Yo perdonara la traición artera,
huésped eterno de tu pecho ingrato,
si alguna vez en tu amoroso trato
me hubieras dicho una verdad siquiera.
¡Yo perdonarte, inicua!... Cuando adquiera
todos los bienes que te di insensato,
el ardor de mi cándido arrebato,
el noble arranque de mi edad primera.
Pido al cielo que en cambio de tu calma
te dé mi pena, y que tu pecho herido
llore con sangre la perdida calma.
Mas ¡ay! en vano la venganza pido,
que estos males se sufren en el alma,
y tú, perversa, nunca la has tenido.