El bloqueo impuesto por Estados Unidos, el abandono de la ex URSS y una política de racionamiento que asfixiaba al pueblo de Cuba marcó un periodo «especial». Ahora el presidente Obama de los Estados Unidos manda una señal que parece cambiar el rumbo de la política ¿hacia dónde? El autor de estos dos relatos, que forman parte del libro A lo lejos volaba una gaviota, libro publicado en España, Cuba y México, evoca esas dramáticas circunstancias. Los damos a conocer desde La Otra-Gaceta con permiso del escritor.
Julio Travieso
COMPRAR EL RON O LEER A BAJTÍN
Ah, el ron. Maravilloso estimulante, capaz de producir las más locas alegrías y las más insanas tragedias, anfitrión social por excelencia, propiciador de amistades nocturnas, silencioso confidente, el hijo más alegre de la caña de azúcar.
Ninguna de esas virtudes fue ponderada por ella, aquella mañana del 10 de junio de l992, al entrar en la biblioteca donde él preparaba, con laboriosidad de hormiga, su próxima conferencia para la cual debía desentrañar el duodécimo capítulo de cierto libro de Mijail Bajtín, autor de difícil comprensión.
– El ron – dijo Marta sin alzar su dulce voz, como si estuviera deseándole buenos días a un vecino.
– ¿ El ron? – los ojos de él no se apartaron del renglón leído.
– Acaba de llegar. Dicen que no trajeron suficiente para todos.
Por supuesto, ella se refería a las dos únicas botellas que les entregaban una vez al mes a cada familia por el cupón de racionamiento.
– ¿Y? – respondió él y sus ojos penetraron, como un navegante al llegar a puerto seguro, en el último párrafo de la página. Mientras tanto, sus dedos, armados con una pluma, hacían navegar palabras sobre una blanca hoja de papel.
– La vecina dice que no hay muchas personas comprando – el tono de ella era melancólico.
Por primera vez, él apartó la cabeza de Bajtín y su mirada recorrió lentamente, desde la cabeza a los pies, el cuerpo de su esposa.
Mucho ha adelgazado Marta en el último año, quizás diez kilogramos, pensó. De una mujer de formas sensuales y opulentas se ha convertido en un cuerpo rectilíneo y monocorde, aunque él no ha quedado atrás y ya son dos las tallas recogidas en la cintura del pantalón.
Un gran suspiro le ensanchó el pecho.
Y todo por la falta de carnes, leche, arroz …
Al pensar en la comida tuvo la visión de una enorme cazuela con paella a la valenciana, su plato preferido. Entonces, animosa, la saliva fluyó a través de la boca y él comió lentamente, paladeando la textura de un arroz muy desgranado y apetitoso, sintiendo el fuerte olor de los mariscos, la suavidad de las carnes.
– Si ahora no vamos a comprar el ron lo perderemos hasta el otro mes – el tono de ella se hizo imperioso, cargado de urgencias.
Marta utilizaba el plural, pero él entendió que decía » si tú no vas a comprarlo lo perderemos «. A él y no a otro le correspondían esas tareas, sin importar que debiera abandonar preparación de clases, lecturas, escritos. La responsabilidad de Marta eran los niños, cocinar, lavar, aunque en su horario también entraban preparación de clases, lecturas, escritos. La limpieza se compartía entre los dos.
– La vecina me cambia el ron por dos libras de arroz. El nuestro ya se acabó. El de la vecina puedo cocinarlo esta noche con el pedazo de pollo que nos quedó de la semana pasada – Marta casi sonrió.
Él volvió a suspirar y sus dedos cerraron el libro. No habría paella, pero sí, al menos, arroz con pollo. La conferencia estaba temporalmente derrotada y Bajtín ( autor de difícil comprensión ) quedó arrinconado en el escritorio, entre un almanaque del año anterior y un cenicero roto.
Ante la mirada apremiante de ella, él se puso a buscar en la biblioteca hasta encontrar una vieja bolsa, tan gastada como la dentadura de una anciana, seguramente por los cientos de botellas y papas transportadas en su mísera existencia. Entonces Marta trajo de la cocina las dos únicas botellas vacías que tenían y él fue hacia el mercado.
