Los pudientes, los preclaros, los dichosos,
los que dan el diapasón de los deberes,
no son hombres ¡aunque sean! son mujeres,
que gobiernan el jornal de sus esposos.
Y esos tristes artesanos dolorosos
que repugnan de sudor en los talleres,
vergonzantes, restringidos como seres
condenados al corral de los leprosos,
son los hombres, los patriarcas, cuyos besos
fecundando los pasivos materiales,
depositan en los cofres de los Cresos
la sagrada polución de los caudales.
¿Qué serían... qué será de tus progresos
cuando pierdan toda fe tus sementales?