LA OTRA · REVISTA DE POESÍA Y ARTES · DESDE 2008  

La Gaceta

Poesía de Nino Gallegos

14 de febrero de 2009

nino-gallegos-thumbDe estirpe duranguense o duranguraña, Nino Gallegos vive entre la montaña y el mar. Reside en el puerto de Mazatlán y aún sueña con la serranía de Durango. Al lector le brindamos algo de su poesía.

 

 

En el país que no sabíamos de ti

En el país que no sabíamos de ti, todos confirmamos en la pila de los rescoldos, tu desaparición, mas no tu ausencia, ardiendo aún en la brasa de un fuego que nunca ha sido extinguido.

¿Cómo pudo suceder tal acontecimiento?, parece que el viento se ha quedado helado en la larga brisa de tu cabellera, tratando descarcharlo el sol con el último rayo sumergiéndose en el mar de los espejos, no pudiendo nadie olvidarte cuando te recordamos en la hora en que te perdimos y no poder encontrarte en el país que no sabíamos de ti.

Nino Gallegos
Nino Gallegos
Nunca pretendimos una labor filantrópica para hacernos mejor, porque tú siempre estuviste del lado de los marginados y alzados en el país que no sabíamos de ti y que está del lado izquierdo de tu corazón, haciendo más que nosotros circulando los poemas para todos aquellos que saben que son el pan del hambre de cada día, no importándote cuán distante es la levadura de la harina, el estiércol de los montes, el zarpazo de los jaguares, caminando y recorriendo cada espacio por las veredas y las aldeas con las palabras estampadas en las hojas de los árboles.

Cuando nos dijiste que te ibas, nomás se escuchó el crujir desde todas las raíces de todos los pinos, los encinos, las ceibas, las amapas,  cimbrándose lo que tenía que temblar y abrazarse en lo que tenía que irse, dejándonos tremolando las quijadas con los dedos tamborileantes, no pudiendo ni siquiera detenerte porque te fuiste antes de que nos despertáramos ansiosos después de un sueño que se hizo realidad en ti y una ausencia en nosotros, no pudiendo hacerla presentánea hasta después que desapareciste en el país que no sabíamos de ti.

Lo que se quedó en el país que no sabíamos de ti, fue esta ausencia en nosotros, y el no poder desaparecer como tú, ingente e insombre, y a la vez sombría esperanza de los tantos y no poder saberte ni tocarte porque en el sabor salobre de las costas no es lo mismo el sabor a trementina cuando los árboles son talados con las sierras eléctricas de las desmedida explotación maderera.

Siempre a veces sé en el país que no sabíamos de ti, desgraciadamente, poca cosa, porque no es la misma neblina vertical y transparente de la sierra con sus campesinos que la neblina horizontal y espesa de la costa con sus pescadores, con una hora de diferencia y una misma historia, más tempranos y más tardíos, porque el sol siempre los levanta desde los desvencijados camastros de la marginalidad y se apuran y se alentan con un aliento que sabe a tierra con la arena del tiempo a destiempo rezagado en el país que no sabíamos de ti, umbrátil y taciturna, orillándome a la vera de los caminos y de las aguas y sentirte desembocar en mi boca y en la memoria como un largo viaje forestal y marino a nuestras casas.

Toda esta vida, la que pasó, y la que posiblemente nunca llegue futuramente, te he estado buscando en el país que no sabíamos de ti, ardua, redoblada e irresponsablemente queriendo localizarte por diferentes principios, medios y finales, y nunca ha sido posible porque nunca has estado en el porvenir, acaso allí donde nadie de nosotros te ve pero te está tocando, aunque uno de nosotros nomás diga que las sillas son para sentarse, y tú nomás crujas con el peso de quien sexenalmente te ocupa, siendo tú más que una silla, una mesa, un piso, un  techo, unas paredes, unas ventanas y una puerta, porque entras, estás y sales sin que nadie de nosotros nos demos cuenta:

Eres en el país que no sabíamos de ti, la alforja y la quejumbre, la carne seca y el hambre, el camino y el cansancio, la tan lejos y la hasta cuándo, allí donde nadie supo y nadie sabe en el país que no sabíamos de ti, y que el impuro eco, la desenhebrada voz, el escupitajo seco, el polvo de la piedra desmoronada, son como los rayos sol, los golpes del agua y el viento.