Baja la cabeza, los ojos fijos en el piso, como si estuviera contando los pasos, los metros, caminó ensimismado, bajo un sol abrasador, las nueve cuadras que faltaban para llegar al comercio. Meditaba en las palabras a decir el siguiente día durante la conferencia, en las páginas aún por leer de Bajtín, injustamente postergado por unas botellas de ron. También iba pensando en el arroz con pollo de esa noche y así sus ideas saltaban del estatuto del personaje dentro de la narración a un muslo de pollo, de una cucharada de arroz a la carnavalización de la literatura. De tan abstraído, al cruzar la calle, no vio al joven que, a toda velocidad, se aproximaba en una bicicleta.
– Viejo – gritó el ciclista sin dejar de pedalear y, para evitar el encuentro, lo empujó con la mano.
Él cayó al piso mientras el joven proseguía su rapidísima marcha.
Solícitas, varias personas se acercaron y le preguntaron si estaba herido. » Qué barbaridad «.dijo una mujer mayor. » Señores, ¿ a dónde vamos a parar ?», comentó otra mujer.
Él se hallaba bien, sólo con un ligero dolor en el brazo y en el pecho, pero lo más importante era, se dijo, que las botellas no se hubiesen roto. Cuánto tiempo se perdería en buscar otras.
Amablemente, un joven le extendió la mano para ayudarle a ponerse de pie, pero antes de que pudiera asir sus dedos algo semejante a un grito de combate se escuchó. » La guagua «, gritaron decenas de gargantas. Entonces el joven amable retiró la mano y corrió, en pos de la multitud, hacia el vehículo público detenido 30 metros delante, junto al cual ya muchos forcejeaban para entrar.
Al fin partió el ómnibus, atestado de pasajeros. Él se incorporó, la pierna y el pecho adoloridos, las botellas bien aferradas en la mano, y, renqueando, siguió su camino. Otra demora y corría el riesgo de que todo el ron estuviese vendido cuando llegase al mercado.
Por suerte no fue así. La venta continuaba, pero la vecina había informado mal. Frente al expendio se extendía, como larga serpiente, una hilera de unas 40 personas. Exactamente 42, rectificó él enseguida. En esos conteos era infalible. Treinta años de colas habían entrenado su vista, tan certera como la de un halcón, tan rápida como la de su primo Luis, antiguo «dealer» del clausurado Casino Nacional, el primero de la familia en marcharse de Cuba, el traidor, siempre repudiado por él y Marta, actual supervisor de una sala de juegos en el Topeka de Las Vegas.
Él hizo un esfuerzo por borrar de la mente la imagen de Luis y con optimismo se dijo que 42 personas no eran muchas. El mes anterior habían sido 60.
Al inicio de la cola se hallaba un viejo flaco y desdentado que siempre compraba diez botellas, quizás porque poseyera cinco cartillas de racionamiento, quizás porque sobornaba al vendedor. Detrás del viejo, él vio a una joven con dos niños. Uno dormido en su cochecito, el otro, en brazos, lloraba sin cesar, infatigable, azotando a todos con chillidos que no cedieron, al contrario, aumentaron cuando la madre le gritó » cállate o te rompo la cabeza».
– Dale el biberón – dijo la señora madura de aspecto distinguido, la siguiente en la cola, dueña de un perro bulldog que, alzando la pata, orinó sobre las flores de la acera, indiferente a los berridos ( ya eran berridos ) del niño.
En tales situaciones, si se quiere evitar un infarto y no perder el ron por abandono del campo de juego, lo mejor es volver la cara, preferentemente hacia el cielo, cerrar los ojos y recordar la Novena Sinfonía en aquel pasaje de «Alegría, alegría «.
Así hizo él, pero nada pudieron los pasajes de Beethoven, impotentes frente al llanto infantil, ya de las dos criaturas, y la voz de la madre que vociferaba «cállense o los mato».
Arrebatos de cólera porque ella, como todos sabemos, sería incapaz de hacerles daño. Sin embargo, él se puso tenso, los labios apretados, los puños cerrados. Por suerte, cuando la presión sanguínea comenzaba a subir y se disponía a gritar » joven, deje en paz a esos niños y cállese usted misma», una anciana de espejuelos rotos, parada tras la señora madura, aconsejó salomónicamente «mijita, dale una vueltecita a los niños y regresa luego. Nosotros te guardamos el turno».
