¡Dos de Mayo!... ¡Qué espléndida victoria!
Cuando evoco el recuerdo de este día
mi espíritu se llena de alegría
y oigo en mi corazón tocar a gloria.
Con tu padre, un francés que a la memoria
de Napoleón profesa idolatría,
el mío a grandes voces discutía
en nombre de su España y de su historia.
Reñían, y nosotros, tras la espesa
cortina de un rosal llena de flores,
hablábamos. ¿De qué? No sé, Teresa.
Sólo sé que tus labios seductores
hicieron realidad una promesa.
¡Qué dos de Mayo, aquél de mis amores!