretenidas,
olvidamos nuestras vidas,
yo oyendo, y leyendo vos.
Y estaba, en verdad, tan tierna,
que entrambas a su lectura
achacamos la tortura
que sentíamos interna.
Apenas ya respirar
podíamos, y las llamas
prendían ya en nuestras camas
nos íbamos a asfixiar,
cuando don Juan, que os adora,
y que rondaba el convento,
al ver crecer con el viento
la llama devastadora,
con inaudito valor,
viendo que ibais a abrasaros,
se metió para salvaros,
por donde pudo mejor.
Vos, al verle así asaltar
la celda tan de improviso,
os desmayasteis..., preciso;
la cosa era de esperar.
Y él, cuando os vió caer así,
en sus brazos os tomó
y echó a huir; yo le seguí,
y del fuego nos sacó.
¿Dónde íbamos a esta hora?
Vos seguíais desmayada,
yo estaba ya casi ahogada.
Dijo, pues: «Hasta la aurora
en mi casa las tendré.»
Y henos, doña Inés, aquí.

Inés

¿Conque ésta es su casa?

Brígida

Sí.

Inés

Pues nada recuerdo, a fe.
Pero..., ¡en su casa...! ¡Oh! Al punto
salgamos de ella.... yo tengo
la de mi padre.

Brígida

Convengo
con vos; pero es el asunto...

Inés

¿Qué?

Brígida

Que no podemos ir.

Inés

Oír tal me maravilla.

Brígida

Nos aparta de Sevilla...

Inés

¿Quién?

Brígida

Vedlo, el Guadalquivir.

Inés

¿No estamos en la ciudad?

Brígida

A una legua nos hallamos
de sus murallas.

Inés

¡Oh! ¡Estamos
perdidas!

Brígida

No sé, en verdad,
por qué!

Inés

Me estás confundiendo,
Brígida..., y no sé qué redes
son las que entre estas paredes
temo que me estás tendiendo.
Nunca el claustro abandoné,
ni sé del mundo exterior
los usos: mas tengo honor.
Noble soy, Brígida, y sé
que la casa de don Juan
no es buen sitio para mí:
me lo está diciendo aquí
no sé qué escondido afán.
Ven, huyamos.

Brígida

Doña Inés,
la existencia os ha salvado.

Inés

Sí, pero me ha envenenado
el corazón.

Brígida

¿Le amáis, pues?

Inés

No sé ..., mas, por compasión,
huyamos pronto de ese hombre,
tras de cuyo solo nombre
se me escapa el corazón.
¡Ah! Tú me diste un papel
de mano de ese hombre escrito,
y algún encanto maldito
me diste encerrado en él.
Una sola vez le vi
por entre unas celosías,
y que estaba, me decías,
en aquel sitio por mí.
Tú, Brígida, a todas horas
me venías de él a hablar,
haciéndome recordar
sus gracias fascinadoras.
Tú me dijiste que estaba
para mío destinado
por mi padre..., y me has jurado
en su nombre que me amaba.
¿Que le amo, dices?... Pues bien,
si esto es amar, sí, le amo;
pero yo sé que me infamo
con esa pasión también.
Y si el débil corazón
se me va tras de don Juan,
tirándome de él están
mi honor y mi obligación.
Vamos, pues; vamos de aquí
primero que ese hombre venga;
pues fuerza acaso no tenga
si le veo junto a mí.
Vamos, Brígida.

Brígida

Esperad
¿No oís?

Inés

¿Qué?

Brígida

Ruido de remos.

Inés

Sí, dices bien; volveremos
en un bote a la ciudad.

Brígida

Mirad, mirad, doña Inés,

Inés

Acaba..., por Dios, partamos.

Brígida

Ya imposible que salgamos.

Inés

¿Por qué razón?

Brígida

Porque él es
quien en ese barquichuelo
se adelanta por el río.

Inés

¡Ay! ¡Dadme fuerzas, Dios mío!

Brígida

Ya llegó, ya está en el suelo.
Sus gentes nos volverán
a casa: mas antes de irnos,
es preciso despedirnos
a lo menos de don Juan.

Inés

Sea, y vamos al instante.
No quiero volverle a ver.

Brígida

(Los ojos te hará volver
el encontrarle delante.)
Vamos.

Inés

Vamos.

Dentro

Aquí están.

Juan

(Ídem.)
Alumbra.

Brígida

¡Nos busca!

ESCENA III

DICHOS, DON JUAN

Juan

¿A dónde vais, doña Inés?

Inés

Dejadme salir, don Juan.

Juan

¿Que os deje salir?

Brígida

Señor,
sabiendo ya el accidente
del fuego, estará impaciente
por su hija el comendador.

Juan

¡El fuego! ¡Ah! No os dé cuidado
por don Gonzalo, que ya
dormir tranquilo le hará
el mensaje que le he enviado.

Inés

¿Le habéis dicho...?

Juan

Que os hallabais
bajo mi amparo segura,
y el aura del campo pura,
libre, por fin, respirabais.
¡Cálmate, pues, vida mía!
Reposa aquí; y un momento
olvida de tu convento
la triste cárcel sombría.
¡Ah! ¿No es cierto, ángel de amor,
que en esta apartada orilla
más pura la luna brilla
y se respira mejor?
Esta aura que vaga, llena
de los sencillos olores
de las campesinas flores
que brota esa orilla amena;
esa agua limpia y serena
que atraviesa sin temor
la barca del pescador
que espera cantando el día,
¿no es cierto, paloma mía,
que están respirando amor?
Esa armonía que el viento
recoge entre esos millares
de floridos olivares,
que agita con manso aliento;
ese dulcísimo acento
con que trina el ruiseñor
de sus copas morador,
llamando al cercano día,
¿no es verdad, gacela mía,
que están respirando amor?
Y estas palabras que están
filtrando insensiblemente
tu corazón, ya pendiente
de los labios de don Juan,
y cuyas ideas van
inflamando en su interior
un fuego germinador
no encendido todavía,
¿no es verdad, estrella mía,
que están respirando amor?
Y esas dos líquidas perlas
que se desprenden tranquilas
de tus radiantes pupilas
convidándome a beberlas,
evaporarse, a no verlas,
de sí mismas al calor;
y ese encendido color
que en tu semblante no había,
¿no es verdad, hermosa mía,
que están respirando amor?
¡Oh! Sí, bellísima Inés,
espejo y luz de mis ojos;
escucharme sin enojos,
como lo haces, amor es:
mira aquí a tus plantas, pues,
todo el altivo rigor
de este corazón traidor
que rendirse no creía,
adorando vida mía,
la esclavitud de tu amor.

Inés

Callad, por Dios, ¡oh, don Juan!,
que no podré resistir
mucho tiempo sin morir,
tan nunca sentido afán.
¡Ah! Callad, por compasión,
que oyéndoos, me parece
que mi cerebro enloquece,
y se arde mi corazón.
¡Ah! Me habéis dado a beber
un filtro infernal sin duda,
que a rendiros os ayuda
la virtud de la mujer.
Tal vez poseéis, don Juan,
un misterioso amuleto,
que a vos me atrae en secreto
como irresistible imán.
Tal vez Satán puso en vos
su vista fascinadora,
su palabra seductora,
y el amor que negó a Dios.
¿Y qué he de hacer, ¡ay de mí!,
sino caer en vuestros brazos,
si el corazón en pedazos
me vais robando de aquí?
No, don Juan, en poder mío
resistirte no está ya:
yo voy a ti, como va
sorbido al mar ese río.
Tu presencia me enajena,
tus palabras me alucinan,
y tus ojos me fascinan,
y tu aliento me envenena.
¡Don Juan!, ¡don Juan!, yo lo imploro
de tu hidalga compasión
o arráncame el corazón,
o ámame, porque te adoro.

Juan

¡Alma mía! Esa palabra
cambia de modo mi ser,
que alcanzo que puede hacer
hasta que el Edén se me abra.
No es, doña Inés, Satanás
quien pone este amor en mí:
es Dios, que quiere por ti
ganarme para Él quizás
No; el amor que hoy se atesora
en mi corazón mortal,
no es un amor terrenal
como el que sentí hasta ahora;
no es esa chispa fugaz
que cualquier ráfaga apaga;
es incendio que se traga
cuanto ve, inmenso voraz.
Desecha, pues, tu inquietud,
bellísima doña Inés,
porque me siento a tus pies
capaz aún de la virtud.
Sí; iré mi orgullo a postrar
ante el buen comendador,
y o habrá de darme tu amor,
o me tendrá que matar.

Inés

¡Don Juan de mi corazón!

Juan

¡Silencio! ¿Habéis escuchado?

Inés

¿Qué?

Juan

Sí, una barca ha atracado
(Mira por el balcón.)
debajo de ese balcón,
Un hombre embozado de ella
salta... Brígida, al momento
pasad a ese otro aposento,
y perdonad, Inés bella,
si solo me importa estar.

Inés

¿Tardarás?

Juan

Poco ha de ser.

Inés

A mi padre hemos de ver.

Juan

Sí, en cuanto empiece a clarear.
Adiós.

ESCENA IV

DON JUAN, CIUTTI

Ciutti

¿Señor?

Juan

¿Qué sucede,
Ciutti?

Ciutti

Ahí está un embozado
en veros muy empeñado.

Juan

¿Quién es?

Ciutti

Dice que no puede
descubrirse más que a vos,
y que es cosa de tal priesa,
que en ella se os interesa
la vida a entrambos a dos.

Juan

¿Y en él no has reconocido
marca ni seña alguna
que nos oriente?

Ciutti

Ninguna;
mas a veros decidido
viene.

Juan

¿Trae gente?

Ciutti

No más
que los remeros del bote.

Juan

Que entre juanma.