» Sí, vete por ahí, te cuidaremos el puesto, pero vete ya», pensó él.
Era necesario tranquilizarse, calmar la respiración.
» Pronto llegará mi turno», se dijo y quiso recordar el último capítulo de Bajtín leído ( «Tiempo y cronotopo en la novela«). Esfuerzo inútil porque junto a él se detuvo un joven de frente tan amplia como la de un rinoceronte, cuyo brazo se prolongaba en una oscura grabadora desde la cual una voz ronca le rasgó los oídos
– Beibi, com back, com back – bramó la grabadora.
– ¿ Asere, tú va complal e ron ? – farfulló el joven.
– ¿ Qué dice ? – respondió inquieto, intuyendo un posible peligro.
– ¿ Quesi va a cogel e ron?
Por supuesto. Él no se hallaba allí en la espera de un tranvía.
– Te doi cincuenta baro. Mi hace falta pa mi puro.
¿ El puro ? Ah, sí, el padre del rinoceronte. No, el ron no estaba en venta. Mi mujer quiere cambiarlo por arroz.
– Gueno, mitío, cincuenta y cinco. Hora mimo.
Cincuenta y cinco. Aquello significaba como treinta y cinco pesos más allá del verdadero precio de la botella. Quizá valdría la pena.. «El dinero es siempre el dinero», diría Luis mientras vigilaba las ruletas del Topeka, » con esos 55 pesos puedes comprar otras dos botellas y ganarte 15 pesos «.
Pero Luis estaba allá en las Vegas, pensó él, desconocedor de las realidades cubanas y del mercado habanero donde no era tan sencillo obtener inmediatamente lo que se quisiera.
» ¿Y para qué me sirve ese dinero si no puedo comprar arroz en ninguna parte. La vecina quiere ron, no dinero», diría Marta, con pesadumbre, al verse imposibilitada de cocinar, esa noche arroz con pollo.
Indeciso, él se secó el sudor. No hacía mucho calor, pero un sudor espeso le mojaba la cara, el pecho, las manos.
– No, no vendo el ron – dijo y luego de tal decisión se sintió mucho mejor, aunque el sudor no desapareció. Al contrario, fue en aumento. Tanto le molestaba que tuvo el deseo de que la venta se paralizara, que se acabara el ron, que se muriera el vendedor, que sucediese cualquier cosa con tal de terminar con aquella espera.
Pero la venta prosiguió. Compraron el viejo flaco que, disimuladamente, puso un billete en la camisa del vendedor, la joven de los niños, ya dulcemente dormidos, la señora del bulldog, la vieja de los espejuelos rotos. Él respiró aliviado. Un poco de paciencia y tiempo, se dijo, y regresaría a Bajtín, no, mejor a Vargas Llosa para descansar de tanta tensión. Ya pocas personas se interponían entre él y el ron, entre el ron y la tranquilidad ( su tranquilidad ).
De repente, una pregunta saltó de la fila.
– ¿ Cuántas botellas quedan en el barril ? – gritaron y el vendedor movió dos veces sus manos abiertas en un gesto que lo mismo podía significar que se callasen o que sólo quedaban veinte botellas .
Él tenía delante nueve compradores ( los contó cuidadosamente ), el último y más próximo una señora vestida de verde. Diez personas en pugna. Todos en lucha por el ron. Si sólo uno de ellos poseía más de una libreta de racionamiento sus posibilidades cesaban y entonces adiós ron, adiós arroz con pollo. Ya veía el rostro desalentado de Marta. Imposible. Dios no podía propiciar tal cosa, se dijo, negado a aceptar algo tan terrible.
Por eso, cuando un joven fuerte, recién llegado, afirmó, con voz petulante, haber venido tres horas antes y que su puesto era tras la señora de verde y delante de él, la sangre le fluyó violentamente desde el corazón ( cuyos latidos fueron los de un tambor batiente ) y le subió a la cara, transfigurada en una máscara de rabia y odio porque » Este joven es un descarado que quiere colarse, todos lo saben, y de ninguna manera lo iba a permitir».
La fila se agitó, como un animal herido, pero la señora de verde guardó un prudente silencio y nadie en la cola dijo nada.
