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Duque de Rivas

Don Álvaro o la fuerza del sino

5 jornadas · 39 personajes · 3,223 versos

Modo

Jornada primera

(Personas: DRAMA ORIGINAL EN CINCO JORNADAS, Y EN PROSA Y VERSO; ÁNGEL DE SAAVEDRA, DUQUE DE RIVAS; DON ÁLVARO; UN CAPELLÁN DE REGIMIENTO; EL MARQUÉS DE CALATRAVA; UN ALCALDE; DON CARLOS DE VARGAS, su hijo; UN ESTUDIANTE; DON ALFONSO DE VARGAS, ídem; MESONERO; DOÑA LEONOR, ídem; LA MOZA DEL MESÓN; CURRA, criada; EL TÍO TRABUCO, arriero; PRECIOSILLA, gitana; EL TÍO PACO, aguador; UN CANÓNIGO; EL CAPITÁN PREBOSTE; EL PADRE GUARDIÁN DEL; CONVENTO DE LOS ÁNGELES; UN SARGENTO; UN CIRUJANO DE EJÉRCITO; UN ORDENANZA A CABALLO; EL HERMANO MELITÓN, portero del mismo; SOLDADOS ESPAÑOLES,; PEDRAZA Y OTROS OFICIALES; ARRIEROS, LUGAREÑOS Y LUGAREÑAS.)

La escena es en Sevilla y sus alrededores.

La escena representa la entrada del antiguo puente de barcas de Triana, el que estará practicable a la derecha. En primer término al mismo lado un aguaducho, o barraca de tablas y lonas, con un letrero que diga: Agua de Tomares: dentro habrá un mostrador rústico con cuatro grandes cántaros, macetas de flores, vasos, un anafre con una cafetera de hoja de lata, y una bandeja con azucarrillos. Delante del aguaducho habrá bancos de pino. Al fondo se descubrirá de lejos parte del arrabal de Triana, la huerta de los Remedios con sus altos cipreses, el río y varios barcos en él, con flámulas y gallardetes. A la izquierda se verá en lontananza la alameda. Varios habitantes de Sevilla cruzarán en todas direcciones durante la escena. El cielo demostrará el ponerse el sol en una tarde de julio, y al descorrerse el telón aparecerán: EL TÍO PACO, detrás del mostrador en mangas de camisa; EL OFICIAL, bebiendo un vaso de agua, y de pie, PRECIOSILLA a su lado templando una guitarra; EL MAJO y los DOS HABITANTES DE SEVILLA, sentados en los bancos

Oficial

Vamos, Preciosilla, cántanos la rondeña. Pronto, pronto: ya está bien templada.

Preciosilla

Señorito, no sea su merced tan súpito. Déme antes esa mano, y le diré la buenaventura.

Oficial

Quita, que no quiero zalamerías. Aunque efectivamente tuvieras la habilidad de decirme lo que me ha de suceder, no quisiera oírtelo... Sí, casi siempre conviene el ignorarlo.

Majo

(Levantándose)

Majo

Pues yo quiero que me diga la buenaventura esta prenda. He aquí mi mano.

Preciosilla

Retira usted allá esa porquería... Jesús, ni verla quiero, no sea que se encele aquella niña de los ojos grandes.

Majo

(Sentándose.)

Majo

¡Qué se ha de encelar de ti, pendón!

Preciosilla

Vaya, saleroso, no se cargue usted de estera, convídeme a alguna cosita.

Majo

Tío Paco, déle usted un vaso de agua a esta criatura, por mi cuenta.

Preciosilla

¿Y con panal?

Oficial

Sí, y después que te refresques el garguero y que te endulces la boca, nos cantarás las corraleras.
(El aguador sirve un vaso de agua con panal a Preciosilla, y el Oficial se sienta junto al Majo.)
HABITANTE 1º.
Hola; aquí viene el señor canónigo

Canónigo

Buenas tardes, caballeros.
HABITANTE 2º.
Temíamos no tener la dicha de ver a su merced esta tarde, señor canónigo.

Canónigo

(Sentándose y limpiándose el sudor.)

Canónigo

¿Qué persona de buen gusto, viviendo en Sevilla, puede dejar de venir todas las tardes de verano a beber la deliciosa agua de Tomares, que con tanta limpieza y pulcritud nos da el tío Paco, y a ver un ratito este puente de Triana, que es lo mejor del mundo?
HABITANTE 1º.
Como ya se está poniendo el sol...

Canónigo

Tío Paco, un vasito de la fresca.

Tío Paco

Está usía muy sudado; en descansando un poquito le daré el refrigerio.

Majo

Dale a su señoría el agua templada.

Canónigo

No, que hace mucho calor.

Majo

Pues yo templada la he bebido, para tener el pecho suave, y poder entonar el rosario por el barrio de la Borcinería, que a mí me toca esta noche.

Oficial

Para suavizar el pecho, mejor es un trago de aguardiente.

Majo

El aguardiente es bueno para sosegarlo después de haber cantado la letanía.

Oficial

Yo lo tomo antes y después de mandar el ejercicio.

Preciosilla

(Habrá estado punteando la guitarra, y dirá al Majo:)

Preciosilla

Oiga usted, rumboso, ¿y cantará usted esta noche la letanía delante del balcón de aquella persona?...

Canónigo

Las cosas santas se han de tratar santamente. Vamos. ¿Y qué tal los toros de ayer?

Majo

El toro berrendo, de Utrera, salió un buen bicho, muy pegajoso... Demasiado.
HABITANTE 1º.
Como que se me figura que le tuvo usted asco.

Majo

Compadre, alto allá, que yo soy muy duro de estómago... aquí está mi capa
(Enseña un desgarrón.)

Majo

, diciendo por esta boca, que no anduvo muy lejos.
HABITANTE 2º.
No fue la corrida tan buena como la anterior.

Preciosilla

Como que ha faltado en ella don Álvaro el indiano, que a caballo y a pie es el mejor torero que tiene España.

Majo

Es verdad que es todo un hombre, muy duro con el ganado, y muy echado adelante.

Preciosilla

Y muy buen mozo.
HABITANTE 1º.
¿Y porqué no se presentaría ayer en la plaza?

Oficial

Harto tenía que hacer con estarse llorando el mal fin de sus amores.

Majo

Pues qué, ¿lo ha plantado ya la hija del señor marqués?...

Oficial

No: DOÑA LEONOR no lo ha plantado a él, pero el marqués la ha trasplantado a ella.
HABITANTE 2º.
¿Cómo?...
HABITANTE 1º.
Amigo, el señor marqués de Calatrava tiene mucho copete, y sobrada vanidad para permitir que un advenedizo sea su yerno.

Oficial

¿Y qué más podía apetecer su señoría, que el ver casada a su hija (que con todos sus pergaminos está muerta de hambre), con un hombre riquísimo, y cuyos modales están pregonando que es un caballero?

Preciosilla

Si los señores de Sevilla son vanidad y pobreza todo en una pieza. Don Álvaro es digno de ser marido de una emperadora... ¡Qué gallardo!... ¡Qué formal y qué generoso!... Hace pocos días que le dije la buenaventura (y por cierto no es buena la que le espera si las rayas de la mano no mienten), y me dio una onza de oro como un sol de mediodía.

Tío Paco

Cuantas veces viene aquí a beber me pone sobre el mostrador una peseta columnaria.

Majo

¡Y vaya un hombre valiente! Cuando en la Alameda Vieja le salieron aquella noche los siete hombres más duros que tiene Sevilla, metió mano y me los acorraló a todos contra las tapias del picadero.

Oficial

Y en el desafío que tuvo con el capitán de artillería se portó como un caballero.

Preciosilla

El marqués de Calatrava es un vejete tan ruin, que por no aflojar la mosca, y por no gastar...

Oficial

Lo que debía hacer don Álvaro era darle una paliza que...

Canónigo

Paso, paso, señor militar. Los padres tienen derecho de casar a sus hijas con quien les convenga.

Oficial

¿Y por qué no le ha de convenir don Álvaro? ¿Porque no ha nacido en Sevilla?... Fuera de Sevilla nacen también caballeros.

Canónigo

Fuera de Sevilla nacen también caballeros, sí señor; pero... ¿lo es don Álvaro?... Sólo sabemos que ha venido de Indias hace dos meses, y que ha traído dos negros y mucho dinero... ¿Pero quién es?...
HABITANTE 1º.
Se dicen tantas y tales cosas de él...
HABITANTE 2º.
Es un ente muy misterioso.

Tío Paco

La otra tarde estuvieron aquí unos señores hablando de lo mismo, y uno de ellos dijo que el tal don Álvaro había hecho sus riquezas siendo pirata...

Majo

¡Jesucristo!

Tío Paco

Y otro, que don Álvaro era hijo bastardo de un grande de España, y de una reina mora...

Oficial

¡Qué disparate!

Tío Paco

Y luego dijeron que no, que era... no lo puedo declarar... finca... o brinca... una cosa así... así como... una cosa muy grande allá de la otra banda.

Oficial

¿Inca?

Tío Paco

Sí, señor, eso, Inca... Inca.

Calle usted, tío Paco, no diga sandeces.

Tío Paco

Yo nada digo, ni me meto en honduras; para mí cada uno es hijo de sus obras, y en siendo buen cristiano y caritativo...

Preciosilla

Y generoso y galán.

Oficial

El vejete roñoso del marqués de Calatrava hace muy mal en negarle su hija.

Canónigo

Señor militar, el señor marqués hace muy bien. El caso es sencillísimo. Don Álvaro llegó hace dos meses, nadie sabe quién es. Ha pedido en casamiento a DOÑA LEONOR, y el marqués, no juzgándolo buen partido para su hija, se la ha negado. Parece que la señorita estaba encaprichadilla, fascinada, y el padre se la ha llevado al campo, a la hacienda que tiene en el Aljarafe, para distraerla. En todo lo cual el señor marqués se ha comportado como persona prudente.

Oficial

¿Y don Álvaro, qué hará?

Canónigo

Para acertarlo debe buscar otra novia: porque si insiste en sus descabelladas pretensiones, se expone a que los hijos del señor marqués vengan, el uno de la universidad, y el otro del regimiento, a sacarle de los cascos los amores de DOÑA LEONOR.

Oficial

Muy partidario soy de don Álvaro, aunque no le he hablado en mi vida, y sentiría verlo empeñado en un lance con don Carlos, el hijo mayorazgo del marqués. Le he visto el mes pasado en Barcelona, y he oído contar los dos últimos desafíos que ha tenido ya: y se le puede ayunar.

Canónigo

Es uno de los oficiales más valientes del regimiento de Guardias Españolas, donde no se chancea en esto de lances de honor.
HABITANTE 1º.
Pues el hijo segundo del señor marqués, el don Alfonso, no le va en zaga. Mi primo, que acaba de llegar de Salamanca, me ha dicho que es el coco de la universidad, más espadachín que estudiante, y que tiene metidos en un puño a los matones sopistas.

Majo

¿Y desde cuándo está fuera de Sevilla la señorita DOÑA LEONOR?

Oficial

Hace cuatro días que se la llevó el padre a su hacienda, sacándola de aquí a las cinco de la mañana, después de haber estado toda la noche hecha la casa un infierno.

Preciosilla

¡Pobre niña!... ¡Qué linda que es, y qué salada!... Negra suerte le espera... Mi madre la dijo la buenaventura, recién nacida, y siempre que la nombra se le saltan las lágrimas... Pues el generoso don Álvaro...
HABITANTE 1º.
En nombrando el ruin de Roma luego asoma... allí viene don Álvaro.
Empieza a anochecer, y se va oscureciendo el teatro. DON ÁLVARO sale embozado en una capa de seda, con un gran sombrero blanco, botines y espuelas: cruza lentamente la escena mirando con dignidad y melancolía a todos lados, y se va por el puente. Todos lo observan en gran silencio

Majo

¿Adónde irá a estas horas?

Canónigo

A tomar el fresco al Altozano.

Tío Paco

Dios vaya con él.

Militar

¿A qué va al Aljarafe?

Tío Paco

Yo no sé, pero como estoy siempre aquí de día y de noche, soy un vigilante centinela de cuanto pasa por esta puente... Hace tres días que a media tarde pasa por ella hacia allá un negro con dos caballos de mano, y que don Álvaro pasa a estas horas; y luego a las cinco de la mañana vuelve a pasar hacia acá, siempre a pie, y como media hora después pasa el negro con los mismos caballos llenos de polvo y de sudor.

Canónigo

¿Cómo?... ¿Qué me cuenta usted, tío Paco?...

Tío Paco

Yo nada, digo lo que he visto; y esta tarde ya ha pasado el negro, y hoy no lleva dos caballos, sino tres.
HABITANTE 1º.
Lo que es atravesar el puente hacia allá a estas horas, he visto yo a don Álvaro tres tardes seguidas.

Majo

Y yo he visto ayer a la salida de Triana al negro con los caballos.
HABITANTE 2º.
Y anoche viniendo yo de San Juan de Alfarache, me paré en medio del olivar a apretar las cinchas a mi caballo, y pasó a mi lado, sin verme y a escape, don Álvaro, como alma que llevan los demonios, y detrás iba el negro: Los conocí por la jaca torda, que no se puede despintar... ¡cada relámpago que daban las herraduras!...

Canónigo

(Levantándose y aparte.)

Canónigo

¡Hola! ¡hola!... Preciso es dar aviso al señor marqués.

Militar

Me alegrara de que la niña traspusiese una noche con su amante, y dejara al vejete pelándose las barbas.

Canónigo

Buenas noches, caballeros: me voy, que empieza a ser tarde.

(Aparte yéndose.)

Canónigo

Sería faltar a la amistad no avisar al instante al marqués de que don Álvaro le ronda la hacienda. Tal vez podamos evitar una desgracia.
El teatro representa una sala colgada de damasco, con retratos de familia, escudos de armas y los adornos que se estilaban en el siglo pasado, pero todo deteriorado, y habrá dos balcones, uno cerrado y otro abierto y practicable, por el que se verá un cielo puro, iluminado por la luna, y algunas copas de árboles. Se pondrá en medio una mesa con tapete de damasco, y sobre ella habrá una guitarra, vasos chinescos con flores, y dos candeleros de plata con velas, únicas luces que alumbrarán la escena. Junto a la mesa habrá un sillón. Por la izquierda entrará el MARQUÉS DE CALATRAVA con una palmatoria en la mano, y detrás de él DOÑA LEONOR, y por la derecha entra la CRIADA

Marqués

(Abrazando y besando a su hija.)

Marqués

Buenas noches, hija mía;
hágate una santa el cielo.
A Dios, mi amor, mi consuelo,
mi esperanza, mi alegría.
No dirás que no es galán
tu padre. No descansara
si hasta aquí no te alumbrara
todas las noches... Están
abiertos estos balcones
(Los cierra.)

Marqués

y entra relente... Leonor...
¿Nada me dice tu amor?
¿Por qué tan triste te pones?

Doña Leonor

(Abatida y turbada.)

Doña Leonor

Buenas noches, padre mío.

Marqués

Allá para Navidad
iremos a la ciudad:
cuando empiece el tiempo frío.
Y para entonces traeremos
al estudiante, y también
al capitán. Que les den
permiso a los dos haremos
¿No tienes gran impaciencia
por abrazarlos?

Doña Leonor

¿Pues no?
¿qué más puedo anhelar yo?

Marqués

Los dos lograrán licencia.
Ambos tienen mano franca
condición que los abona,
y Carlos, de Barcelona,
y Alfonso, de Salamanca,
ricos presentes te harán.
Escríbeles tú, tontilla,
y algo que no haya en Sevilla
pídeles, y lo traerán.

Doña Leonor

Dejarlo será mejor
a su gusto delicado.

Marqués

Lo tienen, y muy sobrado:
como tú quieras, Leonor.

Curra

Si como a usted, señorita,
carta blanca se me diera,
a don Carlos le pidiera
alguna bata bonita
de Francia. Y una cadena
con su broche de diamante
al señorito estudiante,
que en Madrid la hallará buena.

Marqués

Lo que gustes, hija mía.
Sabes que el ídolo eres
de tu padre... ¿No me quieres?
(La abraza y besa tiernamente.)

Doña Leonor

¡Padre!... ¡Señor!...
(Afligida.)

Marqués

La alegría
vuelva a ti, prenda del alma;
piensa que tu padre soy,
y que de continuo estoy
soñando tu bien... La calma
recobra, niña... En verdad
desde que estamos aquí
estoy contento de ti,
veo la tranquilidad
que con la campestre vida
va renaciendo en tu pecho,
y me tienes satisfecho;
sí, lo estoy mucho, querida.
Ya se me ha olvidado todo:
eres muchacha obediente.
y yo seré diligente
en darte un buen acomodo
Sí, mi vida... ¿quién mejor
sabrá lo que te conviene,
que un tierno padre, que tiene
por ti el delirio mayor?

Doña Leonor

(Echándose en brazos de su padre con gran desconsuelo.)

Doña Leonor

¡Padre amado!... ¡Padre mío!

Marqués

Basta, basta... ¿Qué te agita?
(Con gran ternura.)

Marqués

Yo te adoro, Leonorcita:
no llores... ¡Qué desvarío!

Doña Leonor

¡Padre!... ¡Padre!

Marqués

(Acariciándola y desasiéndose de sus brazos.)

Marqués

Adiós, mi bien.
A dormir, y no lloremos.
Tus cariñosos extremos
el cielo bendiga, amén.

(Vase el marqués, y queda Leonor muy abatida y llorosa sentada en el sillón.)

(CURRA va detrás del MARQUÉS, cierra la puerta por donde aquél se ha ido, y vuelve cerca de LEONOR.)

Curra

¡Gracias a Dios!... me temí
que todito se enredase,
y que señor se quedase
hasta la mañana aquí.
¡Qué listo cerró el balcón!...
Que por el del palomar
vamos las dos a volar
le dijo su corazón.
Abrirlo sea lo primero
(Ábrelo.)

Curra

ahora lo segundo es
cerrar las maletas. Pues
salgan ya de su agujero.
(Saca CURRA unas maletas y ropa, y se pone a arreglarlo todo sin que en ello repare DOÑA LEONOR.)

Doña Leonor

¡Infeliz de mí!... ¡Dios mío!
¿Por qué un amoroso padre,
que por mí tanto desvelo
tiene, y cariño tan grande,
se ha de oponer tenazmente
(¡ay, el alma se me parte!...)

Doña Leonor

a que yo dichosa sea,
y pueda feliz llamarme?
¿Cómo, quien tanto me quiere
puede tan cruel mostrarse?
Más dulce mi suerte fuera
si aun me viviera mi madre.

Curra

¿Si viviera la señora?
usted está delirante.
Más vana que señor era:
señor al cabo es un ángel,
¡Pero ella!... Un genio tenía
y un copete... Dios nos guarde.
Los señores de esta tierra
son todos de un mismo talle.
Y si alguna señorita
busca un novio que le cuadre,
como no esté en pergaminos
envuelto, levantan tales
alaridos... ¿Mas qué importa
cuando hay decisión bastante?
...Pero no perdamos tiempo;
venga usted, venga a ayudarme,
porque yo no puedo sola...

Doña Leonor

¡Ay, Curra!... ¡Si penetrases
cómo tengo el alma! Fuerza
me falta hasta para alzarme
de esta silla... ¡Curra, amiga!
lo confieso, no lo extrañes,
no me resuelvo, imposible...
Es imposible. ¡Ah!... ¡mi padre!
sus palabras cariñosas,
sus extremos, sus afanes,
sus besos y sus abrazos,
eran agudos puñales
que el pecho me atravesaban.
Si se queda un solo instante
no hubiera más resistido...
Ya iba a sus pies a arrojarme,
y confundida, aterrada,
mi proyecto a revelarle;
y a morir, ansiando solo
que su perdón me acordase.

Curra

¡Pues hubiéramos quedado
frescas, y echado un buen lance!
Mañana vería usted
revolcándose en su sangre,
con la tapa de los sesos,
levantada, al arrogante,
al enamorado, al noble
don Álvaro. O arrastrarle
como un malhechor, atado
por entre estos olivares
a la cárcel de Sevilla;
y allá para Navidades
acaso, acaso en la horca.

Doña Leonor

¡Ay, Curra!...El alma me partes.

Curra

Y todo esto, señorita,
porque la desgracia grande
tuvo el infeliz de veros,
y necio de enamorarse
de quien no le corresponde,
ni resolución bastante
tiene para...

