Vagaba por el bosque Amor llorando,
perdido el tino como niño y ciego;
Silvia, compadecida y a mi ruego,
los brazos le tendió, pero callando.
Él, conocerla procuró, tentando
rostro y cuello y al seno tocó luego,
que dócil Silvia se prestaba al juego,
mil ímpetus de risa sofocando.
Mas la divina mano que indecisa
entre las perfecciones vacilaba
de tal belleza, a tal examen puesta,
tropezó en dos hoyuelos que la risa
en torno de sus labios dibujaba,
y entonces dijo Amor: «Mi madre es ésta».