Ni yo tornaré a hablarte;
Vano será, pues como indócil potro
El freno tascas, y violento luchas
Contra la rienda. Nada te persuade
Ni te aplaca. Es tu cólera impotente,
No la rige prudencia. Pero escucha,
Si no me obedecieres, qué tormenta
Caerá de males sobre ti. Primero
Estas ásperas rocas se harán trozos
Con el rugir del trueno, y con la llama
Del rayo, y en su centro pedregoso
Tu cuerpo ocultarán. Tras largos días
Volverás a la luz, y el perro alado
De Júpiter, el águila sangrienta,
Encontrará en tus carnes alimento,
Y vendrá cuotidiano convidado
En tu hígado negro a apacentarse.
Ni esperes ver el fin de tu suplicio,
Hasta que un dios por ti quiera ofrecerse,
Y al Orco descender caliginoso,
Y al Tártaro profundo. Delibera
Que no son éstas vanas amenazas,
Sino anuncio seguro. No la boca
De Zeus es falsa nunca; cuanto dice
Luego se cumple. Piensa, reflexiona;
Mejor que pertinacia es la prudencia.