Doña Leonor

Basta, Curra;
no mi pecho despedaces.
¿Yo a su amor no correspondo?
Que le correspondo sabes...
Por él mi casa y familia,
mis hermanos y mi padre
voy a abandonar, y sola...

Curra

Sola no, que yo soy alguien,
y también Antonio va,
y nunca en ninguna parte
la dejaremos... ¡Jesús!

Doña Leonor

¿Y mañana?

Curra

Día grande.
Usted la adorada esposa
será del más adorable,
rico y lindo caballero
que puede en el mundo hallarse,
y yo la mujer de Antonio:
y a ver tierras muy distantes
iremos ambas... ¡qué bueno!

Doña Leonor

¿Y mi anciano y tierno padre?

Curra

¿Quién?... ¿Señor?... rabiará un poco,
pateará, contará, el lance
al Capitán general
con sus pelos y señales;
fastidiará al Asistente,
y también a sus compadres
el canónigo, el jurado
y los vejetes maestrantes;
saldrán mil requisitorias
para buscarnos en balde,
cuando nosotras estemos
ya seguritas en Flandes.
Desde allí escribirá usted,
y comenzará a templarse
señor, y a los nueve meses,
cuando sepa hay un infante,
que tiene sus mismos ojos,
empezará a consolarse.
Y nosotras chapurrando,
que no nos entienda nadie,
volveremos de allí a poco,
a que con festejos grandes
nos reciban, y todito
será banquetes y bailes.

Doña Leonor

¿Y mis hermanos del alma?

Curra

¡Toma! ¡Toma!... Cuando agarren
del generoso cuñado,
uno con que hacer alarde
de vistosos uniformes
y con que rendir beldades;
y el otro para libracos,
merendonas y truhanes,
reventarán de alegría.

Doña Leonor

No corre en tus venas sangre.
¡Jesús, y qué cosas tienes!

Curra

Porque digo las verdades.

Doña Leonor

¡Ay desdichada de mí!

Curra

Desdichada por cierto grande
el ser adorado dueño
del mejor de los galanes.
Pero vamos, señorita,
ayúdeme usted, que es tarde.

Doña Leonor

Sí, tarde es, y aun no parece
don Álvaro... ¡Oh, si faltase
esta noche!...¡Ojalá!...¡Cielos!...
Que jamás estos umbrales
hubiera pisado, fuera
mejor... No tengo bastante
resolución... lo confieso.
Es tan duro el alejarse
así de su casa... ¡ay triste!
(Mira el reloj y sigue en inquietud.)

Doña Leonor

Las doce han dado... ¡qué tarde
es ya, Curra! No, no viene.
¿Habrá en esos olivares
tenido algún mal encuentro?
Hay siempre en el Aljarafe
tan mala gente... Y Antonio
¿estará alerta?

Curra

Indudable
es que está de centinela

Doña Leonor

¡Curra!... ¿Qué suena?... ¿Escuchaste?
(Con gran sobresalto.)

Curra

Pisadas son de caballos.

Doña Leonor

¡Ay! él es...
(Corre al balcón.)

Curra

Si que faltase
era imposible...

Doña Leonor

¡Dios mío!
(Muy agitada.)

Curra

Pecho al agua, y adelante.
(DON ÁLVARO en cuerpo, con una jaquetilla de mangas perdidas sobre una rica chupa de majo, redecilla, calzón de ante, etc., entra por el balcón y se echa en brazos de LEONOR.)

Don Álvaro

(Con gran vehemencia.)

Don Álvaro

¡Ángel consolador del alma mía!
¿Van ya los santos cielos
a dar corona eterna a mis desvelos?
Me ahoga la alegría...
¿Estamos abrazados
para no vernos nunca separados?
Antes, antes la muerte.
Que de ti separarme y de perderte.

Doña Leonor

¡Don Álvaro!
(Muy agitada.)

Don Álvaro

Mi bien, mi Dios, mi todo
¿Qué te agita y te turba de tal modo?
¿Te turba el corazón ver que tu amante
se encuentra en este instante
más ufano que el sol?... ¡Prenda adorada!

Doña Leonor

Es ya tan tarde...

Don Álvaro

¿Estabas enojada
porque tardé en venir? De mi retardo
no soy culpado, no, dulce señora;
hace más de una hora
que despechado aguardo
por estos alrededores
la ocasión de llegar, y ya temía
que de mi adversa estrella los rigores
hoy deshiciera la esperanza mía.
Mas no, mi bien, mi gloria, mi consuelo,
protege nuestro amor el santo cielo,
y una carrera eterna de ventura,
próvido a nuestras plantas asegura.
El tiempo no perdamos.
¿Está ya todo listo? Vamos, vamos.

Curra

Sí: bajo del balcón, Antonio, el guarda,
las maletas espera;
las echaré al momento.
(Va hacia el balcón.)

Doña Leonor

Curra, aguarda
(Resuelta.)

Doña Leonor

detente...: ¡Ay Dios! ¿No fuera,
don Álvaro, mejor?...

Don Álvaro

¿Qué, encanto mío?...
¿Por qué tiempo perder?... La jaca torda,
la que, cual dices tú, los campos borda.
la que tanto te agrada
por su obediencia y brío,
para ti está, mi dueño, enjaezada,
para Curra el obero.
Para mí el alazán gallardo y fiero...
¡Oh, loco estoy de amor y de alegría!
En San Juan de Alfarache, preparado
todo, con gran secreto, lo he dejado.
El sacerdote en el altar espera;
Dios nos bendecirá desde su esfera:
y cuando el nuevo sol en el oriente
protector de mi estirpe soberana,
numen eterno en la región indiana,
la regia pompa de su trono ostente,
monarca de la luz, padre del día,
yo tu esposo seré, tú esposa mía.

Doña Leonor

Es tan tarde... ¡Don Álvaro!

Don Álvaro

Muchacha
(A Curra.)

Don Álvaro

¿qué te detiene ya? Corre, despacha;
por el balcón esas maletas, luego

Doña Leonor

Curra, Curra, detente.
(Fuera de sí.)

Doña Leonor

¡Don Álvaro!

Don Álvaro

¡Leonor!

Doña Leonor

¡Dejadlo os ruego
para mañana!

Don Álvaro

¿Qué?

Doña Leonor

Más fácilmente...

Don Álvaro

(Demudado y confuso.)

Don Álvaro

¿Qué es esto, qué, Leonor? ¿Te falta ahora
resolución?... ¡Ay yo desventurado!

Doña Leonor

¡Don Álvaro! ¡Don Álvaro!

Don Álvaro

¡Señora!

Doña Leonor

¡Ay! me partís el alma...

Don Álvaro

Destrozado
tengo yo el corazón... ¿Dónde está, dónde,
vuestro amor, vuestro firme juramento?
Mal con vuestra palabra corresponde
tanta irresolución en tal momento.
Tan súbita mudanza...
No os conozco, Leonor. ¿Llevóse el viento
de mi delirio toda la esperanza?
Sí, he cegado en el punto
en que alboraba el más risueño día.
Me sacarán difunto
de aquí, cuando inmortal salir creía.
Hechicera engañosa,
¿la perspectiva hermosa
que falaz me ofreciste así deshaces?
¡Pérfida! ¿Te complaces
en levantarme al trono del Eterno,
para después hundirme en el infierno?
... ¿Sólo me resta ya?...

Doña Leonor

(Echándose en sus brazos.)

Doña Leonor

No, no, te adoro.
¡Don Álvaro!... ¡Mi bien!... vamos, sí, vamos,

Don Álvaro

¡Oh mi Leonor!

Curra

El tiempo no perdamos.

Don Álvaro

¡Mi encanto! ¡Mi tesoro!
(DOÑA LEONOR muy abatida se apoya en el hombro de DON ÁLVARO, con muestras de desmayarse.)

Don Álvaro

¿Mas qué es esto?... ¡ay de mí!... ¡tu mano
yerta
Me parece la mano de una muerta...
Frío está tu semblante como la losa de un sepulcro helado...

Doña Leonor

¡Don Álvaro!

Don Álvaro

¡Leonor! (Pausa.) Fuerza bastante
hay para todo en mí... ¡Desventurado!
La conmoción conozco que te agita,
inocente Leonor. Dios no permita
que por debilidad en tal momento
sigas mis pasos, y mi esposa seas.
Renuncio a tu palabra y juramento;
hachas de muerte las nupciales teas
fueran para los dos... Si no me amas,
como te amo yo a ti... Si arrepentida...

Doña Leonor

Mi dulce esposo, con el alma y vida
es tuya tu Leonor; mi dicha fundo
en seguirte hasta el fin del ancho mundo.
Vamos, resuelta estoy, fijé mi suerte;
separarnos podrá sólo la muerte.
(Van hacia el balcón, cuando de repente se oye ruido, ladridos, y abrir y cerrar puertas.)

Doña Leonor

¡Dios mío! ¿Qué ruido es éste? ¡Don Álvaro!

Curra

Parece que han abierto la puerta del patio...
y la de la escalera...

Doña Leonor

¿Se habrá puesto malo mi padre?...

Curra

¡Qué! No señora, el ruido viene de otra parte.

Doña Leonor

¿Habrá llegado alguno de mis hermanos?

Don Álvaro

Vamos, vamos, Leonor, no perdamos un instante.
(Vuelven hacia el balcón, y de repente se ve por él el resplandor de hachones de viento, y se oye galopar caballos.)

Doña Leonor

Somos perdidos...
Estamos descubiertos...
imposible es la fuga.

Don Álvaro

Serenidad es necesario en todo caso.

Curra

La Virgen del Rosario nos valga,
y las ánimas benditas...
¿Qué será de mi pobre Antonio?
(Se asoma al balcón y grita.)

Curra

Antonio, Antonio.

Don Álvaro

Calla, maldita,
no llames la atención hacia este lado;
entorna el balcón.
(Se acerca el ruido de puertas y pisadas.)

Doña Leonor

¡Ay desdichada de mí!...
Don Álvaro, escóndete... aquí... en mi alcoba...

Don Álvaro

(Resuelto.)

Don Álvaro

No, yo no me escondo...
No te abandono en tal conflicto.
(Prepara una pistola.) Defenderte y salvarte es mi obligación.

Doña Leonor

(Asustadísima.)

Doña Leonor

¿Qué intentas?
¡Ay! retira esa pistola, que me hiela la sangre...
Por Dios suéltala...
¿La dispararás contra mi buen padre?...
¿Contra alguno de mis hermanos?...
¿Para matar a alguno de los fieles
y antiguos criados de esta casa?

Don Álvaro

(Profundamente confundido.) No, no, amor mío...

Don Álvaro

la emplearé en dar fin a mi desventurada vida.

Doña Leonor

¡Qué horror! ¡Don Álvaro!
(Ábrese la puerta con estrépito después de varios golpes en ella, y entra EL MARQUÉS en bata y gorro con un espadín desnudo en la mano, y detrás dos criados mayores con luces.)

Marqués

(Furioso.)

Marqués

Vil seductor... hija infame.

Doña Leonor

(Arrojándose a los pies de su padre.)

Doña Leonor

¡¡¡Padre!!! ¡¡¡padre!!!

Marqués

No soy tu padre... aparta... Y tú, vil advenedizo...

Don Álvaro

Vuestra hija es inocente... Yo soy el culpado... Atravesadme el pecho.
(Hinca una rodilla.)

Marqués

Tu actitud suplicante manifiesta lo bajo de tu condición...

Don Álvaro

(Levantándose.)

Don Álvaro

¡Señor marqués!... ¡Señor marqués!

Marqués

(A su hija.)

Marqués

Quita, mujer inicua.
(A Curra, que le sujeta el brazo.)

Marqués

¿Y tú, infeliz... osas tocar a tu señor?
(A los criados.)

Marqués

Ea, echaos sobre ese infame, sujetadle, atadle...

Don Álvaro

(Con dignidad.)

Don Álvaro

Desgraciado del que me pierda el respeto.
(Saca una pistola y la monta.)

Doña Leonor

(Corriendo hacia don Álvaro.)

Doña Leonor

¡Don Álvaro!... ¿qué vais a hacer?

Marqués

Echaos sobre él al punto.

Don Álvaro

Ay de vuestros criados si se mueven; vos sólo tenéis derecho para atravesarme el corazón.

Marqués

¡Tú a morir a manos de un caballero? No, morirás a las del verdugo.

Don Álvaro

¡Señor marqués de Calatrava!... Mas ¡ah! no: tenéis derecho para todo... Vuestra hija es inocente... tan pura como el aliento de los ángeles que rodean el trono del Altísimo.
La sospecha a que puede dar origen mi presencia aquí a tales horas concluya con mi muerte; salga envolviendo mi cadáver como si fuera mortaja... Sí, debo morir... pero a vuestras manos.
(Pone una rodilla en tierra.)

Don Álvaro

Espero resignado el golpe, no lo resistiré: ya me tenéis desarmado.
(Tira la pistola, que al dar en tierra se dispara y hiere al marqués, que cae moribundo en los brazos de su hija y de los criados, dando un alarido.)

Marqués

Muerto soy... ¡ay de mí!...

Don Álvaro

¡Dios mío! ¡Arma funesta! ¡Noche terrible!

Doña Leonor

¡Padre, padre!!!

Marqués

Aparta; sacadme de aquí... donde muera sin que esta vil me contamine con tal nombre...

Doña Leonor

¡Padre!...

Marqués

Yo te maldigo.
(Cae LEONOR en brazos de DON ÁLVARO, que la arrastra hacia el balcón.)

Jornada segunda

La escena es en la villa de Hornachuelos y sus alrededores

Es de noche, y el teatro representa la cocina de un mesón de la villa de Hornachuelos. Al frente estará la chimenea y el hogar. A la izquierda, la puerta de entrada; a la derecha, dos puertas practicables. A un lado, una mesa larga de pino, rodeada de asientos toscos, y alumbrado todo por un gran candilón. EL MESONERO y EL ALCALDE aparecerán sentados gravemente en el fuego. LA MESONERA, de rodillas guisando. Junto a la mesa, EL ESTUDIANTE cantando y tocando la guitarra. EL ARRIERO, que habla, cribando cebada en el fondo del teatro. EL TÍO TRABUCO, tendido en primer término sobre sus jalmas. LOS DOS LUGAREÑOS, LAS DOS LUGAREÑAS, LA MOZA y uno de los ARRIEROS, que no habla, estarán bailando seguidillas. El otro ARRIERO, que no habla, estará sentado junto al estudiante, y jaleando a las que bailan. Encima de la mesa habrá una bota de vino, unos vasos y un frasco de aguardiente

(Cantando en voz recia al son de la guitarra, y las tres parejas bailando con gran algazara.)

Estudiante

Poned en estudiantes
vuestro cariño,
que son como discretos
agradecidos.
Viva Hornachuelos,
vivan de sus muchachas
los ojos negros.
Dejad a los soldados,
que es gente mala,
y así que dan el golpe
vuelven la espalda.
Viva Hornachuelos,
vivan de sus muchachas
los ojos negros.

Mesonera

(Poniendo una sartén sobre la mesa.)

Mesonera

Vamos, vamos que se enfría...
(A la criada.)

Mesonera

Pepa, al avío

Arriero

(El del cribo.)

Arriero

Otra copita.

Estudiante

(Dejando la guitarra.)

Estudiante

Abrenuncio. Antes de todo la cena.

Mesonera

Y si después quiere la gente seguir bailando y alborotando, váyanse al corral, o a la calle, que hay una luna clara como de día. Y dejen en silencio el mesón, que si unos quieren jaleo, otros quieren dormir. Pepa, Pepa...¿no digo que basta ya de zangoloteo...?

Tío Trabuco

(Acostado en sus arreos.)

Tío Trabuco

Tía Colasa, usted está en lo cierto. Yo, por mí, quiero dormir.

Mesonero

Sí, ya basta de ruido. Vamos a cenar. Señor alcalde, eche su merced la bendición, y venga a tomar una presita.

Alcalde

Se agradece, señor Monipodio.

Mesonera

Pero acérquese su merced.

Alcalde

Que eche la bendición el señor licenciado.

Estudiante

Allá voy, y no seré largo, que huele el bacalao a gloria.
(In nomine Patri et Filii et Spiritu Sancto.)

Todos

Amén.
(Se van acomodando alrededor de la mesa, todos menos Trabuco.)

Mesonera

Tal vez el tomate no estará bastante cocido, y el arroz estará algo duro... Pero con tanta Babilonia no se puede...

Arriero

Está diciendo comedme, comedme.

Estudiante

(Comiendo con ansia.)

Estudiante

Está exquisito... especial; parece ambrosía...

Mesonera

Alto allá, señor bachiller; la tía Ambrosia no me gana a mí a guisar, ni sirve para descalzarme el zapato, no señor.

Arriero

La tía Ambrosia es más puerca que una telaraña.

Mesonero

La tía Ambrosia es un guiñapo, es un paño de aporrear moscas; se revuelven las tripas de entrar en su mesón, y compararla con mi Colasa no es regular.

Estudiante

Ya sé yo que la señora Colasa es pulcra, y no lo dije por tanto.

Alcalde

En toda la comarca de Hornachuelos no hay una persona más limpia que la señora Colasa, ni un mesón como el del señor Monipodio.

Mesonera

Como que cuantas comidas de boda se hacen en la villa pasan por estas manos que ha de comer la tierra. Y de las bodas de señores, no le parezca a usted, señor bachiller... Cuando se casó el escribano con la hija del regidor...

Estudiante

Con que se le puede decir a la señora Colasa, tu das
(mihi epulis accumbere divum.)

Mesonera

Yo no sé latín, pero sé guisar... Señor alcalde, moje siquiera una sopa.

Alcalde

Tomaré, por no despreciar, una cucharadita de gazpacho, si es que lo hay.

Mesonero

¿Cómo que si lo hay?

Mesonera

¿Pues había de faltar donde yo estoy?... Pepa
(A la moza.)

Mesonera

, anda a traerlo. Está sobre el brocal del pozo, desde media tarde, tomando el fresco.

(Vase la moza.)

Estudiante

(Al arriero que está acostado.)

Estudiante

Tío Trabuco, hola, tío Trabuco; ¿no viene usted a hacer la razón?

Tío Trabuco

No ceno.

Estudiante

¿Ayuna usted?

Tío Trabuco

Sí, señor, que es viernes.

Mesonero

Pero un traguito...

Tío Trabuco

Venga.
(Le alarga el mesonero la bota, y bebe un trago el tío Trabuco.)

Tío Trabuco

¡Jú! Esto es zupia. Alárgueme usted, tío Monipodio, el frasco del aguardiente para enjuagarme la boca.
(Bebe y se curruca.) (Entra la moza con una fuente de gazpacho.)

Moza

Aquí está la gracia de Dios.

Todos

Venga, venga.

Estudiante

Parece, señor alcalde, que esta noche hay mucha gente forastera en Hornachuelos.

Arriero

Las tres posadas están llenas.

Alcalde

Como es el jubileo de la Porciúncula, y el convento de San Francisco de los Ángeles, que está aquí en el desierto, a media legua corta, es tan famoso... Viene mucha gente a confesarse con el Padre Guardián, que es un siervo de Dios.

Mesonera

Es un santo.

Mesonero

(Toma la bota y se pone de pie.)

Mesonero

Jesús; por la buena compañía y que Dios nos dé salud y pesetas en esta vida, y la gloria en la eterna.
(Bebe.)

Todos

Amén.
(Pasa la bota de mano en mano.)

Estudiante

(Después de beber.)

Estudiante

Tío Trabuco, tío Trabuco, ¿está usted con los angelitos?

Tío Trabuco

Con las malditas pulgas y con sus voces de usted, ¿quién puede estar sino con los demonios?

Estudiante

Queríamos saber, tío Trabuco, si esa personilla de alfeñique, que ha venido con usted, y que se ha escondido de nosotros, viene a ganar el jubileo.

Tío Trabuco

Yo no sé nunca a lo que van ni vienen los que viajan conmigo.

Estudiante

¿Pero... es gallo, o gallina?

Tío Trabuco

Yo de los viajeros no miro más que la moneda, que ni es hembra ni es macho.

Estudiante

Sí es género epiceno, como si dijéramos hermafrodita... Pero veo que es usted muy taciturno, tío Trabuco.

Tío Trabuco

Nunca gasto saliva en lo que no me importa; y buenas noches, que se me va quedando la lengua dormida, y quiero guardarle el sueño; sonsoniche.

