No esperes, no, perpetua en tu alba frente,
¡oh Aglaya!, lisa tez, ni que tu boca,
que al más helado a blando amor provoca,
bañe siempre la rosa dulcemente.
¿Ves el sol, que nació resplandeciente,
cuál con luz desvanece tibia y poca?
Y tú sorda a mis ruegos como roca
estás, en quien se rompe alta corriente.
Goza la nieve y rosa que los años
te ofrecen; mira, Aglaya, que los días
llevan tras sí la flor y la belleza;
que cuando de la edad sientas los daños
has de envidiar el lustre que tenías,
y has de llorar en vano tu dureza.