ESCENA V

DON JUAN; luego CIUTTI y DON LUIS embozado

Juan

¡Jugamos a escote
la vida...! Mas ¿si es quizás
un traidor que hasta mi quinta
me viene siguiendo el paso?
Hálleme, pues, por si acaso
con las armas en la cinta.
(Se ciñe la espada y suspende al cinto un par de pistolas que habrá colocado sobre la mesa a su salida en la escena tercera. Al momento sale Ciutti conduciendo a Don Luis que, embozado hasta los ojos, espera a que se queden solos. Don Juan hace a Ciutti una seña para que se retire. Lo hace).

ESCENA VI

DON JUAN, DON LUIS

Juan

(Buen talante.) Bien venido,
caballero.

Luis

Bien hallado,
señor mío.

Juan

Sin cuidado
hablad.

Luis

Jamás lo he tenido.

Juan

Decid, pues: ¿a qué venís
a esta hora y con tal afán?

Luis

Vengo a mataros, don Juan.

Juan

Según eso, sois don Luis.

Luis

No os engañó el corazón,
y el tiempo no malgastemos,
don Juan los dos no cabemos
ya en la tierra.

Juan

En conclusión,
señor Mejía, ¿es decir,
que porque os gané la apuesta
queréis que acabe la fiesta
con salirnos a batir?

Luis

Estáis puesto en la razón:
la vida apostado habemos,
y es fuerza que nos paguemos.

Juan

Soy de la misma opinión.
Mas ved que os debo advertir
que sois vos quien la ha perdido.

Luis

Pues por eso os la he traído;
mas no creo que morir
deba nunca un caballero
que lleva en el cinto espada,
como una res destinada
por su dueño al matadero.

Juan

Ni yo creo que resquicio
habréis jamás encontrado
por donde me hayáis tomado
por un cortador de oficio.

Luis

De ningún modo; y ya veis
que, pues os vengo a buscar,
mucho en vos debo fiar.

Juan

No más de lo que podéis.
Y por mostraros mejor
mi generosa hidalguía,
decid si aún puedo, Mejía,
satisfacer vuestro honor.
Leal la apuesta os gané;
mas si tanto os ha escocido,
mirad si halláis conocido
remedio, y le aplicaré.

Luis

No hay más que el que os he propuesto,
don Juan. Me habéis maniatado,
y habéis la casa asaltado
usurpándome mi puesto;
y pues el mío tomasteis
para triunfar de doña Ana,
no sois vos, don Juan, quien gana,
porque por otro jugasteis.

Juan

Ardides del juego son.

Luis

Pues no os los quiero pasar,
y por ellos a jugar
vamos ahora el corazón.

Juan

¿Le arriesgáis, pues, en revancha
de doña Ana de Pantoja?

Luis

Sí; y lo que tardo me enoja
en lavar tan fea mancha.
Don Juan, yo la amaba, sí;
mas con lo que habéis osado,
imposible la hais dejado
para vos y para mí.

Juan

¿Por qué la apostasteis, pues?

Luis

Porque no pude pensar
que la pudierais lograr.
Y... vamos, por San Andrés,
a reñir, que me impaciento.

Juan

Bajemos a la ribera.

Luis

Aquí mismo.

Juan

Necio fuera:
¿no veis que en este aposento
prendieran al vencedor?
Vos traéis una barquilla.

Luis

Sí.

Juan

Pues que lleve a Sevilla
al que quede.

Luis

Eso es mejor;
salgamos, pues.

Juan

Esperad.

Luis

¿Qué sucede?

Juan

Ruido siento.

Luis

Pues no perdamos momento.

ESCENA VII

DON JUAN, DON LUIS, CIUTTI

Ciutti

Señor, la vida salvad.

Juan

¿Qué hay, pues?

Ciutti

El comendador
que llega con gente armada.

Juan

Déjale franca la entrada,
pero a él solo.

Ciutti

Mas, señor...

Juan

Obedéceme.}} (Vase Ciutti).

ESCENA VIII

DON JUAN, DON LUIS

Juan

Don Luis,
pues de mí os habéis fiado
cuanto dejáis demostrado
cuando a mí casa venís,
no dudaré en suplicaros,
pues mi valor conocéis,
que un instante me aguardéis.

Luis

Yo nunca puse reparos
en valor que es tan notorio,
mas no me fío de vos.

Juan

Ved que las partes son dos
de la apuesta con Tenorio,
y que ganadas están.

Luis

¿Lograsteis a un tiempo...?

Juan

Sí:
la del convento está aquí:
y pues viene de don Juan
a reclamarla quien puede,
cuando me podéis matar
no debo asunto dejar
tras mí que pendiente quede.

Luis

Pero mirad que meter
quien puede el lance impedir
entre los dos, puede ser...

Juan

¿Qué?

Luis

Excusaros de reñir.

Juan

¡Miserable...! De don Juan
podéis dudar sólo vos:
mas aquí entrad, ¡vive Dios!
y no tengáis tanto afán
por vengaros, que este asunto
arreglado con ese hombre
don Luis, yo os juro a mi nombre
que nos batimos al punto.

Luis

Pero...

Juan

¡Con una legión
de diablos! Entrad aquí;
que harta nobleza es en mí
aún daros satisfacción.
Desde ahí ved y escuchad;
franca tenéis esa puerta.
Si veis mi conducta incierta,
como os acomode obrad.

Luis

Me avengo, si muy reacio
no andáis.

Juan

Calculadlo vos
a placer: mas, ¡vive Dios!,
que para todo hay espacio.

(Entra Don Luis en el cuarto que Don Juan le señala.)

Ya suben.}} (Don Juan escucha.)

(Dentro.)

¿Dónde está?

ESCENA IX

DON JUAN, DON GONZALO

Gonzalo

¿Adónde está ese traidor?

Juan

Aquí está, comendador.

Gonzalo

¿De rodillas?

Juan

Y a tus pies.

Gonzalo

Vil eres hasta en tus crímenes.

Juan

Anciano, la lengua ten,
y escúchame un solo instante.

Gonzalo

¿Qué puede en tu lengua haber
que borre lo que tu mano
escribió en este papel?
¡Ir a sorprender, ¡infame!,
la cándida sencillez
de quien no pudo el veneno
de esas letras precaver!
¡Derramar en su alma virgen
traidoramente la hiel
en que rebosa la tuya,
seca de virtud y fe!
¡Proponerse así enlodar
de mis timbres la alta prez,
como si fuera un harapo
que desecha un mercader!
¿Ése es el valor, Tenorio,
de que blasonas? ¿Ésa es
la proverbial osadía
que te da al vulgo a temer?
¿Con viejos y con doncellas
la muestras...? Y ¿para qué?
¡Vive Dios!, para venir
sus plantas así a lamer
mostrándote a un tiempo ajeno
de valor y de honradez.

Juan

¡Comendador!

Gonzalo

Miserable,
tú has robado a mí hija Inés
de su convento, y yo vengo
por tu vida, o por mi bien.

Juan

Jamás delante de un hombre
mi alta cerviz incliné,
ni he suplicado jamás,
ni a mi padre, ni a mi rey.
Y pues conservo a tus plantas
la postura en que me ves,
considera, don Gonzalo,
que razón debo tener.

Gonzalo

Lo que tienes es pavor
de mi justicia.

Juan

¡Pardiez!
Óyeme, comendador,
o tenerme no sabré,
y seré quien siempre he sido,
no queriéndolo ahora ser.

Gonzalo

¡Vive Dios!

Juan

Comendador,
yo idolatro a doña Inés,
persuadido de que el cielo
nos la quiso conceder
para enderezar mis pasos
por el sendero del bien.
No amé la hermosura en ella,
ni sus gracias adoré;
lo que adoro es la virtud,
don Gonzalo, en doña Inés.
Lo que justicias ni obispos
no pudieron de mí hacer
con cárceles y sermones,
lo pudo su candidez.
Su amor me torna en otro hombre,
regenerando mi ser,
y ella puede hacer un ángel
de quien un demonio fue.
Escucha, pues, don Gonzalo,
lo que te puede ofrecer
el audaz don Juan Tenorio
de rodillas a tus pies.
Yo seré esclavo de tu hija,
en tu casa viviré,
tú gobernarás mi hacienda,
diciéndome esto ha de ser.
El tiempo que señalares,
en reclusión estaré;
cuantas pruebas exigieres
de mi audacia o mi altivez,
del modo que me ordenares
con sumisión te daré:
y cuando estime tu juicio
que la puedo merecer,
yo la daré un buen esposo
y ella me dará el Edén.

Gonzalo

Basta, don Juan; no sé cómo
me he podido contener,
oyendo tan, torpes pruebas
de tu infame avilantez.
Don Juan, tú eres un cobarde
cuando en la ocasión te ves,
y no hay bajeza a que no oses
como te saque con bien.

Juan

¡Don Gonzalo!

Gonzalo

Y me avergüenzo
de mirarte así a mis pies,
lo que apostabas por fuerza
suplicando por merced.

Juan

Todo así se satisface,
don Gonzalo, de una vez.

Gonzalo

¡Nunca, nunca! ¿Tú su esposo?
Primero la mataré.
¡Ea! Entrégamela al punto,
o sin poderme valer,
en esa postura vil
el pecho te cruzaré.

Juan

Míralo bien, don Gonzalo;
que vas a hacerme perder
con ella hasta la esperanza
de mi salvación tal vez.

Gonzalo

¿Y qué tengo yo, don Juan,
con tu salvación que ver?

Juan

¡Comendador, que me pierdes!

Gonzalo

Mi hija.

Juan

Considera bien
que por cuantos medios pude
te quise satisfacer;
y que con armas al cinto
tus denuestos toleré,
proponiéndote la paz
de rodillas a tus pies.

ESCENA X

DICHOS; DON LUIS, soltando una carcajada de burla

Luis

Muy bien, don Juan.

