Acto primero
ACTO PRIMERO.
ESCENA PRIMERA
(DOÑA MATILDE y BRUNO.)
Bruno!
Jesús, señorita, ya se levantó usted?
Si no he podido cerrar los ojos en toda la noche.
Ya, se habrá usted estado leyendo hasta las tres ó las cuatro, según costumbre...
No es eso...
Se le habrá arrebatado el calor á la cabeza...
Repito que...
Y con los cascos calientes ya no se duerme por mas vueltas que uno dé en la cama.
Pero hombre, qué estás ahí charlando sin saber...
Con que no sé lo que me digo? Y en topando cualquiera de ustedes con un libraco de historias ó sucedidos, de esos que tienen el forro colorado, ya no ha de saber dejarlo de la mano hasta apurar si don Fulano, el de los ojos dormidos y pelo crespo, es hijo ó no de su padre, y si se casa ó no se casa con la joven boquirrubia que se muere por sus pedazos, y que es cuando menos sobrina del Papamoscas de Burgos: todo mentiras.
Acabaste?
No señora, porque es muy malo, muy malo leer en la cama...
Aprieta!
Sin contar que el dia menos pensado nos va á dar usted un susto con la luz y la cortina.
Mira, Bruno, que estás muy pesado.
Siempre las verdades pesan, señorita, y amargan y se indigestan.
Qué disparate, sino que anoche cabalmente ni siquiera hojeé un libro. Buena estaba yo para lecturas.
Estuvo usted mala, eh? Y cómo no quiere estar usted mala con ese maldito té que ha dado usted en tomar ahora en lugar del guisado y de la ensalada, que todo cristiano toma á semejantes horas? Yo no digo por eso que el té no sea á veces saludable... Cuando duelen las tripas, ó cuando... pero al cabo no pasa de ser agua caliente; solo podia habernos venido de Inglaterra, que como allí son hereges, ni tendrán vino, ni bueyes, cebones, ni... Qué está usted curioseando por esa ventana?
Nada; miraba si... qué hora será?
Las siete dieron hace rato en San Juan de Dios.
Y no ha venido nadie?
Nadie... ah, sí, vino el aguador con su esportilla y su...
Qué tengo yo que ver con el aguador ni con su esportilla?
Esperaba usted acaso otra visita á las siete de la mañana?
No... Si... Válgame Dios qué desgraciada soy! (Sentándose,)
Desgraciada! Qué dice usted?
Oh, muy desgraciada, muy desgraciada.
Pues señor, qué ha sucedido... acaso su papá de usted...
No, papá duerme todavía, y estará sin duda bien lejos de soñar ó de pensar que el terrible momento se aproxima en que va á decidirse para siempre el porvenir de su hija única y querida... para siempre! Ay, Bruno, si tú pudieras comprender toda la fuerza y la extensión de esta palabra para siempre!
Vaya, y qué tonto me hace usled! Con que no comprendo lo que quiere decir para siempre? Para siempre es lo mismo que decir á uno «hasta que te mueras. »
Decia solo que si tú pudieras discernir bien y avalorar las sensaciones de diferente naturaleza que semejante palabra excita, fomenta, inflama...
No, en efecto, todo eso para mí es griego.
Y pone en combustión, entonces es cuando estarías en estado de... Pero, quién anda en la ante sala?
Será quizá el gato que habrá olfateado ya su pitanza.
Él es, él es.
Quién habia de ser? Minino, minino.
ESCENA II
(DON EDUARDO, DOÑA MATILDE y BRUNO.)
Eduardo!
Matilde!
Calle, pues no era el gato!...
Creí que no acababa usted de llegar nunca.
Amanece todavía tan tarde... y á no haber venido sin afeitarme...
Oh! eso no; hubiera sido imperdonable en un dia tan solemne, como lo es este, el que usted se hubiera presentado con barbas.
Y sobre todo hubiera sido poco limpio.
Si usted hubiera tenido que viajar en posta tres ó cuatro días con sus noches... como á otros les ha sucedido... para poder llegar á tiempo de arrancar á sus queridas del altar en que un padre injusto las iba á inmolar... ya era otra cosa... y aun cierto desorden en la toilette, hubiera sido entonces de rigor; pero como usted viene solo de su casa...
Que está á dos pasos de aqui, en la calle de Cantarranas.
Por lo mismo ha hecho usted bien en afeitarse, y en... mas á lo menos trataremos de recuperar el tiempo perdido. Bruno?
Señorita?
Anda, y dile á papá que el señor don Eduardo de Contreras desea hablarle de una materia muy importante.
No creo que el amo se haya despertado todavía.
Qué sabes tú?
Porque nunca se despierta antes de las nueve, y porque...
Quizá valga mas entonces que yo vuelva un poco mas tarde.
No, no; á qué prolongar nuestra agonía? Anda, Brunito, anda, si es que mi felicidad te interesa.
Bueno, iré; pero lo mismo me ha dicho usted en otras ocasiones, y luego la tal felicidad se vuelve agua de borrajas.
Bruno!
Iré, iré; no hay que atufarse por eso.
ESCENA III
(DOÑA MATILDE y DON EDUARDO.)
Estos criados antiguos que nos han visto nacer, se toman siempre unas libertades!
En justo pago de las cometas que nos han hecho, ó de las muñecas que nos han arrullado. Y este me parece ademas muy buen sugeto.
Oh, muy bueno... Si viera usted. la ley que nos tiene... y lo que le queremos todos! Pobre Bruno! Cuando estuvo el invierno pasado tan malo, ni un instante me separé yo de la cabecera de su cama.
Con qué gusto oigo á usted eso, Matilde mia!
Nada tiene de particular; sin embargo, una cosa es que sus vejeces me desesperen tal cual vez, y otra cosa es que... Ay Dios, y qué temblor me ha dado!
Está usted sin almorzar?
Por supuesto.
Entonces es algún frió que ha cogido el estómago, y...
Entonces también temblaría usted, porque es bien seguro que tampoco habrá usted tomado nada?
Sí por cierto; he tomado, según mi costumbre, una jicara de chocolate, con sus correspondientes bollos y pan de Mallorca.
Chocolate y pan de Mallorca en un dia como este!
Es requisito acaso el pedir la novia en ayunas? (Sonriéndose.) D.* Matitde. No; ciertamente que no... con todo hay ocasiones en que uno debe estar tan absorvido, que necesariamente olvida cosas tan vulgares como el almorzar y el comer. A lo menos yo hablo por mí, y puedo asegurar á usted que ni siquiera ha pasado esta mañana por mi cabeza el que habia cacao en Caracas.
Asi se ha llenado usted de flato.
De flato! Vaya que viene usted hoy muy poco fino.
Pero hija, no puede usted tener flato?
No señor; no puedo tener flato. A mi edad, con mi sensibilidad, y en las circunstancias terribles en que me hallo, no se tiene nunca flato, y si una tiembla es de inquietud, de zozobra, de miedo. Ay, Eduardo, está usted demasiado tranquilo!
No veo el por qué habia yo de estar fuera de mí cuando me lisonjeo con la esperanza de que su padre de usted, que es íntimo amigo de mi tio, me concederá esa linda mano, en cuya posesión se cifra toda mi felicidad.
Y si se la niega á usted?
Si usted me hubiera permitido alguna vez que la informara de mi posición, de mi familia, como en varias ocasiones lo he intentado en balde, comprendería usted ahora si tengo ó no motivo para no temer el éxito de mi negociación; pero nunca me ha dejado usted hablar en esta materia, no se por qué, y asi...
Porque ni entonces quise, ni ahora quiero oir hablar de intereses ni parentescos. Eso queda bueno cuando sé trata de esos monstruosos enlaces que se ven por ahí, en donde todo se ajusta como libra de peras, y en donde se quiere averiguar antes si habrá luego que comer, ó si habrá con que educar los hijos que vendrán, ó que quizá no vendrán. Y yo habia de pensar en eso? No, Eduardo, no; yo lo quiero á usted mas que á mi vida, pero solo por usted, créame usted, por usted solo. />. Eduardo. Matilde mia!
ESCENA IV
(BRUNO y DICHOS.)
Vaya que estaba su papá de usted como un tronco de dormido!
Y qué ha respondido?
Ni oste ni moste: oyó mi relación, se sonrió y echó mano á los calzoncillos.
Se sonrió?
Pues! como quien dice «ya sé lo que es.»
Dios sabe ademas lo que tule dirías.
Esta es otra que bien baila: le dije solo que usted me habia mandado le anunciase que el señor don Eduardo...
Ves como al fin habías de hacer alguna de las tuyas?
Con que usted no me mandó?...
, Sí; pero ni habia necesidad de decir que era yo la que te enviaba, ni de añadir, como sin duda habrás añadido, que habia hablado antes ó me quedaba hablando con este caballero.
Ya se ve que le dije también entrambas cosas: y qué mal hubo en ello?
Que ya papá no se sorprenderá, y que la
escena pierde por lo mismo una gran parte de su
efecto.
Ande usted, señorita, que desde aqui á la hora de la cena, muchos fetos puede haber todavía.
DOÑA MATILDE. Jesús qué hombre!
En cuanto á mí, le protesto á usted, Matilde, que me alegro mucho de que Bruno haya en cierto modo preparado á su papá de usted para lo que voy á decirle; porque ahora tendré menos cortedad, y podré desde luego entrar en materia.
Bueno... Si á usted le parece asi mejor...
Ya siento al señor en la escalera.
Ay Dios... qué susto!... No sé lo que por mí pasa!... Me he puesto muy pálida? Me voy, me voy á mi cuarto... á suspirar... á llorar... á ponerme un vestido blanco... Ven tú también, Bruno... y el pelo á la Malibran... Oh, y qué crisis!... Allí esperaré á que mi padre me llame... La crisis de mi vida!... porque siempre me llama en tales casos... ánimo Eduardo... valor... resignación... si habrá planchado anoche la Juana mi collereta á la María Estuarda... y sobre todo confianza en mi eterno cariño. (Vase llevándose tras sí á Bruno.)
Señorita, señorita, que me desgarra usted la solapa.
ESCENA V
(DON EDUARDO, Y LUEGO DON PEDRO.)
Muchacha encantadora! Es lástima por cierto que haya leido tanta novela, porque su corazón...
Buenos dias, señor don Eduardo, muy buenos dias; y qué temprano tenemos el gusto de ver á usted en esta su casa?
En efecto, señor don Pedro, la hora es bastante inoportuna, y bien sabe Dios que no sé cómo disculparme con usted.
De qué, amigo mió?
Por una visita realmente demasiado matutina é inesperada.
Y quién le dice á usted que yo no esperaba esta misma visita?
Qué, me esperaba usted hoy?
Hoy precisamente, no; pero si en una de estas mañanas, porque ya habia yo notado ciertos síntomas... ya se ve, á ustedes los enamorados se les figura que un padre cuando juega en un rincón al tresillo, ó que una madre cuando está mas enfrascada en la letanía de las imperfecciones de su cocinera, no piensan en otra cosa sino en el codillo que le dieron, ó en las almondiguillas que se quemaron, y de consiguiente que ni notan las ojeadas de ustedes, ni oyen los suspiros, ni se enteran de las peloteras... pues no señor, están ustedes muy equivocados; ni el padre ni la madre pierden ripio de cuanto va pasando...
