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PoetósferaLa BibliotecaDomingo D. Martinto

Domingo D. Martinto · Modernismo

Páginas sueltas

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¡Con qué placer, Francisco, aspira ahora

Mi pulmón fatigado el aire libre

De la verde llanura! ¡Con qué gusto

La pupila paseo por la inmensa

Planicie, cuyos vastos horizontes,

Extendidos en círculo insondable

Al rededor de mí, conmigo avanzan.

No son, no, las prisiones siempre estrechas

De la impura ciudad, las que podrían

Atraerme otra vez: prefiero en mucho

La quietud del olvido á los afanes

Del combate mortal que allí se libra

Para llegar á la opresión ó al crimen.

¿Y qué espíritu noble no se siente

Indignado al saber que en todas partes,

Cual vasta inundación, domina el vicio,

Y que ya la virtud, de Bruto amada,

Es aquí, como en Roma, nombre vano?

¿Te sonríes? ¿Me juzgas pesimista?

Mas, vuelve la mirada en torno tuyo.

Y verás al heróico Continente,

Al que ayer con titánicos esfuerzos

Sus libertades conquistó, entregado

A torpes tiranías, que ni tienen

La disculpa fatal de la victoria

Para oprimir á los cobardes pueblos.

Y verás como todos, obedientes

Al Éxito, ese dios del egoismo,

Van á rendirle ignominioso culto,

Funden en bronce la vulgar efigie

Del tiranuelo advenedizo, y hacen

Que los extraños con piedad nos miren.

¡Oh vergüenza! ¡Oh dolor! ¿Inútilmente

Tanta sangre de mártir regaría

Nuestra tierra infecunda?... Cuando sueño

Con los años gloriosos en que, unido

Por un mismo ideal, se levantaba

Desde el Norte hasta el Sud un mundo entero,

Y al romper seculares ligaduras,

A las viejas naciones asombraba;

Cuando pienso en el júbilo que entonces

Sentía el corazón, y lo comparo

Con la miseria de la edad presente,

Irresistible indignación me ahoga.

¿Qué hemos hecho nosotros de la herencia

Que nuestros padres nos legaron? ¿Dónde

Están los frutos prometido? ¿Cuáles

Los restos son de la grandeza antigua?

Degradados hístriones nos repiten,

Desde infames tribunas, que del pueblo

Llevan la voz, y el pueblo, indiferente

A la comedia vil, los oye y pasa.

Otros se dan el título de ilustres,

Y fingen con impúdica insolencia,

Despreciar el poder, y á las naciones

En larga esclavitud sumidas tienen,

Para después, grotezcos personajes,

Derramar por Europa á manos llenas

Nuestra ignominia transformada en oro.

Allí van á exponerse cual deformes

Ejemplares del vicio, y alentados

Por serviles y obscuros adulones,

Pretenden que la América reclama

Su brazo protector, y de Bolivar

El nombre augusto con cinismo evocan.

La Libertad, en tanto, moribunda,

Se revuelve en el cieno, y la Licencia

Vestida con su traje, por las calles,

Impura meretriz, al transeunte

Con gesto obsceno sin cesar provoca.

Todo cuanto la mente en otros días

Respetó y admiró de escarnio sirve:

Se desprecian las artes, el estudio

Es vana ocupación, y sólo el ruido

Del metal codiciado nos arranca

Al horrible sopor que nos invade,

A ese sopor estúpido del ebrio,

Más triste acaso que la muerte misma !

Ya no se busca en colosal torneo

La palma generosa que las Musas

Al genio triunfador brindar solían,

Cuando, hijo de los dioses, derramaba

Sobre la tierra vírgen, las simientes

De la justicia y la verdad fecundas.

Hoy sólo se apetecen y se aprecian

Los goces materiales, y por ellos

Honor y dignidad se sacrifican,

Que, falaces sírenas, con su canto

Adormecen los últimos escrúpulos

De la conciencia pervertida, y abren

A cada paso un invisible abismo.

Abismo, y grande, sí! No impunemente

Sacude el hombre estulto los cimientos

De las leyes morales: al hundirse,

Con sus ruinas cubrirán á cuantos

En tan soez demolición se gozan !

Mas, aquellos que guardan todavía

De la antigua virtud el culto austero.

¿A dónde irán á refugiarse, mientras

La ola impura sin tropiezo avance?

Lo ignoro. En los obscuros horizontes

El fulgor de la aurora no aparece;

La tiniebla domina en todas partes,

Y ciegos y sin rumbo, no acertamos

Ni á entrever el asilo donde viven

La esperanza y la paz, si todavía

Entre nosotros, por acaso, viven.

¿Debemos resignarnos? No, no puede

Impasible sufrir el hombre honrado

La cínica insolencia, el atrevido

Lujo, la audacia sin igual de aquellos

Que, impunes y felices, ante todos

El fruto vil de la rapiña ostentan!