Estudiante

Pues señor, con el tío Trabuco no hay emboque. Dígame usted, nostrama (A la mesonera.), ¿por qué no ha venido a cenar el tal caballerito?

Mesonera

Yo no sé.

Estudiante

Pero, vamos, ¿es hembra o varón?

Mesonera

Que sea lo que sea; lo cierto es que le vi el rostro, por más que se lo recataba, cuando se apeó del mulo, y que lo tiene como un sol; y eso que traía los ojos de llorar y de polvo, que daba compasión.

Estudiante

¡Oiga!

Mesonera

Sí señor; y en cuanto se metió en ese cuarto, volviéndome siempre la espalda, me preguntó cuánto había de aquí al convento de los Ángeles, y yo se lo enseñé desde la ventana, que como está tan cerca se ve clarito, y...

Estudiante

¡Hola, con que es pecador que viene al jubileo!

Mesonera

Yo no sé. Luego se acostó; digo, se echó en la cama, vestido, y bebió antes un vaso de agua con unas gotas de vinagre.

Estudiante

Ya, para refrescar el cuerpo.

Mesonera

Y me dijo que no quería luz, ni cena, ni nada, y se quedó como rezando el rosario entre dientes. A mí me parece que es persona muy...

Mesonero

Charla, charla... ¿Quién diablos te mete en hablar de los huéspedes?... Maldita sea tu lengua.

Mesonera

Como el señor licenciado quería saber...

Estudiante

Sí, señora Colasa; dígame usted...

Mesonero

(A su mujer.)

Mesonero

¡Chitón!

Estudiante

Pues señor, volvamos al tío Trabuco. Tío Trabuco, tío Trabuco.
(Se acerca a él y le despierta.)

Tío Trabuco

¡Malo!... ¿Me quiere usted dejar en paz?

Estudiante

Vamos, dígame usted, ¿esa persona cómo viene en el mulo, a mujeriegas o a horcajadas?

Tío Trabuco

¡Ay qué sangre!... De cabeza.

Estudiante

Y dígame usted, ¿de dónde salió usted esta mañana, de Posadas o de Palma?

Tío Trabuco

Yo no sé sino que tarde o temprano voy al cielo.

Estudiante

¿Por qué?

Tío Trabuco

Porque ya me tiene usted en el purgatorio.

Estudiante

(Se ríe.)

Estudiante

¡Ah, ah, ah!... ¿Y va usted a Extremadura?

Tío Trabuco

(Se levanta, recoge sus jalmas y se va con ellas muy enfadado.)

Tío Trabuco

No señor; a la caballeriza, huyendo de usted, y a dormir con mis mulos, que no saben latín, ni son bachilleres.

Estudiante

(Se ríe.)

Estudiante

¡Ah, ah, ah, ah! Se atufó... Hola, Pepa, salerosa, ¿y no has visto tú al escondido?

Moza

Por la espalda.

Estudiante

¿Y en qué cuarto está?

Moza

(Señala la primera puerta de la derecha.) En ese...

Estudiante

Pues ya que es lampiño, vamos a pintarle unos bigotes con tizne... Y cuando se despierte por la mañana reiremos un poco.
(Se tizna los dedos y va hacia el cuarto.)

Algunos

Sí... sí.

Mesonero

No, no.

Alcalde

(Con gravedad.)

Alcalde

Señor estudiante, no lo permitiré yo, pues debo proteger a los forasteros que llegan a esta villa, y administrarles justicia como a los naturales de ella.

Estudiante

No lo dije por tanto, señor alcalde...

Alcalde

Yo sí. Yo no fuera malo saber quién es el señor licenciado, de dónde viene y adónde va, pues parece algo alegre de cascos.

Estudiante

Si la justicia me lo pregunta de burlas o de veras, no hay inconveniente en decirlo, que aquí se juega limpio. Soy el bachiller Pereda, graduado por Salamanca, in utroque, y hace ocho años que curso sus escuelas, aunque pobre, con honra, y no sin fama. Salí de allí hace más de un año, acompañando a mi amigo y protector el señor licenciado Vargas, y fuimos a Sevilla, a vengar la muerte de su padre el marqués de Calatrava, y a indagar el paradero de su hermana, que se escapó con el matador. Pasamos allí algunos meses, donde también estuvo su hermano mayor, el actual marqués, que es oficial de Guardias. Y como no lograron su propósito, se separaron jurando venganza. Y el licenciado y yo nos vinimos a Córdoba, donde dijeron que estaba la hermana. Pero no la hallamos tampoco, y allí supimos que había muerto en la refriega que armaron los criados del marqués, la noche de su muerte, con los del robador y asesino, y que éste se había vuelto a América. Con lo que marchamos a Cádiz, donde mi protector, el licenciado Vargas, se ha embarcado para buscar allá al enemigo de su familia. Y yo me vuelvo a mi universidad a desquitar el tiempo perdido, y a continuar mis estudios; con los que, y la ayuda de Dios, puede ser que me vea algún día gobernador del Consejo o arzobispo de Sevilla.

Alcalde

Humos tiene el señor bachiller, y ya basta; pues se ve en su porte y buena explicación que es hombre de bien, y que dice verdad.

Mesonera

Dígame usted, señor estudiante, ¿y qué, mataron a ese marqués?

Estudiante

Sí.

Mesonera

¿Y lo mató el amante de su hija y luego la robó?... ¡Ay! Cuéntenos su merced esa historia, que será muy divertida: cuéntela su merced...

Mesonero

¿Quién te mete a ti en saber vidas ajenas? ¡Maldita sea tu curiosidad! Pues que ya hemos cenado, demos gracias a Dios, y a recogerse. (Se ponen todos en pie, y se quitan el sombrero como que rezan.) Eh, buenas noches; cada mochuelo a su olivo.

Alcalde

Buenas noches, y que haya juicio y silencio.

Estudiante

Pues me voy a mi cuarto. (Se va a meter en el del viajero incógnito.)

Mesonero

Hola, no es ése, el de más allá.

Estudiante

Me equivoqué.

(Vanse EL ALCALDE y LOS LUGAREÑOS; entra EL ESTUDIANTE en su cuarto; LA MOZA, EL ARRIERO y LA MESONERA retiran la mesa y bancos, dejando la escena desembarazada. EL MESONERO se acerca al hogar, y queda todo en silencio y solos EL MESONERO y LA MESONERA.)

Mesonero

Colasa, para medrar
en nuestro oficio, es forzoso
que haya en la casa reposo,
y a ninguno incomodar.
Nunca meterse a oliscar
quiénes los huéspedes son.
No gastar conversación
con cuantos llegan aquí.
Servir bien, decir no o sí.
cobrar la mosca, y chitón.

Mesonera

No, por mí no lo dirás,
bien sabes que callar sé.
Al bachiller pregunté...

Mesonero

Pues esto estuvo de más.

Mesonera

También ahora extrañarás
que entre en ese cuarto a ver
si el huésped ha menester
alguna cosa, marido,
pues es, sí, lo he conocido,
una afligida mujer.
(Toma un candil y entra la mesonera muy recatadamente en el cuarto.)

Mesonero

Entra, que entrar es razón,
aunque temo a la verdad
que vas por curiosidad,
más bien que por compasión.

Mesonera

(Saliendo muy asustada.)

Mesonera

¡Ay Dios mío! Vengo muerta;
desapareció la dama;
nadie he encontrado en la cama,
y está la ventana abierta.

Mesonero

¿Cómo? ¿Cómo?... Ya lo sé...
La ventana al campo da,
y como tan baja está,
sin gran trabajo se fue.
(Andando hacia el cuarto donde entró la mujer, quedándose él a la puerta.)

Mesonero

Quiera Dios no haya cargado
con la colcha nueva.

Dentro

Nada,

Mesonera

todo está aquí... ¡desdichada!
hasta dinero ha dejado...
Sí, sobre la mesa un duro.

Mesonero

Vaya entonces en buena hora.

Mesonera

(Saliendo a la escena.)

Mesonera

No hay duda, es una señora,
que se encuentra en grande apuro.

Mesonero

Pues con bien la lleve Dios,
y vámonos a acostar,
y mañana no charlar,
que esto quede entre los dos.
Echa un cuarto en el cepillo
de la ánimas, mujer,
y el duro véngame a ver;
échamelo en el bolsillo.
El teatro representa una plataforma en la ladera de una áspera montaña. A la izquierda precipicios y derrumbaderos. Al frente, un profundo valle atravesado por un riachuelo, en cuya margen se ve a lo lejos la villa de Hornachuelos, terminando el fondo en altas montañas. A la derecha, la fachada del convento de los Ángeles, de pobre y humilde arquitectura. La gran puerta de la iglesia cerrada, pero practicable, y sobre ella una claraboya de medio punto por donde se verá el resplandor de las luces interiores; más hacia el proscenio, la puerta de la portería, también practicable y cerrada; en medio de ella una mirilla o gatera que se abre y se cierra, y al lado el cordón de una campanilla. En medio de la escena habrá una gran Cruz de piedra tosca y corroída por el tiempo, puesta sobre cuatro gradas que puedan servir de asiento. Estará todo iluminado por una luna clarísima. Se oirá dentro de la iglesia el órgano, y cantar maitines al coro de los frailes, y saldrá como subiendo por la izquierda DOÑA LEONOR muy fatigada y vestida de hombre con un gabán de mangas, sombrero gacho y botines

Doña Leonor

Sí...ya llegué... Dios mío,
gracias os doy rendida.
(Arrodíllase al ver el convento.)

Doña Leonor

En ti, Virgen Santísima confío;
sed el amparo de mi amarga vida.
Este refugio es sólo
el que puedo tener de polo a polo.
(Álzase.)

Doña Leonor

No me queda en la tierra
más asilo y resguardo
que los áridos riscos de esta sierra:
en ella estoy... ¿Aún tiemblo y me acobardo?...
(Mira hacia el sitio por donde ha venido.)

Doña Leonor

¡Ah!... nadie me ha seguido.
Ni mi fuga veloz notada ha sido.
... No me engañé, la horrenda historia mía
escuché referir en la posada...
¿Y quién, cielos, sería,
aquel que la contó? ¡Desventurada!
Amigo dijo ser de mis hermanos...
¡Oh cielos soberanos!...
¿Voy a ser descubierta?
Estoy de miedo y de cansancio muerta.
(Se sienta mirando en rededor y luego al cielo)

Doña Leonor

¡Qué asperezas! ¡Qué hermosa y clara luna!
¡La misma que hace un año
vio la mudanza atroz de mi fortuna,
y abrirse los infiernos en mi daño!!!
(Pausa larga.)

Doña Leonor

No fue ilusión... aquel que de mí hablaba
dijo que navegaba
don Álvaro, buscando nuevamente
los apartados climas de Occidente.
¡Oh Dios! ¿Y será cierto?
Con bien arribe de su patria al puerto.
(Pausa.)

Doña Leonor

¿Y no murió la noche desastrada
en que yo, yo... manchada
con la sangre infeliz del padre mío,
le seguí... le perdí?... ¿Y huye el impío?
¿Y huye el ingrato?... ¿Y huye y me abandona?
(Cae de rodillas.)

Doña Leonor

¡Oh Madre Santa de piedad! perdona,
perdona, le olvidé. Sí, es verdadera,
lo es mi resolución. Dios de bondades,
con penitencia austera,
lejos del mundo en estas soledades,
el furor espiaré de mis pasiones.
Piedad, piedad, Señor, no me abandones.
(Queda en silencio y como en profunda meditación recostada en las gradas de la cruz, y después de una larga pausa continúa:)

Doña Leonor

Los sublimes acentos de ese coro
de bienaventurados,
y los ecos pausados,
del órgano sonoro,
que cual de incienso vaporosa nube
al trono santo del eterno sube,
difunden en mi alma
bálsamo dulce de consuelo y calma.
(Se levanta resuelta.)

Doña Leonor

¿Qué me detengo pues?... corro al tranquilo...
corro al sagrado asilo...
(Va hacia el convento y se detiene.)

Doña Leonor

Mas ¿Cómo a tales horas?... ¡Ah!... no puedo
ya dilatarlo más, hiélame el miedo
de encontrarme aquí sola. En esa aldea
hay quien mi historia sabe.
En lo posible cabe
que descubierta con la aurora sea.
Este santo prelado
de mi resolución está informado,
y de mis infortunios... Nada temo.
Mi confesor de Córdoba hace días
que las desgracias mías
le escribió largamente
Sé de su caridad el noble extremo,
me acogerá indulgente.
¿Qué dudo, pues, qué dudo?...
Sed, o Virgen Santísima, mi escudo.
(Llega a la portería y toca la campanilla.)
(Se abre la mirilla que está en la puerta, y por ella sale el resplandor de un farol que da de pronto en el rostro de DOÑA LEONOR, y ésta se retira como asustada. EL HERMANO MELITÓN habla toda esta escena dentro.)

H. Melitón

¿Quién es?

Doña Leonor

Una persona a quien interesa mucho, mucho, ver al instante al reverendo P. Guardián.

H. Melitón

¡Buena hora de ver al P. Guardián!... La noche está clara, y no será ningún caminante perdido. Si viene a ganar el jubileo, a las cinco se abrirá la iglesia; vaya con Dios; él le ayude.

Doña Leonor

Hermano, llamad al P. Guardián. Por caridad.

H. Melitón

¡Qué caridad a estas horas! El P. Guardián está en el coro.

Doña Leonor

Traigo para su reverencia un recado muy urgente del P. Cleto, definidor del convento de Córdoba, quien ya le ha escrito sobre el asunto de que vengo a hablarle.

H. Melitón

¡Hola!... ¿del P. Cleto el definidor del convento de Córdoba? Eso es distinto... iré, iré a decírselo al P. Guardián. Pero dígame, hijo, ¿el recado y la carta son sobre aquel asunto con el P. General, que está pendiente allá en Madrid?...

Doña Leonor

Es una cosa muy interesante.

H. Melitón

¿Pero para quién?

Doña Leonor

Para la criatura más infeliz del mundo.

H. Melitón

¡Mala recomendación!... Pero bueno; abriré la portería, aunque es contra regla, para que entréis a esperar.

Doña Leonor

No, no, no puedo entrar... ¡Jesús!!!

H. Melitón

Bendito sea su santo nombre... ¿Pero sois algún excomulgado?... Si no es cosa rara preferir el esperar al raso. En fin, voy a dar el recado, que probablemente no tendrá respuesta. Si no vuelvo, buenas noches, ahí a la bajadita está la villa, y hay un buen mesón. El de la tía Colasa.
(Ciérrase la ventanilla, y DOÑA LEONOR queda muy abatida.)

Doña Leonor

¿Será tan negra y dura
mi suerte miserable,
que este santo prelado
socorro y protección no quiera darme?
La rígida aspereza
y las dificultades
que ha mostrado el portero
me pasmas de terror, hielan mi sangre.
Mas no, si da el aviso
al reverendo Padre,
y éste es tan docto y bueno
cual dicen todos, volará a ampararme.
O Soberana Virgen,
de desdichados Madre:
su corazón ablanda
para que venga pronto a consolarme.
((Queda en silencio: da la una el reloj.)
(del convento: se abre la portería, en la.)
(que aparecen el P. GUARDIÁN y el H. MELITÓN.)
(con un farol: éste se queda en la puerta.)
(y aquél sale a la escena.).)

(DOÑA LEONOR, EL P. GUARDIÁN, EL H. MELITÓN.)

P. Guardián

¿El que me busca quién es?

Doña Leonor

Yo soy, Padre, qué quería...

P. Guardián

Ya se abrió la portería;
entrad en el claustro, pues.

Doña Leonor

(Muy sobresaltada.)

Doña Leonor

¡Ah!... imposible; padre, no.

P. Guardián

¡Imposible!... ¿Qué decís?...

Doña Leonor

Si que os hable permitís,
aquí sólo puedo yo.

P. Guardián

Si os envía el padre Cleto,
hablad, que es mi grande amigo.

Doña Leonor

Padre, que sea sin testigo,
porque me importa el secreto.

P. Guardián

¿Y quién?...Mas ya os entendí.
Retiraos, fray Melitón,
y encajad ese portón;
dejadnos solos aquí.

H. Melitón

¿No lo dije? Secretitos
Los misterios ellos solos,
que los demás somos bolos
para estos santos benditos.

P. Guardián

¿Qué murmura?

H. Melitón

Que está tan
premiosa esta puerta... y luego...

P. Guardián

Obedezca, hermano lego.

H. Melitón

Ya me la echó de guardián.
(Ciérrase la puerta y vase.)

(DOÑA LEONOR, EL P. GUARDIÁN.)

P. Guardián

(Acercándose a Leonor)

P. Guardián

Ya estamos, hermano, solos.
¿Mas por qué tanto misterio?
¿No fuera más conveniente
que entrarais en el convento?
¿No sé qué pueda impedirlo?...
entrad, pues, que yo os lo ruego;
entrad, subid a mi celda;
tomaréis un refrigerio,
y después...

Doña Leonor

No, Padre mío,

P. Guardián

¿Qué os horroriza?... no entiendo...

Doña Leonor

(Muy abatida.)

Doña Leonor

Soy una infeliz mujer.

P. Guardián

(Asustado.)

P. Guardián

¡Una mujer!... ¡Santo cielo!
¡Una mujer!... a estas horas,
en este sitio... ¿qué es esto?

Doña Leonor

Una mujer infeliz,
maldición del universo,
que a vuestras plantas rendida
(Se arrodilla.)

Doña Leonor

os pide amparo y remedio,
pues vos podéis libertarla
de este mundo y del infierno.

P. Guardián

Señora, alzad. Que son grandes
(La levanta.)

P. Guardián

vuestros infortunios creo
cuando os miro en este sitio,
y escucho tales lamentos.
¿Pero qué apoyo, decidme,
qué amparo prestaros puedo
yo, un humilde religioso
encerrado en estos yermos?

Doña Leonor

No habéis: Padre, recibido
la carta que el Padre Cleto...

P. Guardián

(Recapacitando.)

P. Guardián

¿El Padre Cleto os envía?

Doña Leonor

A vos, cual solo remedio
de todos mis infortunios;
si benignos los intentos
que a estos montes me conducen
permitís tengan efecto.

P. Guardián

(Sorprendido.)

P. Guardián

¿Sois doña Leonor de Vargas?...
¿Sois por dicha?... ¡Dios eterno!

Doña Leonor

(Abatida.)

Doña Leonor

¡Os horroriza el mirarme!

P. Guardián

(Afectuoso.)

P. Guardián

No, hija mía, no por cierto.
Ni permita Dios que nunca
tan duro sea mi pecho
que a los desgraciados niegue
la compasión y el respeto.

Doña Leonor

¡Yo lo soy tanto!

P. Guardián

Señora,
vuestra agitación comprendo.
No es extraño, no. Seguidme,
venid. Sentaos un momento
al pie de esta cruz; su sombra
os dará fuerza y consuelos.
(Lleva el P. GUARDIÁN a DOÑA LEONOR, y se sientan ambos al pie de la cruz.)

Doña Leonor

¡No me abandonéis! Oh, Padre.

P. Guardián

No, jamás; contad conmigo.

Doña Leonor

De este santo monasterio
desde que el término piso,
más tranquila tengo el alma,
con más libertad respiro.
Ya no me cercan, cual hace
un año, que hoy se ha cumplido,
los espectros y fantasmas
que siempre enredor he visto.
Ya no me sigue la sombra
sangrienta del padre mío,
ni escucho sus maldiciones,
ni su horrenda herida miro,
ni...

P. Guardián

¡Oh! no lo dudo, hija mía;
Libre estáis en este sitio
de esas vanas ilusiones,
aborto de los abismos.
Las insidias del demonio,
las sombras a que da brío,
para conturbar al hombre,
no tienen aquí dominio.

Doña Leonor

Por eso aquí busco ansiosa
dulce consuelo y auxilio,
y de la Reina del cielo
bajo el regio manto abrigo

P. Guardián

Vamos despacio, hija mía:
el Padre Cleto me ha escrito
la resolución tremenda
que al desierto os ha traído:
pero no basta.

Doña Leonor

Si basta;
es inmutable... lo fío.
es inmutable.

P. Guardián

¡Hija mía!

Doña Leonor

Vengo resuelta, lo he dicho,
a sepultarme por siempre
en la tumba de estos riscos.

P. Guardián

¡Cómo!...

