LA OTRA · REVISTA DE POESÍA Y ARTES · DESDE 2008  

La Gaceta

Relatos Costarricenses

14 de noviembre de 2009

Alfonso PeñaCuatro narradores: Adriano Corrales, Jessica Clark, Alexander Obando y Alfonso Chase, nos llegan vía su colega Alfonso Peña.

 

 

 

M E N U

Adriano Corrales

Jessica Clarke

Alexander Obando

Alfonso Chase

 

 

EL ATELIER
Adriano Corrales Arias

 

 

                Me gusta almorzar en el restaurante El Británico. El ambiente es fresco y tiene esa atmósfera tipo cava del siglo XIX que solamente ofrece una mansión de nuestro pasado cafetalero convertida en hotel. Rodeada de toneles y multicolores botellas de vino una se siente regia, fuera de la grosera cotidianidad. Además, el trato es familiar y, lo mejor, no se atiborra de comensales como los demás restaurantes del barrio Amón a la 1 de la tarde. Allí lo conocí.

 

            No voy todos los días, porque a veces llevo mi almuerzo preparado. Pero cuando me gana la pereza, cada ocho días digamos, me encanta bajar a ese sótano mágico y permitir que el salonero nos trate con la confianza de un amigo, mientras nos ofrece un tempranillo español, o chileno. Quién sabe si estos depósitos se comunican con la red de túneles y catacumbas que, según se dice, atraviesan esta parte de la ciudad. Voy con mis compañeras y compañeros de la oficina. Pero a veces suelo ir sola, me encanta. Especialmente la primera vez que lo miré.

 

            Por esa razón empecé a ir hasta dos veces por semana. Hube de improvisar pretextos, mentirillas piadosas, para convencer a mis compañeros que iba a otro restaurante, al apartamento de mi madre, o hasta mi propia casa en Lagos de Lindora, donde me esperaba mi marido. Luego inventé el cuento de un amigo lejano recién llegado, excompañero de la Universidad. Era difícil mantener la misma coartada.
            Fue a la segunda ida que él me abordó. La primera nos habíamos comido literalmente con los ojos. Estaba con unos amigos bulliciosos, celebraban el cumpleaños de alguno de ellos. Vino directamente a la mesa y me espetó: ¿podríamos compartir el almuerzo esta tarde? Me pareció bastante atrevido, pero a la vez audaz; pues eso es justamente lo que yo esperaba. Una voz interior me jalonó y luego de trastabillar y sin salir del asombro le dije: está bien, sí claro, está bien…

 

            Empezamos a salir. Me pareció un tipo interesante, refinado, con muchos viajes a su haber. Era pintor. Su trabajo, de un hiperrealismo insolente en el cual predomina el desnudo masculino, escondía, sin embargo, una especie de velo prohibido. Quiero decir que sus retratos y su animalística parecían tener una suerte de máscara por detrás, algo que servía de sombra y escenografía a los muchachos desnudos, a las chicas besándose y a los cerdos y gallinas destazadas. Para ser sincera, no me gustó mucho. Pero luego de sus explicaciones teórico-estéticas sobre la nueva sensibilidad, me convencí de que era una obra muy seria.

 

            En su atelier, como acostumbraba llamarle, fue la primera vez. Estuvo delicioso. Allí mismo en el piso, entre lienzos, pinceles, tubos de pintura y almohadones, me hizo ver las estrellas y recorrer todo el cosmos con un largo orgasmo. Hacía mucho no me asomaba al éxtasis del amor de esa manera. Lo repetimos con una fogosidad descocada que no sabía si    podía albergar en mi interior. Nos desatamos con demencia y lo disfruté intensamente.

 

La clandestinidad fue lo siguiente. Almorzábamos en diferentes restaurantes y pronto en su apartamento/estudio donde preparaba unas recetas orientales de chuparse los dedos. Luego vinieron las cenas y mis excusas de reuniones ejecutivas por la noche. Y las visitas más asiduas a los moteles. Pero él insistía en su atelier, que era como la guarida perfecta en las tarde-noches de ése verano que ya presagiaba las primeras lluvias sobre barrio Amón. Sospechaba que otras habían estado allí, o seguían visitándole. A pesar del incienso y los bálsamos exóticos, se percibía un tenue efluvio promiscuo. Pero, en mi condición, no estaba para exigirle nada.

 

            Mario de seguro sospechaba. Al menos eso suponía yo. A veces preguntaba por mis reuniones nocturnas con cierta ironía. Para entonces yo improvisaba visitas de clientes internacionales y cenas con la administración, o con la competencia. Me iniciaba en el severo arte de dar rienda suelta a la imaginación y a la inventiva. Sin embargo, no era nada serio, sospechas leves, celos normales de una pareja mal avenida. Él, por supuesto, aprovechaba esas noches y regresaba de madrugada con olor a alcohol y otras hierbas. Acaso también tendría una amante.

 

            Aquél miércoles insistió en que almorzásemos en El Británico. Era una especie de celebración porque hacía cinco meses nos habíamos conocido. Según sus creencias, los múltiplos de cinco son los que traen la buena suerte. Así que nos citamos, una vez más allí. El pasmo fue grande cuando divisé a Mario, con un par de amigos, en una mesa del fondo. Saltó inmediatamente a mi encuentro. Zigzagueé. Decidí venir sola a almorzar porque estaba muy estresada con algunos contratos en mi trabajo, le dije. Y de repente, apareció él. No sabía qué hacer, dónde meterme.

 

            Mi confusión derivó a súbita sorpresa al advertir que ambos se saludaban efusivamente. ¡Se conocían! Mario me lo “presentó”, predicando maravillas sobre sus retratos y qué suerte tenemos, andaba precisamente detrás de uno para adornar la sala. Él replicaba que era una verdadera extrañeza, que desde un encuentro en la universidad no se miraban. La maraña y el estupor aumentaban. Decidieron que debíamos almorzar juntos. No pronuncié palabra. Solamente ellos platicaron con una pasión desbordada.

