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Esquilo · Medieval

Los siete contra Tebas — El coro: vv. 288 - 374

español

EL CORO
¡Oh rey! Te obedecemos;
¡Mas nuestro pecho de temor se agita,
Y un punto no sosiega,
Ni cesan los cuidados veladores
De presentarnos la tremenda imagen
De la hueste enemiga
Que nuestros muros cerca!
Temblamos como tiembla la paloma
En el caliente nido, por su prole,
Cuando el dragón insidias le prepara.
¿Qué suerte nos espera?
Unos atacan las erguidas torres
En escuadrón cerrado;
Otros, de piedras áspero granizo
A la ciudad arrojan.
¡Dioses nacidos de Saturnia estirpe,
El pueblo proteged de los Cadmeos!
¿Qué suelo encontraréis como el de Tebas,
Si abandonáis a los hostiles dioses
Esta región frugífera,
Y de Dircea las salubres ondas,
Cuales nunca Poseidón,
El que la tierra abraza,
Ni las hijas sin número de Tetis,
Arrojan de sus urnas,
Para calmar la sed de los mortales?
¡Oh tutelares númenes!
¡Al enemigo bando
Lanzad la destrucción: Ate funesta,
La lanza matadora de varones,
La que sus armas rompe y desbarata!
De gloria coronad a los tebanos,
Presidio sed de vuestros templos y aras,
Inmóviles en ellos.
¡Cuán triste es ver a la ciudad Ogigia,
Despojo de la lanza,
Sepultada en el Orco,
O a triste servidumbre reducida;
Sin gloria devastada
Por el furor aqueo;
Aventadas las sórdidas cenizas,
Y madres y doncellas,
Rotas las vestes, los cabellos sueltos,
Cual yegua por las crines arrastrada!
¡Moribundos cautivos
Llenan con su clamor los anchos foros
De la ciudad saqueada!
¡Cuán triste es ver a la violada virgen,
Que aún no probó de Himene los halagos,
Apenas de los brazos
Sale de sus injustos forzadores,
Que el fruto sin sazón arrebataron,
Dejar la tierra y la paterna casa!
¡Oh mil veces feliz la que antes muera
De ver miseria tanta!
Rapiña y destrucción, muerte e incendio,
Humo que el aire turba y ennegrece;
Y Ares en tanto, de piedad desnudo,
De pueblos domador, la llama atiza.
Clamor confuso en la ciudad resuena;
Fuera de la ciudad, los enemigos
Forman vallado cual de fuertes torres,
Lanza con lanza, escudo con escudo;
Sucumben los varones,
Y los lactantes niños
Lanzan vagidos de su sangre llenos.
En medio a la rapiña,
Los fieros vencedores
Se estorban mutuamente y se sofocan,
O se juntan tal vez por ayudarse;
Mas luego se dividen,
Cada cual mayor presa ambicionando.
Yacen en el camino
Las esperanzas de la mies perdidas,
Los frutos arrancados,
Y acerbo llanto el labrador derrama.
Van en turbios raudales
De la tierra los dones más preciosos,
Y las dorias esclavas,
Con llantos y gemidos,
El tálamo nefando
A voluntad del vencedor, esperan.
¡Sólo la eterna noche
Podrá acabar su poderosa vida!

SEMICORO 1º
Mirad, amigas, ya del campo viene
El fiel explorador; nos traerá nuevas;
Presuroso hacia aquí sus pasos guía.

SEMICORO 2º
Pues también nuestro rey, hijo de Edipo,
Se dirige hacia acá por escucharle,
Y no es menos veloz el paso suyo.

EL MENSAJERO
Ya sé cuánto prepara el enemigo,
Y qué caudillo destinó la suerte
A cada puerta. En la de Preto brama
Tideo; porque, infaustos los augurios,
Del Ismeno le aparta el sacro vate.
Pero él, furioso y anhelando lucha,
Ruge como el león al mediodía,
Y de Éclides, profeta venerando,
Torpe se mofa, y le llamó cobarde,
Adulador del miedo y de la muerte.
Los tres penachos del radiante yelmo
Feroz sacude, y del broncíneo escudo
Las sonantes, espléndidas labores
Bajo la mano, en son de guerra, gimen.
Lleva en su escudo, por soberbia insignia,
El espléndido cielo coronado
De innúmeras estrellas, y la luna
En medio del broquel, la luna llena,
Ojo y señora del horror nocturno.
Así, adornado de fulgentes armas,
En la ribera del sagrado río,
Clama por arrojarse a la pelea,
Como fiero corcel que muerde el freno,
Si de bélica trompa el son escucha.
¿Quién le opondrás? ¿Quién de valor tan grande
Que la Prétida puerta le defienda,
Si sus canceles impetuoso rompe?

ETEOCLES
Nunca temí la pompa de Tideo;
No hieren las empresas del escudo,
Ni del yelmo penachos y cimeras,
Sino la aguda lanza. Y esa noche
Que me dices que lleva en el escudo,
Con rutilantes astros adornada,
Agüero podrá ser de su destino;
Si cerrare sus ojos moribundos
La negra noche, ese blasón fastuoso
Responderá muy bien a lo que ostenta,
Él mismo contra sí profetizando.
Enfrente de Tideo, al sabio hijo
Pondré de Astaco, el de progenie clara,
De insolencia odiador; tardo y certero;
El que a la honra como a un Dios venera.
Es hijo de la tierra Menalipo,
De los sembrados héroes descendiente
Que Marte perdonó. Juzgará Marte
La incierta lid. A Menalipo mueve
Filial amor, para romper osado
Lanza enemiga del materno suelo.

EL CORO
Dad a mi defensor, propicios dioses,
Ayuda en la pelea,
Pues tan justo campeón cual Menalipo
Defiende nuestra tierra.
Mas ¡ay! yo temo ver de mis amigos
La destrucción sangrienta.

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Autor
Esquilo
Título
Los siete contra Tebas — El coro: vv. 288 - 374
Lengua
español
Época
Medieval
Sala
La Biblioteca
Identificador
ws-es-los-siete-contra-tebas-el-coro-vv-288-374--esquilo-c80eb8
Cita recomendada
Esquilo, «Los siete contra Tebas — El coro: vv. 288 - 374», Poetósfera, poetosfera.com/p/ws-es-los-siete-contra-tebas-el-coro-vv-288-374--esquilo-c80eb8.html

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