Que la noble protesta. por lo menos,

A los labios asome, que la sátira,

Vengadora y valiente, los hostigue,

Y sepan nuestros hijos que alguien hubo

Para azotar y perseguír tiranos

En estos tiempos, como nunca, tristes.

Yo, Francisco, vencido, sin las fuerzas

Que tan ruda labor demanda al hombre,

Busco el dulce silencio y la apacible

Soledad de los campos. Aquí reina

La antigua sencillez, aquí se aspira

Un aire puro y sano, muy distinto

Del aire aquel, engendrador de fiebres,

Que en las ciudades nos sofoca y mata;

Aquí ni el odio ni el temor habitan;

Aquí, en plácido olvido, puedo siempre

Con mis libros hablar de los hermosos

Y grandes ideales, que en la vida,

Como entre nubes de tormenta el íris,

Alzan aún sus luminosos arcos,

Sin que provoque mi actitud la inicua

Risa, ó la torpe compasión del vulgo.

En las noches de Diciembre.

Cuando la atmósfera abrasa.

Y dormír parece el viento

En las inmóviles ramas

De los árboles obscuros.

Que dan sombra á la calzada.

Yo, poeta incorregible,

Recorro las calles anchas

Del pacífico suburbio,

En busca de amor y calma.

Los faroles. colocados

Á larguísimas distancias,

Con su luz discreta y suave

El nocturno cuadro bañan,

y las escenas que en medio

De la penumbra resaltan.

Á cada paso detienen

Mi indecisa y lenta marcha.

Allí un grupo de mujeres,

Viejas, jóvenes, sentadas

En el umbral de la puerta

Ó en toscas sillas de paja,

Súbitamente interrumpe

La alegre y confusa charla,

A la voz del organillo

Que, en la esquina, un wals ensaya.

Otro grupo de muchachos

Corriendo y gritando pasa,

Mientras un carro, perdido

En la sombra, con pesada

Lentitud y sordos golpes,

Como negro monstruo, avanza.

Ya en el aire adormecido

Vuelan las notas aladas,

Con que en el piano interpreta

Melancólica romanza

Alguna sencilla joven,

Flor y orgullo de la casa.

Me acerco entonces temblando

Á la entreabierta ventana,

Y con delicia, mis ojos

Se detienen en la sala,

Donde al májico instrumento

Presta la joven un alma.

Escucho... sueño en los goces

Que ese hogar humilde guarda,

En mi profundo abandono.

En mis muertas esperanzas...

Me retiro al fin. Las calles

Están más tristes, más vastas

Se me figuran las sombras,

La luz, más débil y escasa,

Y en mís oidos atentos

Vibra siempre la romanza.

Como las diosas de la edad pagana.

En esta edad. rebelde á la alegría.

Tú, Belén, representas todavía

La apoteosis de la forma humana.

En tu cuerpo la línea soberana

Triunfa y ostenta toda su osadía,

Y de tus labios rojos, la armonía.

Como la. miel de los panales. mana.

Del diforme dolor la huella impura

Ni las horas amargas del desvelo

Empañaron jamás tu frente erguida.

Todo es grande y divino en tu hermosura.

Y en tus ojos profundos como el cielo,

Rie en su eterna juventud, la vida.

¡Es Octubre, el mes ansiado!

De mil aromas cargado

Está el aire abrasador,

y de los bosques espesos

Surgen rumores de besos,

Vuelan suspiros de amor.

¡Ven, oh mí gloria! ¡oh mi vida!

Sobre la yerba mullida

Podremos, juntos, soñar

Con las distantes quimeras,

Con las mustias primaveras

En que aprendimos á amar.

También, entonces, del mundo

Brotaba el himno jocundo

De la vida y del placer;

También entonces reía,

Como en los cielos el día.

La esperanza en nuestro sér.

¡Dichosos fuimos!... ¿Qué importa

Que esa dicha, larga ó corta,

Como todo, huyera al fin,

Si hasta en los crudos rigores

Del invierno, algunas flores

Conserva siempre el jardín?

Ellas nos bastan ¡ oh amiga!

Para olvidar la fatiga.

El invencible dolor

Que al alma sola consume,

y es eterno su perfume

Como es eterno el amor!

¡Todo ha cambiado! ¡Todo

Lenguaje extraño me habla!

Al ruido que despiertan

Mis tímidas pisadas,

No acuden, como un tiempo,

Los seres que me amaban,

Y en el camino oculto

Bajo la yerba aciaga,

Que en vez de flores crece

Delante de la casa,

Mis ojos no distinguen

Las huellas de sus plantas.

El viejo banco, donde

Felices, entusíastas,

Como gemelas rosas

Se abrieron nuestras almas,

Espera inútilmente

La amante cita diaria.

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Autor
Domingo D. Martinto
Título
Páginas sueltas
Lengua
español
Época
Modernismo
Sala
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Identificador
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Cita recomendada
Domingo D. Martinto, «Páginas sueltas», Poetósfera, poetosfera.com/p/ws-es-paginas-sueltas--domingo-d-martinto-1e472f.html

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