LA OTRA · REVISTA DE POESÍA Y ARTES · DESDE 2008  

La Gaceta

Cuentos de Marco Tulio Aguilera Garramuño

12 de febrero de 2010

Habitante de Xalapa, Veracruz, narrador colombomexicano, es, más allá de su ser polémico, una pluma muy recomendable.

 

 

 

CHUPADEDO

 

MARCO TULIO AGUILERA GARRAMUÑO

Marco Tulio

 

 

Conoces a Regis, Regina, la secretaria de la Facultad, es rubia, más simpática que bonita, medio grandota, habladora, bastante pícara, tiene un gesto que no entiendo, se lleva el dedo medio de la mano derecha a la boca y lo lame, ese gesto lo usa cuando su esposo le pide algo, ella inmediatamente le da la espalda, le dice sí mi amor, y se apresura a hacer lo que su esposo le pide, pero antes se lame el dedo derecho, como te dije. Yo entiendo eso como una forma de juego o tal vez como un gesto vulgar que tiene que ver con su vida secreta. Su esposo es juez en un pueblo de la Sierra y la visita cada quince días. Llega cansadísimo, después de manejar por cuatro horas su Cavalier último modelo, saluda a sus hijos, a los que adora, particularmente a Alí, un flaquito que tiene dos características: es capaz de reventar comiendo si no hay quien lo detenga y a sus diez años es un filósofo consumado, que deja con la boca abierta a cualquier sabio. Decía, llega cansadísimo el licenciado Dávila, así se llama y así le gusta que lo llamen, besa a su esposa (siempre con un poco de pereza, de amabilidad forzada, como si ella no fuera la madre de sus hijos y la guardiana del orden del hogar que él abandona tan elegantemente), abraza a sus hijos, se baña, come y antes de cerrar la puerta del cuarto conyugal (dejando a Regis afuera, claro) dice no me molesten que voy a dormir. Tereso Dávila, el licenciado, y esto que voy a contar lo sé porque el tipo ha dejado la puerta de la habitación conyugal sin llave y Regis ha entrado, encontrándolo en cueros en medio del desastre de su pecado y ella me lo ha contado, porque a mí me cuenta todo, hasta lo que yo te voy a contar pero si me juras que no se lo dices a nadie, cierra la puerta y coloca en la videocasetera sus películas de locas encueradas y hace sus estropicios con las películas y luego se duerme como un inocente, mientras fuera del sagrado recinto conyugal el resto de su familia sigue viviendo la rutina doméstica. Pues el licenciado Tereso Dávila llegará a las dos de la tarde cada sábado, comerá lo que haya cocinado para él su santa esposa, se bañará, irá a dormir (es decir, a ver a sus putas de película), y no lo volveremos a ver sino hasta el domingo temprano, en que amanece convertido en el mejor padre del mundo, amorosísimo con Regis, juguetón con Alí y cómplice con Zulik, que a sus catorce años, la pobre, ya anda en unas calenturas que anuncian más de un lío. Regis, la taimada, me dice, soy buena actriz, y para probarlo me invita a su casa los domingos para que vea con cuanto cariño trata a su esposo, cómo obedece al instante cualquier sugerencia del licenciado Dávila, como le adivina los pensamientos, le acaricia la espalda, le dice mi gordo, mi rey y a veces con un poco de ironía que Tereso finge ignorar, el dueño de mi corazón, mi  torito, mi buda, porque está algo barrigoncito el licenciado de tantas carnitas de cerdo y cervezas y enchiladas que empaca en el puerto de Alvarado cuando se da sus escapadas, te diré. El domingo, durante las ocho horas que permenece lúcido y despierto en el sacrosanto hogar el licenciado, Regis se transforma en la actriz perfecta, pero sabes qué, me dice, segundo a segundo tengo ganas de vomitar en su cara, de escupirle, pero es que hace años decidí tener la fiesta en paz, desde que tuve el error de visitarlo en la Sierra y lo encontré ni más ni menos que con, ay, qué verguenza y vulgaridad, qué bochorno tener que confesarlo, su secretaria, una rubia peloteñido, de triple pecho y minifalda, vestida de licra la infame en pleno idilio oyendo a Los Panchos, sentadota con sus nalgas de cantina sobre las piernas de mi gordo, al que amaba, de verdad te lo digo, manita, lo amé, con alma, vida y sombrero y aprendí con él todas las cochinadas que puede hacer una mujer con un hombre, y cuando vi a aquel fenómeno de feria, que hasta hombre parecía, te lo digo, como esos maricas que se ven en el carnaval de Veracruz, sentado sobre las piernas de mi buda, me dije, sanseacabó, la institución matrimonial con Dios y misa dominical y bostezo de sermón, para a mí ha muerto, pero, miamor, estaban los hijos, este Alí que es un ángel flaquito, mi sabio y mi consuelo, y esta Zulik a la que le tengo tanta lástima, a la que comprendo de tal manera, cuando me inventa mil formas para escaparse a ver a un esperpento de muchacho que la andará manoseando en las sombras del kiosko de la Magisterial, cuando pensé en mis hijos me dije, aguante canija y no chille, decidí que no iba a acabar con mi matrimonio, en parte además porque mi sueldo no alcanza y el sábado, eso fue hace dos años, tras el descubrimiento de la marimacha, llegó Tereso