Juan

¡Vive Dios!

Gonzalo

¿Quién es ese hombre?

Luis

Un testigo
de su miedo, y un amigo,
Comendador, para vos.

Juan

¡Don Luis!

Luis

Ya he visto bastante,
don Juan, para conocer
cuál uso puedes hacer
de tu valor arrogante;
y quien hiere por detrás
y se humilla en la ocasión,
es tan vil como el ladrón
que roba y huye.

Juan

¿Esto más?

Luis

Y pues la ira soberana
de Dios junta, como ves,
al padre de doña Inés
y al vengador de doña Ana,
mira el fin que aquí te espera
cuando a igual tiempo te alcanza,
aquí dentro su venganza
y la justicia allá fuera.

Gonzalo

¡Oh! Ahora comprendo... ¿Sois vos
el que...?

Luis

Soy don Luis Mejía,
a quien a tiempo os envía
por vuestra venganza Dios.

Juan

¡Basta, pues, de tal suplicio!
Si con hacienda y honor
ni os muestro ni doy valor
a mi franco sacrificio
y la leal solicitud
con que ofrezco cuanto puedo
tomáis, ¡vive Dios!, por miedo
y os mofáis de mi virtud,
os acepto el que me dais
plazo breve y perentorio,
para mostrarme el Tenorio
de cuyo valor dudáis.

Luis

Sea; y cae a nuestros pies,
digno al menos de esa fama
que por tan bravo te aclama.

Juan

Y venza el infierno, pues.
Ulloa, pues mi alma así
vuelves a hundir en el vicio,
cuando Dios me llame a juicio,
tú responderás por mí.
(Le da un pistoletazo.)

Gonzalo

¡Asesino!}} (Cae.)

Juan

Y tú, insensato,
que me llamas vil ladrón,
di en prueba de tu razón
que cara a cara te mato.
(Riñen, y le da una estocada.)

Luis

¡Jesús!}} (Cae.)

Juan

Tarde tu fe ciega
acude al cielo, Mejía,
y no fue por culpa mía;
pero la justicia llega,
y a fe que ha de ver quién soy.

(Dentro.)

¿Don Juan?

Juan

(Asomando al balcón.)
¿Quién es?

Ciutti

Por aquí;
salvaos.

Juan

¿Hay paso?

Ciutti

Sí;
arrojaos.

Juan

Allá voy.
Llamé al cielo y no me oyó,
y pues sus puertas me cierra,
de mis pasos en la tierra
responda el cielo, y no yo.
(Se arroja por el balcón, y se le oye caer en el agua del río, al mismo tiempo que el ruido de los remos muestra la rapidez del barco en que parte; se oyen golpes en las puertas de la habitación, poco después entra la justicia, soldados, etc.).

ESCENA XI

Alguaciles, Soldados; luego DOÑA INÉS y BRÍGIDA

ALGUACIL 1º.

El tiro ha sonado aquí.

ALGUACIL 2º.

Aún hay humo.

ALGUACIL 1º.

¡Santo Dios!

Aquí hay un cadáver.

ALGUACIL 2º.

Dos.

ALGUACIL 1º.

¿Y el matador?

ALGUACIL 2º.

Por allí.

(Abren el cuarto en que están Doña Inés y Brígida, y las sacan a la escena; Doña Inés reconoce el cadáver de su padre.)

ALGUACIL 2º.

¡Dos mujeres!

Inés

¡Ah, qué horror,
padre mío!
ALGUACIL 1º.
¡Es su hija!

Brígida

Sí.

Inés

¡Ay! ¿Dó estás, don Juan, que aquí
me olvidas en tal dolor?
ALGUACIL 1º.
Él le asesinó.

Inés

¡Dios mío!
¿Me guardabas esto más?
ALGUACIL 2º.
Por aquí ese Satanás
se arrojó, sin duda, al río.
ALGUACIL 1º.
Miradlos..., a bordo están
del bergantín calabrés.

Todos

¡Justicia por doña Inés!

Inés

Pero no contra don Juan.
(Cayendo de rodillas.)

Categoría:Don Juan Tenorio (1844)

Parte Segunda, Acto Primero: La sombra de doña inés

(Panteón de la familia Tenorio. —El teatro representa un magnífico cementerio, hermoseado a manera de jardín. En primer término, aislados y de bulto, los sepulcros de Don Gonzalo Ulloa, de Doña Inés y de Don Luis Mejía, sobre los cuales se ven sus estatuas de piedra. El sepulcro de Don Gonzalo a la derecha, y su estatua de rodillas; el de Don Luis a la izquierda, y su estatua también de rodillas; el de Doña Inés en el centro, y su estatua de pie. En segundo término otros dos sepulcros en la forma que convenga; y en el tercer término y en puesto elevado, el sepulcro y estatua del fundador, Don Diego Tenorio, en cuya figura remata la perspectiva de los sepulcros. Una pared llena de nichos y lápidas circuye el cuadro hasta el horizonte. Dos florones a cada lado de la tumba de Doña Inés, dispuestos a servir de la manera que a su tiempo exige el juego escénico. Cipreses y flores de todas clases embellecen la decoración, que no debe tener nada de horrible. La acción se supone en una tranquila noche de verano, y alumbrada por una clarísima luna.)

ESCENA PRIMERA

EL ESCULTOR, disponiéndose a marchar

Escultor

Pues, señor, es cosa hecha
el alma del buen don Diego
puede, a mi ver, con sosiego
reposar muy satisfecha.
La obra está rematada
con cuanta suntuosidad
su postrera voluntad
dejó al mundo encomendada.
Y ya quisieran, ¡pardiez!,
todos los ricos que mueren
que su voluntad cumplieren
los vivos, como esta vez.
Mas ya de marcharme es hora:
todo corriente lo dejo,
y de Sevilla me alejo
al despuntar de la aurora.
¡Ah! Mármoles que mis manos
pulieron con tanto afán,
mañana os contemplarán
los absortos sevillanos;
y al mirar de este panteón
las gigantes proporciones,
tendrán las generaciones
la nuestra en veneración.
Mas yendo y viniendo días,
se hundirán unas tras otras,
mientra en pie estaréis vosotras,
póstumas memorias mías.
¡Oh! frutos de mis desvelos,
peñas a quien yo animé
y por quienes arrostré
la intemperie de los cielos;
el que forma y ser os dió,
va ya a perderos de vista;
¡velad mi gloria de artista,
pues viviréis más que yo!
Mas ¿quién llega?

ESCENA II

EL ESCULTOR; DON JUAN, que entra embozado

Escultor

Caballero....

Juan

Dios le guarde.

Escultor

Perdonad,
mas ya es tarde, y...

Juan

Aguardad
un instante, porque quiero
que me expliquéis...

Escultor

¿Por acaso
sois forastero?

Juan

Años ha
que falto de España ya,
y me chocó el ver al paso,
cuando a esas verjas llegué,
que encontraba este recinto
enteramente distinto
de cuando yo le dejé.

Escultor

Yo lo creo; como que esto
era entonces un palacio
y hoy es panteón el espacio
donde aquél estuvo puesto.

Juan

¡El palacio hecho panteón!

Escultor

Tal fue de su antiguo dueño
la voluntad, y fue empeño
que dió al mundo admiración.

Juan

¡Y, por Dios, que es de admirar!

Escultor

Es una famosa historia,
a la cual debo mi gloria.

Juan

¿Me la podréis relatar?

Escultor

Sí; aunque muy sucintamente,
pues me aguardan.

Juan

Sea.

Escultor

Oíd
la verdad pura.

Juan

Decid,
que me tenéis impaciente.

Escultor

Pues habitó esta ciudad
y este palacio heredado,
un varón muy estimado
por su noble calidad.

Juan

Don Diego Tenorio.

Escultor

El mismo.
Tuvo un hijo este don Diego
peor mil veces que el fuego,
un aborto del abismo.
Un mozo sangriento y cruel,
que con tierra y cielo en guerra,
dicen que nada en la tierra
fue respetado por él.
Quimerista, seductor
y jugador con ventura,
no hubo para él segura
vida, ni hacienda, ni honor.
Así le pinta la historia,
y si tal era, por cierto
que obró cuerdamente el muerto
para ganarse la gloria.

Juan

Pues ¿cómo obró?

Escultor

Dejó entera
su hacienda al que la empleara
en un panteón que asombrara
a la gente venidera.
Mas con condición, que dijo
que se enterraran en él
los que a la mano cruel
sucumbieron de su hijo.
Y mirad en derredor
los sepulcros de los más
de ellos.

Juan

¿Y vos sois quizás,
el conserje?

Escultor

El Escultor
de estas obras encargado.

Juan

¡Ah! ¿Y las habéis concluido?

Escultor

Ha un mes; mas me he detenido
hasta ver ese enverjado
colocado en su lugar;
pues he querido impedir
que pueda el vulgo venir
este sitio a profanar.

Juan

(Mirando.)
¡Bien empleó sus riquezas
el difunto!

Escultor

¡Ya lo creo!
Miradle allí.

Juan

Ya le veo.

Escultor

¿Le conocisteis?

Juan

Sí.

Escultor

Piezas
son todas muy parecidas
y a conciencia trabajadas.

Juan

¡Cierto que son extremadas!

Escultor

¿Os han sido conocidas
las personas?

Juan

Todas ellas.

Escultor

¿Y os parecen bien?

Juan

Sin duda,
según lo que a ver me ayuda
el fulgor de las estrellas.

Escultor

¡Oh! Se ven como de día
con esta luna tan clara.
Ésta es mármol de Carrara.
(Señalando a la de Don Luis).

Juan

¡Buen busto es el de Mejía!
(Contempla las estatuas unas tras otras.)
¡Hola! Aquí el comendador
se representa muy bien.