Nada mas natural, ciertamente.
Y llevan tan hien esta especie de alta y baja, como si hubieran sido toda su vida ayudantes de plaza. />. Eduardo. Asi, señor don Pedro, usted habrá ya observado...
Sí señor, ya sé que usted está muy prendado de mi Matilde.
Entonces adivinará usted también que el objeto de mi visita es... 1). Pedro. El de pedirme su mano. No es ese?
Ese mismo; y si fuera yo tan dichoso que reuniera á los ojos de usted aquellas circunstancias?..."
Muchas reúne usted por vida mia, señor don Eduardo; nacimiento ilustre, mayorazgo crecido, educación, talento, moralidad...
Usted me confunde, señor don Pedro.
Y el ser sobre todo sobrino y heredero de mi mejor amigo... de ahí, que yerno mas á mi gusto sería muy difícil que se me presentase.
Entonces puedo esperar?...
Pero mi hija es la que se casa, yo no; ella es, pues, la que ha de juzgar si usted...
Oh, señor don Pedro, y qué feliz soy! La amable, la hermosa Matilde, me corresponde, no lo dude usted, y está en el secreto, y...
Tanto mejor, amigo mió, y ahora vamos á verlo, porque, con el permiso de usted, la haré llamar, y en presencia de usted consultaremos su gusto y su voluntad.
No deseo otra cosa, y cuanto mas pronto...
Ahora mismo... Bruno? Que ella venga y se esplique, y si dice que sí, entonces... Bruno?
{Desde adentro.) Mande usted?
Porque sí dice que no... ya ve usted... un buen padre no debe nunca violentar la inclinación de sus hijos.
Repito á usted que ella misma...
ESCENA VI
(BRUNO y DICHOS.)
Llamaba usted?
Si: dónde está la niña?
En su cuarto... representando, á lo que parece, algún paso de comedia.
Qué entiendes tú de eso?... dila que venga.
O de tragedia, qué me sé yo?... ello es que se la oye hablar alto... que está sola... y que á no haber perdido la chabeta... {Yéndose.)
ESCENA VII
(DON PEDRO y DON EDUARDO.)
Pues, y como le iba á usted diciendo, señor don Eduardo, yo soy demasiado buen padre para pretender... luego, ya voy á viejo, estoy viudo, no tengo mas que esta hija, á la que quiero como á las niñas de mis ojos... no soy ademas amigo de lloros ni tristezas dentro de casa, y en suma...
Si tiene usted en todo mil razones.
Y en suma, ella hará lo que quiera, como lo hace siempre; aunque eso no quita el que la chica sea muy dócil, y muy bien criada, y muy temerosa de Dios...
Y es tan bonita!
Y el que es muy buena hija, y será muy buena mujer propia.
Oh, escelente, escelente!
Y si llega á ser madre...
Por supuesto, no quiere usted que llegue?
Tendrá hijos á su vez, y será también muy buena madre, no lo dude usted, señor don Eduardo...
Qué he de dudar yo eso, señor don Pedro? Poco enamorado estoy á fé mia para dudar ahora de nada!
Es que no crea usted que es el primero á quien yo le digo todo esto, no señor, y otro tanto, sin quitar ni poner, le dije á mi sobrino Tihurcio hará ahora unos cuatro meses, cuando se quiso casar con su prima.
Que fue sin duda la que se opuso al enlace, eh?
Quién liabia de ser? Y por mas señas, que aunque no estuvo el tal enlace tan adelantado como el que seis meses anles tuvimos entre manos, lo estuvo sin embargo lo bastante para dar después mucbo que hablar á la gente ociosa.
DON EDUARDO. Y dice usted que hubo otro seis meses antes que lo estuvo mas?
Cien veces mas, con el vizconde del Relámpago, un caballero andaluz, maestrante de la de Ronda... con no sé cuántos millares de pinares, peujares y lagares... hombre muy bien nacido, y que yo...
ESCENA VIII
DOSA MATILDE 1J DICHOS. 1). Pedro. Ven, hija mia, y nos dirás si... />.* Matilde. Ah! Padre mió, y qué criminal debo do aparecer á los ojos de usted; ya sé que debia consultarle antes de comprometerme, ya sé que debia después... 1). Pedro. Cierto, muy cierto, mas ahora...
Haber seguido humilde los consejos de su esperiencia, de su cariño; pero ay! que no pude, porque arrastrada por una pasión irresistible...
Si no es eso...
Que como una erupción volcánica...
Pero Matilde, si su papá de usted...
Calle usted; no me distraiga... se apoderó de mi pobre corazón, que estaba indefenso... que no había hasta entonces amado...
Si me dejarás meter baza...
Con todo, padre mió, no crea usted que trato de rebelarme contra su autoridad, y si el hombre de mi elección no mereciese, como me temo, el sufragio de usted...
Dígole á usted que...
Entonces... no seré nunca de otro... eso no... pero gemiré en silencio sin ser suya, ó iré á sepultarme en las lobregueces de un claustro.
Tú quedarte soltera! Jesús qué desatino! Primero te casaría con un Rajá de tres colas, cuanto mas que el señor don Eduardo es muy buen partido por todos títulos...
Qué dice usted?
De familia muy noble... #.* Matilde. Eso para mí es tan indiferente como el que fuera inclusero.
(Para mí no.)
Y que será muy rico cuando herede á su tio... D.m Matilde. (Será rico! Qué lástima!)
De quien supongo que herederá también el título que aquel tiene de alguacil mayor de...
(Alguacil mayor! Elegante título por vida mia!)
Sí señor, si es de mayorazgo!
(También mayorazgo!)
Asi, hija mia, puedes tranquilizarte, porque elección mas juiciosa, mas á gusto mió, mas á gusto de todos...
(Lo que engañan las apariencias!)
Vamos, era imposible hacerla mejor... y ya verás lo que se alegra tu tia Sinforosa, y las primas Vélaseos, y tu padrino el señor deán, y...
(Y todo el género humano; y solo porque es rico! Gente sórdida! )
Ah! Señor don Pedro, tanta bondad! Cómo podré yo pagar nunca...
Haciéndola feliz, señor don Eduardo.
Lo será! Cómo quiere usted que no lo sea? Adorada por su marido, mimada por sus parientes, respetada por sus amigos, pudiendo disfrutar de todo, sobrándole todo...
(Y eso se llama ser feliz!)
Pero qué tiene usted, Matilde mia? Por qué se ha quedado usted tan callada?
La misma alegría que la habrá sobrecogido... No es eso, hija?
Pues... en efecto... y también ciertas reflexiones... ya ve usted, la cosa es muy séria... se trata de un lazo indisoluble, de la dicha ó de la desgracia de toda la vida...
Como ya obtuviste mi consentimiento, que era lo que te tenia con cuidado...
Y queriéndonos tanto como nos queremos... #.* Matilde. No digo que no... y yo agradezco á usted infinito el que me quiera... ciertamente es una preferencia que me debe lisonjear mucho, y que... sin embargo, esto de casarse no es jugar á la gallina ciega, y no es estraño que yo me arredre y titubee, y...
Bien sabe Dios, Matilde, que no entiendo...
Vaya, vaya, esos escrúpulos se quitan con señalar un dia de esta semana para que se tomen los dichos.
Perdone usted, padre mió; yo no puedo en Ja agitación en que estoy ni decidir ni consentir en nada... quédese la cosa asi... yo lo pensaré... yo me consultaré á mí misma... no digo por esto que este caballéro deba perder toda esperanza... no tal... aunque por otra parte... en fin, dentro de tres ó cuatro dias saldremos de una vez de este estado de incertidumbre... entre tanto permítanme ustedes que me retire... y... beso á usted la mano... (Muger de un alguacil mayor! No faltaba mas! )
ESCENA IX
(DON PEDRO Y DON EDUARDO.)
No sé lo que pasa por mí!
A la verdad que yo no me esperaba tampoco... la niña, como le dije á usted, es muy dócil, eso es otra cosa, y muy bien criada, pero...
Pero señor, por la Virgen Santísima, si ella apenas hace un cuarto de hora...
Se lo parecería á usted quizá, señor don Eduardo, porque como ella es tan afable... quién sabe también si usted interpretaría...
Eso es lo mismo que decirme que soy un fátuo, presuntuoso, que...
No señor; cómo habia yo de decirle á usted eso en sus barbas, sino que á veces los amantes... vea usted, ni mi sobrino Tiburcio ni el marques del Relámpago eran fátuos ni presuntuosos, y también se imaginaron que Matilde...
Ya, pero ellos no oirían, como yo oí de sus propios labios... vaya... lo mismo me he quedado que sí me hubiera caído un rayo.
Asi se quedó cabalmente el marques del Relámpago cuando...
Y le juro á usted que si no la quisiera tan sinceramente...
Ademas, no está todo perdido... ella no lia dicho todavía que no, señor don Eduardo.
Pero tampoco ha dicho que sí, señor don Pedro.
Es verdad, no lo ha dicho; mas quizá lo diga... tenga usted paciencia... tres ó cuatro dias se pasan en un abrir y cerrar de ojos... y... con que, señor don Eduardo, á la disposición de usted... bueno será que yo vaya á ver lo que hace la chica, y no dude usted que si puedo influir...
Quede usted con Dios, señor don Pedro, y mil gracias de todos modos.
No hay de qué, amigo mió, no hay de que... [Vase.)
Ya sé yo que no hay mucho de que... Caramba y qué chasco! Lo peor es que conozco que estoy enamorado de veras. Ah, Matilde!... y quién pudiera presumir... En fin, paciencia!... y esperaré á estar mas de sangre fria para determinar lo que me queda que hacer... Ah, Matilde, Matilde!
Acto segundo
ACTO SEGUNDO.
ESCENA PRIMERA
(DON PEDRO y BRUNO.)
Aqui tiene usted «na carta del señor don Eduardo.
Rueño. Déjala aqui.
Qué! No la lee usted?
Para qué? Si ya sé, poco mas ó menos, lo que dirá... quejas... lamentaciones... como si uno pudiera remediar el que Matilde no le haya querido al cabo.
Y vea usted, cualquiera hubiera dicho al principio que...
También me lo creí yo... y solo cuando ella me hizo escribirle ayer aquella carta que tú le llevastes, fue cuando acabé de desengañarme.
Valiente trabucazo fue la tal carta.
Qué habia de hacer?... Decirle la verdad... que mi hija no se quería ya casar con él, y que yo lo sentía mucho... porque en efecto me pesa de ello por mil y quinientas razones... ya ves tú... qué dirá su tio?... y luego... no se encuentra asi como se quiera un partido tan ventajoso.
Pero señor, qué péro le puede poner la señorita á don Eduardo? El es lindo mozo... muy afable...
Y muy callado.
Y siempre que entraba ó salia me apretaba la mano.
Y nunca me hablaba de dote.
Como que es un caballero.