Doña Leonor

¿Seré la primera?...
No lo seré, Padre mío.
Mi confesor me ha informado
de que en este santo sitio,
otra mujer infeliz
vivió muerta para el siglo.
Resuelta a seguir su ejemplo
vengo en busca de su asilo:
dármelo sin duda puede
la gruta que la dio abrigo,
vos la protección y amparo
que para ello necesito,
y la Soberana Virgen
su santa gracia y su auxilio.

P. Guardián

No os engañó el Padre Cleto,
pues diez años ha vivido
una santa penitente
en este yermo tranquilo,
de los hombres ignorada,
de penitencias prodigio.
En nuestra iglesia sus restos
están, y yo los estimo
como la joya más rica
de esta casa, que aunque indigno
gobierno, en el santo nombre
de mi Padre San Francisco.
La gruta que fue su albergue,
y a que reparos precisos
se le hicieron, está cerca
en ese hondo precipicio.
Aún existen en su seno
los humildes utensilios
que usó la santa; a su lado
un arroyo cristalino
brota apacible...

Doña Leonor

Al momento
llevadme allá, Padre mío.

P. Guardián

¡Oh, doña Leonor de Vargas!
¿Insistís?

Doña Leonor

Sí, Padre, insisto.
Dios me manda...

P. Guardián

Raras veces
Dios tan grandes sacrificios
exige de los mortales.
Y, ¡ay de aquel que de un delirio
en el momento, hija mía,
tal vez se engaña a sí mismo!
Todas las tribulaciones
de este mundo fugitivo,
son, señora, pasajeras;
al cabo encuentran alivio.
Y al Dios de bondad se sirve,
y se le aplaca lo mismo
en el claustro, en el desierto,
de la corte en el bullicio,
cuando se le entrega el alma
con fe viva y pecho limpio.

Doña Leonor

No es un acaloramiento,
no un instante de delirio
quien me sugirió la idea
que a buscaros me ha traído.
Desengaños de este mundo,
y un año ¡ay Dios! de suplicios,
de largas meditaciones,
de continuados peligros,
de atroces remordimientos,
de reflexiones conmigo,
mi intención han madurado
y esfuerzo me han concedido
para hacer voto solemne
de morir en este sitio.
Mi confesor venerable,
que ya mi historia os ha escrito,
el Padre Cleto, a quien todos
llaman santo, y con motivo,
mi resolución aprueba;
aunque cual vos al principio
trató de desvanecerla
con sus doctos raciocinios:
y a vuestras plantas me envía
para que me deis auxilio.
No me abandonéis, oh Padre,
por el cielo os lo suplico;
mi resolución es firme,
mi voto inmutable y fijo,
y no hay fuerza en este mundo
que me saque de estos riscos.

P. Guardián

Sois muy joven, hija mía;
¿quién lo que el cielo propicio
aún nos puede guardar sabe?

Doña Leonor

Renunció a todo, lo he dicho.

P. Guardián

Acaso aquel caballero...

Doña Leonor

¿Qué pronuncias?... ¡Oh martirio!
Aunque inocente, manchado
con sangre del padre mío
está, y nunca, nunca...

P. Guardián

Entiendo.
Mas de vuestra casa el brillo.
Vuestros hermanos...

Doña Leonor

Mi muerte
sólo anhelan vengativos.

P. Guardián

¿Y la bondadosa tía
que en Córdoba os ha tenido
un año oculta?

Doña Leonor

No puedo
sin ponerla en compromiso,
abusar de sus bondades.

P. Guardián

Y qué, ¿más seguro asilo
no fuera, y más conveniente,
con las esposas de Cristo,
en un convento?...

Doña Leonor

No, Padre;
son tantos los requisitos
que para entrar en el claustro
se exigen... y... ¡oh! no, Dios mío,
aunque me encuentro inocente,
no puedo, tiemblo al decirlo,
vivir sino donde nadie
viva y converse conmigo.
Mi desgracia en toda España
suena de modo distinto,
y una alusión, una seña,
una mirada, suplicios
pudieran ser que me hundieran
del despecho en el abismo.
No, Jamás... Aquí, aquí sólo;
si no me acogéis benigno,
piedad pediré a las fieras
que habitan en estos riscos,
alimento a estas montañas,
vivienda a estos precipicios.
No salgo de este desierto;
una voz hiere mi oído,
voz del cielo que me dice:
aquí, aquí; y aquí respiro.
(Se abraza con la cruz.)

Doña Leonor

No, no habrá fuerzas humanas
que me arranquen de este sitio.

P. Guardián

(Levantándose y aparte.)

P. Guardián

¡Será verdad, Dios eterno!
¿Será tan grande y tan alta
la protección que concede
vuestra Madre Soberana
a mí, pecador indigno,
que cuando soy de esta casa
humilde prelado, venga
con resolución tan santa
otra mujer penitente
a ser luz de estas montañas?
¡Bendito seáis, Dios eterno,
cuya omnipotencia narran
esos cielos estrellados,
escabel de vuestras plantas!
¿Vuestra vocación es firme...?
¿Sois tan bienaventurada?...

Doña Leonor

Es inmutable, y cumplirla
la voz del cielo me manda.

P. Guardián

Sea pues, bajo el amparo
de la Virgen Soberana.
(Extiende una mano sobre ella.)

Doña Leonor

(Arrojándose a las plantas del P. GUARDIÁN.)

Doña Leonor

¿Me acogéis?... ¡Oh Dios!... ¡Oh dicha!
¡Cuán feliz vuestras palabras
me hacen en este momento!...

P. Guardián

(Levantándola.)

P. Guardián

Dad a la Virgen las gracias.
Ella es quien asilo os presta
a la sombra de su casa.
No yo, pecador protervo,
vil gusano, tierra, nada.
(Pausa.)

Doña Leonor

Y vos, tan sólo vos, o padre mío,
sabréis que habito en estas asperezas,
no otro ningún mortal.

P. Guardián

Yo solamente
sabré quién sois. Pero que avise es fuerza
a la comunidad de que la ermita
está ocupada, y de que vive en ella
una persona penitente. Y nadie,
bajo precepto santo de obediencia,
osará aproximarse de cien pasos,
ni menos penetrar la humilde cerca
que a gran distancia la circunda en torno.
La mujer santa, antecesora vuestra,
sólo fue conocida del prelado,
también mi antecesor. Que mujer era
lo supieron los otros religiosos
cuando se celebraron sus exequias.
Ni yo jamás he de volver a veros:
cada semana, sí, con gran reserva,
yo mismo os dejaré junto a la fuente
la escasa provisión: de recogerla
cuidaréis vos... Una pequeña esquila,
que está sobre la puerta con su cuerda,
calando a lo interior, tocaréis sólo
de un gran peligro en la ocasión extrema,
o en la hora de la muerte. Su sonido,
a mí, o al que cual yo prelado sea,
avisará, y espiritual socorro
jamás os faltará... No, nada tema.
La Virgen de los Ángeles os cubre
con su manto, será vuestra defensa
el ángel del Señor.

Doña Leonor

Mas mis hermanos...
o bandidos tal vez...

P. Guardián

¿Y quién pudiera
atreverse, hija mía, sin que al punto
sobre él tronara la venganza eterna?
Cuando vivió la penitente antigua
en este mismo sitio, adonde os lleva
gracia especial del brazo omnipotente,
tres malhechores con audacia ciega
llegar quisieron al albergue santo;
al momento una horrísona tormenta
se alzó, enlutando el indignado cielo,
y un rayo desprendido de la esfera
hizo ceniza a dos de los bandidos,
y el tercero, temblando, a nuestra iglesia
acogióse, vistió el escapulario
abrazando contrito nuestra regla,
y murió a los dos meses.

Doña Leonor

Bien: ¡oh Padre!
pues que encontré donde esconderme pueda
a los ojos del mundo, conducidme,
sin tardanza llevadme...

P. Guardián

Al punto sea,
que ya la luz del alba se avecina.
Mas antes entraremos en la iglesia;
recibiréis mi absolución, y luego
el pan de vida y de salud eterna.
Vestiréis el sayal de San Francisco,
y os daré avisos que importaros puedan
para la santa y penitente vida,
a que con gloria tanta estáis resuelta.

P. Guardián

¡Hola!... Hermano Melitón.
¡Hola!... despierte le digo;
de la iglesia abra el postigo.

(Dentro.)

H. Melitón

Pues qué, ¿ya las cinco son?...

(Sale bostezando.)

H. Melitón

Apostaré a que no han dado.
(Bosteza.)

P. Guardián

La iglesia abra.

H. Melitón

No es de día.

P. Guardián

¿Replica?... Por vida mía...

H. Melitón

¿Yo?... en mi vida he replicado.
Bien podía el penitente
hasta las cinco esperar;
difícil será encontrar
un pecador tan urgente.
((Vase y en seguida se oye descorrer el cerrojo de la puerta de la iglesia, y se la ve abrirse lentamente).)

P. Guardián

(Conduciendo a Leonor hacia la iglesia.)

P. Guardián

Vamos al punto, vamos;
en la casa de Dios, hermana, entremos,
su nombre bendigamos,
en su misericordia confiemos.

Jornada tercera

(La escena es en Italia, en Veletri y sus alrededores.)

El teatro representa una sala corta, alojamiento de oficiales calaveras. En las paredes estarán colgados, en desorden, uniformes, capotes, sillas de caballos, armas, etc.; en medio habrá una mesa con tapete verde, dos candeleros de bronce con velas de sebo, los cuatro OFICIALES alrededor, uno de ellos con la baraja en la mano, y habrá sillas desocupadas

(Entra muy deprisa.)

Pedraza

¡Qué frío está esto!
OFICIAL 1º.
Todos se han ido en cuanto me han desplumado: no he conseguido tirar ni una buena talla.

Pedraza

Pues precisamente va a venir un gran punto, y si ve esto tan desierto y frío...
OFICIAL 1º.
¿Y quién es el pájaro?

Todos

¿Quién?

Pedraza

El ayudante del general, ese teniente coronel que ha llegado esta tarde con la orden de que al amanecer estemos sobre las armas. Es gran aficionado, tiene mucho rumbo, y a lo que parece es blanquito. Hemos cenado juntos en casa de la coronela, a quien ya le está echando requiebros, y el taimado de nuestro capellán lo marcó por suyo. Le convidó con que viniera a jugar, y ya lo trae hacia aquí.
OFICIAL 1º.
Pues señores, ya es este otro cantar. Ya vamos a ser todos unos... ¿Me entienden ustedes?

Todos

Sí, sí, muy bien pensado.
OFICIAL 2º.
Como que es de plana mayor, y será contrario de los pobres pilíes.
OFICIAL 4º.
A él, y duro.
OFICIAL1º.
Pues para jugar con él tengo baraja preparada, más obediente que un recluta, y más florida que el mes de mayo.
(Saca una baraja del bolsillo.)
OFICIAL1º.
Y aquí está.
OFICIAL 3º.
¡Qué fino es usted, camarada!
OFICIAL Lº.
No hay que jugar ases ni figuras. Y al avío, que ya suena gente en la escalera. Tiro, tres a la derecha, nueve a la izquierda.
(DON CARLOS DE VARGAS. EL CAPELLÁN.)

Capellán

Aquí viene, compañeros,
un rumboso aficionado.

Todos

Sea pues muy bien llegado.
(Levantándose y volviéndose a sentar.)

Don Carlos

Buenas noches, caballeros.
¡Qué casa tan indecente!

(Aparte.)

Don Carlos

Estoy, vive Dios, corrido,
de verme comprometido
a alternar con esta gente.
OFICIAL 1º.
Sentaos.
(Se sienta DON CARLOS, haciéndole todos lugar.)

Capellán

Señor, capitán
(Al banquero.)

Capellán

¿y el concurso?
OFICIAL 1º.
Se afufó
(Barajando.)
OFICIAL 1º.
en cuanto me desbancó.
Toditos repletos van.
Se declaró un juego eterno
que no he podido quebrar,
y siempre salió a ganar
una sota del infierno.
Veintidós veces salió
y jamás a la derecha.
OFICIAL 2º.
El que nunca se aprovecha
de tales gangas soy yo.
OFICIAL 3º.
Y yo en el juego contrario
me empeñé, que nada vi,
y ya solo estoy aquí
para rezar el rosario.

Capellán

Vamos.

Pedraza

Vamos.
OFICIAL 1º.
Tiro.

Juego

OFICIAL 1º.
Tiro, a la derecha el as,
y a la izquierda la sotita.
OFICIAL 2º.
Ya salió la muy maldita.
Por vida de Barrabás...
OFICIAL 1º.
Rey a la derecha, nueve
a la izquierda.

Don Carlos

Yo lo gano.
OFICIAL 1º.
¡Tengo apestada la mano!
(Paga.)
OFICIAL 1º.
Tres onzas, nada se debe.
A la derecha la sota.
OFICIAL 4º.
Ya quebró.
OFICIAL 3º.
Pegarle fuego.
OFICIAL 1º.
A la izquierda siete.

Juego

OFICIAL 2º.
Sólo el verla me rebota.

Don Carlos

Copo.

Capellán

¿Con carta tapada?
OFICIAL 1º.
Tiro, a la derecha el tres.

Pedraza

¡Qué bonita carta es!
OFICIAL 1º.
Cuando sale descargada.
A la izquierda el cinco.

Don Carlos

(Levantándose y sujetando la mano del que talla.)

Don Carlos

No,
con tiento, señor banquero,
(Vuelve su carta.)

Don Carlos

que he ganado mi dinero,
y trampas no sufro yo.
OFICIAL 1º.
¡Cómo trampas!... ¿Quién osar?...

Don Carlos

Yo: pegado tras del cinco
está el caballo, buen brinco
le hicisteis, amigo, dar.
OFICIAL 1º.
Soy hombre pundonoroso,
y esto una casualidad...

Don Carlos

Esta es una iniquidad,
vos un taimado tramposo.

Pedraza

Sois un loco, un atrevido

Don Carlos

Vos un vil, y con la espada...

Todos

Esta es una casa honrada.

Capellán

Por Dios no hagamos ruido.

Don Carlos

(Echando a rodar la mesa.)

Don Carlos

Abreviemos de razones.

Todos

(Tomando las espadas.)

Todos

Muera, muera el insolente.

(Sale defendiéndose.)

Don Carlos

Qué puede con un valiente
una cueva de ladrones.

(Vanse acuchillando, y dos o tres soldados retiran la mesa, las sillas y desembarazan la escena.)

(El teatro representa una selva muy oscura. Aparece al fondo. DON ÁLVARO, solo, vestido de capitán de granaderos, se acerca lentamente, y dice con gran agitación.)

Don Álvaro

(Solo)

Don Álvaro

¡Qué carga tan insufrible
es el ambiente vital,
para el mezquino mortal
que nace en signo terrible!
¡Qué eternidad tan horrible
la breve vida! ¡Este mundo
qué calabozo profundo,
para el hombre desdichado
a quien mira el cielo airado
con su ceño furibundo!
Parece, sí, que a medida
que es más dura y más amarga,
más extiende, más alarga
el destino nuestra vida.
Si nos está concedida
sólo para padecer,
y debe muy breve ser
la del feliz, como en pena
de que su objeto no llena,
¡terrible cosa es nacer!
Al que tranquilo, gozoso
vive entre aplausos y honores,
y de inocentes amores
apura el cáliz sabroso;
cuando es más fuerte y brioso,
la muerte sus dichas huella,
sus venturas atropella;
y yo que infelice soy,
yo que buscándola voy,
no pudo encontrar con ella.
¿Mas cómo la he de obtener,
¡desventurado de mí!
pues cuando infeliz nací,
nací para envejecer?
Si aquel día de placer
(que uno solo he disfrutado)

Don Álvaro

fortuna hubiese fijado,
¡cuán pronto muerte precoz
con su guadaña feroz
mi cuello hubiera segado!
Para engalanar mi frente,
allá en la abrasada zona,
con la espléndida corona
del imperio de occidente,
amor y ambición ardiente
me engendraron de concierto;
pero con tal desacierto,
con tan contraria fortuna,
que una cárcel fue mi cuna,
y fue mi escuela el desierto.
Entre bárbaros crecí,
y en la edad de la razón,
a cumplir la obligación
que un hijo tiene, acudí:
mi nombre ocultando fui
(que es un crimen) a salvar

Don Álvaro

la vida, y así pagar
a los que a mí me la dieron,
que un trono soñando vieron,
y un cadalso al despertar.
Entonces risueño un día,
uno solo, nada más,
me dio el destino; quizás
con la intención más impía.
Así en la cárcel sombría
mete una luz el sayón,
con la tirana intención
de que un punto el preso vea
el horror que lo rodea
en su espantosa mansión,
¡¡¡Sevilla!!! ¡¡¡Guadalquivir!!!
¡Cuál atormentáis mi mente!...
¡Noche en que vi de repente
mis breves dichas huir!...
¡Oh qué carga es el vivir!
Cielos, saciad el furor
Socórreme, mi Leonor,
gala del suelo andaluz,
que ya eres ángel de luz,
junto al trono del Señor.
Mírame desde tu altura
sin nombre en extraña tierra,
empeñado en una guerra,
por ganar mi sepultura.
¿Qué me importa por ventura
que triunfe Carlos o no?
¿Qué tengo de Italia en pro?
¿Qué tengo? ¡Terrible suerte!
Que en ella reina la muerte,
y a la muerte busco yo.
¡Cuánto, o Dios, cuánto se engaña
el que elogia mi ardor ciego,
viéndome siempre en el fuego
de esta extranjera campaña!
Llámanme la prez de España,
y no saben que mi ardor
sólo es falta de valor,
pues busco ansioso el morir
por no osar el resistir
de los astros el furor.
Si el mundo colma de honores
al que mata a su enemigo,
el que lo lleva consigo
¿por qué no puede?...
(Óyese ruido de espadas.)

(Dentro.)

Don Carlos

¡Traidores!

(Dentro.)

Voces

Muera.

(Dentro.)

Don Carlos

¡Viles!

Don Álvaro

(Sorprendido.)

Don Álvaro

¡Qué clamores!

(Dentro.)

Don Carlos

¡Socorro!

Don Álvaro

(Desenvainando la espada.)

Don Álvaro

Dárselo quiero,
que oigo crujir el acero;
y si a los peligros voy
porque desgraciado soy,
también voy por caballero.

(Éntrase; suena ruido de espadas; atraviesan dos hombres la escena como fugitivos, y vuelven a salir DON ÁLVARO y DON CARLOS.)

(DON ÁLVARO y DON CARLOS, con las espadas desnudas.)

Don Álvaro

Huyeron... ¿Estáis herido?

Don Carlos

Mil gracias os doy, señor;
sin vuestro heroico valor
de cierto estaba perdido;
y no fuera maravilla:
eran siete contra mí,
y cuando grité me vi
en tierra ya una rodilla.

Don Álvaro

¿Y herido estáis?

Don Carlos

(Reconociéndose.)

Don Carlos

Nada siento.
(Envainan.)

Don Álvaro

¿Quiénes eran?

Don Carlos

Asesinos.

Don Álvaro

¿Cómo osaron tan vecinos
de un militar campamento?...

Don Carlos

Os lo diré francamente;
fue contienda sobre el juego.
Entré sin pensarlo ciego
en un casuco indecente...

Don Álvaro

Ya caigo, aquí a mano diestra...

Don Carlos

Sí.

Don Álvaro

Que extrañe perdonad,
que un hombre de calidad,
cuál vuestro esfuerzo demuestra,
entrara en tal gazapón,
donde sólo va la hez,
la canalla más soez,
de la milicia borrón.

Don Carlos

Sólo el ser recién llegado
puede, señor, disculparme;
vinieron a convidarme,
y accedí deslumbrado.

Don Álvaro

¿Con qué ha poco estáis aquí?

Don Carlos

Diez días ha que llegué
a Italia; dos sólo que
al cuartel general fui.
Y esta tarde al campamento
con comisión especial
llegué de mi general,
para el reconocimiento
de mañana. Y si no fuera
por vuestra espada y favor,
mi carrera sin honor
ya estuviera terminada.
Mi gratitud sepa, pues,
a quien la vida he debido,
porque el ser agradecido
la obligación mayor es
para el hombre bien nacido.

Don Álvaro

(Con indiferencia.)

Don Álvaro

Al acaso.

Don Carlos

(Con expresión.)

Don Carlos

Que me deis
vuestro nombre a suplicaros
me atrevo. Y para obligaros,
primero el mío sabréis.
Siento no decir verdad:

(Aparte.)

