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PoetósferaLa BibliotecaHenry Wadsworth Longfellow

Henry Wadsworth Longfellow · Modernismo

Evangelina

español

En esta tierra plácida que baña

El Delawér, y que á la dulce sombra

De alta floresta y pastoral cabaña

A Penn, su apóstol, reverente nombra:

Allí de la fructífera campaña

Sobre la igual, terciopelada alfombra,

La ciudad que él fundó marca su huella

Y del río á las márgenes descuella.

Sus calles repercuten todavía

Los nombres de sus árboles frondosos,

Como ansiando aplacar con su armonía

Las dríadas y silfos nemorosos

Que vieron con enojo el hacha impía

Invadir sus retretes misteriosos;

Y allí el aura es fragancia, y la hermosura

En el pérsico ve su imagen pura.

Arrojó en esta playa el Océano

A Evangelina, huérfana y proscrita,

Y si patria y hogar le hurtó el tirano,

Aquí otra patria con amor la invita.

René Leblanc, el venerable anciano,

Reposó aquí su dilatada cuita,

Y de cien descendientes, uno apenas

Vió en torno suyo al rematar sus penas.

Para su amiga en Filadelfia había

Algo que hablaba al corazón siquiera.

Algo que murmurarle parecía:

"Entre nosotros no eres extranjera."

Y el cuácaro tutear que en torno oía

Le recordaba aquella paz primera,

Aquel Edén de iguales y de hermanos,

Arcadia realizada entre cristianos.

Así, cuando por fin cesó en el mundo

Esa persecución que nunca alcanza

Su objeto; aquel afán ciego, infecundo;

Ese loco esperar sin esperanza:

Entonces, sofocando en lo profundo

Del corazón la impía desconfianza,

Volvióse aquí, como hacia el sol las hojas,

Aquella alma en tinieblas y congojas.

Igual se ve desde eminente cumbre

Plegarse y disiparse el cortinaje

De niebla matinal, y entre áurea lumbre

Ir surgiendo el magnífico paisaje:

Roja ciudad de innúmera techumbre.

Quintas y aldeas como suelto encaje,

Y, entrelazando hogares y plantíos,

Caminos de oro y plateados ríos:

Así también se disipó en su mente

La neblina falaz que la distrajo,

Y hoy al sol del amor resplandeciente

Ve el mundo inmenso dilatarse abajo.

El sendero asperísimo y pendiente

Que entre angustias y lágrimas la trajo,

Perdió con la distancia sus fragores,

Y es ya una calle de arbolado y flores.

Gabriel no ha muerto, vive en su alma: en ella

Su imagen brilla sin cesar, vestida

De amor y juventud: dos veces bella,

En flor de corazón y en flor de vida:

Cual lo vio última vez la fiel doncella

Extático en ardiente despedida,

Y más perfecto aún; que hoy lo acrisola

De eterna ausencia fúnebre aureola.

El tiempo no entra en su memoria: en vano

Los años, aunque lentos, se suceden:

No han de cambiarlo en su tesón profano;

Transfigurarlo solamente pueden.

Para Gabriel no existe aquel tirano

De quien olvido y desamor proceden.

Él ya no es un ausente: es como un muerto

Que al fin la mar depositó en su puerto.

Dulce paciencia, abnegación constante,

Consagración activa al bien ajeno,

Hé aquí lo que esa mártir anhelante

Leyó escrito en las llagas de su seno.

Así va á difundirse en adelante

Aquel amor de que rebosa lleno,

Cual rica especia embalsamando el viento

Sin perder su fragancia al dar su aliento.

Roto de la esperanza el frágil vaso,

Y todo anhelo terrenal proscrito,

Sólo ansia ya con reverente paso

Seguir las huellas de Jesús bendito;

Reanima el cuerpo quebrantado y laso

Templándolo en el piélago infinito

De la divina caridad, y ufana

Ciñe el cordón humilde de la Hermana.

Meses y años enteros se deslizan

Viéndola infatigable en su tarea;

¡Cuánta llaga esas manos cicatrizan!

¡Cuánta miseria incógnita rastrea!

Por callejuelas que á hombres horrorizan

De puerta en puerta sin temor golpea,

Y para cada mal lleva consigo

Pan, luz, remedio, estímulo y abrigo.

Noche tras noche, cuando duerme el mundo,

Y ruedan por las calles desoladas,

Entre ráfagas de aire gemebundo,

Las voces del sereno acostumbradas;

A tiempo que él anuncia aquel profundo

Sueño, y la paz y la quietud guardadas,

Tal vez divisa en mísera buhardilla

Velando algún dolor su lamparilla.

Y día tras día el alemán labriego,

Al entrar paso á paso con la aurora

Rodando el carretón aldeaniego

Colmado en frutos de Pomona y Flora;

Cuando sus gritos turban el sosiego

Del arrabal que aun duerme en esa hora,

Ve que á su claustro vuelve entonces ella,

Pálida de velar, mas siempre bella.

R. Pombo.

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Por su autor
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Autor
Henry Wadsworth Longfellow (1807–1882) · Wikidata Q152513
Título
Evangelina
Lengua
español
Época
Modernismo
Sala
La Biblioteca
Identificador
ws-es-evangelina--henry-wadsworth-longfellow-a45b25
Cita recomendada
Henry Wadsworth Longfellow, «Evangelina», Poetósfera, poetosfera.com/p/ws-es-evangelina--henry-wadsworth-longfellow-a45b25.html

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