«Si en la frente del hombre se leyeran
escritos los afanes de su pecho,
¡cuántos que envidia dan, lástima dieran!»
Esto en algún momento de despecho
dijo el buen Metastasio en italiano:
ponerlo en español es lo que he hecho.
Y con ese terceto que te hilvano
tus dos primeros contestados dejo;
¿me entiendes, Amador? -Vamos al grano.
No pienses, caro amigo, que me quejo
del importuno enjambre pretendiente
que en pos me sigue, impávido cortejo:
no me quejo de ver que se presente
uno a quien nunca vi, ni me hace falta,
y me diga: «¡Aquí estoy!... Soy tu pariente.»
No me quejo del sandio que me asalta
porque le gusta la casaca roja
y quiere que le dé la Cruz de Malta.
Ni del chinche a quien verme se le antoja
cuando voy a afeitarme o a vestirme,
y si no le recibo se me enoja.
Ni de los que me aguardan a pie firme
en el portal de casa, en la escalera,
sin poder de sus garras desasirme.
Ni de la viuda cócora y parlera
que me repite siempre el estribillo
de que le den seis pagas tan siquiera.
«Vamos, sáqueme usted un socorrillo.
Usted lo puede hacer en un momento;
usted tiene a la Reina en el bolsillo.»
No me quejo, Amador, no me lamento
de esa turba procaz; que al encumbrarme
ya esperaba sufrir este tormento.
De quienes debo con razón quejarme
es de amigos cual tú; sí, de ti sólo
que pides hora y sitio para hablarme.
¡Y vive San Francisco Caracciolo,
que a no venir tu ruego impertinente
en el idioma del celeste Apolo,
circunstancia que ha sido suficiente
a desarmar mi enojo, la respuesta
fuera una interjección poco decente!
Mas no quiero reñir: pase por esta.
Sabes mi casa: a ver si yo consigo,
entre tanta visita y tan molesta,
recibir una vez a un tierno amigo.