Oh! todo un caballero.
Si las muchachas hoy dia no saben lo que quieren!
Ni quieren tampoco.
No, lo que es querer... con perdón de usted... lo mismo que las de antaño... si no que se las íigura allá yo no sé qué cosas del otro jueves... y con nada se satisfacen.
Quise indicar que no tienen al parecer tanla gana de casarse como tenían las de nuestros tiempos.
Yo diré á usted, las nuestras pasaban sus dias y sus noches haciendo calceta... lo que no pide atención... y podían pensar entre tanto en el novio y en la casa... y... pero las de ahora, como todas leen la gaceta y saben donde está Pekin, qué sucede? que se les va el tiempo en avariguar lo que no les importa... y ni cuidan de casarse, ni saben cómo se espuma el puchero.
Tienes mucha razón, Bruno, mucha... aquellas eran otras mujeres.
Y estas no son aquellas, señor don Pedro.
También es verdad... en fin... cómo ha de ser! La cosa ya no tiene remedio... asi...
Asi, yo me vuelvo á mi antesala... á darle sus garbanzos á la cotorrita... que si me gusta por algo, es porque de todas las del barrio es la única que no picotea el gabacho.
ESCENA II
don pedro. (Se sienta juntoá la mesa, tomando la carta.) Pobre don Eduardo! Quizá pida respuesta? Qué disparate! Lo que pedirá será lo que yo no le puedo otorgar... que hable á Matilde... que me empeñe... que la obligue... cosas imposibles... dónde habré puesto las antiparras? cosas que no pueden hacerse sin ruidos... ya las encontré... veamos sin embargo. [Lee.) «Señor don Pedro de Lara, etc., etc. Nada de lo que usted me escribe me ha sorprendido, y yo ya estaba preparado para semejante fallo...» Mas vale asi, porque unas calabazas ex-abrupto son difíciles de digerir... «lo que sí me ha llenado de satisfacción y de gratitud hácia usted son las finas espresiones con que se sirve manifestarme loque siente este desenlace...» Como que le decia que hubiera dado un ojo de la cara por poder anunciarle un resultado favorable... no podia estar mas espresivo... «y siendo aquellas, en mí concepto, sinceras, me animan por lo mismo á solicitar de usted un favor...» Ya pareció el peine... «un favor de que va á depender la felicidad de toda mi vida...» Si conoceré ya á mi gente! «la felicidad, quizá, de su propia hija de usted, y es que cuando me presente otra vez en su casa me reciba usted lo peor...» Qué ha puesto aquí este hombre?... «lo peor que le sea posible!!! » Peor dice, y bien claro! «lo peor que le sea posible, esto es, que me trate desde hoy con el mayor despego, que murmure de mí en mi ausencia, que se burle sin rebozo de mi familia y circunstancias, que me calumnie, si fuese necesario, y finalmente...» Vaya, está visto, hay que atarlo... «y finalmente, si Matilde algún día cediere á mis votos, y consintiere en recompensar con el don de su mano tanta constancia y cariño, que usted nos niegue entonces y después su licencia, por mas que ella lo solicite, y por mas que usted mismo lo apetezca, hasta tanto que yo se la pida á usted en papel sellado.» Repito que se le fue la chabeta!... «Si usted accede, pues, á mi súplica y me promete, bajo su palabra de honor, hacer bien su papel, y no confiar el secreto á nadie, en este caso nada me quedará que desear, y estoy seguro que muy pronto se podrá firmar su obediente hijo el que ahora solo se dice de usted atento y seguro servidor: Eduardo de Contreras.» Si comprendo una jota de toda esta geringonza... «Posdata.» Todavía le quedaban mas disparates en el buche?... «Ya le esplicaré á usted mi proyecto cuando pueda hacerlo á solas y sin dar que sospechar: entre tanto me urge el saber si usted me concede lo que tanto anhelo, y para ello iré dentro de una hora á su casa, y le haré entrar recado por
de que deseo hablarle; usted entonces hágame decir secamente por el mismo que no me quiere recibir, y yo entonces interpretaré esta repulsa á mi favor. Por Dios, señor don Pedro, que no logre yo el ver á usted...» Ah! Con que es un proyecto!... que luego me esplicará... y á f é que buena falta me hace... y yo entre tanto solo tengo que hacer... poco... muy poco es lo que tengo que hacer; no recibirle, encerrarme en mi cuarto para mayor seguridad... la cosa no es difícil... pero, y si tropiezo con él antes de que pueda ponerme al corriente... entonces... no le miraré á la cara... ahuecaré la voz... y le volveré pronto las espaldas... tampoco esto es muy difícil... con todo, no sé yo si podré... y por otra parte me parece tan estravagante...
ESCENA III
(BRUNO y DON PEDRO.)
El señor don Eduardo desea con mucho ahinco hablar con usted.
(Jesús! tan pronto...)
Dice que es materia muy grave...
(Qué compromiso!)
Y que despachará en un santiamén.
(Pero cómo puedo yo negarle un favor tan barato! )
Yo le he asegurado que usted tendría mucho gusto en recibirle.
Has hecho muy mal.
Como usted le estima tanto!
Quién te ha dicho eso?
Usted mismo no hace un credo; por mas señas que...
Qué señas ni qué berengenas... siempre has de meterte en camisa de once varas.
Ya las quisiera yo de tres y media.
(Pero yo qué arriesgo en darle gusto?)
Con que, por fin, qué le digo?
Dile que... que no le quiero recibir... anda.
Bueno... le diré que habia usted salido por la puerta falsa, y que...
No, no; que estoy en casa, y que no le quiero recibir.
Ya estoy, que siente usted mucho no poderle recibir, porque...
Habrá mentecato igual con sus malditos cumplidos?... No que no puedo, sino que no quiero recibirle, que no quiero: sin preámbulos ni sentimientos, ni... lo entiendes ahora?
Pero eso no se le dice á nadie en sus bigotes.
Pues tú se lo vas á decir en los suyos... y cuidado que no se lo digas!... que no quiero recibirle... ni mas ni menos... (no dudará ahora de mi amistad.) (Vase.)
ESCENA IV
, y luego don Eduardo.
Qué mosca le habrá picado! Jamas le vi tan fosco... la carta traería sin duda alguna pimienta, y... pero esto no quita que yo trate de dorar la pildora... no sea] también que se enfade y que yo vaya á pagar lo que no debo.
Lo que tarda este Bruno! (A la puerta.) Ya me falta la paciencia... aqui está solo... Diosmio, si no se lo habrá dicho todavía!
Nadie puede responder de un primer pronto, y...
Bruno, le dijo ya usted á su amo... (Entrando.)
Perdone usted, señor don Eduardo, sino he vuelto tan luego como... me entretuve aqui en...
No importa, no importa; y qué ha contestado su amo de usted?
Ya ve usted... el amo puede salir por la puerta trasera sin que nosotros lo sintamos...
Habia salido!... Y bien, esperaré á que vuelva; cómo ha de ser!... (Se sienta.)
No digo que haya salido, sino que...
No me quiere recibir? Acabe usted. (Se levanta.)
A veces con la mejor voluntad del mundo, hay momentos tan ocupados en que no se puede...
En que no se quiere recibir querrá usted decir?
En que no se puede...
En que no se quiere... á qué andar con rodeos?
(También es empeño el de los dos!)
Vaya... no es cierto que don Pedro no quiere recibirme?
(Estoy por cantar de plano.)
Ea, no tenga usted empacho... no es cierto?...
Cierto... ya que usted exige absolutamente k.
Oh! Qué fortuna!
Fortuna!
La de no morirme aquí de repente al oir semejante desengaño.
(Que lástima me da!)
Y don Pedro, por supuesto, se serviría de palabras agrias y mal sonantes?
Oh, no señor: el amo es incapaz de...
Pero al menos se espresaria... asi... con cierta sequedad... eh?
Oiga usted, no necesita uno humedecerse mucho la boca para decir « no quiero. »
Y bien, tanto mejor!
Si es á gusto de usted... D, Eduardo. Porque es bien claro que lo que mas importa á un desgraciado es llegar á serlo tanto, que ya no pueda serlo mas.
Eso llama usted claro?
No ve usted que asi se pierde toda esperanza, y toma uno al cabo su partido?
Cuando hay partido que tomar, no digo que no.
Ahora quisiera yo que usted, mi querido
..
(Su querido Bruno!...)
Me concediera una gracia que le voy á pedir, y que será probablemente la última que le pediré en mi vida.
Si está en mi arbitrio...
Lo está, y consiste solo en que usted me proporcione una conferencia de dos minutos con su señorita.
Pero cómo quiere usted que yo...
Aqui mismo, en presencia de usted... dos minutos tan solo.
Asi podré oir!... D, Eduardo. Cuanto hablemos... que yo no soy partidario de misterios ni de cosas irregulares... lo único que solicito es ver todavia otra vez á doña Matilde... y probarla con solo tres palabras que yo no era enteramente indigno del tesoro que codiciaba.
Quién puede dudarlo?... y muy digno que era usted. Con lodo, yo qué puedo hacer? decírselo cuando mas á la señorita... pero si ella sale con lo que su padre... entonces...
Entonces tendremos los dos paciencia... y no la volveré á importunar mas.
Siendo asi, voy, pues, y Dios haga que no la coja de mal talante. (Vase.) • 4Bf -••?,f"íio* ffiiíi ¿<«-f A 4* i 'f¡
ESCENA V
DON EDUARDO., y llieQO BRUNO.
Qué miedo tenia que don Pedro no quisiera prestarse á mi proyecto sin saber antes... y también que el buen Bruno... pero hasta aqui todo va viento en popa... ahora solo falta el que Matilde venga, y me dé ocasión para entablarla comedia... porque sino consigo hablarla, entonces no sé cómo podre...
Pues... lo mismo que su padre. [Entrando.)
Malo!
Me echó con cajas destempladas, y...
Tampoco quiere verme?
Tampoco.
(Voto va... Qué haré? si tuviera papel y tintero... quizá cuatro renglones... bien torcidos, como si me temblara mucho el pulso... y cuatro espresiones bien campanudas... bien misteriosas...)
¿Dijo que nada tenia que añadir ni quitar á lo que la carta rezaba... Dé Eduardo. Alli creo hay uno y otro. (Se dirige á la mesa.)
Y que de consiguiente era inútil que ustedes se hablasen.
En efecto, aqui hay papel... {Sentándose y escribiendo.) y también pluma... escribamos. «Matilde...» sin adjetivo; cuando uno está muy agitado debe dejarse los adjetivos en el tintero.
Qué escribirá?
«Matilde!!» Dos signos de admiración... «no tema usted que la importune, no...» Este segundo nó vale un Perú. «Ya sé que las condenas de amor no admiten apelación, y que no es culpa de usted el que yo no haya sabido agradarla; » Punto y coma... «pero al menos que la vea yo á usted hoy, que la vea á usted siquiera otra vez, antes que nos separe para siempre el Océano...» No vaya á parecerla todavía poco el Océano!... «el Océano ó la eternidad... » Ahora sí que hay tierra de por medio... nada de firma... ni de sobre... Bruno, entre usted este papel á doña Matilde.