Casi nada hemos aprendido en el país que no sabíamos de ti, saliéndonos de los centros urbanos para buscarte en las periferias rurales, pero como todos han cambiado de señas en sus domicilios emigrantes, nos hemos encontrado con que la vida buscada en otra parte es como andarse y no reencontrarse, cerrar una puerta para abrir otra puerta que da a la calle.

Y si esto es lo que hemos aprendido en el país que no sabíamos de ti, porque nada es mejor o todo es peor si no sabemos distinguir cuán distante es lo cerca de lo que se hacina en esas vastas planicies de terracería donde el polvo es el baño diario de lo que se va acumulando en esos domicilios desruralizados con direcciones que vienen desde todos los lugares y los lados: siempre se llega, se entra, se está y se sale sin darnos cuenta, porque esos rastros humanos de los otros son también en el país lo que sabíamos de ti, revolviéndose, revolcándose, reapiñándose.

Habiendo vivido todas las estaciones y las elecciones hasta antes y durante del año 2006, después hemos vivido en el país que no sabíamos de ti con la especulación de los precios y con la inflación de nuestro valor adquisitivo hecho bolas de hilo en la rasgadura de los bolsillos, queriéndonos menos y de(s)preciándonos más, tomando de las alas antes de caer Ángel González, para que me(-)nos escriba:

Tiempo inseguro,
dicen los pronósticos,
con toda la razón del mundo,

y saber lo que escribió sigue siendo el futuro en el país que no sabíamos de ti, pasando aún las aguas turbiamente contaminadas y corrompidas bajo los puentes de las instituciones oficiales de quienes ofician la misa en escena con la inmediatez de lo fáctico en las sombras y de lo mediático en las luces que en esta profunda marginación del claroscuro en que los demás son los otros en el país que no sabíamos de ti, pero que te disfrutamos con una mórbida y finita gracia por la desgracia en que:

Hay mañanas que no deberían amanecer nunca
para que la luz no despierte lo que estaba dormido,
lo que estaría mejor dormido
y aún en el sueño vela, acosa, hiere.

Y aunque todo es confuso, inconjunto y fragmentario en el país que no sabíamos de ti, todos, sobre todo, los excluidos, hacen como que se quedan y no van a ninguna parte con su carga de desmemorias, deshoras y pasiones reducidas a baratijas, mientras tanto, nosotros, los incluidos, a manera de convidados de piedra, departimos con el bicentenario y el centenario conmemorativos la blanca y verdeante rojiza que ondea en el zócalo de nuestras recurrentes independencias y degradadas revoluciones, en el fragor de nuestras conmiseraciones históricas, tratando de levantarnos en armas con los brazos cruzados, en tanto, en el país que no sabíamos de ti, algo poderosamente intangible se desdibuja por debajo de los párpados caídos y de los ojos cerrados:

Te vemos, pero, no te creamos, ni te creemos.

Eres, en el país que no sabíamos de ti, una novela-río desbocados y no desembocados, una mural del tamaño de una nación con fronteras internas y circundantes, una zona demersiva con promontorios en el golfo, el caribe y el pacífico con barcos naufragando en la memoria líquida de un piélago inexistente, donde además me causas confusión y convulsión porque te han hecho del campo una zona devastada

e industrial turística, pasando de natural a artificial, tarjeta postal y portal del Welcome del bule de agua al producto exótico pintado con paradisíacos paisajes y viajes únicamente posibles para quienes los pagan.

Las islas tienen un silencio que se oye

Lo escribió Italo Calvino en La aventura de un poeta, y cuando a mí me sobra el mar rodeado de islas o las islas rodeadas por el mar, pienso en los que no tienen islas porque no tienen mar, más sin embargo son islas de soledad que se alcanzan a tocar con aventurarse más allá de lo que la poesía toca con los brazos extendidos y nuestras manos se adelgazan para tocar con los dedos nuestros rostros.

Sí, las islas tienen un silencio que se oye nomás mirarlas desde nuestros ojos poseídos por los rostros de las islas de la soledad, rodeándolas con nuestros cuerpos y nuestras sombras porque el sol del mediodía es un círculo quemante alrededor de nosotros.

En las madrugadas, las islas tienen un silencio que se oye más fuerte semejante al sonido de las corrientes marinas que transportan el calor y el frío superficial y profundamente, no siendo necesario navegar mar adentro, pues con estar tierra adentro, despiertos al maquinar de nuestros músculos y nervios se siente y se oye que las islas tienen un silencio que se oye más fuerte igual que un reloj de arena como despertador: es cuando la aventura de un poeta se atreve a navegar circundando las islas con los ojos abiertos para no dejar de despertar ante el sonido de la vida que pasa con esa líquida y material expansión en que todo es permanente y fugaz.

