Con nueva voz y, espíritu divino
aspirado de vos, prosigo el canto
que de toda alabanza haréis dino.
Y entre las musas del Pierio santo
en igual armonía el nombre vuestro
la mía celebre, sin dudoso espanto.
Bien conozco cuán próspero y cuán diestro
tengo el cielo en teneros de mi parte
cual bien en mi empezada labor muestro.
Algunos quieren que llamemos Arte
esta que llamo epístola, y algunos
dicen que de estos títulos se aparte.
Poético Ejemplar me dicen unos
que se diga, y no sé cómo es posible
no ser tales renombres importunos.
Por ellos considero, y veo visible
vibrar la horrible lanza al pecho mío
que a Lycambe la muerte dio terrible,
y no por eso han de hallar vacío
en que sus vanos silogismos puedan
caber, ni su insolente desvarío.
Que cuando a mi trabajo se concedan
la gloria que los sabios le conceden;
los que dejan de serlo, no lo vedan.
Ni puedes más del modo que proceden,
que tocar en la haz con sucias heces,
mientras los tiempos desta suerte rueden.
Y en cuanto que los rígidos jueces
llenos de austeridad, y oscuro estilo
de la Parca letal toman las veces.
Y aunque Minerva labre el sutil hilo
y sea labor de su divina mano
lo profanan y entregan a su filo.
Yo que con vuestro aliento surco ufano
el proceloso mar de su fiereza
donde es inútil el remedio humano.
Acudo a que me ayude la grandeza
de vuestra excelsitud, para que cante
de nuestro español verso la belleza.
De nuestro español verso el elegante
método, el armonía y la dulzura
a la griega y latina semejante.
En qué verá el que sabe de escritura
ser capaz de admitir cuántos sujetos
ofrece la poética letura.
Y los que fueren dotos y discretos
halláranse en las coplas castellanas
aptas para explicar altos concetos.
En noble antigüedad en las grecianas
liras se halla, en el trocaico verso
que es el nuestro, y lo propio en las romanas.
Esto es notorio en todo el universo,
esto dicen los sabios escritores
y esto hace y conoce el más adverso.
Esto vemos cantar de los mayores
que su número y sílabas guardaron,
cual hizo Anacreón y otros autores.
Los poetas modernos le aplicaron
la consonancia propia que tenía
en la lengua vulgar que le hallaron.
Deste género vemos cada día
algunas coplas hechas en Italia,
faltas de su donaire y gallardía.
Que a sola España concedió Castalia
por natural, cantar en su idioma
liras de Marte y fuegos de Acidalia.
Y el que en el suyo fuera deste toma
trabajo de escrebir, es propiamente
corneja, que ni es cuervo ni paloma.
A imitación del lacio diligente
nuestros números sacros resonaron
en la gálica lira en voz ardiente.
De amor los blandos juegos celebraron
con más feliz espíritu que fueron
los italos y más se levantaron.
Mas en la perfección en que pusieron
nuestros mayores esta compostura
a todas las naciones prefirieron.
En ninguna se halla la dulzura
que en la nuestra, la gracia y la terneza,
la elegancia, el donaire y hermosura.
Si aplicallo quisieres a la alteza
heroica, cual ya hizo Juan de Mena,
bien lo puedes fiar de su grandeza.
Si a pasiones de amor, si a llanto y pena,
con Garci-Sánchez puedes conformarte
cuya musa de gloria el mundo llena.
Si a fábulas quisieres aplicarte,
a cartas, epitafios y otras cosas,
Don Diego en él nos ha enseñado el arte.
Baltasar del Alcázar en graciosas
epigramas lo usó, y el numeroso
Burguillos en sus dulces y altas glosas.
El singular en gracia, el ingenioso
Lope de Rueda, el cómico tablado
hizo ilustre con él, y deleitoso.
El gran Pedro Mejía, el extremado
Juan Iranzo, en las justas de los santos
en que fue el uno y otro laureado.
En este verso celebraron tantos
cuántos vemos en santas alabanzas
que en las suyas resuenan hoy los cantos.
Y si la fatal suerte en sus mudanzas,
ínclito Duque, el vuelo refrenara
dejándonos lograr las esperanzas;
y vuestro fébeo padre se lograra
a la tebana y a la lesbia lira,
con la dulzura dél aventajara.
Mas a pesar de su implacable ira
vivirá en nuestra bética ribera
Fernando en cuanto el sol los orbes gira.