Escultor

Yo quise poner también
la estatua del matador
entre sus víctimas, pero
no pude a manos haber
su retrato... Un Lucifer
dicen que era el caballero
don Juan Tenorio.

Juan

¡Muy malo!
Mas como pudiera hablar,
le había algo de abonar
la estatua de don Gonzalo.

Escultor

¿También habéis conocido
a don Juan?

Juan

Mucho.

Escultor

Don Diego
le abandonó desde luego
desheredándole.

Juan

Ha sido
para don Juan poco daño
ése, porque la fortuna
va tras él desde la cuna.

Escultor

Dicen que ha muerto.

Juan

Es engaño:
vive.

Escultor

¿Y dónde?

Juan

Aquí, en Sevilla.

Escultor

¿Y no teme que el furor
popular...?

Juan

En su valor
no ha echado el miedo semilla.

Escultor

Mas cuando vea el lugar
en que está ya convertido
el solar que suyo ha sido,
no osara en Sevilla estar.

Juan

Antes ver tendrá a fortuna
en su casa reunidas
personas de él conocidas,
puesto que no odia a ninguna.

Escultor

¿Creéis que ose aquí venir?

Juan

¿Por qué no? Pienso, a mi ver,
que donde vino a nacer
justo es que venga a morir.
Y pues le quitan su herencia
para enterrar a éstos bien,
a él es muy justo también
que le entierren con decencia.

Escultor

Sólo a él le está prohibida
en este panteón la entrada.

Juan

Trae don Juan muy buena espada,
y no sé quién se lo impida.

Escultor

¡Jesús! ¡Tal profanación!

Juan

Hombre es don Juan que, a querer,
volverá el palacio a hacer
encima del panteón.

Escultor

¿Tan audaz ese hombre es
que aun a los muertos se atreve?

Juan

¿Qué respetos gastar debe
con los que tendió a sus pies?

Escultor

¿Pero no tiene conciencia
ni alma ese hombre?

Juan

Tal vez no,
que al cielo una vez llamó
con voces de penitencia,
y el cielo, en trance tan fuerte,
allí mismo le metió,
que a dos inocentes dió,
para salvarse, la muerte.

Escultor

¡Qué monstruo, supremo Dios!

Juan

Podéis estar convencido
de que Dios no le ha querido.

Escultor

Tal será.

Juan

Mejor que vos.

Escultor

(¿Y quién será el que a don Juan
abona con tanto brío?)
Caballero, a pesar mío,
como aguardándome están...

Juan

Idos, pues, enhorabuena.

Escultor

He de cerrar.

Juan

No cerréis
y marchaos.

Escultor

¿Mas no veis...?

Juan

Veo una noche serena
y un lugar que me acomoda
para gozar su frescura,
y aquí he de estar a mí holgura,
si pesa a Sevilla toda.

Escultor

(¿Si acaso padecerá
de locura desvaríos?)

Juan

(Dirigiéndose a las estatuas.)
Ya estoy aquí, amigos míos.

Escultor

¿No lo dije? Loco está.

Juan

Mas, ¡cielos, qué es lo que veo!
O es ilusión de mi vista,
o a doña Inés el artista
aquí representa, creo.

Escultor

Sin duda.

Juan

¿También murió?

Escultor

Dicen que de sentimiento
cuando de nuevo al convento
abandonada volvió
por don Juan.

Juan

¿Y yace aquí?

Escultor

Sí.

Juan

¿La visteis muerta vos?

Escultor

Sí.

Juan

¿Cómo estaba?

Escultor

¡Por Dios,
que dormida la creí!
La muerte fue tan piadosa
con su cándida hermosura,
que la envió con la frescura
y las tintas de la rosa.

Juan

¡Ah! Mal la muerte podría
deshacer con torpe mano
el semblante soberano
que un ángel envidiaría.
¡Cuán bella y cuán parecida
su efigie en el mármol es!
¡Quién pudiera, doña Inés,
volver a darte la vida!
¿Es obra del cincel vuestro?

Escultor

Como todas las demás.

Juan

Pues bien merece algo más
un retrato tan maestro.
Tomad.

Escultor

¿Qué me dais aquí?

Juan

¿No lo veis?

Escultor

Mas...,caballero...,
¿por qué razón...?

Juan

Porque quiero
yo que os acordéis de mí.

Escultor

Mirad que están bien pagadas.

Juan

Así lo estarán mejor.

Escultor

Mas vamos de aquí, señor,
que aún las llaves entregadas
no están, y al salir la aurora
tengo que partir de aquí.

Juan

Entregádmelas a mí,
y marchaos desde ahora.

Escultor

¿A vos?

Juan

A mí ¿Qué dudáis?

Escultor

Como no tengo el honor...

Juan

Ea, acabad, escultor.

Escultor

Si el nombre al menos que usáis
supiera...

Juan

¡Viven los cielos!
Dejad a don Juan Tenorio
velar el lecho mortuorio
en que duermen sus abuelos.

Escultor

¡Don Juan Tenorio!

Yo soy

Y si no me satisfaces,
compañía juro que haces
a tus estatuas desde hoy.

Escultor

(Alargándole las llaves.)
Tomad. (No quiero la piel
dejar aquí entre sus manos.
Ahora, que los sevillanos
se las compongan con él.)}} (Vase).

ESCENA III

Juan

Mi buen padre empleó en esto
entera la hacienda mía:
hizo bien: yo al otro día
la hubiera a una carta puesto.
No os podéis quejar de mí,
vosotros a quien maté;
si buena vida os quité,
buena sepultura os di.
¡Magnífica es, en verdad,
la idea de tal panteón!
Y... siento que el corazón
me halaga esta, soledad.
¡Hermosa noche...! ¡Ay de mí!
¡Cuántas como ésta tan puras,
en infames aventuras
desatinado perdí!
¡Cuántas, al mismo fulgor
de esa luna transparente,
arranqué a algún inocente
la existencia o el honor!
Sí, después de tantos años
cuyos recuerdos me espantan,
siento que en mí se levantan
pensamientos en mí extraños.
¡Oh! Acaso me los inspira
desde el cielo, en donde mora,
esa sombra protectora
que por mi mal no respira.
(Se dirige a la estatua de Doña Inés, hablándola con respeto).
Mármol en quien doña Inés
en cuerpo sin alma existe,
deja que el alma de un triste
llore un momento a tus pies.
De azares mil a través
conservé tu imagen pura,
y pues la mala ventura
te asesinó de don Juan,
contempla con cuánto afán
vendrá hoy a tu sepultura.
En ti nada más pensó
desde que se fue de ti;
y desde que huyó de aquí,
sólo en volver meditó.
Don Juan tan sólo esperó
de doña Inés su ventura,
y hoy, que en pos de su hermosura
vuelve el infeliz don Juan,
mira cuál será su afán
al dar con tu sepultura.
Inocente doña Inés,
cuya hermosa juventud
encerró en el ataúd
quien llorando está a tus pies;
si de esa piedra a través
puedes mirar la amargura
del alma que tu hermosura
adoró con tanto afán,
prepara un lado a don Juan
en tu misma sepultura.
Dios te crió por mi bien,
por ti pensé en la virtud,
adoré su excelsitud,
y anhelé su santo Edén.
Sí; aún hoy mismo en ti también
mi esperanza se asegura,
que oigo una voz que murmura
en derredor de don Juan
palabras con que su afán
se calma en tu sepultura.
¡Oh, doña Inés de mi vida!
Si esa voz con quien deliro
es el postrimer suspiro
de tu eterna despedida;
si es que de ti desprendida
llega esa voz a la altura,
y hay un Dios tras esa anchura
por donde los astros van,
dile que mire a don Juan
llorando en tu sepultura.
(Se apoya en el sepulcro, ocultando el rostro; y mientras se conserva en esta postura, un vapor que se levanta del sepulcro oculta la estatua de Doña Inés. Cuando el vapor se desvanece, la estatua ha desaparecido. Don Juan sale, de su enajenamiento).
Este mármol sepulcral
adormece mi vigor,
y sentir creo en redor
un ser sobrenatural.
Mas... ¡cielos! ¡El pedestal
no mantiene su escultura!
¿Qué es esto? ¿Aquella figura
fue creación de mi afán?

ESCENA IV

(El llorón y las flores de la izquierda del sepulcro de Doña Inés se cambian en una apariencia, dejando ver dentro de ella, y en medio de resplandores, la sombra de Doña Inés).

DON JUAN, la sombra de DOÑA INÉS

Sombra

No; mi espíritu, don Juan,
te aguardó en mi sepultura.

Juan

(De rodillas.)
¡Doña Inés! Sombra querida,
alma de mi corazón,
¡no me quites la razón
si me has de dejar la vida!
Si eres imagen fingida,
sólo hija de mi locura,
no aumentes mi desventura
burlando mi loco afán.

Sombra

Yo soy doña Inés, don Juan,
que te oyó en su sepultura.

Juan

¿Conque vives?

Sombra

Para ti;
Mas tengo mi purgatorio
en ese mármol mortuorio
que labraron para mí.
Yo a Dios mi alma ofrecí
en precio de tu alma impura,
y Dios, al ver la ternura
con que te amaba mi afán,
me dijo «Espera a don Juan
en tu misma sepultura.
Y pues quieres ser tan fiel
a un amor de Satanás,
con don Juan te salvarás,
o te perderás con él.
Por él vela: mas si cruel
te desprecia tu ternura,
y en su torpeza y locura
sigue con bárbaro afán,
llévese tu alma don Juan
de tu misma sepultura.»

Juan

(Fascinado.)
¡Yo estoy soñando quizás
con las sombras de un Edén!