Sin arredrarse por la falta de solidaridad, él se mantuvo en sus treces, los ojos endurecidos, la boca crispada, la mano derecha fuertemente cerrada sobre el cuello de una de las botellas que, amenazante, se elevó en el aire, a la altura de la cara.
Quizás por aquella actitud agresiva, quizás porque pensó que él estaba al borde de la locura, quizás porque vio, tres personas más atrás en la cola, a otra mujer vestida de verde, el joven forzudo se retiró y caminó, como un lobo hambriento, hacia ella.
El intruso se fue y él respiró con fuerza mientras la tensión y la cólera eran sustituidas por un relajamiento acompañado de sudores, ahora fríos. Momentos después sólo dos personas le separaban del vendedor.
» Ya Marta puede comenzar a preparar el arroz con pollo de esta noche», pensó.
– El siguiente – gritó el vendedor y él le entregó las dos botellas vacías que el otro llenó de ron.
» Al fin», exclamó.
Luego, la mano derecha bien aferrada en la bolsa con las botellas, tratando de repasar lo que diría en la conferencia sobre Bajtín, caminó una, dos, tres, seis cuadras, bajo aquel sol de cuchillos, implacable, hiriente, que, probablemente, le provocó el mareo por el cual debió detenerse.
Una punzada le cortó la respiración. Ansioso, pensando en Marta, quiso seguir caminando, pero no pudo. Otra punzada, mucho más intensa le pateó con violencia a la altura del pecho y le hizo tambalearse.
Incontrolables, los dedos que aferraban la bolsa se abrieron y fueron en busca del pecho. Entonces la bolsa cayó y las botellas se estrellaron contra el pavimento.
El ron se derrama y huye por la calle. Él no lo ve porque un segundo después su cuerpo se derrumba y la cabeza cae sobre los cristales rotos de las botellas. Con mucha dificultad hace un intento por incorporarse , quiere decir algo, quizá llamar a Marta, explicarle lo sucedido, disculparse por la pérdida del ron.
No puede. La tercera y última punzada le apuñala el pecho.
Mañana no habrá conferencia sobre Mijail Bajtín ( autor de difícil comprensión y siempre marginado en su país ) ni por la noche Marta cocinará arroz con pollo. Estará en la funeraria, acompañándolo a él.
POR UNA BICICLETA

Aquellas emociones no le interesaron, quizá por ser demasiado enfermizo, quizá porque en su primera experiencia con la bicicleta, impuesta por el padre, cayó a tierra y al levantarse la nariz le sangraba y la pierna se le había quebrado, como una débil rama.
Desde entonces, la lectura, los discos y la televisión se convirtieron en sus mejores acompañantes. Las bicicletas y sus fuertes sensaciones quedaron para sus compañeritos a quienes no envidió, al contrario, compadeció por estar expuestos a sorpresivos e imprevisibles peligros.
De adulto no tuvo necesidad de ellas. En una urbe de modernos autos, puntuales ómnibus y eficientes teléfonos, el vehículo de dos ruedas era algo tan lejano y obsoleto como el caballo para el piloto de un avión. Era, simplemente, un pasatiempo de niños y jóvenes. Además, ¿ quién se atrevería a recorrer en ella los veinte kilómetros que separaban su casa del trabajo? Quizá un deportista de musculosas pantorrillas, brazos de hierro y pulmones como fuelles. No él, hombre sedentario de magras piernas y pronunciado abdomen.
No las necesitó hasta aquel año l990. Él jamás supuso que fuera posible, pero lo fue. Los volcanes comenzaron a humear y a expulsar, oleada tras oleada, ríos de lava y piedra, los vientos hundieron todos los barcos y los muros se resquebrajaron como cáscaras de huevo. Sentado en la apacibilidad de su hogar, frente a un viejo televisor, él supo de tales prodigios que, sin embargo, no destruyeron su propio mundo.
No lo destruyeron, pero sí lo resquebrajaron y, de repente, los alimentos escasearon más que nunca, la electricidad disminuyó hasta dejar a zonas enteras en tinieblas y el transporte público, siempre calamitoso, se transformó en una verdadera pesadilla. En ella, un hombre maduro, sedentario, aguardaba una, dos, tres horas, en la espera de un ómnibus al que, cuando llegaba, sólo se podía entrar entre empujones, forcejeos e insultos. En cuanto a los taxis eran o muy caros o se debía poseer la fuerza y habilidad de un pirata inglés, armado de daga, espada y arcabuz para abordarlos.