Don Carlos

soy don Félix de Avendaña,
que he venido a esta campaña
sólo por curiosidad.
Soy teniente coronel,
y del general Briones
ayudante: relaciones
tengo de sangre con él.

Don Álvaro

¡Qué franco es, y qué expresivo!

(Aparte.)

Don Álvaro

Me cautiva el corazón.

Don Carlos

Me parece que es razón
que sepa yo por quién vivo,
pues la gratitud es ley.

Don Álvaro

Soy... don Fadrique de Herreros,
capitán de granaderos
del regimiento del Rey.

Don Carlos

(Con grande admiración y entusiasmo.)

Don Carlos

¿Sois... ¡grande dicha es la mía!
del ejército español
la gloria, el radiante sol
de la hispana valentía?

Don Álvaro

Señor...

Don Carlos

Desde que llegué
a Italia, sólo elogiaros
y prez de España llamaros
por donde quiera escuché.
Y de español tan valiente
anhelaba la amistad.

Don Álvaro

Con ella, señor, contad,
que me honráis muy altamente.
Y según os he encontrado
contra tantos combatiendo
bizarramente, comprendo
que seréis muy buen soldado.
Y la gran cortesanía
que en vuestro trato mostráis
dice a voces que gozáis
de aventajada hidalguía.
(Empieza a amanecer.)

Don Álvaro

Venid, pues, a descansar
a mi tienda.

Don Carlos

Tanto honor,
será muy corto, señor,
que el alba empieza a asomar.
(Se oye a lo lejos tocar generala a las bandas de tambores.)

Don Álvaro

Y por todo el campamento,
de los tambores el son
convoca a la formación.
Me voy a mi regimiento.

Don Carlos

Yo también, y a vuestro lado
asistiré en la pelea,
donde os admire y os vea
como a mi ejemplo y dechado.

Don Álvaro

Favorecedor y amigo,
si sois cual cortés valiente,
yo de vuestro arrojo ardiente
seré envidioso testigo.

(Vanse.)

Don Álvaro

El teatro representa un risueño campo de Italia, al amanecer: se verá a lo lejos el pueblo de Veletri y varios puestos militares; algunos cuerpos de tropas cruzan la escena, y luego sale una compañía de infantería con EL CAPITÁN, EL TENIENTE y EL SUBTENIENTE. DON CARLOS sale a caballo con una ordenanza detrás y coloca la compañía a un lado, avanzando una guerrilla al fondo del teatro.

Don Carlos

Señor capitán, permaneceréis aquí hasta nueva orden; pero si los enemigos arrollan las guerrillas, y se dirigen a esta altura donde está la compañía de Cantabria, marchad a socorrerla a todo trance.

Capitán

Está bien; cumpliré con mi obligación.

(Vase DON CARLOS.)

Capitán

Granaderos, en su lugar, descanso. Parece que lo entiende este ayudante.

(Salen los oficiales de las filas y se reúnen mirando con un anteojo hacia donde suena rumor de fusilería.)

Teniente

Se va galopando al fuego como un energúmeno, y la acción se empeña más y más.

Subteniente

Y me parece que ha de ser muy caliente.

Capitán

(Mirando con el anteojo.)

Capitán

Bien combaten los granaderos del Rey.

Teniente

Como que llevan a la cabeza a la prez de España, al valiente don Fadrique de Herreros, que pelea como un desesperado.

Subteniente

(Tomando el anteojo y mirando con él.)

Subteniente

Pues los alemanes cargan a la bayoneta y con brío; a Dios, que nos desalojan de aquel puesto.
(Se aumenta el tiroteo.)

Capitán

(Toma el anteojo.)

Capitán

A ver, a ver... ¡Ay! sino me engaño, el capitán de granaderos del Rey ha caído o muerto o herido; lo veo claro, claro.

Teniente

Yo distingo que se arremolina la compañía... y creo que retrocede.

Soldados

A ellos, a ellos.

Silencio. Firmes.

(Vuelve a mirar con el anteojo.)

Capitán

Las guerrillas también retroceden.

Subteniente

Uno corre a caballo hacia allá.

Capitán

Sí, es el ayudante... Está reuniendo la gente y carga... ¡con qué denuedo!... nuestro es el día.

Teniente

Sí, veo huir a los alemanes.

Soldados

A ellos.

Capitán

Firmes, granaderos.
(Mira con el anteojo.)

Capitán

El ayudante ha recobrado el puesto, la compañía del Rey carga a la bayoneta y lo arrolla todo.

Teniente

A ver, a ver.
(Toma el anteojo y mira.)

Teniente

Sí, cierto. Y el ayudante se apea del caballo y retira en sus brazos al capitán don Fadrique. No debe de estar más que herido; se lo llevan hacia Veletri.

Todos

Dios nos le conserve, que es la flor del ejército.

Capitán

Pero por este lado no va tan bien. -Teniente, vaya usted a reforzar con la mitad de la compañía de guerrillas que están en esa cañada; que yo voy a acercarme a la compañía de Cantabria; vamos, vamos.

Soldados

Viva España, viva España, viva Nápoles.
(Marchan.)
(El teatro representa el alojamiento de un oficial superior; al frente estará la puerta de la alcoba practicable y con cortinas. Entra DON ÁLVARO herido y desmayado en una camilla llevada por cuatro granaderos; EL CIRUJANO, a un lado, y DON CARLOS, a otro, lleno de polvo y como muy cansado; un soldado traerá la maleta de DON ÁLVARO y la pondrá sobre una mesa; colocarán la camilla en medio de la escena, mientras los granaderos entran en la alcoba a hacer la cama.)

Don Carlos

Con mucho, mucho cuidado,
dejadle aquí, y al momento
entrad a arreglar mi cama.

(Vanse a la alcoba dos de los soldados y quedan otros dos.)

Cirujano

Y que haya mucho silencio.

Don Álvaro

(Volviendo en sí.)

Don Álvaro

¿Dónde estoy? ¿Dónde?

Don Carlos

(Con mucho cariño.)

Don Carlos

En Veletri,
a mi lado, amigo excelso.
Nuestra ha sido la victoria,
tranquilo estad.

Don Álvaro

. ¡Dios eterno!
¡Con salvarme de la muerte,
qué gran daño me habéis hecho!

Don Carlos

No digáis tal, don Fadrique,
cuando tan vano me encuentro
de que salvaros la vida
me haya concedido el cielo.

Don Álvaro

¡Ay don Félix de Avendaña,
qué grande mal me habéis hecho!
(Se desmaya.)

Cirujano

Otra vez se ha desmayado;
agua y vinagre.

Don Carlos

(A uno de los soldados.)

Don Carlos

Al momento.
¿Está de mucho peligro?
(Al cirujano.)

Cirujano

Este balazo del pecho,
en donde aún tiene la bala,
me da muchísimo miedo,
lo que es las otras heridas
no presentan tanto riesgo.

Don Carlos

(Con gran vehemencia.)

Don Carlos

Salvad su vida, salvadle;
apurad todos los medios
del arte, y os aseguro
tal galardón...

Cirujano

Lo agradezco:
para cumplir con mi oficio
no necesito de cebo,
que en salvar a este valiente
interés muy grande tengo.

(Entra el soldado con un vaso de agua y vinagre. EL CIRUJANO le rocía el rostro, y le aplica un pomito a las narices.)

Don Álvaro

(Vuelve en sí.)

Don Álvaro

¡Ay!

Don Carlos

Ánimo, noble amigo,
cobrad ánimo y aliento:
pronto, muy pronto curado
y restablecido y bueno
volveréis a ser la gloria,
el norte de los guerreros.
Y a nuestras altas hazañas
el rey dará todo el premio
que merece. Sí, muy pronto
lozano otra vez, cubierto
de palmas inmarchitables
y de laureles eternos,
con una rica encomienda
se adornará vuestro pecho
de Santiago o Calatrava.

Don Álvaro

(Muy agitado.)

Don Álvaro

¿Qué escucho? ¿Qué? ¡Santo cielo!
¡Ah!... no, no de Calatrava:
jamás, jamás... ¡Dios eterno!

Cirujano

Ya otra vez se desmayó:
sin quietud y sin silencio
no habrá forma de curarlo.
Que no le habléis más os ruego.
((A DON CARLOS Vuelve a darle agua y a aplicarle el pomito a.)
(las narices.).)

Don Carlos

(Suspenso aparte.)

Don Carlos

El nombre de Calatrava
¿qué tendrá?, ¿qué tendrá... tiemblo,
de terrible a sus oídos?

Cirujano

No puedo esperar más tiempo.
¿Aún no está lista la cama?

Don Carlos

(Mirando a la alcoba.)

Don Carlos

Ya lo está.

(Salen los dos soldados.)

Cirujano

(A los cuatro soldados.)

Cirujano

Llevadle luego.

Don Álvaro

¡Ay de mí!
(Volviendo en sí.)

Cirujano

Llevadle.

Don Álvaro

(Haciendo esfuerzos.)

Don Álvaro

Esperen.
Poco, por lo que en mí siento,
me queda ya de este mundo,
y en el otro pensar debo.
Mas antes de desprenderme
de la vida, de un gran peso
quiero descargarme. Amigo.
(A DON CARLOS.)

Don Álvaro

un favor tan sólo anhelo

Cirujano

Si habláis, señor no es posible...

Don Álvaro

No volver a hablar prometo.
Pero sólo una palabra,
y a él solo, que decir tengo.

Don Carlos

(Al cirujano y soldados.)

Don Carlos

Apartad, démosle gusto;
dejadnos por un momento.
(Se retira el cirujano y los asistentes a un lado.)

Don Álvaro

Don Félix, vos solo, solo
(Dale la mano.)

Don Álvaro

cumpliréis con lo que quiero
de vos exigir. Juradme
por la fe de caballero,
que haréis cuanto aquí os encargue,
con inviolable secreto.

Don Carlos

Yo os lo juro, amigo mío;
acabad, pues.
((Hace un esfuerzo DON ÁLVARO como para meter la mano en el.)
(bolsillo y no puede.).)

Don Álvaro

¡Ah! no puedo.
Meted en este bolsillo,
que tengo aquí al lado izquierdo
sobre el corazón, la mano.
(Lo hace D. CARLOS.)

Don Álvaro

¿Halláis algo en él?

Don Carlos

Sí, encuentro
una llavecita...

Don Álvaro

Es ésa.
(Saca D. CARLOS la llave.)

Don Álvaro

Con ella abrid, yo os lo ruego,
a solas y sin testigos,
una caja que en el centro
hallaréis de mi maleta.
En ella con sobre y sello
un legajo hay de papeles;
custodiarlos con esmero,
y al momento que yo expire
los daréis, amigo al fuego.

Don Carlos

¿Sin abrirlos?

Don Álvaro

(Muy agitado.)

Don Álvaro

Sin abrirlos,
que en ellos hay un misterio
impenetrable... ¿Palabra
me dais don Félix, de hacerlo?

Don Carlos

Yo os la doy con todo el alma.

Don Álvaro

Entonces tranquilo muero.
Dadme el postrimer abrazo,
y adiós, adiós.

Cirujano

(Enfadado.)

Cirujano

Al momento
a la alcoba. Y vos, don Félix,
si es que tenéis tanto empeño
en que su vida se salve,
haced que guarde silencio:
y excusad también que os vea,
pues se conmueve en extremo.
((Llévanse los soldados la camilla; entra también el cirujano, y DON CARLOS queda pensativo y lloroso.)

Don Carlos

¿Ha de morir...¡qué rigor!
tan bizarro militar?
Si no lo puedo salvar
será eterno mi dolor.
Puesto que él me salvó a mí,
y desde el momento aquel
que guardó mi vida él,
guardar la suya ofrecí.
(Pausa.)

Don Carlos

Nunca vi tanta destreza
en las armas y jamás
otra persona de más
arrogancia y gentileza.
Pero es hombre singular;
y en el corto tiempo que
le trato rasgos noté
que son dignos de extrañar.
(Pausa.)

Don Carlos

¿Y de Calatrava el nombre
por qué así le horrorizó
cuando pronunciarlo oyó?...
¿Qué hallará en él que le asombre?
¡Sabrá que está deshonrado!...
Será un hidalgo andaluz...
¡Cielos!...¡Qué rayo de luz
sobre mí habéis derramado
en este momento!...Sí.
¿Podrá ser éste el traidor,
de mi sangre deshonor,
el que a buscar vine aquí.
(Furioso y empuñando la espada.)

Don Carlos

¿Y aún respira?... No, ahora mismo
a mis manos...
(Corre hacia la alcoba y se detiene.)

Don Carlos

¿Dónde estoy?...
¿Ciego a despeñarme voy
de la infamia en el abismo?
¿A quien mi vida salvó,
y que moribundo está,
matar inerme podrá
un caballero cual yo?
(Pausa.)

Don Carlos

¿No puede falsa salir
mi sospecha?... Sí... ¿Quién sabe?...
Pero ¡cielos! esta llave
todo me lo va a decir.
(Se acerca a la maleta, la abre precipitado, y saca la caja poniéndola sobre la mesa.)

Don Carlos

Salid, caja misteriosa,
del destino urna fatal,
a quien con sudor mortal
toca mi mano medrosa:
me impide abrirte el temblor
que me causa el recelar,
si en tu centro voy a hallar
los pedazos de mi honor.
(Resuelto y abriendo.)

Don Carlos

Mas no, que en ti mi esperanza,
la luz, que me da el destino
está para hallar camino
que me lleve a la venganza,
(Abre y saca un legajo sellado.)

Don Carlos

ya el legajo tengo aquí.
¿Qué tardo el sello en romper?...
(Se contiene.)

Don Carlos

¡Oh cielos! ¡Qué voy a hacer!
¿Y la palabra que di?
¿Mas si la suerte me da
tan inesperado medio
de dar a mi honor remedio,
el perderlo qué será?
Si a Italia sólo he venido
a buscar al matador
de mi padre y de mi honor,
con nombre y porte fingido,
¿qué importa que el pliego abra,
si lo que vine a buscar
a Italia, voy a encontrar?...
Pero no, di mi palabra.
Nadie, nadie aquí lo ve
¡Cielos! lo estoy viendo yo.
Mas si él mi vida salvó,
también la suya salvé.
Y si es el infame indiano,
el seductor asesino,
¿no es bueno cualquier camino
por donde venga a mi mano?
Rompo esta cubierta, sí,
pues nadie lo ha de saber...
Mas cielos, ¿qué voy a hacer?
¿Y la palabra que di?
(Suelta el legajo.)

Don Carlos

No, jamás. ¡Cuán fácilmente
nos pinta nuestra pasión
una infame y vil acción
como acción indiferente!
A Italia vine anhelando
mi honor manchado lavar;
¿y mi empresa ha de empezar
el honor amancillando?
Queda, oh secreto, escondido,
si en este legajo estás;
que un medio infame, jamás
lo usa el hombre bien nacido.
(Registrando la maleta.)

Don Carlos

Si encontrar aquí pudiera
algún otro abierto indicio,
que sin hacer perjuicio
a mi opinión, me advirtiera...
(Sorprendido.)

Don Carlos

¡Cielos!... lo hay... esta cajilla,
(Saca una cajita como de retrato.)

Don Carlos

que algún retrato contiene,
(Reconociéndola.)

Don Carlos

ni sello ni sobre tiene,
tiene sólo una aldabilla.
Hasta sin ser indiscreto
reconocerla me es dado:
nada de ella me han hablado,
ni rompo ningún secreto.
Ábrola, pues, en buen hora,
aunque un basilisco vea:
aunque para el mundo sea
caja fatal de Pandora.
(La abre, y exclama muy agitado)

Don Carlos

¡Cielos!.. no... no me engañé,
esta es mi hermana Leonor...
¿para qué prueba mayor?...
Con la más clara encontré.
Ya está todo averiguado;
don Álvaro es el herido.
Brújula el retrato ha sido
que mi norte me ha marcado.
¿Y a la infame... me atribulo,
con él en Italia tiene?...
Descubrirlo me conviene
con astucia y disimulo.
¡Cuán feliz será mi suerte
si la venganza y castigo
sólo de un golpe consigo,
a los dos dando la muerte!
Mas... ¡ah!... no me precipite
mi honra, cielos, ofendida.
Guardad a este hombre la vida
para que yo se la quite.
(Vuelve a colocar los papeles y el retrato en la maleta. Se oye ruido, y queda suspenso.)
(EL CIRUJANO, que sale muy contento.)

Cirujano

Albricias pediros quiero;
ya le he sacado la bala,
(Se la enseña.)

Cirujano

y no es la herida tan mala
cual me pareció primero.

Don Carlos

(Le abraza fuera de sí.)

Don Carlos

¿De veras?... Feliz me hacéis:
por ver bueno al capitán,
tengo, amigo, más afán
del que imaginar podéis.

Jornada cuarta

(La escena es en Veletri.)

El teatro representa una sala corta, de alojamiento militar

(DON ÁLVARO y DON CARLOS.)

Don Carlos

Hoy que vuestra cuarentena dichosamente cumplís,
¿de salud cómo os sentís?
¿Es completamente buena?...
¿Reliquia alguna notáis
de haber tanto padecido?
¿Del todo restablecido,
y listo y fuerte os halláis?

Don Álvaro

Estoy como si tal cosa;
nunca tuve más salud,
y a vuestra solicitud
debo mi cura asombrosa.
Sois excelente enfermero:
ni una madre por un hijo
muestra un afán más prolijo,
tan gran cuidado y esmero.

Don Carlos

En extremo interesante
me era la vida salvaros.

Don Álvaro

¿Y con qué, amigo, pagaros
podré interés semejante?
Y aunque gran mal me habéis hecho
en salvar mi amarga vida,
será eterna y sin medida
la gratitud de mi pecho.

Don Carlos

¿Y estáis tan repuesto y fuerte,
que sin ventaja pudiera
un enemigo cualquiera?

Don Álvaro

Estoy, amigo, de suerte,
que en casa del coronel
he estado ya a presentarme,
y de alta acabo de darme
ahora mismo en el cuartel.

Don Carlos

¿De veras?

Don Álvaro

¿Os enojáis
porque ayer no os dije acaso
que iba hoy a dar este paso?
Como tanto me cuidáis,
que os opusierais temí;
y estando sano, en verdad,
vivir en la ociosidad
no era honroso para mí.

Don Carlos

¿Conque ya no os duele nada,
ni hay asomo de flaqueza
en el pecho, en la cabeza,
ni en el brazo de la espada?

Don Álvaro

No... Pero parece que
algo amigo, os atormenta,
y que acaso os descontenta
el que yo tan bueno esté.

Don Carlos

¡Al contrario!... Al veros bueno,
capaz de entrar en acción,
palpita mi corazón,
del placer más alto lleno.
Solamente no quisiera
que os engañara el valor,
y que el personal vigor
en una ocasión cualquiera...

Don Álvaro

¿Queréis pruebas?

Don Carlos

(Con vehemencia.)

Don Carlos

Las deseo.

Don Álvaro

A la descubierta vamos
de mañana, y enredamos
un rato de tiroteo.

Don Carlos

La prueba se puede hacer,
pues que estáis fuerte, sin ir
tan lejos a combatir,
que no hay tiempo que perder.

Don Álvaro

No os entiendo
(Confuso.)

Don Carlos

¿No tendréis,
sin ir a los imperiales,
enemigos personales
con quien probaros podréis?

Don Álvaro

¿A quién le faltan? -Mas no
lo que me decís comprendo.

Don Carlos

Os lo está a voces diciendo
más la conciencia que yo.
Disimular fuera vano...
vuestra turbación es harta...
¿Habéis recibido carta
de don Álvaro el indiano?

Don Álvaro

(Fuera de sí.)

Don Álvaro

¡Ah traidor!... ¡Ah fementido
violaste infame un secreto,
que yo débil, yo indiscreto,
moribundo... inadvertido...

Don Carlos

¿Qué osáis pensar?... Respeté
vuestros papeles sellados,
que los que nacen honrados
se portan cual me porté.
El retrato de la infame
vuestra cómplice os perdió,
y sin lengua me pidió
que el suyo y mi honor reclame.
Don Carlos de Vargas soy,
que por vuestro crimen es
de Calatrava marqués:
temblad, que ante vos estoy.

Don Álvaro

No sé temblar... Sorprendido,
sí, me tenéis...

Don Carlos

No lo extraño.