Sombra

No: y ve que si piensas bien,
a tu lado me tendrás;
mas si obras mal, causarás
nuestra eterna desventura.
Y medita con cordura
que es esta noche, don Juan,
el espacio que nos dan
para buscar sepultura.
Adiós, pues; y en la ardua lucha
en que va a entrar tu existencia,
de tu dormida conciencia
la voz que va alzarse escucha;
porque es de importancia mucha
meditar con sumo tiento
la elección de aquel momento
que, sin poder evadirnos,
al mal o al bien ha de abrirnos
la losa del monumento.
(Ciérrase la apariencia; desaparece Doña Inés, y todo queda como al principio del acto, menos la estatua de Doña Inés que no vuelve a su lugar. Don Juan queda atónito).

ESCENA V

Juan

¡Cielos! ¿Qué es lo que escuché?
¡Hasta los muertos así
dejan sus tumbas por mí!
Mas sombra, delirio fue.
Yo en mi mente la forjé;
la imaginación le dió
la forma en que se mostró,
y ciego vine a creer
en la realidad de un ser
que mi mente fabricó.
Mas nunca de modo tal
fanatizó mi razón
mi loca imaginación
con su poder ideal.
Sí, algo sobrenatural
vi en aquella doña Inés
tan vaporosa, a través
aun de esa enramada espesa;
mas... ¡bah! circunstancia es ésa
que propia de sombras es.
¿Qué más diáfano y sutil
que las quimeras de un sueño?
¿Dónde hay nada más risueño,
más flexible y más gentil?
¿Y no pasa veces mil
que, en febril exaltación,
ve nuestra imaginación
como ser y realidad
la vacía vanidad
de una anhelada ilusión?
¡Sí, por Dios, delirio fue!
Mas su estatua estaba aquí.
Sí, yo la vi y la toqué,
y aun en albricias le di
al escultor no sé qué.
¡Y ahora sólo el pedestal
veo en la urna funeral!
¡Cielos! La mente me falta,
o de improviso me asalta
algún vértigo infernal.
¿Qué dijo aquella visión?
¡Oh! Yo la oí claramente,
y su voz triste y doliente
resonó en mi corazón.
¡Ah! ¡Y breves las horas son
del plazo que nos augura!
No, no ¡de mi calentura
delirio insensato es!
Mi fiebre fue a doña Inés
quien abrió la sepultura.
¡Pasad y desvaneceos;
pasad, siniestros vapores
de mis perdidos amores
y mis fallidos deseos!
¡Pasad, vanos devaneos
de un amor muerto al nacer;
no me volváis a traer
entre vuestro torbellino,
ese fantasma divino
que recuerda una mujer!
¡Ah! ¡Estos sueños me aniquilan,
mi cerebro se enloquece...
y esos mármoles parece
que estremecidos vacilan!
(Las estatuas se mueven lentamente y vuelven la cabeza hacia él.)
Sí, sí; ¡sus bustos oscilan,
su vago contorno medra...!
Pero don Juan no se arredra
¡alzaos, fantasmas vanos,
y os volveré con mis manos
a vuestros lechos de piedra!
No, no me causan pavor
vuestros semblantes esquivos;
jamás, ni muertos ni vivos,
humillaréis mi valor.
Yo soy vuestro matador
como al mundo es bien notorio;
si en vuestro alcázar mortuorio
me aprestáis venganza fiera,
daos prisa; aquí os espera
otra vez don Juan Tenorio.

ESCENA VI

DON JUAN, EL CAPITÁN CENTELLAS y AVELLANEDA

(Dentro.)

¿Don Juan Tenorio?

Juan

(Volviendo en sí.)
¿Qué es eso?
¿Quién me repite mi nombre?

Avellaneda

(Saliendo.)
¿Veis a alguien?
(A Centellas.)

Centellas

(Ídem.)
Sí, allí hay un hombre.

Juan

¿Quién va?

Centellas

(Yéndose a Don Juan.)
Yo pierdo el seso
con la alegría. ¡Don Juan!

Avellaneda

Señor Tenorio!

Juan

¡Apartaos,
vanas sombras!

Centellas

Reportaos,
señor don Juan... Los que están
en vuestra presencia ahora,
no son sombras, hombres son,
y hombres cuyo corazón
vuestra amistad atesora.
A la luz de las estrellas
os hemos reconocido,
y un abrazo hemos venido
a daros.

Juan

Gracias, Centellas.

Centellas

Mas ¿qué tenéis? ¡Por mi vida
que os tiembla el brazo, y está
vuestra faz descolorida!

Juan

(Recobrando su aplomo.)
La luna tal vez lo hará.

Avellaneda

Mas, don Juan, ¿qué hacéis aquí?
¿Este sitio conocéis?

Juan

¿No es un panteón?

Centellas

¿Y sabéis
a quién pertenece?

Juan

A mí
mirad a mi alrededor,
y no veréis más que amigos
de mi niñez, o testigos
de mi audacia y mi valor.

Centellas

Pero os oímos hablar:
¿con quién estabais?

Juan

Con ellos.

Centellas

¿Venís aún a escarnecellos?

Juan

No, los vengo a visitar.
Mas un vértigo insensato
que la mente me asaltó,
un momento me turbó;
y a fe que me dió mal rato.
Esos fantasmas de piedra
me amenazaban tan fieros,
que a mí acercado a no haberos
pronto...

Centellas

¡Ja!, ¡ja!, ¡ja! ¿Os arredra,
don Juan, como a los villanos
el temor de los difuntos?

Juan

No a fe; contra todos juntos
tengo aliento y tengo manos.
Si volvieran a salir
de las tumbas en que están,
a las manos de don Juan
volverían a morir.
Y desde aquí en adelante
sabed, señor capitán,
que yo soy siempre don Juan,
y no hay cosa que me espante.
Un vapor calenturiento
un punto me fascinó,
Centellas, mas ya pasó
cualquiera duda un momento.

Centellas

Es verdad.

Juan

Vamos de aquí.

Centellas

Vamos, y nos contaréis
cómo a Sevilla volvéis
tercera vez.

Juan

Lo haré así,
si mi historia os interesa
y a fe que oírse merece,
aunque mejor me parece
que la oigáis de sobremesa.
¿No opináis...?

Centellas

Como gustéis.

Juan

Pues bien cenaréis conmigo
y en mi casa.

Centellas

Pero digo,
¿es cosa de que dejéis
algún huésped por nosotros?
¿No tenéis gato encerrado?

Juan

¡Bah! Si apenas he llegado:
no habrá allí más que vosotros
esta noche.

Centellas

¿Y no hay tapada
a quien algún plantón demos?

Juan

Los tres solos cenaremos.
Digo, si de esta jornada
no quiere igualmente ser
alguno de éstos.
(Señalando a las estatuas de los sepulcros.)

Centellas

Don Juan,
dejad tranquilos yacer
a los que con Dios están.

Juan

¡Hola! ¿Parece que vos
sois ahora el que teméis,
y mala cara ponéis
a los muertos? Mas, ¡por Dios
que ya que de mí os burlasteis
cuando me visteis así,
en lo que penda de mí
os mostraré cuánto errasteis!
Por mí, pues, no ha de quedar
y a poder ser, estad ciertos
que cenaréis con los muertos,
y os los voy a convidar.

Avellaneda

Dejaos de esas quimeras.

Juan

¿Duda en mi valor ponerme,
cuando hombre soy para hacerme
platos de sus calaveras?
Yo, a nada tengo pavor.
(Dirigiéndose a la estatua de Don Gonzalo, que es la que tiene más cerca.)
Tú eres el más ofendido;
mas si quieres, te convido
a cenar comendador.
Que no lo puedas hacer
creo, y es lo que me pesa;
mas, por mi parte, en la mesa
te haré un cubierto poner.
Y a fe que favor me harás,
pues podré saber de ti
si hay más mundo que el de aquí,
y otra vida, en que jamás,
a decir verdad, creí.

Centellas

Don Juan, eso no es valor;
locura, delirio es.

Juan

Como lo juzguéis mejor:
yo cumplo así. Vamos, pues.
Lo dicho, comendador.

Categoría:Don Juan Tenorio (1844)

Parte Segunda, Acto Segundo: La estatua de don gonzalo

(Aposento de Don Juan Tenorio. —Dos puertas en el fondo a derecha e izquierda, preparadas para el juego escénico del acto. Otra puerta en el bastidor que cierra la decoración por la izquierda. Ventana en el de la derecha. Al alzarse el telón están sentados a la mesa Don Juan, Centellas y Avellaneda. La mesa ricamente servida: el mantel cogido con guirnaldas de flores, etc. En frente del espectador, Don Juan, y a su izquierda Avellaneda; en el lado izquierdo de la mesa, Centellas, y en el de enfrente de éste, una silla y un cubierto desocupados.)

ESCENA PRIMERA

DON JUAN, EL CAPITÁN CENTELLAS, AVELLANEDA, CIUTTI, un Paje

Juan

Tal es mi historia, señores
pagado de mi valor,
quiso el mismo emperador
dispensarme sus favores.
Y aunque oyó mi historia entera,
dijo «Hombre de tanto brío
merece el amparo mío;
vuelva a España cuando quiera.»
Y heme aquí en Sevilla ya.

Centellas

¡Y con qué lujo y riqueza!

Juan

Siempre vive con grandeza
quien hecho a grandeza está.

Centellas

A vuestra vuelta.

Juan

Bebamos.

Centellas

Lo que no acierto a creer
es cómo, llegando ayer,
ya establecido os hallamos.

Juan

Fue el adquirirme, señores,
tal casa con tal boato,
porque se vendió a barato
para pago de acreedores.
Y como al llegar aquí
desheredado me hallé,
tal como está la compré.

Centellas

¿Amueblada y todo?

Juan

Sí.
Un necio que se arruinó
por una mujer vendióla.

Centellas

¿Y vendió la hacienda sola?

Juan

Y el alma al diablo.

Centellas

¿Murió?