Si.
Entrele usted por la Virgen.
Cuando...
Mire usted que me va la vida.
Santa Margarita. {Entra precipitadamente.)
ESCENA VI
DON EDUARDO, y luego DOÑA MATILDE y BRUNO.
Si esto no la ablanda, digo que es de piedra berroqueña... Pobre de mí, y á lo que me veo obligado para obtener á Matilde!... á engañarla, á fingir un carácter tan opuesto al mío!... Oh! si yo no estuviera tan convencido como lo estoy de que Matilde me prefiere á pesar de pesares... y que me deberá su futuro bienestar... jamas apelaría... pero ella es!... Pongámonos en guardia. (Se sienta como absorvido en una profunda meditación.)
Allí le tiene usted hecho una estátua. (A doña Matilde.) J).z Matilde. No nos ha sentido... y en efecto, le encuentro muy desmejorado... retírate un poco... no, no tan lejos.
Si se habrá dormido?
He consentido, caballero... (no me oye).
Ay! 0." Matilde. Suspiró? (A Bruno.)
Ya lo creo... y de mi alma. (A doña Matilde.)
He consentido, señor don Eduardo... (Acercándose.)
Quien?... Ah! Perdone usted, Matilde, si absorvido en mis tristes meditaciones... perdone usted... la desgracia hace injusto al mísero á quien agobia... y yo ya me habia rendido al desaliento, persuadido á que usted persistiría en su cruel negativa.
Quizá hubiera sido mas prudente; porque... ya ve usted, antes de tomar un partido irrevocable he debido pesar todas las circunstancias, y... no soy ninguna niña de quince años.
Como que tiene usted ya sus diez y siete.
Diez y ocho son los que tengo, si vamos á eso.
Diez y siete. />.a Matilde. Diez y ocho. Habrá pesado igual!
Pero hija, si nació usted el dia de los innumerables mártires de Zaragoza, que cayó en viernes en el mes pasado, y entonces hizo usted los diez y siete.
Bueno, diez y siete; y lo que va desde entonces acá, no lo cuentas? Si sabré yo que tengo diez y ocho anos.
Indudablemente! Diez y ocho años tiene usted, y mas bien mas que menos, edad, por mi desgracia, en que ya se calcula y se tiene la esperiencia necesaria para conocer lo que se quiere y lo que conviene. Por eso, Matilde, no tema usted que la importune con mis súplicas, ni la entristezca con el relato de mispadecimientos... no por cierto... y de qué serviría? Usted ha hecho lo que ha debido... cerciorarse primero de que no me amaba, y quitarme luego de una vez toda esperanza... nada mas natural, ni mas de agradecer... otro mas afortunado que yo habrá quizá obtenido...
Oh, no; por lo que es eso, puede estar usted bien satisfecho... ni siquiera me he vuelto á acordar de que hay hombres en este mundo, desde ayer que creí necesario el desengañar á usted.
Siempre es este un consuelo... aunque por otra parte, si usted podia ser dichosa con otro hombre, por qué no me habia yo de alegrar? Ah! Matilde, su felicidad de usted es la única idea que me ha preocupado siempre, y si algún dia, en medio de los países remotos en que voy á arrastrar mi mísera existencia, me llegara por acaso la noticia...
Qué! Se va usted tan lejos?
Oh! Sí, muy lejos.
Arrima unas sillas, Bruno... Y dónde? Eslo es. si usted no tiene interés en callarlo.
Apenas lo sé yo todavía... cualquiera país me es indiferente con tal que sea bien agreste y selvático.
(Si se irá á Sacedon?)
He titubeado algún tiempo entre Californias y la Nueva Holanda; pero al cabo puede ser que me decida por la isla de Francia.
Allí nacieron Pablo y Virginia!
Y el negro Domingo también.
En efecto; siéntese usted, siéntese usted.
Es que temería...
No, no: siéntese usted... y como iba diciendo, allí fue donde pasó toda su trágica historia, que tengo bien presente!
(Mas la tengo yo, que la leí anoche de cabo á rabo.) Z7.a Matilde. Y aquella madre, señor, aquella madre tan cruel que se empeñó en que su hija habia de ser rica?
Mas cruel me parece á mí que hubiera sido si se hubiera empeñado en lo contrarío.
Luego hallaré en dicha isla todo cuanto puedo apetecer en mi posición actual; cascadas que se despeñan, rios que salen de madre, precipicios, huracanes...
(No iré yo á la tal isla. )
Y bosques inmensos de plátanos, cocoteros y tamarindos, con cuyos frutos podré sustentarme, ó á cuya sombra podrán reposar tal cual vez mis fatigados miembros.
Y qué! No tendrá usted miedo de los negros cimarrones?
( Quiénes serán esos demonios?)
Y por qué quiere usted que les tenga yo miedo? Qué me pueden quitar por ventura? la vida, que es lo único que me queda?
{ Y es grano de anís? )
Ah! Matilde, si viera usted qué poco vale la vida cuando se vive sin deseos, ni porvenir!
Pobre Eduardo!
Se enternece usted? 2G
También á mí me empiezan á escocer los ojos, si vamos á eso.
Ciertamente que no puedo menos de agradecer y admirar el que vaya asi á esponerse por mi causa á tantos peligros un joven de tales esperanzas, tan rico...
Yo rico?
Contando con la herencia del tío...
No hay duda que he podido ser rico, pero..,
Pero qué?
Nada, nada.
Esplíquese usted.
Son cosas mias que ya no pueden interesar á usted. D. a Matilde. Oh! Sí, sí... hable usted... lo quiero... lo exijo...
Bueno; sepa usted que cuando el señor don Pedro creía que mi tio aprobaba nuestro proyectado enlace, este me instaba á que me casase con la hija única del conde de la Langosta...
(Familia muy noble en tierra de Campos.)
Y bien?
Y que mi tio me ha desheredado en seguida porque no he querido darle gusto.
Le ha desheredado á usted?
Asi me lo anuncia en una carta que recibí ayer suya, dos ó tres horas antes que Bruno me entregara la de su padre de usted. B.z Matilde. Le ha desheredado á usted? jD. Eduardo. Pues, y por lo mismo nada sacrifico, en punto á bienes de fortuna, al desterrarme para siempre de mi patria.
Y había de consentir yo en ese destierro?
(Judiada fuera.)
Yo, que tengo la culpa de todas las desgracias de usted!
Pero qué remedio... D. Matilde. No, jamas se realizará tan terrible separación... si es cierto que usted me quiere...
Lo duda usted todavía? 1).A Matilde. Desheredado por mí! Y yo he podido. Dios mió, desconocer un instante tanto mérito!
, No llore usted, por mi vida, Matilde mia! 0.a Matilde. Sí, hace usted bien en llamarme suya... que de usted soy y seré... que de usted he sido siempre; porque ahora lo conozco, y no tengo vergüenza en confesarlo.
Pobrecita, qué ha de hacer mas que conocerlo y confesarlo.
Puedo creer tamaña dicha!
Ojalá estuviera aqui mi padre, para que en su presencia...
ESCENA VII
(DON PEDRO Y DICHOS.)
(Si se habrá ya ido.)
Papá, papá, aqui está don Eduardo.
Hola! Con que... {Risueño.)
Hum. (Tosiendo.)
(Canario! que se me olvidaba el encargo...)
, Y ya nos hemos esplicado cierto qui pro quo que habia... y... nos hemos mutuamente satisfecho... y...
Oh! pues si se han satisfecho ustedes, entonces... {Risueño.)
Hum. [Tose.)
(Maldita carraspera.) h.* Matilde. No es verdad, papá, que usted se alegra de ello, y que...
Achí. {Estornuda fuerte.)
Dominus tecum.
No, hija mia, no me alegro de semejante cosa, ni tampoco puedo aprobar... porque... después de todo, y... en fin, yo me entiendo» yo me entiendo.
Yo soy la que no entiendo á usted, papá mió, porque...
Su papá de usted, Matilde mia, se habrá irritado al verme aqui en conversación con usted, cuando me habia hecho decir que no quería recibirme.
Precisamente.
Y creerá que en esto le hemos fallado al respeto. 1). Pedro. Cabal.
Y que nuestra conferencia clandestina es contra las leyes del decoro.
Sí señor, clandestina, y contra las leyes del decoro.
Y al notar yo el furor de sus miradas y el calor con que se espresa, le protesto á usled empiezo á temer, ademas que ya no quiera atender á otras razones, que nos quiera separar, y aun para separarnos mas pronto que la coja ahora mismo del brazo y se la lleve á su gabinete.
Eso es, eso es, ni mas ni menos, lo que voy á hacer... Vente conmigo. (A Matilde.)
Pero papá?...
Vente conmigo. (Llevándola como por fuerza.)
Pero señor don Pedro...
Eh! (Volviéndose para oir lo que va á decir.)
Decia que yo también me retiraba para no ofender á usted mas con mi presencia.
Bien hecho. — Vamos. (A Matilde. )
A Dios, Eduardo.
, A Dios, Matilde.
Vamos, repito.
Fíate en mi constancia. {Al entrarse.)
Ya me fio; ( Yéndose. )
A Dios. (Desde adentro.)
A Dios. ( Vase. )
Cómo se quieren! Como dos tortolillos... y el amo, á pesar de eso, y sin saber por qué, los separa y los... vaya no hiciera otro tanto Herodes el Ascalonita.
Acto tercero
ACTO TERCERO.
ESCENA PRIMERA
(DON PEDRO y DOÑA MATILDE.)
Por Dios, papá, déjese usted ablandar.
No, no; nunca consentiré en semejante bodorrio.
Pues no lo aprobaba usted antes?
No sabia entonces lo que sé ahora.
Pero qué sabe usted?
Mil cosas... sé en primer lugar que tu don Eduardo no tiene un ochavo.
, Y ese es acaso gran defecto?
No te lo parece á tí ahora, que te sientas, por ejemplo, á la mesa, y si bay tortilla comes tortilla, sin informarte siquiera de á cómo va la docena de huevos; pero cuando seas ama de casa y veas volver á Toribio con la esportilla vacía porque tu marido no dejó una blanca con que llenarla, ya verás entonces si se te cae la baba por la gracia.
(Qué preocupación!...)
En fin, te repito que no me acomoda el yerno que me quieres dar... ni yo sé tampoco lo que te prenda en él, porque fisonomía menos espresiva...
Calle usted, señor, y tiene dos ojos como dos carbunclos!
Lo dicho dicho, Matilde; no cuentes jamas con mi licencia... si te quieres casar con ese hombre y morirte después de hambre... cásate enhorabuena, y buen provecho te haga, con tal que yo no te vuelva á ver en mi vida... Esto es lo único y lo último que te digo... A Dios... (Bueno será que me vaya antes que empiecen los pucheros.)
ESCENA II
(DOÑA MATILDE.)
