PRELUDIO
Estro mío, que duermes, despierta y toma
las dos alas ligeras de la paloma;
si es poco, que te preste la golondrina
las dos con que ella el viento surca y domina;
si no fías en alas, con tu fe sube
donde el ángel del aire te dé una nube.
Cuando sobre ella flotes, cruza el Atlántico,
de Isabel al alcázar lleva este cántico;
llama a su puerta,
y si duerme, no importa; dila: «¡Despierta!»
Llega, y no te acobardes, ni te avizores;
a las reinas no ofenden versos, ni flores;
Isabel, aunque reina, jamás fué altiva,
y si te oye, no dudes que te reciba.
A sus plantas augustas cuando te veas,
dila en tu árabe estilo: «¡Bendita seas!
En el nombre de un bardo de quien oías
halagüeña las trovas en otros días,
vengo, Señora,
en un himno los tuyos a darte ahora.»
Y aquí, galán como eres y cortesano,
pide, para besarla, su regia mano;
besa y no te avergüences; que allá en Castilla
besar manos de damas a nadie humilla.
Luego en la arpa, en que has hecho tan largo estudio,
su atención te cautiva con un preludio;
y con tu voz más dulce, sonora y grata,
lanza al aura serena mi serenata;
canta con brío:
no imagine, si tiemblas, que no eres mío.
SERENATA
De libertad y gloria tu nombre faro,
abrió a España otro nuevo porvenir claro;
tus abuelos pagaron pecho a Mahoma;
hoy África a tus leyes su cuello doma.
Tus abuelos enviaron doquier la guerra;
tú llenas de embajadas de paz la tierra;
donde sembraron ellos odio y rencores,
para ti tal vez pronto sembrarán flores.
Reina, que creas
porvenir nuevo a España, ¡Bendita seas!
Mas perdona que en tono tan alto rompa,
tomando, en vez del arpa, la épica trompa;
yo sé que de estas playas a ti debía
ir cual trova de amores mi poesía;
que debía a tus plantas ir con mi aliento,
coronado de flores mi pensamiento;
mas cuando con tu nombre tu gloria aspiro,
mi canción no es de mi alma más que un suspiro.
Cuando la leas,
verás que sólo dice: ¡Bendita seas!
Reina, desde las playas occidentales
hacen por ti tus hijos votos leales.
Como saben, Señora, que me conoces,
han fiado a la mía todas sus voces.
En su nombre te envío mi serenata;
mas va en ella otra ofrenda mucho más grata:
engarzada en los hilos de estos renglones,
te envío una guirnalda de corazones;
cuando los veas,
leerás impreso en todos: ¡Bendita seas!
Y si aun amiga,
del poeta te acuerdas… ¡Dios te bendiga!