En su próxima dicha embebecido,
delirante de amor, Favonio espera
que se desnude Inés, y placentera
entre con él al lecho apetecido.
La ve soltar un lazo, y sorprendido
mira caer a sus pies la ancha cadera;
un resorte, y con él la cabellera,
y en pos de un otro, el muslo desprendido.
Queda el rostro divino: ¡oh! ¡qué blancura!
mas no, que es solimán... se pone prieto,
y... ¿qué saca después? ¡la dentadura!
El seno ¡ah! ¡se desprende con el peto!
¿Y qué resta por fin de su hermosura?
¡Oh engañosa beldad, un esqueleto!