Que me case y que no le vuelva á ver en su vida!... y él mismo me lo indica... Dios mió, qué entrañas tienen estos padres! Que me case!... Si sospechará alguna cosa de lo que Eduardo y yo tenemos tratado para cuando ya no haya otro recurso? Y queda ya alguno por ventura? Que me case!... Y bien! si... me casaré... me casaré con el hombre de mi elección, con el único mortal que me es simpático, y que puede proporcionarme la mayor felicidad posible en este mundo... la de amar y ser amada; porque ó yo no sé en lo que se cifra el ser una mujer dichosa, ó ha de consistir necesariamente en estar siempre al lado de lo que ella ama; en jurarle á cada instante un eterno cariño, en aspirar al aire que él aspire... y cuesta acaso algo de esto dinero? No, no... por fortuna todo esto se hace de balde, por mas que digan lo contrario... y todo esto lo haré con mi Eduardo... Con él pasaré mí vida en un continuo éxtasis, y cuando una misma losa cubra al cabo de muchos años nuestras cenizas todavía inseparables, que vengan entonces á echarme en cara si lo que comí en vida fue potage de lentejas, ó si mi esposo tenia un miserable arriero por tatarabuelo.
ESCENA III
DOÑA MATILDE, BRUNO, 1J después DON EDUARDO.
Está usted sola? {Entreabriendo la puerta. )
Si; qué hay?
Qué hay?... lo de siempre... que el señor don Eduardo está ya ahí con ganas de parleta, y que yo, como me han hecho ustedes, velis nolis, su corre vé y dile, me adelanto á reconocer el campo.
Adonde le dejas?
En el descanso de la escalera.
Que suba... y tú oye.
Suba usted, caballerito... y yo oigo.
Es necesario que te pongas en el cancel de esa puerta (A Bruno.), y que nos avises de cualquier ruido que adviertas en el cuarto de papá, no sea que salga y nos sorprenda.
Qué tenemos, Matilde mia?
Nada bueno, Eduardo; papá me acaba de asegurar que jamas nos dará su consentimiento.
Será posible!
Y tanto como lo es... me ha dicho ademas mil horrores de usted...
De mi!
En primer lugar, y según costumbre, que era usted pobre.
Pero usted le habrá respondido, según costumbre...
Lo bastante para indicarle que esta es la mayor perfección que usted tiene á mis ojos.
Muchas gracias.
En seguida se ha ensangrentado con la familia de usted... con su persona... vamos, lo aborrece á usted con sus cinco sentidos... ya ve usted si es injusticia!
Y ya ve usted si me lo parecerá á mi?
Asi confieso que no me queda ya esperanza alguna.
Ni á mi tampoco... verdad es que nunca la tuve... de ahí que no ine haya dormido, y que si usted quiere...
Esplíquese usted.
Sepa usted que si bien es cierto que he gastado hasta el último real que poseía, también lo es que ya tengo todo listo para nuestro casamiento... dispensa, cura, testigos, cuarto en que vivir, un poco alto sin duda... como que está en un quinto piso... pero en buena calle... en la calle del Desengaño... en fin, nada falta... sino que usted se decida... y dentro de media hora...
De media hora?
Nos sobra aun tiempo, porque ni usted necesita mas de diez minutos para prepararse, ni yo mas de veinte para dar mis últimas órdenes, volver á esta calle, aprovechar el primer momento en que no pase gente, avisar á usted de ello con tres palmadas, recibirla cuando baje y conducirla en dos brincos á la iglesia » cuya puerta por fortuna tenemos en frente de esa reja.
, No decía yo eso, sino que tanta precipitación... estas cosas, Eduardo, necesitan siempre pensarse algo.
Al revés, Matilde; estas cosas, si se piensan algo no se hacen nunca... porque... ya ve usted... á cada paso ocurren nuevas dificultades. Se trasluce entre tanto el proyecto... se suscitan persecuciones... hay encierros á pan y agua en calabozos subterráneos, hay vapuleo no pocas veces... y si desgraciadamente hubiera esto para nosotros, no sé yo luego cómo nos habíamos de casar.
Oh! Eso es muy cierto... digalo sino Ofelia... la del castillo negro.
Y Malvina, y Etelvina, y Coralina, y otras mil víctimas desventuradas de la injusticia paternal, á quienes han enterrado con palma por andarse en miramientos.
No, lo que es Etelvina murió de parto, si es que no he olvidado su historia.
Llámelo usted hache... de parto ó emparedada... allá se va todo... ello es que Etelvina debió de hacer mala sangre con los disgustos que le dieron para que... con que vamos, Matilde mia, qué resuelve usted? Mire usted que cada instante que se pierde...
No sé lo que haga... salirse una asi de su casa siti...
Pues sino, qué otro camino tenemos? á menos que usted, arredrada con los peligros que pueden amenazarnos, no se arrepienta de sus juramentos y...
Yo arredrada! yo arrepentida! No creía yo que me calumniara usted de ese modo, Eduardo, después de tantas pruebas como le tengo á usted dadas de mi amor...
No es que yo dude... ni cómo habia de dudar... cuando esta misma mañana... allí... delante de aquel cuadro de Atala moribunda, me prometió usted casarse conmigo y seguirme, aunque fuera al fin del mundo? si no que... haciendo una hipótesis casi imposible, decia...
Dichoso usted que tiene la cabeza para esas hipótesis... no me sucede á mí otro tanto... y si al cabo cedo á las instancias de usted...
Cede usted á mis instancias? Oh! qué ventura! 0.a Matilde. Sí, hombre injusto; y para ceder mejor á ellas, cierro los ojos sobre todas las consecuencias... diga usted ahora que soy tímida, ó que soy...
Digo, Matilde, que es usted una hembra estraordinaria... una verdadera heroína de novela... y arrojándome á sus pies protesto...
Que el amo bosteza. {Sin dejar su puesto.)
Caramba!... Si se fastidia de estar solo y sale... no, no... (Levantándose.) aprovechemos los momentos... ahora son las ocho de la noche... con que asi, Matilde, á las ocho y media me tiene usted al pie de aquella reja.
Bueno; entonces ya me tendrá usted también pronta.
No olvide usted la seña, tres palmadas mias.
Me parece mejor que intercale usted entre la segunda y la tercera un gran suspiro, para que no sea tan fácil el que yo pueda equivocarme si acaso hubiera otra intriga amorosa en la calle. ¡
Observación muy prudente... suspiraré entre la segunda y la tercera.
Pues lo demás déjelo á mi cargo, que
y yo dispondremos el cómo burlar la vigilancia de mi padre.
No hay mas que hablar. A Dios, bien mió.
A Dios...
Ah! se me pasaba el recomendar á usted que no traiga consigo alhaja alguna, ni dinero, ni cosa que lo valga, porque dirían que yo...
Pierda usted cuidado... una muda ó dos, cuando mas, con las cartas que usted me ha escrito, el retrato de Atala, la sortija de alianza, y la rosa que usted me dió en el primer rigodón que bailamos junm tos, y que conservo en polvo, envuelta en un papel de seda; esto es todo lo que pienso llevar. />. Eduardo. Ni necesita usted mas. A Dios, otra vez.
ESCENA IV
(DOÑA MATILDE y BRUNO.)
0> Matilde. A Dios... Bruno?.Bruno. Señorita?
Te enteraste de lo que hemos tratado? fíruno. Ni jota... como tenia que atender á lo que pasaba por allá dentro... 0.a Matilde. Pues has de saber... pero antes jura que no lo has de decir á nadie.
Digo que no lo diré á nadie.
Júralo.
Cuando prometo yo una cosaí...
Bueno... escucha ahora.
Qué es ello? (Con curiosidad.)
Me quieres, Bruno?
Toma, y para eso tantos aspavientos?
Es que si tú no me quieres... (y mira, Bruno, que me has de querer mucho) de lo contrario es inútil que te refiera nada, porque ni me ayudarías, ni... con que asi responde, me quieres mucho, Bruno?
Que si la quiero á usted? Buena pregunta, cuando la he visto á usted nacer, como quien dice, y la he arrullado, y la he dado papilla, y la he...
Tienes razón... y por lo mismo me decido ahora á confiarte que me caso esta noche con don Eduardo.
Oiga! Su padre de usted consintió al cabo...
No tal, antes al contrario se opone á ello.
Y dice usted que se casa?
Dentro de media hora... ahi está el misterio.
No puede ser eso entonces, niña.
Te digo que si... don Eduardo lo ha arreglado ya todo, y me vendrá á buscar dentro de media hora para llevarme á la iglesia.
No será el hijo de mi madre el que le abrirá la puerta.
No importa, porque precisamente tengo decidido el salir por la ventana.
Por la ventana? D.2- Matilde. Por esa reja, quise decir, cuya llave tienes tú, y que está tan baja, que con la ayuda de una silla cualquiera puede...
Según eso, usted cree que yole voy á darla llave?
Por qué no?
Y también quizá que yo mismo le pondré la silla para encaramarse?
Quién había de ser?
Y quien la sostendrá de los brazos hasta que el señor don Eduardo la recoja en los suyos?
Sí.
Pues se engañó usted de medio á medio.
Cómo!
Y ahora mismo voy á noticiar al amo todo este fregado. {Hace que se va.)
Detente!
No faltaba mas... una niña bien nacida pensar en semejante gitanada!
Bruno!
Y proponérmela á mí, que he comido treinta y cinco años el pan de su padre!
Pero escucha, por Dios...
Ni por la Virgen... todo lo sabrá el señor don Pedro.
Recuerda que prometiste...
Si prometí, fue en la suposición de que sería cosa inocente...
Qué hará luego mi padre?
Qué? Encerrar á usted bajo llave sino desiste...
Encerrarme... á mí!... Bruno, está visto... me quieres precipitar... pues bien... lo lograrás... ves este papel?...
Y qué hay en" ese cucurucho? 0.a Matilde. Pildoras. * Bruno. De jalapa?
De rejalgar.
Jesús mil veces!
Que don Eduardo me trajo esta mañana.
Habrá bribón!
A petición mia... porque una mujer desgraciada no puede estar sin un poco de veneno en su ridículo.
Maldita la necesidad que veo yo de eso...
A grandes males, grandes remedios... asi... ténlo por cierto... si das otro paso hacia lá puerta con tan vil propósito, ni una pildora dejo de todo el cuarterón que no me trague.
Condenadas boticas!
Y me verás caer aqui redonda, lo mismo que si me hubieras dado un trabucazo.
No haga usted tal... tenga usted compasión de su pobre padre y de mi... D. Matilde. Ténla lú de la desventurada Matilde.
Yo... sí... pero... D.J Matilde. En fin, qué determinas?
Vaya... no diré nada, con tal que me dé usted esas pildoras para...
Y me ayudarás también?
Eso no, porque...
Que me las trago.
Sí, sí, ayudaré... haré todo lo que usted quiera... pero vengan esas pildoras, repito.
Qué desatino... noves que me desarmaría si te las diera... Lo que haré será guardarlas en donde las guardaba antes, para el caso en que intente» todavía venderme.
Paciencia! 0.a Matilde. Ahora paso á decirte lo que exijo de ti, y es que si papá viene á esta sala, en tanto que yo entro en mi cuarto á recoger algunas frioleras, trates de alejarle de aqui con cualquier preteslo.
