No me espanta el fragor de la batalla,
ni el empuje de ochenta batallones,
ni el ronco retumbar de cien cañones
vomitando torrentes de metralla.
Ni el incendio que todo lo avasalla
ni el bramar de los fieros aquilones,
ni el fulgor de diez mil exhalaciones,
ni ver que rompe el mar su fuerte valla.
Como ruge furiosa la tormenta
en una noche horrible por lo oscura,
mi valor se enardece y acrecienta;
nada en mi corazón pone pavura;
solo esto me anonada y amedrenta:
¡el verme cara a cara con un cura!