«Dios, no puede ser», se dijo una noche en su dormitorio, luego de una caminata de quince kilómetros mientras se masajeaba los aturdidos pies, poblados de nuevos callos.
«No puede ser», se repitió cuando el espejo de la cómoda le devolvió su imagen, apergaminada, esquelética, perdidos diez kilogramos de masa corporal a causa de la poca alimentación y los interminables viajes a pie de ida y vuelta al trabajo.
Pero sí podía ser y la siguiente mañana, comprobada la ausencia absoluta de transporte público y privado, recorrió nuevamente, bajo un sol metálico, el camino al trabajo al cual llegó desfallecido, con tres horas de retraso.
Llegó tarde, pero a tiempo de conocer que, en el futuro, se les daría bicicletas a los mejores trabajadores. Con ellas, algo de esfuerzo físico y mucha abnegación se superarían las dificultades hasta la llegada de tiempos mejores, dijo el hombre que hizo el anuncio de la futura entrega. Y a él le pareció que el hombre, al hablar, le miraba con dureza, convocándole al esfuerzo y la abnegación, quizá pensando que él no era, exactamente, un buen trabajador.
Ese día, mientras regresaba a pie de la oficina, meditó sobre su situación y las bicicletas. Decenas de ellas iban por las calles, abriéndose paso, como gansos, trepando y descendiendo, dueñas y señoras de los caminos. Al igual que tropas de ocupación, habían tomado La Habana.
Apesadumbrado, consultó el reloj y suspiró. Cuando llegara a la casa ya se habría acabado el pan en la panadería y por las cañerías no correría una gota de agua. También habría comenzado el corte de electricidad y no podría de disfrutar de su apacible hora de lectura entre siete y ocho.
«Si yo tuviera una», se dijo, interesado por primera vez en las bicicletas, «volvería a casa en quince minutos».
Sí, a pesar de su evidente incapacidad física, él sería capaz de vencer el esfuerzo del pedaleo, los calambres musculares, el ahogo del calor. Si otros recorrían sesenta y hasta ochenta kilómetros diarios ¿ por qué él no lograría hacer cuarenta ?.
Podía ser sencillo: pedalear despacio, evitar los esfuerzos sofocantes, buscar las sombras protectoras de los árboles, y, por supuesto, no regresar de noche.
Desde entonces, el deseo de obtener una bicicleta se convirtió en obsesión, exacerbada, día a día, por las inevitables caminatas o la espera del ómnibus y posterior traslado en él, como una red al matadero o un judío a la cámara de gas. A veces, ómnibus y caminata coincidían al romperse el vehículo público a mitad del trayecto y concluir los adoloridos pies el resto del camino.
Pero obtener una bicicleta no era sencillo. Dos posibilidades tenía, comprarla en el mercado negro o recibirla en el centro de trabajo. Dura disyuntiva. En el mercado una bicicleta vieja costaba lo que un hombre como él ganaba en seis meses. Además, podía ser una de las tantas robadas en la calle. En el trabajo se entregaban a precios módicos, pero a los mejores trabajadores y él estaba muy lejos de ser uno de ellos. Serlo significaba un duro sacrificio.
Él no deseaba ser excepcional, ejemplar ni sobresaliente. Simplemente, quería trabajar, leer y ver televisión. Nada más. Hasta al cine había renunciado por las distancias y la peligrosidad de la noche.
Otros quince días de caminatas y esperas lo decidieron. Se convertiría en trabajador modelo, recibiría una bicicleta y después que Dios decidiera. Entonces comenzó un laborioso proceso de transformación. Se levantaba de madrugada, a las cuatro en punto, para poder tomar un ómnibus entre las cinco y las siete. Si el vehículo no llegaba hacía el recorrido a pie, lenta muy lentamente, con pausas de descanso. Así logró llegar a la oficina siempre antes de las ocho. Luego, al final de la jornada, se marchaba media hora después de los demás y a su casa llegaba casi a las diez.
