Cruzaba el hijo de la ciprea diosa
solo y sin venda la florida umbría,
cuando al pie de un rosal vio que dormía
al blando son del mar, mi Lesbia hermosa;
y al ver, pasmado, que su faz graciosa
los reflejos del alba repetía,
tanto se deslumbró, que no sabía
si aquello era mejilla o era rosa.
Alargó el niño el dedo entre las flores
y en ambos lados le aplicó a la bella,
formando dos hoyuelos seductores...
¡Ay, que al verla reír, la dulce huella
del dedo del amor mata de amores!
¡Feliz el que su boca estampe en ella!