El púgil caballero de corazón de fuego,
de rizos opulentos y apolínea estatura,
aquél que ahogó en caricias voluptuosas el fuego
de las vírgenes llenas de candor y hermosura;
perdida la firmeza de su físico griego
y la fina arrogancia de su esbelta figura,
fué a sentarse una noche de amoroso sosiego
frente a una joven dama, ni agraciada ni pura.
Don Juan, el temerario burlador de doncellas,
clavó en ella sus ojos de luz como centellas,
y largo instante, inmóvil, mirándola quedó.
Pero la dama al verle se levantó, impasible,
mientras por las mejillas de Don Juan, inflexible,
la lágrima primera de su vejez rodó.