Don Álvaro

¿Y usurpar con un engaño
mi amistad, honrado ha sido?
¡Señor marqués!...

Don Carlos

De esta suerte
no me permito
llamar,
que sólo he de titular
después de daros la muerte.

Don Álvaro

Aconteceros pudiera
sin el título morir.

Don Carlos

Vamos pronto a combatir,
quedemos o dentro o fuera.
Vamos donde mi furor...

Don Álvaro

Vamos, pues, señor don Carlos,
que si nunca fue a buscarlos,
no evito los lances de honor.
Mas esperad, que en el alma
del que goza de hidalguía,
no es furia la valentía,
y esta obra siempre con calma.
Sabéis que busco la muerte,
que los riesgos solicito,
pero con vos necesito
comportarme de otra suerte;
Y explicaros...

Don Carlos

Es perder
tiempo toda explicación.

Don Álvaro

No os neguéis a la razón,
que suele funesto ser.
Pues trataron las estrellas
por raros modos de hacernos
amigos, ¿a qué oponernos
a lo que buscaron ellas?
Si nos quisieron unir
de mutuos y altos servicios
con los vínculos propicios,
no fue, no, para reñir.
Tal vez fue para enmendar
la desgracia inevitable,
de que no fui yo culpable.

Don Carlos

¿Y me osáis recordar?

Don Álvaro

¿Teméis que vuestro valor
se disminuya y se asombre,
si halla en su contrario un hombre
de nobleza y pundonor?

Don Carlos

¡Nobleza un aventurero!
¡Honor un desconocido!
¡¡¡Sin padre, sin apellido,
advenedizo, altanero!!!

Don Álvaro

¡Ay, que ese error a la muerte,
por más que lo evite yo,
a vuestro padre arrastró!...
No corráis la misma suerte.
Y que infundados agravios
e insultos no ofenden, muestra
el que está ociosa mi diestra
sin arrancaros los labios.
Si un secreto misterioso
romper hubiera podido.
¡Oh!... cuán diferente sido...

Don Carlos

Guardadlo, no soy curioso.
Que sólo anhelo venganza,
y sangre.

Don Álvaro

¿Sangre?... La habrá.

Don Carlos

Salgamos al campo ya.

Don Álvaro

Salgamos sin más tardanza.
(Deteniéndose.)

Don Álvaro

Mas, don Carlos... ¡ah! ¿podréis
sospecharme con razón
de falta de corazón?
No, no, que me conocéis.
Si el orgullo, principal
y tan poderoso agente
en las acciones del ente
que se dice racional,
satisfecho tengo ahora,
esfuerzos no he de omitir,
hasta aplacar conseguir
ese furor que os devora.
Pues mucho repugno yo
el desnudar el acero
con el hombre que primero,
dulce amistad me inspiró.
Yo a vuestro padre no herí,
le hirió sólo su destino.
Y yo, a aquel ángel divino,
ni seduje, ni perdí.
Ambos nos están mirando:
desde el cielo: mi inocencia
ven, esa ciega demencia
que os agita, condenando.

Don Carlos

(Turbado.).)

Don Carlos

¿Pues qué?... ¿Mi hermana?... ¿Leonor?...
((Que con vos aquí no está.)
(lo tengo aclarado ya.).)

Don Carlos

¿Mas cuándo ha muerto?... ¡Oh furor!

Don Álvaro

Aquella noche terrible
llevándola yo a un convento,
exánime, y sin aliento,
se trabó un combate horrible
al salir del olivar
entre mis fieles criados
y los vuestros irritados,
y no la pude salvar.
Con tres heridas caí,
y un negro de puro fiel
(fidelidad bien cruel)

Don Álvaro

veloz me arrancó de allí,
falto de sangre y sentido:
tuvo en Gelves larga cura,
con accesos de locura:
y apenas restablecido
ansioso empecé a indagar
de mi único bien la suerte;
y supe ¡ay Dios! que la muerte
en el oscuro olivar

Don Carlos

(Resuelto.)

Don Carlos

Basta, imprudente impostor;
¿y os precias de caballero?...
¿Con embrollo tan grosero
queréis calmar mi furor?
Deponed tan necio engaño:
después del funesto día,
en Córdoba con su tía,
mi hermana ha vivido un año.
Dos meses ha que fui yo
a buscarla, y no la hallé.
Pero de cierto indagué
que al verme llegar huyó.
Y el perseguirla he dejado,
porque sabiendo yo allí
que vos estabais aquí,
me llamó mayor cuidado.

Don Álvaro

(Muy conmovido.)

Don Álvaro

¡Don Carlos!... ¡Señor!... ¡Amigo!
¡Don Félix!... ¡ah!... Tolerad
que el nombre que en amistad
tan tierno os unió conmigo
use en esta situación.
¡Don Félix!... soy inocente;
bien lo podéis ver patente
en mi nueva agitación.
¡Don Félix!... ¡Don Félix!... ¡ah!...
¿Vive?... ¿Vive?... ¡Oh justo Dios!

Don Carlos

Vive; ¿y qué os importa a vos?
muy pronto no vivirá.}}

Don Álvaro

Don Félix, mi amigo; sí.
Pues que vive vuestra hermana
la satisfacción es llana
que debéis tomar de mí.
A buscarla juntos vamos;
muy pronto la encontraremos,
y en santo nudo estrechemos,
la amistad que nos juramos.
¡Oh!... Yo os ofrezco, yo os juro
que no os arrepentiréis,
cuando a conocer lleguéis
mi origen excelso y puro:
Al primer grande español
no le cedo en jerarquía,
en más alta mi hidalguía
que el trono del mismo sol.

Don Carlos

¿Estáis, don Álvaro, loco?
¿Qué es lo que pensar osáis?
¿Qué proyectos abrigáis?
¿Me tenéis a mí en tan poco?
Ruge entre los dos un mar
de sangre... ¿Yo al matador
de mi padre y de mi honor
pudiera hermano llamar?
¡Oh afrenta! Aunque fuerais rey.
Ni la infame ha de vivir.
No, tras de vos va a morir,
que es de mi venganza ley.
Si a mí vos no me matáis,
al punto la buscaré,
y la misma espada que
con vuestra sangre tiñáis,
en su corazón...

Don Álvaro

Callad.
Callad... ¿delante de mí
osasteis?...

Don Carlos

Lo juro, sí;
lo juro...

Don Álvaro

¿El qué?... Continuad.

Don Carlos

La muerte de la malvada,
en cuanto acabe con vos.

Don Álvaro

Pues no será, vive Dios,
que tengo brazo y espada.
Vamos... Libertarla anhelo
de su verdugo. Salid.

Don Carlos

A vuestra tumba venid.

Don Álvaro

Demandad perdón al cielo.
El teatro representa la plaza principal de Veletri; a un lado y otro se ven tiendas y cafés; en medio, puestos de frutas y verduras; al fondo, la guardia del principal, y el centinela paseándose delante del armero; los oficiales en grupos a una parte y otra, y la gente del pueblo cruzando en todas direcciones. EL TENIENTE, EL SUBTENIENTE y PEDRAZA se reunirán a un lado de la escena, mientras los OFICIALES 1.º, 2.º, 3.º y 4.º hablan entre sí, después de leer un edicto que está fijado en una esquina, y que llama la atención de todos
OFICIAL 1º.
El rey Carlos de Nápoles no se chancea: pena de muerte nada menos.
OFICIAL 2º.
¿Cómo pena de muerte?
OFICIAL 3º.
Hablamos de la ley que se acaba de publicar, y que allí está para que nadie la ignore, sobre desafíos.
OFICIAL 2º.
Ya, ciertamente es un poco dura.
OFICIAL 3º.
Yo no sé cómo un rey tan valiente y tan joven puede ser tan severo contra los lances de honor.
OFICIAL 1º.
Amigo, es que cada uno arrima el ascua a su sardina, y como siempre los desafíos suelen ser entre españoles y napolitanos, y éstos llevan lo peor, el rey que al cabo es rey de Nápoles...
OFICIAL 2º.
No, esas son fanfarronadas; pues hasta ahora no han llevado siempre lo peor los napolitanos; acordaos del mayor Cariciolo, que despabiló a dos oficiales.

Todos

Eso fue una casualidad.
OFICIAL 1º.
Lo cierto es que la ley es dura; pena de muerte por batirse, pena de muerte por ser padrino, pena de muerte por llevar cartas; qué sé yo. Pues el primero que caiga...
OFICIAL 2º.
No, no es tan rigurosa.
OFICIAL 1º.
¿Cómo no? Vean ustedes. Leamos otra vez.
(Se acercan a leer el edicto y se adelantan en la escena los otros.)

Subteniente

¡Hermoso día!

Teniente

Hermosísimo. Pero pica mucho el sol.

Pedraza

Buen tiempo para hacer la guerra.

Teniente

Mejor es para los heridos convalecientes. Yo me siento hoy enteramente bueno de mi brazo.

Subteniente

También parece que el valiente capitán de granaderos del rey está enteramente restablecido. ¡Bien pronto se ha curado!

Pedraza

¿Se ha dado ya de alta?

Teniente

Sí, esta mañana. Está como si tal cosa. Un poco pálido pero fuerte. Hace un rato que lo encontré; iba como hacia la Alameda a dar un paseo con su amigote el ayudante don Félix de Avendaña.

Subteniente

Bien puede estarle agradecido; pues además de haberlo sacado del campo de batalla, le ha salvado la vida con su prolija y esmerada asistencia.

Teniente

También puede dar gracias a la habilidad del doctor Pérez, que se ha acreditado de ser el mejor cirujano del ejército.

Subteniente

Y no lo perderá; pues según dicen, el ayudante, que es muy rico y generoso, le va a hacer un gran regalo.

Pedraza

Bien puede; pues según me ha dicho un sargento de mi compañía, andaluz, el tal don Félix está aquí con nombre supuesto, y es un marqués riquísimo de Sevilla.

Todos

¿De veras?
(Se oye ruido; se arremolinan todos mirando hacia el mismo lado)

Teniente

¡Hola! ¿Qué alboroto es aquél?

Subteniente

Veamos... Sin duda algún preso. Pero, ¡Dios mío! ¿Qué veo?

Pedraza

¿Qué es aquello?

Teniente

¿Estoy soñando?... ¿No es el capitán de granaderos del rey el que traen preso?

Todos

No hay duda, es el valiente don Fadrique. (Se agrupan todos sobre el primer bastidor de la derecha, por donde sale el capitán preboste y cuatro granaderos, y en medio de ellos preso sin espada ni sombrero don Álvaro; y atravesando la escena, seguidos por la multitud, entran en el cuerpo de guardia que está al fondo; mientras tanto, se desembaraza el teatro.
(Todos vuelven a la escena, menos Pedraza, que entra en el cuerpo de guardia).)

Teniente

Pero, señor, ¿qué será esto? ¿Preso el militar más valiente, más exacto que tiene el ejército?

Subteniente

Ciertamente es cosa muy rara.

Teniente

Vamos a averiguar...

Subteniente

Ya viene aquí Pedraza, que sale del cuerpo de guardia, y sabrá algo. Hola, Pedraza, ¿qué ha sido?

Pedraza

(Señalando al edicto, y se reúne más gente a los cuatro oficiales.)

Pedraza

Muy mala causa tiene. Desafío... El primero que quebranta la ley: desafío y muerte.

Todos

¡Cómo! ¿Y con quién?

Pedraza

¡Caso extrañísimo! El desafío ha sido con el teniente coronel Avendaña.

Todos

¡Imposible!... ¡Con su amigo!

Pedraza

Muerto le deja de una estocada detrás del cuartel.

Todos

¡Muerto!

Pedraza

Muerto.
OFICIAL 1º.
Me alegro, que era un botarate.
OFICIAL 2º.
Un insultante.

Teniente

¡Pues señores, la ha hecho buena! Mucho me temo que va a estrenar aquella ley.

Todos

¡Qué horror!

Subteniente

Será una atrocidad. Debe haber alguna excepción a favor de oficial tan valiente y benemérito.

Pedraza

Sí, ya está fresco.

Teniente

El capitán Herreros es con razón el ídolo del ejército. Y yo creo, que el general y el coronel, y los jefes todos, tanto españoles como napolitanos, hablarán al rey... y tal vez...

Subteniente

El rey Carlos es tan testarudo... y como este es el primer caso que ocurre, el mismo día que se ha publicado la ley... No hay esperanza; ¡esta noche misma se juntará el consejo de guerra, y antes de tres días le arcabucean!... Pero, ¿sobre qué habrá sido el lance?

Pedraza

Yo no sé, nada me han dicho. Lo que es el capitán tiene malas pulgas, y su amigote era un poco caliente de lengua.
OFICIALES 1ºY4º.
Era un charlatán, un fanfarrón.

Subteniente

En el café han entrado algunos oficiales del regimiento del rey, sabrán sin duda todo el lance; vamos a hablar con ellos.

Todos

Sí, vamos.
(El teatro representa el cuarto de un oficial de guardia; se verá a un lado el tabladillo y el colchón, y en medio habrá una mesa y sillas de paja. Entran en la escena.)

(DON ÁLVARO y EL CAPITÁN.)

Capitán

Como la mayor desgracia
juzgo, amigo y compañero,
el estar hoy de servicio
para ser alcaide vuestro.
Resignación, don Fadrique,
tomad una silla os ruego.
(Se sienta don Álvaro.)

Capitán

Y mientras yo esté de guardia
no miréis este aposento
como prisión... Mas es fuerza,
pues orden precisa tengo,
que dos centinelas ponga
de vista...

Don Álvaro

Yo os agradezco,
señor, tal cortesanía.
Cumplid, cumplid al momento
con lo que os tienen mandado,
y los centinelas luego
poned... Aunque más seguro
que de hombres y armas en medio,
está el oficial de honor
bajo su palabra... ¡Oh cielos!
(Coloca el capitán dos centinelas: un soldado entra luces, y se sientan EL CAPITÁN y DON ÁLVARO junto a la mesa.)

Don Álvaro

¿Y en Veletri, qué se dice?
¿Mil necedades diversas
se esparcirán, procurando
explicar mi suerte adversa?

Capitán

En Veletri ciertamente
no se habla de otra materia.
Y aunque de aquí separarme
no puedo, como está llena
toda la plaza de gente,
que gran interés demuestra
por vos, a algunos he hablado...

Don Álvaro

Y bien, ¿qué dicen, qué piensan?

Capitán

La amistad íntima todos,
que os enlazaba, recuerdan,
con don Félix... Y las causas
que la hicieron tan estrecha,
y todos dicen...

Don Álvaro

Entiendo.
Que soy un monstruo, una fiera.
Que a la obligación más santa
he faltado. Que mi ciega
furia ha dado muerte a un hombre,
a cuyo arrojo y nobleza
debí la vida en el campo;
y a cuya nimia asistencia
y esmero debí mi cura,
dentro de su casa mesma.
Al que como tierno hermano...
¡Como hermano!... ¡Suerte horrenda!
¿Cómo hermano?... ¡Debió serlo!
Yace convertido en tierra
por no serlo... ¡Y yo respiro!
¿Y aún el suelo me sustenta?
¡Ay! ¡ay de mí!
(Se da una palmada en la frente, y queda en la mayor agitación.)

Capitán

Perdonadme
si con mis noticias necias...

Don Álvaro

Yo lo amaba... ¡Ah cuál me aprieta
el corazón una mano
de hierro ardiente! La fuerza
me falta... ¡Oh Dios! ¡Qué bizarro,
con qué noble gentileza
entre un diluvio de balas
se arrojó, viéndome en tierra,
a salvarme de la muerte!
¡Con cuánto afán y terneza
pasó las noches y días
sentado a mi cabecera!
(Pausa.)

Capitán

Anuló sin duda tales
servicios con un agravio.
Diz que era un poco altanero,
picajoso, temerario;
y un hombre cual vos...

Don Álvaro

No, amigo;
cuanto de él se diga es falso.
Era un digno caballero
de pensamientos muy altos.
Retóme con razón harta,
y yo también le he matado
con razón. Sí, si aún viviera
fuéramos de nuevo al campo;
él a procurar mi muerte,
yo a esforzarme por matarlo.
O él o yo solo en el mundo.
Pero imposible en él ambos.

Capitán

Calmaos, señor don Fadrique:
aún no estáis del todo bueno
de vuestras nobles heridas,
y que os pongáis malo temo.

Don Álvaro

¿Por qué no quedé en el campo
de batallla como bueno?
Con honra acabado hubiera.
Y ahora ¡Oh Dios!... la muerte anhelo,
y la tendré... ¿pero cómo?
en un patíbulo horrendo,
por infractor de las leyes,
de horror o de burla objeto.

Capitán

¿Qué decís?... No hemos llegado,
señor, a tan duro extremo;
aún puede haber circunstancias
que justifiquen el duelo,
y entonces...

Don Álvaro

No, no hay ninguna.
Soy homicida, soy reo.

Capitán

Mas según tengo entendido
(ahora de mi regimiento

Capitán

me lo ha dicho el ayudante),
los generales de acuerdo
con todos los coroneles
han ido sin perder tiempo
a echarse a los pies del rey,
que es benigno, aunque severo,
para pedirle...

Don Álvaro

(Conmovido.)

Don Álvaro

¿De veras?
Con el alma lo agradezco,
y el interés de los jefes
me honra y me confunde a un tiempo.
¿Pero por qué han de empeñarse
militares tan excelsos,
en que una excepción se haga
a mi favor, de un decreto
sabio, de una ley tan justa,
a que yo falté el primero?
Sirva mi pronto castigo
para saludable ejemplo.
Muerte, es mi destino, muerte.
Porque la muerte merezco,
porque es para mí la vida
aborrecible tormento.
Mas ¡ay de mí sin ventura!
¿Cuál es la muerte que espero?
La del criminal, sin honra,
¡¡¡en un patíbulo!!!... ¡Cielos!
((Se oye un redoble).)

(LOS MISMOS y EL SARGENTO.)

Sargento

Mi capitán...

Capitán

¿Qué se ofrece?

Sargento

El mayor...

Capitán

Voy al momento.

(Vase.)

Don Álvaro

¡Leonor! ¡Leonor! Si existes, desdichada,
¡oh qué golpe te espera,
cuando la nueva fiera
te llegue adonde vives retirada,
de que la misma mano,
la mano ¡ay triste! mía,
que te privó de tu padre y de alegría
¡acaba de privarte de un hermano!
No; te ha librado, sí, de un enemigo,
de un verdugo feroz, que por castigo
de que diste en tu pecho
acogida a mi amor, verlo deshecho,
y roto, y palpitante
preparaba anhelante,
y con su brazo mismo
de su venganza hundirte en el abismo.
Respira, sí, respira,
que libre estás de su tremenda ira.
(Pausa.)

Don Álvaro

¡Ay de mí! Tú vivías,
y yo lejos de ti, muerte buscaba;
y sin remedio las desgracias mías
despechado juzgaba:
mas tú vives, mi cielo,
y aún aguardo un instante de consuelo.
¿Y qué espero? ¡infeliz! de sangre un río
que yo no derramé, serpenteaba
entre los dos; mas ahora el brazo mío
en mar inmenso de tomarlo acaba.
¡Hora de maldición, aciaga hora
fue aquella en que te vi la vez primera
en el soberbio templo de Sevilla,
como un ángel bajado de la esfera,
en donde el trono del Eterno brilla!
¡Qué porvenir dichoso
vio mi imaginación por un momento,
que huyó tan presuroso
como al soplar de repentino viento
las torres de oro, y montes argentinos,
y colosos, y fulgidos follajes
que forman los celajes
en otoño a los rayos matutinos!
(Pausa.)

Don Álvaro

¡Mas en qué espacio vago, en qué regiones
fantásticas! ¿Qué espero?
¡Dentro de breves horas,
lejos de mundanas afecciones
vanas y engañadoras,
iré de Dios al tribunal severo!
(Pausa.)

Don Álvaro

¿Y mis padres?... Mis padres desdichados
aún yacen encerrados
en la prisión horrenda de un castillo
cuando con mis hazañas y proezas
pensaba restaurar su nombre y brillo,
y rescatar sus míseras cabezas.
No me espera más suerte
que como criminal, infame muerte.
(Queda sumergido en el despecho.)

(DON ÁLVARO, EL CAPITÁN.)

Capitán

Hola, amigo y compañero...

Don Álvaro

¿Vais a darme alguna nueva?
¿Para cuándo convocado
está el consejo de guerra?

