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PoetósferaLa BibliotecaMiguel Moreno Ordóñez

Miguel Moreno Ordóñez · Modernismo

La garza del Alisar

español

.mw-parser-output .wst-largeinitial{font-size:3em;line-height:0.5;vertical-align:baseline;margin:0em .05em 0em 0em;font-family:inherit}Tendido sobre una roca,

orillas del Macará,

suelta el ala del sombrero,

melancólica la faz,

macilento y pensativo

joven simpático está,

que así le dice á un correo

de Cuenca, lleno de afán:

—Correo que vas y vuelves

por caminos del Azuay,

adonde, triste proscrito,

ya no he de volver jamás;

di, ¿qué viste de mi Cuenca

en el último arrabal,

en una casita blanca

que á orillas del río está,

coronada de un molino,

perdida entre un alisar?

—Diez días há que saliera

de los valles del Azuay:

yo vi del río á la margen

la casa de que me habláis,

coronada de un molino,

perdida entre un alisar.

—Está bien, ¿pero no viste

en este sitio algo más?...

—Os contaré, pobre joven,

que vi una tarde, al pasar,

una niña de ojos negros

y belleza angelical,

toda vestida de blanco,

vagando en el alisar...

—¡Ay!, no te vayas, correo,

por Dios, suspende tu afán;

tú, que dichoso visitas

las calles de mi ciudad,

aunque estés de prisa, dime

de esa joven algo más.

—Caballero, cual los vuestros,

cual los vuestros eran, ¡ah!,

los ojos encantadores

de esa niña del Azuay:

tras de unas negras pestañas,

como el sol que va á expirar,

velado por densas nubes

que enlutan el cielo ya,

melancólicos, á veces,

miraban con grande afán

á todos los caminantes

que entraban á la ciudad.

Pobre niña, pensativa,

cubierta la hermosa faz

con sombras de honda tristeza

y una palidez mortal,

otras veces contemplaba

las hojas del alisar

que, arrastradas por el río,

no volverían jamás.

Pobre niña, no lo dudo,

estaba enferma, quizá

ese momento se hallaba

pensando en la eternidad.

—¡Ay!, mi correo, correo

tan veloz en caminar,

tú que dichoso transitas

por donde mi amor está,

dime, por Dios, si supiste

de esa joven algo más.

—Cuando una vez de mañana

paseábame en la ciudad,

vi esparcidos por el suelo

rosas, ciprés y azahar,

que formaban un camino

que, yendo desde el umbral

de una iglesia, terminaba

en la casa de que habláis.

Luego escuché en su recinto

el tañido funeral

de una campanilla, y luego

de la salmodia el compás,

y olor de incienso espiraba

el ambiente matinal...

—Dime, amigo, ¿no supiste

quién se iba á sacramentar?

—Una niña á quien llamaban,

por su nivea hermosa faz,

porque de blanco vestía,

¡La Garza del Alisar!

—¡Oh! ¡Basta, basta, no sigas!

Es ella... ¡Suerte fatal!...

¿Y habrá muerto?...— Era de noche

cuando dejé la ciudad.

«olor á cera y á tumba»

percibí en el Alisar...

—¡Valor! No tiembles, termina...

¡Mi suplicio es sin igual!...

—¡Infeliz! Yo vi las puertas

de la casa...—¡Acaba ya!...

— Con un negro cortinaje,

abiertas do par en par...

—¡Bendito seas. Dios mío,

acato tu voluntad!

Ella muerta, yo entretanto

proscrito, enfermo, jamás,

jamás veré aquellos ojos

que empezaban á alumbrar

mi camino... nunca, nunca,

sino allá en la eternidad...

Miguel MORENO.

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Autor
Miguel Moreno Ordóñez
Título
La garza del Alisar
Lengua
español
Época
Modernismo
Sala
La Biblioteca
Identificador
ws-es-la-garza-del-alisar--miguel-moreno-ordonez-65e7d2
Cita recomendada
Miguel Moreno Ordóñez, «La garza del Alisar», Poetósfera, poetosfera.com/p/ws-es-la-garza-del-alisar--miguel-moreno-ordonez-65e7d2.html

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