mansito, con la cabeza baja y hasta me invitó a pasar al cuarto en lugar de encerrarse y allí, sin decirme una sola palabra, sin disculparse, me usó y se durmió muy tranquilo, seguro el perplejo creyó que ya había arreglado el asunto de la marimacha y yo le hice a la santa, a la resignada durante casi seis meses hasta que me encontré con uno que había sido mi novio en la prepa y que ahora era ni más ni menos ginecólogo y él me dijo con cariñito ay, hija ya estoy casado y tengo tanto trabajo, me gustaría hablar contigo, pero sólo puedo a las diez de la noche los martes y los jueves después de mi última consulta y yo, pues, no vi nada malo en la invitación y un martes que decido apersonarme, después de dormir a los niños, en su consultorio y en cuanto vi a la secretaria de Baldomero, mi gineco, no supe qué hacer y le dije señorita, disculpe, ¿será que el doctor pueda atenderme de emergencia?, no tengo cita, y ella me dijo, un momento, llamó al doctor y ¿cómo se llama la señora? Sí, dígale que sí la puedo atender, pero sabe qué, le dijo a su secretaria, puede retirarse y en cuanto entré Baldomero me dijo así como te lo digo yo, sin mentira: Regis, te voy a ser sincero, quiero contigo hacer un fornicio lo más pronto posible, dispongo de una hora, antes de que mi esposa comience a sospechar, de modo que yo en ese segundo en que tomé la decisión de ser infiel haz de cuenta que imaginé todo lo que mi gordo habría hecho a lo largo de los años sin que yo supiera, en ese pueblo del diablo de la Sierra y me aventé como a un abismo, vi que Baldomero comenzaba a desnudarse y yo hice lo mismo y casi en seco, sin un beso o una caricia que me atraviesa el maldecido de lado a lado y te digo una cosa, me dolió, me dolió todo, desde el vértice de los estoques hasta el alma, pero no imaginas qué placer tan maravilloso, que sensación de libertad, de haber hecho algo personal, propio, de haber tomado una decisión y así comenzó mi vida secreta con el gineco, al que comencé a visitar una vez por semana, trayendo en cada ocasión sorpresas como lencería bien loca y libros especiales y él, con todos esos aparatos me volteaba al derecho y al revés, todo en una hora semanal, no lo creerás, como las secretarias comenzaron a sospechar, el doctor debió cambiar de tipa quincenalmente, porque ya sabes que si las secretarias no se acuestan con los jefes, se convierten en cómplices de las esposas de los jefes y pues ese fue mi primer amante, mi segundo amante fue un japonés de verdad, maestro de Zulik, que daba clases su escuela, el hombre me mostró que es puritita verdad eso que se dice sobre los hombres orientales, te confieso una cosa, gran parte del placer que uno obtiene, sale de la idea siempre presente de que está haciendo algo malo, algo incorrecto, y con el oriental la idea era doblemente pecaminosa, sentir a aquel animalón exótico sobre mí, que soy blanca y grandísima  me hacía sentir impurísima y eso me  desparramaba por completo, me dejaba como una criaturita en brazos de un monstruo, una maravilla, manita, y no dudes que uno se pone en peligro, mi esposo es hombre de armas y ha vivido en un mundo violento, ha sufrido cinco atentados, el Cavalier tiene cinco impactos de bala y por fortuna es blindado, pues lo suyo es luchar contra el crimen organizado y más de un asesino está en la cárcel porque mi buda lo ha mandado a vacacionar allá, de modo que Tereso es de los que no se tientan el corazón para despacharse a un cristiano y no dudo que si me descubre, con toda tranquilidad arregla los asuntos para convertirme en fiambre y hacerme desaparecer. Pero sabes qué, manita, la verdad es que si me mata, no me importa. Yo estoy aquí en mi casa como en la avanzada del campo de batalla, sola, absolutamente sola, llevo y traigo niños a la escuela, cocino, plancho, voy a la oficina, regreso, llevo a los niños a computación y al karate, a la escuela dominical y al catecismo, los veo crecer, al uno tragando como endemoniado, cada vez más flaco, y convirtiéndose en un niño sabio y a la otra agarrando vuelo de adolescente fatal, como si fuera una de esas criaturas de película que dentro de un cuerpo juvenil tienen a una bestia insaciable, la pobrecita, antes de poder manejar su cuerpo ya sufre de urgencias mayores, y yo acá, sigo con mi bandera al pie del cañon, duermo sola y sueño sola y cuando llega el hombre cada sábado me emputezco doblemente al servirle a este bruto, a este macho de mierda, a este puto redomado y por eso, mira, manita, mira como me lamo el dedo, a mí que me mate el desgraciado cuando quiera, que yo ya habré bailado lo que me gustó bailar y punto.
            Mi esposa deja de hablar. Tiene los ojos bajos, coloca su mano izquierda sobre una de mis manotas que descansa sobre la mesa y me dice:
            –¿Tú crees que la Regis pueda ser una mala influencia para mí?
            Noto que casi inconscientemente se lleva el dedo índice de la mano derecha a la boca y comienza a lamerlo, mientras me mira sonriente.