Nuestros antiguos de la edad primera
celebraron en él sus inmortales
proezas, sin que el nombre dellas muera.
Si estos versos acaban en vocales,
son más dulces, más tersos y elegantes
y apartándose de ellas no son tales.
Si dar quisieres a los consonantes
voces agudas, puedes, conociendo
los lugares y causas importantes.
Siempre es forzoso en ellos ir diciendo
nuevas cosas, y nunca se consiente
palabra ociosa el número supliendo.
La copla será buena puramente
que en agudeza acabe o en sentencia,
y la que no, por buena no se cuente.
No son de menos gloria y ecelencia
los antiguos romances, donde vemos
en el número igual correspondencia.
La antigüedad y propiedad tenemos
de nuestra lengua en ellos conservada
y por ellos lo antiguo conocemos.
Cantar en ellos fue costumbre usada
de los godos, los hechos gloriosos,
y dellos fue en nosotros trasladada.
Las rapsodias que usaron los famosos
griegos, fueron sin duda de esta suerte
y los areitos índicos llorosos.
Con ellos se libraban de la muerte
y la injuria del tiempo sus hazañas
y vivía el varón loable y fuerte.
Dellos los heredaron las Españas
casi en el mismo tiempo que cantaban
los regujíos en todas las montañas.
La mesma ley que guardan hoy guardaban
los antiguos, usar los disonantes,
y esto con gran veneración usaban.
Por viciosos tenían los consonantes,
y más si eran agudas las dicciones
y por buenas las voces más distantes.
Fueron siempre estas dos composiciones
tenidas en España en grande estima
hasta que entraron nuevas invenciones.
Llamo nuevas, que el número a la rima
del grave endecasílabo, primero
floreció, que en el Lacio, en nuestro clima.
El provenzal antiguo, el sacro ibero
en este propio número cantaron,
antes que dél hiciese el Arno, impero.
El Dante y el Petrarca lo ilustraron
y otros autores y esto les debemos,
a ellos que de nosotros lo tomaron.
La justa posesión que dél tenemos
que a la musa de Tajo y catalana
se atribuye, tampoco la apliquemos.
Primero fue el Marqués de Santillana
quien le restituyó de su destierro
y sonetos dio en lengua castellana.
He querido aclarar el ciego yerro
en que viven aquellos que ignorando
esto, siguen la contra yerro a yerro.
El que en ellos escribe irá notando
la variedad de suertes que hay en ellos
que van sujetos varios demandando.
Mas tienes de advertir en el hacellos
que tengan once sílabas y mires
la contextura que los hace bellos.
Y que siempre te guardes y retires
que en agudo no acabes el acento
Porque la una sílaba no tires.
Boscán dijo sin más conocimiento:
«aquella reina que en la mar nació»,
Y uso deste troncado abatimiento.
Y Garcilaso dijo y no advirtió:
«Amor, Amor, un hábito vestí»,
y don Diego en mil versos los usó.
Lo mesmo ahora habrá de ser de mí
que citando los versos que dijeron
incurro en los que siempre aborrecí.
Al verso que cortaron, e hicieron
los agudos el número diverso
de nueva otra advertencia le añidieron.
Que para ser cabal, ornado y terso
no hiera en la penúltima, y al hiere
hará de doce sílabas el verso.
De Lasso por ejemplo se refiere:
«El río le daba dello gran noticia»,
en que alargar el número se infiere.
«De mi muerte y tu olvido la noticia»
dijo el Conde de Gelves, y Malara
«Donde de mis desdichas no hay noticia».
Si, con esto tu ingenio se prepara
no te aconsejo que al cerebro apliques
cosa de cuantas la memoria aclara.
Deja los preparados alfeñiques
la alquermes cordial, las cornerinas;
no te acuerdes de jugos, ni alambiques.
No estragues la virtud con medicinas
y dietas, ni tomes de ordinario
eleboro, anacardo y mastiquinas.
Que no hará el jugoso letuario
que hagas buenos versos, sino el Arte,
que es la perfecta hierba y herbolario.
Como della tu escrito no se aparte
y te guíe el ingenio llanamente,
puedes entre estas musas ocuparte
El verso suelto pide diligente
cuidado en el ornato y compostura,
en que vicio ninguno se consiente.
Porque como la ley estrecha y dura
del consonante no le obliga o fuerza
con ningún atamiento, ni textura,
la elegancia y cultura en él es fuerza
que supla la sonora consonancia
con que el verso se ilustra y se refuerza.