Juan

De repente: y la justicia,
que iba a hacer de cualquier modo
pronto despacho de todo,
viendo que yo su codicia
saciaba, pues los dineros
ofrecía dar al punto,
cedióme el caudal por junto
y estafó a los usureros.

Centellas

Y la mujer, ¿qué fue de ella?

Juan

Un escribano la pista
la siguió, pero fue lista
y escapó.

Centellas

¿Moza?

Juan

Y muy bella.

Centellas

Entrar hubiera debido
en los muebles de la casa.

Juan

Don Juan Tenorio no pasa
moneda que se ha perdido.
Casa y bodega he comprado,
dos cosas que, no os asombre,
pueden bien hacer a un hombre
vivir siempre acompañado;
como lo puede mostrar
vuestra agradable presencia,
que espero que con frecuencia
me hagáis ambos disfrutar.

Centellas

Y nos haréis honra inmensa.

Juan

Y a mí vos. ¡Ciutti!

Ciutti

¿Señor?

Juan

Pon vino al Comendador.
(Señalando el vaso del puesto vacío.)

Avellaneda

Don Juan, ¿aún en eso piensa
vuestra locura?

Juan

¡Sí, a fe!
Que si él no puede venir,
de mí no podréis decir
que en ausencia no le honré.

Centellas

¡Ja, ja, ja! Señor Tenorio,
creo que vuestra cabeza
va menguando en fortaleza.

Juan

Fuera en mí contradictorio,
y ajeno de mi hidalguía,
a un amigo convidar
y no guardarle el lugar
mientras que llegar podría.
Tal ha sido mi costumbre
siempre, y siempre ha de ser ésa;
y el mirar sin él la mesa
me da, en verdad, pesadumbre.
Porque si el Comendador
es, difunto, tan tenaz
como vivo, es muy capaz
de seguirnos el humor.

Centellas

Brindemos a su memoria,
y más en él no pensemos.

Juan

Sea.

Centellas

Brindemos.
AVELL. y JUAN.
Brindemos.

Centellas

A que Dios le dé su gloria.

Juan

Mas yo, que no creo que haya
más gloria que esta mortal,
no hago mucho en brindis tal;
mas por complaceros, ¡vaya!
Y brindo a Dios que te dé
la gloria Comendador.
(Mientras beben se oye lejos un aldabonazo, que se supone dado en la puerta de la calle.)
Mas ¿llamaron?

Ciutti

Sí, señor.

Juan

Ve quién.

Ciutti

(Asomando por la ventana.)
A nadie se ve.
¿Quién va allá? Nadie responde.

Centellas

Algún chusco.

Avellaneda

Algún menguado
que al pasar habrá llamado
sin mirar siquiera dónde.

Juan

(A Ciutti.)
Pues cierra y sirve licor.
(Llaman otra vez más recio.)
Mas ¿llamaron otra vez?

Ciutti

Sí.

Juan

Vuelve a mirar.

Ciutti

¡Pardiez!
A nadie veo, señor.

Juan

¡Pues, por Dios, que del bromazo
quien es no se ha de alabar!
Ciutti, si vuelve a llamar
suéltale un pistoletazo.
(Llaman otra vez, y se oye un poco mas cerca.)
¿Otra vez?

Ciutti

¡Cielos!

Centellas

¿Qué pasa?

Ciutti

Que esa aldabada postrera
ha sonado en la escalera,
no en la puerta de la casa.

Centellas

¿Qué dices?
(Levantándose asombrados.)

Ciutti

Digo lo cierto
nada más: dentro han llamado
de la casa.

Juan

¿Qué os ha dado?
¿Pensáis ya que sea el muerto?
Mis armas cargué con bala
Ciutti, sal a ver quién es.
(Vuelven a llamar más cerca.)

Avellaneda

¿Oísteis?

Ciutti

¡Por San Ginés,
que eso ha sido en la antesala!

Juan

¡Ah! Ya lo entiendo; me habéis
vosotros mismos dispuesto
esta comedia, supuesto
que lo del muerto sabéis.

Avellaneda

Yo os juro, don Juan...

Centellas

Y Yo.

Juan

¡Bah! Diera en ello el más topo,
y apuesto a que ese galopo
los medios para ello os dió.

Avellaneda

Señor don Juan, escondido
algún misterio hay aquí.
(Vuelven a llamar más cerca.)

Centellas

¡Llamaron otra vez!

Ciutti

Sí;
y ya en el salón ha sido.

Juan

¡Ya! Mis llaves en manojo
habréis dado a la fantasma,
y que entre así no me pasma;
mas no saldrá a vuestro antojo,
ni me han de impedir cenar
vuestras farsas desdichadas.
(Se levanta, y corre los cerrojos de las puertas del fondo, volviendo a su lugar).
Ya están las puertas cerradas
ahora el coco, para entrar,
tendrá que echarlas al suelo,
y en el punto que lo intente,
que con los muertos se cuente,
y apele después al cielo.

Centellas

¡Qué diablos! Tenéis razón.

Juan

¿Pues no temblabais?

Centellas

Confieso
que en tanto que no di en eso,
tuve un poco de aprensión.

Juan

¿Declaráis, pues, vuestro enredo?

Avellaneda

Por mi parte, nada sé.

Centellas

Ni yo.

Juan

Pues yo volveré
contra el inventor el miedo.
Mas sigamos con la cena;
vuelva cada uno a su puesto,
que luego sabremos de esto.

Avellaneda

Tenéis razón.

Juan

(Sirviendo a Centellas).
Cariñena
sé que os gusta, capitán.

Centellas

Como que somos paisanos.

Juan

(A Avellaneda, sirviéndole de otra botella).
Jerez a los sevillanos,
don Rafael.

Avellaneda

Habéis, don Juan,
dado a entrambos por el gusto;
¿mas con cuál brindaréis vos?

Juan

Yo haré justicia a los dos.

Centellas

Vos siempre estáis en lo justo.

Juan

Sí, a fe; bebamos.
AVELL. y CENT.
Bebamos.
(Llaman a la misma puerta de la escena, fondo derecha.)

Juan

Pesada me es ya la broma,
mas veremos quién asoma
mientras en la mesa estamos.
(A Ciutti, que se manifiesta asombrado.)
¿Y qué haces tú ahí, bergante?
¡Listo! Trae otro manjar: (Vase Ciutti.)
mas me ocurre en este instante
que nos podemos mofar
de los de afuera, invitándoles
a probar su sutileza,
entrándose hasta esta pieza
y sus puertas no franqueándoles.

Avellaneda

Bien dicho.

Centellas

Idea brillante.
(Llaman fuerte, fondo derecha.)

Juan

¡Señores! ¿A qué llamar?
Los muertos se han de filtrar
por la pared; adelante.
(La estatua de Don Gonzalo pasa por la puerta sin abrirla, y sin hacer ruido).

ESCENA II

DON JUAN, CENTELLAS, AVELLANEDA, la estatua DE DON GONZALO

Centellas

¡Jesús!

Avellaneda

¡Dios mío!

Juan

¡Qué es esto!

Avellaneda

Yo desfallezco.
(Cae desvanecido.)

Centellas

Yo expiro.
(Cae lo mismo.)

Juan

¡Es realidad, o deliro!
Es su figura...., su gesto.

Estatua

¿Por qué te causa pavor
quien convidado a tu mesa
viene por ti?

Juan

¡Dios! ¿No es ésa
la voz del comendador?

Estatua

Siempre supuse que aquí
no me habías de esperar.

Juan

Mientes, porque hice arrimar
esa silla para ti.
Llega, pues, para que veas
que aunque dudé en un extremo
de sorpresa, no te temo,
aunque el mismo Ulloa seas.

Estatua

¿Aún lo dudas?

Juan

No lo sé.

Estatua

Pon, si quieres, hombre impío,
tu mano en el mármol frío
de mi estatua.

Juan

¿Para qué?
Me basta oírlo de ti:
cenemos, pues; mas te advierto...

Estatua

¿Qué?

Juan

Que si no eres el muerto,
no vas a salir de aquí.
¡Eh! Alzad. (A Centellas y Avellaneda).

Estatua

No pienses, no,
que se levanten, don Juan;
porque en sí no volverán
hasta que me ausente yo.
Que la divina clemencia
del Señor para contigo,
no requiere más testigo
que tu juicio y tu conciencia.
Al sacrílego convite
que me has hecho en el panteón,
para alumbrar tu razón
Dios asistir me permite.
Y heme que vengo en su nombre
a enseñarte la verdad;
y es: que hay una eternidad
tras de la vida del hombre.
Que numerados están
los días que has de vivir,
y que tienes que morir
mañana mismo, don Juan.
Mas como esto que a tus ojos
está pasando, supones
ser del alma aberraciones
y de la aprensión antojos,
Dios, en su santa clemencia,
te concede todavía,
don Juan, hasta el nuevo día
para ordenar tu conciencia.
Y su justicia infinita
porque conozcas mejor,
espero de tu valor
que me pagues la visita.
¿Irás, don Juan?

Juan

Iré, sí;
mas me quiero convencer
de lo vago de tu ser
antes que salgas de aquí.
(Coge una pistola.)

Estatua

Tu necio orgullo delira,
don Juan los hierros más gruesos
y los muros más espesos
se abren a mi paso mira.
(Desaparece la estatua sumiéndose por la pared).

ESCENA III

DON JUAN, AVELLANEDA y CENTELLAS

Juan

¡Cielos! ¡Su esencia se trueca
el muro hasta penetrar,
cual mancha de agua que seca
el ardor canicular!
¿No me dijo «El mármol toca
de mi estatua»? ¿Cómo, pues,
se desvanece una roca?
¡Imposible! Ilusión es.
Acaso su antiguo dueño
mis cubas envenenó,
y el licor tan vano ensueño
en mi mente levantó.
¡Mas si éstas que sombras creo
espíritus reales son,
que por celestial empleo
llaman a mi corazón!,
entonces, para que iguale
su penitencia don Juan
con sus delitos, ¿qué vale
el plazo ruin que le dan?
¡Dios me da tan sólo un día...!
Si fuese Dios en verdad,
a más distancia pondría
su aviso y mi eternidad.
«Piensa bien que al lado tuyo
me tendrás...», dijo de Inés
la sombra, y si bien arguyo,
pues no la veo, sueño es.
(Trasparéntase en la pared la sombra de Doña Inés).