 

            Al día siguiente me participó y juró, con una gran cantidad de adobos, que no concebía que Mario fuese mi esposo. De haberlo sabido, jamás se habría involucrado. Que fueron compañeros de colegio, que en la universidad se veían casi diariamente, incluso habían compartido una novia, pues sus gustos por las chavalas eran similares. Pero le había perdido la pista hacía algunos años. Mario, a su vez, insistió en invitarlo a cenar e inmediatamente le telefoneó y que, por favor, llevara su catalogo. Que decidiéramos qué cuadro le iría mejor a la sala.

 

            Le recibimos un viernes. Fue algo tortuoso. Otra vez no sabía de qué hablar. Ellos acapararon la conversación y ya achispados, con tres botellas de vino y un pitillo de mariguana, se tornaron más que parlanchines. Parecían auténticos hermanos. Se abrazaban y brindaban con excesiva alegría. Yo terminé lavando la loza mientras Mario le mostraba la casa y la posibilidad de colgar un par de cuadros más. Negociaron precios cómodos y quedamos en que devolveríamos la visita a su apartamento en quince días.

 

            Ingresé a cierto paréntesis donde el pánico me ganaba. No sabía si continuar con una relación que de alguna manera se convertía en doméstica. Había soñado con una aventura así hacía mucho tiempo, era una de mis ensoñaciones y perversiones, por llamarla de alguna manera. Pero siempre quise que fuera al margen de mi vida rutinaria, que no se inmiscuyera en mis asuntos. Sin embargo, casi por inercia y, por qué no reconocerlo, por un deseo desmedido e ingobernable, seguía visitándole en el atelier.

 

            Hacía una semana me había entregado las llaves a la hora del almuerzo para que llegara a las cinco de la tarde mientras regresaba de realizar un trámite con un cliente. Le trastornaba que le esperara en ropa interior. A mí también me enloquecía. Sin decirle, aproveché para hacer unas copias. Me carcomía el antojo de estar desnuda junto a él. Me eriza el cuerpo con su lengua y sus labios, se detiene en mis pechos, lame, juguetea, lentamente baja, me abre los muslos y se prepara para penetrarme con esa fuerza casi animal que me enardecía. Estuve a punto de ir al baño a masturbarme. Pero decidí algo más audaz. Solicité la tarde, aduciendo náuseas y me marché ansiosa al atelier. Sería un encuentro lúdico y prolongado.

 

            Amenazaba llovizna, sin embargo, a través del estambre de niebla se divisaba, incipiente y muy temprano, el aro de la luna llena. Abrí el portón primero y luego la puerta con sigilo. No quería que me oyese entrar. La impresión debía ser completa. En la antesala, en el pequeño zaguán, empecé a desvestirme. Quería sorprenderlo en plena luz. No lo escuché en el estudio. De puntillas, y ya completamente desnuda, atravesé la sala e inicié el ascenso por la escalera de caracol. Un frío vientecillo endureció mis pezones. Iba ya humedecida. Me acerqué quedamente a la habitación. Fue entonces cuando percibí un espasmódico jadeo. ¡No podía ser! ¿Estaría con otra?

 

Esa posibilidad, en vez de amilanarme, me excitó más. Mi turbación iba de la mano con un deseo al rojo que percutía en mi pecho como un atabal. Ardía tanto que no me importaría incorporarme con ellos en un menáge á trois. Me acerqué más. El jadeo y la respiración acelerada de ambos aumentaban. Escuché un grito salvaje. La voz estentórea me recordó a la de Mario. Volvió a resoplar con una palabrota que se clavó en mi cerebro. No había duda, era la voz de Mario, confundiéndose con el sudoroso sofoco de él.

 

adriano-corrales

 

Adriano Corrales (Costa Rica, 1958). Ha publicado: Tranvía Negro (Poesía, Ediciones Alambique, San José, 1995; Ediciones Perro Azul, San José, 1999); Los ojos del Antifaz (Novela, Ediciones Perro Azul, San José, 1999; Ediciones Piel de Leopardo, Buenos Aires, Argentina, 2001; EUNED, San José, 2007); La suerte del Andariego (Poesía, Ediciones Perro Azul, San José, 1999); Hacha Encendida (Ediciones El Pez Soluble, Caracas, Venezuela, 2000); Profesión u Oficio (Poesía, Ediciones Andrómeda, San José, 2002); Caza del Poeta (Poesía, Ediciones Andrómeda, San José, 2004); El jabalí de la media luna (Cuento, Ediciones Arboleda, San José, 2005) y Balalaika en clave de son (Novela, Editorial Costa Rica, San José, 2006). Como compilador ha publicado Poesía de fin de siglo. Antología de poesía nicaragüense y costarricense (Ediciones Perro Azul, San José, 2000); Antología del cuento masculino costarricense (Ediciones Letra Negra, Guatemala, 2007) y Sostener la palabra. Antología de poesía costarricense contemporánea (Ediciones Arboleda, 2007).
Es profesor e investigador del Instituto Tecnológico de Costa Rica donde dirige la revista FRONTERAS y el Encuentro de escritores centroamericanos y del Caribe. Ha sido antologador de poesía y narrativa costarricense y centroamericana y ha participado en múltiples festivales y encuentros de escritores nacionales e internacionales, entre ellos los Festival Internacionales de Poesía de Medellín y Bogotá en Colombia. También escribe teatro y ensayo y colabora con varias publicaciones nacionales y latinoamericanas.