Capitán

Dicen que esta noche misma
debe reunirse a gran prisa...
De hierro, de hierro tiene
el rey Carlos la cabeza.

Don Álvaro

Es un valiente soldado,
es un gran rey.

Capitán

Mas pudiera
no ser tan tenaz y duro.
Pues nadie, nadie lo apea
en diciendo no.

Don Álvaro

En los reyes
la debilidad es mengua.

Capitán

Los jefes y generales
que hoy en Veletri se encuentran
han estado en cuerpo a verle,
y a rogarle suspendiera
la ley en favor de un hombre
que tantos méritos cuenta
Y todo sin fruto. Carlos,
aun más duro que una peña,
ha dicho que no, resuelto,
y que la ley se obedezca:
mandando que en esta noche
falle el consejo de guerra:
Mas aún quedan esperanzas,
puede ser que el fallo sea

Don Álvaro

Según la ley. No hay remedio,
injusta otra cosa fuera.

Capitán

¡Pero qué pena tan dura,
tan extraña, tan violenta!...

Don Álvaro

La muerte. Como cristiano
la sufriré: no me aterra.
Dármela Dios no ha querido
con honra y con fama eterna
en el campo de batalla;
y me la da con afrenta
en un patíbulo infame...
Humilde la aguardo... venga.

Capitán

No será acaso... aún veremos...
puede que se arme una gresca
El ejército os adora...
Su agitación es extrema,
y tal vez un alboroto...

Don Álvaro

Basta ¿qué decís? ¿Tal piensa
quien de militar blasona?
¿El ejército pudiera
faltar a la disciplina,
Ni yo deber mi cabeza
a una rebelión?... No, nunca,
que jamás, jamás suceda
tal desorden por mi causa.

Capitán

La ley es atroz, horrenda.

Don Álvaro

Yo la tengo por muy justa;
forzoso remediar era
un abuso...
((Se oye un tambor y dos tiros).)

Capitán

¿Qué?

Don Álvaro

¿Escuchasteis?

Capitán

El desorden ya comienza.
(Se oye gran ruido; tiros, confusión y cañonazos, que van en aumento hasta el fin del acto.)
(LOS MISMOS y EL SARGENTO, que entra muy presuroso.)

Sargento

¡Los alemanes! Los enemigos están en Veletri. ¡Estamos sorprendidos!

Voces

DENTRO.
¡A las armas! ¡A las armas!

(Sale el oficial un instante, se aumenta el ruido, y vuelve con la espada desnuda)

Voces

DENTRO.

Capitán

Don Fadrique, escapad: no puedo guardar más vuestra persona; andan los nuestros y los imperiales mezclados por las calles; arde el palacio del rey; hay una confusión espantosa; tomad vuestro partido. Vamos, hijos, a abrirnos paso como valientes, o a morir como españoles.

Don Álvaro

Denme una espada, volaré a la muerte:
y si es vivir mi suerte,
y no la logro en tanto desconcierto,
yo os hago, eterno Dios, voto profundo
de renunciar al mundo,
y de acabar mi vida en un desierto.

Jornada quinta

(La escena es en el convento de los Ángeles y sus alrededores.)

El teatro representa lo interior del claustro bajo el convento de los Ángeles, que debe ser una galería mezquina alrededor de un patiecillo, con naranjos, adelfas y jazmines. A la izquierda se verá la portería, a la derecha, la escalera. Debe de ser decoración corta, para que detrás estén las otras por su orden. Aparecen el P. GUARDIÁN paseándose gravemente por el proscenio, y leyendo en su breviario, el H. MELITÓN sin manto, arremangado, y repartiendo con su cucharón, de un gran caldero, la sopa, al VIEJO, al COJO, al MANCO, a la MUJER y al grupo de pobres que estará apiñado en la portería.

H. Melitón

Vamos, silencio y orden, que no están en ningún figón.

Mujer

Padre, a mí, a mí.

Viejo

¿Cuántas raciones quiere, Marica?...

Cojo

Ya le han dado tres, y no es regular...

H. Melitón

Callen, y sean humildes, que me duele la cabeza.

Manco

Marica ha tomado tres raciones.

Mujer

Y aún voy a tomar cuatro, que tengo seis chiquillos.

H. Melitón

¿Y porqué tiene seis chiquillos?... Sea su alma.

Mujer

Porque me los ha dado Dios.

H. Melitón

Si... Dios... Dios... No los tendría si se pasara las noches como yo, rezando el rosario, o dándose disciplina.

P. Guardián

(Con gravedad.)

P. Guardián

¡Hermano Melitón!... ¡Hermano Melitón!... ¡Válgame Dios!

H. Melitón

Padre nuestro, si estos desesperados tienen una fecundidad que asombra.

Cojo

A mí, P. Melitón, que tengo ahí fuera a mi madre baldada.

H. Melitón

¡Hola!... ¿También ha venido hoy la bruja? Pues no nos falta nada.

P. Guardián

¡Hermano Melitón!

Mujer

Mis cuatro raciones.

Manco

A mí antes.

Viejo

A mí.

Todos

A mí, a mí...

H. Melitón

Váyanse enhoramala, y tengan modo... ¿A que les doy con el cucharón?...

P. Guardián

Caridad, hermano, caridad, que son hijos de Dios.

H. Melitón

(Sofocado)

H. Melitón

Tomen, y váyanse...

Mujer

Cuando nos daba la guiropa el P. Rafael lo hacía con más modo y con más temor de Dios.

H. Melitón

Pues llamen al P. Rafael... que no los puedo aguantar ni una semana.

Viejo

Hermano, ¿me quiere dar otro poco de bazofia?....

H. Melitón

¡Galopo!... ¿Bazofia llama a la gracia de Dios?

P. Guardián

Caridad y paciencia, hermano Melitón; harto trabajo tienen los pobrecitos.

H. Melitón

Quisiera yo ver a V. Rma. lidiar con ellos un día, y otro, y otro.

Cojo

El P. Rafael...

H. Melitón

No me jeringuen con el P. Rafael... y... tomen las arrebañaduras
(Les reparte los restos del caldero, y lo echa a rodar de una patada.)

H. Melitón

y a comerlo al sol.

Mujer

Si el P. Rafael quisiera bajar a decirle los Evangelios a mi niño que tiene sisiones...

H. Melitón

Tráigalo mañana, cuando salga a decir misa el P. Rafael.

Cojo

Si el P. Rafael quisiera venir a la villa, a curar a mi compañero, que se ha caído.

H. Melitón

Ahora no es hora de ir a hacer milagros; por la mañanita, por la mañanita con la fresca.

Manco

Si el P. Rafael...

H. Melitón

(Fuera de sí.)

H. Melitón

Ea, ea, fuera... al sol... ¡Cómo cunde la semilla de los perdidos! horrio... afuera.
(Los va echando con el cucharón y cierra la portería, volviendo luego muy sofocado y cansado donde está el Guardián)

(EL PADRE GUARDIÁN y EL HERMANO MELITÓN.)

H. Melitón

{|

H. Melitón

No hay paciencia que baste, Padre nuestro.

P. Guardián

Me parece, hermano Melitón, que no os ha dotado el Señor con gran cantidad de ella. Considere que en dar de comer a los pobres de Dios desempeña un ejercicio de que se honraría un ángel.

H. Melitón

Yo quisiera ver a un ángel en mi lugar siquiera tres días... puede ser que de cada guantada...

P. Guardián

No diga disparates.

H. Melitón

Pues si es verdad. Yo lo hago con mucho gusto, eso es otra cosa. Y bendito sea el Señor, que nos da bastante para que nuestras sobras sirvan de sustento a los pobres. Pero es preciso enseñarles los dientes. Viene entre ellos mucho pillo... Los que están tullidos y viejos vengan enhorabuena, y les daré hasta mi ración, el día que no tenga mucha hambre; pero jastiales, que pueden derribar a puñadas un castillo, váyanse a trabajar. Y hay algunos tan insolentes... hasta llaman bazofia a la gracia de Dios... Lo mismo que restregarme siempre por los hocicos al P. Rafael; toma si nos daba más, daca si tenía mejor modo, toma si era más caritativo, vuelta si no metía tanta prisa. Pues a fe, a fe, que el bendito P. Rafael a los ocho días se hartó de pobres y de guiropa, y se metió en su celda, y aquí quedó el H. Melitón. Y por cierto no sé por qué esta canalla dice que tengo mal genio. Pues el P. Rafael también tiene su piedra en el rollo, y sus prontos, y sus ratos de murria como cada cual.

P. Guardián

Basta, hermano, basta. El P. Rafael no podía, teniendo que cuidar el altar, y que asistir al coro, entender en el repartimiento de la limosna: ni éste ha sido nunca encargo de un religioso antiguo, sino incumbencia del portero... ¿Me entiende?... Y H. Melitón, tenga más humildad, y no se ofenda cuando prefieran al P. Rafael, que es un siervo de Dios a quien todos debemos imitar.

H. Melitón

Yo no me ofendo de que prefieran al P. Rafael. Lo que digo es que tiene su genio. Y a mí me quiere mucho, padre nuestro, y echamos nuestras manos de conversación. Pero tiene de cuando en cuando unas salidas, y se da unas palmadas en la frente.... y habla solo, y hace visajes como si viera algún espíritu.

P. Guardián

Las penitencias, los ayunos...

H. Melitón

Tiene cosas muy raras. El otro día estaba cavando en la huerta, y tan pálido y tan desemejado, que le dije en broma: Padre, parece un mulato; y me echó una mirada, y cerró el puño, y aún lo enarboló de modo que parecía que me iba a tragar. Pero se contuvo, se echó la capucha y desapareció; digo, se marchó de allí a buen paso.

P. Guardián

Ya.

H. Melitón

Pues el día que fue a Hornachuelos a auxiliar a su alcalde, cuando estaba en toda su furia aquella tormenta en que nos cayó la centella sobre el campanario, al verlo yo salir sin cuidarse del aguacero, ni de los truenos que hacían temblar estas montañas, le dije por broma que parecía entre los riscos un indio bravo: y me dio un berrido que me aturrulló... Y como vino al convento de un modo tan raro, y nadie lo viene nunca a ver, ni sabemos dónde nació...

P. Guardián

Hermano, no haga juicios temerarios. Nada tiene de particular eso, ni el modo con que vino a esta casa el P. Rafael es tan raro como dice. El Padre limosnero que venía de Palma, se lo encontró muy mal herido en los encinares de Escalona, junto al camino de Sevilla, víctima sin duda de los salteadores, que nunca faltan en semejante sitio; y lo trajo al convento, donde Dios sin duda le inspiró la vocación de tomar nuestro santo escapulario, como lo verificó en cuanto se vio restablecido, y pronto hará cuatro años. Esto no tiene nada de particular.

H. Melitón

Ya, eso sí... Pero, la verdad, siempre que lo miro me acuerdo de aquello que V. Rma. nos ha contado muchas veces, y también se nos ha leído en el refectorio, de cuando se hizo fraile de nuestra orden el demonio, y que estuvo allá en un convento algunos meses. Y se me ocurre si el P. Rafael será alguna cosa así... pues tiene unos repentes, una fuerza, y un mirar de ojos...

P. Guardián

Es cierto, hermano mío; así consta de nuestras crónicas, y está consignado en nuestros archivos. Pero, además de que rara vez se repiten tales milagros, entonces el Guardián de aquel convento en que ocurrió el prodigio, tuvo una revelación que le previno de todo. Y lo que es yo, hermano mío, no he tenido hasta ahora ninguna. Con que tranquilícese, y no caiga en la tentación de sospechar del P. RAFAEL.

H. Melitón

Yo, nada sospecho.

P. Guardián

Le aseguro que no he tenido revelación.

H. Melitón

Ya, pues, entonces... Pero tiene muchas rarezas el P. RAFAEL.

P. Guardián

Los desengaños del mundo, las tribulaciones... Y luego, el retiro con que vive, las continuas penitencias...
(Suena la campanilla de la portería.)

P. Guardián

Vaya a ver quién llama.

H. Melitón

¿A que son otra vez los pobres? Pues ya está limpio el caldero...
(Suena otra vez la campanilla.)

H. Melitón

No hay más limosna; se acabó por hoy, se acabó.
(Suena otra vez la campanilla.)

P. Guardián

Abra, hermano, abra la puerta.

(Vase.)

(Abre el lego la portería.)

(EL H. MELITÓN y DON ALFONSO vestido de monje, que sale embozado.)

Don Alfonso

(Con muy mal modo, y sin desembozarse)

Don Alfonso

De esperar me he puesto cano.
¿Sois vos por dicha el portero?

H. Melitón

Tonto es este caballero.

(Aparte.)

H. Melitón

Pues que abrí la puerta es llano.
(Alto.)

H. Melitón

Y aunque de portero estoy,
no me busque las cosquillas,
que padre de campanillas
con olor de santo soy.

Don Alfonso

¿El Padre Rafael está?
Tengo que verme con él.

H. Melitón

¡Otro Padre Rafael!

(Aparte.)

H. Melitón

Amostazándome va.

Don Alfonso

Responda pronto.

H. Melitón

(Con miedo.)

H. Melitón

Al momento.
Padres Rafaeles... hay dos.
¿Con cuál queréis hablar vos?

Don Alfonso

Para mí mas que haya ciento.
El Padre Rafael...
(Muy enfadado.)

H. Melitón

¿El gordo?
¿El natural de Porcuna?
No os oirá cosa ninguna,
que es como una tapia sordo.
Y desde el pasado invierno
en la cama está tullido;
noventa años ha cumplido.
El otro es...

Don Alfonso

El del infierno.

H. Melitón

Pues ahora caigo en quién es:
el alto, adusto, moreno,
ojos vivos, rostro lleno...

Don Alfonso

Llevadme a su celda, pues.

H. Melitón

Daréle aviso primero,
porque si está en oración,
disturbarle no es razón...
¿Y quién diré?

Don Alfonso

Un caballero.

H. Melitón

(Yéndose hacia la escalera muy lentamente, dice aparte.)

H. Melitón

¡Caramba!... ¡Qué raro gesto!
Me da malísima espina,
y me huele a chamusquina

Don Alfonso

(Muy irritado.)

Don Alfonso

¿Qué aguarda? Subamos presto.
(El Hermano se asusta y sube la escalera, y detrás de él DON ALFONSO.)

Don Alfonso

El teatro representa la celda de un franciscano. Una tarima con una estera a un lado, un vasar con una jarra y vasos, un estante con libros, estampas, disciplinas y cilicios colgados. Una especie de oratorio pobre, y en su mesa una calavera, DON ÁLVARO, vestido de fraile franciscano, aparece de rodillas en profunda oración mental

(DON ÁLVARO y EL H. MELITÓN.)

H. Melitón

¡Padre, Padre!

(Dentro.)

Don Álvaro

(Levantándose.)

Don Álvaro

¿Qué se ofrece?
Entre, Hermano Melitón.

H. Melitón

Padre, aquí os busca un matón

(Entra.)

H. Melitón

que muy ternejal parece.

Don Álvaro

(Receloso.)

Don Álvaro

¿Quién, hermano?... ¿A mí?... ¿Su nombre?

H. Melitón

Lo ignoro; muy altanero.
dice que es un caballero,
y me parece un mal hombre.
Él muy bien portado viene,
y en un andaluz rocín;
pero un genio muy ruin,
y un tono muy duro tiene.

Don Álvaro

Entre al momento quien sea.

H. Melitón

No es un pecador contrito.
Se quedará tamañito

(Aparte.)

H. Melitón

al instante que lo vea.

(Vase.)

Don Álvaro

¿Quién podrá ser?... No lo acierto.
Nadie, en estos cuatro años,
que huyendo de los engaños
del mundo, habito el desierto,
con este sayal cubierto,
ha mi quietud disturbado.
¿Y hoy un caballero osado
a mi celda se aproxima?
¿Me traerá nuevas de Lima?
¡Santo Dios!... ¡Qué he recordado!
(DON ÁLVARO y DON ALFONSO que entra sin desembozarse, reconoce en un momento la celda, y luego cierra la puerta por dentro, y echa el pestillo.)

Don Alfonso

¿Me conocéis?

Don Álvaro

No, señor.

Don Alfonso

¿No veis en mis ademanes
rasgo alguno que os recuerde
de otro tiempo y de otros males?
¿No palpita vuestro pecho,
no se hiela vuestra sangre,
no se anonada y confunde
vuestro corazón cobarde
con mi presencia?... O por dicha,
¿es tan sincero, es tan grande,
tal vuestro arrepentimiento,
que ya no se acuerda el Padre
Rafael, de aquel indiano
don Álvaro, del constante
azote de una familia
que tanto en el mundo vale?
¿Tembláis y bajáis los ojos?
Alzadlos, pues, y miradme.
(Descubriéndose el rostro y mostrándoselo.)

Don Álvaro

¡O Dios!... ¡Qué veo! ¡Dios mío!
¿Pueden mis ojos burlarme?
¡Del marqués de Calatrava
viendo estoy la viva imagen!

Don Alfonso

Basta, que ya está dicho todo.
De mi hermano y de mi padre
me está pidiendo venganza
en altas voces la sangre.
Cinco años ha que recorro
con dilatados viajes
el mundo, para buscaros;
y aunque ha sido todo en balde,
el cielo (que nunca impunes
deja las atrocidades
de un monstruo, de un asesino
de un seductor, de un infame),
por un imprevisto acaso
quiso por fin indicarme
el asilo donde está a salvo
de mi furor os juzgaste.
Fuera el mataros inerme
indigno de mi linaje.
Fuiste valiente, robusto
aún estáis para un combate:
Armas no tenéis, lo veo,
yo dos espadas iguales
traigo conmigo, son éstas;
(Se desemboza y saca dos espadas)

Don Alfonso

elegid la que os agrade.

Don Álvaro

(Con gran calma, pero sin orgullo.)

Don Álvaro

Entiendo, joven, entiendo,
sin que escucharos me pasme,
porque he vivido en el mundo
y apurado sus afanes.
De los vanos pensamientos
que en este punto en vos arden,
también el juguete he sido;
quiera el Señor perdonarme.
Víctima de mis pasiones,
conozco todo el alcance
de su influjo, y compadezco
al mortal a quien combaten.
Mas ya sus borrascas miro
como el náufrago, que sale
por un milagro a la orilla,
y jamás torna a embarcarse.
Este sayal que me viste,
esta celda miserable,
este yermo, adonde acaso
Dios por vuestro bien os trae,
desengaños os presentan
para calmaros bastantes;
y mas os responden mudos
que pueden labios mortales.
Aquí de mis muchas culpas,
que son ¡ay de mí! harto grandes,
pido a Dios misericordia:
que la consiga dejadme.

Don Alfonso

¿Dejaros?... ¿quién?... ¿Yo dejaros
sin ver vuestra sangre impura
vertida por esta espada
que arde en mis manos desnuda?
Pues esta celda, el desierto,
ese sayo, esa capucha,
ni a un vil hipócrita guardan,
ni a un cobarde infame escudan.

Don Álvaro

¿Qué decís?... ¡ Ah!...
(Furioso.)
(Reportándose)

Don Álvaro

. ¡No, Dios mío!...
En la garganta se anuda
mi lengua... ¡Señor!... esfuerzo
me dé vuestra santa ayuda.
Los insultos y amenazas
(Repuesto.)

Don Álvaro

que vuestros labios pronuncian
no tienen para conmigo
poder ni fuerza ninguna.
Antes como caballero
supe vengar las injurias-
hoy humilde religioso
darles perdón y disculpa.
Pues veis cuál es ya mi estado,
y, si sois sagaz, la lucha
que conmigo estoy sufriendo,
templad vuestra saña injusta.
Respetad este vestido,
compadeced mis angustias,
y perdonad generoso
ofensas que están en duda.
(Con gran conmoción.)

Don Álvaro

¡Sí, hermano, hermano!

Don Alfonso

¿Qué nombre
osáis pronunciar?

Don Álvaro

¡Ah!...

Don Alfonso

Una
sola hermana me dejasteis,
perdida, y sin honra... ¡Oh furia!

Don Álvaro

¡Mi Leonor! ¡Ah! No sin honra,
un religioso os lo jura.
Leonor... ¡Ay! La que absorbía
toda mi existencia junta!
(En delirio)

Don Álvaro

La que en mi pecho, por siempre...
por siempre, sí, sí... que aún dura...
una pasión... ¿Y qué, vive?
¿Sabéis vos noticias suyas?...
Decid que me ama, y matadme,
decidme... ¡Oh Dios!... ¿me rehúsa
(Aterrado.)