           

 

DOS FÁBULAS DE MARCO TULIO AGUILERA

 

                                                         EL SUEÑO  DEL GATO

 

 

Una mujer soñó que tiraba a un gato negro a un pozo y que se olvidaba de él. Seis semanas después soñó (en el mismo sueño) que regresaba al pozo y veía en en fondo, al gato, todavía vivo. El gato abría y cerraba el hocico, del cual no salía sonido alguno. La mujer pensó que había sido en extremo inhumana y que era necesario  hacer algo. Pensó que tenía dos posibilidades. Tirarle una gran roca y aplastarlo, o meterse al pozo y sacar al gato para dedicarse a cuidarlo hasta que se recuperara. Estaba en esta encrucijada, cuando despertó. Por un instante pensó que había sido injusto dejar el gato allá en el fondo, pero luego recordó que todo había sido un sueño y que los gatos de sueños no sufren. Sin embargo durante todo el día la mujer siguió pensando en el gato, sabiendo que de alguna manera se sentía culpable, aunque no hubiera razón razonable alguna.

 

            Cuando se acostó a dormir la noche siguiente pensó en el gato y rogó para que retornara la pesadilla, en la que estaba dispuesta a tomar alguna determinación con respecto al animal. No obstante, esa noche no soñó con el gato. Ni la noche siguiente, ni la siguiente. Y el sentimiento de culpa de la mujer crecía.

 

            Al sexto día despertó con un dolor de cabeza terrible. Supo que se iba a volver loca si no hacía algo. Entró a la buhardilla donde su esposo yacía enfermo como siempre, abandonado ahora por la decisión de su esposa. El hombre apenas si tuvo fuerzas para abrir los ojos. Vio que su esposa se acercaba, que lo observaba con inexplicable expresión. Que se sentaba al borde de la cama, le acariciaba la frente y luego, tras darle un beso en la mejilla, colocaba sus manos sobre su cuello y presionaba hasta hacerle extraviar el último aliento.          La mujer cerró dulcemente los ojos del cadáver de su esposo. Luego se acostó a su lado y pudo dormir como no lo había hecho en los años que duró la enfermedad del que ahora descansaba en santa paz.

 

 

LA MUJER Y EL PINTOR

 

Habiendo llegado a la madurez de su vida y a la plenitud de su arte, un pintor quiso pintar cuadros que sabía estaban en sus manos y en su imaginación. Serían cuadros diferentes a todos los anteriores, semejantes sólo a sí mismos, sorprendentes de tan sencillos y con profundidades que dejarían pasmados a los espectadores. Como si en esos cuadros no estuviera representada la vida, sino el mismo significado de la vida, como si esos cuadros no fueran la representación del mundo, sino el mismo origen de todo. El pintor estuvo toda una semana ante el lienzo, con el pincel en ristre y la paleta de los colores en la mano derecha. Durante siete días llegó el anochecer sin que el pintor se atreviera a seleccionar un solo color o a aventurar un triste trazo. Finalmente decidió abandonar la empresa y consolarse con las figuraciones de la noche.