ESCENA IV

DON JUAN, la sombra de DOÑA INÉS; CENTELLAS y AVELLANEDA, dormidos

Sombra

Aquí estoy.

Juan

Cielos!

Sombra

Medita
lo que al buen comendador
has oído, y ten valor
para acudir a su cita.
Un punto se necesita
para morir con ventura;
elígele con cordura,
porque mañana, don Juan,
nuestros cuerpos dormirán
en la misma sepultura.
(Desaparece la sombra.).

ESCENA V

DON JUAN, CENTELLAS, AVELLANEDA

Juan

Tente, doña Inés, espera;
y si me amas en verdad,
hazme al fin la realidad
distinguir de la quimera.
Alguna más duradera
señal dame que segura
me pruebe que no es locura
lo que imagina mi afán,
para que baje don Juan
tranquilo a la sepultura.
Mas ya me irrita, por Dios,
el verme siempre burlado,
corriendo desatentado
siempre de sombras en pos.
¡Oh! Tal vez todo esto ha sido
por estos dos preparado,
y mientras se ha ejecutado,
su privación han fingido.
Mas, por Dios, que si es así,
se han de acordar de don Juan.
¡Eh!, don Rafael, capitán.
Ya basta alzaos de ahí.
(Don Juan mueve a Centellas y a Avellaneda, que se levantan como quien vuelve de un profundo sueño).

Centellas

¿Quién va?

Juan

Levantad.

Avellaneda

¿Qué pasa?
¡Hola, sois vos!

Centellas

¿Dónde estamos?

Juan

Caballeros, claros vamos.
Yo os he traído a mi casa,
y temo que a ella al venir,
con artificio apostado
habéis, sin duda, pensado,
a costa mía reír:
mas basta ya de ficción,
y concluid de una vez.

Centellas

Yo no os entiendo.

Avellaneda

¡Pardiez!
Tampoco yo.

Juan

En conclusión,
¿nada habéis visto ni oído?

Avellaneda

¿De qué?

Juan

No finjáis ya más.

Centellas

Yo no he fingido jamás,
señor don Juan.

Juan

¡Habrá sido
realidad! ¿Contra Tenorio
las piedras se han animado,
y su vida han acotado
con plazo tan perentorio?
Hablad, pues, por compasión.

Centellas

¡Voto va Dios! ¡Ya comprendo
lo que pretendéis!

Juan

Pretendo
que me deis una razón
de lo que ha pasado aquí,
señores, o juro a Dios
que os haré ver a los dos
que no hay quien me burle a mí.

Centellas

Pues ya que os formalizáis,
don Juan, sabed que sospecho
que vos la burla habéis hecho
de nosotros.

Juan

¡Me insultáis!

Centellas

No, por Dios; mas si cerrado
seguís en que aquí han venido
fantasmas, lo sucedido
oíd cómo me he explicado.
Yo he perdido aquí del todo
los sentidos, sin exceso
de ninguna especie, y eso
lo entiendo yo de este modo.

Juan

A ver, decídmelo, pues.

Centellas

Vos habéis compuesto el vino,
semejante desatino
para encajarnos después.

Juan

¡Centellas!

Centellas

Vuestro valor
al extremo por mostrar,
convidasteis a cenar
con vos al comendador.
Y para poder decir
que a vuestro convite exótico
asistió, con un narcótico
nos habéis hecho dormir.
Si es broma, puede pasar;
mas a ese extremo llevada,
ni puede probarnos nada,
ni os la hemos de tolerar.

Avellaneda

Soy de la misma opinión.

Juan

¡Mentís!

Centellas

Vos.

Juan

Vos, capitán.

Centellas

Esa palabra, don Juan...

Juan

La he dicho de corazón.
Mentís; no son a mis bríos
menester falsos portentos,
porque tienen mis alientos
su mejor prueba en ser míos.
AVELL. y CENT.
Veamos.
(Ponen mano a las espadas).

Juan

Poned a tasa
vuestra furia, y vamos fuera,
no piense después cualquiera
que os asesiné en mi casa.

Avellaneda

Decís bien..., mas somos dos.

Centellas

Reñiremos, si os fiáis,
el uno del otro en pos.

Juan

O los dos, como queráis.

Centellas

¡Villano fuera, por Dios!
Elegid uno, don Juan,
por primero.

Juan

Sedlo vos.

Centellas

Vamos.

Juan

Vamos, capitán.

Categoría:Don Juan Tenorio (1844)

Parte Segunda, Acto Tercero: Misericordia de dios, y apoteosis del amor

(Sombras, estatuas, espectros, ángeles. Panteón de la familia Tenorio. —Como estaba en el acto primero de la Segunda Parte, menos las estatuas de Doña Inés y de Don Gonzalo, que no están en su lugar.)

ESCENA PRIMERA

DON JUAN, embozado y distraído, entra en la escena lentamente

Juan

Culpa mía no fué; delirio insano
me enajenó la mente acalorada.
Necesitaba víctimas mi mano
que inmolar a mi fe desesperada,
y al verlos en mitad de mi camino,
presa les hice allí de mi locura.
¡No fui yo, vive Dios!, ¡fué su destino!
Sabían mi destreza y mi ventura.
¡Oh! Arrebatado el corazón me siento
por vértigo infernal.... mi alma perdida
va cruzando el desierto de la vida
cual hoja seca que arrebata el viento.
Dudo..., temo..., vacilo.... en mi cabeza
siento arder un volcán.... muevo la planta
sin voluntad, y humilla mi grandeza
un no sé qué de grande que me espanta.
(Un momento de pausa.)
¡Jamás mi orgullo concibió que hubiere
nada más que el valor...! Que se aniquila
el alma con el cuerpo cuando muere
creí..., mas hoy mi corazón vacila.
¡Jamás creí en fantasmas...! ¡Desvaríos!
Mas del fantasma aquel, pese a mi aliento,
los pies de piedra caminando siento,
por doquiera que voy, tras de los míos.
¡Oh! Y me trae a este sitio irresistible,
misterioso poder...
(Levanta la cabeza y ve que no está en su pedestal la estatua de Don Gonzalo).
¡Pero qué veo!
¡Falta de allí su estatua...! Sueño horrible,
déjame de una vez... No, no te creo.
Sal, huye de mi mente fascinada,
fatídica ilusión..., estás en vano
con pueriles asombros empeñada
en agotar mi aliento sobrehumano.
Si todo es ilusión, mentido sueño,
nadie me ha de aterrar con trampantojos;
si es realidad, querer es necio empeño
aplacar de los cielos los enojos.
No: sueño o realidad, del todo anhelo
vencerle o que me venza; y si piadoso
busca tal vez mi corazón el cielo,
que le busque más franco y generoso.
La efigie de esa tumba me ha invitado
a venir a buscar prueba más cierta
de la verdad en que dudé obstinado...
Heme aquí, pues comendador, despierta.
(Llama al sepulcro del Comendador. —Este sepulcro se cambia en una mesa que parodia horriblemente la mesa en que cenaron en el acto anterior Don Juan, Centellas y Avellanada. —En vez de las guirnaldas que cogían en pabellones sus manteles, de sus flores y lujoso servicio, culebras, huesos y fuego, etcétera. (A gusto del pintor.) Encima de esta mesa aparece un plato de ceniza, una copa de fuego y un reloj de arena. —Al cambiarse este sepulcro, todos los demás se abren y dejan paso a las osamentas de las personas que se suponen enterradas en ellos, envueltas en sus sudarios. Sombras, espectros y espíritus pueblan el fondo de la escena. —La tumba de Doña Inés permanece).

ESCENA II

DON JUAN, la estatua de DON GONZALO, las sombras

Estatua

Aquí me tienes, don Juan,
y he aquí que vienen conmigo
los que tu eterno castigo
De Dios reclamando están.

Juan

¡Jesús!

Estatua

¿Y de qué te alteras,
si nada hay que a ti te asombre,
y para hacerte eres hombre
platos con sus calaveras?

Juan

¡Ay de mí!

Estatua

Qué, ¿el corazón
te desmaya?

Juan

No lo sé;
concibo que me engañé;
no son sueños..., ¡ellos son!
(Mirando a los espectros.)
Pavor jamás conocido
el alma fiera me asalta,
y aunque el valor no me falta,
me va faltando el sentido.

Estatua

Eso es, don Juan, que se va
concluyendo tu existencia,
y el plazo de tu sentencia
está cumpliéndose ya.

Juan

¡Qué dices!

Estatua

Lo que hace poco
que doña Inés te avisó,
lo que te he avisado yo,
y lo que olvidaste loco.
Mas el festín que me has dado
debo volverte, y así
llega, don Juan, que yo aquí
cubierto te he preparado.

Juan

¿Y qué es lo que ahí me das?

Estatua

Aquí fuego, allí ceniza.

Juan

El cabello se me eriza.

Estatua

Te doy lo que tú serás.

Juan

¡Fuego y ceniza he de ser!

Estatua

Cual los que ves en redor
en eso para el valor,
la juventud y el poder.

Juan

Ceniza, bien; ¡pero fuego!

Estatua

El de la ira omnipotente,
do arderás eternamente
por tu desenfreno ciego.

