¡Santa Naturaleza!... yo, que un día,
prefiriendo mi daño a mi ventura,
dejé estos campos de feraz verdura,
por la ciudad donde el placer hastía,
vuelvo a ti arrepentido, amada mía,
como quien de los brazos de la impura
vil publicana se desprende y jura
seguir del bien por la desierta vía.
¿Qué vale cuanto adorna y finge el arte,
si árboles, flores, pájaros y fuentes
en ti la eterna juventud reparte,
y son tus pechos los alzados montes;
tu embalsamado aliento los ambientes
y tus ojos los anchos horizontes?