 

 

M E N U

Adriano Corrales

Jessica Clarke

Alexander Obando

Alfonso Chase

 

 

Paranormal.org

 

JESSICA CLARK

 

 

Cabeto no está ni cerca de ser el más extraño de mis amigos.  Grande para arriba y un poco para los lados, comienza a quedarse prematuramente calvo; con los tags de la empresa de software colgando del cuello, llena media sala de mi apartamento con su aire de normalidad.
Las fotos que ha puesto sobre mi mesa de madera son otra cosa: una mujer descalza de vestido informe y con un aire desesperadamente gris; dos adolescentes extremadamente flacos en jackets de mezclilla y con miradas hostiles; un hombre iracundo mirando sobre su hombro mientras se aleja.  En cada foto el sujeto está a un lado de un puente y ha sido fotografiado desde el otro por Cabeto.  Son diferentes puentes: el de los Anonos, el de la pista, el de Guadalupe.
Marco la penúltima foto con mi uña pintada de rojo oscuro, el mismo tono de los picos de mi peinado.  En la foto no parece haber nadie.
Cabeto señala el gato borroso, apenas visible en la esquina. 
Levanto la foto para verlo mejor: casi no –estrecho puente rural en Cartago.  Muestra un perro negro lanzándose hacia Cabeto en un terrible ataque, con dientes cortando el aire y espuma llenándole la boca.  Cabeto se sonroja un poco.
–Pensé que era el Cadejos, –confiesa, –No me di cuenta de que venía hasta que logré enfocarlo bien.
Se me sale una sonrisa, que trato de esconder.  Cabeto ha pasado años documentando cada historia de fantasmas de San José, montando la información cuidadosamente en su mapa interactivo de la ciudad, sin presenciar jamás ni un evento sobrenatural.  Puedo imaginármelo conteniendo la respiración, pensando que estaba a punto de capturar la leyenda en fotos antes de darse cuenta de que se le venía encima un perro rabioso.
–¿Y por qué lo pusiste aquí?
– Fue el único que atacó, pero estoy seguro de que los otros también querían.
Lo dice como quien menciona un hecho cualquiera, pero de repente me doy cuenta de que está asustado.
–¿Te parece que tienen algo contra vos? 
He visto gente maldita antes, pero generalmente son ellos los que andan furiosos por la calle, no la gente que los ve.
– No, no contra mi.
Mis ojos se encuentran con los de él, pero Cabeto parece incapaz de sacar las palabras.

 

–Creo que estaban viendo algo detrás.  De mí.
En mi mente pasan las imágenes, no de las fotografías, sino de las personas cómo Cabeto las vio al fotografiarlas.  La mujer detenida con los dedos de los pies casi en el puente; los adolescentes iracundos e impotentes; el hombre alejándose con pasos rápidos y mirando una vez más sobre su hombro.  El gato escupiendo.  El perro llevado por una ira ciega a un ataque que, por alguna razón, me suena suicida.  Y esta vez veo lo que Cabeto ve en las fotos: ninguna de las miradas está posada exactamente en él.
Por reflejo, levanto la vista a un punto justo detrás de su hombro y lo siento esconder una puntada de miedo.
–No veo nada, –le digo– ¿te leo?
Corremos la mesa y Cabeto se sienta, con cierta dificultad, sobre la alfombra persa, luchando un poco con sus piernas largas antes de resignarse a dejarlas extendidas.  Nos miramos sobre las cartas que sostengo en la mano.  Las veces anteriores, mientras a otras personas les han salido vidas pasadas y grandes revelaciones espirituales, a él le ha salido que se cuide de los chismosos en el trabajo y que está bien de salud.  Esta vez decido hacer algo distinto.
Extiendo la mano. Cabeto toma una carta y me la entrega.  La coloco boca abajo sobre la alfombra y la toco con la punta del dedo. Recito mentalmente la fórmula para invitar lo bueno y alejar lo malo. Si estás aquí y quieres hablar, pienso, éste es el momento.
Y por primera vez en mi vida escucho una voz, físicamente, dentro de mi cabeza.

 

El cielo está comenzando a clarear cuando finalmente nos atrevemos a hacerle caso a mi voz.  Los dos entramos al puente con aprehensión: acabamos de pasar la noche discutiendo el significado de que yo haya escuchado las palabras en vez de percibir una imagen o emoción.  ¿Qué tal si se trata de una entidad maligna que quiere engañarnos?  El odio de las personas en las fotografías no parece una buena señal.  Aunque Cabeto sostiene que sí odian lo que camina tras él, probablemente la entidad sea buena.
El mensaje en sí es lo que al final nos convence: esto no es para vos, tu papel en esto es sólo decirle que visite un puente. Eso fue lo que me dijo la voz.  Mi impresión es que el menaje es bueno y al final Cabeto y yo sentimos que si vamos juntos, podremos protegernos mutuamente.
Dejamos el jeep un poco más allá.  A estas horas casi no hay tránsito, el asfalto se ve azul junto a nosotros, la doble autopista debajo del puente permanece silenciosa.  Yo hundo las manos en los bolsillos de mi abrigo largo y Cabeto tiembla de frío en su suéter. Trae su cámara al cuello, pero sé que no piensa usarla. Los dos dudamos por un momento y yo doy el primer paso, tratando de dar el ejemplo; juego de ser la experta en lo sobrenatural y sospecho que no tengo ni idea de en  qué nos estamos metiendo.
Vemos al chiquito al mismo tiempo.  Tal vez ya estaba ahí, de pie en las sombras al otro lado de la calle y al final del puente.  Me da la impresión de que lleva una caja en la mano.  Chicles, lápices tal vez.  La extiende hacia mi.
–Una ayuda, –con voz resentida, impaciente, y cada fibra de mi cuerpo resuena con el pavor que todos los humanos sentimos en presencia de los demonios.
Siento que detrás de mi el mundo desaparece.  Cabeto y yo estamos al borde de una península de cemento: delante de nosotros un demonio extiende la mano y detrás no hay nada.  
–Cabeto, date vuelta.
Cabeto lo piensa dos veces.  No quiere dejarme sola de cara al niño.  Y me imagino que cada instinto se le resiste a darle la espalda. Sólo ahora entiendo la clase de valor que se ocupa para irse sólo a tomar fotos a un puente embrujado en medio de la montaña, o pasar la noche en el sótano de una oficina donde supuestamente asustan.  Cabeto se da la vuelta y siento, más que verlo, que se encuentra cara a cara con una luz que no produce sombras.
Cabeto cae de rodillas, pero yo no me atrevo a girar para ver si está bien.  El chiquito al final comienza a hablar de forma inaudible, formando palabras horrendas que no alcanzan a llegar a mí.  Sus ojos negrísimos están fijos en un punto sobre mi hombro.
No sé cuanto tiempo pasa, conmigo paralizada del susto, el demonio iracundo, que desaparece finalmente en lo que parpadeo, y Cabeto, que está aún de rodillas cuando yo me atrevo a voltearme.  Por un momento, no puedo creer que el mundo existe aún después del puente.  Miro alrededor, confundida.  Hay una calidad en el aire, en el cemento mismo, que parece más real para mí que cualquier creación humana.  Algo más grande ha estado aquí y, por reflejo, en reconocimiento al inmenso poder residual, me arrodillo también.
No quiero hablar, siento que las palabras rasgan algo precioso en el aire.  Cabeto es el que empieza.
–No pueden cruzar el agua.  –Habla despacio, como en trance–. –Están entrando a la ciudad por los puentes y ellos los esperan para hacerlos devolverse… Los puentes son lugares de paso…
Se me ocurre la idea absurda de que los ángeles utilizan Paranormal.org para buscar los puentes embrujados de San José.  De todas las cosas sobrenaturales que Cabeto habría esperado de su famosa página web, ésta sería definitivamente la última…
–Dijo que me sigue porque me dieron el don de sentir cuando alguno de ellos piensa pasar.  Así los encuentra a tiempo.
–¿Te dieron ellos ese don?
Cabeto dice que si.  Puedo sentirlo imaginado cómo esto va a afectar el resto de su vida y, de repente, me da cólera.  Todo lo que Cabeto quería era estar en contacto con un poco de magia.  Hubiera estado contento con tomar una foto con orbes de luz sobre la cabeza de alguien o con ver un ovni en la playa, pero esto es casi un castigo, una venganza.
– Dijeron que yo lo estaba pidiendo.
Me levanto, asqueada.  Ya el cielo comienza a verse rosado y gris y el puente se ve como lo que es, cemento y concreto, sin sombras inexplicables.
–Podés decirles que no, –le digo–, todos tenemos derecho a elegir.
– ¿Por qué te enojás? No es una decisión difícil.
–Cabeto, no tenés idea de en  que te estás metiendo.
Cabeto se levanta, un tipo normal con dolor de rodillas, pero con una expresión extrañamente luminosa.  Me da la sorpresa de la vida cuando toma mi mano y la besa.
Lore, gracias.  Te paraste aquí y me cuidaste la espalda.  Pero yo soy el que vio lo que había en los dos lados.
Se acomoda la cámara al cuello y comienza a caminar hacia el jeep.  Yo me quedo un momento sobre la autopista, tocando el cuarzo de mi collar. 
Regreso a mi apartamento con los primeros rayos del sol; capturó con una mirada el tarot, cuidadosamente depositado sobre la mesa, las hierbas para hacer limpias, las rocas recolectadas en retiros a lo largo de los años.
¿A quién le estaré rezando con esto?, me pregunto, mientras me quito los zapatos.  ¿Y qué estaré dispuesta a hacer cuando respondan?