(Ojalá viniera.)
Que cuides de que no haya luz...
En soplando las que están encendidas...
Y que la reja esté abierta para cuando yo vuelva.
Si sé dónde puse la llave, que me...
Ya la encontrarás... no te se olvide nada... lo entiendes? y yo me voy á lo que dije... cuidado que es menester que una mujer tenga cabeza para atar tantos cabos.
ESCENA V
(BRUNO.)
Mas cabeza se necesita para desatarlos... y á fé que la mia no acierta el cómo... ello sin las malditas pildoras... bastaba con que yo cantara de plano... pero si la chica... que se ha echado el alma atrás... lo sospecha y en un abrir y cerrar de ojos... zás... se engulle media docena de los tales confites... vea usted entonces qué desgracia!... qué sentimiento para todos!... y que es capaz de hacerlo lo mismo que lo dice... si señor, lo mismo, porque hay mujeres que por salirse con lo que se les pone entre ceja y ceja comerán... no digo yo rejalgar, sino... por otra parte, puedo yo callarle á mi pobre amo una cosa que tanto le interesa? que tanto interesa al honor de la familia... imposible... y mucho mas cuando quizá su merced encontraría algún medio término... alguna estratagema... calle, una palmada junto á nuestra reja! otra! si pudiera alisvar... San
y qué suspiro! suspiro de alma en pena!... tercer palmada!... si será nuestro perillán... cabalito... él es... cé, cé, don Eduardo... soy yo... el mismo que viste y calza... eh? no, no está todavía aqui... tenga usted un poco de paciencia... en efecto van á dar las ocho y media... ya veo que es una pistola lo que usted me enseña... esta es otra que bien baila: que se levantará la tapa de los sesos si al dar la campanada de la media no está ya doña Matilde en la calle! qué diablura! Diga usted, don Eduardo... diga usted... sí; se marchó renegando á la esquina opuesta... pues por Dios... que estamos frescos... veneno por aqui... pistoletazo por allá, y á todo esto el amo metido en su aposento...
ESCENA VI
(DON PEDRO y DICHO.)
(Necesito no descuidarme si he de llegar á tiempo de ponerme junto á un confesonario sin que me vean...)
Ah! Señor don Pedro de mi vida!... algún ángel le ha traído á usted tan á punto!
No me entretengas, Bruno, que estoy muy de prisa.
Dos palabras tan solo.
Ni media.
Sepa usted...
No quiero saber nada, déjame.
Que la señorita...
Ya me lo dirás cuando vuelva... suelta.
Es que cuando usted vuelva ya no quedará mucho que decir, porque doña Matilde...
Suelta, suelta, ó vive Dios...
Ya suelto, pero luego no se queje usted...
Luego me las pagará todas juntas el que haya contribuido á ofenderme.
Oidos que tal oyen!
Y para eso hice afilar el otro dia mi espadín de acero.
Y por eso cabalmente quiero yo hablar ahora, y contar á usted...
Calla.
Pero si no me deja usted hablar, cómo quiere usted...
Calla, y hasta después que ajustaremos cuentas... (pobre Bruno, no le queda mal susto en el cuerpo.)
ESCENA VII
; y después doña matilde.
No sabia yo lo de la afiladura 'del espadín! Con esto, y con que después se le antoje el que yo tuve arte ó parte en el negocio... y me atraviese como un palomino... Dígole á usted que... vamos, por mas que lo miro y lo remiro... no hay escapatoria... tiene que acabar en tragedia... porque á la altura en que estamos... es claro que ó se matan ellos, ó los mata don Pedro, ó me mata este á mí... ó se mata él... ó nos morimos todos de pesadumbre... lo dicho... tiene que haber muertes... tiene que haberlas necesariamente... á menos que un milagro... 1).* Matilde. Salió mi padre?
(A Dios con mi dinero... ya está aqui doña Matilde.)
No me respondes si salió mi padre?
Salió, y como un regilete... no sé yo lo que podía urgirle tanto... pero... qué hace usted?...
Lo que tú has olvidado... apagar las velas...
Qué es de rigor en tales aventuras el andar á tientas?
Es prudencia por lo menos para evitar el que la vecina de enfrente fisgonee lo que va á pasar en este cuarto.
Ay!
Qué es eso?
No es cosa, un chinchón que debo á la vecina de enfrente.
Y todavía no has abierto la reja!
Para qué? Si se ha de ir usted al cabo, no vale mas el que salga usted por la puerta?
No lo creas... eso cualquiera lo haría... y es también menos dramático.
Menos qué? Matilde. Vaya, despáchate en abrir la reja... mira que creo que ya ha dado la media.
Qué habia de dar, no señora... ni por pienso... Dios nos libre de que hubiera dado.
No abres?
Aqui tengo la llave; pero antes reflexione usted, hija mia, la pesadumbre que va usted á dar á su padre con este escándalo... y lo que...
Oyes ahora la media?
Virgen del Tremedal... (Corriendo á la ventana.) Allá va, allá va... (Gritando á don Eduardo.)
Cómo! A quién gritas?
Nada, nada. 0.a Matilde. Ah traidor! ya te entiendo... pero antes que vengan á sorprendernos apelaré á mi último recurso. (Hace como que saca las pildoras.)
, Tenga usted el brazo (Corriendo á doña Matilde.); tire usted esas pildoras, que es á don Eduardo á quien yo avisaba... (Vuelve d la ventana.) Allá vn, allá va... Repito que es don Eduardo á quien yo... (Vuelve d doña Matilde.) ay qué sudor frió me ha entrado!
Pues por qué no me decías que don Eduardo estaba ya esperándome?
Porque... porque... bueno estoy yo ahora para decir el por qué de nada, y si me sangraran...
En suma, quieres ó no quieres abrir la reja?
En este instante... (Empecemos al menos por salvar dos vidas...) qué premiosa está!
Pon luego una silla.
Pongo una silla.
Y está ya don Eduardo?
Le estoy tocando con la mano la copa del sombrero.
Entonces... dónde dejaré la carta para papá... y muy contenta que estoy con ella... oh! me ha salido muy tierna y muy respetuosa... mucho mas tierna que la de Clari en la ópera... aqui la pondré sobre la mesa... ahora vamos... no; me falta todavía que implorar al cielo., y rogar también por mi padre, por mi pobre padre. ( Se pone de rodillas.)
Si la tocará Dios en el corazón!
Ahora quiero besar la poltrona (Se levanta.) en que duerme papá la siesta... la mesa... la jaula de la cotorra... á Dios, muebles queridos... á Dios, paredes que me guarecisteis durante mis primeros... mis mas dichosos años... y que quizá no volveré á ver mas... dame la mano, Bruno... á Dios, Bruno... que seas feliz... que me vengas á ver... ay, que me caigo...
No tenga usted cuidado... y déjese usted ir... maldito alfiler!
Que consueles á mi padre.
A buena hora, mangas verdes... téngala usted, don Eduardo... asi... ya llegó al suelo... y corren como gamos... y ya llegan á la iglesia... y ya entran... y... Dios los haga buenos casados... quitémonos ahora de la reja... cerrémosla... y cuidemos antes de todo de esconder el espadin de acero.
Acto cuarto
ACTO CUARTO.
ESCENA PRIMERA
Lo que tarda en encenderse esta lumbre!
Si no soplas derecho.
Será culpa del fuelle.
Mira cómo se va el aire por los lados.
Ay! que no puedo mas.
Vaya, se conoce que este es el primer brasero que enciendes en tu vida... dame, dame el fuelle.
Tómalo en hora buena... y despáchate, por Dios, que me siento muy débil.
Ya lo creo, no cenastes anoche.
Qué descuido el tuyo!... no tener siquiera un bocado de pan en casa.
Como nunca tienes apetito en semejantes dias...
Ya, pero... y tú?
Oh, lo que es por mi no le inquietes, y si no te enfadaras te confesaría...
Qué?
Que por lo que podia tronar, me forré el estómago con un buen par de chuletas antes de ir á buscarle.
Pues estuvo bueno el chiste!
Yo pienso que puedes arrimar la chocolatera al fuego.
Y qué enorme armatoste!
Sabrás hacer chocolate?
Creo que se echa primero el chocolate partidilo á pedazos...
No me parece que es eso...
Entonces echaré primero el agua...
Tampoco.
Pues hay mas que echar las dos cosas á un liempo.
Dices bien... y una onza entera y otra partida... asi no podemos errarla de mucho... pon mas agua.
Si he puesto cerca de un cuartillo!
Y qué es un cuartillo para dos jicaras... llena la chocolatera, llénala... Matilde. Hombre!
Llénala, y no empecemos con economías.
Ya lo está.
Divinamente; y volviendo á lo de anoche, creerás, Matilde, que todavía me rio al recordar lo asustada que estabas durante la ceremonia?
Pues mira, mayor fue si cabe mi congoja al subir esta eterna escalera á tientas, al tardar diez minutos en acertar con el agujero de la llave, al encontrarme después sola y sin luz en este aposento desconocido y frió, sin atreverme á dar un paso por no tropezar con algún mueble, hasta que volviste con el candelero que te prestó la vecina...
Bendita vecina!... por ella nos escapamos anoche sin un chinchón cada uno cuando menos, y á f é que hubiera sido de mal agüero.
Ya empieza á hervir el agua.
Y también deduzco del gesto que hiciste involuntariamente al entrar yo con la luz y recorrer tú con la vista el cuarto en que te hallabas, que te sorprendió en gran manera su pelage.
Qué disparate!
Vaya, la verdad. No esperabas hallar otra cosa?
Oh! lo que es eso...
No esperabas el que los muebles, aunque pocos y sin embutidos, fueran siquiera de caoba y nuevos? el que hubiera cortinas de muselina blanca, aunque sin guarniciones ni flecos?
No, eso no... ya sé yo que la caoba y la muselina no se han hecho para casas pobres... pero hay muebles bastante bonitos de cerezo ó de nogal... hay cortinas muy baratas de percal ó de zaraza... y si juntas á eso unas paredes recien blanqueadas, unos pisos muy fregados, unas ventanas con sus correspondientes tiestos de flores, y otras bagatelas semejantes que cuestan poco ó nada, resultará de todo cierta elegancia en la misma pobreza, que...
Dime, Matilde, has entrado en muchas casas pobres?
En la de la vieja de la Alameda...
Ya me lo sospechaba yo...
Y ademas he leido mil descripciones muy verídicas, y por ellas...
Que se va el chocolate!
Qué dices?
Quítalo presto de la lumbre.
Ay!
Te quemaste?
Todo el dedo meñique.
Qué desgracia!
No es eso lo peor, sino que como me dolía solté la chocolatera, y...
Y se habrá apagado el fuego?
Completamente.
Cómo ha de ser! En encendiéndole olra vez...
Otra vez!
Aqui tengo las dos onzas restantes...
Pero eso de soplar otra hora y media!...
Qué remedio tiene? á menos que no prefieras el que cada cual se coma cruda la onza que le corresponde...
Ello todo es chocolate.
Y en bebiendo luego un buen vaso de agua...
