Dice a una rubia el bardo enamorado:
«Eres hermosa como el sol, bien mío;
prisionero se encuentra mi albedrío
en tu cabello fúlgido y dorado.»
Y a la morena dice: «Ídolo amado,
eres hermosa como el sol de estío;
en esos ojos de color sombrío
mi triste corazón está abrasado».
¿No os han hablado así, niñas hermosas?
¿Y os parecéis al sol en estas cosas?
Otro resuelva, que no yo, el problema.
Pero diré, si acaso no importuna,
que os parecéis en ser, sin duda alguna,
el centro de atracción de mi sistema.