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PoetósferaLa BibliotecaEvaristo Carriego

Evaristo Carriego · Modernismo

La viejecita

español

Sobre la acera, que el sol escalda,

doblado el cuerpo — la cruz obliga —

lomo imposible, que es una espalda

desprecio y sobra de la fatiga,

pasa la vieja, la inconsolable,

la que es, apenas, un desperdicio

del infortunio, la lamentable

carne cansada de sacrificio.

La viejecita, la que se siente

un sedimento de la materia,

deshecho inútil, salmo doliente

del Evangelio de la Miseria.

Luz de pesares, propios o ajenos,

sobre la pena de su faz mustia

dejan estigmas, de dolor llenos,

entristeciendo su misma angustia;

su misma angustia que ha compartido,

como el mendrugo que no la sacia,

con esa niña que ha recogido,

retoño de otros, en su desgracia.

Esa pequeña que va a su lado,

la que mañana será su apoyo,

flor del suburbio desconsolado,

lirio de anemia que dió el arroyo.

Vida sin lucha, ya prisionera,

pichón de un nido que no fué eterno.

¡Sonriente rayo de primavera

sobre la nieve de aquel invierno!

Radiación rubia de luz que ärde

como un sol nuevo frente a un ocaso,

triste promesa, mujer más tarde

linda y deseada que será, acaso,

la Inés vencida, la dulce monja

de los tenorios de la taberna,

cuando el encanto de la lisonja

le dé su frase nefanda y tierna.

— Ritual vedado de sensaciones

trágicos sueños, fiebres aciagas,

hostias de vicios y tentaciones

de las alegres jóvenes magas...

¡Que de heroínas, pobres y oscuras,

en esos dramas ¡cuantas Ofelias!

Los arrabales tienen sus puras

tísicas Damas de las Camelias —

Por eso sufre, la mendicante,

como una idea terrible y fija

que no ha empañado su amor radiante

por esa hija que no es su hija.

Mas sus bellezas de renunciada

jamás del crudo dolor la eximen...

¡sin haber sido, siquiera, amada

se siente madre de los que gimen!

Madre haraposa, madre desnuda,

manto de amores de barrio bajo:

¡es una amarga protesta muda

esa devota de San Andrajo,

que conociese sólo los besos

de rudos fríos en los portales,

como descanso para sus huesos

solo le dieron los hospitales!

Girón humano que siempre flota

sobre sus ansias indefinibles,

bondad enferma que no se agota

ni en las miserias irredimibles

que la torturan, sin un olvido

para sus lacras, para su suerte:

con la certeza de haber vivido

como un despojo para la muerte!

Por eso, a veces, tiene amarguras,

tiene amarguras de derrotada,

que se traducen en frases duras

y dan en llanto de resignada;

pues nunca supo la miserable,

de amor alguno, grande o pequeño,

que la alentara, no le fué dable

sobre la vida soñar un sueño.

La dominaron los sinsabores,

que la flagelan como a inocente:

¡en la vendimia de los amores

fué desgranado racimo ausente!

Fué la azucena sobre el pantano,

flor de desdichas, a libertarla

no vino nadie, no hubo una mano

que se tendiese para arrancarla.

Sin transiciones, siempre vencida,

ni en el principio de su mal mismo

tuvo las glorias de la caida:

Su primer cuna ya era el abismo.

Bajo un hastío que no deseara,

pasó su noche sin una aurora

sin que en la vida la conturbara

ni una impaciencia de pecadora.

Y así, ha guardado con sus pesares

como un reproche, que se refleja

en las arrugas, sus azahäres

de nunca novia, de virgen vieja.

Los años muertos sólo dejaron

esa agonía que no la mata...

¡Jamás a ella la aprisionaron,

como entre flores, rejas de plata!

Forjó ilusiones, y las más leves

la sepultaron como en escombros;

sobre su testa cayeron nieves

y honras de arapos sobre sus hombros.

Porque fué buena, dió en la locura

de cubrir todas sus cicatrices:

puso los besos de su ternura

en sus hermanos, los infelices.

Por eso, a veces, tiene su duelo

en sus cansados ojos sin brillo,

llantos que caen como un consuelo

sobre las llagas del conventillo.

Carne que azotan todos los males,

burla sangrienta de los muchachos,

dádiva y sombra de los portales,

mancha de vino de los borrachos:

Ahí va la vieja, como una hiriente

fórmula ruda de una ironía:

llena de sombras en la esplendente,

en la serena gloria del día.

Tal vez alguna visión extraña

ha conmovido su indiferencia,

pues ha cruzado triste y huraña

como una imagen de la demencia.

¡Y allá — sombría, y adusto el ceño,

obsesionada por las crueldades —

va taciturna, como un ensueño

que derrotaron las realidades!

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Autor
Evaristo Carriego (1883–1912) · Wikidata Q188798
Título
La viejecita
Lengua
español
Época
Modernismo
Sala
La Biblioteca
Identificador
ws-es-la-viejecita--evaristo-carriego-acd097
Cita recomendada
Evaristo Carriego, «La viejecita», Poetósfera, poetosfera.com/p/ws-es-la-viejecita--evaristo-carriego-acd097.html

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