Á la orilla de un plácido árroyuelo,
que en sus cristales nítidos retrata
el verde margen y el tranquilo cielo...
—lengua armoniosa de fulgente plata,
que siempre está contando sin recelo
de aquella soledad la vida grata,—
una noche clarísima y serena
nació una melancólica azucena.
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¡Noche temible! —Suspiraba el viento...
Hablaba el cielo amor... Besos de llama
se enviaban allá en el firmamento
las remotas estrellas... No habia rama,
ni flor, ni ser, ni piedra, ni elemento,
madriguera, cubil, nido ni cama
que amor... eterno amor no respirase,
amando cada cual según su clase.
¡Mísera flor! ¡Cuán breve fué su historia!
¡Y cuan pronto olvidada! Ni la luna,
ni el sol, ni el viento guardan su memoria...
—Y, á la verdad, razón no encuentro alguna
para que impriman tan común historia...
Si ayer murió una flor, ó más de una,
hoy los prados de flores están llenos...
¿Qué importa una flor más ó una flor ménos?