Ser un poema al final del poeta

Ser un poema al final del poeta, es lo que me atrae de Ko Un desde su aparente apacibilidad en un jardín coreano para el mundo, sobre todo, sus cuatro intentos suicidas, y yo ni siquiera intentar uno, aunque a veces lo pensé y no faltó alguien que me amara y luego me distrajera de ese pensamiento último y único contra la vida.

Desde entonces han pasado los años y la calvicie en mi cabeza, las canas sujetas a las orejas y las arrugas insinuándose en los espejos cotidianos con que uno se levanta lavándose la cara y escupir un gargajo flemático en el lavabo de los dientes cariados y sucios.

Y después del día, la noche, un guiño de oscuridad y un atisbo de luz kounianos, todos los nombres sobre todos los jardines imaginarios, los albañiles, los estibadores y los pescadores que no han dejado de ponerles ladrillos a las construcciones, cargas portuarias a los barcos y pescados a las redes de la esperanza, por más que el salario y la ganancia se parezcan al pan, a la leche, a la azúcar y a la sal de la vida, siempre hay un guiño de oscuridad que se entrecruza con un atisbo de luz:

Ser un poema al final del poeta.

Si esto es un hombre

Se questo é un uomo

Si esto es un hombre, Primo Levi por el monte y Günter Grass por la milicia, al fin,  nunca se encontraron cara a cara, en los campos de concentración y exterminio, y con el tiempo los dos se hicieron hombres y escritores.

Primo, escribió y se suicidó; Günter, siguió viviendo, escribiendo y obteniendo el Premio Nobel de Literatura.

Alguien escribió que después de Auschwitz, no había nada ya que escribir, y a Levi se le fue la vida testimoniando en ello, en tanto, a Grass, se le cuestionó su tardío reconocimiento personal que de joven perteneció a las Waffen-SS.

Si lo de Günter Grass fue terrible personal, ética y moralmente reconocerlo, a Primo Levi solamente después de muerto se le reconoció tan terrible sufrimiento, demostrándose que dos hombres aunque hayan estado en el holocausto nazi, no siempre gozan la paz mental y menos la paz sepulcral.

Pareciera que aún en un mundo de concentraciones y exterminios, la soledad ante el infortunio o frente a la fortuna, no deja de ser un acto de contrición ante la ignominia de un muro levantado entre la memoria y el corazón del hombre si es que eso es un hombre.

Existencial, ética y moralmente Primo vivió y escribió después que sobrevivió en Auschwitz, mientras que Günter sobrevive existencial, ética y moralmente de sus recuerdos, y desde la espiral de humo que sale del tabaco quemado de la pipa de Grass, debe seguir oliendo los cuerpos gaseados de la condición humana del Holocausto.

Si esto es un hombre en la marcha militar y fúnebre que hoy sigue siendo el mundo, Primo Levi dijo no odiar al pueblo alemán, aunque nunca lo había perdonado, tal vez esperando que Günter Grass, en un acto de solidaridad humana, lea en voz alta para el mundo:

Los que vivís seguros

En vuestras casas caldeadas

Los que os encontráis, al volver por la tarde,

La comida caliente y los rostros amigos:

Considerad si es un hombre

Quien trabaja en el fango

Quien no conoce la paz

Quien lucha por la mitad de un panecillo

Quien muere por un sí o por un no.

Considerad si es una mujer

Quien no tiene cabellos ni nombre

Ni fuerzas para recordarlo

Vacía la mirada y frío el regazo

Como una rana invernal

Pensad que esto ha sucedido:

Os encomiendo estas palabras.

Grabadlas en vuestros corazones

Al estar en casa, al ir por la calle,

Al acostaros, al levantaros;

Repetídselas a vuestros hijos.

O que vuestra casa se derrumbe,

La enfermedad os imposibilite,

Vuestros descendientes os vuelvan el rostro.

Un mundo cualquiera construido imaginariamente en ninguna parte

Un mundo cualquiera construido imaginariamente en ninguna parte, quizás en medio de todos los seres y de todas las cosas que lo habitan, tal vez rodeándolo océanos y cruzándolos ríos para que parezca desde diferentes ópticas, un mundo aislado en un pleno mediodía de pensamientos, palabras, actos y hechos.