 

jessica-clarke

 

Jessica Clark Cohen, San José de Costa Rica, 22 de septiembre de 1969. Hija de padre costarricense y madre brasileña. Es licenciada en Publicidad por la Universidad de Costa Rica. Ha trabajado como productora en televisión y redactora en diversas agencias de publicidad. H publicado la novela Telémaco, 2007, y el libro de cuentos Los Salvajes, 2005.

 

 

M E N U

Adriano Corrales

Jessica Clarke

Alexander Obando

Alfonso Chase

 

 

Caída libre

ALEXÁNDER OBANDO

 

 

Una burbuja en el limbo

Fabián Dobles

 

Buba: tumor blando, comúnmente
doloroso y con pus que se presenta de
ordinario en la zona inguinal, en las
axilas y en el cuello. Debido a la
abundancia de bubas en todo el cuerpo
es que la peste bubónica llevó tal
nombre.

 

Diccionario de la Lengua Española

 

 

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            La pared azul empieza a desarrollar bubas, excrecencias, pelotas azules que tan pronto se desprenden comienzan a flotar. Se van por los riachuelos de aire de la habitación hasta alcanzar alguna rendija en la puerta o en las ventanas. Toman, por así decirlo, el “Expreso Mary-Jean”, suben hasta el balconcillo de los carros y abren las ventanas para disfrutar más el paisaje. Otras bubitas, las más pequeñas de todas, se hunden en el guindo, en el quicio de la puerta y de ahí son succionadas hasta el exterior. Son los abultamientos acusadores. Más tarde, dentro de muchos segundos, llegarán a los vellos de las fosas nasales y la madre pegará el grito al cielo. Se limpiará las manos con un pulpo rosado que siempre tiene en la cocina y se vendrá soplada hasta la habitación de este vuestro discreto narrador. Ya no me importa que las bubas o bolitas azules de la pared sigan saliendo. Tampoco me importa ver al pez ángel flotando en la pecera en medio de molotes y molotes de comida descompuesta que le he ido echando hora tras hora. El muy glotón se ha jamado todo lo que le eché hasta que casi estalla. Algo pesado y grande se le atravesó en la arteria cardiaca y hasta ahí llegó la zebra de los mares, el caballito de palo pintado como un frugal almuerzo de león. Pero ya siento que la madre ha dejado al pobre pulpo en paz y la verdad es que dura tanto en llegar que se lo debe haber pasado hasta por el pubis pro nobis del alma, es decir, el puente, la caverna de donde todos saltamos a la vida. ¡Mierda que solo nos da bubas azules en la pared y peces ángel muertos de cabanga!, o lo que sea (una vez le eché cabada en la pecera a ver si se la comía y el muy rabanito se alimentó con ella hasta mandársela toda, igual que Marcela, igual que Fabián, igual que Patricia, igual que Jazmín, igual que todas las perras que en esta vida me he ganado para suave restregada de cuerpos hasta el amanecer). La vara es que las burbujas azules ya no salen sólo de la pared. Acabo de ver una salirme de la oreja derecha, o mejor, del huequito del oído. Hizo ¡plop! al salir y luego se fue flotando por el aire del cuarto hasta aposentarse debajo de la cama. Ahí flirtea con el viento y parece moverse según los compases y designios de un piano. Las otras bubas, las del tren verde —¿o era azul?— siguen viajando el viaje de la muerte. Se pegan a las paredes del clóset y muy pronto hacen ¡plop plis sssisssisss! por todo el cuarto hasta que la fragancia de su pequeña supernova me acaricia las pestañas y los pelillos de la cara. Un mundo se acaba y la madre por fin entra y deja caer el pulpo rosa que siempre la acompaña cuando entra a mi cuarto. Me agarra con la torre enhiesta a punto de darle de comer, una vez más, al pececito muerto. Pero lo único que escupe es mi pez, mi pescis penículus, méntula mea, pescis penículus, y se me sube por la espalda la tarántula del Catulli Cármina y no siento como golpes los pequeños caracoles de puño cerrado que la madre me propina. Más bien la tomo del brazo. La lanzo contra la cama y la obligo; no, le suplico; no, la obligo a que pruebe el almuerzo del pececito ángel que flota cubierto de nieve en la pecera. La madre grita, grita, grita, grita, grita, grita, hasta formar bubas rojas en la pared y demás superficies de la casa. No la obligo más. Ella sale corriendo despedazando decenas de bubitas en el aire y yo, ya más calmado y desnutrido, me llevo a la boca mi propia cabada.

