¡Qué de dolores el temor me anuncia!...
Sus reales deja la enemiga hueste;
Ved cuál cabalgan y se acercan ya...
Muda señal, pero veraz, segura,
Es la nube de polvo que levantan
Sus rápidos corceles, con los cascos
La tierra sacudiendo estremecida...
El estrépito crece,
Y ya se acerca más...
Es cual torrente que del monte baja,
Invencible corriendo a la llanura.
¡Piedad, celestes dioses;
Grandes diosas, piedad!
Con un clamor que hasta los muros se alza,
Ataca la ciudad la muchedumbre,
De escudos refulgentes adornada.
¿Quién nos defenderá? ¿Quién de los dioses
Lidiará en mi favor? ¿De qué demonio
Abrazaré la veneranda estatua?
¡Vuestras sedes espléndidas,
Oh dioses, proteged!
Mas ¡oh lamentos vanos!
¿El ruido no escucháis de astas y escudos?
Acudamos con peplos y coronas,
Las aras de los dioses a ceñir.
¡Oh dios del áureo yelmo,
Ares, señor antiguo de esta tierra,
Defiende la ciudad que tanto amaste.
Venid todos, ¡oh dioses tutelares!
Las vírgenes tebanas os imploran,
De fiera servidumbre amenazadas.
En torno a la ciudad muge una ola,
Por el soplo de Ares encrespada,
Una turba guerrera,
De empenachada y hórrida cimera.
¡Oh Zeus, Padre del éxito felice!
Ahuyenta al enemigo.
Mira cercada la ciudad de Cadmo
Por el terror de las hostiles armas
Del iracundo Argivo;
Los frenos aligados
De sus bridones a la horrenda boca,
Gimen en son de muerte;
Y los siete caudillos
Soberbios con espléndida armadura,
Van a las siete puertas,
Do su lugar les señaló la suerte.
¡Defiende la ciudad, hija de Zeus,
Palas, en los combates vigorosa!
¡y tú, Poseidón, que corceles domas,
En los mares potente,
Defiéndanos tu diestra y tu tridente!
De Cadmo el nombre y la progenie clara,
¡Ares, Ares!, protege.
Y a ti, Cipria, también, pues de tu sangre
La nuestra ha procedido,
Nuestros fervientes ruegos dirijamos;
Y a ti, rey del Liceo,
Porque cual lobo rujas
Contra la hueste aquea,
Y a ti, Latonia virgen,
Del arco y las saetas decorada.
¡Ay! ¡Ay qué ruido siento, oh alma Juno,
De carros y caballos
En torno a la ciudad!...
¡Cómo los ejes so la carga gimen!
¡Cómo rechinan las veloces ruedas!
Cúbrese el aire de volantes dardos.
¿Qué suerte nos amaga? ¿Qué destino
Nos guarda Dios? En las almenas llueve
Piedras, y de los cóncavos escudos
Resuena el bronce. A ti concedió el Padre
El santo oficio de la justa guerra,
¡Oh reina Onca! La ciudad ampara
De siete puertas. ¡Prepotentes dioses,
Supremos de esta tierra tutelares!
No entreguéis la ciudad a gente dura
Y de extranjera lengua. Oíd el ruego
De las castas doncellas, y propicios
Este pueblo mirad, que en las orgías
Honró con muchas víctimas las aras.