Asi tendremos también mas lugar para hablar de nuestras cosas.
Para establecer desde luego nuestro método de vida.
Y el empleo de las horas del dia.
Y de la noche... hasta que "nos vayamos á acostar.
Ea, pues, venga mi onza, y sentémonos.
Tómala, y sentémonos... en qué piensas?
En nada... -en que papá estará ahora desayunándose, y...
También nosotros... mas frugalmente.,, pero...
Oh! lo que es por eso... en estando á tu lado... y la ventaja de no tener criados que nos murmuren, ni sibaritas que nos importunen con sus visitas...
Qué habíamos de tener?
Disfrutando en cambio de independencia y de tranquilidad.
Por supuesto.
Y esto de vivir tranquilos, Eduardo, esto de que nadie venga á desencantarnos con su odiosa presencia en uno de aquellos momentos deliciosos...
Calla! Llamaron?
Creo que sí.
Habla bajo.
Pero qué...
Mas bajo.
Quieres que abra?
No, no... pero vé de puntillas, y mira si por la rendija puedes atisbar quién es.
Voy... es un viejecito barrigoncito, con calzones de pana y medias rayadas.
El es!
Quién dices?
El diablo.
Jesús mil veces!
O el casero, que es lo mismo... dónde me esconderé?
Esconderte!
Alli... debajo de la cama... y tú abre luego, y dile que he salido muy temprano, y que no volveré hasta la noche.
Eduardo...
Abre ya... antes que nos rompa la puerta.
(Al meterse debajo de la cama. )
Pero, Eduardo, no entiendo...
Abre, abre. (Se mete enteramente.)
Dios mío! Qué querrá decir esto?
ESCENA III
(EL CASERO Y DICHOS.)
Vaya, y qué dormida estaba usted!
No señor, sino que...
Y el señor don Eduardo?
Acaba de salir...
Calle! Y me habia prometido que me pagaría hoy por la mañana el mes adelantado!
Es que...
Mal principio... muy malo, á fé mia! Y cuándo estará de vuelta?
Me dijo que volvería al anochecer, y que luego...
Al anochecer!... Salir en un día de tornaboda á las ocho de la mañana y no volver hasta el anochecer, dígole á usted que no me da buena espina.
Puede que vuelva mas pronto, y...
Pues no crea que á mí me ha de traer como á un zarandillo... y lo que son los trastos no valen treinta reales.
Caballero, mi marido es incapaz de...
De pagará su casero, eh!
No digo eso, sino que aunque somos pobres, somos personas de honor, y que...
Si, sí, personas de honor sin dinero... eso es lo que yo me temia... y esos son los peores inquilinos.
( Qué insolencia! )
Pero repito que no se juega conmigo... dígaselo usted asi, y que si esta noche no me baja los tres duros, mañana pongo á ustedes en la calle con todos sus cachibaches.
ESCENA III
(DOÑA MATILDE y DON EDUARDO.)
Tratar de ese modo á una señora!
Matilde! Se fue ya? (Asomando la cabeza.)
Ya se fue.
Pues entonces prosigue aquello que decías, (Saliendo de debajo de la cama.) de que era gran cosa el poder vivir tranquilos y sin que nadie...
Sí, buena es la tranquilidad que vamos disfrutando por cierto.
Toma, ya te desanimas!
No, pero sí estraño cómo has tenido [paciencia para oír tanta grosería.
En efecto, merecía el gran vinagre que le hubiera tirado los tres duros á la cabeza.
Y por qué no lo has hecho?
En primer lugar, porque no tenia los tres duros.
Podias haberle castigado de otro modo.
No, hija, que para castigar con dignidad á un acreedor que se insolenta hay siempre que empezar por pagarle.
Siempre!
No ves que sino se puede creer que uno ha querido zafarse á un mismo tiempo del acreedor y de la deuda?
ESCENA IV
(LA VECINA y DICHOS.)
Buenos dias, vecinita... qué tal se ha dormido?... Oyeron ustedes los truenos á eso de las cuatro?... La encajera que vive en la guardilla dice que ha caido un rayo en Santa Bárbara... pero yo no lo creo... porque basta que la encajera diga una cosa para que yo no la crea...
Nosotros no hemos oido...
Ya lo supongo... qué habían ustedes de oir... si es una grandísima embustera... muy tonta y muy presumida... sin que yo sepa en qué se funda... porque al cabo, qué ha sido antes de casarse? doncella en casa de un consejero? Y bien, también yo he sido doncella, si vamos á eso... en casa de un covachuelo... y un consejero y un covachuelo allá se van... los dos tienen usía... con que diga usted, vecina, acabó usted con mi candelero?
Si señora, aqui está y muchas gracias...
Jesús, señora, no hay de qué... entre vecinas y amigas hoy por ti. mañana por mi... y nosotras que vamos á ser tan amigas! como que vivirnos en el mismo piso... porque aqui en esta casa, como en todas, con el vecino de al lado es con quien se trata... y nadie quiere bajarse... ni subir escaleras... muy bien hecho... cada oveja con su pareja... la marquesa con el canónigo en el piso principal... en el segundo el abogado con el comerciante.., en ej tercero el agente de negocios con la viuda del coronel... asi en los demás pisos... por eso también nadie trata con la encajera... verdad es que no hay mas guardilla que la suya... y luego ya le dije á usted que es muy necia y muy vana... Pero vóime corriendo, que dejé la sartén á la lumbre, no sea que se me queme la salchicha... porque ha de saber usted que mi marido almuerza todos los dias salchicha. [A don Eduardo,)
Hola!
Como usted lo oye... y á f é que lo acierta... para eso es casi un empleado... con siete reales, y lo que cae... guarda de á caballo, para servir á usted y á Dios... Ea, quédense ustedes con él.
Con su marido de usted?
No señor, con Dios... decia que se quedasen ustedes con Dios... vaya, que según veo me parece usted pieza... Ah, vecina, se me olvidaba, necesita usted de una lavandera?
Precisamente iba yo...
Di que no. {Bajo á doñaMatilde.)
No señora, ya tenemos una...
Lo siento, porque mi hermana lava muy bien... como que lava á todas las colegialas de Loreto... y sino fuera por cierta desgracia que tuvo... ya se la contaré á usted otro dia... porque ahora estoy de prisa... agur... pues no me huele á salchicha quemada?
ESCENA V
Qué taravilla!
Y qué mujer tan ordinaria!
Asi hablas de tu amiga! {Sonriéndose).
Pobre de mí si no tuviera otras amigas!
Cuáles? (Sonriéndose.)
Toma, las mismas que tenia antes de ayer.
Viven todas ellas en quinto piso? (hiriéndose.)
Qué sabe esa mujer lo que dice? Amigas tengo yo, con quienes me he criado en las Salesas, que si me vieran pidiendo limosna...
Te la darían quizá. (Sonriéndose.)
Se gloriarían entonces de llamarse tales, mas que si me vieran habitando en palacios de cristal.
0, lo que es lo mismo, en casa de un vidriero. (Sonriéndose.)
Ya, sino crees tampoco en aquellas amistades que se engendran en la edad preciosa...
En que no se sabe todavía lo que se quiere.
Qué terrible estás, Eduardo!
Pero no conoces que te estoy embromando? De otro modo pudiera yo contradecirte en materias tan evidentes?
Eso éralo que me confundía... pero ahora que me acuerdo... por qué me hiciste responder á la vecina que no necesitábamos de su lavandera?
Porque como no nos habia de lavar de balde...
Alguien ha de lavar lo que emporquemos, sin embargo.
Preciso... pero lo harás tú.
Yo!
Quién quieres que lo haga en tanto que no tengamos con que pagar á otra mujer?
Se me pondrán las manos perdidas!
Es mas que probable.
Y se me llenarán de grietas!
Como que no hay cosa peor que el jabón y el agua caliente... mas puedes estar segura, Matilde mía, que con la misma ilusión con que tu Eduardo le besa ahora esta mano tan suave y blanca, con la misma te la besará cuando la tengas áspera como una lija y colorada como un tomate.
No lo dudo, Eduardo; pero... pero ello de todos modos es muy desagradable... y mi pobre papá que tenia tanta vanidad con mis manos! Qué buscas?
Di, Matilde, has visto por ahí ajgun cepillo?
Para qué?
Quisiera cepillarme un poco antes de salir, porque el polvillo del carbón...
Qué vas á salir?
Ya te dije que el apoderado de mi tío, que es escribano del Consejo, me ha ofrecido emplearme en su despacho como copiante... cuando tenga que copiar se entiende... y voy á ver si me adelanta cien reales, á cuenta de mis futuros garavatos, para pagar el casero y para ir viviendo.
Y qué me he de hacer yo entre tanto, sin libros, sin piano...
En efecto, no tienes hoy mucho que trabajar...
En que trabajar!
Solo levantar la cama, barrer el cuarto, y... pero, lo que es desde mañana, ya me dirás si te queda tiempo para fastidiarte.
También trendré que barrer mañana?
Todos los dias, á tí que te gusta tanto la limpieza! y tendrás asimismo que guisar, fregar, jabonar, planchar, coser, remendar, y hacer, en fin, todo aquello que hace una mujer casada sin criada.
Ay, Eduardo, sabes que es dinero muy bien gastado el de los salarios?
Quién dice que el dinero no sirve alguna vez de algo? pero no muy á menudo... y si uno va á considerar, todos sus inconvenientes cree tú que... no son estas que dan las nueve? Cáspita y qué tarde!... Con esto y con que haya salido ya mi escribano, y nos quedemos también sin comer... á Dios, vida mia... abrázame.
Anda con Dios.
Otro abrazo... otro... es tanto lo que te quiero! á Dios.
ESCENA VI
(DOÑA MATILDE.)
Ay, no sé lo que tengo... pero... no, no me siento muy buena... Ay!... si se pudiera lavar con guantes de encerado! Qué se ha de poder! Luego cásese usted para estar todo el dia sola! Paciencia! Picaros autores, dejarse precisamente en el tintero lo que las pobres habían tenido que trabajar entre sus cuatro paredes!... y ello ninguna tenia criada... como yo... y habían tenido todas que empezar cada mañana por levantar sus camas... como yo voy á levantar la mia... porque si yo no la levanto... vamos allá... aquella Juana sí que despachaba en casa todas las cosas en un santiamén! como que estaba acostumbrada... y yo desgraciadamente no lo estoy... Lo que pesa el colchón! (Lo pone en el suelo.) Pues el jergón!... (Idem.) Ay, descansemos un poco! (Se sienta sobre uno de ellos.)
ESCENA VII
LA MANQUES A y DICHA.
Vive en este cuarto una mujer que lava encajes?... Pero qué ven mis ojos? Matilde! D.a Matitde. Clementina!
Tú aqui!
Oh! qué gusto tengo en verte!
Y yo!... Pero qué haces en este desván?
Yo te diré... es que... y tú, estás todavía en las Salesas?
Qué, si me casé hace cinco meses, y vivo precisamente en el cuarto principal de esta misma casa.
Cuánto me alegro... asi estaremos todo el dia juntas y... pues me habían dicho que era una marquesa la que...