 

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            Entra la china que me tiene ahí desde el martes o desde otro día. Ya no sé cuántos días son de papeles, escritorios, lápices nerviosamente mordidos, basureros, vomitadas, amenazas de fuego eterno sin derecho a teflón y los maes de negro (no necesariamente Will Smith) que se meten la mano dentro de la sotana cuando les cuento mis masturbaciones con mis amigos y las cogidas con Marcela, Patricia, Fabián, Jazmín etc, etc, etc, ad bubiam. Pero entra la china, como ya les dije, y me insulta de una manera solapada. Me llama mal hijo, mal alumno, mala cama,etc. Yo me quejo de esto último y ella decide probármelo. Los hombres de negro salen del cuarto luchando con su propio pez ángel y la china me entra en su bosque de añil.

 

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            Las piernas como dos montañas de Shangri-Ra. El palacio dorado y blanco que se extiende al sol después de meses de buscar entre las nieves perpetuas. La china me lleva de la mano y caemos por una fuente, una montaña rusa hecha con su piel y llena de vellitos vaginales. Este tren sí que no se detiene. Las pestañas de sus labios estiran y encojen, chupan y acarician para darnos la fuerza de empuje, la electricidad necesaria que nos lleva al palacio dorado; al mundo de las bubas azules, rojas y verdes de la fantasía de Oz. No hay más fricción que el placer de rozarla y ella, como gigantesca flor de loto en primavera, se abre a la mañana de nieve y nos muestra todas las burbujas, todas las bubas donde en cada una va insertada la cara de un amor, el gesto de un robo, la finalización de un orgasmo, el cierre de un libro, la antorcha de una quema de jueces y padres, la guitarra maniática de Reznor o la nariz violentamente coqueada de Robert Plant. Salen millones de burbujas a conquistar el universo conocido mientras la china, una y otra vez sobre mí, grita el abecedario de su idioma en otros siete o nueve lenguas que le sueltan el pelo. Las tetas de la china en el bosque de la china, un magritte de bubas amarillas y blancas flotando en el aire de la mañana, como los peregrinos a Roma con antorchas en la neblina de los bosques medievales. La crema de la china frotando mi estandarte hasta que Reznor nos toca March of the Pigs y la hermosa doctora china se cae de mi palo por falta de destreza en eso de jinetear machos. Ella, furiosa, pega gritos de horror mientras la créme de la créme salta por los aires en busca del orificio de una virgen de las grutas que la pueda acunar los próximos nueve meses; y la china vuelve a gritar mientras el semen viaja cuesta arriba hasta los golosos labios de su vagina. Una vez terminado su orgasmo, la china grita furiosamente y pide auxilio.

 

Pause ||

 

            La madre está echando palabras de color rojo bermejo por la boca. Sigue sin soltar el inseparable pulpo rosado que la acompaña a todas partes. Dice que soy un fariseo, un amonita y un filisteo. Que creo en sacrificar víctimas humanas a Baal en lo alto de las montañas y toco a las mujeres cuando están bañadas en su propia regla. Mi padre dice lo mismo, pero en otro tono: que soy un antipatriota, que no creo en el destino manifiesto que dios nos otorga y que a veces, aunque solo sea a veces, cojo con hombres. La mayor parte del tiempo, según su testimonio, estoy en la cama fumándome a María-Juana, inhalando perico y tomando guaro. Nada de esto me preocupa. El celador ya me ve con mugrosa lascivia y lo que es mi mama, tal vez quiere que la fuerce una vez más, por eso se opone al encierro y me defiende, pese a que fue la que estuvo más de acuerdo en que yo no la merecía como madre.

 

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            El padre pidió tan solo cinco minutos a solas conmigo. Las bubas, grandes y negras, saltan de mi cara, de mi boca, de mi cuello al estrellarse ruidosamente contra las paredes. El color rojo y negro lo mancha todo mientras mi tata me mete dos dedos por la nariz y me la fractura desde adentro. Luego me patea en el suelo, me daña la columna y yo me cago de tanto dolor. Las bubas color café apestan el cuarto y entran los hombres de negro, una vez más a masturbarse sobre lo que queda de mi cadáver. Yo levito y pongo cara de Sor Juana mientras los monjes bañan mi hábito en grotescas marejadas blancas que cuelgan de mi cuerpo. Ya no soporto tanta carga, tanto dolor y caigo estrepitosamente al suelo.

 

Pause ||

 

            Paso un mes en el hospital. Las bubas y globos de color celeste o  amarillo acompañan mi sueño en forma constante.

