«¡Vedla allí!... ¡Vedla allí, pura y lozana,
y respirad su esencia embriagadora!
¡Miradla, del vergel reina y señora,
meciéndose en su tallo cuán ufana!
Abre su casto broche a la mañana,
tibio el rayo del sol sus hojas dora...
¿A quién esa belleza no enamora?
¡Oh rosa, de las flores soberana!»
Así un corto de vista repetía,
teniendo más de ciego que de vate,
hasta que uno, que al paso le seguía,
admirado de tanto disparate,
le dijo destruyendo su alegría:
«¿Pero, hombre, no ve usted que es un tomate?»