Don Álvaro

vuestra gracia sus auxilios?
¿De nuevo el triunfo asegura
el infierno, y se desploma
mi alma en su sima profunda?
¡Misericordia!... Y vos, hombre
o ilusión, ¿sois por ventura
un tentador que renueva
mis criminales angustias
para perderme?... ¡Dios mío!

Don Alfonso

(Resuelto.)

Don Alfonso

De estas dos espadas, una
tomad, don Álvaro, luego,
tomad: que en vano procura
vuestra infame cobardía
darle treguas a mi furia.
Tomad...

Don Álvaro

(Retirándose.)

Don Álvaro

No, que aún fortaleza
para resistir la lucha
de las mundanas pasiones
me da Dios con bondad suma.
¡Ah! si mis remordimientos,
mis lágrimas, mis confusas
palabras, no son bastante
para aplacaros; si escucha
mi arrepentimiento humilde
sin caridad vuestra furia,
(Arrodíllase.)

Don Álvaro

prosternado a vuestras plantas
vedme, cual persona alguna
jamás me vio...

Don Alfonso

(Con desprecio.)

Don Alfonso

Un caballero
no hace tal infamia nunca.
Quien sois bien claro publica
vuestra actitud, y la inmunda
mancha que hay en vuestro escudo.

Don Álvaro

(Levantándose con furor.)

Don Álvaro

¿Mancha?... y ¿cuál?... ¿cuál?

Don Alfonso

¿Os asusta?

Don Álvaro

Mi escudo es como el sol limpio,
como el sol.

Don Alfonso

¿Y no lo anubla
ningún cuartel de mulato
¿De sangre mezclada, impura...?

Don Álvaro

(Fuera de sí.)

Don Álvaro

¡Vos mentís, mentís, infame!
Venga el acero: mi furia
(Toca el pomo de una de las espadas)

Don Álvaro

os arrancará la lengua,
que mi clara estirpe insulta.
Vamos.

Don Alfonso

Vamos.

Don Álvaro

(Reportándose.)

Don Álvaro

No... no triunfa
tampoco con esta industria
de mi constancia el infierno.
Retiraos, señor:

Don Alfonso

(Furioso.)

Don Alfonso

¿Te burlas
de mí, inicuo? Pues cobarde
combatir conmigo excusas,
no excusarás mi venganza.
Me basta la afrenta tuya:
toma.
(Le da una bofetada.)
(Furioso y recobrando toda su energía)

Don Álvaro

¿Qué hiciste? ¡¡¡insensato!!!
ya tu sentencia es segura:
hora es de muerte, de muerte.
El infierno me confunda.

(Salen ambos precipitados)

(El teatro representa el mismo claustro bajo que en las primeras escenas de esta jornada. EL H. MELITÓN saldrá por un lado, y como bajando la escalera: DON ÁLVARO y DON ALFONSO, embozado en su capa con gran precipitación.)

H. Melitón

(Saliéndole al paso.)

H. Melitón

¿Adónde bueno?

Don Álvaro

(Con voz terrible.)

Don Álvaro

Abra la puerta.

H. Melitón

La tarde está tempestuosa, va a llover a mares.

Don Álvaro

Abra la puerta.

H. Melitón

(Yendo hacia la puerta.)

H. Melitón

¡Jesús!...
Hoy estarnos de marea alta...
ya voy...
¿quiere que le acompañe?...
¿hay algún enfermo de peligro en el cortijo?...

Don Álvaro

La puerta pronto.

H. Melitón

(Abriendo la puerta.)

H. Melitón

¿Va el padre a Hornachuelos?

Don Álvaro

(Saliendo con don Alfonso.)

Don Álvaro

Voy al infierno.
(Queda el H. MELITÓN asustado.)

H. Melitón

¡Al infierno!... ¡buen viaje!
También que era del infierno
dijo, para mi gobierno,
aquel nuevo personaje.
¡Jesús, y qué caras tan!...
Me temo que mis sospechas
han de quedar satisfechas.
Voy a ver por dónde van.
(Se acerca a la portería y dice como admirado:)

H. Melitón

¡Mi gran Padre San Francisco
me valga!... Van por la sierra,
sin tocar con el pie en tierra,
saltando de risco en risco.
Y el jaco los sigue en pos
como un perrillo faldero.
Calla... hacia el despeñadero
de la ermita van los dos.
(Asomándose a la puerta con gran afán: a voces)

H. Melitón

¡Hola!... ¡Hermanos!... ¡Hola!... ¡Digo!...
No lleguen al paredón,
miren que hay excomunión.
Que Dios les va a dar castigo.
(Vuelve a la escena)

H. Melitón

No me oyen, vano es gritar.
Demonios son, es patente.
Con el santo penitente
sin duda van a cargar.
¡El Padre, el Padre Rafael!...
Si quien piensa mal, acierta.
Atrancaré bien la puerta...
pues tengo un miedo cruel.
(Cierra la puerta.)

H. Melitón

Un olorcillo han dejado
de azufre... Voy a tocar
las campanas.

(Vase por un lado, y luego vuelve por otro como con gran miedo)

H. Melitón

Avisar
será mejor al prelado.
Sepa que en esta ocasión,
aunque refunfuñe luego,
no el Padre Guardián, el lego
tuvo revelación.

(Vase.)

(El teatro representa un valle rodeado de riscos inaccesibles y de malezas, atravesado por un arroyuelo. Sobre un peñasco accesible con dificultad, y colocado al fondo, habrá una medio gruta, medio ermita con puerta practicable, y una campana que pueda sonar y tocarse desde dentro; el cielo representará el ponerse el sol de un día borrascoso, se irá oscureciendo lentamente la escena y aumentándose los truenos y relámpagos, DON ÁLVARO y DON ALFONSO salen por un lado.)

Don Alfonso

De aquí no hemos de pasar.

Don Álvaro

No, que tras de estos tapiales,
bien sin ser vistos, podemos
terminar nuestro combate.
Y aunque en hollar este sitio
cometo un crimen muy grande,
hoy es de crímenes día,
y todos han de apurarse.
De uno de los dos la tumba
se está abriendo en este instante.

Don Alfonso

Pues no perdamos más tiempo,
y que las espadas hablen.

Don Álvaro

Vamos: mas antes es fuerza
que un gran secreto os declare,
pues que de uno de nosotros
es la muerte irrevocable:
y si yo caigo es forzoso
que sepáis en este trance
a quién habéis dado muerte,
que puede ser importante.

Don Alfonso

Vuestro secreto no ignoro.
Y era el mejor de mis planes
(para la sed de venganza

Don Alfonso

saciar que en mis venas arde)
después de heriros de muerte
daros noticias tan grandes,
tan impensadas y alegres,
de tan feliz desenlace,
que al despecho de saberlas,
de la tumba en los umbrales,
cuando no hubiese remedio,
cuando todo fuera en balde,
el fin espantoso os diera,
digno de vuestras maldades.

Don Álvaro

Hombre, fantasma o demonio,
que ha tomado humana carne
para hundirme en los infiernos,
para perderme... ¿qué sabes?...

Don Alfonso

Corrí el nuevo mundo... ¿tiemblas?
vengo de Lima... esto baste.

Don Álvaro

No basta, que es imposible
que saber quién soy lograses.

Don Alfonso

De aquel virrey fementido
que (pensando aprovecharse
de los trastornos y guerras,
de los disturbios y males
que la sucesión al trono
trajo a España) formó planes
de tomar su virreinato
en imperio, y coronarse,
casando con la heredera
última de aquel linaje
de los Incas (que en lo antiguo,
del mar del Sur a los Andes
fueron los emperadores)
eres hijo. -De tu padre,
las traiciones descubiertas,
aún a tiempo de evitarse,
con su esposa, en cuyo seno
eras tú ya peso grave,
huyó a los montes, alzando
entre los indios salvajes
de traición y rebeldía
al sacrílego estandarte.
No los ayudó la fortuna,
pues los condujo a la cárcel
de Lima, do tú naciste...
(Hace extremos de indignación y sorpresa DON ÁLVARO.)

Don Alfonso

Oye espera hasta que acabe.
El triunfo del rey Felipe
y su clemencia notable,
suspendieron la cuchilla
que ya amagaba a tus padres;
y en una prisión perpetua
convirtió el suplicio infame.
Tú entre los indios creciste,
como fiera te educaste,
y viniste ya mancebo
con oro y con favor grande,
a buscar completo indulto
para tus traidores padres.
Mas no, que viniste sólo
para asesinar cobarde,
para seducir inicuo,
y para que yo te mate.

Don Álvaro

Vamos a probarlo al punto.
(Despechado)

Don Alfonso

Ahora tienes que escucharme.
Que has de apurar, vive el cielo,
hasta las heces el cáliz.
Y si, por ser mi destino,
consiguieses el matarme,
quiero allá en tu aleve pecho
todo un infierno dejarte.
El rey benéfico acaba
de perdonar a tus padres.
Ya están libres y repuestos
en honras y dignidades.
La gracia alcanzó tu tío,
que goza favor notable,
y andan todos tus parientes
afanados por buscarte
para que tenga heredero...

Don Álvaro

(Muy turbado y fuera de sí.)

Don Álvaro

Ya me habéis dicho bastante...
No sé dónde estoy, ¡o cielos!...
Si es cierto, si son verdades
las noticias que dijisteis...
(Enternecido y confuso.)

Don Álvaro

¡Todo puede repararse!
Si Leonor existe, todo:
¿veis lo ilustre de mi sangre?
¿Veis...

Don Alfonso

Con sumo gozo veo
que estáis ciego y delirante.
¿Qué es reparación?... Del mundo
amor, gloria, dignidades
no son para vos... Los votos
religiosos e inmutables
que os ligan a este desierto,
esa capucha, ese traje,
capucha y traje que encubren
a un desertor, que al infame
suplicio escapó en Italia,
de todo incapaz os hacen.
Oye cual truena indignado
(Truena.)

Don Alfonso

contra ti el cielo... Esta tarde
completísimo es mi triunfo.
Un sol hermoso y radiante
te he descubierto, y de un soplo
luego he sabido apagarle.

Don Álvaro

(Volviendo al furor)

Don Álvaro

¿Eres monstruo del infierno,
prodigio de atrocidades?

Don Alfonso

Soy un hombre rencoroso
que tomar venganza sabe.
Y porque sea más completa,
te digo que no te jactes
de noble... eres un mestizo
fruto de traiciones.

Don Álvaro

(En el extremo de la desesperación.)

Don Álvaro

Baste.
¡Muerte y exterminio! ¡Muerte
para los dos! Yo matarme
sabré, en teniendo el consuelo
de beber tu inicua sangre.
(Toma la espada, combaten y cae herido DON ALFONSO.)

Don Alfonso

Ya lo conseguiste...
¡Dios mío! ¡Confesión!
Soy cristiano... Perdonadme... Salva mi alma...

Don Álvaro

(Suelta la espada y queda como petrificado.)

Don Álvaro

¡Cielos!... ¡Dios mío!...
¡Santa Madre de los Ángeles!...
¡Mis manos tintas en sangre...
en sangre de Vargas!...

Don Alfonso

¡Confesión! ¡Confesión!...
Conozco mi crimen y me arrepiento...
Salvad mi alma, vos que sois ministro del Señor...

Don Álvaro

(Aterrado.)

Don Álvaro

¡No, yo no soy más que un réprobo,
presa infeliz del demonio!
Mis palabras sacrílegas aumentarían vuestra condenación.
Estoy manchado de sangre, estoy irregular...
Pedid a Dios misericordia...
Y... esperad... cerca vive un santo penitente...
podrá absolveros...
Pero está prohibido acercarse a su mansión...
¿Qué importa?: yo que he roto todos los vínculos,
que he hollado todas las obligaciones...

Don Alfonso

¡Ah! por caridad, por caridad...

Don Álvaro

Sí; voy a llamarlo... al punto...

Don Alfonso

Apresuraos, Padre... ¡Dios mío!
(DON ÁLVARO corre a la ermita y golpea la puerta)

(Dentro.)

Doña Leonor

¿Quién se atreve a llamar a esta puerta?
Respetad este asilo.

Don Álvaro

Hermano, es necesario salvar un alma, socorrer a un moribundo:
venid a darle el auxilio espiritual.

(Dentro.)

Doña Leonor

Imposible, no puedo, retiraos.

Don Álvaro

Hermano, por el amor de Dios.

(Dentro.)

Doña Leonor

No, no, retiraos.

Don Álvaro

Es indispensable, vamos.
(Golpea fuertemente la puerta)

(Dentro, tocando la campanilla)

Doña Leonor

¡Socorro! ¡Socorro!
(Los MISMOS y DOÑA LEONOR, vestida con un saco, y esparcidos los cabellos, pálida y desfigurada, aparece a la puerta de la gruta, y se oye repicar a lo lejos las campanas del convento.)

Doña Leonor

Huid, temerario; temed la ira del cielo.

Don Álvaro

(Retrocediendo horrorizado por la montaña abajo.)

Don Álvaro

¡Una mujer!... ¡Cielos!... ¡Qué acento!... ¡Es un espectro!...
Imagen adorada... ¡Leonor ¡Leonor!

Don Alfonso

(Como queriéndose incorporar.)

Don Alfonso

¡Leonor!... ¿Qué escucho? ¡Mi hermana!

Doña Leonor

(Corriendo detrás de don Álvaro.)

Doña Leonor

¡Dios mío! ¿Es don Álvaro?... Conozco su voz... Él es... ¡Don Álvaro!

Don Alfonso

¡O furia! Ella es... ¡Estaba aquí con su seductor!...
¡Hipócritas!... ¡Leonor!!!

Doña Leonor

¡Cielos!... ¡Otra voz conocida!... ¿Mas qué veo?...
(Se precipita hacia donde ve a DON ALFONSO.)

Don Alfonso

¡Ves al último de tu infeliz familia!

Doña Leonor

(Precipitándose en los brazos de su hermano.)

Doña Leonor

¡Hermano mío!... ¡Alfonso!

Don Alfonso

(Hace un esfuerzo, saca un puñal, y hiere de muerte a Leonor.)

Don Alfonso

Toma, causa de tantos desastres, recibe el premio de tu deshonra...
Muero vengado.
(Muere.)

Don Álvaro

¡Desdichado!... ¿Qué hiciste?... ¡Leonor! ¿Eras tú?...
¿Tan cerca de mí estabas?... ¡Ay!
(Sin osar acercarse a los cadáveres.)

Don Álvaro

Aún respira... aún palpita aquel corazón todo mío...
Ángel de mi vida... vive, vive... yo te adoro...
¡Te hallé, por fin... sí, te hallé... muerta!
(Queda inmóvil.)
(Hay un rato de silencio; los truenos resuenan más fuertes que nunca, crecen los relámpagos, y se oye cantar a lo lejos el Miserere a la comunidad, que se acerca lentamente.)

Voz Dentro

Aquí, aquí; ¡qué horror!
(DON ÁLVARO vuelve en sí, y luego huye hacia la montaña. -Sale el P. GUARDIÁN con la comunidad, que queda asombrada.)

P. Guardián

¡Dios mío!...
¡Sangre derramada! ¡Cadáveres!...
¡La mujer penitente!

Todos

LOS FRAILES.
Una mujer!... ¡Cielos!

P. Guardián

¡Padre Rafael!

Don Álvaro

(Desde un risco, con sonrisa diabólica, todo convulso, dice:)

Don Álvaro

Busca, imbécil, al P. Rafael...
Yo soy un enviado del infierno,
soy el demonio exterminador...
Huid, miserables.

Todos

¡Jesús, Jesús!

Don Álvaro

Infierno, abre tu boca y trágame.
Húndase el cielo, perezca la raza humana;
exterminio, destrucción...
(Sube a lo más alto del monte y se precipita.)

P. GUARDIÁN Y LOS FRAILES.

(Aterrados y en actitudes diversas.)

P. GUARDIÁN Y LOS FRAILES.

¡Misericordia,

Señor! ¡Misericordia!

(Madrid, año de 1835.)

Elenco vivo 39 personajes · 3,223 versos

Pulsa un personaje: sus intervenciones quedan iluminadas y las demás en penumbra. Los versos se cuentan por línea del impreso; las coincidencias, por vecindad en el diálogo (la obra no marca escenas).

PersonajeVersosInterv.JornadasPrimera apariciónCoincide con
941197J1, J3, J4, J5J1Don Carlos, Don Alfonso, Doña Leonor
442101J3, J4J3Don Álvaro, Cirujano, Todos
400116J1, J2, J5J1P. Guardián, Don Álvaro, Curra
23565J2, J5J2Doña Leonor, H. Melitón, Todos
22148J5J5Don Álvaro, H. Melitón, Doña Leonor
15775J2, J5J2P. Guardián, Don Alfonso, Don Álvaro
12922J1J1Doña Leonor, Don Álvaro, Marqués
10033J3, J4J3Don Álvaro, Teniente, Subteniente
8425J1J1Doña Leonor, Don Álvaro, Curra
5538J2J2Mesonera, Tío Trabuco, Mesonero
4921J2, J3, J4, J5J2Pedraza, Don Carlos, Teniente
4519J2J2Mesonera, Estudiante, Tío Trabuco
4327J2J2Estudiante, Mesonero, Tío Trabuco
3914J3J3Don Carlos, Don Álvaro, Capitán
3417J3, J4J3Todos, Teniente, Subteniente
306J3J3Don Carlos, Pedraza, Todos
2817J1J1Majo, Oficial, Tío Paco
2518J1J1Oficial, Canónigo, Preciosilla
2417J1J1Majo, Canónigo, Preciosilla
1816J2J2Estudiante, Mesonera, Mesonero
1712J1J1Majo, Oficial, Canónigo
1716J3, J4J3Subteniente, Pedraza, Capitán
1514J3, J4J3Teniente, Pedraza, Capitán
1210J1J1Oficial, Canónigo, Majo
112J3J3Don Carlos, Capellán, Pedraza
1010J2J2Estudiante, Mesonera, Mesonero
66J5J5H. Melitón, P. Guardián, Cojo
55J2J2Mesonera, Estudiante, Tío Trabuco
53J3J3Capitán, Teniente, Subteniente
43J3, J4J3Don Álvaro, Capitán, Don Carlos
44J5J5H. Melitón, P. Guardián, Mujer
33J2J2Estudiante, Tío Trabuco, Alcalde
33J4J4Don Álvaro, Capitán, Voces
33J5J5H. Melitón, P. Guardián, Mujer
33J5J5H. Melitón, P. Guardián, Mujer
22J1J1Canónigo, Tío Paco, Marqués
21J5J5Don Álvaro, Don Alfonso, Doña Leonor
11J2J2Estudiante, Alcalde, Tío Trabuco
11J2J2Mesonero, Mesonera, Doña Leonor

Partitura métrica 54 cambios de medida

La música estructural de la comedia: cada tramo es un parlamento, su ancho son sus versos y su color, la medida que La Báscula reconoce. Lope recomendaba décimas para las quejas, sonetos para los que aguardan, romances para las relaciones y redondillas para el amor: aquí se ve dónde cambia. Versión de medida, no de estrofa (romance y redondilla comparten el octosílabo); la estrofa viene después. Pulsa un tramo para ir al pasaje.

Jornada primera
Jornada segunda
Jornada tercera
Jornada cuarta
Jornada quinta

octosílabos 75 % · endecasílabos 5 % · silva 6 % · mixto 13 %

Expediente

Autor
Duque de Rivas · Wikidata Q155463
Obra
Don Álvaro o la fuerza del sino
Jornadas
5
Personajes
39
Versos
3,223
Versificación
octosílabos 75 % · endecasílabos 5 % · silva 6 % · mixto 13 % medida por La Báscula
Fuente
es.wikisource: Don Álvaro o La fuerza del sino/Jornada primera
Estructura
don-alvaro-o-la-fuerza-del-sino.json (jornada › escena › parlamento › verso; acotaciones aparte)
Cita recomendada
Duque de Rivas, Don Álvaro o la fuerza del sino, Poetósfera · Teatrósfera, poetosfera.com/teatro/don-alvaro-o-la-fuerza-del-sino.html

Texto de dominio público, levantado de su impreso y reproducido íntegro con atribución. El hablante se normaliza (la abreviatura del impreso se expande); el verso no se toca. ¿Ves una errata o conoces una edición mejor? Escríbenos desde Sobre la casa.