 

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            El televisor pasa fotos del lunar de Madonna a escala tres mil. Es un grotesco montículo de mierda en medio del paisaje lunar. Madonna da un beso y de repente es Marilyn Manson posando de Marilyn Monroe. Y Manson, hay que reconocerlo, tiene mejores piernas que cualquiera de las otras dos. El celador de las tres trae la misma caca de todas las tardes: un budín lleno de moscas negras (pasas, según él) sobre el desvaído paisaje de tres o más barbitúricos con avena y azúcar. Mi problema no es la caca sino el celador. Es playo y dice que tengo cara de chiquita. Una noche se me mete a la cama y siento que me voy por un túnel de cacao hasta desembocar en no sé que glándula hiperroja y muy nerviosa. La tal glándula mide la proporción de mi desdicha o mi felicidad. Su dictamen es felicidad moderada o no cognociente. Sigo cayendo por el túnel y de paso me topo a la china con unas enormes tijeras en forma de anteojos de gato. Me circuncida durante el coito y luego me manda a seguir el viaje por el húmedo túnel de postres de cacao y chocolate. Pienso en mi pececito ángel ya muy inflado y a punto de disolverse en la pecera de mi cuarto. Los padres probablemente le han alquilado la habitación a un maje de buenos modales y malos pasos, con lo miopes que son. Pero eso me recuerda la herida del padre: mordisco en el cachete que me ha dejado desfigurado (a pesar de lo que el celador diga) la nariz quebrada y los ojos muertos de tanto llorar pensando en mi pececito méntula méntula mea penis penículus penis méntula mea… … yea… yea… yea. Sigo la caída de altazor y cuando todo ya es oscuro y nieva en la avenida central de Costa Rasca, siento como las agujas ya no permean ni la piel de libélula que he desarrollado. Mis ojos son un gigantesco mar de espejos y la proboscis con que me alimento me hace vomitar todos los sábados la Big Mac que nos meten por tubos de alegría inocularia. Una orden de papitas, una coca grande y dos Monday de uva. ¡Pero, cómo que no hay Monday! Y la proboscis se ve obligada a succionar treintaidós sundaes de cada sabor imposible; aguacate, cola de buey, cangrejo, mondongo, hígado de carnero y ojos de mono tití con una cereza encima. El lunar de Madonna ya parece el mar de las lluvias y poco a poco nos vamos alejando en caravana a una vida alterna, una muestra de que todo es posible cuando se trata de viajes en el tiempo y cambios de cuerpo; transmutaciones indelebles que, sin embargo, dejan algo de los otros en nosotros. Yo decido ser un adolescente de Sinus Iridum, gran metrópolis lunar de nuestro siglo, y recojo plata, recojo a mis amigos y a mi cabra y me voy “moon diving”, deporte que se mide ya no en metros sino en kilómetros. Llego hasta la cúspide marciana de Mons Nix y desde ahí dejo que la débil atmósfera de Marte me lleve lentamente a los próximos treinta años de paraíso. La caída dura para siempre. El viento sobre un rostro inmortal es indescriptible. Pasa de serlo todo a no ser nada y, sin embargo, sigue siendo todo.
            Toco con las manos el ojo del universo.

 

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            Al celador es al que culpan de haber dejado mi ventana abierta.

 

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Alexánder Obando, San José, Costa Rica, 1958. Ha publicado las novelas El más violento paraíso (2001), Canciones a la muerte de los niños (2008)
y la antología La gruta y el arcoíris – Antología de narrativa gay/lésbica costarricense (2008).

 

 

M E N U

Adriano Corrales

Jessica Clarke

Alexander Obando

Alfonso Chase

 

 

MELLIZAS

ALFONSO CHASE

 

 

Nunca les dijeron gemelas.  No se sabe por qué, o cuándo empezaron a decirles mellizas. Donatella y Viviana se llamaban. Y una era mayor que la otra por algunos minutos. Eso las definió en carácter y hasta en la manera de ser y en sus gustos. Mientras que a una le atraía lo oscuro, a la otra la volvían loca los grises o algunas veces el blanco, como si fueran dos polos de un mismo globo terráqueo; además, en cuanto a manera de pensar, una era el Ártico y la otra el Ántartico. Pero se llevaban bien. La madre, enfermera, se fue contratada a Estados Unidos y nunca volvió. Su marido, don Jovel, que era mayor que ella, terminó de criarlas y parecía más bien su abuelo. Nunca les prestó atención y crecieron solas, velando la una por la otra e intercambiando postales desde niñas. Las dos eran como muñecas, decíamos en el barrio.

 

            Como barbies chiquitas, con vestidos de vuelitos, que les hacía una hermana de su madre, que empezó trabajando en una fábrica por Barrio Cuba y terminó poniendo un Se reciben costuras en la ventana de su casa, como a cien metros de donde vivían las hermanas. Sin embargo, por el carácter de don Jovel, no acostumbraba a quedarse mucho tiempo en el hogar. Nadie supo nunca por qué se fue la madre y menos porqué se había esfumado, pues ni cartas mandaba y parecía que se la había tragado la tierra. Alguien de Pérez Zeledón, que vivía en New Jersey, contó que se había hecho cristiana y asistente  de una antigua cantante de la farándula que, reconvertida, se dedicó a viajar por todo Estados Unidos y, que cuando  murió la pastorcita, la mujer se hizo cargo de la iglesia. Pero sobre esto no hay ninguna información segura.

 

            Las mellizas eran, desde chiquitas, muy coquetonas. A los doce años ya parecía que tenían como quince. Estudiantes de colegio, muy aplicadas, andaban siempre juntas. Nadie sabe cuándo se fijó doña Judith en ellas, pero parece que las invitó a su casa a tomar café o a conversar. Y así empezó la cosa. Eso dijo don Jovel, cuando se destapó el asunto por la prensa, aunque era la comidilla del barrio desde hacía como tres años, sobre todo por las risotadas de los taxistas piratas, que no daban abasto trayéndolas y llevándolas, de un lado para el otro, siempre las dos juntas, como que eran mellizas. Todo esto cuando apenas tenían catorce años y seguían aplicadas y estudiosas en el colegio, indiferentes a cualquier comentario, y sin hablar con casi nadie en la alameda en donde vivían.

 

            De barbies chiquitas pasaron a convertirse en muñecas juveniles y ya desde los once se maquillaban, nunca para ir al colegio, sino cuando llegaban a su casa o algunos hasta las vieron hacerlo en la pulpería de una amiga de doña Judith que, ahora lo sabemos, servía de punto de reunión para muchas otras chicas del barrio, casi de la misma edad que ellas, cuando todo se alborotó en la prensa: la escrita y la de la tele, como comentaban las vecinas y me comentaron a mí después, con pelos y señales. No. No tenían novio fijo. Solo la amistad de algunos carajillos, que merodeaban cerca de las dos, pero que nunca agarraron nada, simplemente porque no tenían nada que ofrecerles, o ellas se hacían las rogadas y solo los usaban de lámpara, no fueran a decir los vecinos que eran lesbis, o que, de estar juntas, no podían vivir la una sin la otra, o esas cochinadas que se comentan en el barrio, ahora que todo ha pasado y ellas solo son parte del recuerdo o de las habladurías, que no duraron más de un mes, cuando mucho.

