I
Cuando nació en el agua que rompe en las arenas,
a Chipre, entre sus brazos, las pálidas sirenas
trajéronla, diciendo monótono cantar.
Cuando enjugó en la orilla su cabellera blonda,
las gotas que cayeron sobre la móvil onda
las perlas son que, avaro, guardó en su fondo el mar.
II
Cuando entreabrió los ojos, cual rayo de alegría,
bañó tierras y cielos la luz de un nuevo día,
vibraron más los astros, brilló más rojo el sol.
Ardieron las hogueras sobre las pardas cumbres,
y hasta Diana excelsa, vestida de albas lumbres,
tiñó las tenues nubes con cálido arrebol.
III
Cuando entreabrió los labios, las inodoras brisas
el inconstante vuelo pararon indecisas
para aspirar el ámbar nacido en su carmín.
Y al recorrer de nuevo los valles y las lomas,
llenaron los espacios con célicos aromas
de rosa y de violetas, de nardo y de jazmín.
IV
Marchó, y el cadencioso, gallardo movimiento
las palmas imitaron cimbrándose en el viento,
las nubes en los cielos flotando el blanco tul,
los cisnes en las aguas, la cierva en las praderas,
y hasta en el ancho espacio las fúlgidas esferas
rodaron armoniosas por la extensión azul.
V
Hablé, y la fuente quiso copiar su dulce arrullo;
el céfiro en las ramas, con plácido murmullo,
fingió el suspiro tierno que arrebató veloz.
Y las calladas aves, en los frondosos huertos,
formaron todas juntas los mágicos conciertos
que, aun hoy, remedan vagos los timbres de su voz.
VI
Del beso de la tierra, los cielos y los mares,
nació la que hoy adoran de Chipre en los altares;
su enamorado esposo el dios del fuego es.
La Guerra entre sus brazos semivencida duerme,
y del triunfante Baco, su débil mano inerme
los sanguinarios tigres encadenó a sus pies.
VII
Por premio en el certamen ganó de la hermosura
el rico fruto de oro, y a su gentil cintura
atáronle las Gracias el blanco ceñidor.
Su símbolo es el mirto, que el aquilón no troncha;
su carro de batalla la nacarada concha;
sus invencibles armas las flechas del Amor.
VIII
Cantemos a la diosa en cuyo templo augusto,
sobre las limpias aras, el sacerdote adusto
no inmola ser alguno con matador puñal.
Llevámosle de Arabia las olorosas gomas,
del Pindo y del Coëta las cándidas palomas
y del sagrado Egipto la rosa virginal.
Desde las rocas de la cumbre escuchan
Platón y sus discípulos, atentos
los cantos de las naves, y repiten
a medía voz sus armoniosos metros.
La luz tranquila de la tarde clara;
la soledad callada; el casto beso
de la apacible brisa; el son lejano
de las acordes liras; los reflejos
de los dormidos mares; los efluvios
de las silvestres flores, y el concierto
de las aves que anidan en los bosques
de olivos y laureles, todo a un tiempo
la mente inclina a meditar, y todos
su vista al rostro de Platón volvieron.
«Sí -les dijo el filósofo-, la diosa,
cuya dorada hebra
rayo es del sol, y cuyo pie a la rosa
dio su color purpúreo, la graciosa
fiesta en los templos del amor celebra.
Pero el sagrado mito
que en su risueño culto
dejó la Grecia primitiva escrito,
hoy, del pudor insulto,
perdió en los pueblos su sentido oculto,
y es de la carne el oprobioso rito.
Venus no fue la meretriz impura,
sino el místico emblema
de la incesante y renaciente vida,
que eternamente dura
del casto amor bajo la ley suprema.
Venus es la escondida
fuerza que late en todo;
alma por arte misterioso unida
del cuerpo vil al deleznable lodo.
Es el consorcio, el plácido himeneo,
la infatigable creación, la esencia
que por secreto modo
vívida alienta el pertinaz deseo.
Venus es la existencia,
que audaz la muerte pasajera trunca;
pero que entre sus brazos
Naturaleza, con amantes lazos,
perpetua engendra sin cansarse nunca.
Por eso cuando asoma
bella en abril la verde primavera,
y busca la paloma
a la paloma fiel por compañera;
cuando se abren en flor las secas ramas;
cuando en el prado y en la parda loma,
del sol naciente a las templadas llamas,
dan las plantas al viento el suave aroma;
cuando cada semilla
germina oculta en la bañada tierra,
y el nido la avecilla
allá en el fondo de la selva encierra;
cuando brota el retoño;
cuando corre festiva
los claros bosques la ufanada cierva,
y, huésped del abril hasta el otoño,
la codorniz esquiva
viene a esconderse entre la fresca hierba,
y la cabra lasciva
busca las tiernas hojas del madroño,
y el tibio ambiente nuestra fuerza enerva,
a la ciprina diosa,
símbolo fiel de los amantes fuegos,
la juventud consagra hojas de rosa,
el himno dulce y los alegres juegos.»
Calló, inclinando el rostro, y los discípulos
meditaban las frases del maestro,
cuando, tras del Acrópolis, la luna
su disco alzaba enrojecido, inmenso,
y el amarillo nimbo del crepúsculo
sobre los montes se apagaba lento.
Más que otras noches en la azul techumbre
blanco brillaba el diamantino Véspero,
propicio al navegante, y su albo rayo,
copiándose sobre las aguas trémulo,
pareció que a las naves atenienses
marcaba el rumbo por el mar desierto,
donde velas, y música y cantares
entre sombra y distancia se perdieron.