Coloraba el monte apenas
el albor de la mañana,
cuando la tribu gitana
se dispuso el campo a alzar.
Peregrinos incansables,
raza sin patria ni hacienda,
el firmamento es su tienda,
es el páramo su hogar.
Familia rapaz de halcones
al azar encomendados,
cual se acuestan sin cuidados
se despiertan sin afán;
la pródiga Providencia,
como a las aves del viento,
les procura el alimento
por donde quiera que van.
Indómitos moradores
del mundo civilizado,
nunca salen del estado
en que les cupo nacer;
los siglos pasan sobre ellos
sin trocar su faz salvaje;
su vida no es más que un viaje
cuyo fin no quieren ver.
A un mismo tiempo enemigos
de la paz y de la guerra,
vagan libres por la tierra
con ella en guerra y en paz;
ninguna ley reconocen,
por ningún pueblo combaten,
bajo ningún yugo abaten
su independencia rapaz.
Creen que estando al par abierta
para todos la campiña,
el engaño y la rapiña
dan derecho a posesión,
y los bienes, por la tierra
para todos derramados,
con derecho igual gozados
a la par por todos son.
Por doquiera que el descuido
buena ocasión les ofrece,
lo olvidado desaparece,
lo perdido halla señor,
y al punto tal metamórfosis
sufre el objeto adquirido,
que ya no es reconocido
por su antiguo posesor.
Su tráfico es la mentira,
el pillaje sus hazañas;
su historia son las patrañas
que de ellos el mundo cree;
su astucia las alimenta,
porque su poder consiste
en el de que les reviste
la supersticiosa fe.
En las viejas de esta tribu
supone el vulgo villano
misterioso, sobrehumano
y satánico poder:
atribuye a su mirada
facultad de hacer mal-de-ojo,
y a su envidia y a su enojo
maleficios que temer.
Cree que curan y que hechizan
con ensalmos y conjuros,
que hacen filtros que seguros
la vida y la muerte dan;
que, para usos mil diabólicos,
de niños y de difuntos
con sangre y grasa, hacen untos,
y, en fin, que al sábado van.
Cree que en un juego de cartas
y en las rayas de la mano
abierto el lóbrego arcano
del porvenir las está,
y que cuando una gitana
ha tocado una moneda,
por ella hechizada queda
y que tras ella se va.
Esta vulgar e insensata
supersticiosa creencia,
les condena a una existencia
nómada, errante y rapaz.
La sociedad como infames
de su seno les rechaza,
y ellos conservan su raza
virgen con celo tenaz.
Infamados, mas temidos
tal vez por el mundo entero,
ellos con orgullo fiero
aceptan su baldón (sic),
y si el mundo halla algún dique
que su pertinacia tuerza,
ceden siempre ante su fuerza,
pero sin darle razón.
Desconocidos de todos,
mirados como enemigos,
ellos sólo son amigos
de los que su sangre son;
jamás se mezcla su raza
con más raza que la suya,
y no hay poder que destruya
su raza y su religión.
Oculta profesan una:
tienen ritos, leyes, traje,
costumbres, barrio y lenguaje
aparte de los demás;
no hay raza que más conserve
de su tipo la pureza;
su agreste naturaleza
no se desmiente jamás.
Jamás rompen la barrera
que del mundo les separa:
jamás gitana hizo cara
a quien gitano no fué;
y si a sus pies vino un loco
por una pasión rendido,
abrazó al ser su marido
su profesión y su fe.
Cada tribu tiene un jefe
con poderes absolutos,
quien sin nombres ni atributos
ostentosos es el rey;
contra su poder omnímodo
nadie nunca se rebela;
él manda, y jamás se apela
de los fallos de su ley.
Su elección no admite intrigas:
como egipcio patriarca,
el más viejo es el monarca
por derecho natural;
muerto o ausente el reinante,
quien le sigue toma el mando,
sus derechos consagrando
la obediencia universal.
Con su miseria contentos,
fieros con su independencia,
de su nómade existencia
hacen gala y vanidad;
sin pesares, la alegría,
en sus pechos atesoran,
y fanáticos adoran
su salvaje libertad.
Sus frugales alimentos
e interminable ejercicio,
crían su cuerpo sin vicio
en vigorosa salud:
flexibles, infatigables,
como el gamo y la pantera,
su vida pasan entera
en indócil inquietud.
Como oriundos del Oriente,
perezosos y holgazanes,
aborrecen los afanes
del trabajo corporal;
y jamás labran la tierra,
ni más oficios ejercen
que aquellos que no les tuercen
su inclinación natural.
Crían bestias con las cuales
trafican, cuyo servicio
es útil para su oficio
vagabundo, y su falaz
profesión, mixta de robo,
de comercio y de empirismo,
que practican con cinismo
desvergonzado y sagaz.
