Dios dijo a la paloma: ¡ama y arrulla!,
al tierno ruiseñor: ¡canta y gorjea!,
a la gallina: ¡pon y cacarea!,
al gallo: ¡grita con ruidosa bulla!
Dijo al gato rapaz: ¡ronca y maulla!,
al caballo: ¡relincha y corcobea!,
al toro lidiador: ¡brama y cocea!,
al furioso mastín: ¡ladra y aúlla!
Dio al asno, en fin, intercadencias graves
del hondo bajo y del sutil silbido,
a cuya voz me crispo y me espeluzno.
Por eso, entre el concierto de las aves
y de la tierra en el mundano ruido,
la nota que más se oye es el rebuzno.