Asesino de Miss Cavell;
asesino sin entrañas de mujeres estupendas,
imponentes, sobrehumanas:
superiores al estrago,
superiores a su carne femenina,
superiores a la muerte,
como santas, como diosas;
que cruzaban impasibles bajo el fuego formidable
de tus hórridos cañones,
por la zona pestilente de tus gases asfixiantes, -
tan hediondos como tu alma,-
sin más yelmo que sus tocas,
sin más armas de defensa que una cruz atada al brazo;
arrastradas al fragor de la contienda, -
como madres que buscaran a sus hijos
a través de los tizones de un incendio-,
conducidas al fragor de la contienda
-¡oh, sonámbulas sublimes!-
por el ¡ay! de los heridos,
por la sangre borboteante de los pechos,
por los hipos de agonía,
por la súplica sin ayes de unos ojos nunca vistos,
por el gesto indefinible de los héroes moribundos,
que al mirar a la enfermera,
como en síntesis suprema de visiones anteriores,
ven en ella a sus hijitos, a sus padres,
a su esposa, a sus hermanos;
ven en ella a sus amigos y a la torre de su pueblo,
que ya nunca,
nunca, nunca,-
ni despiertos ni dormidos
verán más,
soñarán más.