Juan

¿Conque hay otra vida más
y otro mundo que el de aquí?
¿Conque es verdad, ¡ay de mí!,
lo que no creí jamás?
¡Fatal verdad que me hiela
la sangre en el corazón!
Verdad que mi perdición
solamente me revela.
¿Y ese reló?

Estatua

Es la medida
de tu tiempo.

Juan

¡Expira ya!

Estatua

Sí; en cada grano se va
un instante de tu vida.

Juan

¿Y esos me quedan no más?

Estatua

Sí.

Juan

¡Injusto Dios! Tu poder
me haces ahora conocer,
cuando tiempo no me das
de arrepentirme.

Estatua

Don Juan,
un punto de contrición
da a un alma la salvación
y ese punto aún te le dan.

Juan

¡Imposible! ¡En un momento
borrar treinta años malditos
de crímenes y delitos!

Estatua

Aprovéchale con tiento,

(Tocan a muerto.)

porque el plazo va a expirar,

y las campanas doblando

por ti están, y están cavando

la fosa en que te han de echar.

(Se oye a lo lejos el oficio de difuntos.)

Juan

¿Conque por mí doblan?

Estatua

Sí.

Juan

¿Y esos cantos funerales?

Estatua

Los salmos penitenciales,
que están cantando por ti.
(Se ve pasar por la izquierda luz de hachones, y rezan dentro.)

Juan

¿Y aquel entierro que pasa?

Estatua

Es el tuyo.

Juan

¡Muerto yo!

Estatua

El capitán te mató
a la puerta de tu casa.

Juan

Tarde la luz de la fe
penetra en mi corazón,
pues crímenes mi razón
a su luz tan sólo ve.
Los ve... con horrible afán
porque al ver su multitud
ve a Dios en la plenitud
de su ira contra don Juan.
¡Ah! Por doquiera que fui
la razón atropellé,
la virtud escarnecí
y a la justicia burlé,
y emponzoñé cuanto vi.
Yo a las cabañas bajé
y a los palacios subí,
y los claustros escalé;
y pues tal mi vida fue,
no, no hay perdón para mí.
¡Mas ahí estáis todavía
(A los fantasmas.)
con quietud tan pertinaz!
Dejadme morir en paz
a solas con mi agonía.
Mas con esta horrenda calma,
¿qué me auguráis, sombras fieras?
¿Qué esperan de mí?
(A la estatua de Don Gonzalo.)

Estatua

Que mueras
para llevarse tu alma.
Y adiós, don Juan; ya tu vida
toca a su fin, y pues vano
todo fue, dame la mano
en señal de despedida.

Juan

¿Muéstrasme ahora amistad?

Estatua

Sí: que injusto fui contigo,
y Dios me manda tu amigo
volver a la eternidad.

Juan

Toma, pues.

Estatua

Ahora, don Juan,
pues desperdicias también
el momento que te dan,
conmigo al infierno ven.

Juan

¡Aparta, piedra fingida!
Suelta, suéltame esa mano,
que aún queda el último grano
en el reloj de mi vida.
Suéltala, que si es verdad
que un punto de contrición
da a un alma la salvación
de toda una eternidad,
yo, Santo Dios, creo en Ti:
si es mi maldad inaudita,
tu piedad es infinita...
¡Señor, ten piedad de mí!

Estatua

Ya es tarde.
(Don Juan se hinca de rodillas, tendiendo al cielo la mano que le deja libre la estatua. Las sombras, esqueletos, etc., van a abalanzarse sobre él, en cuyo momento se abre la tumba de Doña Inés y aparece ésta. Doña Inés toma la mano que Don Juan tiende al cielo).

ESCENA III

DON JUAN, la estatua de DON GONZALO DOÑA INÉS, las sombras, etc.

Inés

¡No! Heme ya aquí,
don Juan mi mano asegura
esta mano que a la altura
tendió tu contrito afán,
y Dios perdona a don Juan
al pie de la sepultura.

Juan

¡Dios clemente! ¡Doña Inés!

Inés

Fantasmas, desvaneceos:
su fe nos salva..., volveos
a vuestros sepulcros, pues.
La voluntad de Dios es:
de mi alma con la amargura
purifiqué su alma impura,
y Dios concedió a mi afán
la salvación de don Juan
al pie de la sepultura.

Juan

¡Inés de mi corazón!

Inés

Yo mi alma he dado por ti,
y Dios te otorga por mí
tu dudosa salvación.
Misterio es que en comprensi6n
no cabe de criatura:
y sólo en vida más pura
los justos comprenderán
que el amor salvó a don Juan
al pie de la sepultura.
Cesad, cantos funerales
(Cesa la música y salmodia.)
callad, mortuorias campanas
(Dejan de tocar a muerto.)
ocupad, sombras livianas,
vuestras urnas sepulcrales
(Vuelven los esqueletos a sus tumbas, que se cierran).
volved a los pedestales,
animadas esculturas;
(Vuelven las estatuas a sus lugares).
y las celestes venturas
en que los justos están,
empiecen para don Juan
en las mismas sepulturas.
(Las flores se abren y dan paso a varios angelitos que rodean a Doña Inés y a Don Juan, derramando sobre ellos flores y perfumes, y al son de una música dulce y lejana, se ilumina el teatro con luz de aurora. Doña Inés cae sobre un lecho de flores, que quedará a la vista en lugar de su tumba, que desaparece).

ESCENA ÚLTIMA

DOÑA INÉS, DON JUAN, los Ángeles

Juan

¡Clemente Dios, gloria a Ti!
Mañana a los sevillanos
aterrará el creer que a manos
de mis víctimas caí.
Mas es justo: quede aquí
al universo notorio
que, pues me abre el purgatorio
un punto de penitencia,
es el Dios de la clemencia
el Dios de DON JUAN TENORIO.
(Cae Don Juan a los pies de Doña Inés y mueren ambos. De sus bocas salen sus almas representadas en dos brillantes llamas, que se pierden en el espacio al son de la música. Cae el telón).

Fin

Categoría:Don Juan Tenorio (1844)

Elenco vivo 27 personajes · 4,328 versos

Pulsa un personaje: sus intervenciones quedan iluminadas y las demás en penumbra. Los versos se cuentan por línea del impreso; las coincidencias, por escena compartida.

PersonajeVersosInterv.JornadasPrimera apariciónCoincide con
1,615396J1, J2, J3, J4, J5, J6, J7J1 · esc. 1Luis, Ciutti, Centellas
473154J1, J2, J4J1 · esc. 12Juan, Gonzalo, Ciutti
325113J2, J3, J4J2 · esc. 9Inés, Juan, Todos
32086J3, J4, J7J3 · esc. 1Brígida, Juan, Todos
22877J1J1 · esc. 1Varios, Juan, Gonzalo
21456J1, J3, J4J1 · esc. 5Juan, Luis, Ciutti
18172J1, J5, J6J1 · esc. 9Avellaneda, Juan, Varios
17854J5J5 · esc. 1Yo soy, Juan
17678J1, J2, J4, J6J1 · esc. 1Juan, Luis, Gonzalo
12319J3J3 · esc. 1Tornera, Gonzalo, Inés
11029J6, J7J6 · esc. 2Juan, Centellas, Avellaneda
10137J2J2 · esc. 2Luis
6625J1J1 · esc. 8Todos, Luis, Juan
6033J1, J5, J6J1 · esc. 9Centellas, Juan, Varios
556J5, J6J5 · esc. 4Juan
3229J2J2 · esc. 11Juan
3117J2J2 · esc. 4Luis
168J3J3 · esc. 6Abadesa, Gonzalo
85J1J1 · esc. 14Luis, Juan
43J1J1 · esc. 4Buttarelli
31J5J5 · esc. 2Juan, Escultor
22J1J1 · esc. 9Centellas, Buttarelli, Avellaneda
22J1, J4J1 · esc. 12Luis, Juan, Inés
21J3J3 · esc. 3Inés, Brígida
11J1J1 · esc. 12Todos, Luis, Juan
11J4J4 · esc. 2Juan, Inés, Brígida
11J7J7 · esc. 4Juan

Partitura métrica 61 cambios de medida

La música estructural de la comedia: cada tramo es un parlamento, su ancho son sus versos y su color, la medida que La Báscula reconoce. Lope recomendaba décimas para las quejas, sonetos para los que aguardan, romances para las relaciones y redondillas para el amor: aquí se ve dónde cambia. Versión de medida, no de estrofa (romance y redondilla comparten el octosílabo); la estrofa viene después. Pulsa un tramo para ir al pasaje.

Parte Primera, Acto Primero: Libertinaje y escándalo
Parte Primera, Acto Segundo: Destreza
Parte Primera, Acto Tercero: Profanación
Parte Primera, Acto Cuarto: El diablo a las puertas del cielo
Parte Segunda, Acto Primero: La sombra de doña inés
Parte Segunda, Acto Segundo: La estatua de don gonzalo
Parte Segunda, Acto Tercero: Misericordia de dios, y apoteosis del amor

octosílabos 91 % · endecasílabos 2 % · mixto 8 %

Expediente

Autor
José Zorrilla (1817–1893) · Wikidata Q331863
Obra
Don Juan Tenorio
Jornadas
7
Personajes
27
Versos
4,328
Versificación
octosílabos 91 % · endecasílabos 2 % · mixto 8 % medida por La Báscula
Fuente
es.wikisource: Don Juan Tenorio (1844)/1
Estructura
don-juan-tenorio.json (jornada › escena › parlamento › verso; acotaciones aparte)
Cita recomendada
José Zorrilla, Don Juan Tenorio, Poetósfera · Teatrósfera, poetosfera.com/teatro/don-juan-tenorio.html

Texto de dominio público, levantado de su impreso y reproducido íntegro con atribución. El hablante se normaliza (la abreviatura del impreso se expande); el verso no se toca. ¿Ves una errata o conoces una edición mejor? Escríbenos desde Sobre la casa.