Y así hará enfadosa disonancia
si aquella parte principal no llenan
de admiración, o cosas de importancia.
A cualquier verso lánguido condenan,
flaco, o infelice en número o estilo,
y del nombre de verso lo enajenan.
Siempre deben huir del común hilo,
desviarse de bajos pensamientos,
seguir la alteza y majestad de Esquilo.
Aplícanlos a heroicos argumentos
cual hacen al hexámetro latino,
no a tiernos y a llorosos sentimientos.
Esto rió el sofístico Aretino
en su pungiente epístola a Trebacio,
que una elegía hizo en ellos al de Urbino.
Donde se pone a disputar despacio
a quién, a dónde y cómo han de aplicarse
en que llenó un burlesco cartapacio.
No se pueden valer ni aprovecharse
de licencias poéticas, ni absuelven
vicios de impropiedad para excusarse.
Pobres son de concetos los que envuelven
muchas historias, fábulas, sentencias,
y en esto sus intentos se resuelven.
Llama pobreza, y llama impertinencias
amontonar gran copia de figuras,
aunque digan en ellas ecelencias.
Andan los que esto hacen tan a scuras
como aplicar los élegos llorosos
fuera de Venus, a discordias duras.
Son yerros tan impropios y viciosos
como vestir de púrpura a los ríos
y los reyes de cárbasos muscosos.
A éstos siguen otros desvaríos
que en vana ostentación hacen su asiento
de que Dios guarde los intentos míos.
Que es mostrar general conocimiento
de antigüedad, y cosas improbables
llevando la lección por fundamento.
Advierte, que el ser raras y agradables
al oído, si son dificultosas
y ascondidas, no pueden ser loables.
Después de ser cansadas y enfadosas
del modo que has oído, son pesadas,
confusas, sin provecho y enojosas.
Todas son cosas libres y excusadas
en el noble escritor, y dinamente
de los buenos ingenios condenadas.
Sigue en esto el decoro de prudente
y no estimes en tanto que te alaben
cuanto que el sabio junto a sí te asiente.
Esto sienten aquellos que bien saben,
y esto saben aquellos que bien sienten,
en quien Minerva y las virtudes caben.
Muchas cosas permiten y consienten
las licencias poéticas, y veo
muchas que no sé yo se exenten,
Y si no fuera licencioso y feo,
ajenos yerros pregonar, yo diera
más ejemplos que rayos da Cirreo.
Y por ventura algunos advirtiera
que el vulgo estima y loa la inorancia
que alguna obstinación se redujera.
Esto hace al sujeto repunancia,
y se ve más culpable en tratar dello
que en dejallo, aunque es justo y de importancia.
Lo que escribes importa disponello
que al tiempo, ni al lugar, id a la persona
falte el decoro ni al lenguaje bello.
Cuando en vulgar de España se razona
no mezcles verso extraño, como Lasso:
«Non essermi passato oltra la gonna».
Otro afligido en un lloroso paso
dijo sus desventuras lamentando:
«Debrían de la pietá romper un sasso»
Don Guillén de Casaus a don Fernando
en muerte de doña Angela su esposa
«In tristo humor vogli occhi consumando».
Cualquiera cosa destas es viciosa
no la debe usar el que no quiero
padecer la censura rigurosa.
El que verso elegíaco escribiere
debe considerar que la grandeza
trágica, ni la cómica, requiere.
Siga un medio entre ambas, que en la alteza
de estilo a la tragedia no se iguale
ni a la comedia imite en la llaneza.
Quien de estas dos proposiciones sale
hace que mude en género de efeto,
y los quilates no le da que vale.
En su lloroso y lamentable afecto
en sentimientos tristes y afliciones,
en miserias de amor, en llanto, aprieto,
en quejas y afligidas narraciones,
en congojosas iras y gemidos
se aplican en las trágicas acciones.
En las comedias pueden ser oídos
entre el celo rabioso y la mudanza
de la astuta ramera a sus rendidos.
En alegres favores de privanza,
en fríos desdenes, en astucias viles
de siervo, o en afetos de venganza.
Sin que trates de Alcestes ni de Aquiles
en el sublime estilo, ni lo abatas
a Sosia, o Davo, en condición serviles.
Las voces deste verso han de ser gratas
al oído, no duras ni afetadas
ni ajenas de la elegia de que tratas.
Han de ser las elegias lastimadas,
blandas, tiernas, suaves, tersas, claras,
sin ser de historia o fábula ofuscadas.
