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PoetósferaLa BibliotecaEvaristo Carriego

Evaristo Carriego · Modernismo

Las últimas etapas

español

Ya puestos en camino,

la fuerza propulsora de la marcha

nos impele a seguir, con la serena

actitud, sin desmayos, de la causa

sustentora de un ideal glorioso,

que luce sus ensueños de esperanza

como flámulas rojas que flotasen

en girones de carnes torturadas.

Nos impele a seguir. Siempre la brega

deja un poco de fiebre sobre el alma,

en la frente un fulgor, y en la pupila

la radiante visión de las etapas;

etapas de dolor, hechas teorías

de credos inefables, de parábolas

de lengua incomprendida que pasasen

en la locomoción de las audacias,

¡como una blanca tropa de lirismos

por inmortales rutas incendiadas!

Preciso es continuar. Todas las dudas

que agobian la cabeza con su carga,

son grilletes fatales del cerebro

y su sitio mejor está en la espalda.

Arrojémoslas, pues. En el avance

hay un cóndor audaz que no se arrastra:

cóndor es la pasión, jamás sujeta,

de las vidas enfermas de ser sanas.

¡Con rumbo hacia lo azul: aunque deslumbre

lo intenso de la luz, hay que mirarla!

Los primeros fulgores,

quemarán, tras la noche de las ansias;

la primera visual que los descubra

ocultos en la sombra impenetrada,

así como una antorcha cuyo fuego

ardiese el brazo que la levantara.

¡Insanías de amor, que los enfermos

del manicomio de ese Ideal contagian!...

¡Locos, venid! Yo quiero aquí, en el canto,

soltar al viento un corazón con alas:

Los discretos normales podrán, sólo,

arrojarnos las piedras de sus lástimas...

¡No haya vacilación! El derrotero

se ha poblado de enérgicas constancias;

pero, porque no siempre en el peligro

hay carne de temblores libertada,

también es necesario

hacer que resplandezcan llamaradas,

del fecundo calor de un entusiasmo,

en la quietud mortal que todo embarga,

¡como una floración de primaveras

en el propio pais de las escarchas!

Si se llagan los pies en el camino,

más firme, mucho más, será la marca:

en la senda candente que cruzamos

se ve mejor la huella ensangrentada.

Alienten la Epopeya,

los himnos fraternales de esperanza

alzados entre vítores y músicas

con el clamor de las protestas bravas,

como un beso de paz sobre una inmensa

cicatriz que dejase la jornada,

y en cármenes de púrpura

resurjan reventando sus fragancias

¡todas las rosas del Amor perenne

que perfuman la enorme caravana!

Y en el salmo coral, que sinfoniza

un salvaje ciclón sobre la pauta,

venga el robusto canto que presagie,

con la alegre fiereza de una diana

que recorriese como un verso altivo

el soberbio delirio de la gama,

el futuro cercano de los triunfos,

futuro precursor de las revanchas;

el instante supremo en que se agita

la visión terrenal de las canallas,

los frutos renovados

en la incesante fuerza de las savias,

del germen luminoso que cayera

en el resurgimiento de las almas,

¡como una rubia polución de soles

en el vientre del surco derramada!

¡Un ensueño en camino,

que sufre la obsesión de la montaña,

bajo la plenitud de las auroras

que alumbran los tropiezos de la marcha!

No hay obstrucción posible: es el Principio

la promesa del Fin. Arde en la llama

de la hoguera moral, el negro escombro

de la atávica Torre de ignorancias,

madre de ese temor: lo incognoscible,

cuyos tupidos velos desgarrara,

en la prisión intelectual más honda,

— rechazando el concepto de la Nada —

la verdad de la Ciencia hecha Justicia

al procesar la Esfinge del Nirvana!

La gesta de las causas en los siglos,

no ha bordado poemas en sus páginas.

El libro de los mártires no tiene

sino una historia de grandezas trágicas,

de sangre floreciendo en el tormento

sus azucenas que parecen lacras...

¡Clarín de los suplicios cuyas voces

en las generaciones se dilatan!

Toda Idea fué así. ¡Dolor bendito

de heridas que supuran enseñanzas!

Al lado de la Cruz está la Horca,

— y es bueno no quererlas separadas —

¡el leño o el dogal: hablen las épocas,

pues la Cruz y la Horca son hermanas!

Y por eso en la lidia,

camino al porvenir de la Cruzada,

coronando el pendón de las bravuras

los trofeos, aun tibios, se levantan,

como ejemplos viriles anunciados

en la fulguración de la escarlata,

desde sórdidos pulpitos sangrientos

por muertos sacerdotes que aun tronaran

palabras de rencor, hechas conjuros,

predicando el sermón de las venganzas!

Triste labor del Odio,

que desata sus hordas de amenazas,

diciendo su creación demoledora

a las hoscas angustias de la Raza.

Los tremendos instantes de la prueba

saben de los martillos que no aplastan

los ímpetus hermosos, más hermosos

después del golpe que sobre ellos baja;

y en la espera, nerviosa, del momento

del derrumbe final; la última etapa,

a través de las brumas sigilosas

que puedan ocultar la Ciudad blanca,

se descubren, allá, en otro horizonte,

espléndidas auroras que se alzan,

los risueños Orientes — ¡bienvenidos! —

los iris eternales del mañana;

¡arcos gloriosos de los triunfos nuevos

por donde toda la Epopeya pasa!

Y tras el loco batallar de siglos,

así como después de la jornada

en infinitas gotas se traduce

la honra del sudor sobre las caras,

sobre las rudas frentes, pensativas

como un viejo Pesar que meditara,

la cicatriz de sangre se resuelve

en agua de Perdón que todo lava,

en agua dulce y bautismal, borrando

las huellas más infames, más amargas,

¡como un Jordán de Olvido que quitase

hasta el recuerdo mismo de las manchas!

Preciso es continuar; cada desmayo

hace ver insalvables las distancias.

En la estéril noción de lo imposible,

los músculos morales se relajan,

y en el afán que el miedo empequeñece

se ven lejos las cumbres más cercanas.

La formidable voz de anunciaciones

extremece el ambiente con sus vastas

repercusiones de tonantes notas,

cubriendo las necrópolis de calmas.

La anunciación postrer que se divulga

con los alertas de cerebros-guardias.

...Muertos odios que vuelven en caricias

las opresiones de la lucha bárbara,

¡como una herida que revienta en flores

y perfuma las vendas maculadas!

...Ya puestos en camino,

no se esquiva el obstáculo: se aparta.

La senda libre de cualquier tropiezo

nunca fué la más digna de la planta

encallecida en la ascensión penosa

del breñal que la suerte deparara.

Así va la legión, atravesando

los últimos espacios que separan

del rumbo abierto al porvenir soñado,

como ruta augural, por donde marchan

las sombras fugitivas del silencio,

en larga proyección, cantando hosannas

si triunfantes por fin, y si vencidos:

cayendo frente al Sol, como las águilas!

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Autor
Evaristo Carriego (1883–1912) · Wikidata Q188798
Título
Las últimas etapas
Lengua
español
Época
Modernismo
Sala
La Biblioteca
Identificador
ws-es-las-ultimas-etapas--evaristo-carriego-0c0f7a
Cita recomendada
Evaristo Carriego, «Las últimas etapas», Poetósfera, poetosfera.com/p/ws-es-las-ultimas-etapas--evaristo-carriego-0c0f7a.html

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