Esa soy yo.
Entonces no te has casado con aquel cadete de Algarbe...
Qué disparate; una cosa es hacer telégrafos por entre las ventanas, y otra cosa es casarse.
Pero supongo que siempre te habrás casado enamorada de tu marido?
No lo creas... ni le vi hasta que todo estaba tratado y firmado.
Y eres dichosa?
Asi, asi... tengo coche... dos mil reales al mes de alfileres... y en cuanto á mi marido... es como todos los maridos, ni feo, ni bonito, ni... tu suerte, Matilde, es la que no me parece muy envidiable.
Al contrario... ayer me casé con el hombre que adoraba.
Calla! Serias tú acaso la novia que estuvo á pique de acostarse anoche á oscuras?
Verdad es que...
Ja, ja... y que no tuvo que cenar... (Riéndose.) ja. ja!... Vaya, quién me hubiera dicho cuando las criadas me contaban al desnudarme tu fracaso, ja! ja!...
Clementina!
Perdona, Matilde; pero es un lance tan gracioso... ja! ja!... tan inesperado!
Inesperado no; y acuérdate que siempre te juré que no me casaría sino á gusto mió, y con quien no tuviera nada.
Sí, es cierto... también yo lo juré, si mal no me acuerdo, y ya ves como lo he cumplido... pobre Matilde! Ds Matilde. Me compadeces!
Criada con tanto regalo, y obligada ahora á tener que ganar tu vida, cosiendo ó bordando, ó... porque algo tendrás que hacer para ayudar á tu marido... que por su parte también trabajará sin duda...
Un escribano le ha dicho que le dará que copiar... cuando tenga.
Pues... á dos reales el pliego,., y tres ó cuatro pliegos al dia en escribiendo corrido... buena ocupación, por vida mia... pero dime, y tu padre? está furioso, eh? D.D Matilde. Ya ves, habiéndome casado sin su consentimiento...
Y tiene mucha razón... ningún padre puede aprobar el que su hija se case con un perdulario.
Perdulario mi Eduardo! Y se ha dejado desheredar de diez mil ducados de renta á trueque de casarse conmigo!
Entonces tu Eduardo es un loco de atar, porque... />." Matilde. Basta, Clementina... tu marquesado no te autoriza para que me insultes porque me ves ahora pobre... y mucho mas cuando nada pienso pedirte.
Harás muy mal... que si no se pide á las amigas cuando no se tiene que llevar á la boca, no sé yo cuándo se ha de pedir... y yo lo he sido tuya, Matilde... no de las íntimas... pero... pero siempre te he querido bien... ya lo sabes... y te lo voy á probar ahora mismo... allí tengo en casa cuatro docenas de camisas de batista sin hacer del agua, y le las enviare...
No, Clemenliua mil gracias; pero...
Sí, te las enviaré... para que las bordes... y para que... lo que había de ganar otra... tú bordabas muy bien... M.* Matilde. (Qué humillación!,
ESCENA VIII
(LA VECINA y DICHAS.)
Vecinita, perdone usted que me entre asi de rondón... como la puerta estaba abierta... y como somos uña y carne, quería enseñará usted cierta cosa... mas oiga! si tendré telarañas... su señoría la marquesa aqui! subir una marquesa ocho tramos de escalera!
Quién es esta buena mujer?(A DOÑA MATILDE.)
Es una vecina que...
Soy la Nicolasa, señora... la mujer del guarda de á caballo... que vive en ese otro cuarto... ya se ve... su señoría no se acordará de mí... porque nunca me ha visto... ó por mejor decir nunca me ha mirado á la cara cuando me ha encontrado al subir ó bajar del coche... aunque yo saludo siempre... pero doña Manuela la doncella me conoce muy bien... y le habrá hablado de mi á su señoría... toma sí le habrá hablado muchas veces... como que por ella me tomó su señoría el otro día aquella pieza de batista.
Ah! Ya caigo... ustedes la que suele proporcionar ropa y géneros de lance.
Cabalito... como mi marido es guarda...
Y tiene usted ahora algo de nuevo?
Sí señora... y de bueno... á eso venia, á enseñar á la vecínita un corte de vestido de punto de Flandes... como es recien casada... y como nada cuesta el ver... pero, con permiso de su señoría, cerraré la puerta... no sea que la encajera lo olfatee... y vaya con el chisme... porque la tal encajera es capaz de todo... y si yo fuera á contar...
No, no, mejor será que veamos ese corte.
Aqui está... cosa superior! y por un pedazo de pan... ochocientos reales... ni un ochavo menos.
Qué bonito!
Precioso!
Y qué punto tan igual.
Y la cenefa?... también es de mucho gusto.
Y de las mas anchas... sobresaldrá mucho sobre un viso caña... no te parece?
En efecto, y me irá muy bien como tengo bastante color... y luego como tú... en tus circunstancias, no puedes soñar en comprarlo...
Oh! es caro bocado para un estudiante!
No te debe importar el que yo lo tome... y que al fin lo tomaré... qué he de hacer? son tentaciones que...
Y para qué es el dinero, señora, sino para gastar... como dijo el otro... y Dios le dé á su señoría mucho... porque lo sabe emplear, y porque no regatea... como otras usías de medio pelo que conozco yo» y que...
Asi, Nicolasa, baje usted y le haré dar los cuarenta duros... á Dios, Matilde, ya nos veremos... ya te avisaré alguna vez cuando esté sola... y diré que te suban entre tanto las camisas.
No, Clementina, no... te lo agradezco en lo que vale... pero no tengo tiempo ahora.
Como quieras... por tí lo hacia... mas si lo tienes á menos... Pobrecilla, me da mucha lástima! {A la Vecina.) Ella siempre fue un poco tiesa... pero ya amansará, ya amansará...
ESCENA IX
(DOÑA MATILDE, y luego BRUNO.)
Sueño por ventura! Es esta aquella Clementina tan sentimental, de cuya amistad estaba yo tan segura! Cómo me ha tratado con su aire de protección!... peor que el casero con su grosería! y compró el vestido solo por darme en ojos... porque vio que me gustaba, y que... ah! si yo hubiera tenido ochocientos reales! Sí, cuando volveré yo á tener ochocientos reales! Lo que tendré serán trabajos... y humillaciones... y enjabonaduras... ah! Eduardo! mucho te quiero! muchisimo! pero si hubiera sabido...
Señorita!
Bruno! (Corre á abrazarle.)
Pobreeita mia! Metida en esta pocilga!
Y papá? Cómo está papá? Pobre papá, cómo le he ofendido!
Está bueno... no tenga usted cuidado... y él es quien me ha dicho donde vivian ustedes.
Papá! Pues cómo sabia...
Qué se yo... algún duende... lo cierto es que ahora me llamó, y me dijo que le siguiera hasta aqui... que subiera solo... y que le avisara si don Eduardo estaba fuera de casa, para que su merced entonces...
De verás! será posible que me quiera ver?
Si estaba desde anoche como si tuviera hormiguillo... y aunque no descosía sus labios, se le conocía á la legua que... pero voy á abrirle.
Sí, corre, despáchate... dónde vas? por allí está la escalera.
No hay necesidad de que yo baje... que su merced se quedó de centinela en la puerta principal de los Basilios, y asi con una sena que yo le haga desde aquella ventana con el pañuelo...
Con el pañuelo no, que quizá no lo advierta... toma esta sábana...
Venga. (Vanse los dos á la ventana.)
ESCENA X
(DON EDUARDO y DICHOS.)
Apretemos otro poco el tornillo. (Al salir y aparte.) Maldito sea el primer escribano que pisó los Consejos! Negarme á mí la miseria de cien reales! (Sale ahora, tira el sombrero, y se pasea como muy agitado.) Es una infamia.
Válgame Dios, qué es esto!... qué te ha sucedido? (Quitándose de la ventana.)
Déjame en paz... bribón!... tunante! Estoy por volver, y por...
Pero, Eduardo... tranquilízate por la Virgen.
Te digo que me dejes.
Mira que le va á dar algo.
No será indigestión á buen seguro; pero mujer, qué has hecho en todo este tiempo? Cómo tienes todavía asi el cuarto? Vaya, que no es mala porquería!
Yo... si... ay, Eduardo/ cómo te puedes enfadar tanto conmigo! {Llora.)
No, Matilde mia, yo no me enfado contigo... cómo habia yo de enfadarme contigo? Vamos no llores... quién no tiene un momento de mal humor? sobre todo cuando vuelve uno á su casa sin una blanca y...
Y por eso se dijo.que casa donde no hay harina... (Quitándose de la ventana.)
Calle... aqui estaba Bruno?
ESCENA ÚLTIMA
(DON PEDRO Y DICHOS.)
Hija de mis entrañas!
Papá, papá de mi vida!... (Se quiere arrodillar.)
Qué haces? Levántate.
(Qué pronto ha venido este demonio de hombre.)
No señor, déjeme usted que le pida de rodillas que me perdone.
Todo está ya perdonado y olvidado con tal que me jures que no nos volveremos á separar en la vida.
Oh, nunca, nunca.
Y qué, no me abraza usted, señor don Eduardo? Ea, déme usted uno bien apretado, y salgamos pronto de este camaranchón... que se me va la cabeza solo de acordarme...
Pero, señor don Pedro, me parece que usted no ha comprendido bien á Matilde... ella se alegra, como buena hija, de que la vuelva á su gracia... pero por lo demás está muy satisfecha con su suerte ahí, donde usted la ve... y lejos de querer dejar su casa...
No, no, vivirán ustedes conmigo.
Sí, si, con usted, papá, con usted. (A su padre en voz baja.)
Y sino... con permiso de usted, señor don Pedro. Oye, Matilde, (Se la lleva á un lado del teatro.) no es cierto que lo que á tí te acomoda es vivir tranquila en un rincón como este, y comer conmigo un pedazo de pan y cebolla?
Si la cebolla no me repitiera siempre que la como... luego, Eduardo, hazte cargo... podemos acaso desairar á papá cuando se muestra tan bondadoso?
Según eso te resignarías y...
Qué hemos de hacer?
El caso es que cada cual tiene su amor propio... y para mí... la verdad... no puede ser plato de gusto el entrar en tu familia como un pobreton.
Qué importa eso?
A mí mucho... y se me caería la cara de vergüenza.
Pero hombre, no ves que tu tío te tiene, por fuerza, que perdonar también pronto?
Y crees tú que me volverá á nombrar su heredero?
Como tres y dos son cinco.
Es que entonces tendríamos la dificultad del alguacilazgo y...
Tanto mejor, es un título muy distinguido... casi tanto como maestrante.
Vaya, hijos, qué sale de esta consulta?
Que nos vamos con usted.
Alabado sea Dios!
Y que mi Matilde, solo por vivir con su padre, y por disfrutar á su lado de las ruines comodidades de la vida, sacrifica magnánima todos los placeres de la indigencia, que por mas que digan aquellos que los han conocido sin buscarlos... ni merecerlos... tienen con todo mucho mérito á los ojos de... las jóvenes de diez y siete años que leen novelas.