La sien latiendo, turbia la mirada,
teñido el rostro de rubor sangriento,
la espléndida melena suelta al viento,
la vestidura al seno desgarrada;
ella me ciñe en lúbrica lazada,
trémulo el cuerpo, el labio macilento,
con honda sed bebiéndome el aliento,
en su boca mi boca aprisionada.
¡Oh visión, que mis sueños envenenas
y en lava de volcán hinchas mis venas!
¿Quién eres, di, mujer, deidad o arpía?
—Soy la Opinión, tu esclava y tu tirana;
hoy, transida de amor, tu barragana;
ayer, tu dama infiel con befa impía.