Se las arregló para vivir sin pan, sin leer y bañarse con el agua recogida en un cubo o no bañarse. Asistió a todas las asambleas y reuniones, a todos los trabajos agrícolas convocados por el sindicato, a todos los actos y mítines políticos, a todas las movilizaciones militares para la defensa del país, a todas las reuniones de estudios, a todas las guardias nocturnas para custodiar el centro de trabajo. A todo dijo sí y, además, sonrió, a su jefe, a los dirigentes sindicales, a sus compañeros.
El esfuerzo fue brutal. Quedó desbaratado, más delgado aún que antes. Cuánto sacrificio, se dijo, y todo por una bicicleta.
Los hechos se desarrollaron según lo previsto. En una gran reunión se anunció que se repartirían más bicicletas.
«Ellas, algo de esfuerzo físico y mucha dedicación nos permitirán vencer las dificultades hasta llegar a tiempos mejores», repitió el mismo hombre de la vez anterior, un gordo rozagante y mofletudo que le miró con simpatía mientras hablaba.
Quedó claro que él era un esforzado, un sobre cumplidor. A media voz, alguien se atrevió a murmurar que, apenas unos meses atrás, él se encontraba entre los apáticos y retrasados. Aquella voz pronto fue silenciada, «porque los hombres tienen el derecho a cambiar, a ser mejores y esforzados», afirmó el gordo mofletudo.
La bicicleta fue suya. Un hermoso ejemplar color rojo, niquelado, poderoso, capaz de recorrer en pocos minutos los kilómetros que le separaban del trabajo. El dinero pagado por ella una ridiculez en comparación con el exigido por los bandidos del mercado negro.
El primer mes resultó agotador, con calambres en las piernas, ahogos, flojera en los brazos, subida de la tensión arterial. Luego, cuando el cuerpo comenzó a endurecerse, el viaje se hizo menos violento y los treinta minutos de los recorridos iniciales se redujeron a veinticinco. Un poco más de entrenamiento y llegaría a los quince minutos imprescindibles para regresar temprano a la casa.
Al comenzar el invierno, con sus rápidos anocheceres y las calles oscuras y solitarias, él ya lograba tiempos de veinte minutos y su cuerpo soportaba mejor el castigo de la marcha.
Pronto podría volver a sus duchas, a su ración de pan casi fresco, a sus programas favoritos de la televisión. Todo por aquella maravillosa bicicleta, se dijo y sus dedos acariciaron con placer el timón, los pies apretaron amorosamente los pedales. Sin duda alguna, era bella y él la había embellecido aún más al limpiarla cada día, pulirla, colocarle dos espejos retrovisores y otros adornos que la transformaban en una verdadera joya.
Pensando en su extraordinaria bicicleta, él llegó, al oscurecer, al tramo final de su recorrido de vuelta a la casa. Sólo tres cuadras de calles desierta y silenciosas lo separaban de ella. Primero, dos cuadras en línea recta, después doblar a la izquierda y enseguida una larga calle en cuyas aceras crecían frondosos y viejos árboles. Contra uno de ellos había ido a chocar, de niño, en su primera experiencia con la bicicleta.
«Ya estoy en casa», se dijo alegre y pedaleo con más fuerza, la vista al frente.
Quizá por mirar adelante no vio al hombre escondido tras un árbol ni la cuerda amarrada al tronco de otro en la acera de enfrente. La cuera tendida a ras del suelo. Él impulsó la bicicleta al máximo y justo en ese momento el hombre alzó la cuerda.
Al igual que en su niñez, fue a dar contra el árbol y cayó por tierra, la nariz ensangrentada, el brazo adolorido. Aturdido, intentó incorporarse y revisar su bicicleta. Entonces si pudo ver bien al hombre.
El hombre armado de un pesado hierro que le golpeó varias veces en la cabeza.
Y todo por una bicicleta.

JULIO TRAVIESO SERRANO (La Habana). Ha publicado, entre otros títulos, Para matar al lobo (1971); Cuando la noche muera (1981), novela que obtuvo ese mismo año el premio UNEAC; El polvo de oro (1996), novela ganadora del Premio de la Crítica Literaria en Cuba, así como el Premio Mazatlán de Literatura en México, y que fuera además finalista del Premio Rómulo Gallego de Venezuela. En 2004 Letras Cubanas dio a conocer otra novela de su autoría: Llueve sobre La Habana.