Y utilizando la fama
que entre el vulgo les procura,
dicen la buenaventura,
tiran las cartas, y van
por doquiera con sus artes,
sus danzas y sus canticios,
recogiendo beneficios
sin trabajo y sin afán.
De sus bailes y sus cánticos
el son y la poesía,
rebosan una alegría
locamente original,
y el bullicio gitanesco
de una fiesta en sus adoares,
guarda el tipo pintoresco
de su origen oriental.
La hermosura de sus hembras
voluptuosa y expresiva,
por demás provocativa,
es arisca por demás,
y lo ardiente y voluptuoso
de su garbo y de su gesto,
jamás raya en lo modesto,
mas no es lúbrico jamás.
Libre y sin freno en sus gustos,
nunca una moza gitana
va a encenagarse liviana
en venal prostitución;
jamás vende sus caricias
ni da al oro su hermosura;
nunca es mercancía impura
su amor; es una pasión.
Tal es la raza gitana:
la madre naturaleza
bajo su agreste corteza
puso empero una virtud,
una que el hombre del mundo
descuida; una verdadera
virtud que el bruto y la fiera
poseen: la gratitud.
Virtud que innata en su alma
es: como el perro, el gitano
besa sincero la mano
que pan o favor le da:
virtud de toda la raza:
haced a uno un beneficio,
y entera a vuestro servicio
tenéis a su tribu ya.
Tal era la compañía
que me deparó mi estrella;
no sé si hice mal con ella
en ir de mi suerte en pos:
mas con ella entré en el mundo,
y al consignarlo en mi cuento,
ni dudo ni me arrepiento.
¡Que me lo perdone Dios!
Bañaba ya las colinas
del alba la luz de grana,
cuando la vieja gitana
de mi sueño me sacó
diciéndome: «¡arriba, hijo!
que es preciso que vayamos
un poquito lejos»–«¡vamos!»,
despertando dije yo.
Maese Ramón entonces,
dándome un traje gitano,
comenzó con diestra mano
mis cabellos a trenzar;
endoséme yo cual supe
mi gitanesco atavío,
y pasó el antiguo mío
al dominio del adoar.
Pronto fuí otro; mas antes
de salir de la cabaña,
a una operación extraña
me presté, no sin rubor;
la vieja, con no sé que untos
que componen los gitanos,
dió a mi rostro y a mis manos
mate y cetrino color.
Mis facciones aguileñas
y mis crecidos cabellos,
diéronme pronto con ellos
semejanza singular;
miréme en un roto espejo:
en la imagen reflejada
por él, no pude ya nada
de mí mismo recordar.
Cuando quedó por completo
mi metamórfosis hecha,
dió una vuelta satisfecha
la vieja en redor de mí;
contemplóme un breve instante
el gitano sonriéndose,
y enfrente de mí poniéndose,
me dijo tranquilo así:
–«Ahora, todita su gente
y todita la justicia
de la tierra, dará picia
persiguiendo a su mercé.
Su mercé es todo un pimpollo
de la huerta de Triana:
salga, pues, y en la gitana
familia lo ingeriré.»
Abrió y salimos: el campo
vi ya levantado, y, puesta
su hacienda en las bestias, presta
hallé la tribu a marchar.
Componíanla diez hombres,
siete hembras y seis muchachos,
que de asnos, potros y machos
guiaban un centenar.
Nadie extrañó mi presencia
al parecer, ni la causa
preguntó de ella: una pausa
hubo empero en el rumor
inherente a tal escena,
y Ramón, aprovechándola,
con voz de autoridad llena
les habló en este tenor:
–«Muchachos, mi ahijado es éste:
todito el mundo gitano
lo ha de tratar como a hermano;
la ley lo quiere pescar,
y debemos del mal paso
sacarle: con que ¡al avío!
pongamos tras él el río
en un verbo, y espolear.»
Los hombres con un saludo
de cabeza, breve y mudo,
me mostraron que asentían
el mandato de Ramón;
las mujeres con un poco
descarado atrevimiento,
en palabras de contento
me expresaron su adhesión.
Como yo desfigurada,
mi yegua un mozo me trajo,
y empezamos agua abajo
el Esgueva a bordear:
pronto encontramos un vado:
por él cruzamos el río,
y del monte en lo bravío
nos metimos sin parar.
Aquella especie de egira
por en medio de un desierto,
acampando a cielo abierto
y asociado a gente tal,
tenía a los ojos míos
y tiene aún en mi mente,
un no sé qué del Oriente,
pintoresco, original.
¡Pobre loco! En mis delirios
estrambóticos me pinto
tal vez el mundo distinto
de como ha sido jamás;
mas ya es largo este capítulo:
reposa, lector paciente,
que siguiendo complaciente
a mi loca pluma vas.