Entre los cantos del solemne rito,
la doncella, apartándose del ara,
se encamina a la puerta que separa
nuestra vida mortal de lo infinito.
A pocos pasos del umbral bendito
la comitiva se recoge y para,
y un mancebo, cubriéndose la cara
con la crispada mano, lanza un grito.
Aquella voz, sonando como un trueno
en la novicia mísera, despierta
todas las ansias del amor terreno;
quiere rezar, pero a rezar no acierta,
y cruzando los brazos sobre el seno
cayó junto al umbral rígida y yerta.