ROMANCE MORISCO
Al dejar Aben Hamet
por siempre a su amada patria,
a cada paso que da
el rostro vuelve y se para;
mas al perderla de vista,
las lágrimas se le saltan;
y en estos tristes acentos
despídese de Granada:
«A Dios, hermoso vergel,
tierra del cielo envidiada,
donde por dicha nací,
donde morir esperaba;
de tu seno y de mi hogar
mi dura estrella me arranca;
y me condena a vivir
y a morir en tierra extraña...
Y pues por última vez
te miro en hora menguada,
¡A Dios, Granada, por siempre!
¡A Dios, patria de mi alma!...»
«Una y otra primavera,
errando triste en la playa,
las golondrinas veré
dejar la costa africana,
cruzar el mar presurosas,
tender el vuelo a Granada,
y el nido tal vez labrar
en el techo de mi casa...
¡Ay, cuánta envidia os tendré,
Avecillas fortunadas,
y cuán gozoso mi suerte
por vuestra suerte trocara!
Mas vuestra misma ventura
vendrá a renovar mis ansias,
sin que en la vida me quede
ni consuelo ni esperanza...»
Calló el moro; dio un suspiro;
y al trasponer la montaña,
por última vez repite:
«¡A Dios, patria de mi alma!...»