 

            La casilla, la casita más bien, empezó a transformarse. De estarse casi cayendo se fue convirtiendo en una hermosa chozona, con muro, ventanas transformadas, alambre navaja, pintada de color teja, con el jardín convertido en un muestrario de plantas y flores, orgullo de don Jovel y con la indiferencia de las mellizas. A mí me saludaban siempre. Eran atentas y selectivas, pero más bien indiferentes con todo lo que las rodeaba, como ocurre con las chicas a los quince años, que tienen la mirada fija en ellas mismas; en la cara, los senos… no eran pechugonas y detestaban a las modelos con implantes, porque no les gustaba lo artificial, sino lo natural y producto de los ejercicios del gimnasio, al que estaban inscritas, las dos, dese los trece años. De las piernas ni hablar: casi perfectas. Uno lo podía comprobar solo con verlas con la enagua de colegio, que les quedaba talladita, sin ser por eso exagerada, y con las medias a media rodilla. No. No usaban pantalones.  Nadie las recuerda con las piernas tapadas, sino que casi desde los diez años comenzaron a usar minis, que se les veían muy bien y tenían locos a los viejos del barrio, que salían a pasear al perro con tal verlas de pierna cruzada, en alguna banca del parquecito, sabiendo las dos, Donatella y Viviana, que estaban como querían, es decir: para comérselas.

 

            Si usted no las conoció de cerca, podría pensar que eran mudas. Saludaban con la ceja, las dos juntas, y a veces me cerraban el ojo, pícaramente, con una cierta complicidad que parecía decir: sí, sabemos lo que estás pensando, pero nosotros también sabemos lo tuyo, viejo cochino, pero sin nada que nos sobresaltara y más bien con un cierto dejo de risa nerviosa, común entre las personas del barrio, donde todos sabemos lo del vecino, pero ¡ay! del que se atreva a decir, en voz alta, los secretos que se pasean por las alamedas, a no ser en uno de esos pleitos que tienen consecuencias para toda la vida y en donde usted no le vuelve a hablar a su vecina por cuarenta años, y es capaz de envenenarle el gato al menor descuido y reírse, detrás  de las cortinas, ante el llanto y las maldiciones de la anciana al recoger al animalillo, tieso como un palo.

 

            Lo último que vieron entrar a la casota fue un televisor de plasma, pues antes ya estaban suscritas a la televisión por cable, del cual se guindaron algunos vecinos a los cinco días de haberlo puesto la compañía. Para ese tiempo, ya usaban zapatos de plataforma, altísimos, relojes rosados, que se intercambiaban, vestidos de marca, ellas que antes usaban ropa hecha en casa o compradas entienda americana, en la sección boutique. Don Jovel se dejó decir que la ausente mandaba algunos dolarcillos al mes. Pero el cartero nos contó, luego, que nunca, en cinco años, había dejad una sola carta en esa casa, ni siquiera para Navidad.

 

            Un muchacho, resentido con las dos, empezó a regar el rumor de que seguro eran masajistas, o bailarinas de barra, pero, cosa rara, seguían yendo al colegio con uniforme y sin pizca de maquillaje, medias hasta las rodillas y todo lo que usaban las hacía a verse impecables, como si fueran alumnas de un internado religioso, aunque nunca se las vio en misa, ni en un templo, ni siquiera cuando los Hare Krisna abrieron lectura de “libros santos”, como dicen ellos, en una cochera alquilada.

 

            Eran absolutamente indiferentes a todo lo que no fuera ellas mismas: su casa, la tele por cable, una enredadera que sembraron juntas y cuidaban por separado, haciendo de don Jovel un hombre invisible, sentado en el sillón que le compraron, viendo la tele de las ocho de la mañana en adelante, experto en todas las noticias del mundo, porque las nacionales, decía, eran puros rateros robando cámara, con un chuica tapándoles la cara.

 

            Las labores de doña Judith, de tan conocidas y variadas, no tenían una explicación convincente para quienes veían el trasiego de autos, taxis, porteadores, vanetes  piratas, escarabajos o hasta motocicletas, de esas de servicio de recibo y entrega de mensajes. Todo el barrio  imaginaba múltiples asuntos que se ventilaban puerta adentro. La citada señora con teléfono celular, dos, tres inalámbricos y hasta uno antiguo, como de colección, que siempre estaba sonando, como afirmaban sus vecinas más cercanas, dos simpáticas beatas, hermanas, que aseguraban que se les aparecía la Virgen los fines de mes, para darles mensajes que ellas reproducían en fotocopias, con la propia letra de la Santísima, y a quienes doña Judith favorecía con dádivas, según decía el dueño del bar de la esquina.

 

            La verdad es que nadie vio nunca a las mellizas acercarse a la casa de la doña. Pero aparecieron con teléfonos celulares, de última tecnología, y parecía que se pasaban hablando las veinticuatro horas del día, aunque, justo es decirlo, no más entraban al colegio los apagaban y guardaban en sus mochilas de marca, para seguir la conversa a la salida de las clases.

 

            Últimamente las mellizas parecían idénticas. Tanto en uniforma como en vestido de calle. Como si hicieran grandes esfuerzos para parecer igualitas, aunque una tenía un pequeño lunar cerca del labio superior y la otra en la mano izquierda. Pero nadie exhibe su identidad en lunares, y fue así como nosotros perdimos la cuenta de cuál era Donatella y cuál Viviana, que llegaron a parecer una misma persona, diferentes,  eso sí, en algunos detalles, como si en lugar de ir entrando en años, se fueran haciendo más niñas, por arte y magia del maquillaje, parecidas a esas chiquitas que sus mamás, de necias, insisten en vestir como reinas de belleza cuando todavía usan babero y que a veces hasta se las roban los sátiros y las dejan tiradas en los cafetales.

