Era un beso que andaba peregrino,
y muerto de una hurí por los pedazos,
la seguía a pesar de sus rechazos,
buscando de sus formas el camino.
Pidió posada al seno alabastrino,
al rostro, al cuello y los redondos brazos,
¡y no la halló ni en los distantes lazos,
ni en los adornos de su busto fino!
Negáronle hasta el ínfimo hospedaje
que pidió, de un mendigo con la instancia,
siquiera en las orillas de su traje.
Y, al fin, cual picaflor, a la distancia
libaba en sus ardientes embelesos
la dulce flor de unos soñados besos.