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PoetósferaLa BibliotecaÁngel de Estrada

Ángel de Estrada · Vanguardias / s. XX

Los espejos

español

En las penumbras misteriosas, viven

Meditabundos, con la faz nublada;

Al reflejar las cosas, las conciben

Con tristezas de ensueño en la mirada,

Y acentuado el silencio,, por rumores

Fugitivos y leves acaricia,

Sus adormidos lánguidos fulgores

Con muelle y blanda singular delicia.

Cuando la luna soñadora lanza

Sus besos blancos, y á filtrarse empieza

Por los cristales, si á un espejo alcanza,

Florece su fantástica belleza.

Hace él con nieve de la luz, espuma,

Y espuma desterrada de su astro;

Lágrimas llora de impalpable bruma

Prisionera en contornos de alabastro,

Ved cual retrata la celeste esfera

Vivo espejo de lago rutilante,

Y ved al mundo del dolor, quimera

Que se evapora en su cristal sonante

Con que gloriosa lumbre llena el seno

De las profundas aguas lo infinito,

Bajo la curva del zafir sereno

En paz inmensa, sin la voz de un grito;

Y entre los dos espacios, suspendida,

Su Ensueño mece con hechizo el alma,

Como una nube de algodón dormida

En un ambiente de sublime calma!

Entre exótícas hojas de esmeralda

Brillan al son de la febril orquesta,

Y tejen sus reflejos, la guirnalda

De la alegría en la galante fiesta.

Si se miran las lunas nigromantes,

De una imagen, imágenes difunden,

Ligándolas así como vibrantes

Arpas, sonidos acordados funden.

Y flotantes, aéreas, repetidas

En sus nimbos quiméricos las cosas,

Encienden al morir desvanecidas

El ansia de las huellas luminosas.

Así lejos de labios convulsivos,

Entre los tules de espumoso rastro,

La blonda mata de sus oros vivos

Contemplé destellante como un astro.

¡Y hacía padecer! ¡Oh caravana

Del Ensueño inmortal! por el espejo

Vedte á la luz de sensación lejana

En el encanto del gentil reflejo.

Los arabescos en los campos de oro,

Porcelanas, bugias, resplandores,

Las leves formas del cristal sonoro

Desplegando sas risas de colores;

Pensamientos de vírgenes del cielo

Corporizados en fragantes rosas,

Lienzos que cantan el febril anhelo

De las almas, con tintas prodigiosas;

Todo lo hechizan, todo se hermosea

En la frente dormila del semblante,

Como si el soplo que estremece y crea

Los abrasara en lumbre palpitante.

Ah! Si sentís la plenitud del cielo,

Con los ojos cargardos de tristeza,

Y lo que vive, con el vivo anhelo

De hallar el alma de su ideal belleza;

Y toda sensación, como sonido

Huye en alas de leve movimiento,

Y os deja, con recuerdos sin sentido,

Angustias al estéril pensamiento:

Al mirar como rozan un espejo

Los engarces de luces y colores,

Y contornos y lineas, sin un dejo

Estelar del tumulto de primores;

Crecerá vuestra pena palpitante

Sobre su nimbo luminoso y yerto,

En que armoniza con lu luz vibrante

El frío extraño de la piel de un muerto.

En el hogar que reflejara un dia

Opulento y feliz, leyó en aurora,

Sin sol de regocijo, la elegía

De los adioses que entre cirios llora.

Mujeres, danzas, y la danza aguella

Encantadora de los trajes, nunca

Volvió á mirar en los salones, bella;

¡Hiedra envolvía la columna trunca!

Desde entonces parece que refleja

La pensativa luna de la casa,

Una sombra, que es símbolo de queja

En el recuerdo del dolor que abrasa

Al mustio corazón del que la mira,

Y al evocar el rostro, la cabeza

Que ya no puede reflejar, suspira,

Cubriendo su cristal con su tristeza.

Severas las ferales colgaduras

Tapizan el salón; sin un ruido,

Está el aire entre viejas envolturas

En el silencio sepulcral dormido.

Un billete de letra amarillenta

Nostálgico de un tiempo de fulgores,

Galante intriga de aventuras cuenta

Al polvo tenue de olvidadas flores.

Se piensa que si se abrén los armarios

Esparciránse en voluptuosos giros,

Sacudiendo sus gláciles sudarios.

Madrigales, perfumes y suspiros.

Y numen elegiaco de la sala,

Sobro fondo sombrío en un testero,

Sutil tristeza misteriosa exala

El retrato de noble caballero.

Entre dibujos de espejuelos blancos

Redonda luna de Venecia, crece;

Platineas sierpes corren por sus flancos,

Y en el hastío esteril, envejece.

Cual arpa muda que el pesar concibe

Está el reloj ornamental, erguido;

Meditando en que el tiempo ya no, vive

En el vaivén del péndulo mecido.

Parece que el espejo reverbera

Con la quietud de los tapices mudos,

El solemne silencio de su esfera

Coronada por ángeles desnudos:

Y por sobre él, sobre la luna, vivos,

Con inquietante lucidez que asombra,

Reflejan pensamientos aflictivos.

Los ojos del retrato de la sombra!

Al ultimo viviente que sus bellos

Rulos dorados reflejó de niño,

Fijaba taciturno en sus destellos

Tocado ya por el fatal armiño.

Y un dia ante su imagen reflejada

Vertió el viejo dos lágrimas ansiosas;

Quizá al ver del espejo en la mirada

El adiós pensativo de las cosas.

Vinieron otros, pero ya evocados

No vieron en su luna antiguos dias,

Ni extinguidos semblantes adorados

Con recuerdos de penas y alegrías.

Y es su asilo el desván: de las cornisas

Cuelga en girones polvoroa malla;

Húmedo alicato de las acres brisas

Corrompe el oro de su dura talla.

Y al mirarse un instante en sus reflejos

En pleno amor de juventud sonriente,

Con el tinte amarillo de los viejos

De la caricia de su luz; se siente:

La rara angustia con que el alba roza

Del cuerpo insomne las nocturnas huellas,

Cuando Psiqué tras de la fiesta hermosa

Ve apagarse las pálidas estrellas.

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Por su autor
Ángel de Estrada
Dónde vive
La Biblioteca

Expediente

Autor
Ángel de Estrada
Título
Los espejos
Lengua
español
Época
Vanguardias / s. XX
Sala
La Biblioteca
Identificador
ws-es-los-espejos--angel-de-estrada-ba82ba
Cita recomendada
Ángel de Estrada, «Los espejos», Poetósfera, poetosfera.com/p/ws-es-los-espejos--angel-de-estrada-ba82ba.html

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