Cuesta construir un mundo cualquiera en ninguna parte, porque mentalmente la imaginación hay que transportarla desde adentro de nosotros, y como nomás tenemos el suelo de tierra con un amanecer, un atardecer y un anochecer, los pájaros no dejan de cantar por esa agua y ese alpiste en una jaula de montañas, bosques y nubes.

Entonces, buscamos un hombre y una mujer, un niño y una niña, dos ancianos, mirando desde el futuro que es el presente hacia el pasado, reencontrándonos; luego, desde una ventana que da al piso de la casa que diseñamos, la luz se proyecta a las paredes, al techo, a las puertas, a un jardín donde una mesa y unas sillas en un terraza hacen reposar una variedad de frutas con vegetales, unos libros para cuando la lectura, el periódico de todos los acontecimientos humanos y naturales, leyéndose lo siguiente: después de viajar quién sabe cuántas veces el ser humano alrededor de la tierra, llegar a la luna, mandar a marte una sonda robótica, por fin, ha encontrado un mundo cualquiera construido mentalmente en ninguna parte.

El ser humano, provisto de un tanque portátil de oxígeno lleno con polvo de estrellas, no viendo que hay mil cuatrocientos millones de pobres, desplazados por el hambre, por el cambio climático y por la guerra, se asegura que ese mundo encontrado cualquiera y construido imaginariamente en ninguna parte, es un buen lugar para fundar con la armonía de los elementos terrenales, étnicos y cósmicos, una nación tras otra sin poner de por medio fronteras, alambradas y muros: Nacer haciendo el bien es crecer sin desdén a todo lo animado e inanimado, se dijo para sí el ser humano, disfrutando de una visón panorámica de las cordilleras y sus cumbres nevadas sintiéndose único y múltiple, voz y corazón, memoria de la especie humana, llamándole poderosamente la atención la soledad desértica de los espejismos, los oasis y los dromedarios en una interminable caravana yendo hacia el sol y volatizarse en ninguna parte, preguntándose el ser humano: ¿así será el mundo venidero después de éste mundo cualquiera construido imaginariamente en ninguna parte?

El ser humano, despejado bajo la luz que lo proyecta hacia un mundo cualquiera construido imaginariamente en ninguna parte, lee sobre los sinuosos montículos de arena lo siguiente de un poeta errante que murió del corazón y a quien los palestinos lo evocan de memoria y en voz alta:

La tierra se estrecha para nosotros. Nos hacina en el último pasaje y nos despojamos de nuestros miembros para pasar.

La tierra nos exprime. ¡Ah, si fuéramos su trigo para morir y renacer! ¡Ah, si fuera nuestra madre

para apiadarse de nosotros!  ¡Ah, si fuéramos imágenes de rocas que nuestro sueño portara

cual espejos! Hemos visto los rostros de los que matará el último de nosotros en la última defensa del alma.

Hemos llorado el cumpleaños de sus hijos. Y hemos visto los rostros de los que arrojarán a nuestros hijos

por las ventanas de este último espacio. Espejos que pulirá nuestra estrella.

¿Adónde iremos después de las últimas fronteras? ¿Dónde volarán los pájaros después del último

cielo? ¿Dónde dormirán las plantas después del último aire? Escribiremos nuestros nombres con vapor

teñido de carmesí, cortaremos la mano al canto para que lo complete nuestra carne.

Aquí moriremos. Aquí, en el último pasaje. Aquí o ahí… nuestra sangre plantará sus olivos.

Pudiendo caminar más y avanzar pasando por aquí o ahí el ser humano en el mundo cualquiera construido imaginariamente en ninguna parte, un verdor de olivos con la savia de la sangre irrigada desde la raíz de la tierra a las hojas del cielo, le provoca hacer un alto del tamaño de la condición humana y mirar renuevamente en derredor de los seres y las cosas que habitan en ese instante de luz y de sombra para convencerse mortalmente que de suelo y de sangre está hecho el mundo cualquiera construido imaginariamente en ninguna parte.

Sí, un mundo cualquiera construido imaginariamente en ninguna parte, donde se privaticen los beneficios ricos y se socialicen las pérdidas pobres.

Publicado originalmente en La Otra · © del texto y las imágenes: sus autores. Forma parte del archivo de La Otra (fundada en 2008, dirigida por José Ángel Leyva) dentro de esta casa.
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