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José Zorrilla · Modernismo

Un testigo de bronce — 4 — Segunda parte

español

La lobreguéz de la noche
tiene ya con sus tinieblas
aquella ciudad dormida
por todas partes envuelta.
Del manto azul de los cielos
ni un giron percibir dejan
los vapores que interpuestos
brotan entre él y la tierra.
Y el murmullo de la vida
apagado por do quiera,
todo es calma y todo sombra,
todo calla, y se ve apenas
algun farol espirante
que ante alguna imagen cuelga,
y el rumor solo se escucha
de las aguas del Esgueva
que cruzan por la ciudad
con débil corriente lenta
por entre los guijos ásperos
que entorpecen su carrera.
Solo en una de las muchas
curvas que á trazar le fuerzan
los edificios que le abren
paso, con la luz siniestra
de un farol que ante una imagen
suspendido reverbera,
se ve un trozo de una calle
y el rio que la atraviesa.
Un puentecillo de un ojo
reune dos callejuelas
que vuelven á dividirse
en cuanto de él se libertan.
La una solitaria, lóbrega,
mal empedrada y estrecha,
la parroquia de la Antigua
casi en su mitad rodea.
Sobre el agua al otro lado
da otra parte de la iglesia,
y en el muro que hace cara
al rio y la calle á medias,
hay en un nicho una efigie
del Crucificado puesta
dentro de un escaparate,
que entre cristales se cierra;
y allí es donde está el farol
que sobre el agua refleja
un círculo de luz parda
trazando con su luz trémula.
Y allí es donde á largos pasos
en aquella noche mesma,
llegando dos embozados
con diabólica fiereza
se trabaron á estocadas
en sacrílega contienda.
Y á la luz de aquel farol
que avisa alli la presencia
del Hacedor de la vida
contra las suyas atentan.
Nadie despertando al ruido
de sus cuchilladas recias
abrió su ventana, nadie
dando á deshora la vuelta
de galenteo ó tertulia
llegó al lugar de la escena
y no hubo tampoco ronda
que á dividirles viniera.
Ellos por espacio largo
continuaron su pelea
con tenacidad furiosa
y profana irreverencia.
Al fin se oyó de uno de ellos
la voz que dijo con fuerza:
déjale, déjale! y luego
la del otro que exclamaba:
¡ah traidor, maldito seas!
A estos dos gritos, que oidos
sobre el rumor del Esgueva,
fueron desde el lecho por
el llavero de la iglesia,
se abrieron de una ventana
las encajadas maderas,
y mirando á todas partes
apareció por entre ellas
cubierta de un gorro blanco
de aquel hombre la cabeza.
Mas nada debió de ver
puesto que á cerrar volviéndolas,
quedó otra vez en silencio
la calle, el rio y la iglesia.

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Autor
José Zorrilla (1817–1893) · Wikidata Q331863
Título
Un testigo de bronce — 4 — Segunda parte
Lengua
español
Época
Modernismo
Sala
La Biblioteca
Identificador
ws-es-un-testigo-de-bronce-4-segunda-parte--jose-zorrilla-99b718
Cita recomendada
José Zorrilla, «Un testigo de bronce — 4 — Segunda parte», Poetósfera, poetosfera.com/p/ws-es-un-testigo-de-bronce-4-segunda-parte--jose-zorrilla-99b718.html

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