Si por descuido en esto no reparas
no le das a la elegia lo que debes
y le quitas el ser, y tú disparas.
Y pues tratamos della, porque lleves
más entera noticia y puedas dalla
no así, cual piensan, con razones leves.
Has de saber que en la elegía se halla
que abraza el verso lírico, y el blando
epigrama, do puedes procuralla.
Mas advierte que yéndola buscando
hallarás conocida diferencia,
aunque a la una y otra esté abrazando.
De su esplendor consiste la ecelencia
en la estrechez del consonante asido
a la tercera rima en asistencia.
El decoro guardando que has oído
hará florida, ilustre y agradable
la elegía, y a tu nombre esclarecido.
Dejando ya el estilo lamentable
al misivo la pluma enderecemos
que no es menos difícil que loable.
Y lo primero que advertir debemos
que la epístola abunda de argumentos
varios, donde ampliamente la ocupemos.
Sirve para amorosos sentimientos
casi como la elegía, si levanta
más el estilo, voz y pensamiento.
Cosas en ella de placer se canta,
sucesos en viajes dilatados
y a varias digresiones se adelanta.
Son a chacota y mofas dedicados
los versos della y pueden si agradare
ser en mordientes sátiras usados.
Ha de tener quien della se encargare
fácil dispusición, copiosa vena,
ingenio que ni inore ni repare.
De imitaciones vaya siempre llena
puestas en su lugar precisamente,
que de otra suerte es tanto que disuena.
Dicen si van en parte diferente
que son puertas sacadas de su quicio
que ni adornan, ni sirven a la gente.
Pocos advierten de excusar un vicio
cometido de muchos escritores
que se alzan con todo este ejercicio.
Y sin que se censuren son censores
de fáciles descuidos y usan ellos
epítetos y frasis de oradores.
De quien se dice, y bien, que el no entendellos
hace esa micelánea, y no es tan leve
que haya dispensación para absolvellos.
El propio nombre inoro que se debe
al que el que ajenas obras conocidas
de otros autores aplicarse atreve.
Y con dos o tres sílabas movidas,
y una dición de su lugar trocada
las da en su nombre para ser leídas.
El que esto hace, y no repara en nada
y de ajenos trabajos se aprovecha
hace lo que la esponja en agua echada;
que tomada en la mano, si se estrecha
da el humor propio que tenía cogido
sin dar cosa, aunque da, de su cosecha.
Al que de oficio tiene estar rendido
a hurtar el conceto, o pensamiento,
o el verso ya del otro referido,
le sucede de modo que al hambriento
que come lo contrario y lo dañoso
a su salud, aunque le dé contento.
Que en comiéndolo queda muy gustoso
saboreando el gusto al apetito,
sin entender que hay más que aquel reposo.
Así, el que hurta del ajeno escrito,
aunque luego le agrada y le recrea,
le ofende al noble honor tan vil delito.
Hace que el vulgo libremente vea
su cortedad de ingenio, y manifieste
por suya aquella obcenidad tan fea.
Y justamente hace que le cueste
las plumas que le quiten y la fama,
sin que remedio a reparalle preste.
Dios libre a mis amigos desta llama,
y a los demás a gracia reducidos
vayan por donde la razón los llama.
Tres modos hay por donde son regidos
los que en ajenas obras ponen mano
y son con fuertes leyes compelidos.
Unos imitan del sermón romano,
otros hurtan, y otros puramente
traducen de otra lengua en castellano.
La imitación en tiempo conveniente
es lícita, y licencia permitida
al ingenio más alto y ecelente.
Si es de idioma ajeno deducida
en el nuestro, o imitándola en concreto,
o siendo a su propósito vestida.
Puede el más doto y puede el más discreto
en sus obras usar de imitaciones,
entre sabios tenidas por preceto.
Del hurtar, sin que usemos de razones
que de nuevo lo aclaren, están claras
del uso dél las bajas condiciones.
Y (a) sí tú, que lo sigues y lo amparas
con adotiva musa, que alimenta
la vana ostentación con que la aclaras,
mira que ese furor icareo intenta
en ese vuelo tu mortal ruina
y abatimiento, en vez de honrosa cuenta.
Es el modo tercero la divina
tradución, tan difícil cuan gloriosa
al que observa el decoro a su dotrina.
Su ley es inviolable, y religiosa,
tratada con lealtad y verdad pura,
que ni pueden quitar ni añadir cosa.