 

            Antes de Semana Santa empezaron a llegar al barrio unos muchachones, encorbatados, preguntando cosas raras sobre doña Judith y su casa. Al principio todos nos hicimos los tontos, pero poco a poco las vecinas aflojaron el pico y, a pesar de que la señora vivía ya en una fortaleza, que por los gastos en agua hasta parecía que tenía una piscina adentro, poco a poco se fueron uniendo los chismes, de todos conocidos o inventados, para decir lo que se dijo. Empezaron a merodear carros sin placas, algunos hasta polarizados, esperando como que algo sucediera. Pero no pasaba nada. Solo el montón de autos, yendo y viniendo, vacíos algunos, otros con mujeres adentro, chiquillas la mayoría, que no se bajaban, sino que solo lo hacía el chofer. Este tocaba el timbre, doña Judith salía,  hablaba unas pocas palabras y les daba un papelito, que nadie supo nunca qué decía, y se iban veloces a algún lugar desconocido.

 

            Luego se destapó el tamal. Que a las mellizas las encontraron en un condominio, por Escazú, gritando como locas: ¡se murió, se murió, se quedó como muerto!, por todos los pasillos del edificio, hasta que la seguridad las descubrió vestidas como niñas de escuela, sin zapatos, mientras el viejo permanecía en la cama, desnudo, con los ojos viendo para el cielo raso… Y cuando llegó la investigación judicial, ellas contaron todo. Muertas de miedo, temblando Donatella, descompuesta Viviana. Y luego aparecieron los forenses, ellas ya en la planta baja, curioseadas por los guardas de seguridad, que sonreían picarones y se hacían los tontos, porque ya conocían los gustos y las pachangas del viejillo. Y en lugar tan caro y elegante no pasaba nada; todo era de puertas para adentro. Y como el gringo les daba su propinita, ellos preferían hacerse los ciegos, para dejar librado a la imaginación todo lo que allí realmente sucedía.

 

            Minutos después de lo de Escazú, los muchachones que merodeaban la casa de doña Judith, orden de juez en mano, botaron el portón y la puerta de entrada, y le cayeron a la doña, encontraron otras dos chiquillas, en proceso de maquillaje, en la sala, Y decomisaron todo. Desde los teléfonos celulares hasta las libretas, que en número de seis, tenía la mujer guardada en un clóset con doble llave. Se la llevaron, junto con una prima que estaba por esos días haciéndole  visita. Doña Judith, muy elegante, la frente en alto,  sin permitir que le tocaran siquiera un codo, vestido sastre, tacones altísimos, con un carterón nuevo,  saludaba a las dos vecinas beatas, al despiste, y como diciéndoles:  rueguen por mí  ahora, cabronas, que se quedaron sin ayuda y sin fotocopias de los mensajes de la Santísima.

 

¿Y las mellizas? Estuvieron detenidas solo unas horas. Todavía vestidas de barbies infantiles, regresaron en patrulla al barrio. Don Jovel, que siempre se hizo el tonto, siguió haciéndolo, como sí allí no hubiera pasado nada. En el barrio, luego de ver las noticias en la tele de la noche, cerraron bien las puertas y en más de una casa se oyeron gritos y hasta pescozones, de madres y padres golpeando a las hijas. Pero luego todo volvió a su nivel normal. Las mellizas se pasaron a estudiar a un Instituto, más mudas y hasta altaneras, según dijeron unos vecinos.

 

Luego, para Navidad, parece que comenzaron a ir a una iglesia evangélica, y se hicieron cristianas renovadas, para furia de las dos beatas, que les dejaban los mensajes de la Santísima, en la noche, dobladitos en un resquicio del portón. Finalmente, no se supo más de ellas. Antes de la Semana Santa, al año de todo lo ocurrido, parece que la Iglesia las mandó a Estados Unidos, para que trabajaran como niñeras, en Patterson o en Kansas (no quedó claro), de acuerdo con un programa de visas que tienen las iglesias de aquí y allá. Otros dicen que, no más al llegar, se dedicaron a buscar a la mamá hasta que la encontraron en Ohio, cosa que no le hizo mucha gracia a la señora, que ya había hecho otra familia. Algunos, más exactos, si así puede decirse, se las encontraron en Nueva York en el Deep Club o en El Tropicana, como bailarinas, al lado de Don Omar o Daddy Yankee, especialistas en el perreo, amigas de la DJ La Callejera, o de Lenin Vladimir, del que se dice son sus novias, según contó otra chiquilla a la que deportaron hace unos días.

 

            Don Jovel sobrevive a todo. Nunca se dio cuenta de nada. Aunque dice el cajero del banco que maneja una cuenta millonaria que le dejaron las mellizas, para que no se muriera de hambre.

 

            Saca a pasear un perro todas las tardes. Riega el jardín, que ahora es un charral. Poda la pasionaria, que ya es una enredadera que cubre todas las ventanas, y sigue viendo televisión de ocho a ocho.

            ¡Ah! Y ahora sí recibe cartas. “De vez en cuando”, dice el cartero.

 

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ALFONSO CHASE
Cursó sus estudios secundarios en el Liceo del Sur y los superiores en la Universidad de Costa Rica, así como cursos sobre literatura y ciencias sociales en México y los Estados Unidos.
Su obra poética y narrativa ha sido distinguida con varios premios: 1 Premio Centroamericano de Poesía, Guatemala 1966 y 1968; II Premio Centro-americano de Novela, Guatemala 1967; 1 Premio Centroamericano de Cuento, Guatemala 1975; así como el Premio Latinoamericano de Poesía otorgado por la Organización Continental Latinoamericana de Estudiantes (OCLAE) con sede en La Habana, 1969.

 

Ha obtenido el Premio Nacional de Poesía, 1967; el de novela en 1968; y el de cuento en 1975, así como el Premio Carmen Lyra, de Literatura Infantil y Juvenil en 1978.

 

 

Publicado originalmente en La Otra · © del texto y las imágenes: sus autores. Forma parte del archivo de La Otra (fundada en 2008, dirigida por José Ángel Leyva) dentro de esta casa.
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