 

            Los cuadros que habían salido de sus manos eran agradables y a todo el mundo gustaban discretamente. Pero a él no. Reconocía que en ellos faltaba algo. Llegó un momento en que comenzó a aborrecerlos. Y tomó la decisión de destruirlos. Uno a uno fue cortando paisajes como espejismos, criaturas delicadas, cielos de colores insólitos, aguas que de tan prístinas invitaban a la santidad. Pero, ay, al pintor todo aquel espectáculo de colores y formas le causaba repugnancia. Le parecía vacío e inútil. Todo lo rompió, lo hizo trizas con silenciosa indiferencia.

 

            Después de destruir sus cuadros y de permanecer otro mes ante el lienzo vacío decidió hacer un viaje. Llevaría consigo apenas lo básico para sobrevivir y la tranquila certeza de que en el camino encontraría la respuesta a sus angustias. Tras varios meses de  recorrer el país le tocó alojarse en un hotel en medio del bosque y del silencio más impresionante. Se acostó cansado, dispuesto a dormir. Apenas estaba vislumbrando los primeros bordes del sueño comenzó a escuchar suspiros. Ay, ay, ay, suspiraba una mujer en la habitación vecina. Conocedor del mundo, el pintor no le prestó atención al asunto. Se metió bajo las cobijas y cerró los ojos. Durmió unos instantes y luego volvió a escuchar ay, ay, ay.  Se removió inquieto y regreso al sueño.

 

            A media noche volvió a despertar. Los suspiros continuaban. Ay, ay, ay.
            El pintor se sentó en la cama y meditó. Aquello era algo poco usual. No había sufrimiento en aquellos suspiros, tampoco pena, sino  algo como un suave gozo, como una añoranza o resignación por lo que no llegaba y un doloroso deleite de sospechar que quizás llegara o quizás no.

 

            El pintor sonrió y volvió a la cama. La vida tiene sus pequeños msterios y hay que saber respetarlos. La curiosidad puede matar el cuadro, pensó.
            A las cinco de la mañana de nuevo estuvo despierto. Los suspiros seguían. Ay, ay, ay.

            El pintor, casi feliz, sabiéndose irresponsable y con una arista de culpa, decidió develar el misterio. Buscó la forma de observar lo que sucedía en el cuarto vecino. Con una navajita comenzó a rascar suavemente la leve pared al mismo tiempo que los suspiros acompasados como un batallón en marcha retumbaban en la catedral del bosque. Ay, ay, ay, ráscale, ráscale, ráscale. Hasta que al fin pudo ver lo que ya había imaginado, pero no comprendido.

 

            Tendida sobre la cama había una mujer, una mujer como cualquier otra, con sus bellezas inobjetables y sus nimios defectos, pero que tenía en su rostro una expresión de  espléndida felicidad, de paz, de gozo.

 

            Al lado de ella estaba un hombre que la acariciaba con la lengua (el hombre tenía las manos unidas tras su cuerpo, mas no atadas, en un acto de voluntad que se le antojó al observador, heroico), la acariciaba con una paciencia de gota sobre la piedra de los siglos, de ola sobre la arena, de sombra bajo el árbol, la acariciaba con trazos levísimos y lo hacía con tal minucia, que uno pensaría que no deseaba dejar nada al azar y que  del trabajo de aquel hombre dependía no sólo el placer, sino la belleza y la vida de aquella criatura que yacía sobre la cama suspirando.

 

            A la mañana siguiente el pintor decidió abandonar sus vacaciones y regresar al trabajo. Volvió a su estudio y comenzó a pintar. Pintó exactamente lo mismo que había pintado antes del paseo, pero ahora lo hizo con un esplendor asombroso.
            Cuando le preguntaron su secreto, el pintor no dijo ni una sola palabra. Solamente sonrió, mientras pensaba que la vida tiene sus secretos y que  hay que saber respetarlos.

 

 

Publicado originalmente en La Otra · © del texto y las imágenes: sus autores. Forma parte del archivo de La Otra (fundada en 2008, dirigida por José Ángel Leyva) dentro de esta casa.
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