Una ececión mitiga esta ley dura
que obliga al que traduce, aunque se aparte
de la letra, siguiendo su escritura,
a conservar y aun mejorar con arte
la grandeza, primor y la ecelencia,
original, sin ofender la parte.
También se le concede por licencia
que no se obligue a voz ni a consonancia,
sino al conecto, al número y sentencia.
Al espíritu, frases y elegancia
y propiedad de lengua, levantando
el estilo en las partes de importancia.
Desto los arquetipos desgustando
promulgan una ley precisa y justa
al imitante con rigor mandando:
que si Leusin de imitaciones gusta
no adjudique por suyo lo imitado,
pues no dispensa tal la ley augusta.
Y danles mandamiento rubricado
de Apolo, a Colindón, y a Magancino,
poéticos malsines del juzgado,
que vayan cada cual por su camino,
y al que no les hiciere manifiesto:
ejecuten la ley del descamino.
Mudando ya deste discurso puesto,
vuelvo al final propósito que sigo
temiendo en tantas burlas ser molesto.
Y entre las cosas de importancia digo
que use el poeta cándidas razones
si aceto quiere ser, y a Febo amigo,
que el concurso de hórridas diciones
huya, y evite encuentro de vocales
que sonar hacen mal las oraciones.
Los poetas que aspiran a inmortales
condenan el echar a un sustantivo
tres adjetivos, aunque sean iguales.
Cual el que dijo, en un dolor esquivo:
«Amor cruel, indómito, tirano,
por quien en muerte acerba y cruda vivo».
Otro dijo: mi mal ha hecho ufano
«la dulce, alegre y fresca primavera,
con hoja, flor y fruto soberano».
Otro dijo: «¡Ay, Amor, qué hay en tu esfera
sulfúreo ardiente, horrible, eterno fuego
donde mis ansias crecen sin que muera!»
Al censor de estos términos me llego,
y así se lo aconsejo a cualquier hombre,
y si fuere mi amigo se lo ruego,
que de ellos huya, y que también se asombre
como de ver fantasmas, por vicioso,
el gerundio poner jamás por nombre.
No faltará un sofista curioso
que desentrañe a Servio y a Donato
y diga que el gerundio es poderoso
a levantar el verso, y darle ornato,
y que lo hace grave, concluyendo
que sin razón lo infamo y lo maltrato.
Y habrá mil apoetados que leyendo
esto dirán que son triviales cosas
y que las pueden enseñar durmiendo.
Que tienen mil autores y mil glosas
de donde las tomé y queriendo vello
no verán maravillas milagrosas.
Que dellos sabrán esto sin sabello,
y que dellos dirán en sus corrillos
que dellos puede Apolo, desprendello,
que dellos inflamando los carrillos
los llenarán cual Bóreas de aire vano
que al Pindo aun sea difícil resistillos.
Y a la cordura dándole de mano
darán voces diciendo ciegamente:
«Cuanto ha dicho está escrito en castellano.
Ya sabemos el río desta fuente
que es donde el cisne se baño de Apolo
con que se fertiliza su corriente».
Al que supiere le respondo sólo
por sólo responder, no respondiendo
a los que Esgueva hacen a Pactolo.
Y estoy de su metáfora riendo
dina por cierto del nativo tronco
que va musas y grajas revolviendo.
Y aplican a este coro un cisne ronco
sin ver que la dulzura de su canto
es graznar en estilo zafio y bronco.
Si me atrevo a hablar y hablo tanto,
es porque los poetísimos entiendan
que no es para aquí cisne tan maganto.
Y si sus ojos con estambre vendan,
que es a lo jumental, conozcan desto
que otros métodos hay de donde aprendan.
De los primeros tiene Horacio el puesto
en números y estilo soberano
cual en su Arte al mundo es manifiesto.
Scalígero hace el paso llano
con general enseñamiento y guía;
lo mismo el doto Cintio y Biperano.
Maranta es ejemplar de la poesía,
Vida el norte, Pontano el ornamento,
la luz Minturno, cual el sol del día.
Estos, y otros con divino aliento,
enseñen lo que el cisne no ha cantado
ni le pudo pasar por pensamiento.
Y habiendo de esto tanta copia dado
que llenar pueden dello mil Parnasos
y a Febo laurear con lo enseñado,
Acuden todos a colmar sus vasos
al oceano sacro de Stagira
donde se afirman los dudosos pasos,
se eterniza la trompa y tierna lira.